Xtories

Ganas de salir corriendo 8

Juan tiene el dinero y la oportunidad para huir de sus dos esposas, pero al intentar escapar, se encuentra con que la puerta de salida estaba cerrada desde adentro. ¿Qué precio está dispuesto a pagar por la libertad cuando el placer y el control son tan difíciles de resistir?

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Aquella mañana en el trabajo todo el mundo me trataba como un espía infiltrado para descubrir sus secretos. Directamente nada me decían, pero a Merche la asaltaron a preguntas. Por suerte nada le conté por lo que sus respuestas poco la comprometían. A última hora ya dejé de ser la novedad e incluso me ignoraban cómo siempre excepto cuando por casualidad Merche y yo nos acercábamos y nadie quería perderse lo que pudiéramos hacer siendo pareja. Absurdo. ¿Qué esperaban que hiciéramos delante de todo el mundo y en un lugar como la oficina?

Después de comer Priscila, en lugar de correr a su ordenador, se sentó a mi lado. Nos besamos y quedó abrazada durante un rato. Se durmió con su cabeza apoyada en mi hombro. Merche me sonrió animándome.

- Por culpa de… - Señaló su barriga. – Debe dormir mal. Además, necesita mimitos.

Asentí.

Minutos más tarde Priscila despertó. Desorienta miró alrededor y al averiguar lo sucedido me sonrió. Hubo nuevos besos. Entonces miró a Merche cómo si pidiera permiso, y en lugar de besitos en los labios fue un morreo en el que además de saliva creo que también intercambiamos empastes dentales.

Se sentó a mi lado.

Llevó una mano a mi pantalón y tirando para bajármelo me sacó la flácida polla. Unos apretoncitos, acariciarme los huevos y ya me puso duro. Se dedicó a jugar durante un buen rato en el que me acariciaba lo suficiente para mantenerme erecto y poder seguir con su bonito juguete. Si veía que salía una cristalina gota acercaba la lengua para saborearla o con los dedos la extendía por la polla.

Tuve que pedir que dejara de hacerlo o bien todo lo contrario, que hiciera por correrme.

- Sí. Ahora.

Buscó una posición más cómoda y acercó la boca. Tan solo unas chupadas y se retiró.

- Perdona así no puedo. Presiono la barriga.

- Vale.

Me puse en pie enfrente y ya le fue más cómodo. Con una mano la mantenía sujeta ante su boca y con la otra me acariciaba los testículos o las nalgas. Me gustaba.

Pero volvió a detenerse.

Merche se acercó. Preocupada por la incomodidad de la futura mamá. Priscila, sin soltarme la polla, explicó su problema.

- Bien, cariño. – Merche dijo una solución. - Puedes seguir con la mano.

- No. No es lo mismo. Juan se merece lo mejor.

- Vale. Si quieres deja que yo continúe.

- Sí, por favor.

Y mi complaciente esposa, haciendo un favor a mi otra esposa, me dio una mamada. Me corrí en su boca y con gran generosidad compartió el semen con un beso a Priscila.

- Gracias. Tenía ganas de saborearlo, pero…

- No te preocupes, cariño. – Respondió Merche. – Ya sabes que te ayudaré en todo.

Y, por mi parte, ya sé cómo sienten las cafeteras automáticas al servirlo.

Era increíble que con semejante barriga Priscila pudiera mantener el ritmo en los dos trabajos, interrumpiéndolos para correr a orinar al retrete cada poco. Vale que durante el último mes la ayudé varias tardes, sobre todo cuando había que ir a buscar o entregar algún documento a sus clientes por una firma.

- Gracias, Juan. Eres un encanto.

- No. Soy el papá. – Respondía.

Otra cosa que noté es que algunos de sus clientes creían que yo era su esposo, o si sabían que era viuda, pensaban que era su actual novio. Y no lo negué, porque era más cómodo que pensaran eso que tener que explicar que no lo éramos, pero que iba a tener un hijo mío.

En el trabajo hubo un revuelo al ver que don Ernesto era despedido. Y había rumores sobre un juicio o algo así. El hombre desapareció de un día para otro sin mentar a nadie esta boca es mía.

Quien más lo lamentó fue doña Agustina, seria, casi llorosa. Parecía viuda o trágicamente divorciada. Durante unos días la mujer estaba tan débil y alicaída que Merche no se metió con ella. Pasaron los días haciendo una tregua casi permanente.

- ¡Mira por dónde! Hace tiempo dije que ella llevaba la cornamenta y parece que quien la llevaba era su marido. – Agitó la cabeza, suspiró y propuso dejar de hablar de eso. - No quiero hacer leña del árbol caído.

Nada quise decir sobre un tema que ella misma sacó. Suponía que don Ernesto era despedido y acusado de robo.

Aquel sábado después de cenar estaba mirando la televisión. En algún momento pensé, iluso, que esa noche no habría sexo, solamente caricias y dormir al lado de la futura mamá más bonita del mundo.

Me sorprendí cuando vinieron mis dos esposas juntas, colocándose frente a mí. Merche estaba totalmente desnuda mostrándome sus bonitas tetas, y esa cadera que enmarcaba su precioso sexo sin un pelito que lo tapara. Mientras que Priscila llevaba un sujetador lo suficiente grande y cómodo para contener sus ya enormes tetas. El bultito de su ombligo quedaba gracioso sobre su barriga. Extraordinariamente también llevaba el sexo totalmente depilado.

Antes que tuviera tiempo de salir corriendo bien lejos, de un tirón me bajaron los pantalones del pijama. Se acercaron y con las lenguas sobre mi pene me pusieron la polla bien dispuesta para follar. Entonces Priscila se sentó sobre mí dándome la espalda y con ayuda de Merche se metió el pene por el coño. Ya bien colocada en su sitio afirmó:

- ¡Uhm! ¡Nene, hoy la tienes caliente y dura!

Sin recordar que no debía metérsela más, la sujeté por las nalgas intentando atraerla sobre mí y abrazarla. Pero Merche, subida en el sofá, se situó entre los dos. Su sexo quedó a la altura de mi boca. Con los dedos de una mano abrió los pliegues del coño y ordenó:

- ¡Chupa!

Priscila se movía despacio con cuidado de su barriga saboreando el momento. Apoyaba sus manos en sus piernas, aunque a veces sobre las mías. Merche aprisionaba mi cara contra su coño. Ordenando que moviera más la lengua. Tuve que meterle dos dedos por su ano para que al cambiar de ritmo me dejara respirar. Por ese motivo me estuvo llamando guarro todo el tiempo que necesitó para correrse dos veces. Ignoro cómo pudo aguantar de pie sin derrumbarse.

A las señoras les apetecía hacerlo en el sofá así que yo, tanto si me va bien como si no, calladito. Folla y calla.

Después, Merche estuvo un rato sentada a nuestro lado. Con la sana intención de recuperarse para luego follarme. Priscila continuaba con su ritmo lento sobre mí.

Merche se acercó a Priscila.

- Nuestro hombre me ha comido el coño como nunca.

- Bien. - Jadeó Priscila. - Yo. Me he corrido dos veces y… y tengo otro a punto. - Ordenó a Merche. - ¡Bésame!

Sí. Desde hacía un tiempo les gustaba acariciarse entre ellas. Parecía que en lugar de ser un marido con dos esposas formáramos un matrimonio de tres iguales. ¡Ojalá follaran más entre ellas y me dejaran descansar de vez en cuando! Pero era algo que no hacían. Se limitaban a los besos y caricias con las manos mientras una de ellas me follaba y la otra esperaba turno.

El tercer orgasmo de Priscila interrumpió el juego bucal, pero no la caricia de Merche sobre su clítoris y que a veces me acariciara los testículos.

Priscila giró la cabeza para ordenarme:

- ¡Córrete de una puta vez! ¡Me estás matando!

En un alarde respondí:

- Te llenaré el coño solamente si me dejas que luego te chupe las tetas.

- ¡Cabronazo! Haz lo que quieras, pero acaba.

La verdad es que no podía más.

Mi corrida provocó su cuarto orgasmo. Y con ayuda de Merche la sentamos en el sofá ya que parecía que sus piernas no la sostenían. Quedó recostaba con su cabeza apoyada en el reposabrazos.

Merche me limpió el pene con unos lametones hasta que ya no había volumen. Luego acudió a Priscila separándole las piernas y se dispuso a limpiarle el coño por dentro y por fuera con la lengua.

- ¿Qué vas hacer? – Preguntó Priscila y eso que ya notaba la lengua de Merche en su coño.

- Disfrutar de ti.

Creo que esa fue la primera vez que Merche lamía el coño de Priscila, que simplemente se dejó hacer manteniendo los ojos cerrados a la vez que suspiraba y gemía suavemente.

- Esto es muy guarro. – Murmuró.

No deja de ser curioso. Se lo lamo, y es la caricia de su novio, esposo o futuro papa de su hijo. Lo hace Merche y le parece guarro. ¡Qué cosas!

Llamé la atención de Priscila.

- Recuerda tu promesa. Cariño. Quiero tus tetas.

- ¡Cabronazo!

Despacio retiré de sus hombros los tirantes del sujetador y las destapé. Acerqué mi boca y con todo el cariño que pude plasmar en mi caricia besé sus pezones, los lamí y ya manteniéndolos dentro de la boca los succioné ligeramente.

- Gracias, cariño. - Murmuré sin cesar en la caricia. - Me gustan mucho tus tetas.

La verdad es que casi no las reconocía. Estaban cambiando continuamente.

Ya fuera por mi caricia, la de Merche o la combinación de ambas, Priscila tuvo otro orgasmo.

- ¡Ag! ¡Ay! ¡Ya basta, por favor! – Protestó jadeando. - No sé cuántas veces me he corrido hoy.

La dejamos descansar. Con esa intención me senté en el otro sofá. Pero Merche no lo hizo conmigo.

Se situó entre mis piernas. Con las manos, labios y lengua me consiguió otra erección. Flexionando sus rodillas se puso sobre mí, de frente, arrodillada sobre el sofá, y se metió mi polla en el coño con la brusquedad que ya me tiene acostumbrado… y follamos.

- ¡Así, cariño! Vamos a pasarlo bien.

Se sujetaba de mis hombros por lo que pude dedicarme a disfrutar de sus bonitas tetas que botaban delante de mi rostro.

Llevábamos unos minutos de salvaje cabalgada cuando solté una teta y llevé la mano a su clítoris. Lo encontré mojado, caliente, duro. Ordenó:

- ¡Uf! Cariño, vale. No tan fuerte, pero sí más rápido.

Lo froté empleando tres dedos y sus gemidos al correrse despertaron a la adormilada Priscila.

También recordé que soy un mortal ante su diosa cuando me clavó las uñas en la espalda.

- ¡Bien! – Ordenó: - Ahora lléname el coño de semen.

- Aún no.

Esta vez no era un alarde. Notaba que podía aguantar un poco más.

- Bien. Pues dame fuerte que quiero más.

Cómo casi siempre, Merche estaba salvaje. Y era ella quien se movía porque continuaba sobre mí.

Unos minutos y notó mis descargas casi con rabia.

- ¿Ahora, cabrón? ¿Ahora te va bien?

Como se corrió antes, por dos veces dijo que no era justo. Afirmó que le habría gustado hacerlo a la vez. Temí por mis testículos. Pero no, se conformó con darme un morreo de casi cinco minutos mientras me dedicaba a estrujar sus tetas.

- Bueno, nene. – Dijo recuperando el aliento. - Vamos a dejarlo que me estás matando.

¿A quién mataban?

Más tarde, estando en el lavabo, otra vez tuvieron que poner yodo en mis heridas de guerra, porque eso no era amor.

Unos días más tarde, en el trabajo recibí un correo de Dirección agradecimiento mi dedicación, sagacidad y fidelidad a la empresa por lo que me recompensaba con un gesto en metálico mediante una transferencia.

Cuando vi “el gesto en metálico” grité jubiloso ante el asombro de compañeros y la mirada inquisitiva de Merche. Con la esa cantidad podría comprarme un coche nuevo de gama media, o ser el rey del Mambo.

Al poco recibí un mensaje al teléfono. Merche preguntaba qué ocurría. Respondí:

- Asunto investigación. Me dejan tranquilo!!;)

Nada dije de la gratificación. Pensaba largarme sin necesidad de hacer la maleta. Disponía de dinero para empezar de nuevo, lejos de esas fieras que me devoraban hasta el tuétano de los huesos. Bueno la carne, que en la polla no tengo hueso, báculo o como se llame.

Me imaginaba en una isla paradisíaca tomando una bebida de esas raras directamente de un coco agujereado mientras leo una gruesa novela. Y que una guapa mujer se acercaba sonriendo al tiempo que mostraba sus preciosas tetas operadas, su nariz operada y su culo operado, ya que tan solo vestía un breve tanga, y también sonriendo la advertía alzando el coco:

- Si intentas algo, te abro la cabeza a cocotazos.

Se alejó rápidamente.

¡Ah! ¡El paraíso!

Fue imposible. A la salida de la oficina y dirigiéndose al coche encontré a Merche. Con la llave a distancia abrió, se disponía a conducir. Con un gesto indicaba que me sentara a su lado. En ese momento pasaba cerca una mujer uniformada de seguridad. Saludó con unos gestos tanto a Merche como a mí, y parecía que colaboraba en evitar mi fuga. ¡Seguro que lo tenían acordado!

Ese sábado invité a mis mujeres a un buen restaurante. No al de Maurichio, que la última vez fue con mis suegros. Esperé al postre para proponer deshacernos de los dos coches que teníamos y comprar uno mejor. Más moderno y seguro. Les mostré una copia de la carta con la gratificación bien marcada en amarillo.

- ¡La ostia, niño! - Soltó Priscila.

- Vale. Bien. Perfecto, cariño. Ya sé quién nos va a pagar la ropa que necesitamos. - Afirmó Merche.

Desde ahí fuimos a las galerías del Puerto, y no recuerdo si Merche compró algo para ella, pero sí que Priscila me mostró la ropa que necesitaba para su comodidad y una criatura que no tardaría en llegar a nuestra casa. No me lo dijo, pero por la ropa que compraba deduje que sería niña. Algo que seguro que hablaron entre ellas olvidándose de decirlo al padre. A mí.

Por la noche, después de follar claro, antes es imposible hablar de nada, pregunté a Merche si sabía el sexo de la criatura. Asombrada contestó:

- Claro, hace unas semanas. Niña. ¿Qué no te acuerdas?

Me defendí:

- Debisteis enteraros al acompañarla en la última visita al médico porque yo ha sido ahora.

Las tres últimas veces que fue al médico no me dejaron acompañarlas.

- ¿Qué? No. – Parecía sincera al insistir: - Seguro que te lo dijimos.

Se movió acercando una mano a mi polla y comenzó la caricia que precedía al repetir.

Con esas uñas tan cerca de mis cocos era mejor admitir que lo olvidé.

- No lo recordaba.

- ¡Hombres! – Se quejó. – Solo os interesa una cosa.

Me chupó la polla poniéndome a su gusto. Luego se tumbó bocarriba y ordenó que me pusiera encima.

- Ven. Goza de tu mujer.

Merche gimió cuando la penetré, cuando la follaba, cuando se corrió, cuando recibió mi descarga.

- Bien, cariño. – Murmuró. Parecía cansada o lo fingía muy bien. – Ahora que ya estás satisfecho, ya podemos dormir.

Pasó una semana.

Había sido una noche de sexo salvaje con Merche por lo que esa mañana podía agradecer a todos los ángeles el continuar vivo y sin apenas heridas. Por dos veces comprobé que todavía tenía ahí esa parte de la anatomía que la comadrona emplea para asegurar en cuanto ve a uno: “Es niño”.

Al salir del lavabo me encontré a las dos mujeres sentadas en la cama. Me extrañó ver a Priscila a esas horas. Miré el reloj, la una y media de la madrugada. Llevaba puesto su pijama y una fina bata. Mientras que Merche, todavía desnuda, la abrazada. Me preocupé.

- ¿Ocurre algo?

Merche me miró risueña, y sin decir nada se retiró cediéndome el sitio al lado de la futura mamá. Me acerqué a Priscila sentándome a su lado. Me abrazó, por lo que también lo hice. Murmuró en mi oído:

- ¿Me amas?

Y ya supuse qué pasaba y comprendí la sonrisa de Merche. La futura mamá tenía celos o necesitaba mimos.

- Sí, cariño. Claro que te amo. Ya lo sabes. – Acaricié su espalda y poco a poco hice un hueco por el que pasar mi mano a su vientre. – Y también amo a esta personita que tenemos aquí. Por cierto, debemos acordar el nombre definitivo, que ya lo hemos cambiado dos veces.

Priscila soltó una leve risita. Era cierto durante varias cenas era el tema de discusión. De discusión entre ellas, claro. Que calladito estoy muy bien.

- Otra cosa cariño. – Pedí. – Ya sé que no es sábado, pero me gustaría dormir contigo ahora.

Miré a Merche que movió la cabeza afirmativamente sin dejar de sonreír.

Priscila asintió en silencio. Seguramente iba a pedírmelo o era lo hablado con Merche. El caso es que acerté.

Cómo no me había duchado, solamente un lavado rápido, me puse los mismos calzones y el pantalón del pijama. Merche se puso unas bragas y una camiseta.

Dejamos a Priscila en medio, y pregunté cómo quería dormir. Cómo respuesta me dio la espalda. La abracé. Movió el culo para que me pegara a ella. Así lo hice. Pasé una mano por encima de su vientre, sin tocar sus tetas. Con una mano me cogió la mía, y daba apretoncitos de vez en cuando.

Comencé a murmurar que la amaba. Que estaba muy contento de que me hiciera papá y no sé qué más, aunque todo relacionado y posiblemente empleara las mismas palabras. Al poco noté una mano de Merche a la altura de mi codo, con unos golpecitos me indicaba que me callara. Priscila se había dormido acunada por mi voz y nuestro cariño.

Merche se asomó por encima de Priscila para murmurar:

- Juan, eres maravilloso. Te amo.

Faltaba casi media hora para que sonase el despertador cuando noté algo moverse. Me desperté. Lo que se movía estaba debajo de mi mano, y dentro de un voluminoso vientre. Permanecí quieto. Deseaba notarlo otra vez, y oí la voz de Priscila.

- ¡Ya está jugando a futbol con mis riñones!

¡Qué maravillosa sensación notar a tu hija por primera vez! Permanecí quieto, esperando, pero no se repitió.

Miré la hora. Si bien ya podía levantarme para la higiene y todo lo necesario por las mañanas, ella podía continuar durmiendo ya que entraba en su trabajo una hora más tarde que yo.

- Descansa, cariño. Puedes dormir casi dos horas más.

- Tengo que orinar.

Esto es, debía levantarse.

Merche, que se había despertado se ofreció a ayudar.

- No estoy inválida. – Protestó Priscila.

Y eso que le venía muy bien que la ayudáramos a incorporarse, con la ropa y que al sacar los pies de la cama encontrara ahí mismo sus zapatillas con los movimientos mínimos.

Unos cuarenta minutos más tarde Merche se ponía carmín en los labios, y yo un poco de loción en la cara. Evitando hacer ruido salimos de la habitación. Nos despedimos en el pasillo, ella iba a la cocina a poner la cafetera para preparar el termo, mientras que yo bajaría al horno de la esquina por los cruasanes para el tiempo del descanso a mitad de mañana, nos veríamos en el coche en quince minutos. Solo que esa vez me esperó en la puerta del horno, en doble fila.

- Gracias, cariño. – Dije al acomodarme en el asiento. – No hace falta que vengas hasta aquí. – Señalé el extremo de la acera. – Me va bien en la esquina o como siempre en la salida del garaje.

Puse los cruasanes en la misma bolsa que el termo y que normalmente cargaba yo.

Con excepción de ese día, en esas circunstancias solía esperarme en la puerta del aparcamiento ya que luego queda mejor para ir al trabajo porque hay que dar menos vuelta por culpa de las direcciones de las calles.

- ¡Sí hace falta! Que ya he visto que han contratado otra vez a esa rubia tetona que hace que todos los tíos del barrio os pongáis muy tontos.

Era cierto. Seguro que contrataban a esa mujer que mostraba sus globos en tan generoso escote por la cantidad de hombres que atraía para tomar un café a cualquier hora.

- Cariño. Tú eres más guapa.

- Sí, sí. De cara puede que sí. Pero eres hombre. Estoy segura que ese escote te pone bizco.

Cambié de tema.

- ¿Qué tal has dormido?

- Bien, gracias.

La pregunta era lógica. Éramos tres en la misma cama y hay que dejar espacio para la barriga de Priscila.

- ¡Ah! Esta noche quiero que le hagas el amor a Pris. ¿Vale? Necesita cariño.

- Bien. ¿También estarás?

- Ya veremos. Ella lo dirá. - Estaba seria. Añadió: - Vale que necesita cariño, ternura y todo eso que me frena. ¿Ves? No podemos follar como nos gusta estando ella delante. – Añadió lo que me parecía enfadada. - Por otro lado, te está acaparando mucho.

Medité mi respuesta.

- Cariño, escucha por favor. Voy a decirte una cosa que ha de quedar entre nosotros. - Merche asintió. Estaba seria y me miraba algo preocupada, creo que temerosa. - Bien, amo a Pris. La amo mucho. Ya sabes ese dicho: el roce hace el cariño. Pero tú eres mi esposa. Si necesitáramos ese documento por algún motivo serían nuestros nombres los que figurarían. – Su ceño se relajó un poco. - Y debo decirte algo más. Cuando nazca mi hijo, mis sentimientos por vosotras no cambiarán. Pero algo me dice que amaré más a esa criatura que a vosotras.

Merche, sonriendo, pegó un volantazo y se metió en un hueco entre coches aparcados junto la acera. Era la salida de un garaje.

- Cariño. ¡Gracias! Estoy totalmente conforme. ¡Bésame!

Fue algo parecido a sellar un acuerdo.

- Vale, nene. Esta noche no sé si follaremos los tres o lo hagas con ella mientras miro. Después me iré a dormir sola. ¿Vale? Dale todos los mimos que necesite.

Al parecer también amaba a nuestra hija.

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