Xtories

Ganas de salir corriendo 7

La cama es un campo de batalla donde el placer y el dolor se mezclan con el peso de un vientre en crecimiento. Mientras Juan se entrega a la voracidad de dos mujeres, una auditoría silenciosa amenaza con destapar secretos que podrían cambiarlo todo. ¿Podrá sobrevivir al fuego de la pasión y la burocracia?

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Días más tarde y ya en casa, Priscila lo pasaba mal cada mañana, vomitaba. Hasta que por fin su cuerpo se normalizó y ganó volumen. Y así hasta que un sábado me invitó a su habitación ante la mirada risueña de Merche.

Se desnudó mostrando que su cuerpo cambiaba poco a poco. Su barriga solamente era notable porque ya lo sabíamos.

Ya en la cama no se quitó el sujetador y pidió.

- Por favor, Juan. No me toques las tetas. Que las tengo muy sensibles.

- Claro. No te preocupes.

Se tumbó bocarriba esperando mis caricias, y veloz acudí a su boca. Nos besamos y cumpliendo el acuerdo, intenté no tocar sus tetas. Solamente besé suavemente los pezones por encima de la tela. Se pusieron tan duros como piedras.

- ¡Eres un cabrón! – Murmuró lanzando un quejoso suspiro, y repitió la orden: - Por favor, no vuelvas a hacerlo.

Más tarde explicaría que al tenerlos duros se volvían más sensibles y le dolían con el roce de la ropa.

¡Dulce venganza!

No le dije que debía quitarse el sujetador evitando así ese roce.

Mis dedos hurgaban todos los rincones de su sexo cuando Merche entró en la habitación. Se situó al otro lado de Priscila. La besó en el rostro y le pidió si podía participar.

- Cariño. No me gusta estar con una mujer. - Se quejó Priscila.

Solamente hicimos un trío en Santiago. Y sí, fue para que me descargara, y decidieron no repetir al afirmar que no les gustaba. Sin embargo, ahí estaba Merche con ganas de participar.

- A mí tampoco. - Respondió Merche. - Pero creo que hoy es mejor si colaboro. Vamos a probarlo.

Supongo que notar mis dedos en su sexo fue crucial para que Priscila aceptara.

Estuve mucho tiempo lamiendo, chupando y succionando ese jugoso coño. Mientras las dos chicas se daban besos en los labios. A veces Merche lamía la boca de Priscila que le acariciaba las tetas. Las dos tenían los pezones bien duros y los coños chorreando.

- Me duelen los pezones. - Se quejaba Priscila.

Entonces, Merche le quitó el sujetador y ponía un poco de saliva además de lamerlos, según ella, suavemente.

- ¡Me gusta! Solo que un poco más suave. - Pidió Priscila entre gemidos que más parecían quejidos, y al poco cambió de parecer. - ¡No! ¡Fuerte! Más fuerte. ¡Aprieta! ¡Cómetelos!

¡Qué contradicción!

Al notar la presión de las manos de la futura mamá en mi cabeza supe que le faltaba poco para culminar por lo que renové mi ataque de lengua sobre su clítoris.

- ¡Así, aprieta!

No sé a quién daba esa orden. La hice mía y apreté el clítoris con la lengua.

Mientras llenaba mi boca con el flujo de Priscila creo que inventó palabrotas nuevas. La que recuerdo era algo así como “Jopucabrón”.

Solamente pude sonreír ya que mi lengua y labios estaban agotados con tanto ejercicio.

Empujé a Priscila para que se pusiera de lado. Me situé frente a ella y despacio acerqué el pene a su sexo.

- Despacio. ¿Vale? - Ordenó algo temerosa. - Ten cuidado de no apretar mi barriga. Y solo un poco.

- No te preocupes, cariño, no quiero dañar a mi hijo ni a la mamá de mi hijo.

Ambas mujeres me sonrieron.

Pasé una pierna entre las suyas y ella casi coloca una pierna sobre mi cadera. La penetré y si bien era sabroso, al poco se quejó diciendo que era incómodo. Me retiré.

- Lo siento. – Pedía Priscila. - Paciencia conmigo, los dos. Estos días estoy rara.

Merche a nuestro lado no sabía qué hacer.

Rápidamente bajé de la cama y pasé al otro lado. Empujé a Merche para situarme detrás de Priscila, en la posición de cucharilla. Haciendo que separase un poco las piernas y las nalgas, metí el pene hasta alcanzar su sexo.

- Vamos a probar así, cariño. – Pedí.

La penetración no era profunda, y deseé que fuera suficiente. Que le gustara.

- Así. Sí. - Aprobó Priscila. – Así va bien.

Pasé una mano por encima de su cadera y alcancé su sexo con la intención de acariciarle el clítoris mientras. Y encontré que la mano de Merche ya estaba ahí. Había cambiado de sitio poniéndose delante.

Priscila nos daba órdenes.

- ¡Uf! Bien. Juan. Muévete más despacio. Merche, cariño. Esa mano... así, suave. Así. ¡Qué gustito!

Minutos más tarde por fin Priscila tuvo un orgasmo. Y creo que fue gracias a los dedos de Merche, porque me veía en la obligación de moverme muy despacio.

Pidió acabar el juego. Que continuara con Merche.

- Cariño, por favor. - Me quejé, cariñoso. - Ya sabes lo mucho que me gusta estar contigo. Un poco más por favor.

Consintió y continué follándola, amándola.

- Así, Juan. Así. Suave. – Me animó. - ¡Qué gusto!

A veces notaba los dedos de Merche en la polla, incluso en los testículos.

- Pris, cariño. – Murmuró Merche. – Tienes el chochete chorreando. Me alegra ver que lo pasas tan bien.

- ¡Calla! ¡Sigue! – Ordenó sin quedar claro a quién: - ¡Uhm! ¡Así, así! Me falta poco para otro.

Cuando le llegó el segundo orgasmo se abrazó con fuerza a Merche que continuaba frente a ella, acariciándole el clítoris y lamiéndole los pezones.

- ¡Cabrones! – Dijo sin elevar mucho la voz. - Hacéis conmigo lo que os da la gana y lo disfruto. ¡Dios! ¡Cómo lo disfruto!

Continué follando a un ritmo un poco más acelerado. Priscila daba leves gemidos y suspiraba con fuerza. A veces me insultaba. Otras, me ordenaba que no parase.

- Así me va muy bien. – Decía sin apenas moverse. – ¡Oh! ¡Qué bueno es esto!

Avisé que me faltaba poco, y en contra de lo que esperaba, me pidió que aguantara, que notaba próximo otro orgasmo. Lo intenté y coincidió que le venía cuando ya no podía contenerme. Al notar mi descarga gritó llamándome de todo y como colofón a su entusiasmo añadió:

- ¡Así, cabronazo! ¡Así!

Merche, delante de ella y acariciándole todavía el coño, tenía problemas para aguantar la risa.

- Lo estás pasando bien. ¿He?

Priscila protestó y le ordenó:

- Nena, deja ya mi coño tranquilo.

- Todavía tienes el garbancito duro.

- ¡Claro! Deja de tocar y se calmará.

- Sí, ahora que está satisfecho se quedará dormidito.

No recuerdo qué cariñoso insulto le dedicó.

Poco más tarde oí que Merche pedía permiso a Priscila para follar conmigo.

- Sé que es tu noche, pero ya ves nena, estoy muy cachonda. Verte disfrutar me ha puesto. Mucho. ¡Tu orgasmo tiene muy buen sabor!

- Ya he visto que te chupas los dedos.

- ¡Pues claro! Anda deja que folle yo ahora.

Era cierto. Las tetas de Merche estaban duras con los pezones en punta. Tenía los muslos mojados de lo que salía de su sexo. Supuse que estaba muy cachonda o ya se había corrido.

- ¿Follar? ¡No! - Ordenó Priscila. - No quiero que folléis. ¿Me oís? Quiero veros haciendo el amor.

Merche, sujetándome por el brazo, soltó un quejido y protestó:

- Pero si estoy de un salvaje que no me aguanto.

- No cariño. Hoy es ternura. – Insistió Priscila. - Por favor.

Mientras hablaba se acariciaba la barriga.

Ante semejante gesto, Merche apretó los labios y consintió.

- Vale. Como tú digas, pero mañana me lo como.

Estuve por aplaudir a tan buena abogada.

Merche se bajó de la cama para dar la vuelta hasta llegar a mi lado ya que había más espacio en la cama. Se tumbó de espaldas casi debajo de mi cuerpo. Y comenzamos los besos y esas caricias que me permite de vez en cuando. Se me ocurrió acariciar su cara a lengüetazos, como si fuera un cachorrito. Reímos. Le gustó. Así me fui deslizando por su cuerpo hasta llegar a sus tetas, donde estuve un buen rato con esa caricia.

- ¿Te gusta cariño? - Preguntó Priscila a Merche. - Creo que sí. Pones una cara de cachonda que da miedo.

Merche no contestó, solamente gemía y suspiraba.

Bajé una mano a su coño y lo acaricié sin dejar de chupar sus tetas. El clítoris estaba muy duro.

- ¡Cariño! Tienes dedos de pianista. - Elogió Merche. - ¡Uf! ¡Sí!

Tras el orgasmo bajé la boca a su sexo.

Lo de la diferencia en las tetas es algo evidente de una mujer a otra. Quizás porque son más visibles. Pero que los coños fueran tan diferentes siempre me asombra. Vale, sí, labios, clítoris y vagina. Sí. Todas lo tienen. Pero está el olor, el color, las formas, los tamaños. No importa que sean familia, son diferentes, y me gustan. Vale. No soy un experto en coños, pero estoy seguro que no hay dos iguales.

Merche tuvo un orgasmo premiando así mi esfuerzo.

Dijo de ponerse encima, pero no lo permití. Hice que se girase. La situé sobre sus rodillas y con el culo en pompa.

Sonrió la preguntar:

- ¿Por dónde vas a meterla, guarro?

No sé por qué me llamó así si en alguna ocasión era ella quien me ofrecía el culo como si me hiciera un regalo, ya que no le bastaba y debía acariciarse el coño para culminar. Con el extremo del pene la acaricié desde el ano hasta la pelvis. Luego la introduje en su vagina que era mi idea inicial.

- ¡Vaya! Esta postura es nueva.

La verdad es que hacía mucho que no la empleábamos, porque la que más le gusta es ponerse encima, pero la recordé al follar a Priscila poco antes a modo de cucharilla.

Priscila acercó una mano al sexo de Merche alcanzando su clítoris.

- ¡Ah! – Merche protestó. - ¡Esto es venganza!

- ¿Te molesta? – Preguntó Priscila sonriendo.

Merche no pudo contestar. Sus gemidos lo impedían y mucho antes de lo imaginado tuvo un orgasmo mientras la sujetaba por la cadera imponiendo un ritmo que me iba muy bien.

- ¡Uhm! No paréis. – Merche estaba desatada. - ¡Qué bueno!

Priscila, sin dejar de acariciarle el sexo, y a veces mis testículos, con la otra mano estrujaba las tetas de Merche. Que continuaba quejándose:

- ¡Dios qué gusto! Esta me la vais a pagar, los dos. - Amenazó mi novia mezclando gemidos entre sus amenazas. - Os lo prometo, cabrones.

No volvió hablar, solamente gemir y dar algún quejido, manifestando lo bien que lo pasaba. Hasta que con la llegada del nuevo orgasmo soltó unas palabrotas y por fin ya nos dijo:

- ¡Me estáis matando! ¡Os quiero!

Y al poco afirmé que no tardaría en correrme por lo que me animó a que no lo retrasara.

- Sí. Puedes llenarme cuando quieras. ¡Dame tu leche! ¡Cabronazo!

A esas alturas del juego, Priscila estaba situada debajo de Merche comiéndole las tetas sin dejar de acariciarle el clítoris. Aunque también se dedicaba al suyo.

Al correrme provoqué otro orgasmo a Merche.

- ¡Ah! ¡Uhm! Me gusta notarte. ¡Calentito!

Y cuando me retiré de su cuerpo tuvo cuidado de no derrumbarse sobre Priscila. Ésta continuaba frotándose el coño. Por eso me acerqué para sustituir su mano con mi lengua.

- ¡Ah! ¡Sí! ¡Me gusta!

Al correrse sujetando mi cabeza me restregó el coño por toda la cara.

- ¡Toma cabrón! No te dejes nada.

Merche quedó en medio y nos abrazamos a ella. Nos besó a los dos mientras Priscila afirmaba que no se había fijado hasta esa noche cómo se balancean mis testículos al follar.

- Claro, cariño. - Respondí sonriendo. - Siempre os ponéis encima y me los tapáis con el culo.

Estuvimos un rato relajándonos, esperando el sueño. Ninguno tenía ganas de levantarse para ir al aseo. Solamente Merche dijo lo que parecía una queja y una propuesta.

- ¡No sabéis cuanto os odio! Mañana no podrá ser porque tendré el coño escaldado todo el día, pero pasado mañana lo repetimos.

No fue así. De lunes a viernes, Priscila solamente tenía tiempo para su mayor afición, el trabajo, que no lo cambiaba ni por un buen polvo.

Y fue el primer día que pude descansar para alivio de mis testículos y huesos, porque realmente Merche tenía el coño irritado. Consintiendo solamente besos. Pero esa segunda tarde, Merche me dedicó una sesión salvaje en la que se corrió cuatro veces y yo dos.

A la hora de la cena Priscila se ofreció para ponerme yodo en los arañazos que veía en la base de mi cuello. Más tarde, cuando me quité el suéter para no mancharlo se pusieron las dos a curar mis heridas del pecho y brazos.

Priscila riñó a Merche:

- No lo trates así, que tiene que durar. ¿Vale?

- ¡La culpa es suya! - Respondió Merche sonriendo mientras me aplicaba yodo con un algodón. - Me hace disfrutar tanto que no me controlo.

¡Encima yo era el culpable! Pensé, que como aún estaba vivo, debía aprovechar para huir a un hospital usando un nombre falso y luego… lejos, pero que muy lejos de esas fieras.

Antes de que el cuerpo de Priscila ganara volumen, Merche la convenció para volver a la discoteca del súper loco ese. ¡Y resultó perfecto! ¡Me vino muy bien! Estuvimos bailando hasta que cerraron. Al salir nos dieron propaganda de otra discoteca y allí que fuimos. Continuaron bailando hasta que amaneció mientras yo, alegando que me dolían los pies, las miraba sentado en una butaca o apalancado en la barra del bar. El resultado es que quedaron reventadas al bailar toda la noche y pude dormir tranquilamente hasta la hora de la comida.

Por alguna razón que no recuerdo Pris, durmió con nosotros, vistiendo todos ropa interior solamente.

Al despertar casi a la vez, Merche me pidió perdón:

- Cariño, ya sé que parece una tontería, pero cuando me duelen los pies no me va bien follar.

- No te preocupes. Yo tampoco tenía ganas.

Me abrazó llenándome la cara de besos.

- ¡Mientes! Lo sé. Y te quiero.

No sé cuándo le di pie a esas ideas. De siempre soy un tipo normal a quien está entrenando cómo su semental particular. ¡Pobre de mí!

Priscila. Se levantó la primera y ordenó mientras se desnudaba:

- Me ducho ya. ¿Vale? Así, mientras lo hacéis vosotros me ocupo de la comida.

Sus tetas se agitaban mientras se movía y caminaba. Pero fue su culo lo que me quedé mirando.

Merche, que se había dado cuenta, preguntó:

- ¿Te gustaría follarla por ahí?

- ¿Qué? No, cariño. No por ahora. – Disimulé: - Es que me maravilla como cambia su cuerpo.

Era un tiempo de descanso como cualquier otro en el comedor colectivo del Golden Point. Como siempre café con leche del termo, unos cruasanes y la risueña presencia de mi novia. ¡Qué alivio! Estando en el trabajo me sentía a salvo de sus labios, de sus garras, de su salvaje forma de follar. Creo que debería mudarme instalando mi habitación en el cuarto de material, también me serviría debajo de mi escritorio.

Como si me hiciera una confidencia Merche murmuró:

- Ha venido un pez gordo de Barcelona. Parece que quieren hacer una auditoría y… se ha oído tu apellido.

Me sorprendí. Por otro lado, aparentando una tranquilidad que me abandonaba por momentos dije:

- ¿Sí? Pues no sé qué quieren. La verdad es que nada sé. Ya sabes, me dedico a lo mío sin meterme con nadie.

Merche asintió. Sabe bien cómo soy, pero entre mordiscos a la pasta y sorbos al café me miraba preocupada.

Una hora más tarde me llamaron desde dirección. Me sorprendí, por eso tardé un poco a contestar al teléfono al ver el número de secretaría que aparecía en la pequeña pantalla. Querían que acudiera a la sala de reuniones. Al pasar por al lado de la mesa de Merche le hice un gesto con el que admitía que tenía razón.

La mirada de Merche mostraba preocupación.

La mujer que me recibió en un despacho que se empleaba poco se mostraba discretamente amable mientras que sus dos acompañantes que la flanqueaban parecía que les habían metido una guindilla por el culo. Los ayudantes vestían traje de una calidad ligeramente superior a la que suelo usar, mientras que la mujer estaba a otro nivel. Solamente lo empleado en ese maquillaje diario ya debía ser más caro que mi traje con zapatos incluidos. La mujer debía ser de mi edad mientras que los hombres, no me fijé tanto, creo que uno era un poco mayor mientras que el otro lo contrario, más joven.

Con un gesto la mujer me invitó a sentarme.

Estábamos separados por una alargada mesa que ya había visto en otra ocasión, pero en esa me parecía mucho más larga, más grande y solemne. La sala también me resultaba muy fría e incómoda, dándome la apariencia de estar en un juicio.

Saludo y presentación sin estrechar las manos. Solamente un gesto con la cabeza. Y dio comienzo un interrogatorio que se centró en una documentación, facturas y albaranes de una mercancía con destino a un local de la empresa que llevaba más de cuatro años cerrado.

- Sí. Ya recuerdo. - Afirmé seguro de hacer lo correcto. – De las facturas nada sé. Y los albaranes para registrar los reenvié a Intervención en Barcelona. Pensé que no eran correctos algo que mi departamento no puede investigar, por lo que bueno… los metí en un sobre con la dirección de destino y un informe con el motivo que redacté yo mismo.

Ante un gesto de la mujer uno de los amargados que estaban a su lado me mostró una copia del primer informe. Lo reconocí en seguida, además llevaba mi firma.

- Sí. Es lo que redacté y envié a Intervención. Como queda bien claro indico el qué y el por qué. - Miré a los ojos de la mujer al añadir: - Y, bueno, tengo mucha curiosidad del porqué de todo esto, porque estoy convencido de haber obrado bien.

Hice un gesto que pretendía abarcar el lugar refiriéndome en verdad al motivo del interrogatorio.

La mujer, al apretar los labios, eliminó la leve sonrisa que en ellos aparecía.

- El por qué, amigo Juan, no puedo decirlo ya que se está investigando todavía, pero es muy posible que haya hecho un gran servicio a esta empresa. Y puede retirarse bien tranquilo, y…

Esas palabras fueron muy tranquilizantes, aunque intenté permanecer tan impasible como los amargados. Fue cuando me pareció ver dudar a la mujer, y tras apretar los labios otra vez, añadió:

- Es posible que en unas semanas reciba el agradecimiento de Dirección. Y bueno. También es posible que antes de un mes yo misma o un colega le haga preguntas similares.

- En ese caso mis respuestas serán similares.

No hubo despedida ni apretón de manos. Con un gesto me indicó la salida y simplemente me levanté sin decir nada y me fui.

Salí de la reunión con más preguntas que respuestas rondando en mi cabeza. Solamente tenía una cosa clara: no iban por mí. Lo cual era tranquilizador, mucho. Por otro lado, afirmó que hice un buen servicio a la empresa y luego ni me dijo adiós en la despedida.

Regresé a mi sitio. Ante la inquisitiva mirada de Merche desde su mesa simplemente le guiñé un ojo, y vi cómo su rostro se relajaba.

En lo que quedaba de la mañana no pudimos hablar y de regreso a casa, como siempre conducía ella, se metió en el mismo solar donde ya lo hiciera con mi coche aquella mañana de tormenta. Sin que hubiera gente asomada la puerta del almacén estaba abierta.

Me abrazó con fuerza. Hubo un corto beso.

- Ahora no, porque me pondría demasiado nerviosa para conducir. Pero necesito que me cuentes todo.

Dio al contacto sin arrancar el coche. Cambió de opinión y paró el motor. Quería las explicaciones en ese momento.

- Vale, nena. ¿Te acuerdas de aquellas facturas sobre material enviado a un local en el barrio antiguo que se supone cerrado? – La verdad es que no y tuve que explicar brevemente lo que pasó. Y concluí: – Parece que traen lio.

- ¿El contenido de las facturas o el hecho que existan?

- Perdona. No puedo decirlo.

- Soy tu mujer… ¡No! Perdona. Perdona. No digas nada. - Quedó callada mirando al frente. Asintió: - Sí. Es mejor que nada sepa, no sea que se me escape algo durante ese duelo dialéctico diario con doña Agustina. Un día de estos una matará a la otra.

Fue cuando me interesé en saber qué pasaba con esa chismosa.

- Pues ya ves, cariño. – Lanzó un suspiro. – Desde que sabe que vivimos juntos le encanta decir que estamos en concubinato, amancebados y no sé qué más. Y mientras estabas en la entrevista me puse muy nerviosa y no pude contenerme.

Su rostro hizo una mueca que no pude interpretar porque no me miraba. Había girado la cabeza para ver que unos tipos vistiendo chándal cerraban la enorme puerta del almacén.

– Y esta mañana, al descubrir que no estabas en tu sitio vino a la carga aparentando que pasaba por mi lado por casualidad. Justo detrás de mí, hizo el comentario de siempre, y le respondí que sus cuernos lucían muy bonitos esta mañana. – Ahora sí que lanzó un suspiro. - Así que desde hoy la guerra será más abierta.

- ¿Por qué has dicho eso? – Me sorprendí. - En verdad nada sabes…

- Se nota. ¡Vaya si se nota!

Movió la cabeza afirmativamente mientras arrancaba el coche y hacía la maniobra de salida a la carretera.

- El marido ha venido varias veces a buscarla y mientras espera ya sea en el garaje o en el pasillo fuera de la oficina, se le van los ojos detrás de todas las faldas, de todos los escotes. – Me miró fugazmente para volver a fijarse en la carretera. - Es algo que comentamos en el lavabo las menores de cincuenta.

No me había dado cuenta del comportamiento de ese tipo.

Ya en casa Priscila dio su opinión:

- Parece que has ayudado en algo muy gordo a la empresa y te dirán el resultado “a toro pasado”. Para no perder el control o que algo pueda salir mal.

- Vale. Pero el qué. - Pregunté haciéndome el ignorante, ya que tenía orden de no hablar sobre la entrevista.

- Esos albaranes con sus facturas. – Dijo Priscila seria mientras se acariciaba la barriga. - Seguro que representan más de lo que tienen escrito.

- Eso quiere decir que hay más. - Meditó Merche. - Que han encontrado más y has destapado algo gordo.

Priscila asintió mostrando conformidad.

Eso gordo pueden ser dos cosas. Esa empresa factura algo que no existe para llevarse el dinero. O bien que alguien consiguió un acuerdo con ellos, o con un empleado de esa empresa, repartiéndose el dinero que sacan de la Golden.

El silencio duró un minuto hasta que Merche murmuró el nombre del jefe de compras.

- Lo importante es que no peligra tu trabajo. Cariño. - Añadió abrazándome y llenando mi cara de besos. - ¡Qué miedo he pasado! Estuviste una media hora y creo que en ese tiempo no respiré.

Sí que respiró. De hecho, le largó lo de la cornamenta a doña Agustina.

No les hablé sobre mis ganas de mandar todo a la mierda y salir corriendo sin parar hasta muy lejos.

Nos estábamos acostando cuando Merche pidió.

- Perdona cariño. Esta noche solamente besitos. Estoy rara.

Me sorprendí.

- Cariño. La regla la tuviste... el otro día.

- Sí. Pero ya ves. - Sonrió al añadir. - No es el clásico dolor de cabeza que se supone que las mujeres ponemos de escusa. Creo que es por los nervios.

- Bien, cariño. Solamente besos.

Suponía todo un descanso.

Estábamos abrazados cuando propuso.

- Nene. Si quieres ir con Pris, lo comprendo.

No iba a desaprovechar un descanso de mi alma, corazón y mis huesos. ¡Ah! Y mis cocos. Me quedó muy cariñoso al pedir:

- Durmamos.

Me dio un beso en el rostro y murmuró su amenaza:

- Ya te lo compensaré.

Continúa en