Ganas de salir corriendo 6
Merche y Priscila no piden permiso, toman las riendas del viaje y de la noche. Juan solo puede entregarse a su destino: ser el centro de su deseo, sin saber que esa entrega le traerá una sorpresa que cambiará todo para siempre.
También fuimos una noche a Barcelona. Se trataba de asistir a una ópera y aunque en principio iba a ir solo, como siembre hice de soltero. ¿Se dice soltero, aunque vivamos juntos sin estar casados? ¿Sigo siendo soltero? No sé. Lo pensaré en otro momento.
Las dos chicas decidieron acompañarme, no al acontecimiento porque no les gustaba y se aburrirían, pero sí al viaje.
En el hotel nos miraban extrañados siendo tres adultos en la misma habitación en la que habíamos pedido una cama enorme, rechazando la supletoria, pero naturalmente nada dijeron.
Los recepcionistas ya me conocían de otras veces porque siempre que iba a la ópera de esa ciudad me alojaba en ese hotel, de buen precio y cerca del teatro. En aquellas ocasiones pedía una habitación individual, con una cama que no llegaba al metro de ancha. Pero en esta ocasión eran dos colchones de noventa.
- Vale. Servirá.
Aceptó Merche ante la interrogativa mirada del recepcionista, y Priscila, a su lado, movió la cabeza afirmativamente.
- Sí. Nos apañaremos.
No esperaron mi opinión. Claro que con la vergüenza que estaba pasando, mis planes consistían en marcharme a otro hotel de otra ciudad. De otro país, de otro planeta.
Mientras me retiraba del mostrador, me entretuve guardando la tarjeta bancaria en la cartera, porque claro, amablemente las dos chicas dejaron que pagara yo, y fue cuando escuché que la mujer de recepción murmuraba al compañero:
- Aquest cop no ha vingut sol. (Esta vez no ha venido solo.)
- ¡Vaya que sí! - Contestó el compañero algo más joven. - Con dos tías de campeonato.
Supongo que la respuesta en castellano en lugar del idioma local era para que me enterase que aprobaban el cambio.
Nos instalamos en la habitación. De acuerdo con el temperamento de Merche lo revisó todo. Abrió todas las puertas, todos los cajones. Mientras, de la maleta saqué el que era mi mejor traje para que se fuera alisando. Tras una ducha, no me iba a poner una camisa limpia sin hacerlo, propuse ir a comer.
Debo admitir que mientras me duchaba vigilaba la puerta con miedo. Miedo que una de las dos entrara con la intención de vaciarme las pelotas. No fue así.
Mi intención era ir a la casa de comidas donde ya era habitual cuando voy a esa ciudad, pero fue rechazada.
Merche protestó al ver el interior a través de la cristalera de la puerta. Y fue secundada por Priscila.
- Llévanos a un sitio menos cutre.
- Si está muy bien. Os gustará. – Alegué manteniendo mi oferta. - Buena comida, los platos son abundantes, no hay que alejarse mucho del hotel y queda a un paso del Liceo.
No me hicieron caso. A tirones y empujones me retiraron de la entrada, y me llevaron a un restaurante que no me costó un ojo de la cara, pero sí parte de un riñón. Solamente un postre tenía el precio de todo un menú en la casa de comidas.
Por la tarde, tras un corto paseo en el que parecían que confirmaran mi intención de entrar en la ópera, me acompañaron hasta la puerta del teatro, para luego dedicarse a ver el centro de la ciudad, donde hicieron algunas compras.
No coincidimos en la cena ya que ellas lo hicieron a la hora habitual y yo una más tarde. Nos reunimos en la habitación donde casi montamos un trío, ya que se turnaron para follarme las dos.
Permaneciendo tumbado bocarriba, las mujeres se ponían a lo amazona sobre mí. Cada vez que una se corría cambiaba el puesto con la otra, que estaba esperando al lado. Era con la que me corría llenándole el coño. Así se corrieron dos veces cada una. Al avisar que me faltaba poco era Priscila quien me cabalgaba.
- ¡Adelante, nene! - Ordenó: - ¡Lléname el coño!
Cuando me corrí tuve que pedirle que no gritase. Ni caso.
- ¡Así! ¡Bien adentro! - Gritó. - ¡Lléname!
Merche, sentada a un lado de la cama y apoyada en la cabecera, se acariciaba el coño con una mano y las tetas con la otra. Me recordó:
- ¡Tranquilo, cariño! Aquí nadie nos conoce y, recuerda, mañana nos vamos.
El caso es que a mí sí me conocían de varias veces. Se trata de mi hotel habitual cuando voy a esa ciudad. Si nos escuchaban, y era algo seguro, me daría vergüenza volver.
Priscila quedó saciada, temporalmente, claro.
¡Ni dos minutos!
Las muy hijas de sus santas madres no me dejaron descansar ni dos putos minutos. Sonriendo, no recuerdo quién, propuso a la otra.
- ¡Vamos! ¡Otra ronda!
Merche se ocupó de ponerme a punto mediante una mamada. Cuando ya me tuvo a su gusto volvió a ponerse encima para follar. Y comenzamos de nuevo. Ordenó:
- Esta vez te corres en mí, ¿Vale?
¡Como si yo pudiera contrariarlas! Eran ellas quienes llevaban los turnos medidos por sus orgasmos. Y menos mal que coincidió cómo quería porque si no era capaz de clavarme las uñas y dientes para que la volviera a follar.
Cuando me descargué, Merche se puso a decir lo bueno que estaba, lo mucho que le gustaba notar mis descargas, y Priscila me acariciaba el pecho al mismo tiempo que nos besábamos.
Priscila me miró con ojos de loba.
- Porque quiero mucho a mi Merceditas, sino te raptaba para que fueras solo mío.
No sé si dormí como un tronco o es que perdí el sentido por lo que quedaba de noche.
Al día siguiente, levantándome con el tiempo justo para una ducha rápida y dejar la habitación, el joven que nos atendió evitaba reír ante mis ojeras y pesado movimiento.
Mientras le devolvía la tarjeta que hizo de llave, me dijo socarronamente:
- Señor, espero que haya disfrutado de su estancia en este alojamiento. Le esperamos de vuelta.
Me ruboricé. Supongo que algún cliente puso una queja o comentó en recepción el escándalo que montamos. Agaché la cabeza retirándome sin despedirme.
En el avión comentaron que el siguiente viaje podríamos ir a Santiago de Compostela. Esta vez parecía más en serio. Y sin pedir mi opinión se pusieron a hacer una lista de qué hacer allí. Cerré los ojos y no los abrí hasta que Merche ordenó que despertase y mirara si llevaba bien el cinturón de seguridad.
- Vamos a aterrizar.
¿Tan pronto? ¿No podía dar una vueltecita más? No solo por dormir, sino porque las niñas se comportaban comedidas y contenidas sin moverse de sus asientos.
Otra vez fuimos a la discoteca del súper loco ese, un sábado noche de febrero. Bueno, por la hora ya era domingo. Esta vez también vino Priscila ante la insistencia de Merche.
- No sé por qué os he hecho caso. – Protestaba Priscila. - No me siento bien aquí.
Merche ya tenía la respuesta.
- Hemos venido a movernos, sudar un poco y sobre todo pasar un buen rato. Además, ya has venido varias veces.
- Sí. Pero no me termina de gustar.
Merche vestía pantalón ajustado, de esos que parecen una segunda piel. Una camiseta y nada de tacón. Iba dispuesta para disfrutar bailando. Priscila, un pantalón de hilo que solamente se ceñía un poco a sus nalgas, blusa y tenía que vigilar ese botón que se soltaba mostrando un sujetador con transparencias. Y algo de tacón en los pies. Y yo, si llevara corbata parecería que estaba en la oficina.
Fueron tres horas en las que solamente dejábamos la pista para ir al retrete o a la barra. Y esta vez Merche llegó agotada a casa. No tenía ganas de follar. ¡Raro! Intenté meditar qué había pasado llegando a la conclusión que mi esposa bailó más de lo habitual. Lástima. De ser por una pócima o algo así, habría dado su peso en oro por conseguirla. Ya que los dos cubatas que se tomó los había sudado en la pista.
- Cariño, perdona. - Murmuró Merche a mi oído. - Deja que descanse. Ya te lo compensaré otra noche.
- Descansa, cariño.
Creía que esa noche descansaría, y me equivoqué. Al poco llegó Priscila. Vestía un pijama y se cubría con una bata.
- Hola, nene. ¿Qué ocurre que no estáis follando? - Tras averiguarlo me soltó. - Pobrecito. No te da tu ración esta noche. No te preocupes, ven a mi cuarto que yo te lo soluciono.
Me tiró del brazo sin permitir escusa ni huida. Allí, ya desnudo me hizo chuparle el coño durante veinte minutos, tiempo que la muy bruta tuvo tres orgasmos.
- ¡Uf! Nene. Desde que me mostrarte lo bueno que es una comida de coño es que me encanta.
Me habría gustado decirle varias cositas, pero mi lengua estaba atrofiada por tanto tiempo fuera de mi boca.
Sin contemplación alguna me empujó para ponerse encima mientras me agitaba la polla haciendo que mis pelotas botaran pareciéndolo realmente. Si pretendía jugar al golf las bolas quedaron muy cerca, pero fuera del agujero donde se metió el palo.
Entre gemidos y palabrotas seguía hablando.
- ¡Ah! ¡Sí! Otra cosa que me enseñasteis es ponerme encima. Me va muy bien porque así controlo cuánto me la meto y el ritmo. ¡Sí, me gusta!
Sin dejar de follar me cogió las manos para llevarlas hasta sus tetas y me ocupara de masajearlas.
- Así, nene… Bueno, tú ya sabes. ¡Qué te voy a enseñar si eres un artista! ¿Verdad, cabrón? ¡Muévete! Haz que disfrute. ¿Vale? – Y ordenó sin dejar de moverse: - ¡No te olvides de mi culo!
- A ver, señora. ¡Qué solo tengo dos manos! – Protesté y le di unos pellizcos en los pezones al preguntar: - ¿Las pongo en el culo o en las tetas?
Contestó con otra lindeza, por lo que sin hacer caso a sus órdenes la acaricié según me apetecía. Eso sí, le dejé los pezones morados. Fue una pequeña venganza.
Por consideración a Merche que dormía en la habitación de al lado, se contuvo de gritar sus dos orgasmos. El primero lo consiguió moviendo su cadera, el segundo le llegó al notar mi descarga. Me dejó las pelotas chorreando de nuestros flujos.
- No nos movamos. - Ordenó tumbándose sobre mí. - Ya lavaré las sábanas mañana. – Me abrazó al añadir: - Nene. ¡Qué bien me has dejado! Por lo bien que lo haces tienes tan enamorada a Merche. ¡Qué cara de felicidad luce por las mañanas!
¿Cara de felicidad? No se había fijado en la mía. No podía moverme de debajo de su cuerpo. Me retenía sin permitirme escapar.
Poco más tarde. El sol ya clareaba a través de las rendijas de la ventana, Priscila todavía tenía ganas de hablar.
- Juan. Verás. No sé si me estoy enamorando de ti. Eres muy cariñoso y me haces disfrutar. Yo. Lo único que quiero o quería realmente de ti era sexo. Solo eso. – Suspiró sin dejar de mirarme. - Y. Bueno, no quiero entrometerme ante Merche. Tenemos que hablarlo.
Se movió apoyando su cara en mi pecho. Me besó una tetilla y la lamió como si jugara. Luego despacio y recuperando la seriedad continuó hablando. No sé ella, yo lo prefería a repetir otra follada.
- Creo que debería marcharme a mi casa. Así no os molestaría. Claro que algún sábado te pediría que vinieras o vendría aquí, para follar. Ahora que lo he descubierto no quiero perderlo. No quiero perderte.
No sé si llegaron a hablar alcanzando algún acuerdo sin contar con mi opinión. ¿Para qué? Follaba a diario con Merche y con Priscila una o dos veces, a veces tres, al mes. Pudiéndose decir que nada cambió por el momento. Bueno, mis ganas de salir corriendo iban en aumento.
Cualquier día me despediría por la mañana diciendo:
- Voy por los cruasanes.
Y en taxi o corriendo, lo que sea más rápido, iría al aeropuerto. Allí compraría un billete a las Antípodas. A lo más lejos que hay desde España sin salirme del planeta.
Era finales de febrero llegamos a casa encontrando que Priscila no estaba. No nos extrañó ya que a veces debía visitar a sus clientes en sus comercios, entregando, buscando una documentación o por una firma. Después de comer nos dedicamos a la limpieza y hacer la lista de la compra para el día siguiente. Había que esperar a que Priscila añadiera lo que necesitara o se nos olvidara. Algo que ya había pasado.
Por fin pudimos descansar y decidimos tomar un café mirando la tele.
- ¡Qué bien huele este café! – Dijo Merche sonriendo. – En cuanto lo acabe voy a hacer un pipí.
Cambiando de canal en la tele encontró un programa sobre unos famosos, o lo parecían, aunque no eran cantantes ni actores, que debían comportarse como granjeros. No sé en qué consistía el premio e ignoro si por él valdría la pena retirar la mierda de las vacas cada día. Y era evidente que con esas circunspectas conversaciones se contenían de saltarse a la yugular.
Al menos dos veces pedí ver otra cosa y Merche contestaba que esperase un momento quería saber si ésta o aquélla le ponía los cuernos a sus parejas con un tipo que era como un armario. El momento a esperar se convirtió en algo más de media hora.
Por fin Merche se retiró al baño.
- ¡Uf! ¡No puedo más!
- ¿Y quién te lo impide?
Llevé los vasitos empleados en el café a la cocina, y ya sentado otra vez en el sofá saqué un libro que por culpa de las mujeres dedicaba poco tiempo a leerlo. Me quedé mirando la tapa al tiempo que recordaba la tranquila soledad de las tardes como un paraíso lejano, perdido, añorado y a veces llorado al soltar una lágrima. Como si Merche, ese hermoso ángel, con espada de fuego en la mano, me expulsara de tan idílico lugar para llevarme a esa infernal caldera que tiene entre sus piernas.
Recordé la frase de Villalonga:
- No hay más paraíso que el perdido.
El caso es que cuando Priscila regresó a casa a eso de las siete estaba pálida. Su saludo fue un murmullo y quedarse mirándonos desde la puerta de la sala. Merche se dio cuenta en seguida y se preocupó.
- Pris, cariño… ¿Qué te pasa?
Sin ir a su habitación a cambiarse se acercó en silencio hasta el sofá que estaba al lado del que nosotros ocupábamos. Su bolso y abrigo fueron arrojados cerca, casi con descuido. Me pareció algo serio por lo que dejé el libro que intentaba leer a un lado. Merche que estaba mirando en su móvil lugares para visitar en Santiago simplemente lo apagó. La tele era solamente ruido de fondo.
- Pues. No sé cómo decirlo.
- Venga tiita. - Animó Merche. – Dinos lo que sea.
Al igual que yo Merche temía que tuviera algo malo.
- Yo. – Priscila dudaba, tartamudeaba. - De verdad… Os prometo que… que no era mi intención, que creía que… ¡Y ya veis!
- Por favor. - Insistí. - Nada has dicho todavía.
Me miró asombrada al darse cuenta.
- ¿Qué? ¡Ah, sí! Pues… que… ¡Estoy embarazada!
Merche y yo nos quedamos de piedra. Callados. Mirándola. Era algo totalmente inesperado.
Fue Merche quien adelantándose. También con voz dudosa, preguntó:
- Pris, cariño. Nos dijiste… Creíamos que tú… no podías… eso, quedarte embarazada.
- Pues ya veis, nenes, casi veinte años intentándolo con el cabronazo de Pablo y nada de nada. – Me miró como si fuese el culpable cuando fue ella la que me buscó. - Me acuesto con Juan un par de veces y ya. ¡Toma embarazo! – Y justificó: - ¡Claro! ¡Pensando que soy estéril no tomo precauciones! - Apretó la boca antes de continuar. Retiró la mirada varias veces. - Y ya os podéis imaginar que me pone de muy mala… gaita. - No sé cómo, pero se contuvo soltar una palabrota. – Ya veis, era Pablo quien fallaba, que además de no saber follarme el estéril era él.
- Pero fuiste a un médico. - Recordó Merche.
Por la rápida respuesta de Priscila estaba claro que llevaba meditándolo mucho rato.
- Sí. A un amigo de Pablo. ¿Lo veis? ¿Os dais cuenta?
Hizo un gesto indicando que debíamos fijarnos en ese detalle tan importante. Sin levantarse del sofá parecía botar con esos gestos nerviosos o de enfado.
- ¡Un amigo! ¡Un amigo, suyo!
Esta vez me adelanté a Merche.
- Priscila. Lo que insinúas es muy delicado. Se trata de un médico que ha jurado…
- ¿Delicado? ¿Jurado? – Me interrumpió soltando unas cuantas palabras de esas tan bonitas de tan selecto diccionario personal. Y añadió: - ¡Debería cortarle las pelotas! A los dos. Era más bonito para el honor de un macho decir que el problema está en la mujer.
- Bueno, calma. Cariño. - Pidió Merche, aunque ella misma no lo estaba. Se sentó a su lado cogiéndola de una mano. – Veamos. ¿De cuánto estás?
Priscila desvió la mirada un instante como si le interesada lo de la televisión, suspiró y volviendo a mirar a Merche ya contestó:
- De demasiado para abortar legalmente. – Se quejó. En su voz se notaba el esfuerzo de no gritar su enfado. – Pero, no quiero tenerlo. – Lanzó un suspiro o gemido y continuó: - No estoy dispuesta a cambiar mi vida… otra vez. Voy a cumplir los cuarenta y cuatro en unas semanas. Además de creerme estéril está la edad, se supone que soy mayor para eso.
Supuse que para el primero era mayor, porque sé de gente con esa edad que tienen “la sorpresa del no buscado, pero sí encontrado”. Que suele ser el segundo o el tercero. Continuó:
- Cuando me decidí a ir al médico por lo del retraso pensaba en la menopausia. – Agitó las manos al casi gritar: - Niños. ¡Imaginaros la sorpresa!
- Priscila, cariño. - Llamé su atención al mismo tiempo que sentándome a su lado, quedó entre Merche y yo, la cogía de la otra mano. - Me gustaría opinar siendo el padre.
Las dos mujeres se quedaron mirándome. Asombradas. Por fin Merche preguntó anticipándose a que me diera tiempo de decir mi opinión:
- ¿Estás dispuesto a asumir esa responsabilidad?
Tenía ganas de salir corriendo, pero asentí con la cabeza. La verdad es que tenía la boca tan seca que casi no podía hablar. Estaba acojonadito de lo que me venía encima. Más tarde pensaría que me dieron algo que me hizo reaccionar así cuando realmente debía quedarme calladito sin moverme. O acelerando mi carrera lejos de la ciudad.
- Bien. Sí. - Dijo Merche seria. - Yo también asumiré la responsabilidad de cuidar a una criatura que en principio seremos primos, pero la llamaré, cuidaré, y querré como si fuera mía.
- ¡Estamos locos! ¡Os quiero! - Murmuró Priscila mientras se retiraba una lágrima del rostro. – Os quiero mucho.
Merche la acogió entre los brazos para llenarle la cara de besos. También me acerqué para abrazarla. Y ante la mirada de Merche, Priscila me dio un morreo que creo que me succionó un empaste bucal.
- Juan, cariño. Me gusta estar contigo, sí. – Murmuró lo suficientemente fuerte para que Merche la oyera, de hecho, a veces la miraba. – Y te aseguro que no es mi intención pescarte con un embarazo. Tu esposa es Merche.
- Sí. Y tu hijo es mío.
Llorando me abrazó.
Esa noche dormimos los tres juntos, en la misma cama. Abrazaba a Priscila por detrás, mientras que ella apoyaba la cabeza sobre un hombro de Merche. En esa posición Pris me cogió la mano para llevarla sobre una teta. En frente, Merche debió darse cuenta porque puso su mano sobre la mía, aceptando que la acariciara así.
Pasó un buen rato y al poco escuchaba esa contención evitando hacer ruido al llorar. Merche murmuró:
- No te preocupes. No estás sola.
Merche cogió una mano de Pris y la metió por debajo de su pijama. Hizo que la cogiera de una teta.
- Así. Cariño. Me notas cerca. Escucha: Tú eres mía, yo soy tuya, y las dos somos de Juan.
- Y Juan es tuyo. – Murmuró Priscila.
- No, cariño. – Y repitió: - Las dos somos de Juan. El será mi esposo, pero nosotras somos sus mujeres.
Debo buscar a alguien que me lo explique.
Fuimos de viaje a Santiago según lo planeado y lo pasamos bien. Durante el día vimos la ciudad y alrededores. Incluso abrazamos al santo después de hora y media de cola. Comimos marisco, claro, y filetes de ternera. Merche y yo bebimos ribeiro, Albariño y ese licor.... orujo. Mientras que Priscila cogía mi vaso para mirarlo al trasluz y olerlo, reímos. Reíamos mucho haciendo una fiesta de cualquier cosa.
Y no sé si el marisco es tan afrodisíaco como dicen, pero el caso es que entre risas y cachondeos tuve una erección de campeonato. Pude follarlas a las dos haciendo que se corrieran varias veces y yo lo conseguí gracias a sus empeños con las bocas y manos. Porque mi “amigo no se bajaba”.
Priscila alucinaba por un tubo.
- Nene. Esta vez "t´as pasao” tres pueblos.
No fue un trío. Primero se turnaban para cabalgarme, y así tuvieron el primer orgasmo. Luego con Merche a lo perrito y a Priscila poniéndose bocarriba.
- ¿No te corres?
Preguntó Merche acercando las manos y la boca a mi polla. De su cuerpo brotaba gran cantidad de flujo.
Volví a follar con Priscila hasta que dijo que se cansaba.
- ¡Para Juan! – Ordenó. – Con cuatro o cinco orgasmos ya me vale.
Merche se tumbó separando las piernas.
- Venga, cariño. Acaba.
La follé hasta que tuvo otro orgasmo.
Priscila, tan asombrada como yo, volvió a recibirme.
Al final las dos se afanaron en conseguir que me corriera empleando manos y bocas porque se negaron a continuar follando al afirmar que tenían los coños irritados. Según dijeron, Merche se corrió cinco veces y Priscila cuatro. ¡Mientras que yo no me corría, ni se bajaba mi erección!
- Bueno. Vale. Vamos a ver si le baja esto. – Dijo Merche.
- Sí. A ver si entre las dos lo logramos. – Apoyó Priscila.
¡Qué morbo tiene ver y notar a dos mujeres chuparle la polla a uno! ¡Qué disfrute! Con el valor añadido de ver sus tetas balanceándose. Estuvieron así varios minutos y yo disfrutaba de sus lenguas y labios. Hasta que las chicas pasaron a turnarse en la caricia porque se cansaban. Así estuvieron un ratito pasando el pene de una boca a la otra hasta que avisé que me faltaba poco.
- ¡Ya era hora! – Se quejó Priscila.
- Bien, nene. ¡Por fin! - Afirmó Merche cansada. - No sabía si debía ofrecerte el culo.
Otra vez se pusieron las dos con las lenguas. Y se prepararon para recibir mi descarga, aunque era Priscila quien empleaba más las manos en la caricia.
Fueron cinco chorros, pero cada uno parecía un geiser. Nunca solté tanto semen. En contra a lo sucedido otras veces fue un alivio descargar las pelotas.
Merche tenía la cara y manos manchadas de semen cuando retirándose nos soltó:
- Menos mal que ya te has corrido. Ya pensaba que tenía que pedir ayuda a las camareras.
Priscila, que también llevaba semen en el rostro y manos, se puso a reír hasta que, con dificultad por culpa de las risas, pudo dar su opinión.
- Perdonar nenes, pero creo que el servicio de habitaciones no es para eso. – Se tocó la barriga y afirmó. – ¡Uf! Con lo que suelta no es raro que me haya preñado.
- Tomo nota, cariño. - Dijo Merche agitando la cabeza. - Quiero esperar un poco para eso. - Me cogió el ya flácido pene y temí que quisiera continuar. Por suerte no era el caso. – Mira, Pris. No sé si aprovechar ahora para hacerle un nudo.
Priscila continuaba riendo.
- Quizás ahora puedas, nena. Hace un rato era tan dura como una barra de hierro.
En cuanto Merche me soltó el pene salí corriendo hasta el lavabo. ¡Me había equivocado de dirección! Esa no era la salida de emergencia del hotel.
También entraron las chicas acordando entre ellas quién se metía antes en la ducha, era muy estrecha, mientras, me tocaba esperar, por supuesto.
Hicimos un montón de fotos en los lugares más lógicos y más conocidos de la ciudad evitando en lo que se podía las procesiones. Compartíamos la misma cama en el hotel. Y cada noche follaba con una mientras que la otra solo intervenía en los besos, aunque con ayuda de sus manos también se corría una o dos veces. Con la excepción de aquel día de la mariscada, claro.
Más que tener la polla flácida es que la tenía machada después de follar con Merche mediante su estilo. Me la cogió como quien observa algo que fuera útil en su momento, pero ya no, manchándose la mano de semen.
- ¡Qué bien que ya tienes la polla normalita! ¿Sabes? – Recordaba aquella agotadora tarde. - ¡Te vamos a prohibir comer marisco!
Tirado en la cama estaba conforme. Naturalmente no hablamos que poco antes estuve comiéndole la “almeja”.
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- Relato #243055— title-regex: contiguous parts (5 -> 6)
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