Ganas de salir corriendo 5
Merche no solo comparte su cuerpo, sino su voluntad. Y cuando Priscila, la sobrina tímida, descubre que su cuerpo guarda secretos que su propio marido ignoraba, la línea entre el placer y la posesión se difumina. Juan sabe que ha cruzado un umbral del que no hay vuelta atrás.
Mis pantalones habían desaparecido. Y mis manos no sabían de quién eran las tetas acariciaba.
Hubo un momento que ya sabía que Priscila era quien me besaba porque notaba la boca de Merche en la polla. Con ese estilo y glotonería inconfundible al acariciarme con su lengua.
Los besos de Priscila eran sabrosos, sí, y admito que tan apenas los saboreaba porque Merche me estaba comiendo muy bien la polla. ¡Joder, cómo succionaba!
Al poco, Merche me quitaba el jersey mientras una boca extraña me chupaba el miembro. Me gustaba la caricia, sí, pero eso, era extraña. Su comportamiento no era lo acostumbrado con Merche. Manejaba la lengua… eso, distinto. Entre chupadas y lamidas, la oí decir:
- ¡Qué polla más hermosa, Juan! Hacía tiempo que no tenía una en mis manos, en mi boca.
- ¿Verdad que es sabrosa? - Animó Merche. - Disfruta, cariño.
- Cariño. - Murmuré a Merche. - Sin continuamos así yo disfrutaré, pero a vosotras os dejaré a medias…
Temía que si eso sucedía me castraran entre las dos. Cada una tiraría de un testículo. Algo que suponía poco agradable.
Merche me miró abriendo mucho sus bonitos ojos y sonriendo llamó la atención de Priscila.
- ¿Lo oyes, Pris? ¡Por eso lo amo tanto! Quiere que quedemos satisfechas al mismo tiempo. - Me sonrió al continuar hablando mientras me daba un pellizco en una tetilla. - Bien amor mío. Vamos a hacerlo de otra forma.
Se puso en pie y con un gesto nos invitó a seguirla.
- Vamos a la habitación. Y cariño, no quiero que folles a Pris, te pido que la ames. – Poco antes dijo que no la amara, que eso lo quería para ella. ¡No hay quien la entienda!: - Quiero que le des ternura. – Entones cambiando de opinión, amplió su sonrisa al añadir: - Y al mismo tiempo que se corra cómo si su coño fuera un grifo.
Priscila dejó de chuparme la polla para ponerse en pie.
Abrió mucho los ojos sonriendo al escuchar esa comparación de su coño. Creo que ya debía estar cachonda.
Veamos. ¡Había dicho que era anorgásmica! ¿Entonces, por qué llevaba el coño chorreando y los pezones duros? ¿O una cosa es el placer y otra alcanzar la culminación? Ni idea.
Merche lo pensó mejor y sonriendo regresó a nuestro lado. Nos cogió de una mano a cada uno y nos condujo a la habitación. Allí ordenó a Priscila que se tumbara. La cual ya se había quitado la bata y me permitió ver su hermoso culo. Ligeramente más grande y redondo que el de su sobrina. Todo en ella era más exuberante y por la novedad atraía mi mirada.
Merche se acercó al oído de Priscila y en un murmullo, pero con una voz lo suficiente alta para que yo la oyese, le pidió:
- Ama y déjate amar, pero por favor no me lo arrebates. – Añadió una frase que ya había escuchado en otra ocasión: - ¡Juan es lo mejor que tengo!
- No te preocupes. Bien sé que es tu marido. Y estoy agradecida si me dejas… de vez en cuando…
Antes que Merche se retirarse se besaron en los labios. La caricia fue un breve roce. Merche, aunque lo inició ella, se sorprendió:
- ¡Es la primera vez que beso en la boca a una chica!
- ¡Igual yo! - Replicó Priscila. - Y bueno. Ha sido cariñoso.
Escondiendo su rubor, Merche me hizo un gesto indicando que comenzara con las caricias en el cuerpo de Priscila.
Me situé a su lado. Estaba tensa, al igual que yo. Noté que por los nervios sus ganas de follar habían cesado. Esos signos como los ojos turbios o de depredadora, la respiración acelerada, el rubor de su rostro, que delatan a una mujer cachonda, no estaban. Reapareció mi temor que era frígida por lo que me mentalicé a esforzarme en darle placer.
Nos besamos y mis manos acariciaron sus brazos. Al poco en los besos intervenían nuestras lenguas. Llevé mis manos a sus tetas y dio un leve respingo. Me detuve y con un gesto de mi rostro le pedí continuar.
Asintió ruborizada. Su voz solo fue un murmullo.
- Sí, sigue.
Merche se había dado cuenta, sentándose en la cama para acercarse a nosotros, murmuró al oído de Priscila.
- No te preocupes Pris. Deja que te acaricie y disfruta. Sus manos son fantásticas. Es como si los ángeles le enseñaran a tocar el piano.
Dediqué mucho rato en besar y chupar sus tetas, hasta que por fin Priscila se excitó realmente. Sus pezones reaccionaron apareciendo gordos, algo morados y resultaban más sabrosos. Daba suspiros, jadeaba y una voz ligeramente bronca me animaba a continuar.
- ¡Uf! ¡Sí! ¡Qué bien las chupas!
Me separé un poco y observé a Merche. Sentada en el borde de la cama nos miraba mientras mantenía cruzadas y apretadas las piernas. Se acariciaba una teta. Al ver que la observaba me indicó con un gesto que continuara con Priscila al mismo tiempo que me sonreía y lanzaba un beso.
Regresé a las tetas de Priscila, pero una mano la llevé a su sexo. Los músculos entre sus rodillas y las ingles se tensaron. Esperé mientras besaba un pezón. No necesité pedir nada. Priscila, sabiendo lo que pretendía separó más las piernas, ofreciéndose.
Separé el vello para descubrir con alegría que estaba muy mojado y su vulva aparecía encharcada. Al poco recordé. ¿No había dicho que era medio frígida? Que lo encontrara así parecía una contradicción.
Vale. Lo mismo pensaba que lo era como que no. Intenté desechar ese pensamiento y me concentré en darle todo el placer que pudiera.
Besé su ombligo, el pubis. Y separando bien sus piernas, me situé entre ellas, abrí los labios mayores apareciendo ante mis ojos una preciosa vulva. Donde destacaban sus oscuros labios menores, la capucha del clítoris, y éste asomando rojo. Acerqué mi boca y comencé la caricia con la lengua.
- ¡Oh! ¡Ah! – Gimió.
Debieron cruzar sus miradas porque Merche la animó a disfrutar de mi caricia.
- Te lo va a dejar bien lustroso.
Sabía cómo tratar a Merche, ella me enseñó, e intenté aplicar lo aprendido en la vulva de Priscila. Buscar rincones con la lengua, no olvidar los pliegues, jugar con el orificio de la vagina metiendo la lengua un poco y por fin dedicarme al clítoris.
- ¡L`ostiputa! ¡Sigue! – Gritó. - ¡Así, cabronazo! ¡Así!
Parece que le gustaba.
Casi me quedo sin cabeza cuando Priscila, gritando su orgasmo, juntó las piernas atrapándome cómo si fuera un cepo a su presa. Cuando por fin se relajó pude volver a las caricias y conseguirle otro orgasmo, aunque esta vez le metí un dedo por la húmeda y cálida vagina. Sin dejar de lamerla moví el dedo frotando todo el interior. Me parecía un orificio estrecho por lo que decidí que con un dedo era suficiente.
Si existe un diccionario de palabrotas, Priscila lo recitó por completo. Durante la excitación y los orgasmos era peor hablada que su sobrina.
Todavía no había recuperado el resuello cuando me situé encima y sin pedir permiso ni avisar la penetré muy despacio.
Al notar que entraba en su cuerpo gimió agitándose.
- ¡Ah! ¡Qué dura la tienes!
Me cogió por los hombros y ordenó en un grito:
- ¡Dame caña!
Caña, no, pero polla se la metí toda.
Ya a tope dentro de su cuerpo, me cogió por el culo y me apretó contra ella imponiendo un movimiento tan brusco que no me parecía adecuado al momento, pero si así lo quería… pues eso. Adelante. Bueno, quiero decir adelante y atrás, durante un rato.
Su vagina se ajustaba a mi pene. Me frotaba bien, suave, cálido, y lo dicho, ajustado. Era sabroso.
Merche se acercó para preguntar si le gustaba tan rápido.
- ¡Sí! – Contestó Priscila sin dejar de gemir. – Siempre es así.
Me habría gustado besarla en los labios o acariciar sus tetas al mismo tiempo, algo imposible con semejante ritmo. Tenía que emplear los dos brazos para apoyarme. Y me gustaba notar sus pezones rozar mi pecho.
No tuvo un orgasmo. Es que soltó un manantial por su coño mojando mis testículos, su culo y la sábana. Casi hizo lo que pidió su sobrina sobre correrse como un grifo. Por un momento dudé si era orina si bien ese olor era inconfundible.
- ¡La gran puta! – Gimió: - ¡Qué bueno!
No me detuve. Continué durante un rato moviendo mi cadera sin apenas perder el ritmo, pero lo dicho, me habría gustado un beso, o una chupada en esos pezones que se movían en las cúspides de sus tetas. Ni tan siquiera fue en los labios.
Al segundo orgasmo quedó derrumbada, me pidió que parase. Que no podía más. Afirmaba que, si le daba más placer, tendría un ataque de algo.
- ¡Para, nene! – Añadió.
Puso un brazo entre nosotros sin hacer fuerza.
¿Ya? Pero si aún no me había corrido. Gracias a las sesiones que Merche me tenía acostumbrado podía aguantar perfectamente varios minutos. Lo que necesitara para que Merche se corriera al menos dos veces.
- Un poco más, cariño. Deja que acabe. – Pedí.
Después del mete-saca bestial me sentía muy cargado, tenía ganas de vaciar las pelotas. Si bien notaba que tardaría un poco.
- ¡No! Deja. ¡Retírate! – Ordenó. - ¡No puedo más!
Me dejé caer a su lado temiendo que le hubiera hecho daño siendo demasiado brusco o algo así. Y antes de poder decir o hacer nada, Merche saltó sobre mí.
- ¡Conmigo, Juan! ¡Follemos!
Me empujó poniéndome bocarriba. Se puso encima a horcajadas y sujetándome la polla se la metió en el coño de un empujón.
¡Qué bruta!
Estando encima se puso el glande en la entrada de la vagina y se dejó caer. Gritó. No nos hicimos daño porque los dos estábamos bien dispuestos y lubricados. Pero creo que mi glande chocó contra algo ahí dentro.
- ¡Ah! Así, cabrón. Bien al fondo.
Ella estaba lista gracias a que se había estado haciendo un dedo y yo bien lubricado con las dos corridas de Priscila. Al poco guio mis manos con las suyas hasta sus tetas, y sin dejar de follar ordenó:
- ¡Fóllame! ¡Arráncame las tetas! ¡Reviéntame el coño!
Sí. Estaba claro que Merche había estado tocándose durante todo el tiempo que follaba con Priscila, ya que estaba muy excitada y necesitaba de pocas caricias para culminar. En unos minutos de frenética cabalgada nos corrimos a la vez. Exclamó:
- ¡Leche caliente!
Soltó unas lindezas por su boquita y se derrumbó sobre mí.
- ¡Cómo me ha puesto veros follar! – Murmuró a mi oído.
Descansábamos. Priscila estaba tumbada de lado mirándonos risueña. Merche, sobre mí, aparentaba cansada, pero sabía que estaba esperando que me recuperase para volver a follar. Que con un orgasmo solo no le bastaba para quedar saciada. Aunque era posible que antes se consiguiera uno o dos con los dedos mientras nos miraba.
Priscila se situó más cerca para explicarse.
- Juan. No es la primera lamida en el coño. Pero como si lo fuera, porque hacía mucho y no me acordaba de lo bien que se pasa. Gracias.
Estaba cada vez más ruborizada. Más adelante me enteraría que el marido dejó de acariciarla al poco de estar casados.
- Yo. Más adelante te devolveré mejor esa caricia, porque antes, en el sofá... estoy segura que no lo hice bien.
Supongo que se refería a la mamada que me dio.
No pude contestar porque me dio un morreo que succionó el aire de mis pulmones. Y Merche se unió al juego casi sin dejar que me recuperase.
Al poco Priscila dijo que nos dejaba, que iba a preparar algo de cena, que no tuviéramos prisa.
- Continuar, disfrutar. Que yo ya estoy satisfecha.
Merche la retuvo sujetándola de una mano.
- ¡Cariño, espera! No sé de dónde sacaste la idea de que eres frígida. ¡Ha quedado claro que no!
Merche había llegado la misma conclusión que yo. Amplió la sonrisa al añadir ofreciéndome:
- Ya verás lo a gusto que te corres cuando notes las descargas de Juan dentro de tu cuerpo. Son como como un surtidor, como el fuego de un volcán.
- Seguro. Pero otro día. – Continuaba ruborizada. - ¿Porque tendré otros días? ¿Verdad?
Su mirada era suplicante.
- Claro, Pris.
Protesté:
- ¿Y mi opinión?
La respuesta de Merche fue dedicarse a mi pene con manos y boca haciendo que quedase listo para otra sesión. Volvió a ponerse encima. Se metió el pene por el coño y estuvo exprimiéndome durante un buen rato.
- ¡Así, cariño! – Me animaba cuando estando encima era ella quien llevaba el ritmo. - ¡Juan, lo haces muy bien!
Soltando varias palabrotas se corrió antes y no paró de moverse hasta notar que yo lo hacía.
- ¡Oh! ¡Aquí lo noto! ¡Calentito!
Cuando me corrí creo que en cada descarga también se escapaba parte de mi vida.
- ¡Uhm, cariño! Ha estado bien. Sí. - Murmuró risueña mientras se dejaba caer a mi lado. – Mañana más, que ahora necesito descansar. – Me dio un besito en el rostro como si intentara consolarme. – Mañana, cariño. Te dejaré bien saciado ya lo verás. Cariño, te lo mereces. – Dudó: - Bueno. Lo intentaré, porque después de estar con las dos quizá yo sola te resulte poca cosa. Ya veremos. Me esforzaré, sí.
Sentí miedo.
Descansamos unos instantes.
Priscila se asomó afirmando que la cena estaba preparada. Merche y yo fuimos al lavabo. Estaba sentada en el bidet cuando me cogió de una mano haciendo que me agachara haciendo que nuestros rostros quedaran a la misma altura. No me miraba. Sus ojos parecían huir de los míos al afirmar:
- Cariño. Te amo. Si te enamoras de Pris me lo dices y ya nos apañaremos... Tenéis similar edad. – Sus ojos estaban llorosos. - Y. Si decides dejarme... yo... yo no te pondré impedimentos solamente dímelo antes.
Besé sus labios afirmando una gran verdad:
- Me tienes atrapado.
En el comedor Priscila había preparado una bandeja con bocadillos, agua y rodajas de manzanas.
Los tres nos vestíamos con unas batas. En mi caso llevaba los calzoncillos y Merche, con las bragas sujetaba una compresa por si salía algo de semen. Ignoro si Priscila llevaba bragas, sujetador desde luego que no. Esas tetas se movían mucho abriéndole el escote de la bata.
Nos sentamos en el sofá frente el televisor. Antes de empezar, Pris volvió a darnos las gracias y se ruborizó otra vez al pedir que le gustaría repetir.
- Claro, Pris. - Dijo Merche. - Podrás estar con mi marido cuando quieras. Solamente me lo dices. – Sonrió al añadir: - Ya sea antes o después.
Merche me cogió el brazo dándome apretoncitos. Me miraba sonriendo, y el mismo tiempo parecía suplicante en esa petición: No me dejes.
Priscila, ignorante de esa mirada dijo sonriendo:
- En unos días me gustaría repetir.
De tener fuerzas y temiendo por mi vida ante aquellas dos fieras con apariencia humana, habría salido corriendo.
Más tarde, terminábamos de cenar. Priscila agradeció mis caricias, mi ternura. Admitió que hacía mucho que no las había tenido y le gustaron. Yo pensé que de ternura nada, había sido tratado como la presa de una fiera. Con semejante ritmo me había empleado de martillo pilón contra su coño.
Merche intervino.
- Pris. No eres frígida. Seguro. Es que… no te dedicaban el tiempo, la caricia… No sé cómo explicarlo.
Noté que evitaba las palabras que pudieran ofenderla.
- Sí. Ya sé. - Contestó Priscila por fin. - No era hacer el amor. No había caricias ni… Tan solo me quitaba las bragas porque era sábado y es lo que tocaba, Pablo se ponía saliva en el pene y la vagina porque yo no lubricaba, y me la metía. Daba varios golpes de cadera hasta que se corría sin darme tiempo a nada. Eso era todo. Siempre así. - Se puso muy seria. - No sé cuándo dejamos de amarnos. Llevábamos muchos años juntos. Quizás fuera ese el problema. Aburrimiento. Monotonía. - Añadió. - Tampoco era sexo porque yo no lo pasaba bien. No disfrutaba.
Recordamos que se ponía saliva para evitar la irritación.
Estaba disgustada. Su rostro estaba oscuro, sombrío. Apretaba los labios y creo que llegué a escuchar el rechinar de sus dientes.
Merche quedó muda. Supongo que no sabía qué decir.
Me limpié la boca con la servilleta. Me acerqué a Priscila, y sujetándola un poco por la barbilla la besé en los labios.
Estaba más asombrada que risueña.
- Perdona, nena. – Se me ocurrió decir. - Tenías una miga de pan en los labios.
Ya sonrió.
- ¡Gracias!
- Nada. Pocas veces el pan tiene tan buen sabor.
Merche me dedicó una sonrisa muy bonita aprobando mi acción.
Más tarde, en la intimidad del dormitorio, Merche dedujo que poco antes Priscila se cansó de follar porque no estaba acostumbrada a que yo durase tanto. Con varios calificativos elogió mi hombría cuando en verdad es que me comporto así porque ella me ha entrenado, o amaestrado. Estoy seguro que aguanto tanto porque si una noche la dejo a medias aparece la fiera que oculta tras del maquillaje y con sus garras me arranca las pelotas de un zarpazo. Y ya veis que cosas, les tengo cariño.
Y así estamos. Con mi amada Merche lo hacemos casi todas las noches. Salvo esas tres o cuatro de cada mes que me deja tranquilo. Dándome tiempo a que recargue los testículos. Dejamos de acariciarnos en el sofá para retirarnos a la habitación y ahí me pide que le coma el coño o emplee mis dedos. Luego tras follar dos veces, abrazados esperamos el sueño.
Y con Priscila algún sábado, cuando muy delicadamente tras hablarlo con Merche o dedicándola una sonrisa, se acerca a mi oído y afirma que “le pica”. Una noche durante la cena le pidió a Merche:
- Nena. Préstame una horita tu marido esta noche, para que me rasque el coño por dentro.
A lo que Merche sonriendo respondió:
- Si es con un dedo puede hacerlo aquí y ahora. Basta con echar las bragas a un lado.
Priscila protestó:
- No seas mala, cariño, ya sabes a qué me refiero.
Para acudir a su habitación tenía el detalle de cogerme de la mano y no de las pelotas.
En Navidad nos comportamos como una familia. Me regalaron dos novelas y la verdad es que acertaron. Me gustaban. A Priscila le regalamos unos cómodos zapatos. Y a Merche un pantalón.
Ya en la habitación con Merche, empezamos con un sesenta y nueve. Supongo que me corrí dos veces follando, y no recuerdo las de Merche. Como todavía tengo los testículos en su sitio deduzco que fue la cantidad correcta.
En noche vieja comimos las uvas, bebimos cava y nos deseamos feliz año dándonos unos besos. Entre ellas el beso fue en el rostro. Y las dos se ruborizaron. Tras repetir el beso en la otra cara ambas se retiraron casi un metro.
Luego, en la intimidad de la habitación Merche se comió mis dos uvas durante un rato. ¡Qué lametones! Y ya me corrí en su boca.
- Esto es mejor que el cava. – Afirmó.
Luego le lamí el coño haciendo tiempo para que me recuperase y ella estuviera lista para recibirme.
Cuando se la metí, porque estaba tumbada bocarriba, gimió:
- La primera del año.
Se corrió a los cinco minutos y me empujó para ponerse encima.
- Deja, cariño. Que me has puesto como una moto. Siempre me llevas al cielo. Y quiero que lo pases bien.
¿Si ella es la moto, quién lleva a quién?
No cesó de moverse hasta que notó mi descarga.
- ¿Has quedado bien, cariño? – Preguntó abrazándome.
Estuve por pedir que no me rematara. Y parece que lo adivinó ya que ordenó:
- Bien. Vamos a dormir. Ya nos lavaremos mañana.
Apoyó su cabeza en mi hombro y al poco escuchaba su respiración.
A veces vamos los tres al cine, al teatro o cenar. Priscila no quiere ir de discotecas.
- No tengo cuerpo para eso. - Afirma.
Es por culpa de su vida sedentaria. Aunque poco a poco Merche la atrae a la discoteca esa del súper loco y allí ya aguanta una hora botando en medio de la pista.
Una noche con gran curiosidad, pregunté si llevaba sujetador. Sonrió al contestar:
- Sí. Pero no está ajustado y se me mueven mucho. ¿Se nota?
Todos los hombres lo notábamos. Supongo que más de uno se marearía al intentar seguir con la mirada esos pezones.
Las dos fueron al lavabo y al regresar, esas tetas se agitaban menos. Posiblemente ajustaron los tirantes del sujetador
Y están planteándose ir en Semana Santa a Santiago de Compostela, mientras que yo preferiría un retiro más ermitaño. Un lugar aislado donde unos guardias armados no dejen entrar a las mujeres, por aquello de mi supervivencia.
En el trabajo continuábamos yendo juntos en el mismo coche, con los desayunos y sin apenas hablarnos el resto del tiempo gracias a que nuestros cometidos son muy diferentes.
En el comedor, sentados uno frente al otro y con los cafés sobre la mesa Merche se puso a hablar:
- ¡Qué descanso, cariño! Desde que se sabe que estamos juntos han dejado de intentar llevarme al huerto esos dos pelmas.
- ¿Paco también? Si está casado. – Dije sorprendido.
- Sí, pero cuando ve unas tetas se le olvida.
- ¡Pobre esposa!
Merche se encogió de hombros.
- Así cómo es, seguro que ya lo sabe, pero no sé cómo lo aguanta.
Quizá fuera por los dos niños, la rutina, el qué dirán, o que se lo hace bien en la cama. No voy a preguntar.
En enero fuimos dos veces más, por lo menos, a la discoteca del loco sin Priscila. Y sentirse la reina de la pista debía ponerla más cachonda de lo normal porque era llegar a casa y tenía que ingeniármelas para que se corriera varias veces antes de dormir. Llegué a temer que me propusiera ir a esos sitios, incluso si íbamos con Priscila, porque era el preludio de follar hasta el amanecer.
Una de esas noches, después de comerle el coño durante un ratito, se puso agachada con el culo en pompa a cuatro patas y me lo ofreció.
- Anda, cariño. Ven así. Ponme saliva y pásalo bien. Te lo mereces.
La verdad es que tiene morbo hacerlo por ese agujero. Le preparé el ano empleando hasta tres dedos y se la metí despacio.
- ¡Así cariño! Soy tuya. Me tienes por completo. ¡Uh! Disfruta.
¡Palabras! Follamos en esa posición por iniciativa suya. Siempre es como quiere y cuando quiere. Y yo, ale, a disposición de la señora.
Cuando me corrí afirmaba que notaba mi descarga.
- ¡Oh! Sí.
Luego me limpió con unas toallitas sin cesar de pajearme hasta que me puse duro, y se puso a lo perrito. Esa noche parecía algo especial.
- Ven, cariño. Ahora por el coño. ¿Vale? Por el coño. – Ordenó abriéndolo con varios dedos. - No seas malo o me rompes el culo.
Esta vez se corrió dos veces. Claro. Además de servir como compensación no se hubiera conformado con menos.
Fuimos a lavarnos y a la vuelta se puso encima. Y muy mimosa me dijo:
- Ya basta por favor, cariño. Espero que hayas quedado bien. Me tienes deliciosamente destrozada. Te amo.
Mi maltrecho pene quedaba calladito entre los dos.
Al día siguiente Pris nos riñó:
- Chicos. ¡Qué noche me habéis dado! Tuve que rascarme el coño a dos manos para calmarme.
- ¿Y por qué no viniste?
Menos mal que Pris tomó a broma la pregunta de Merche. No creo que sobreviviese a un trío.
Otra noche, emulando aquellas en el sofá, pero esta vez en la intimidad de la habitación, Merche quiso que la acariciara hasta tener un orgasmo.
- ¡Uhm! Sí, cariño. – Murmuró sin separar mucho sus labios de los míos ya que continuábamos con los besos. - ¡Gracias! Lo necesitaba. Y ya ves, no tengo ganas de follar. ¿Te molesta?
Como respuesta ofrecí lamerle el coño y mostrando una sonrisa me rechazó.
- Perdona, cariño. Hoy no puedo. Te he usado, ya ves. Otra vez necesitaba relajarme y con tus manos lo has conseguido. – Ordenó. – Ahora nos abrazamos y esperamos el sueño. ¿Vale?
Acepté. Fui a lavarme las manos. Y al regreso la encontré sentada en el borde de la cama. Se había quitado el suéter del pijama mostrando sus bonitas tetas. Sonrió:
- Ven cariño. – Indicó que me pusiera en frente, entre sus piernas. – Ven. No puedo dejarte así. Voy a hacértelo con la boca.
Lo primero fue notar su lengua jugar con el agujerito del meato. ¡Qué martirio mientras me la ponía dura! A continuación, abrió más la boca para engullir mi polla y comencé realmente a disfrutar.
Sí me lo hace muy bien.
Unos minutos y me corrí. Al notar que no había una sexta descarga me miró a la cara, con ese gesto preguntaba si ya estaba, si ya había acabado.
Se retiró tragándose mi aportación. Me empujó a un lado para salir corriendo al lavabo.
Tardaba en regresar y fui a ver qué pasaba.
La encontré desnuda sentada en el bidet, aunque se estaba pasando una toalla por las tetas. A mi pregunta respondió:
- Me manché las tetas con tu leche.
Insistí en la pregunta.
- No te preocupes. Parece que me he descuidado y voy despacio.
Se levantó. Secó su intimidad y, desnuda, acudió cogida de mi mano a la habitación. No se puso ni las bragas. Haciendo que me pusiera bocarriba apoyó su cabeza en mi hombro, pasó una pierna sobre las mías y preguntó:
- ¿Puedo dormir así?
Mi respuesta, afirmativa, claro, no fue larga. Y al dejar de hablar escuché su rítmica respiración.
Continúa en
- Relato #243054— title-regex: contiguous parts (4 -> 5)
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