Consolando a una amiga
Lucas sabía que cruzar esa puerta era una línea roja, pero la necesidad de estar cerca de Ana era más fuerte que su moral. No le importaba que el video fuera falso; lo único que importaba era el sonido de su llanto y la oportunidad de tocarla. Esta noche no irán a dormir solas.
Llamé a la puerta y esperé, nervioso. No estaba seguro de lo que estaba a punto de hacer, pero estaba harto de sentir una desazón constante, de tener que contener un impulso perenne, de no dejar de lamentarme. Fortalecí mi resolución, respiré hondo y volví a llamar.
Sonreí al ver la sorpresa reflejada en la bonita cara de Ana. No pude evitar darle un rápido vistazo a su cuerpo. Con solo un pijama finito de pantalón corto estaba tan guapa como siempre.
—¿Lucas? ¿Qué haces aquí?
Tragué saliva y escondí la sonrisa. Miré al suelo como si estuviera avergonzado, cosa que me di cuenta era totalmente cierta. Recordé todas las razones que me había dado a mí mismo para estar allí y respondí a Ana.
—Verás, Ana, es que necesito hablar contigo.
—¿Ahora? ¿Sabes que son las doce? Estaba a punto de acostarme – mi amiga parecía más sorprendida que molesta. Aunque iba a menudo a su casa, nunca lo había hecho sin avisar.
—Ahora, cielo, esto no puede esperar – le dije con la expresión más seria y grave que pude conseguir.
—Pues pasa, Lucas – se apartó para dejarme entrar -. ¿Quieres una cerveza o una Coca-Cola?
—No, gracias, Ana, no me apetece nada ahora.
—Vale, vamos a sentarnos
Nos sentamos en el pequeño salón de su piso, en su sofá verde descolorido que había visto mejores días. Ana se sentó de lado sobre sus pies y me miró expectante.
—No sé cómo decirte esto, Ana, pero le he dado muchas vueltas y creo que es lo mejor – carraspeé. Llegado el momento mi resolución flojeó. Por unos segundos me quedé bloqueado.
—Venga, tontaina, dime lo que sea que me estás preocupando – Ana me dio un golpe cariñoso en el hombro y me dedicó una sonrisa de ánimo.
—Está bien, mira – endurecí mi corazón y saqué el móvil del bolsillo. Lo desbloqueé y puse a reproducir el video que llevaba preparado. Me pegué a Ana para que lo viéramos juntos.
—¿Qué…?
—Solo mira, Ana.
Ambos miramos la pantalla en la que se veía a Germán, el novio de Ana, con una chica. Ambos completamente desnudos y completamente follando. Sobre una cama, German se follaba a la chica a cuatro patas y después la tumbaba y enterraba la cara entre sus piernas. El bajo volumen no impedía escuchar los placenteros gemidos de la chica.
Miré a Ana. La pobre miraba como hipnotizada la pantalla con los ojos húmedos negando con la cabeza.
—No, esto no puede ser. Será antiguo, sí, eso debe ser.
—Mira el pendiente, cariño.
Germán y Ana eran novios desde hacía tres años o así y solo hacía seis meses que Germán se había puesto el pendiente que se veía en su oreja.
—No me lo creo, no me lo creo – murmuraba dejando caer las primeras lágrimas.
—Lo siento mucho, cariño. Pensé que tenías que saberlo – dejé el móvil a un lado y la rodeé con el brazo. Me abrazó apoyando la cabeza en mi hombro.
—Pero, pero… ¿cómo?
De pronto sus balbuceos se convirtieron en llanto. Un llanto hondo que hacía que su pecho se agitara. Dejé que se desahogara un rato antes de intervenir.
—Deja de llorar, cariño, está claro que no se lo merece.
Le di un achuchón y la separé lo justo para mirarle la cara. Me enternecí al ver su carita triste.
—Ese idiota no te merece – besé la frente de mi amiga y bajé para besar sus lágrimas, después la abracé con cariño satisfecho al sentir sus brazos rodeándome.
—No entiendo por qué… - Ana volvió a prorrumpir en sollozos ocultando la cara en mi cuello.
—No llores – acaricié su espalda -. Ese capullo no se lo merece.
—No… puedo… parar – gimoteó.
—¡Si deberías alegrarte! Te has librado de un elemento que… en fin, muy listo no debe ser. ¿Te has fijado en la chica? Teniéndote a ti, tan guapa y con ese cuerpazo va y se lía con una tía con más bigote que Pancho Villa. ¿Has visto su culo? Totalmente plano. Por no hablar de las tetas: pequeñísimas y caídas a la vez. Además, creo que es bizca.
Sentí como Ana se callaba y luego escuché una pequeña risita. La cogí en brazos y la senté en mi regazo. Limpié con los dedos las lágrimas que caían de sus ojazos y recosté su cabeza en mi hombro. Ella se dejó hacer dócilmente y rodeó mi cuello con sus brazos. Le di unos besitos en la sien y unas caricias en la espalda esperando a que se calmara.
—¿Y qué voy a hacer ahora? – preguntó con voz diminuta pasados unos minutos.
—¿Ahora? Llorar. Tienes… – me miré la muñeca como si llevara un reloj – dos minutos – escuché un resoplido -. Luego puedes hacer dos cosas: mandarle a hacer puñetas y olvidarte de él o mandarle a hacer puñetas y vengarte. Uajajaja – me reí como un malvado de película -. A mí me parece mucho más divertido lo segundo.
—¿Y cómo iba a vengarme? – se irguió para mirarme con curiosidad.
—Está claro. Tienes que follar con alguien y grabarlo. Luego censuras tu cara o algo así y se lo mandas. Eso sí, tienes que hacer con quien sea todas las cosas que no haces con él. Que se joda.
—¡Qué cosas tienes! Lo que menos me apetece ahora es enrollarme con alguien.
—Tú misma, solo era una idea.
—Además, no sabría como ocultar mi cara en un video.
—Eso es verdad, quizá sería mejor mandarle fotogramas del video para visualización única, ya sabes, cuando se ven se borran. Seguro que le deja tirándose de los pelos.
—Eso podría servir – puso cara pensativa -, sí, me parece una buena idea.
Solo ver a Ana sabiendo que estaba pensando en hacer todo tipo de cosas sexuales me excitó. Aunque éramos amigos de toda la vida, desde nuestra más tierna infancia, jamás había habido nada entre nosotros, ni siquiera una insinuación.
—Ya tienes una cosa resuelta – me gustaba sentirla sentada sobre mí. Disfrutar de su calidez en mi regazo. La agarré de la cintura con una mano y puse la otra sobre uno de sus muslos. Ella llevó sus manos a mis hombros.
—Esa era la fácil, pero la verdad es que no estoy de humor para liarme con nadie.
Aunque no solíamos hablar de estas cosas entre nosotros me lo dijo con la confianza que nos sobraba. Me alegré al notar su mirada más limpia y despejada. Seguro que le dolía la traición de Germán, pero estar distraída le venía genial.
—Pues algo tienes que hacer, no te olvides de lo que ha hecho el mamarracho ese. ¡Con una bizca!
—Ya… - Ana bajó la cabeza. La tristeza y el dolor volvían a dominarla.
—¡Ya está! ¡Tengo la solución! – exclamé achuchándola.
—¿Qué, qué? – preguntó sorprendida.
—Te dejaré follar conmigo – abrí las manos como si fuera algo obvio.
—Tú estás mal de la cabeza – se rio entre dientes.
—Oye, niña, no menosprecies mi espíritu de sacrificio – le dije muy serio provocando en Ana una risa más abierta.
—Me maravilla tu altruismo y abnegación – me dijo entre risas.
—Eso que has dicho, sí – no pensé que fuera capaz de repetirlo -, y además mi gran imaginación. Ya se me están ocurriendo algunas ideas.
Ana se partió de risa. Mi corazón se hinchió por un instante hasta que recordé mi objetivo de esta noche. Por eso cuando hizo ademán de levantarse la agarré y la volví a sentar sobre mí. Esta vez de espaldas. La rodeé la cintura y sentí sus manos posarse sobre las mías.
—Eres un bobo – me dijo con cariño. Se dejó caer sobre mi pecho suspirando con los ojos cerrados.
—¿Te cuento mis ideas?
—Mejor no.
—¿Te da miedo?
—¿Por qué?
—No sé, la verdad es que para estar seguro de que no has hecho estas cosas con el imbécil mis ideas son un pelín extremadas. Quizá no estés preparada.
—A ver, cuéntame una – se rio suavemente.
—¿Alguna vez habéis usado juguetitos o algo parecido?
—La verdad es que no.
—Pues lo primero sería ponerte unas pinzas en los pezones – rápidamente metí las manos bajo la camiseta de su pijama y agarré fuerte sus tetas. Complacido noté lo grandes y suaves que eran.
—¿Qué haces, Lucas? ¡Quita!
Ana llevó sus manos sobre las mías intentando que las bajara, pero como ella estaba por fuera de la camiseta no lo consiguió. En vez de retirarme tuve la oportunidad de darle un buen magreo con el forcejeo.
—Para un momentito, Ana, no seas boba. Deja que te explique, al fin y al cabo, has sido tú la que me ha pedido que te contara una de mis ideas.
—No esperaba que me metieras mano tan descaradamente, capullo – sonreí al no detectar enfado en su voz. Sus manos quedaron sobre los mías aunque ya no intentaban apartarme.
—Solo quiero explicarme, no pienses mal. Imagina que en el video sales tú con unas pinzas en los pezones – se los apreté suavemente y al notar que no se oponía intensifiqué un poco la presión -. ¿Tienes alguna?
—No, animal.
—¿Ni siquiera de las de tender la ropa?
—De esas sí.
—Pues te ponemos una en cada pezón, que aprieten sin pasarse – al tiempo que hablaba mis dedos apretaban, rodaban y acariciaban sus pezones. Abarqué todo lo que pude de sus magníficas tetas con las manos al sentir que se endurecían y apreté sus pezones otra vez. Sus manos sobre las mías parecían acompañar mis movimientos -. ¿Qué te parece, cariño?
Me sorprendió que tardara en responder. Finalmente bajó sus manos y me contestó:
—Que tienes mucha cara – como no me lo impidió seguí disfrutando de sus tetas como quien no quiere la cosa.
—¿Pero te gusta mi idea? ¿Crees que le jodería que te grabara con las pinzas?
—Seguro que sí – me pareció que emitía un gemidito.
—¿Sí que te gusta o sí le jodería? – la provoqué dándole un fuerte tirón de los pezones.
—Ah… le jodería mucho.
—Ya veo – me reí interiormente —. ¿Quieres que te cuente alguna otra idea?
—No. Déjame ya – sus manos volvieron a posarse sobre las mías. Me gustó que lo que hicieron fue acompañar mis movimientos. Evidentemente no la hice caso. No pensé que realmente quisiera que la dejara.
—¿Seguro? Tengo ideas muy buenas.
—Bueno, la última.
No pude evitar reírme ante su rendición. A Ana no le debió gustar mi risita porque intentó levantarse. La sujeté con fuerza y colé mis manos bajo el pantalón del pijama sumergiéndome entre sus muslos.
—¿Qué haces? ¡Déjame, bestia!
—¿No llevas bragas, Anita? – me cachondeé.
—¡Idiota! Me iba a acostar y duermo sin ropa interior – acompañó sus palabras moviendo el trasero sobre mí intentando zafarse.
—Deja de moverte así sobre mi polla o vas a provocar algo muy gordo, cariño.
Al escucharme se quedó paralizada y aproveché para explorar. Mis dedos acariciaron el suave vello de su pubis y bajaron hasta llegar a sus muslos apretados.
—Separa un poco las piernas, cariño, o no voy a poder explicarte mi idea – moví los dedos en círculos acariciando su aterciopelada piel.
—Eres un bestia, un salvaje – murmuró apretando los muslos. Seguí acariciándola suavemente hasta que cedió y separó las piernas. Si yo estaba excitado era seguro que ella también.
—Antes me has dicho que no habéis usado nunca juguetes – mis dedos fueron bajando por su rajita.
—No, nunca.
—Entonces, ¿nunca te ha metido nada por el coñito? – recorrí de arriba abajo sus labios hasta que los separé con las puntas de los dedos y pude apreciar la humedad que había en el interior.
—Nada, bueno, nada que no sea su… pene, claro.
—Perfecto – mis dedos exploraron buscando su agujerito. Volví a reírme al sentir cómo separaba más los muslos. Lo estaba deseando -. Entonces hay que grabarte con algo aquí dentro – justo en ese momento introduje la punta de un dedo en su coño. Estaba húmedo y muy caliente -. ¿Qué tienes que podamos usar?
—No sé, aaahhh…
Ya había metido dos dedos y jugaba con ellos en su interior.
—¿Tienes fruta? ¿Un plátano?
—No.
—Qué faena – aceleré el movimiento.
—Pero tengo pepinos.
—Genial, Ana. ¿Te imaginas cómo se te verá con un pepino en el coño? ¿Con tu humedad escurriendo por el pepino?
—Aaahhh… eres un cabrón – movió las caderas hacia arriba -. También tengo zanahorias.
—Jajaja, olvidé que te gusta comer sano. Ya sé, cariño, ya sé cómo hacerlo, ¿te lo cuento?
—Sí, aahhh…
Las caderas de Ana no paraban de subir y bajar al ritmo que le marcaban mis dedos dentro de su coño.
—Te tumbas en la cama con las piernas separadas, doblas las rodillas y levantas las caderas todo lo que puedas. Yo te grabo desde delante para que se vea bien el pepino en tu coño y la zanahoria que voy a meter en tu culo. ¿Crees que quedarás bien?
—Sí, sí, sigue… - notaba cómo Ana se iba crispando, acercándose al orgasmo. Sabía que si le acariciaba el clítoris explotaría, pero antes quería provocarla un poco más.
—Y luego, de remate, ¿Sabes qué había pensado?
—Aaahhh…
—Mandarle al imbécil un primer plano de mi polla enterrada entera en tu culo, aunque también se tiene que ver tu carita de placer, la verdad es que no sé cómo conseguir las dos cosas a la vez. Quizá con un espejo. Bueno, es cuestión de ir probando, ¿te apetece?
—Lo que quieras, pero sigue, sigue…
Las caderas de Ana se movían descontroladas y me decidí a terminar. Subí una mano hasta agarrar con fuerza una de sus tetas y con la otra profundicé en su interior al tiempo que con el pulgar frotaba su clítoris. Su reacción fue instantánea.
—Aaaahhhh… me cooooorroooo… cabróoooooon…
La estimulé dejando que disfrutara del fuerte orgasmo que la arrolló. La fuerza que apliqué al principio se convirtió en suavidad y terminó en leves caricias. La abracé contra mí mientras se recuperaba y sentía su respiración normalizarse.
—Déjame, Lucas, tengo que levantarme – me dijo al cabo de un ratito.
—¿Dónde vas? – la realidad es que me daba miedo dejarla ir. Me aterraba pensar que con la cabeza fría todo sería distinto y la perdería para siempre.
—Tú déjame.
Suspiré y abrí los brazos. Ana se levantó y se recolocó la ropa. Se volvió y entró en la cocina.
—Por cierto, Lucas – la oí gritarme -, ve preparando el móvil. Ya tengo el pepino, deja que encuentre una zanahoria mediana.
Iba en el autobús nocturno camino de mi casa. A pesar de mis lágrimas sonreí al recordar la noche. Ana y yo habíamos hecho todo lo que le había propuesto y más. No sé para Ana. Para mí había sido mágico. Aunque el sexo había sido guarro y salvaje para mí al menos había estado lleno de amor. Ahora lloraba al escribir el mensaje en el que le contaba toda la verdad.
Hola, Ana.
El video de Germán es falso.
Lo hice con una IA para engañarte y aprovecharme de ti.
Te iba a decir que lamento mucho haberte engañado pero sería mentira.
Te quiero desde siempre y no puedo más. Sé que no me correspondes, así que necesito dejar de verte y pensé que al menos debería despedirme.
Lo de esta noche calentará mi corazón hasta que deje de dolerme.
Espero que puedas perdonarme.
Te quiero.
Sé que Ana vio el mensaje y no me contestó. Durante dos días no pude dejar de mirar el móvil cada dos por tres, esperando una respuesta que evidentemente no llegaría, por eso me sorprendió tanto recibir al tercer día un mensaje suyo:
Deberías venir y darme alguna idea sobre qué hacer con esto
Me dejó confundido y cavilando. No entendía nada. ¿Esto? ¿Qué era esto?
Todo se resolvió cuando acto seguido recibí una foto. Salté en mi asiento y bailé como un tonto de felicidad con una enorme sonrisa rompiendo mi mandíbula. La foto era de dos plátanos, dos pepinos y dos zanahorias.
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