Xtories

Mi predisposición era evidente

Arturo creyó que la burla quedaría en un festival de jazz, pero ella tenía otros planes. Esta noche no busca amor, sino humillación. Y para eso, necesita un desconocido dispuesto a grabar su venganza.

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Arturo, mi anterior pareja con el que vivía, se justificó tanto y dio tantos detalles para marcharse con sus amigos el fin de semana a un festival de jazz, que me mosqueé. Algo me decía que no me estaba contando la verdad. Y si estaba en lo cierto, es que había alguna tía a la que se quería tirar de por medio.

Llamé a mi amiga Maruja, se lo conté y le pedí que por favor le siguiera con la moto cuando saliera con el coche del garaje el viernes por la tarde. Media hora más tarde me llamó para contarme que estaba en Malasaña y que una rubia teñida de unos veinticinco años, le estaba comiendo los morros y restregándose contra él. Me preguntó si quería que siguiera espiándoles o ya era suficiente. Le dije que lo dejara. Conocía muy bien a Arturo y sabía que el siguiente paso era llevársela a donde tuviera previsto de antemano, para pasarse el fin de semana follando con ella.

Según colgué el cabreo empezó a consumirme cada vez más. Dudé en llamar de nuevo a Maruja para que me dijera cual era el garito donde estaba y presentarme allí para mandarle a la mierda y decirle que tenía el fin de semana para sacar sus cosas de mi casa, porque el domingo por la tarde iba a hacer limpia y todo lo que quedara de él iba a la basura.

Sin embargo, me lo pensé dos veces antes de actuar y decidí vengarme de él de otra manera que le iba a joder mucho más. Me metí en la ducha y me rasuré el pubis poniendo especial atención a que no me quedara mi el más mínimo resquicio de vello.

No me hizo falta pensar que ponerme antes de salir de casa. La faldita que a él le encantaba que me pusiera para follarme con ella puesta. Arriba una camiseta sin mangas, blanca para que se me transparentaran los pezones porque no pensaba ponerme sujetador y bastante escotada, sobre todo en la parte de las axilas, por donde se me salía media teta. Finalicé el atuendo con unos zapatos rojos de tacón de aguja. Me miré en el espejo antes de salir de casa y me excité. Había que ser muy idiota para no querer follarme.

Pedí un taxi por teléfono y bajé en cuanto me aviso que ya estaba. Me hizo gracia cuando el taxista movió el espejo retrovisor para verme las tetas lo mejor posible y yo que no estaba dispuesta perdonar ni una esa noche, me la estiré para abajo y dejé que se me saliera el pezón. El pobre se tuvo que reacomodar en el asiento. Seguramente para colocársela en mejor posición al empalmarse.

Me dejó en la puerta de un conocido bar de Madrid donde la gente de más de treinta va a buscar rollo. En este garito precisamente fue donde conocí a Arturo hacia cinco años. El portero me echó una mirada de arriba abajo escaneándome la anatomía. Me sonrió y movió la cabeza afirmativamente. Al menos a él le gustaba. Bueno, al taxista también, que coño.

Entré en el local y me dirigí directamente a la barra. Me senté en un taburete y pedí un ron negro con hielo al camarero, que acudió a atenderme solícito y aprovechó para asomarse a mi escote. Era consciente de que iba llamando la atención por la indumentaria y más de uno lo calificaría propio de una fulana. Me daba lo mismo. Solo quería buscaba a un tío para llevármelo a casa y que me follara hasta la saciedad. Incluso valoré la posibilidad de llevarme a dos al mismo tiempo, pero desistí más por miedo que por falta de ganas.

El camarero me sirvió la bebida y aprovechó para asomarse de nuevo a mis pechos. Le dije que me llenara un poco más la copa y yo le daba una mejor visión de mis tetas. Sonrió y me relleno el vaso. Ya se iba a ir cuando le hice señas con la mano para que esperara mientras me bebía la copa de un trago. Le dije que me sirviera otra. Necesitaba darme valor a misma porque empezaban a entrarme dudas sobre lo que pretendía hacer.

Se me acercaron un par de tíos bastante bebidos y simplemente les dije que no perdieran el tiempo y buscaran a otra bajando el nivel, porque con tías como yo no se iban a comer una rosca esa noche. Me miraron con cierto rechazo, incluso desprecio, posiblemente por mi grosera respuesta.

- Soy lo mejor que vas encontrar aquí esta noche para echar un polvo – me dijo alguien al oído.

Me giré y allí estaba. Era sin duda el elegido para mis propósitos. Moreno y con cuerpo de gimnasio. Conste que a mí no me gustan los musculitos, pero su cuerpo iba a ser la envidia de Arturo, que se jodiera.

- Necesito un tío que tenga una buena polla para chupársela y que se corra en mi cara – le dije a sin preámbulos.

- Soy tu hombre – me dijo cogiéndome la mano y poniéndosela sobre la bragueta.

Lo que palpé superaba con creces mis pretensiones y se lo dije. El llamó al camarero y le dijo que le cobrara mis dos copas. Pagó, me quitó la copa de la mano y la dejo en la barra. Me bajó del taburete y cogiéndome de la mano me arrastró hasta la calle.

- ¿Tienes algún sitio donde podamos ir o alquilamos una habitación en cualquiera de las casas que lo hacen por horas en este barrio?

- Mi casa. Mi novio se ha marchado el fin de semana con una tía y pienso hacer yo lo mismo que él, pero por duplicado - contesté.

- Tú mandas – cerró mi pregunta y paró un taxi.

Me abrió la puerta para cederme el paso y me puso la mano en el culo para empujarme dentro del vehículo. Hice intención de no entrar a modo de broma y me dio un azote. Después me agarró una cacha con las dos manos y entré. Nada más sentarse a mi lado me cogió la mano y se la puso de nuevo encima del miembro. Después puso su mano sobre mi pubis y lo presionó. La cosa marchaba.

Era consciente de que iba a follar con un tipo que en principio ni me atraía, pero la venganza a los cuernos que me estaba poniendo Arturo, me motivaba por encima del placer de tener sexo con un desconocido y más en mi propia casa. Lo había decidido y no pensaba echarme atrás. Como decimos en España, a lo hecho pecho.

Nada más entrar en casa me colgué de su cuello y nos dimos un morreo mientras me restregaba contra él. Un mano atacó mis tetas y otra me subió la falda para adentrarse en mis bragas y atacar directamente la entrada de mi intimidad. Me dejé hacer para que se calentara el ambiente y me llevé la agradable sorpresa de que el tío tenía una lengua gruesa y larga y sabía muy bien como utilizarla.

Le desabroché la bragueta y le saqué la polla. No me había equivocado para nada. No la tenía demasiado larga, pero era la polla más gorda que había tenido en mi vida en la mano. Era perfecta para mis propósitos, aunque me desencajara la mandíbula intentando metérmela en la boca.

Se deshizo de los pantalones y la camisa, yo le quité los calzoncillos para vérsela colgando antes de que se empalmara, lo que iba a ocurrir inmediatamente. Se colocó detrás de mí y me quitó la camiseta. Empezó a magrearme las tetas y estrujar los pezones. Eché la cabeza hacia atrás y me comió el cuello. Mi perdición.

Me pidió que me acomodara en el sofá y abriera las piernas todo lo posible. Se arrodilló delante de mí y metió la cara en medio. Era una locura como chupaba. No solo tenía la lengua grande, sabía usarla maravillosamente. Me subió una pierna al respaldo para tenerme bien expuesta y empezó a chuparme el culo presionando y consiguiendo meter la punta. De ahí trasladó la lengua a la entrada del chocho. Cuando la acomodó en el clítoris, metió dos dedos por delante y uno por detrás. Empecé a mover las caderas buscando la mayor fricción posible y cinco minutos más tarde me deshacía por dentro con un tremendo orgasmo.

Era su momento y el mío. El suyo porque se la iba a chupar hasta que se corriera y el mío para satisfacer mi venganza. Me incorporé y me agaché delante de su miembro. Lo cogí con ambas manos como si fuera un trofeo y pegué los labios al capullo para pasarle la lengua. Ya estaba presente el saborcillo salado que preludia a la expulsión del semen.

Era el momento de exponerle lo que pretendía. Se trataba de una venganza contra mi novio porque en ese momento me estaba poniendo los cuernos con una rubia. Mi pretensión era hacerme un video con su leche chorreando por mi cara y acabando de correrse en la boca mostrando como me lo tragaba y le succionaba la polla para sacar hasta la última gota. Mi propuesta le pareció divertida y se prestó a colaborar en lo que yo quisiera.

Le di mi móvil para que enfocara y empezara a filmar justo antes de meterme la polla en la boca. Tan solo pensando en lo que iba a hacer, volvía a estar excitada. Me fui acercando lentamente con la boca abierta a su miembro. Saqué la lengua y la pasé por el capullo como preludio de lo que iba a acontecer.

La verdad es que, aunque no conseguí metérmela entera, si que lo hice con la mitad y me pareció mentira que pudiera abrir tanto la boca y disfrutar al mismo tiempo. Al final la venganza iba a ser una buena sesión sexo.

Intensifiqué las acometidas sobre su polla y le dije que me avisara cuando se fuera a correr. El primer chorro tenía que ir directamente a la cara y así lo hizo. Retuvo como pudo el siguiente chorro y apuntó directamente a la boca abierta. Casi me atragantó cuando el segundo chorro me golpeó la garganta, pero me repuse enseguida y volví a metérmela succionado para que acabara de correrse. Finalmente mostré la boca abierta para que se viera el semen y me lo tragué.

Nos relajamos ambos y visionamos la toma. Había salido perfecta y no dejaba lugar a dudas de lo ocurrido. Nos miramos y empezamos a reírnos. Me preguntó si de verdad se lo iba a enviar a mi novio y como contestación entre en el whatsapp de Arturo. Escribí que le mandaba un adelanto de lo que tenía pensado hacer en su ausencia. Adjunté el video que acabábamos de hacer y le di a enviar.

Me preguntó que tenía pensado grabar a continuación y le dije que quería que me diera por el culo mientras me metía un consolador por delante. Era una de las fantasías de Arturo que siempre le había negado por miedo a que me hiciera daño. Esta vez lo iba a hacer con un desconocido que tenía bastante más polla que él.

- El tatuaje del ombligo no le va a dejar lugar a dudas de que soy yo – dije.

Aunque estaba deseando correrme de nuevo, quedamos en esperar un rato para darle tiempo a recuperarse y mientras nos tomamos una copa. Me fui a la cocina y volví con dos vasos anchos llenos de hielo en una mano. En la otra llevaba un consolador negro de generoso tamaño y regalo de Arturo, y un blister de pastillas azules de las que se tomaba cuando queríamos una sesión especial de sexo.

Su sonrisa se amplió al ver ambas cosas. Sopesó la polla de látex negro y me preguntó si no sería demasiado teniendo en cuanta el grosor de su instrumento. Me encogí de hombros y le dije que al menos lo podíamos intentar y si no me entraban al tiempo, al menos que viera que lo había intentado.

Le pregunté dos o tres veces como iba la cosa con la pastillita. Su respuesta siempre fue que lo constatara por mi misma. Le cogía la polla y la masajeaba para comprobar la consistencia. Cuando por fin decidimos que ya estaba listo, hicimos un sesenta y nueve para ponernos a tono. Le ofrecí el bote de aceite corporal de una conocida marca y le dije que hiciera los honores.

Me coloque a cuatro patas. Me pasó la lengua unas cuantas veces por el ojete, incluso consiguió volver a meter la lengua. A continuación, me puso la boca del bote donde hacia un momento tenía la lengua y presionó un poco para que me entrara una buena cantidad, lo presionó y sentí como se deslizaba dentro del culo. Dos dedos entraron sin dificultad y me folló para que me acostumbrara.

Me puse tan caliente que solo quería que me penetrara lo más dentro posible, convencida de que me iba a correr enseguida. Consciente de mi necesidad, me dijo que me tumbara boca arriba en el sofá con el culo hacia afuera. Apoyó la punta en la entrada del orificio trasero y empezó a grabar.

Sus intentos por perforarme la entrada fueron infructuosos al principio. Se retiraba para no hacerme más daño del que era capaz de soportar y volvía a empujar. Estaba segura de que mis gemidos y alaridos se estaban grabando, lo que le daría más morbo a la escena.

Cuando entró la cabeza ya todo fue más fácil. Poco a poco se fue acomodando dentro de mí y aprovechó el momento de mi orgasmo para entrar hasta el fondo. El dolor y el placer es algo que cuando se mezclan no eres capaz de discernir cual prevalece y te llevan a unos orgasmos devastadores.

Le facilité la polla de látex. Retiró un poco al cuerpo hacia atrás y me sacó el miembro solo hasta el capullo. Me colocó el juguete en la entrada delantera y la apoyó contra su pubis. De súbito entró de nuevo, sin miramientos esta vez, introduciéndome su polla y el falso pene hasta el fondo. Grité ante la tremenda intromisión en mi cuerpo por ambos conductos, pero cuando empezó a entrar y salir el placer me sobrevino de nuevo. Le rogué que se corriera porque yo estaba a punto de hacerlo otra vez, pero me pidió que aguantara un poco. No lo conseguí.

El segundo orgasmo seguido hizo que me revolviera intentando que saliera de mí. Se echó hacia delante para impedirme cerrar los muslos y aumentó la frecuencia de sus embestidas. En el momento que se corrió me puso un dedo en el clítoris e hizo que yo lo hiciera por tercera vez.

Me sacó primero el consolador del coño y sentí alivio, pero no era suficiente. Me fue sacando la polla del culo poco a poco y la dejó justo en la entrada esperando a que el semen abandonara mi cuerpo para esparcirlo por las nalgas. Me ayudó a estirar las piernas y se interesó por como me encontraba. Le dije que me dolía todo el cuerpo, pero que había sido increíble.

Con tanto orgasmo me había olvidado por completo de que lo estaba grabando. Poco después, ya más relajados, visionamos el video y no era capaz de dar crédito a lo que veía. Juro que si hubiera tenido fuerzas me abría masturbado viendo lo que había sido capaz de hacer.

Volcamos en el ordenador los videos que habíamos grabado, más de media hora en total. Él resultó estar familiarizado con la edición de videos y reducimos el tiempo de grabación sin omitir detalle. En todo momento fui consciente de lo que estaba haciendo, lo que no quita para que yo misma me ruborizara con pudor.

Enviamos los videos a mi teléfono y se los envié a Arturo por WhatsApp. Pero antes le escribí preguntándole como se lo estaba pasando y le puse que yo estaba de puta madre. Tardó al menos dos horas en contestarme diciéndome que era una hija de puta y una guarra. Le contesté diciendo que tenía su maleta en el hall de casa y que la podía recoger el mismo lunes, porque el martes pensaba tirar lo que quedara al contenedor de la basura.

Mi ocasional compañero de grabación se quedó a dormir. Aprovechamos convenientemente los efectos de la pastilla azul durante la noche y por la mañana le invité a un café y a que se marchara. Borré los videos del teléfono, pero los guardé en el ordenador. De vez en cuando los visiono y me masturbo, aunque sigo sin dar crédito a lo que fui capaz de hacer. Y con un desconocido.