Por unas bragas en mi balcón 1
La resaca y el desorden son su única compañía hasta que una vecina de diecisiete años aparece en su puerta con una prenda íntima y una oferta irresistible. Mientras ella ordena su caos, él navega por sus propios impulsos, sin saber que la verdadera tentación está más cerca de lo que cree.
Por unas bragas en mi balcón.
Me dirijo a abrir la puerta de casa llevando encima todo el cabreo de mundo. Y además iba acompañado de las furiosas valkirias de la ira apoyando mi causa. Me acaban de fastidiar lo más sagrado que hace una persona en verano: La siesta.
La noche anterior, durante la improvisada fiesta que sigue a la fiesta de fin de curso, para celebrar que por fin y con veinticinco añitos se terminó la carrera, me había pasado bebiendo un cubata o dos sobre los que ya llevaba y que no había contado. Por eso pasé la mañana de aquella quejosa manera dando sorbos a una manzanilla aguantando sobre mis hombros una cabeza que parecía un trozo de corcho flotando en una gaveta con un pesado líquido que se balanceaba más que yo.
Y lo peor es que no recordaba si por fin había follado con Nela. Me parece recordar un sujetador cubriendo unas morenas tetas, y unos más oscuros pezones, pero no sé si esa imagen es actual o de cuando en Semana Santa, que también lo intenté y no pasamos de un juego de manos esquivando el sujetador e inalcanzando la barrera del elástico de unas bragas color rosa.
¡Uf! Hace más de tres meses de aquello y todavía me duele el pellizco que la muy bruta me dio en la mano para impedir que llegara a su coño por debajo de las mencionadas bragas. Tan apenas pude alcanzar unos rizados pelos del pubis.
¡Pero si mis intenciones eran buenas! ¡No soy egoísta!
Quería darle todo el placer que pudiera acariciándola el clítoris y metiendo un dedo, o los que haga falta, por la vagina. Y después de haber hecho que se corriera por lo menos una vez celebrarlo echando un polvo.
* Eso es, sin egoísmo. Y eso que parece que altruista tampoco.
¡Jope! ¿Follamos o no? ¡Jo! No me acuerdo. Mis cocos permanecen mudos mientras me rasco la ingle y recoloco la polla en el calzón.
Que no es lo mismo llamarla para preguntar si sabe dónde dejé la moto que si llegué a quitarle las bragas: “Nela, perdona guapa. Como no me noto ningún pellizco en mis manos eso es que pude quitarte las bragas. ¿No?”
Abrumado por estas cavilaciones se hizo la hora de la comida, unos cuarenta y cinco minutos creo que transcurrieron desde que me levanté para orinar y lavarme la cara que parecía acartonada.
Tras preguntarle al reloj, contestó que era la hora de comer, pero eso calenté en el microondas un plato preparado del súper comiéndome la mitad.
“Esto no está bueno”.
Deduje tras dos cucharadas sin pensar que no era yo quien estaba bien.
Después, y sin terminar de comer, me dejé caer en el sofá con los ojos cerrados, y no pasaron ni diez minutos cuando escuché la melodía del Ding Dong de la puerta a la escalera. Motivando el lógico pensamiento civilizado de mi cerebro:
“¿Qué mierda pasa ahora?”
Arrastrando los pies recorrí el kilométrico pasillo que normalmente cruzo en tres pasos hasta la puerta de entrada. Sin controlar antes por la mirilla abrí quedando un tanto sorprendido.
Se trataba de una ricura de niña. Por su rostro y aspecto físico calculé que no debía tener más de catorce años. Sí, unos doce o trece. Delgada, bajita. No debía superar el metro diez, luego supe que alcanzaba al ciento doce estando descalza. Morena, de ojos de llamativo azabache, que brillaban como faros, y labios rojos rubí, sin carmín, que destacaban en su rostro como pidiendo ser besados. Llevaba la morena melena suelta hasta los hombros cubriéndole las orejas y la nuca.
Vestía chanclas, un pantalón corto que le quedaba muy holgado, y una camiseta donde aparecía el humanizado dibujo de un televisor o una Tablet con ojos, nariz y una sonriente boca.
Temí que me ofreciera lotería de fin de curso del colegio para sufragar un viaje a las playas de Mallorca o los museos de Madrid.
- ¿Qué hay?
* ¡Esos son mis modales! Primero se saluda. Así me lo estuvo inculcando mi madre dándome tirones en el pelo, seguro que por eso mi temprana alopecia. Así me lo estuvieron inculcando los curas, por eso tengo callos en las manos de los varazos que me dieron. Seguramente mi educación todavía sesteaba en el sofá.
- Hola, buenas tardes. – Su voz era trémula, y sus ojos no me miraban fijamente. – Soy vecina del sexto tercera.
Sexto tercera, ha dicho. A mi mente llegaron las imágenes de una renacuaja que bajaba los peldaños del portal dando saltos al compás del DO RE MI de la película Sonrisas y Lágrimas. Eso fue cuando aquella tarde acarreaba mis cosas para instalarme en el piso. ¿Hace un lustro ya? Pero si parece que tan solo han pasado cinco años. O aquella vez que esperando juntos el ascensor, cargaba con una botella de cola de dos litros y parecía abultar más que ella.
- ¡Ah, sí! Dime.
Reapareció la idea de comprar billetes para un sorteo.
Parecía dudar qué decir.
- Pues… que en la barandilla de su balcón se ha enganchado una ropa que me ha caído al tenderla.
- ¿Sí? No sé. Un momento. Voy a ver.
Al menos choqué contra dos marcos de las puertas antes de llegar a la galería al otro lado de la cocina y nada vi entre las celosías que dan a la calle. ¡No! Recordé, ha dicho balcón.
Salí de la cocina para entrar en el comedor.
Creo que no choqué contra nada.
Ahí estaba la ropa colgada de uno de los barrotes horizontales de la barandilla. Cogí la ropa culpable de impedir mi siesta para descubrir que se trata de unas braguitas de niña. Era de color azul claro con varias filas de tréboles de color naranja. Las costuras eran anaranjadas, al igual que ese lacito.
"¡Qué cosita tan graciosa!".
Hechas un ovillo las llevo en la mano, notando que están mojadas. Entro en la casa. Antes de llegar a la puerta donde espera la vecina las acercó a la nariz. Huelen a detergente.
*¡Idiota! ¿Qué esperaba recién limpias y con esa hechura? ¿Oler la felicidad del coño de la Bernarda?
Llego a la entrada y descubro a la vecina pasando un dedo por la moltura de la puerta. No es que se manche de polvo, es que con lo conseguido puede escribir en las paredes medio Quijote.
Al verme esconde el dedo.
Entrego la ropa y, ruborizada, lo agradece en un susurro. Y añade innecesariamente:
- Son de una sobrina.
Está claro que miente. Ignoro por qué. De ser como dice habría dicho “mi sobrina” de ser solamente una, porque si fueran más, es muy posible que hubiera añadido un nombre o un dato sobre su edad.
No Importa, por mí como si las colecciona quincenalmente.
* ¡Sí! Y las acababa de oler. ¡Ja!
Hago el gesto universal de despedida agitando una mano mientras empujo la puerta para cerrarla. Tan apenas la he movido un palmo cuando atropellando unas palabras con otras ofrece un servicio.
- ¡Señor! Si no tiene quién le limpie la casa, puedo hacerlo yo.
Saliendo de mi asombro porque me llamen señor y tratarme de “usted”, en estos tiempos donde impera la falta de educación la miro. Veo una niña de complexión ya mencionada por lo que solamente puedo articular una palabra llena de asombro:
- ¿Tú?
- Sí, señor. – Responde anhelante y echando atrás los hombros con clara intención de aparentar alta, más mayor. – Tengo dos tardes libres: los martes y los viernes, a partir de las cuatro. ¿Le va bien a esa hora?
Nos quedamos mirando. Sus ojos brillan esperanzados hasta que desvía la mirada a mis zapatillas.
- Eres una niña. – Atino a decir.
- ¡No, señor! – Vuelve a ruborizarse. Agita otra vez los hombros y me mira a los ojos un instante. – Soy bajita, sí. Pero tengo diecisiete años. Cumplo los dieciocho en agosto.
No lo parece, y para agosto solo faltan dos meses. Me giro y miro el interior de la casa. Tener que limpiarla me resulta molesto ya que me impide hacer otras cosas más importantes y urgentes que acaparan varias horas de mi maravilloso tiempo para poder estar tirado en el sofá o destruyendo naves extraterrestres con el ordenador. Además, es algo que gracias a mi asignación por parte de mis padres me puedo permitir.
Consiento, y muy animada dice de ver la casa. Afirma que debe ser muy parecida a la suya porque está situada en la misma vertical del edificio. La invito a entrar dejando la puerta abierta y rápidamente aconseja que la cierre. Se justificó:
- La puerta de la calle se puede abrir fácilmente. – Y añade: - El otro día mi madre se asustó al ver un indigente instalado en el hueco de la escalera junto los contadores de la luz. Por suerte no era un ladrón o algo peor. Lo echaron entre varios vecinos, aunque mi madre le dio un bocadillo de mortadela.
Asentí. Nada sabía de eso. Son cosas cotidianas de este planeta y me ocupo de otras más elevadas ya descritas cuatro párrafos atrás.
Caminamos por el pasillo. Llegamos a una habitación pequeña donde solamente hay un armario contra una pared y una maleta vacía en la otra. En ese armario está la ropa de invierno junto a otra que está ahí desde hace varios inviernos. El verdadero color del suelo no se ve, porque si no empleo la habitación no veo necesidad de barrerla. Creo que no lo he hecho en los últimos cinco años. La ventana está cerrada con las persianas echadas. No hay cuadros ni más muebles. Del techo cuelga una bombilla directamente de los cables eléctricos.
La vecina miró seria desde la puerta al pasillo. No me quedó claro si era para no remover el sucio suelo, miedo a la posible fauna local o si consideraba la opción de echar unas semillas y hacer un huerto.
Otra habitación más grande convertida en sala de estudio versus salón de juegos versus nave espacial. Con un sofá cubierto con una sábana. El escritorio con un ordenador encima. Silla de ruedas. Estanterías con libros, deuvedés de películas y música, y un equipo musical.
En una pared cuelga un poster mostrando el esplendor de un paisaje del pirineo con algunas montañas cubiertas de nieve. En otra pared, está otro poster de una rubia mostrando el esplendor, sin cubrir, de todo su paisaje.
La muchacha hizo como que no lo veía.
Mi habitación. Dos mesitas de noche centran la cama de matrimonio todavía con las sábanas revueltas. Incluyendo la bajera desenganchada de una esquina.
Parece que los cubatas me hacen bailar dormido.
Ropa usada por el suelo. Ropa limpia amontonada sobre una silla. Falta ventilar el olor del calzado. Creo que, si nos asomáramos por un lateral de la cama, la porquería que debe haber ahí debajo nos impediría ver el otro lado. Esto es tan solo una suposición, no tengo ganas de hacer esa exploración o experimento sin estar convenientemente armado de una gruesa escoba o una escopeta de cartuchos.
Cocina. El fregadero está lleno de platos, bandejas de plástico, vasos y un centenar de cubiertos de metal, plástico y madera. En un rincón dos bolsas de basura por bajar a los contenedores, tres si contamos la que falta por cerrar. El extractor de humo sobre los fogones está totalmente limpio, por la sencilla razón que jamás empleé la cocina. Para qué, si freír un huevo me parece una de las pruebas de Hércules.
La galería, puede ser lo único ordenado de la casa. En un cable del tendero cuelgan unos calcetines, un calzoncillo y el bañador. La lavadora debe ser el tercer electrodoméstico más empleado en la casa después del ordenador y el frigorífico. Hay una mancha de detergente en el suelo coincidente con el tiempo que llevo en la casa. Con los años que lleva ahí creo que me ha cogido cariño, debe estar esperando que le ponga nombre y la adopte como mascota.
Comedor. A un lado hay una estantería medio llena de deuvedés y varios libros. Centra el salón una mesa, en cuya superficie se puede escribir, pasando un dedo sobre el polvo, la otra parte del Quijote que falta. Cuatro sillas, y un sofá que hace juego con el que tengo en la otra sala. En el suelo hay manchas de huellas al haber salido al balcón poco antes y que también está sin barrer.
No hay televisión. Me alegra pensar que, aunque me gusta la cerveza y los cubatas cargaditos, no soy adicto a según qué porquerías que la gente se mete por los ojos.
* Reconozco que en ese momento no me acordaba del programa cultural-educativo-pornográfico “Ráscate a dos manos”, que veo alguna noche en el ordenador.
- Hay más trabajo del que pensaba. – Murmuró la muchacha preocupada por lo que le venía encima. – Los primeros tres o cuatro días tendrán que ser dos horas o no se notará.
Antes, mientras exploraba la casa, dijo un precio por hora. Me parecía bien. Pero al ver el desastre y tener que venir más tiempo al menos los primeros días, dijo otra cantidad y no era el doble. Me supo mal por ella, al verla tan frágil, por lo que hice la corrección. Doble de tiempo, doble de dinero.
Asintió apretando la boca.
Hizo una lista con los productos que necesitaba y que acertadamente sospechaba que no los tenía. No sabía que hubiera varios tipos de paños. De siempre pensé que estaban los paños comprados, y los trapos obtenidos de la ropa desechada. ¿Y la lejía con no sé qué? Pero si siempre compro el de la botella amarilla. ¡Ni idea de qué dice! Al parecer tenía que comprarlo yo, por lo que le di un billete para que lo hiciera ella.
- Ya me darás el cambio.
- Vale. Junto con el recibo de compra. ¿Le va bien que sea la marca blanda de Súper Tot i bó?
* ¿Qué? ¿Hay marcas duras? Mejor no preguntar.
Al despedirse añadió como si se tratara de un detalle olvidado:
- Mi nombre es Teresa, puede llamarme Tesa.
* Está de moda los nombres acortados o traducidos a saber qué idioma. A Teresa la llaman Tesa. A Manuela la llamamos Nela. A Francisco, Xisco. A Estefanía, Fany. ¡Querían llamarme Charly! Y decían ser mis amigos.
- Bien, mi nombre es Carlos. Y deja de llamarme señor. Si te va bien podemos tutearnos.
Ese sábado estuve con los amigos. Terminada la carrera muchos de los que vivían fuera de la ciudad se marcharon por lo que quedamos la mitad más o menos. Tras un cubata para entonar el ánimo, fuimos a la discoteca de siempre encontrando que pasaba lo mismo. Había la mitad de la gente. Fue donde conocí a Paula, Pau.
* ¡Otra abreviación!
Se trataba de una chica que estaba en la ciudad por estudios. Supuse que se marcharía cualquier día.
Vestía sandalias con algo de tacón, falda a cuadros, suéter de manga corta, y un prendedor retiraba el castaño pelo de su rostro. Un poco de carmín y algo de maquillaje. Preciosa.
Nos pusimos a hablar y esas señales que me llegaban eran inequívocas, congeniamos. Tras un cubata y unos bailes nos sentamos en un sofá. Había muchos vacíos, algo imposible durante los meses del curso, donde las discotecas se llenan más que las aulas. Sin más demoras nos besamos. ¡Qué dulzura! Su pequeña lengua se movía muy bien. Sobé sus tetas por debajo de su ropa. Suaves y cálidas con duros pezones. Le gustó la caricia, me gustaba acariciarla. Desabrochándome la camisa pasó una mano por mi pecho.
- Practicas algún deporte.
- Nado mucho.
- Se nota
Y me dio un pellizco en una tetilla como si se desquitara de los que yo le daba en ese momento. Luego bajó hasta mi bragueta. Me acarició por encima del pantalón, y esos apretoncitos con su pequeña mano sirvieron para ponerme palote.
- Nena, podemos pasarlo muy bien.
- Me gustaría.
Más animado, con su mano en mi acelerador había pasado de cien a cien mil, y mientras le daba besitos en la oreja, propuse ir a mi casa. Como respuesta se retiró un poco, miró la hora. Y cuando contestó mi gozo terminó en lo profundo del pozo:
- Tengo que irme, me esperan pronto. Mañana me marcho a casa de mis padres. - ¡Chasco! Ya suponía lo de marcharse, pero eso del día siguiente temprano era una putada. - Volveré a finales de septiembre.
Pero si tenía un empalme que me dolía hasta los huevos. Desde luego no podía esperar tres meses así. Propuse:
- Pues podemos pasar un rato y después, o mañana, te llevo en la moto o en taxi a tu casa.
- ¡No! – Señaló al otro lado de pista de baile. – Mi hermana nos mira y me indica la hora mostrándome su reloj.
Miré el sitio indicado y era cierto. Una chica de mi edad nos hacía señas. Supongo que no se acercaba para no ver que su hermanita estaba siendo sobada. De hecho, todavía tenía una mano por debajo del sujetador agarrando una teta de Pau, cuyo pezón ya no estaba en plan guerrero.
Pau me empujó para que la soltase. Se levantó, arregló la ropa, cruzó la pista de baile, y las muchachas, cogidas de la mano como dos niñas buenas, desaparecieron de mi vista.
Buenas lo estaban un rato largo, pero me parecieron brujas.
Terminando mi bebida dudé si era cierto lo de marcharse o que simplemente tras pasar un buen rato salía corriendo de mi lado. Lo que se suele llamar una calientabraguetas. Porque así estaba yo, más caliente que una estufa.
Ya en casa, solo y con unas ganas locas de aliviarme el calentón tuve que emplear mi mano estando en el lavabo.
“Al final siempre termino igual: Tocando la zambomba”.
La primera tarde que tocaba limpieza en casa, Tesa vino con su madre, la señora María Jesús.
* ¡Qué raro que no la llamaran Mari!
Era una mujer de una estatura y apariencia similar a su hija, solamente que tenía la cadera más ancha. Vestía lo que me parecía un babero escolar, y estaba claro que quería ver cómo es el chico que vive solo donde acudiría su hija dos veces a la semana. Por eso me sometió a un breve, pero intenso interrogatorio en la sala de estudio, donde, además, dedicó unos segundos a mirar el poster de la rubia.
* ¡Qué éxito! Parece que a todo el mundo agrada mis toques decorativos.
Mientras, Tesa desapareció por otro lado de la casa.
Con un gesto la invité a sentarse en el sofá y lo hizo en una silla a mi lado. Lo hacía en el borde del asiento para que sus pies tocaran el suelo en una posición que ya debía estar acostumbrada.
Empezó por saber de dónde soy, dónde viven mis padres.
- Viven en Italia. – Y concreté: - En Roma desde hace unos quince años con mi hermana mayor. – Me corregí al recordar más detalles. - Bueno, Marta vive ahora con su pareja. Fueron a ese país por mejora de empleo de mi padre que está en las oficinas de una metalúrgica.
Cogí aire soltándolo en un suspiro y continué:
- Tuve que regresar a España porque en la escuela superior me acosaban por acudir desde un colegio de curas. Mis padres me buscaron otro centro, pero quise venir.
A la siguiente pregunta respondí:
- Estar solo es una sensación que no tengo gracias al ordenador y los estudios.
* Y las juergas de fin de semana. Muy bien sé que unos cubatas el viernes noche hacen que el sábado parezca más corto.
Si bien al principio hablaba con soltura porque deduje que debía explicar a la mujer dónde se metía su hija, ahora sé que me ruboricé. Y más al descubrir que Tesa estaba al otro lado de la puerta. En sus manos llevaba una escoba cuando en realidad estaba escuchando.
La señora María Jesús me miraba seria. Asentía ante un largo relato que no esperaba ya que seguramente pensaba que tendría que sacarme las palabras a cucharadas o retorciéndome un brazo.
Continué.
- Suelo ver a mis padres dos veces al año. En navidad y verano. Pero este año se van de crucero hasta Islandia. Todo un mes porque visitan media Europa del norte. Castillos, fiordos, volcanes y no sé qué más. Y luego a casa de unos amigos por… ¿Turín? Perdón. No estoy seguro. Ya me lo dirán.
Cogí aire, miré el poster de la rubia por si tenía que darme algún apunte, y como ni siquiera me guiñó un ojo continué hablando.
- Normalmente no quiero ir porque siempre es aburrido estar con sus amigos. No hay gente de mi edad o ya tienen planes en los que, como añadido, estorbo. – Y expliqué. - Es algo que ya me pasó. Fuimos a casa de unos amigos y me decían que la guapa hija tenía mi edad, pero resultó que también tenía novio y me convertí en una carga molesta.
- Ya. Bien. – Carraspeó María Jesús. - Se te ve delgado. ¿Comes bien o practicas algún deporte?
- Sí, señora. Hago deporte. Me gusta el waterpolo. Estoy en un club universitario. Ya ve, así paso el rato: Estudiar, deporte y amigos.
* Me callé a tiempo, en ese currículo no quedaba bien añadir: y siempre que puedo meterla en caliente.
Me miró desde los pies hasta temprana mi alopecia y preguntó.
- Creo que mides uno setenta. ¿Me equivoco?
No sé qué importancia tenía que sea sesenta centímetros más alto que su hija para la limpieza en mi casa.
- No, señora. Mido eso. Uno setenta.
En realidad, mi medida era capicúa. Uno, siete, uno, y de siempre me parecía un mal chiste.
Minutos más tarde, por suerte, la entrevista terminó marchándose la vecina y sobreviviendo por mi parte. Tesa abandonó su puesto de escucha y empezó o continuó con la limpieza.
Una noche que salía de casa con la buena intención de divertirme, me encontré en la acera al padre de Tesa. El señor Adriano. Un hombre que quedaba por debajo de mi hombro. Se le veía sucio por el trabajo, parecía albañil o pintor. Iba sin afeitar de varios días. Y lo que llamó mi atención: sin ser un “musculitos” se le veía fornido. Seguro que le bastaba con un golpe del revés para derribarme.
Saludo sin detenernos y continuar caminando.
Fui a un pub en la parte vieja de la ciudad. Era la primera vez en ese local y las únicas referencias disponibles eran que ponían buena música y la bebida no era un timo.
* La primera impresión es la que cuenta.
“¡Uh! Con esas ropas, mucho pijo es lo que hay”.
Todo el mundo vestía ropa de marca.
No podía competir al buscar una chica que lo primero que haría es fijarse en las marcas de mi ropa, zapatos y reloj. Me fui a otro pub dos esquinas más lejos, mejor.
Conocí a una chica que llevaba peluca o extensiones, no sé cómo se llama eso, eran de color rojo y verde sobre su melena oscura. Hubo sonrisas, comentarios, coqueteos ya bien juntitos. Y llegaron los besos y morreos. Sobada de tetas. ¡Qué bien que no llevaba sujetador! Suaves, calentitas. Pero esos pezones no reaccionaban. Pensé en probar a morderlos para ver si así...
Salimos del local sin alejarnos mucho. Iba animado.
- ¿Tienes coche?
- No. ¿Y tú?
Ya con la respuesta negativa me empujó a un sitio que le parecía adecuado. Entre dos coches y un arbusto de la acera me la sacó para hacerme una paja.
Se escupió la mano derecha y frotó por la polla, sobre todo el glande. Y comenzó la caricia.
* ¡Vaya! Yo que pensaba que sabía hacérmelas. ¡Qué bien movía la mano! ¡Estaba ante la reina diosa de las pajas!
Por dos veces, por lo menos, intenté alcanzar su coño por dentro de su pantalón y bien que retorcía su cuerpo para impedirlo.
- ¡Vasta! ¡No insistas! – Amenazó cesando la caricia: - Mira que paro y ya te apañas solito.
Al menos sí que pude continuar sobando sus tetas cuyos pezones parecía que no reaccionaban ni con pellizcos. ¿En qué fallaba? ¿No le gustaban mis caricias?
Desde luego la suya a mí, sí.
- ¡Uf! – Avisé. - No tardaré.
No cambió ni un ápice el ritmo. Solamente animó:
- Bien. Adelante.
Recogió mi descarga en un pañuelo de tela. ¿Quién emplea eso todavía? Lo guardó en un bolsillo. ¿Se lo llevaba de muestra? Dentro de poco apestaría. Quizás lo guardara en una bolsita al vacío y los coleccionaba poniendo fecha y espécimen, digo el nombre. Quizá fuera extraterrestre y buscara semen para hacer clones con los que crear un ejército y conquistar este planeta.
* Empiezo a pensar que me paso demasiado tiempo matando marcianos en el ordenador.
El caso es que volvimos al pub, tomamos una cerveza, y al poco me dejó que sobara otra vez sus tetas mientras repetíamos los besos, y claro, volví a animarme. Sin contarse un pelo pasó una mano por encima de mi bragueta para comprobar mi erección.
- ¡Uhm! Aquí tenemos a tu amiguito. Parece que tienes ganas. Si quieres te hago otra paja. ¿Vale?
Quería algo más, contentándome con eso.
Regresamos al mismo sitio de antes donde creía que ahora duraría algo más. ¡Error! Gracias a su maestría solamente duré dos minutos.
* Debo hacer constar que pajeándome duro eso, y follando no lo he cronometrado, pero seguro que más. ¿He? Para quien interese lo digo.
Me cogió la polla con su diestra y se puso a moverla con gran eficacia. Y lo dicho, no tardé.
- ¡Uf! Pronto.
- Bien. Bien.
¡Creo que recogió mi descarga en el mismo pañuelo! Raro es decir poco sobre su comportamiento. Estuve por preguntar cuántos pañuelos llevaba ya de tantos tontos como yo.
Caminamos regresando al pub y se me ocurrió pensar que no fuera una chica y por eso no me dejaba acariciar entre sus piernas. No llegué a preguntar si bien me fijé más en su rostro, era guapa.
Sin volver a entrar en el pub dijo que se marchaba. Miró la hora. ¿Qué chica emplea reloj de pulsera teniendo teléfono?
- Nos despedimos aquí. - Ordenó tajante sin permitir una réplica. Estábamos en la puerta del pub. Y ya añadió: - Mis hermanos y sus parejas no tardarán en llegar. - Puso cara de niña buena. - Perdona, somos justos en el coche. Ya nos veremos otra noche. ¿Vale? Suelo venir por aquí.
* Vale, ya sabía dónde acudir para que me hiciera una paja cuando no me fuera bien en otro sitio.
Un beso en cada cara y un roce en los labios.
Resumiendo: Siendo una noche un poco rara, se puede decir que lo pasé mejor que solo en casa.
* ¡No nos dijimos los nombres! ¿Sería impronunciable en humano?
Dos semanas. En tan solo las cuatro veces que acudió Tesa a limpiar mi casa y ya no la reconocía. Ahora parecía un lugar vivo al desaparecer el aspecto de Halloween.
Al volver de entrenar en la piscina me daba apuro pisar con mis zapatillas ese espejo que se había convertido el suelo. Y claro, ya no arrojaba mis cosas contra esa cama que tenía las sábanas tan bien dispuestas como un lienzo. Después de emplear un vaso en la cocina lo limpiaba y dejaba en su sitio. Incluso llegué a limpiar para que cuando llegara Tesa no encontrara que había perturbado demasiado su obra de arte.
La mancha en el suelo junto la lavadora había desaparecido. Estuve por poner el siguiente letrero: “Durante mucho tiempo este fue el hogar de Manchada. RIP”.
Ocurrió que una vez, al entrar Tesa en mi casa aspiró por la nariz y yo, unos pasos detrás, contuve mi aliento por si acaso. Todavía olía al detergente empleado dos días antes y sentí el alivio de pasar una dura prueba.
Se giró sonriendo para preguntar:
- ¿Hay algo que quieras que limpie antes o en especial?
- ¿Qué? ¡No! Ves a tu aire. – Tenía miedo que encontrara alguna perturbación en la galaxia. Añadí: – Ves a tu ritmo.
¿Cómo se llamaba aquella chica de esa discoteca cercana a Portonovo? ¿Amparo? Bueno tampoco importa demasiado su nombre. Bailamos, reímos. ¡Me invitó a una cerveza! Y yo a ella, a otra. Sin llegar a terminar la segunda, en un sofá nos dimos un calentón. Curioso. Tras una breve caricia en sus piernas por debajo la falda podía retirar las bragas para alcanzar su bien depilado coño, de durito clítoris y vagina chorreante, pero no sus tetas.
- ¡Chist! Las tetas, no. – Ordenó al ver mis intenciones de abrir el broche del sujetador. Insistió: – Ahí no se toca.
Así, sin explicaciones. Ya me iba bien, porque tener mis dedos en el calorcito de ahí abajo… ¡Uf! Después que dos de mis dedos bailasen un vals o quizá un reggaetón con su clítoris hasta correrse, fuimos a su coche y sin moverlo de donde estaba, a dos calles de la discoteca, continuamos con las caricias en el asiento de atrás.
Mis manos acariciaban sus clítoris por segunda vez cuando jadeando preguntó:
- ¿Tienes globos?
Perfecto. Íbamos a hacerlo.
- ¡Ah! Una cosa, tío. Nada de metérmela por el culo. ¿Vale? Que luego tengo cagaleras y pedos incontrolados.
* Demasiadas explicaciones daba.
Se quitó del todo las bragas mientras me ponía el condón. Y parecía que, por fin, después de poco más de un mes, podía follar.
Miró a través de todas las ventanillas y ya se recostó en el asiento, me puse encima, y ella misma me cogió la polla para metérsela. Me ordenó:
- Entra despacio. ¿Vale? Luego ya te mueves.
¡Uf! ¡Sí! Por fin. Puse, o me puso, el glande en la entrada y me apretó del culo. Aunque parecía que me ayudaba a aparcar un coche.
- ¡Ahí! Despacio, ponte a la derecha. Bien. ¡No tanto! Arriba. Vale. Sí, ahí. Vale, adelante. Ahora, puedes empezar. Ya sabes, despacio.
Incluso con la goma puesta, meterla en tan calentito lugar la sensación es… toda una sensación.
* Nota: Tengo que mirar más el diccionario de sinónimos.
Con una mano en mi cintura controlaba la penetración en su vagina, con la otra en mi nuca la profundidad de los besos. Hasta que me tapó la boca con una mano. Ya no quería más besos.
- Ahora solo folla. – Ordenó: - ¡Muévete!
Su respiración era normal, no jadeaba, ni suspiraba. Nada. Así estuve bombeando ese cuerpo cuyo rostro miraba el techo detrás de mí. Apenas parpadeaba ni movía la boca. Ni un gemido. Nada. Por un momento creí que me estaba pajeando ante el retrete de casa o que en cualquier momento esta tía cogería el teléfono para chatear con las amigas mientras todavía bombeaba en su coño.
- ¡Ya lo tengo!
Dijo sorprendiéndome unos diez minutos más tarde.
Por suerte no pregunté el qué.
Se corrió poco antes que yo. ¡Menos mal! Llegué a temer que la dejaba a medias colocándome el letrero de picha-floja.
Lo hizo en un solo jadeo y sin notar que me mojara los cocos. Ni una vibración vaginal en el pene. ¡Nada! Tenía los ojos más abiertos que los búhos cuando simplemente dijo:
- ¡Uh!
Entonces sí, me pidió un morreo.
Desatamos nuestras enredadas lenguas y ordenó en un suspiro:
- ¡Uf, sigue!
Continuamos follando.
Un minuto después. Tras notar mi descarga, ordenó que me retirase rápidamente.
- ¿Ya estás? Bien. Sal. Con cuidado. ¿He? Cuidado – Avisó seria empujándome de los hombros. - Que nada se salga de la goma. Ya sabes. No quiero un marronazo. ¿Vale?
Retirada del condón y limpieza en la polla con pañuelos de papel. Creo que ella solo empleó uno.
Iba a besarla y dijo de vestirnos inmediatamente.
- Deja los mimitos para luego que pueden vernos. – Añadió de seguido con un tono que parecía enfadada: - Claro, como eres un tío estas cosas te dan igual. ¿No?
Solamente era ponerse las bragas y recolocar la falda, porque, como ya he dicho, sus tetas ni olerlas. Ni me enteré de cómo son porque tampoco destacaban mucho bajo su ropa.
Poco antes, en ese mismo sitio, no le daba importancia a llevar el culo al aire y ahora sí. Cuando según el reloj, al ser más tarde ahora que antes, lógico, las posibilidades que pase gente por al lado es menor… vamos a dejarlo que me hago un lio liado.
* Nota: ¡Lio liado! Lo del diccionario parece urgente.
Ya con todo escondido bajo la ropa, por fin hubo besos y caricias en sus muslos porque al igual que antes no me dejaba tocar sus tetas.
Cuatro morreos y una caricia de mis dedos por encima de sus bragas más tarde, y propuse repetir. Sin tenerla dura del todo sabía que me pondría a tope al ver que se retira las bragas.
¡Toma jarro de agua fría! ¡Pero fría del Polo!
- ¡No! Que ya es tarde, tío. Debo irme a casa. - Me empujó para que cesara la caricia. - Mi madre tiene un sueño muy ligero y si llego demasiado tarde hay bronca. ¡No veas cómo se pone!
- Vale. Pues me das tu teléfono y quedamos.
Le pedí pensando que a lo mejor repetíamos en otro momento. Porque, aunque pareciera una muñeca hinchable era mejor follar con ella que nada. Incluso me parecía mejor que aquella que hace tan buenas pajas.
Y no fue bien.
- ¡No! ¡Qué va, tío! No puede ser, que esta semana ya regresa Felipe del pueblo. – Añadió meditativa. - Creo que el miércoles.
Ante mi pregunta de quién es Felipe, me miró sorprendida de mi ignorancia y respondió:
- Pues mi novio. ¿Quién va ser? Llevamos dos años.
Pasmo, chasco, asombro, estupor, sorpresa por mi parte.
* Nota: Sí, ya tengo el diccionario de sinónimos.
Yo había sido quien la alivió mientras no estaba el novio. Se miraba en el rostro en el teléfono retocándose el peinado y comprobar que llevaba los pendientes mientras decía:
- No sé si nos veremos por aquí alguna noche. – Hizo un gesto en dirección a la discoteca. - ¡Ah! Una cosa. Si voy con mi chico es mejor que no me saludes. Después de dos cubatas se pone un poco bruto.
Tomo nota con letra bien clarita. Fue un bonito detalle que avisara. Sí.
Sin que la falda le molestara, de un ágil movimiento pasó entre los asientos delanteros y se sentó frente al volante. Yo tuve que echar el asiento para delante y abrir la puerta.
Recolocó su falda, se puso el cinturón y arrancó. Casi no me dio tiempo a bajar del coche con ese brusco acelerón. Tuvo que parar para cerrar la puerta que yo no pude al mover el coche, además de colocar el asiento.
- ¡Joder tía! ¿Qué te pasa ahora? – No podía oírme, claro. - ¿Has recordado que dejaste el helado fuera del congelador o qué?
Regresé a la discoteca donde casi ya no había gente. Necesitaba orinar y lavarme mejor las olorosas manos. ¡Olían a coño! Desechando tomar otro cubata me largué a casita.
Vale. La había metido en caliente, pero no sabía si poner otra muesca en mi revolver o mejor que no quedara evidencia por si acaso me topara con el Felipe ese.
* Recuerdo mejor el nombre del bruto que no conozco que el de la chica, que sí conocí. Cosas que pasan.
Al día siguiente me decidí. Preparé un currículo, breve teniendo en cuenta que era estudiante sin experiencia y eché unas copias en un banco, un bufete de abogados, en las oficinas de varias fábricas en el cercano polígono industrial de Espartero. Y en el tablón de anuncios de la facul, con el detalle de ponerlo algo alejado de ese enorme cartón amarillo que a rotulador alguien escribió:
- ¡Que os den por culo a todos! ¡¡Aprobé!!
No sé cuánto sabría de económicas este tipo, pero desde luego en marketing lo borda. En la cafetería todo el mundo lo comentaba.
Me quedaban unos cuantos impresos más y deseché dar uno en secretaría de la facul. Para entrar ahí es por oposición.
“Supongo que estoy perdiendo el tiempo, pero seguro que nadie llamará a casa para ofrecerme nada sin conocerme”.
* Eso lo pensé yo solito.
Una noche, debía ser cerca de las once, me dirigía a coger el autobús para ir a la zona marítima a ver si lo pasaba bien en cualquiera de las muchas discotecas y pubs que hay. El caso es que apoyadas en unos coches encontré a dos chicas que por la pinta, maquillaje y ropa que llevaban, mostrando piernas, ombligos y escotes, deduje que no eran monjas.
Estaba casi al lado y me esperaba una propuesta, y no fue así. Llegó un coche. Bueno, quiero decir unas cuantas decenas de miles de euros sobre ruedas. Las chicas saltaron para acercarse. Del asiento de atrás bajó un hombre que podría ser el padre de una de ellas, pero no. O al menos eso pensé a ver que ese morreo era de los bestiales. Además, el hombre había metido una mano por debajo de la falda palpando esas nalgas que parecían desnudas o ese tanga era muy breve.
Se cerraron las puertas y con el relincho de muchos caballos de vapor el coche salió acelerado.
Por mi parte fui a un pub, bebí un cubata, sudé en la pista de baile y regresé a casita con la intención de dormir.
Al pasar por la misma acera donde horas antes estaban aquellas chicas pensé:
“Tenía que haber preguntado si me llevaban”.
Había un mensaje en la bandeja de entrada del ordenador. Decía que me presentara en Inversiones Fuente Ahorro si continuaba interesado en trabajar para ellos. Era de esos mensajes que no esperan respuesta.
“Una posibilidad. – Intenté no alegrarme mucho. - Bueno, algo es algo. Seguro que somos ciento en la cola de espera”.
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