Xtories

Una rosa bien disimulada

El metro está abarrotado y el calor sofoca, pero el roce accidental de Rosa contra su cuerpo es demasiado intencional para ser casual. Lo que comienza como un juego de miradas y presiones ocultas en el vagón, termina llevándolo a su casa, donde la fachada de la compañera conservadora se desmorona ante un deseo insaciable y secretos compartidos.

Raure3.8K vistas

El sofocante calor del verano no daba tregua ni aún con el sol escondido tras el horizonte. La noche había caído con parsimonia, trayendo los cargados olores del estío a través de la ventana abierta de mi habitación. Ni una sola ráfaga de viento lograba alcanzar el interior del cuarto y empecé a notar como el sudor se extendía entre mi espalda y la sábana de la cama donde me hallaba tendido.

Mónica se había marchado unos minutos antes y su aroma fresco de tintes primaverales aún impregnaba la ropa de cama. Aspiré el olor y cerré los ojos conteniendo un leve estremecimiento. Los hechos se habían desarrollado de una forma tan imprevisible que aún no sabía qué sentir al respecto. Al mediodía de ayer, había tenido una morbosa e inesperada experiencia de cibsersexo con Mónica en unos baños de la oficina. Sin detenernos ahí, habíamos quedado hacía ya un par de horas para hablar de lo sucedido, sabedores de que no era a conversar a lo que veníamos a mi casa. Después de una pequeña charla, nos habíamos lanzado a besarnos con la desesperación propia del momento. Lo que siguió a esos primeros besos fue una larga sesión de sexo con el acuciante temor de sus remordimientos.

Mónica resultó ser una amante sumisa y esforzada, lejos de la fogosidad y la improvisación de Susana o de lo impetuoso de las maneras de Pilar. No alcanzaba tampoco la calculada lujuria desatada que imprimía Yolanda a todo lo que hacía. Me permitió recorrer su cuerpo con las manos primero y con la boca después. Saborear el tesoro que guardaba entre sus piernas, custodiado por un abundante vello púbico. Besar sus labios rellenos y rosados. Jugar con las areolas oscuras y grandes como galletas de sus fabulosos senos. Retrasé la penetración hasta que vi en sus ojos el brillo de la súplica y cuando me decidí a hacerlo, ingresé en ella sin sutilezas. Imprimí vigor a mis embates escuchando como gemía sin cesar, perdido todo el decoro que solía mostrar en la oficina. No estaba acostumbrado a manejar la situación, pero pronto me vi recorriendo este camino inexplorado con un gozoso ánimo. Las curvas del cuerpo de Mónica eran tan sugerentes como deseables. Su carne era más firme de lo que se podía suponer de un primer vistazo y su piel aún conservaba gran parte de la claridad de la juventud. Sus generoso pechos caían empujados por la gravedad, perdida ya la firmeza de sus mejores años, pero se me antojaron tan espléndidos que no sabría calcular cuánto tiempo dediqué a masajearlos. Incluso mientras la penetraba con la furia que ella deseaba, los sobaba con vigor, pellizcando el extremo de sus erizados pezones al tiempo que ella gritaba de placer. Tendido entre sus poderosos muslos, embestida tras embestida, alcancé el clímax unos instantes después de que, entre mi verga y mis dedos ella se retorciese con un segundo y alargado orgasmo. Abandonando la humedad de su sexo descargué mi semilla sobre las montañas de su torso, hasta terminar jadeante y extenuado, empapado en sudor.

Una vez recuperado el resuello y tras unos primeros minutos de tensa confusión, conseguimos mantener una charla breve y banal antes de que ella se marchara, con la culpa colgada de los ojos y el secreto vicio entre los labios. Me besó de forma fugaz en la puerta antes de asegurar que seguiríamos con la conversación en otro momento.

Mónica estaba casada y tenía dos pequeñas criaturas que, sin duda, eran lo mejor de su relación. Su marido la engañaba con otra y no era de extrañar que hubiese decidido hacer la guerra por su cuenta. Me hubiese gustado ver a la amante del marido, si había tenido la necesidad de menospreciar a una atractiva mujer como Mónica, debía de poseer algún don especial para él. De inmediato, me vino a la cabeza la imagen de Yolanda. Una mujer de nulo atractivo, exceptuando su maravilloso cuerpo, pero con la que mantenía regulares encuentros amorosos a pesar de todo. Me dije que en el fondo el físico no lo es todo y que para cada roto hay un descosido. Observar a Mónica desde el prisma que formaban los ojos de su marido no me era posible. Por no hablar de que estarían llenos de los sinsabores de una larga relación que se remontaba a los años de instituto.

Con Yolanda en la cabeza me metí bajo la ducha y agradecí el agua fría, que punzaba en mi aún acalorada piel, como único método para combatir el agobiante calor. En la tarde del día de ayer había acudido a su casa y después de una fabulosa sesión de sexo anal, tal y como era nuestra costumbre, no me había atrevido a preguntar acerca de las dudas que me rondaban la cabeza. Mónica sabía lo nuestro y mis divagaciones me habían llevado a sospechar que era la propia Yolanda quien se lo había contado. Conociendo a las dos mujeres resolví que sería más sencillo sonsacarle la verdad a Mónica que a Yolanda, pero tampoco hoy había visto el momento propicio para investigar.

Después de una cena frugal volví a la cama y no me costó conciliar el sueño, pero fue inconstante y ligero y me levanté casi tan cansado como me había acostado. No se podía dormir con semejante calor, que ni siquiera el ventilador conseguía aliviar. Una vez en la oficina el día transcurrió con aparente normalidad. Celebré que mi relación con Mónica no se hubiese resentido. Mantuvimos una aparente normalidad de la misma manera que en los días siguientes. Seguíamos charlando por la aplicación de mensajería del ordenador y volvimos a vernos a solas a la semana siguiente. Después de aquella segunda vez, nuestras citas se hicieron tan regulares como las que tenía con Yolanda. Por fortuna, Mónica me permitía elegir el día sin reticencia y así poder evitar los días que pasaba con Yolanda.

Por otro lado, Susana, con quien también compartía morbosas aventuras – al menos hasta hacía unas semanas –, se había marchado de vacaciones unos días antes, pero cuando regresó continuó sin dirigirme la palabra hasta principios de otoño. Fue toda una sorpresa, pues ya me había hecho a la idea de que no volvería a intimar con ella. Me citó en el cuarto de baño en el que tantos buenos ratos habíamos pasado, al que acudí con el deseo enardecido, pero también llevando a cuestas cierta cautela dado el tiempo transcurrido desde la última vez que nos habíamos visto a solas. La naturalidad con la que Susana me acogió entre sus piernas disipó con rapidez todas mis dudas y después de una ferviente y precipitada cópula con sabor a despedida, no pude menos que preguntar el motivo de su regreso después de todo este tiempo. Con su habitual desparpajo y restando importancia a sus palabras me señaló su barriga con una extraña sonrisa en la cara. Tardé en comprender que estaba embarazada. Para mi tranquilidad, aseguró que la niña era de su marido sin ningún género de dudas. Lo cierto es que siempre habíamos utilizado precauciones en nuestros encuentros, lo cual complicaba que la criatura fuese mía, pero también había pensado que apenas tenía relaciones con su pareja y aquel descubrimiento me provocó una pasajera punzada entre las costillas. Viendo mi turbación y en un impropio alarde de empatía, me explicó que él le había pedido un segundo hijo, a poder ser varón, y ella no se vio capaz de negarle un hermano a su primera vástiga. Aquella era su excusa para todas esas semanas sin citarse conmigo y lo sería durante muchos meses más.

La similitud con el caso de Pilar no me pasó por alto. De algún modo sentía que ambos acontecimientos estaban relacionados, pero no podía desentrañar dónde se hallaba la conexión. Ambas mujeres habían dejado de verme para quedarse embarazadas de sus respectivas parejas tan solo con unos meses de diferencia. Quizá solo fuera una extraña casualidad, me dije. Las dos apenas superaban la mitad de la treintena y quizá estaban ante su última oportunidad para ser madres. Fuera como fuese, no había nada que pudiese hacer al respecto. Pilar había dado a luz escasos días antes, lo que demostraba a las claras que el niño no podía ser mío. Y Susana lo haría pasados unos meses. No me quedaba más remedio que confiar en la palabra de las que habían sido mis dos primeras amantes dentro de la oficina.

Con el otoño en pleno apogeo instalado en la ciudad, el curso de mis citas con Yolanda y con Mónica se había estabilizado. No había semana que no quedase con las dos. Con Mónica siempre me veía en mi casa, lo cual estaba a camino entre la comodidad y el engorro. En ocasiones, resultaba más práctico y sencillo acudir a casa de Yolanda con el único objetivo de aprovecharme de su fenomenal trasero y marcharme en cuanto terminábamos. Apenas manteníamos relación más allá de lo carnal. Intercambiamos unas pocas palabras de cortesía antes de volcarnos en un sexo desenfrenado en el que ella sólo abría la boca para pedir más. Yolanda jamás había siquiera insinuado tener el deseo de que la relación continuara por un camino diferente, lo cual yo agradecía, puesto que estaba cómodo con la forma que le habíamos dado a nuestro vínculo actual. Siguió sin permitir otra penetración que no fuese anal y las pocas veces en las que había intentado hacerla cambiar de opinión o preguntar el porqué de su negativa, ella había cortado mis intenciones con brusquedad.

No ocurrió lo mismo cuando al fin me atreví a insinuar que Mónica conocía lo nuestro. Yolanda se mostró risueña y le restó importancia. Ante mis muestras de preocupación terminó por confesar que ella misma había hablado de mí con Mónica. Y no solo con Mónica, admitió sin querer darme más nombres. Aquello me enfureció hasta el punto de meditar sobre la posibilidad de romper la relación, pero a la semana siguiente fui incapaz de negarme a acudir a su casa cuando ella me lo pidió. No obstante, y sabedora de mi disgusto, quiso ofrecerme algo parecido a un regalo, según sus propias palabras. Para mi sorpresa, por primera vez me permitió entrar en su vulva y pude constatar que, aunque no fue un coito exento de gozo, estaba tan acostumbrado a abusar de su trasero que extrañé nuestras habituales cópulas. Tanto fue así, que no volví a desear entrar en su sexo, ni siquiera a proponerlo.

La revelación de que Yolanda y Mónica conocían la mutua relación que mantenía con ambas, no varió un ápice las rutinas de nuestros escarceos. No volvimos a hablar del tema y actuamos como si nada hubiese sucedido. Seguí viéndome con las dos mujeres con la misma regularidad hasta la llegada del nuevo año y durante los meses siguiente a este. De hecho, llegué a pensar que ellas mismas se ponían de acuerdo sobre los días en los que les apetecía quedar conmigo, ya que nunca coincidían.

A mediados de primavera Susana tuvo su segunda hija, lo cual alivió cierta inquietud que aún me asaltaba en ocasiones. Las fechas de nuestra última relación antes de su embarazo no concordaban con el alumbramiento y eso contribuyó a tranquilizar esa desazón que albergaba oculta dentro mí sin conocerla.

Poco después de este hecho me descubrí extrañando a la que había sido mi primera amante dentro de la oficina. Los encuentros con Yolanda comenzaban a desembocar en la monotonía. Una vez descubierto que no había más misterio para el sexo anal que su propio deseo, una pieza principal del morbo se había roto y perdí interés en ella. El sexo con Mónica, que en un principio había sido novedoso por sus actitud sumisa y pausada, también acabó por rebosar de cierta rutina. El morbo, la impudicia y fogosidad de Pilar o Susana no eran comparables a las de mis dos últimas amantes y me vi envuelto en cierta confusa melancolía.

Acudía a casa de Yolanda aupado en la misma desidia con la que recibía a Mónica en la mía y pronto ambas mujeres notaron este cambio en mí. Cuando Mónica me preguntó qué me ocurría, después de un coito rápido y desapasionado, no supe que contestar. Lo mismo me sucedió ante la idéntica pregunta de Yolanda, después de una cópula en nada parecida a la de los primeros días, en los que la montaba como un animal salvaje, percutiendo su trasero sin miramientos.

No fue hasta un día de finales de primavera cuando constaté la necesidad de buscar algún nuevo aliciente. Esta revelación se produjo cierto día en el que, de camino a casa, me encontré a Rosa en el andén del metro, esperando a que este llegara.

Como ocurría más a menudo de lo que nos hubiese gustado, las obras de alguna estación o carretera abarrotaban los andenes y los vagones del suburbano. Una vez que conseguimos entrar, procuré buscar un hueco al fondo del vagón, pero resultó imposible llegar y nos quedamos encajados entre la multitud en el mismo centro del coche. No sin esfuerzo, logré que entre ambos corriese el aire, pero era tal la presión ejercida desde mi espalda que apenas una estación después, y con el flujo de gente entrando y saliendo, no pude evitar que el espacio personal entre Rosa y yo se redujese hasta el azoramiento. Casi sin querer mirarla, comenté la incomodidad de la situación y ella le restó importancia con una exagerada carcajada que sobrevoló sobre las cabezas de la gente. Con el vaivén del vagón no era raro que mi cuerpo rozara el suyo y procuré colocarme de tal manera que no chocase con ella de frente. En uno de estos balanceos Rosa se apretó contra mí y pude notar sus pechos aplastados contra mi torso durante el breve tiempo que tardó en despegarse de mí. Me sonrió con un brillo en los ojos que no supe identificar y que creí era debido al rubor dado por la situación. Con el siguiente bamboleo se repitió la operación, de la misma manera que ocurrió con el siguiente y con todos los sucesivos a este último. Con cada vaivén, su cuerpo se apretaba contra el mío con un mal disimulado azoramiento. Tal era así, que la proximidad de su cuerpo me provocó un sonrojo que me hizo enmudecer incluso cuando su mano rozó la mía durante más tiempo de lo que el gesto demandaba.

Rosa era dos cuartas más baja que yo y podía oler el aroma de su pelo, a camino entre la miel y algún fruto seco que no supe determinar, al mismo tiempo que sentía el calor de su cuerpo cada vez más presente en el mío. El silencio del vagón era tan espeso como el bochorno que empezaba a empapar mi espalda y tragué saliva la enésima vez que Rosa se apretó contra mí sin tapujos. La firmeza de su generoso busto se apretaba bajo mi torso y su mano agarró la mía con afán de sujetarse. Abracé sus dedos no sin una gran turbación y giré la cabeza como si con aquel gesto evitase que cualquiera de los que nos rodeaban pudiese adivinar lo que estaba ocurriendo entre nosotros. Lo cierto era que el resto de los pasajeros bastante tenía con aguantar la agobiante presión de los demás. En uno de los vaivenes Rosa se giró, sin aparente control de lo que hacía, ofreciendo su costado. Mi pubis quedó pegado a la parte externa de su cadera y sentí como ella presionaba contra él. Mi pene no tardó en crecer, animado por el roce de su cuerpo, y me separé dando un respingo. Cuando repitió la operación, volví a escapar de lo que me parecía algo casual, pero a la tercera ocasión que buscó mi entrepierna no pude ir más allá y me quedé atrapado entre su cuerpo y el de un hombre que me miraba con el ceño fruncido desde un lateral. El vagón se había detenido, pero en cuando prosiguió la marcha, pude sentir el frotar de su cuerpo contra mi entrepierna y un cosquilleo ascendió desde allí hasta mis mejillas, que a buen seguro ya mostraban un buen tono encarnado. Sofocado, no supe cómo reaccionar y me quedé inmóvil, dejando que su cuerpo rozara contra el mío. Me limité a dejarme llevar, a sentir como el cosquilleo producido por el leve y placentero bamboleo de nuestros cuerpos se extendía a lo largo de mis extremidades. Cuando el metro se detuvo en mi estación, Rosa me miraba divertida y de mi árida garganta apenas escapó un balbuceo de despedida al tiempo que me hacía hueco entre la gente para llegar hasta la puerta. Una vez en el andén, respiré hondo e intenté calmar el ritmo de mi respiración, que ya empezaba a agitarse. Por la ventana del vagón vislumbré durante un instante la corta melena rubia de Rosa mientras este proseguía hacia su destino.

Las piernas me temblaban y no solo por el esfuerzo requerido para mantenerse en pie en mitad de semejante aglomeración. Recapacité sobre lo que acababa de ocurrir y supe que no había sido algo casual. Rosa había buscado mi cuerpo con premeditación. El frote de su cuerpo contra el mío había sido fruto de una clara intención por su parte. Con la confusión y la excitación incrustadas aún en el cuerpo llegué hasta casa sin dejar de darle vueltas al asunto. Siempre había tenido buena relación con Rosa, teníamos la misma edad y, a pesar de tener gustos y aficiones bastante dispares, congeniábamos bastante bien. Era una mujer divertida, espontánea y extrovertida, con una calculada dificultad para callar cuando tenía que hacerlo, lo que ocasionaba algunas situaciones embarazosas que me resultaban hilarantes. Su personalidad alegre entroncaba con una actitud conservadora en muchos aspectos y se mostraba mojigata y chapada a la antigua en los temas de actualidad. Tanto era así, que se había casado a pronta edad y había engendrado dos hijos pocos después de la boda, como mandan los cánones. Al menos lo suyos. Su actitud en el metro no encajaba con su comportamiento habitual y me tuvo descolocado durante toda la tarde.

Al día siguiente, cuando nos encontramos junto a otros compañeros en nuestros habituales desayunos de media mañana, mantuvo la misma cercana cordialidad de cualquier otro día. No hubo ni un solo indicio por su parte de que lo ocurrido el día anterior hubiese sucedido y llegué a pensar que quizá me lo había imaginado, que todo había sido propiciado por el vaivén del abarrotado vagón. Me concentré en la faena que tenía por delante y dejé a un lado las elucubraciones sobre lo ocurrido hasta que llegó la hora de salida. De camino a la estación de metro volví a recordar lo sucedido la tarde anterior con Rosa y cuando la vi en el andén con disimulada actitud de espera se me secó la garganta.

Nos saludamos con aparente normalidad, pero al cabo de un minuto, en cuanto llegó el metro, constaté que el viaje iba a ser tan movido o más que la tarde anterior. Apenas pudimos entrar al vagón y quedamos aprisionados junto a la puerta de salida uno frente al otro entre la multitud que abarrotaba el coche. No tardó más de unos segundos en asir mi mano con la excusa de no caer y, sin mirarme, apretó su cuerpo contra el mío con demasiada fuerza para ser casual. Di un respingo y repitió la operación, y esta vez me dejé tocar en lo que más parecía un abrazo que un roce. Podía sentir sus voluminosos y mullidos pechos presionando bajo mi torso y pronto sentí como mi pene crecía bajo mi pantalón. Ella también debió notarlo pues intensificó la presión de sus caderas y se frotó contra mi entrepierna con demasiado descaro. Tragué saliva y miré alrededor pensando que el resto de las personas se percataría de lo que estaba ocurriendo entre los dos, pero entre aquellas apreturas todos tenían la vista fija en algún punto lejano, bien fuese este el techo, una puerta o la espalda de otro viajero. Libre de miradas curiosas me atreví a agarrar sus caderas mientras aspiraba el aroma a miel y frutos secos de su pelo, que tan bien recordaba del día anterior. Embriagado por su olor, adiviné un leve suspiro en sus labios entreabiertos y apreté con fuerza mis caderas contra su cuerpo. La dureza de mi entrepierna se clavó en la carne de su pubis y quise frotarme con ella, agacharme en busca de su entrepierna, pero al llegar a una estación nos vimos obligados a separarnos y a cambiar de postura. Rosa me miró con expresión serena y me dedicó una de aquellas sonrisas llanas y ausentes de maldad que tantas veces le había visto, a camino entre bobalicona y astuta. Le devolví la sonrisa y en cuanto el metro arrancó su figura volvió a apretarse contra la mía, con la diferencia de que en esta ocasión su cabeza se levantaba hacia mí y sus labios quedaron a escasos centímetros de los míos. Contuve el deseo de besarla y, aprovechando uno de los vaivenes del tren, dejé que mi boca rozara su labio superior, sonrosado y esponjoso. Con cada balanceo del vagón mis labios se acercaban y se separaban de los suyos en un juego repleto de sensualidad en el que concentraba casi todos mis sentidos. Rosa abría los labios como si esperase un beso en cualquiera de mis acercamientos, pero no era esa mi intención. En cambio, agarré la amplitud de su trasero y la atraje contra mí sin miramientos. La dura estaca que había crecido oculta en mi pantalón se clavó bajo su abdomen y la escuché gemir demasiado alto al tiempo que esbozaba una clara sonrisa. Asustado por mi propio atrevimiento cedí en la presión justo en el instante en que nos deteníamos en otra estación.

Cuando el metro volvió a arrancar, el juego continuó. El calor de su cuerpo se extendía por el mío y apreté sus robustas nalgas sin ningún disimulo mientras ella apoyaba la cabeza en mi hombro perdido todo recato. Las amasé durante el tiempo que tardamos en llegar a la siguiente estación, presionando mi entrepierna contra su cuerpo, haciéndole notar la rigidez que allí albergaba. Cualquiera que se hubiese fijado en nosotros habría pensado que éramos una pareja como cualquier otra y eché un vistazo alrededor en busca de alguna cara conocida, temiendo que alguien de la oficina pudiese sorprendernos en tan indisimulada actitud, sin encontrarla.

En el corto trayecto entre las estaciones siguientes, tras acoplarnos entre el gentío para dejar salir y entrar a los nuevos viajeros, fue ella quien tomó la iniciativa colocando una mano en el bulto que crecía entre mis piernas. Lo acarició con suavidad, delineando la forma de mi pene con sus dedos menudos. Su mirada se alzó en busca de la mía y el brillo de sus ojos aceleró aún más mi pulso. La vi relamerse con una sonrisa cándida mientras el traqueteo del vagón acentuaba la presión de su mano en mi paquete justo en el momento en el que el tren frenaba en mi estación. Tras un breve instante de duda, me incliné para susurrar unas palabras en su oído.

– ¿Quieres venir a mi casa?

Rosa asintió como única respuesta y me siguió hasta el andén sorteando a la gente. Caminamos en silencio y sin mirarnos hasta que hubimos salido a la calle. El tórrido calor del verano nos golpeó de golpe e intercambiamos unas breves y banales frases sobre el cambio climático mientras nos dirigíamos hasta mi portal. Su opinión difería tanto de la mía que no quise ahondar en el tema y temí que se echara atrás disuadida por mi absoluta fe en los científicos creyentes en que la acción del hombre era la causante del cambio climático. Por fortuna, no fue así y en cuanto ingresamos en el portal, y mientras esperábamos al ascensor, Rosa rompió el tenso silencio que había amenazaba con solidificar alrededor.

– ¿Hace mucho que vives aquí?

– Dentro de poco hará tres años – Respondí agradeciendo que se hubiese lanzado a romper el hielo.

– ¿Y no te aburres viviendo solo? – Continuó preguntando.

– Puede que algunas veces, pero también tiene sus ventajas. – Me gustaba vivir solo y eran raras las ocasiones en las que podía definir mi estado como aburrimiento.

– Seguro. – Aceptó Rosa con poca convicción – Me has puesto a cien en el metro. – Añadió y el cambio radical de tema me dejó descolocado, pero reaccioné a tiempo al ver el brillo de sus ojos y su breve sonrisa.

– Diría que ha sido al revés, eres tú quien me ha puesto a cien a mí. – Protesté.

Las puertas del ascensor se abrieron y entré detrás de ella. Observé su cuerpo menudo, pero bien proporcionado, de caderas anchas y sinuosas, talle ajustado y vientre plano, su amplio busto conformaba dos sobresalientes montañas como emblema del conjunto. Vestía pantalones vaqueros sueltos y una camiseta negra holgada de cuello cerrado y pensé que con otra ropa su cuerpo habría brillado más. Me miro risueña desde aquellos ojos algo separados de párpados caídos y mirada con tintes de tristeza, bajo los que crecía una nariz perfilada y una boca grande de labios mullidos y rosados. Su rostro esférico circundado por una media melena rubia teñida, a tenor de lo oscuro de sus cejas, daban cierto atractivo al conjunto, sin llegar a ser una belleza en absoluto. Me pregunté como habíamos llegado hasta aquí un segundo antes de que me besase.

Nos fundimos en un beso húmedo y pasional mientras el elevador ascendía hasta mi piso. Pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo y un cosquilleo engendró en mi interior anticipando lo que venía. No dijimos una palabra mientras entrábamos en mi piso. Dudé entre pasar directos a la habitación o enseñarle la casa, pero ella se encargó de disipar mis dudas abalanzándose sobre mí con frenesí. Jamás creí que una mujer de aspecto tan timorato escondiese aquel vigor en su interior. Mordisqueó mis labios mientras me quitaba la camiseta y cuando lo hubo hecho, hizo lo propio con mis pezones. Los lamió con hambre mientras yo acariciaba su cabeza y cuando su lengua prosiguió su camino hasta mi ombligo sus dedos rechonchos ya habían desabrochado mi pantalón con inusitada pericia. Lo dejé caer al suelo y ella se encargó de bajar mis calzoncillos sin ningún miramiento. Sin pensarlo, devoró mi enhiesto sexo con ansia. Suspiré agradecido mientras su boca se afanaba entre mis piernas. Acarició mis testículos al tiempo que mi miembro desaparecía una y otra vez entre sus labios y quise marcarle el ritmo con las manos, pero me contuve. La imagen de su pelo blondo y lacio en movimiento entre mis piernas apenas me dejaba ver como mi verga se ocultaba entre sus fauces sin parar. Rosa se la comía con desesperación, como si hubiese deseado hacer aquello desde hacía tiempo. Cuando se detuvo para hacer jugar su lengua con mi glande, aproveché para acariciar su barbilla e intenté que se pusiera en pie, pero ella se negó aferrando mi estaca y golpeando su lengua con ella con un desmedido afán. Gemí complacido y la dejé continuar con la mamada hasta que fue ella misma la que se levantó de un brinco.

Me besó con renovado ardor y agarré su trasero atrayendo su cuerpo hacia el mío. Presioné mi verga contra su pubis y me separé de ella para desabrochar el pantalón, pero fue ella misma quien lo hizo. Con una descarada sonrisa me empujó hasta la cama y me tumbé a observar cómo se desvestía. Lo hizo con premura, sin gracia alguna. Primero dejando caer sus pantalones y bragas, a continuación, su camiseta, para al fin mostrar unos senos imponentes que caían empujados por la gravedad. Se acercó a mí y me aferré a ellos como un mendigo que lleva días sin probar bocado. Los amasé mientras lamía sus breves areolas sonrosadas, demasiado pequeñas en comparación con el tamaño de sus pechos, que pronto se irguieron amenazadoras. Hundí mi boca entre ellas escuchando el golpeteo de su corazón y los suspiros de Rosa, que ya debía estar acostumbrada a que los hombres se perdiesen en aquel vasto territorio que formaban sus mamas.

Disfruté de su delantera tanto tiempo como ella me permitió, que no fue el suficiente. Se impulsó sobre mí y me vi obligado a tumbarme sobre la cama. Rosa sonreía mientras buscaba mi sexo con una mano para introducirlo en su interior.

– Espera que me pongo una goma – Sugerí deteniendo el gesto de su brazo con la mano.

– No hace falta, tomo la píldora – Contestó reanudando la acción.

No era solo un posible embarazo no deseado lo que me preocupaba, pero no me vi capaz de continuar con la protesta cuando mi pene se hundió de golpe entre los labios ardientes y húmedos de su vulva. El calor que emanaba desde su entrepierna me inundó por completo y no pude evitar exhalar un gran gemido al que ella respondió con una complacida sonrisa. Sin perder un instante, sus caderas comenzaron a moverse arriba y abajo, haciendo que mi verga se perdiese una y otra vez en la caverna oculta entre sus poderosos muslos. Me cabalgó despacio y pude ver como su rostro se iba transformando con el gozo derivado de sus movimientos. Sus fabulosos pechos se bamboleaban hipnóticos y me aferré a ellos como si mis manos no tuvieran otra posibilidad. Los apreté, manoseé y sobé a mi antojo mientras Rosa imprimía ritmo a sus caderas. Pronto mi verga se perdía a gran velocidad entre sus piernas y mis jadeos se unieron a los suyos. Sus mejillas se habían coloreado y el sudor utilizaba el prieto canal abierto entre sus senos para correr hacia su vientre. Con el pelo alborotado y la boca entreabierta, gimió con más fuerza de la que pude imaginar en el momento en que sus caderas pasaron a frotarse contra mi pubis. Con mi miembro oculto por completo en su chorreante gruta, el roce de su clítoris contra mi cuerpo la obligó a cerrar los ojos y a morderse el labio en un gesto espontáneo y sensual que alimentó el fuego que bullía en mi interior. Incapaz de soltarme de sus senos me erguí para lamer toda su extensión y abrió los ojos sorprendida. Se aferró a mi cabeza mientras intensificaba el restregar de su sexo e hice jugar mi lengua con sus pezones con fruición. Me perdí entre aquella deliciosa y despampanante vastedad y apenas fui consciente de que Rosa se había inclinado sobre mi cabeza cuando sus jadeos llegaron con fuerza hasta a mi oído. Sentí como su cuerpo temblaba y su voz se entrecortaba al alcanzar el orgasmo.

– Me corro – Susurró alargando la última vocal al tiempo que sus muslos tiritaban con brío aprisionando mis caderas.

Sin dejar de moverse continuó frotando su sexo con intensidad, gritando de placer mientras apretaba mi cara entre sus pechos hasta casi dejarme sin respiración. Cuando el vibrante placer comenzó a ceder también lo hizo la presión de sus manos y, separando la cabeza de su busto, levanté la mirada para encontrar la suya. En sus ojos aún vivía una poderosa lujuria y se manifestó con la reanudación de un frenético cabalgar. Me besó con inusitada pasión y nos unimos como un solo cuerpo, mi boca de nuevo entre sus pechos. Su acolchado torso vibraba entre mis labios y volví a buscar sus pezones mientras ella subía y bajaba, devorando mi sexo con la empapada abertura oculta entre sus caderas hasta agotar sus energías.

– No puedo más. – Suspiró con voz entrecortada mientras se apartaba de mí y mi polla caía sobre mi pubis chorreando de sus flujos.

Rosa se tumbó en la cama y sonrió complacida, su cuerpo desnudo empapado en sudor. Acaricié sus caderas y abrí sus piernas para colocarme entre ellas con intención de penetrarla, pero un segundo antes de hacerlo me detuvo.

– Ven. – Me dijo sin que lograse comprender del todo a qué se refería. – Esto nunca falla.

Me cogió de la mano tirando de mí hasta que me senté a horcajadas sobre su abdomen. Asió mi falo con determinación y lo introdujo entre medias de sus pechos y los cerró sobre él de tal manera que quedó oculta a mi vista. Oprimiendo sus dos voluminosas mamas sobre mi miembro, me instó a moverme y obedecí extasiado ante la imagen que me proporcionaba. Mi pene se perdía entre sus senos con pausa y tan solo la punta del glande asomaba cerca de su barbilla con cada una de mis embestidas. La tersura de aquella piel me enloquecía y el sudor acumulado entre ellos favorecía el roce de mi sexo entre sus pechos. Pellizqué sus pequeñas areolas y oprimí sus abultados promontorios con precaución, sin detener el empuje de mis caderas. Recordaba algún intento anterior de practicar una cubana, pero todos habían formado parte de un juego más que de una forma seria de obtener placer. Sin embargo, la visión de sus tremendos pechos abrazando mi verga me proporcionaba un incontable gozo que pronto me obligó a gemir con intensidad. Entrelacé mis dedos con los suyos y aumenté el ritmo. Rosa soltó una de sus manos, dejando en mi poder la tarea de apretar sus pechos sobre mi miembro, y comenzó a acariciar con furia su entrepierna. Sus labios entornados suspiraban sin cesar y sus gemidos se unieron a los míos. Mi pene en continuo movimiento bajo aquellas dos colosales elevaciones, aprisionado en una cárcel de aterciopelado y pulido gozo. No daba crédito a la intensidad del placer que recorría cada rincón de mi ser y un escalofrío se adueñó de mis entrañas un segundo antes de que un abundante chorro de semen saliese disparado hasta su cara. Cuando la vi relamerse no pude contener el ansia y me masturbé inundando sus pechos con el lubricante que salía de mi glande. Un río de esperma se extendía sobre sus voluminosas montañas y lo esparcí con la dureza de mi sexo, sobando sus pezones y el resto de sus pechos a voluntad. Rosa cerró los ojos y, a continuación, tiritó cruzando las piernas contra sus dedos y varios gemidos leves y prolongados escaparon de su garganta como indicativo de su clímax. Sentí un intenso deseo de besarla, pero no quise prescindir de las caricias de su piel contra mi sexo. Cuando abrió los ojos, sonrió y exhaló un fuerte y regocijado suspiro. Con la respiración aún agitada me resistí a abandonar la suavidad que me ofrecía su busto hasta que ella rebulló debajo de mí y, dejando atrás el estado de éxtasis, me senté en la cama, a su lado, aún con mi pene entre en los dedos.

Rosa se incorporó y se masajeó los pechos con un espontáneo e involuntario erotismo que hizo vibrar mi entrepierna de nuevo. La observé limpiando con la mano los restos de mi orgasmo y me incliné para coger una caja de pañuelos de la mesa.

– Gracias. – Dijo con suavidad cuando se los ofrecí.

– Lo siento, no he podido contenerme. – Me excusé mirando como se limpiaba.

– Me encanta. – Dijo levantando los ojos para mirarme. De nuevo brillaban con un atisbo de inocente simpleza – Me ha encantado. – Confirmó.

– A mí también. – Afirmé apartando la mirada de su fabuloso busto, con la respiración aún agitada.

– No suelo hacer esto a menudo. – Añadió después de un breve silencio.

– Yo tampoco. – Mentí. No sabía si refería a la cubana o al sexo en general – Me consideraré afortunado – Añadí en tono jocoso.

Rosa rio la ocurrencia y se colocó de rodillas en la cama. Me besó con delicadeza y correspondí al beso con demasiada intensidad. Rodeé su pecho izquierdo con la mano y lo apreté despacio. No era fácil reprimir la tentación que emanaba de su fabuloso busto. Los restos de mi semen lo habían dejado pegajoso.

– ¿Te has quedado con ganas de más? – Bromeó mientras se apartaba de mí.

– ¡Uf! No. – Me apresuré a responder, aunque lo cierto es que no hubiese tardado en volver a perderme entre aquellas dos soberbias tetas. – Si quieres puedes ducharte. – Le ofrecí a continuación.

– Te lo agradezco. – Respondió con ligereza. – Creo que sí me voy a dar una ducha rápida, estoy sudando.

La acompañé hasta el baño y mientras ella se metía bajo la alcachofa le dejé una toalla limpia junto al lavabo. Me vestí escuchando el agua caer y la esperé sentado en el sofá. El calor aún resultaba agobiante y yo también me hubiese dado una refrescante ducha de agua fría. Valoré sorprender a Rosa uniéndome a ella en la bañera, pero no me pareció apropiado teniendo en cuenta que era la primera vez que nos encontrábamos en una situación similar. Supuse que valoraría ese momento de intimidad. Recordé su cuerpo desnudo sobre la cama, momentos antes de enterrar el sexo entre sus pechos y un cosquilleo vibró entre mis piernas. Quizá sí me había quedado con ganas de más, me dije. Rechacé la idea de inmediato y mi cabeza me sorprendió con la imagen de Rosa gimiendo sobre mí. Jamás hubiese pensado que una mujer de apariencia tan mojigata y leal a su marido, en ocasiones incluso infantil, pudiese desatar aquellas maneras lujuriosas e indómitas sin remordimiento alguno. No la había visto dudar en ningún momento desde que habíamos entrado en el vagón del metro y caí en la cuenta de que tenía esto planeado desde hacía tiempo.

El ruido del agua cesó y momentos después Rosa apareció en el salón vestida y con el pelo mojado. Se me antojó más atractiva de lo que nunca la había visto pero no quise ahondar en las razones.

– Me ha sentado fenomenal. – Exclamó con una gran sonrisa.

– Me alegro – Respondí al tiempo que me ponía en pie. – ¿Quieres tomar algo? – Le ofrecí, más por ser cortés que por interés en que se quedase más tiempo en casa.

– Solo agua, si no te importa. – Contestó mientras me seguía hasta la cocina.

– Hace calor. – Observé mientras le tendía un vaso con agua fría procedente de una botella que tenía en la nevera.

– Gracias. Sí que hace calor y más aún con tanto ejercicio. – De nuevo mostró esa amplia y llana sonrisa tan característica y sonreí a mi vez.

– Desde luego. ¿Quieres algo más? – Pregunté evitando entrar en lo ocurrido.

– No, gracias. Ya me has dado bastante. – Bromeó mientras se señalaba el pecho.

Su risa se extendió por la cocina y no pude por menos que reír con la naturalidad de sus palabras.

– No te preocupes, que esto no va a salir de aquí. – Continuó guiñando un ojo con menos gracia de la que ella imaginaba. La frase me era familiar y enseguida Yolanda me vino a la cabeza. ¿Y si lo ocurrido con Rosa no había sido tan casual como yo pensaba?

– ¿Que va a pasar ahora? – Indagué sin pensar en lo que decía.

– ¿Tú qué quieres que pase? – Respondió ella tratando de mostrarse seria sin conseguirlo del todo.

– No lo sé. – Titubeé. No tenía ni idea de por donde seguir. Ni siquiera sabía si quería repetir, si meterme en un nuevo lío con una compañera de trabajo era la mejor idea. Tampoco conocía las intenciones de Rosa. Por otro lado, estaba casada y tenía hijos. ¿Por qué todas las mujeres que se fijaban en mí tenían pareja? ¿Que veían en mí? ¿Y por qué siempre me plegaba a sus deseos? Desestimé las posibles respuestas a esas preguntas para mis adentros, no deseaba negarme a los placeres que me ofrecían. No tenía necesidad, mientras las cosas no se complicasen en exceso. Yolanda era la única soltera de la oficina con la que había intimado, pero no veía en ella más que un entretenimiento. Bien mirado, lo mismo me ocurría con las demás y Rosa no sería una excepción.

– Si no tienes la agenda muy ocupada quizá podamos vernos otro día. – Se me adelantó. – Lo hemos pasado bien.

¿Conocía, acaso, mi agenda? No quise ver un doble sentido en sus palabras y contesté de manera afirmativa. Lo habíamos pasado mejor que bien. La lujuriosa e impulsiva actitud de Rosa había sido todo un descubrimiento y no dejaría pasar la oportunidad de repetir.

– Cuando quieras podemos repetir. – Añadí. – No tengo la agenda demasiado ocupada.

– No es eso lo que me han dicho. – Respondió con un halo de divertido misterio en la mirada y esbozando una leve sonrisa. Rosa no era de las que saben callar las cosas, como tan bien conocía.

– ¿A qué te refieres? – Pregunté alarmado y tragando saliva. Estuve seguro de que sabía más de lo que aparentaba.

Vaciló un momento antes de continuar y salió de la cocina. La seguí de vuelta hasta el salón y se giró para continuar hablando.

– Se comenta que tienes una vida sentimental agitada. – Me espetó mostrando su sonrisa clara y dilatada.

– Se hace lo que se puede. – Imaginé por donde iba y no quise disimular, pero tampoco dar demasiada información. El tono jocoso de mis palabras ni confirmaba ni desmentía las suyas.

– La verdad es que me han dicho que te ves con varias personas de la oficina.

– ¿Y quién te lo ha dicho? – Pregunté esta vez con más alarma de la que me hubiese gustado. Entonces, recordé las palabras de Yolanda unos meses atrás. Había hablado de lo nuestro con alguien más aparte de con Mónica. Ahora tenía la respuesta.

– Yolanda. – Respondió sin dudar. – Me ha dicho que os liais de vez en cuando. Y que también lo haces con Mónica.

– Que bocazas es esta mujer. – Rezongué. – ¿Por eso estás aquí? – Quise saber.

– Solo en parte. – Admitió. – Hablan tan bien de ti… – Su voz titubeó un instante antes de proseguir. – Que tuve envidia. Y no se equivocaron, desde luego. – Se apresuró a aclarar. – Las chicas también hablamos de estas cosas, no son solo cosas de hombres. Y tengo unas necesidades que cubrir, aunque no lo parezca. Además, dijeron que no te negarías.

– Ya deberías tener con quien cubrirlas, en teoría. – Manifesté algo irritado.

– Ya sabes como son las parejas, con el tiempo se pierde la pasión. – Explicó sonriendo como si fuera algo normal.

– Es igual. – Dije eludiendo el tema. – El caso es que se han ido de la lengua y tu harás lo mismo, si no me equivoco. Por mucho que antes hayas dicho que esto no iba a salir de aquí.

– Me dijeron que decirte eso me aseguraría repetir. – Dijo a modo de disculpa. – Pero si tú quieres, no lo comentaré con nadie.

– Prefiero que no me mientan. – Aclaré molestó. – No te preocupes, te agradezco que me lo hayas contado. Ya hablaré con ellas. – En el fondo, no me importaba que lo hablasen, era más un problema para ellas que para mí, pero me hubiese gustado saberlo. Conocer que comentaban mi intimidad. – ¿Y quién más lo sabe? – Pregunté sospechando que Rosa no sería la única con la que habían hablado.

– No lo sé. Solo he hablado con Yolanda y con Mónica. – Se apresuró a confesar Rosa. – No les digas que te lo he dicho yo, por favor. – Me pidió como una niña pillada en falta. Sus ojos denotaban tanta inocencia que no pude obviar su petición y me ablandé.

– Está bien. – Dije con más calma de la que sentía. – Ya me inventaré algo.

– Gracias. – Exclamó con demasiado ímpetu y me plantó un beso en los labios mientras reía divertida. – La próxima vez haré lo que me pidas.

En un segundo se me pasaron por la cabeza demasiadas cosas que podía hacer con ella, pero decidí no expresarlas en ese momento. Ya habría tiempo para experimentos.

– Ya veremos a ver. – Declaré poniendo fin a la conversación. – De momento me voy a duchar, si no te importa. Te puedes quedar si quieres.

– No, me marcho ya. Se me hace tarde. – Informó sin dar más explicaciones, aunque imaginaba que se refería a su marido.

Sabía que no se quedaría y lo agradecí. La acompañé hasta la puerta y nos despedimos con un beso fugaz, en sus ojos volví a entrever el brillo que había advertido ya el día anterior en el metro y supe que con Rosa las sesiones de sexo podrían alargarse tanto como yo quisiera. De puritana y mojigata no tenía ni un pelo. Reí mientras el agua y el jabón borraban todo rastro de su olor de mi cuerpo y no supe si agradecer a la suerte lo ocurrido o mostrarme preocupado por lo que podría derivar de todo esto. De momento, decidí quedarme con la primera opción.