Xtories

Las putas de Yeray (Cap. 2)

Yeray las miró con una sonrisa maliciosa mientras sus pechos saltaban al ritmo de las olas. Él sabía que, al llegar a la cala, las reglas del juego cambiarían. Cristina no imaginaba que su decisión de quitarse el sujetador era solo el primer paso hacia una noche que no terminaría como esperaba.

Lapica9.2K vistas8.7· 21 votos

NOTA DEL AUTOR:

Puedes encontrar la novela completa en Amazon:

https://www.amazon.es/dp/B0FLYBFRL4

CAPÍTULO 2

DÍA 2

Cristina se despertó al notar en su cara el calor de los rayos de Sol que se colaban por las persianas. A su lado, completamente desnudo, Pedro dormía plácidamente.

Se levantó sigilosamente y fue al baño a limpiarse. Su coño estaba pegajoso debido al semen reseco de Pedro.

—¿Sabes? — le dijo Pedro cuando entró al baño poco después, —Puede que ese paseo en velero sea una actividad interesante.

—Seguro, pero antes vamos a desayunar, necesito un café.

En el comedor se encontraron con Carmen y Alberto terminándose sus respectivos cafés.

—Buenos días— dijeron intercambiándose saludos.

—¿Preparados para un paseo en velero? — preguntó Cristina.

—¡Claro! Ya hemos contratado la excursión. ¡El paquete completo!, navegación en el Atlántico, fondear en una cala de aguas turquesas, un poco de snorkel, comida y regresamos a media tarde.

—¡Genial! A ver si me dejan pilotar el velero durante unas millas — dijo Pedro emocionado ante esa posibilidad.

Después de terminar los cafés, Cristina y Pedro regresaron a su cabaña para terminar los preparativos para la excursión, toallas, ropa de recambio y gafas de snorkel.

Se reunieron con Carmen y Alberto en el muelle donde esperaba amarrado un velero de unos 20 metros de eslora con las velas recogidas.

En popa, escrito con grandes letras cursivas rezaba el nombre del velero: “Dulce Cristina”.

—¡Vaya que coincidencia! — exclamó Cristina al ver su nombre escrito en el velero.

Puntualmente del interior de la cabina del velero salió un hombre de unos cincuenta años de aspecto rudo, con arrugas muy marcadas en la cara y un color de piel oscuro debido a la prolongada exposición solar. Tenía el típico aspecto de lobo de mar, una incipiente barba canosa, pelo alborotado y fumaba pipa; sólo le faltaba el parche en el ojo y un loro apoyado en su hombro.

—¡Ahoy! — dijo el marinero a modo de saludo, —Soy el Capitán Yeray y hoy ustedes serán mis grumetes.

—Pueden dejar sus bultos en la cabina— dijo indicándoles que podían subir a bordo. Dejó pasar a los hombres y ayudó a subir, con especial esmero, a las dos mujeres.

Ya a bordo continuó:

—Vamos a navegar en alta mar a motor; si las corrientes nos son favorables tardaremos una hora y luego fondearemos en Cala Pedregosa. Es una pequeña calita que no tiene acceso terrestre de modo que habitualmente es muy solitaria. Allí podréis practicar snorkel, hay una gran variedad de peces y comeremos algo.

—Después emprenderemos el viaje de regreso.

—Pero antes de empezar la excursión debéis tener claras tres reglas muy simples.

—1. Las órdenes del Capitán se cumplen inmediatamente sin ponerlas en duda ni titubear.

—2. Mientras navegamos en aguas profundas, debéis usar SIEMPRE el chaleco salvavidas y si por algún motivo caéis al agua, debéis permanecer quietos esperando a que os rescaten; bajo ningún concepto, intentéis alcanzar la costa a nado. En todos los chalecos hay un silbato, una linterna y agua.

—3. Si os mareáis y tenéis que vomitar lo echáis todo por la borda, quien ensucie la cubierta la limpia.

—¿Ha quedado claro? — preguntó.

Todos respondieron afirmativamente.

Ya con todos los pasajeros a bordo y el motor en marcha, el Capitán ordenó desamarrar el cabo de popa y, poco a poco, la nave se alejó del muelle y se adentró en el océano.

El cielo era de un azul intenso y no se divisaba ninguna nube en el horizonte. El mar estaba en una calma absoluta y el velero surcaba el agua abriéndose paso como una cuchilla en un mar de mantequilla.

Los pasajeros se colocaron en la proa y, sujetándose en la barandilla, sentían como el fresco viento marino les azotaba la cara y les revolvía el cabello.

—¡Wow! — exclamó Cristina cuando la nave dio un pequeño salto y el agua la salpicó.

—Si nos quedamos aquí vamos a quedar empapados— dijo Pedro retirándose un poco, pero las chicas, en lugar de ello, se quitaron las camisetas y se las entregaron para que las guardara.

Carmen no necesitaba de un bikini demasiado grande para cubrir sus pequeños pechos pero los de Cristina eran tan grandes que a cada envite de las olas amenazaban con liberarlos del sujetador. Sus pechos saltaban y temblaban en todas direcciones como un flan al ritmo de las olas.

Pedro no fue el único que se quedó absorto mirando el bamboleo de aquellas tetas ya que este hecho no pasó desapercibido por ninguno de los otros tripulantes.

El viaje de ida fue rápido y cuando el Capitán Yeray redujo la marcha vieron cómo se adentraban en una ensenada semicircular a la que sólo se podía acceder por un estrecho paso marítimo.

Al fondo, una pequeña playa de arena negra flanqueada en toda su amplitud por acantilados cortados sobre la afilada roca.

Poco después, fondearon a unos 40 metros de la arena y con voz grave el Capitán Yeray anunció:

—Ya hemos llegado.

Y, diligentemente, cargó el equipaje en un bote para desembarcarlo y dejarlo en la playa junto a una pequeña cabaña de madera.

Las chicas prefirieron lanzarse de cabeza al mar y alcanzar la orilla a nado; el agua estaba un poco fría pero era extremadamente transparente.

Como las chicas estaban empapadas después de una hora de viaje y del improvisado baño, colocaron sus toallas sobre la arena y se tumbaron bajo el sol; una al lado de la otra. Los chicos hicieron lo mismo cada uno al lado de su compañera.

Por su parte, el Capitán se sentó en un tocón de madera frente a la cabaña y con la ilustre parsimonia del marinero encendió su pipa y le dio un par de caladas; recostó su cabeza sobre la pared de la cabaña y cubriéndose los ojos con un gorro de paja los cerró.

—Nunca había estado en un sitio como este, ¡es precioso! — exclamó Cristina admirando el idílico entorno —tal vez el amigo de Pedro tenía razón.

—Sí que es precioso, pero el sol aprieta y no quiero marcas— dijo Carmen y sin pensárselo dos veces se quitó el sujetador del bikini mostrando sus pechitos que, a pesar de su minúsculo volumen, estaban coronados por dos inhiestos pezones envueltos por una gran aureola.

—¿No te animas? — le preguntó a Cristina que al abrir los ojos le vio los pechos al descubierto.

—Nunca he hecho topless— confesó, —tengo demasiado pecho.

—¿Y qué más da?

—Además, siempre hay algún mirón tomando fotos furtivamente — argumentó Cristina.

—Aquí nadie va a tomar fotos, estamos completamente solos.

Y como si los argumentos de Carmen la hubieran convencido, Cristina también se quitó el sujetador liberando sus grandes pechos. Ya no eran los pechos tersos y rígidos de antaño de modo que cayeron ligeramente hacía los laterales pero aun así eran impresionantes y no le pasaron desapercibos ni a Pedro ni a Alberto y, aún menos al Capitán, en cuya cara se dibujó una sonrisa maliciosa.

Pedro no salía de su asombro ya que nunca había visto a su mujer exponiendo sus tetas en público y no pudo evitar sentir como el corazón se le aceleraba. Ciertamente, en aquella ensenada el público era más bien escaso pero no nulo.

El Capitán Yeray, disimuladamente, admiró aquellas inmensas tetas, clavó sus ojos en los pezones y recorrió con la vista el cuerpo de aquella mujer madura pero realmente hermosa;”con un poco de suerte, pronto disfrutaré de ella” pensó antes de volver a cerrar los ojos.

La mañana pasó más rápido de lo previsto, se tostaron al sol, se bañaron, volvieron a tostarse al sol y volvieron a bañarse. Aprovecharon para practicar un poco de snorkel y disfrutar de un fondo marino absolutamente impresionante con peces de todos los tamaños y colores. Aunque en realidad, Pedro disfrutó más mirando como se bamboleaban las tetas de su esposa bajo el agua que observando a los peces.

Luego, después de comer unos bocadillos, se relajaron con una deliciosa siesta bajo el sol, hasta que el Capitán Yeray los interrumpió.

—¡Señores! — dijo levantando la voz —debemos irnos.

—¿Y eso? — protestaron las chicas.

—Se acerca una tormenta.

—¡Una tormenta! — exclamó Alberto, — sino no hay ni una sola nube— Y ciertamente el cielo estaba completamente despejado con un azul intenso.

—¿Ven esas nubes detrás de la montaña? Las han traído los vientos de poniente cargados de humedad. El mismo viento fuerza a las nubes a remontar la montaña y a medida que alcanzan altura se enfrían. Cuando estén suficientemente frías empezará a llover.

A regañadientes, todos recogieron sus pertenencias y en menos de diez minutos ya estaban navegando en mar abierto. El mar ya no estaba tan calmado como durante el viaje de ida y las olas empezaron a zarandear el velero.

Todos se equiparon con sus chalecos salvavidas y se situaron en popa donde estaban más protegidos de las salpicaduras.

Y en efecto, pronto empezaron a caer las primeras gotas. Cada vez las olas eran más intensas y el velero saltaba de ola en ola produciendo en los pasajeros una desagradable sensación de mareo. Finalmente, la lluvia les obligó a refugiarse dentro de la cabina, pero al perder la visión a larga distancia, la sensación de mareo aumentó.

Sobre todo a Pedro que, con el paso de los minutos, su cara pasó del rojizo del sol, al azul morado, al verde y finalmente se quedó amarillento con un aspecto de palidez preocupante. Las náuseas le revolvían el estómago y tuvo que salir corriendo a vomitar en la cubierta.

Agarrándose en el pasamanos, el frescor del viento y la lluvia le permitieron recuperar un poco el color; aunque de nuevo un impacto lateral de una ola le trastabilló y casi le hace perder el equilibrio.

Por su parte el Capitán, a los mandos del timón, parecía disfrutar como un niño. Estaba concentrado manejando la embarcación con una habilidad digna de un marinero experimentado mientras cantaba a todo pulmón.

El regreso fue una auténtica calamidad para Pedro que, zarandeado a derecha e izquierda, no paraba de vomitar y sentir temblores en las extremidades.

—¡Átate a la barandilla con el arnés! — gritó el Capitán con voz atronadora pero que, el viento, se llevó lejos de Pedro. Aunque este, al final vio los gestos y tras localizar el arnés se ató.

Esto le permitió relajarse un poco porque se sentía muy débil e incapaz de aferrarse con fuerza. Un relámpago iluminó el océano y Pedro pudo ver con horror como olas de cinco metros azotaban el velero sin descanso.

“Vamos a hundirnos” fue lo último en que pensó antes de volver a vomitar.

Cuando poco después se adentraron en la ensenada de Cala Poniente y el mar se calmó, con habilidad, el Capitán amarró el velero en el muelle y entró en la cabina donde se refugiaban los pasajeros.

Pedro aún estaba fuera, mojándose bajo la lluvia y recuperándose de la desagradable experiencia.

—Ya hemos llegado— dijo el Capitán, —les recomiendo que vayan a sus respectivas cabañas y se relajen con un baño de agua caliente.

Poco después, todos salieron a la carrera y Cristina tuvo que ayudar a su marido a llegar hasta la cabaña porque las piernas no le sostenían. Juntos se metieron en la ducha y entraron en calor.

Se abrazaron, Cristina estaba muy excitada después de pasar todo el día con los pechos al aire y acarició la polla de Pedro pero esta no respondió. Luego intentó besarle pero él la rechazó.

—Ahora no, por favor— se excusó, —tengo el cuerpo descompuesto.

Y al terminar la frase le vino una náusea que le obligó a girarse para no vomitar sobre su esposa.

Ya seca y vestida, Cristina, salió a la pequeña terraza de su cabaña y se sentó en el sillón Emmanuel protegida de la lluvia bajo la pérgola.

La tormenta había amainado y apenas llovía, pero el aire era fresco y Cristina gozó de la sensación de frescor en su cara. Poco después vio salir a Pedro que aún descompuesto se acomodó junto a ella.

—¡Dios mío! — exclamó, —¡que mareo! Nunca lo había pasado tan mal.

—Pobrecito— respondió Cristina acariciando cariñosamente el cuello de su marido.

—No te rías, que lo he pasado francamente mal.

—Lo sé, amor. Pero ya está, ya ha pasado —dijo calmándolo como una madre calma a su bebé.

—No me vuelvo a subir a ese maldito velero nunca más — maldijo Pedro.

—No digas “nunca más”. Durante la ida has disfrutado del viaje, no tiene por qué volver a formarse un temporal.

—No, no, no... yo no vuelvo a subirme a un velero nunca más— sentenció Pedro convencido.

Esa noche Pedro se quedó en la terraza y prefirió no cenar nada, pero Cristina fue al restaurante y, mientras cenaba, pidió que le preparasen un arroz hervido para llevar.

Ya en la cabaña, Pedro, tomó un poco del arroz y poco a poco fue recuperando el color, pero pronto decidió acostarse dejando sola en la terraza a Cristina.

Había sido día largo e intenso y ambos lo había disfrutado a pesar del apresurado y ajetreado regreso.

Y ahora, Cristina, relajada mirando el mar bajo las estrellas se lamentó por no haber podido hacer el amor con su marido; después de todo el día excitada casi desnuda y con los pechos al aire, ahora sentía como su coño palpitaba pidiendo ser atendido y Pedro no estaba en condiciones para la tarea. Así que metió un dedo dentro del bikini y se acarició buscando el clítoris.

Recordaba la agradable sensación de calidez con el sol calentando sus pechos desnudos y, sobre todo, recordaba las miradas furtivas de Alberto y las del Capitán Yeray al que había pillado más de una vez mirando disimuladamente.

—Ummmm— jadeó al percibir la humedad de su coño. Pero Cristina no estaba acostumbrarse a auto estimularse y aquello en lugar de relajarla la puso más perra; así que decidió dejarlo y se acostó junto a su marido que ya dormía plácidamente.