Aprendiz de su experiencia. 13 años de ventaja
El silencio de la pared no era solo silencio; era una promesa ahogada. Cuando las puertas del ascensor se cerraron, el control dejó de existir. Esta vez, ella no pensó en irse sola.
El verano de Alex
Tenía dieciocho años y una sensación constante de que el mundo recién empezaba. El viaje con mis amigos, justo antes de entrar a la universidad, era la promesa de libertad: calor, risas, noches largas. Me habían asignado una habitación para mí solo, al final del pasillo del hotel. Un pequeño privilegio que, sin saberlo, me pondría frente a algo que aún no entendía del todo: el deseo.
Al otro lado de la pared dormía una pareja. Nora y Luis, lo supe después. Ella tendría unos treinta y tantos, de piel dorada y sonrisa contenida. Él, un hombre seguro, algo mayor, de esos que parecen saber cuál es su lugar en el mundo. Por las noches, el silencio se rompía con sonidos que no sabía si me incomodaban o me intrigaban: jadeos,risas, suspiros, gemidos y alguna que otra palabra ahogada.
En la piscina, Nora me miraba a veces. No con descaro, sino con ese brillo curioso de quien recuerda lo que era tener dieciocho. En los ascensores coincidíamos de vez en cuando; ella siempre con un perfume que parecía quedarse en el aire un poco más de lo necesario. Hablábamos poco, pero cuando lo hacíamos, más bien nuestro cuerpo hablaba, lenguaje corporal lo llaman
Una tarde, el ascensor se detuvo unos segundos más de la cuenta entre pisos. Nora sonrió. “Parece que el universo quiere hacernos perder el control”, dijo. Y ahí, en ese espacio suspendido, el aire cambió. Su voz, su cercanía, el roce accidental de su mano contra la mía. No hubo palabras después, solo miradas que decían lo que ninguno se atrevía a pronunciar.
Cuando las puertas se abrieron, me tomó de la mano y caminamos juntos por el pasillo. Yo sentía cómo el corazón me golpeaba el pecho, y ella avanzaba sin mirar atrás, como si ya supiera lo que iba a pasar.
Nos detuvimos frente a su puerta. La tensión era insoportable. La tomé por la cintura, y en ese instante, el mundo se apagó a nuestro alrededor.
Antes de entrar la agarre y la levanté desde las rodillas tenía un muy buen culo y unas tetas preciosas,no pude resistirme....
Al llegar la acosté sobre en su cama le abrí las piernas y empecé a devorar su húmedo sexo. Primero suave con la lengua, recorriendo cada pliegue. Iba intercalando movimientos suaves con mis manos sobre sus pechos, mientras ella gemía sin importarle si su marido podía sorprendernos. Pasado un rato, un orgasmo devastador, un torbellino, hizo que se corriera en mi boca y mi cara.... Lo que más me sorprendió es que me agarró y me pidió un beso mezclado con sus néctar.
Ella comenzó a besarme, había lujuria y pasión en ese beso que la tenía enredada a mí. Su boca fue bajando poco a poco diciéndome cosas obscenas, sucias, cargadas de deseos. Me hizo sentir bien, me decía que la tenía más grande que su marido y que otros hombres con los que había estado.Me dijo lo que un chico con 18 años quiere escuchar de alguien con más experiencia.
Ella empezó a practicarme el sexo oral. Hizo que me tumbara boca arriba en la cama. Y comenzó a masturbarme. Primero con las manos, con la lengua, con la boca.
Verla en acción era todo un espectáculo. Nunca ninguna amiga, ninguna novia, había devorado con tanta satisfacción mi miembro.
Estaba tan excitado, y ella también, que solo quería devolverle algo de lo que estaba haciendo por mí. Así que le pedí que pusiera su sexo en mi boca para darle placer.
Cuanto más demoraba ella mi pene, más clavada mi lengua dentro de ella. Cuando sus manos ejercían presión sobre el tronco mi pene, más se hundían mis dedos en ella.
Y os cuento esto porque ha pasado el tiempo, y no recuerdo con exactitud la cantidad de posturas que probamos esa tarde.
Por haceros un resumen, os contaré que ella se puso arriba, brutal, qué maravilla, esa mujer supo moverse encima de mí y darme muchísimo placer. Aguanté cada meneo, cada succión, cada vez que ella subía y bajaba encima de mí, hasta que conseguí que se corriera.
Ella satisfecha conmigo me dio todo el poder, así que le pedí que se tumbara boca arriba y levantara sus maravillosas y esbeltas piernas y las pusiera sobre mis hombros. Quería verla disfrutar y contemplar unas maravillosas vistas. Primero despacito y luego más deprisa la embestía una y otra vez, hasta que, pocos minutos después, el clímax me sobrevino dejándome exhausto sobre ella.
Cuando el silencio volvió, ella me miró con una expresión que no supe descifrar del todo. Había ternura, pero también tristeza.
—No me busques si solo me recuerdas con deseo —me dijo, al tiempo que me entregaba una servilleta con su número—. Búscame si alguna vez entiendes lo que esto significó.
Nunca la llamé. Quizá por miedo, quizá por respeto. Pero aquella noche me enseñó algo que no se olvida: hay encuentros que no se viven para repetirse, sino para quedarse grabados como una huella.
Nora no fue solo una mujer que me deseó. Fue la primera que me miró como si ya supiera en quién podía convertirme.
Lo recuerdo más por lo que sentí que por lo que hicimos: el vértigo de ser visto por primera vez como un hombre, la culpa de saber que no todo estaba bien.
Antes de marcharse, Nora me dejó su número anotado en una servilleta del desayuno. “No me busques si solo me recuerdas con deseo”, me dijo, “búscame si alguna vez entiendes lo que fue esto para mí”.
Nunca la llamé. Quizá por miedo, quizá porque comprendí que algunos encuentros no son para continuar, sino para recordarse.
A veces pienso que Nora no era solo una mujer que me sedujo; fue la primera persona que me hizo mirar de frente a mis propias contradicciones. Y en su mirada, entendí algo que me acompañó siempre: hay historias que duran una noche, pero se quedan en la piel toda la vida.
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