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Mi prima Amelia(II)

Llevaba años vacía, hasta que una mirada y un beso en la mejilla encendieron la mecha. Ahora, con el pretexto de pintar un salón, Amelia tiene a Julián encerrado en su casa y la tensión ya no aguanta más: la ducha caliente es solo el comienzo de lo que ella tiene planeado.

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Nota del autor: Esta serie de relatos no son puramente pornogáficos, aunque algunas escenas sean un tanto subidas de tono. Yo mas bien la calificaria de eróticos, de una recreación de pasiones y sentimientos. Aunque los capítulos pueden leerse de forma independiente, para los que no hayais leído la primera entrega os recomiendo leerla antes, para un mejor entendimiento de la situación y los personajes. Espero que disfriteis con ella y, por supuesto, agradezco todos los comentarios y calificaciones que sobre ella hagaís y que, sin duda, servirán para mejorar. Muchas gracias por vuestra atención

AMELIA II

(el relato de Amelia)

No soy mucho de escribir y menos sobre mi misma, pero Julián me ha pedido que relate lo mejor que pueda las circunstancias que nos llevaron a romper prejuicios y dar rienda suelta libremente a nuestros sueños y pasiones, reprimidas durante tantos años. Espero haberlo hecho bien, pero es la primera vez que escribo algo parecido. A mi parecer no se trata de un sucio relato pornográfico, sino contar sentimientos y compartir con vosotros el placer que la vida nos ofrece y que, muchas veces, nos negamos a tomar a lo tonto. Espero que os guste

Llevaba mucho tiempo con aquella sensación de vacío absoluto.

A lo largo de mi vida he sufrido varias veces situaciones en las que me vi débil, acomplejada, apabullada por circunstancias que me superaban y que abatían mi espíritu como una losa de la que no podía librarme. La muerte de Jorge fue el comienzo y su legado de depresión y sentimiento de abandono me fue arrastrando, lenta e imperceptiblemente, por la senda de la resignación, del convencimiento que la vida no tenía mucho mas sentido que dejar pasar los días sin esperar mas que soledad y aburrimiento.

Llegué a superar todo eso, tal vez no sea una mujer tan débil a fin de cuentas. Y poco a poco volví a salir con amigas, a viajar, a disfrutar de unas vacaciones sin sentirme culpable,…, a vivir la vida. Renuncié al amor, tal vez por fidelidad a mi amado, y ahogué el deseo bajo una manta de desprecio por el placer inmediato que proporciona el sexo. Rechacé proposiciones honestas y deshonestas, de hombres buenos y hombres no tan recomendables, diciéndome a mi misma que todo aquello no valía la pena y que el vacío no se puede llenar con orgasmos. Solo algunas noches con Albina, las dos desnudas en mi cama contando confidencias, mientras nos acariciábamos el coño mutuamente y apretábamos las tetas una contra otra, habían roto aquella renuncia al sexo de forma momentánea, como la excepción a una regla autoimpuesta.

Y es que ya es hora de reconocer, porque al fin lo he descubierto, que la vida, eso a lo que tenemos tanto apego, es cosa de risa y que no hay nada mas chistoso que el sexo, sobre todo cuando viaja a través del tiempo, cuando evoca tiempos pasados o imagina un futuro deseado porque el presente es una mierda. Y ninguna mujer se da cuenta, cuando se siente estremecida de deseo mientras pasa el tiempo, que las horas solo nos conducen a la muerte, que es otra historia mucho más seria que la vida y el deseo, aunque nadie le haga el menor caso. Yo me he puesto a esperarla, tomando mis precauciones, como cuando el detective espera al asesino a oscuras en la habitación del crimen. Comparado con ella el sexo es una cosa infantil, aunque todas estemos dispuestas a creer mas en un buen polvo que en la muerte.

Pero en fin, vamos a dejarnos de filosofías baratas y procuremos centrarnos en lo que tenemos que es la vida, que en realidad es una historia de amor y sexo porque así lo queremos. O queremos creerlo.

Como decía llevaba una buena temporada con el ánimo por los suelos. Nada me llenaba. Ni los viajes a países exóticos acompañada de amigas igual de amargadas que yo, ni el trabajo que siempre me había apasionado, ni las reuniones sociales en las que me aburría como una ostra,…, nada. No era cosa de la menopausia, como alguna de las menopaúsicas que tengo por amigas me decían, ni tampoco se trataba de una vuelta a la depresión que había padecido años antes, afortunadamente superada con éxito según mi psicólogo. Aquel vacío era algo mas profundo y anhelante, una búsqueda de algo que no tenía pero que sentía a mi alcance. Alguna noche desvelada había reflexionado sobre ello después de masturbarme sin llegar aclararme gran cosa. Pero el vacío seguía ahí, sin darme respiro en ningún momento.

Todo cambia en un instante. Y fue al ver acercarse a Julián aquella mañana de viernes en La Condesa, donde estaba con Ana y Marisa tomando un café al salir de la peluquería. Hacía mucho que no le veía y en ese momento me dio un vuelco el corazón y una bombilla se encendió en mi cabeza iluminando con una luz cegadora todo el problema. Intenté que no se me notase el calor interior que sentí cuando se inclinó hacia mi para saludarme con dos besos y advertí que su mirada quedaba fija por un momento en mi escote. No me molestó aquello, mas bien me gustó y quizás fuese el motivo que me llevó a idear a toda prisa una excusa para volver a sentir aquella emoción tan agradable, la sensación de ser deseada por alguien al que, sin querer reconocerlo, deseas.

Y es que, me di cuenta en aquel instante, que desde que lo conozco a raíz de haberse casado con mi prima Carmen, he sentido una atracción por Julián que va mucho mas allá del simple cariño familiar. Atracción no solo física, no es guapo, aunque tampoco feo, y es de esos hombres capaces de ir hecho una facha con tal de ir cómodo, sino por su carácter tranquilo y paciente, muy parecido al de Jorge, con el que mantuvo una amistad sincera y leal hasta su muerte, optimista, comprensivo con los defectos ajenos y nada egoísta. Era de esas personas humildes y calladas que, cuando hablan, lo hacen para decir la verdad sin tapujos, aunque sea incómoda, pero a los que no les cuesta pedir perdón si llegan a ofender a alguien. A pesar de su timidez y su excesiva modestia, se hacía querer por todo aquél que lo trataba y enseguida te dabas cuenta de que era una persona inteligente, en realidad es muy inteligente, educada, razonable y, sobre todo, buena.

Reconozco que no era raro, a partir de quedarme sola, sorprenderme a mi misma imaginando fantasías sexuales con Julián, pero no era la única persona con la que aquello sucedía y el hecho de que estuviese casado con mi prima cortaba de raíz toda esperanza de convertirlas en realidad. Mas de una vez había que tenido que disimular un escalofrío cuando nos saludábamos con dos besos al encontrarnos por la calle y en varias ocasiones había sentido, sin duda alguna, una reacción similar en él. En esas ocasiones, al llegar a mi casa y encontrarla vacía como siempre, no podía reprimir el deseo de masturbarme sin pausa toda la noche hasta dormirme, envuelta, a menudo, en lagrimitas de soledad.

Cuando se divorció de Carmen perdimos ese contacto habitual que habíamos disfrutado antes, esa relación familiar que incluía comidas dominicales, excursiones, fines de semana en la casa de La Mata y salidas por la zona de vinos de la ciudad los sábados por la tarde. Ahora nos veíamos de vez en cuando, en breves encuentros fortuitos que no daban mas que para breves saludos y cortas conversaciones, que nos servían para ponernos al día de nuestras vidas en lo importante, pero poco mas. Y ahora, allí estaba frente a mi la persona que acababa de descubrir como la fuente de mis deseos ocultos, la que me hacía palpitar el corazón y ruborizarme tras tanto tiempo sin ello. No quise desaprovechar la ocasión de intentar poner fin al vacío de forma inmediata y me dije, mientras atendía distraídamente a la conversación, que hay trenes que no puedes dejar pasar si no quieres quedarte para siempre en el andén.

La presencia de mis dos amigas era un problema, pero di con una solución que me pareció perfecta para disimular mi plan. Antes de que se despidiese le convencí para que me ayudase a pintar el salón de mi casa, que en realidad buena falta le hacía, cosa nada extraña pues Julián es un manitas estupendo y reconocido por todas sus amistades, muy capaz de arreglar grifos, pintar paredes o tapizar muebles como un profesional, cosa que me había demostrado ampliamente en el pasado. El cabrito de él quiso zafarse del compromiso, para mi perfecto cara al disimulo, pero no me costó mucho que aceptase pasar al día siguiente por mi casa y hacerme el favor. Al marcharse de la cafetería y dejarnos solas, a las dos víboras de mis amigas les faltó tiempo para afearme el morro que había tenido al comprometer a “aquel buen chico”, en algo que, a todas luces, no tenía ganas ni tiempo de hacer. Yo no dije nada, solo sonreí para mi misma y les dediqué un “que os den cachoputas, pura envidia”, antes de seguir hablando del próximo viaje a Alemania que planeábamos hacer en junio las tres juntas.

Me fui a comer a casa sin dejar de pensar en mis planes de sábado. Mientras preparaba una mínima ensalada y media pechuga de pavo iba repasando detalles de mi estrategia y lo necesario para llevarla a cabo. Todo tenía que suceder de forma natural y aparentemente espontánea si no quería quedar como una vieja loca desesperada por echar un polvo, aunque estaba convencida de que esa no era la realidad y que, lo que me había llevado a esta situación, era algo mucho mas trascendente y necesario de lo que, para mi, representaba el sexo en mi vida. Después de comer me fui a la cama con la intención de echarme una larga siesta, pero no resistí la tentación de buscar el satyfayer en mi mesita de noche y regalarme una sesión de caricias artificiales antes de caer en un sopor denso y plagado de sueños eróticos en los que, como no, Julián fue el protagonista.

El zumbido del portero automático me despertó bruscamente. La noche anterior había ido al cine con Albina para ver una película de esas que nadie entiende, aburrida, sosa y sin otro interés que contar con un director húngaro, creo, y haber sido aclamada por la crítica de no se que festival de cine independiente como “un viaje introspectivo por el universo lesbiano”. Bobadas. Aunque eran bobadas que a Albina le hacían reflexionar profundamente sobre cuestiones que, a mi particularmente, parecían muy lejos de los problemas reales que pudiesen tener las lesbianas del este de Europa, pero que le daban pie para largarme discursos interminables sobre liberación sexual y zarandajas parecidas. El caso es que después del cine nos fuimos a tomar una copa, nos encontramos con Marisa haciendo el pingo con su nuevo novio y la velada se prolongó hasta las tantas entre copa va y copa viene. La verdad es que no disfruté mucho, sumida como estaba en mis pensamientos sobre lo que me aguardaba a día siguiente.

Salté de la cama apresuradamente, mandando a la mierda a Albina, a las películas húngaras, a Marisa, a los novios de Marisa, a las copas de vodka con limón y al mundo en general. Crucé la casa desnuda, porque siempre duermo desnuda, a todo correr hasta llegar al interfono y abrir el portal. Luego volví a mi habitación para ponerme algo encima y salir a recibir a Julián sin alarmarlo. No me dio tiempo a escoger mucho, pues al minuto sentí como se abría la puerta del ascensor en el rellano y acudí ansiosa a la entrada, pensando que mis planes ya se iban torciendo desde el principio.

Y allí estaba él, cargado de cachivaches de pintor, vestido con ropa vieja y un aire muy dispuesto para comenzar la tarea. Me sorprendió, pues yo calculaba que aquella mañana unicamente vendría a medir y anotar lo necesario. No había caído en todo y casi entro en pánico cuando me preguntó por el color en que quería pintar el salón. Volví a pensar que todos mis planes se venían abajo, pero, afortunadamente, recordé que tenía un viejo muestrario de colores por algún lado y di con él enseguida. Señale uno casi al azar, sin pararme a pensar si era el que quería realmente. Cuando marchó en busca de la pintura me sentí como un boxeador salvado del KO por la campana y me prometí ser mas cuidadosa en adelante, no podía haber mas fallos.

Me lancé a la ducha para quitarme el aturdimiento que me había proporcionado la noche anterior y di un repaso a la depilación de mis sobacos, mis piernas y mi coño. Me perfumé ligeramente, no soy de las que les gusta llenar las estancias con mi olor, me gusta mas hacerme notar en las distancias cortas, y me vestí con ropa bonita pero cómoda, de estar por casa, sin ponerme bragas ni sujetador pues sentí que eso me haría comportarme de una forma mas acorde con mis deseos. Luego preparé rápidamente café, tostadas, un zumo de naranja natural y lo coloqué todo en la mesa de la cocina. Encendí un cigarrillo y me senté a esperarle mientras intentaba pensar en los siguientes pasos a dar.

Julián volvió al cabo de media hora, cargado con un gran bote de pintura y una bolsa grande con mas cosas que necesitaba. Quiso empezar el trabajo de inmediato, pero le quité la idea de la cabeza y lo llevé a la cocina para desayunar juntos. De la bolsa sacó un paquete con cruasanes que, según él, había comprado en una pastelería por la que había pasado de camino a la tienda de pinturas, una sorpresa que me hizo intuir algo raro en su propósito de no desayunar conmigo y ponerse a trabajar de inmediato, aunque en ese momento no le di mayor importancia al detalle. Desayunamos frente a frente, hablando de recuerdos y del presente. Yo intentaba que no se me notasen los nervios que atenazaban mi estómago cada vez que nuestras rodillas chocaban casualmente por debajo de la estrecha mesa, o el temblor de mi mano cuando se encontró con la suya al ir a coger la jarra del zumo los dos a la vez. El hablaba por los codos con esa voz tranquila que le caracteriza, pero le notaba también algo agitado. Nunca le había visto tan dicharachero en todos los años que le conocía, ni tampoco tan insistente en mirarme la cara para intentar cruzar nuestras miradas. Y, de repente, intuí lo que estaba pasando por su mente, la razón de su comportamiento el día anterior en la cafetería y, como en una revelación, entendí que sus sueños eran los míos y que todo aquello solo podía llevarnos a un destino.

Entonces me sentí segura de mi misma, como hacía muchos años que no me sentía. Dejé los miedos, los titubeos y las dudas. Mandé de inmediato todos mis planes de seducción al rincón de las cosas inútiles y me dispuse a ser yo misma, sin imposturas ni tapujos. En aquel momento empecé a comportarme como una mujer deseosa de cariño, de respeto y de placer, sin mas vacío que llenar que el de ser una misma. Dejé de comportarme como una araña al acecho de su red y empecé a ser la linda mariposa que vuela errática y libre en busca de néctar.

Empecé a coquetear con Julián, a ir preparando el momento que los dos esperábamos encontrar desde hacía tanto tiempo pero nos resistíamos a buscar faltos de esperanza. Apartaba la mirada, aparentando vergüenza, cuando él me miraba a la cara con insistencia. Lancé miradas furtivas que querían ser sorprendidas y celebré sus chistes y comentarios con risas nerviosas y entusiastas. Me hice la tonta ante sus veladas insinuaciones y le ofrecí el aroma de mi perfume cuando me incliné sobre la mesa, mas cerca de él de lo necesario, para recoger los restos del desayuno. Viejas armas de mujer, infalibles en estos casos, que utilicé sin piedad para con su, cada vez mas patente, deseo de hacerme suya allí mismo sin demora. Pero me mantuve firme, aunque me costó bastante, en mi propósito de hacer crecer ese deseo hasta un punto imposible de reprimir.

Se levantó de mala gana de la mesa y marchó al salón para, por fin, comenzar la tarea. Durante un par de horas le dejé a solas con sus pensamientos y su pintura, mientras yo vagaba por la casa haciendo como que hacía, sin interrumpirle mas que con breves apariciones en la puerta para preguntar que tal iba la cosa. A media mañana se tomó un descanso para fumar un cigarrillo en el balcón de la cocina y yo le acompañé gustosa, prolongando el juego que me traía de silencios calculados, sonrisas bobas y miradas huidizas, comprobando que la tensión entre los dos se iba acumulando hasta el momento en que, de forma brusca, arrojó la colilla a la calle y decidió seguir con el trabajo.

Me cambié de ropa y escogí una ceñida camiseta y unos shorts que sabía me marcaban muy bien el culo. Ahora si me puse sujetador, no quería que notase el mas mínimo signo de que mis tetas obedecían, cada vez con mas insistencia, a la ley de la gravedad y me cubrí con un mandil muy mono, negro con puntillas blancas, que había comprado hace tiempo y apenas usaba. Me puse a cocinar sin pensar en otra cosa que añadir un entrante sabroso al festín que, con toda seguridad, nos esperaba mas tarde. Cuando calculé que ya estaría a punto de terminar fui hasta el salón y asomé mi cabeza por la puerta. Lo encontré mirando al techo, abstraído y con la mirada perdida mucho mas allá de la blanca superficie recién pintada. Dio un respingo cuando le avisé de que la comida estaba lista y me siguió dócilmente a la cocina sin decir nada. Se sentó a la mesa con aire cansado mientras yo, de espaldas a él, daba los últimos toques a la ensalada y notaba su mirada clavada en mi culo, cosa que producía un cosquilleo muy agradable que recorría mi estómago hasta llegar a mi coño y provocaba una sensación de ruboroso calor en mi cara. Sentí su deseo como si fuese un cuchillo apoyado en mi cuello y decidí aflojar un poco la soga que, poco a poco, había ido apretando en torno a su cuello durante la mañana.

La comida transcurrió tranquilamente, charlando de banalidades, de lo rico que estaba el pescado que había preparado, sin miraditas, risas tontas o roce de rodillas, muy a mi pesar he de decir. Procuré hablar mas que él esta vez, lo cual no me costó mucho porque parecía habérsele comido la lengua un gato. Acabamos con la botella de vino justo antes del postre y no pudo disimular un bostezo. Le sugerí que se echase un ratito en el cuarto de invitados antes de seguir con la pintura y aceptó de buena gana. Fregué los platos, recogí la cocina y me asomé al cuarto en plan espía. Estaba tumbado boca arriba, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, respirando profundamente y, al parecer, soñando con algo que deseé ser yo. Pensé en aprovechar la situación y besarle los labios furtivamente, pero no me atreví por miedo a despertarlo. En lugar de eso saqué una manta de viaje del armario y se la eché por encima no fuese a enfriarse. Luego me fui a mi habitación, cerré la puerta, busqué el satisfayer y me metí en la cama desnuda dispuesta a calmar mis ardores y a pensar en todo lo que había ocurrido esa mañana de sábado.

Desperté de la siesta sintiéndome ligera y ágil como una ardilla, sentándome en la cama mientras miraba la hora en el móvil. Vi que tenía varios mensajes de Albina y de Ana, pero decidí no abrirlos ni contestar. Seguramente querían quedar a tomar algo, pero yo tenía otros planes muy diferentes para aquella tarde-noche. Así que me puse algo encima y me dirigí al salón a supervisar la obra. Julián estaba en plena faena, ya casi terminando. La verdad es que el color que había escogido al tuntún había quedado genial y el detalle de las molduras mas oscuras era un acierto total. Me sentí muy satisfecha y reconocí que Julián había hecho un trabajo estupendo, pero quise bajarle un poco los humos señalando algunos pequeños fallos que me esforcé en buscar y encontrar. Nada serio, solo quería picarle un poco y apretar un poco mas el lazo. Me prometió terminar enseguida y corregir esos pequeños defectos, así que me vestí y salí a hacer unas pequeñas compras que, antes de dormirme, había decidido hacer como parte de lo que debía suceder después.

Entré en el supermercado con paso decidido y fui encontrando todo lo que había pensado necesitar. Una botella de buen cava, otra de vino blanco, algo para picar, unas cervezas y unas barritas de chocolate suizo que me encantaban. Para disimular metí en el carrito unos rollos de papel higiénico, ambientador para a casa y un par de bayetas. Cuando me dirigía a la caja para pagar pasé por delante de la sección de productos íntimos y no pude resistirme a incluir en la compra un paquete de condones, de sabores variados, sintiéndome muy perversa mientras pensaba en el uso que iba a darles. Ya puesta cogí también un bote de gel lubricante de esos que tanto anuncian para aumentar el placer. Nunca lo había usado, pero la publicidad es la publicidad y algo tendrá el agua cuando la bendicen, me dije como excusa al gasto extra. Me di cuenta de la mirada curiosa de reojo que me echó el chico de la caja cuando empezó a pasar artículos por el escáner. Estuve por soltarle alguna frase picante, así de atrevida me sentía, que le diese vuelta a la cabeza, pero me contuve. Aún le quedaba alguna hora de trabajo al pobre y no era cuestión de ponerle nervioso porque si.

Subí con prisa a mi casa, como si no pudiese esperar un minuto mas a cobrar una deuda largamente aplazada. Encontré a Julián en la cocina, bebiendo un whisky con cara satisfecha, aspecto agotado y hecho un Ecce Homo de pintura, que le manchaba la ropa, la cara, el pelo, las manos y hasta los calcetines. Lo encontré adorable a pesar de la facha que lucía, despeinado y sucio como cualquier vagabundo de la calle. Dejé las bolsas en medio de la cocina y supervisé el resultado de su trabajo. Como ya me había parecido antes, había quedado súper, ni un defecto pude encontrar, y me sentí muy contenta y satisfecha. Felicité a Julián efusivamente. No quería cobrarme por el trabajo, ni siquiera hizo mención de lo que le había costado la pintura y demás cosas, así que me tuve que poner seria y obligarlo a aceptar un dinero que, sinceramente, calculé lo mas tacañamente que pude con la disculpa del pago en carne que pensaba efectuar seguidamente. Mas que nada por aquello de no mezclar el placer con los negocios.

Mi alarma interior saltó como un resorte cuando vi que, tras coger el dinero a regañadientes, se dispuso a despedirse y se encaminaba a la puerta como si nada. ¿A donde se cree que va este imbécil?, me dije cuando vi el peligro de que todo se fuese al traste. Fingí un enfado mayúsculo, bueno no lo fingí porque cuando me llevan la contraria me pongo así, y agarrando su oreja lo llevé a tirones hasta el cuarto de baño y le di un empujón para meterlo a la fuerza y cerrar la puerta tras él de un portazo. Ya estaba bien de disimulos y tonterías, había que pasar a la acción de inmediato y eso hice, sin contemplaciones.

A toda prisa me desvestí y me puse por encima una bata de gasa transparente que conservo desde mi noche de bodas, busqué unas cuantas toallas en el ropero y con ellas en los brazos entré en el cuarto de baño decidida y dispuesta a que las cosas sucediesen como debían suceder. Abrí la puerta de la mampara de la ducha de un tirón y entré en ella sin pedir permiso, haciéndome sitio casi a empujones, mientras Julián me miraba con cara de sorpresa debajo del chorro de agua caliente.

Nos miramos por unos instantes, calibrando nuestros cuerpos con la curiosidad de un niño que examina un juguete largamente deseado al abrir el paquete. Yo, modestamente y pesar de mis cincuenta y… años, creo conservarme muy bien, que buenas horas de gimnasio, cremas de precio inconfesable y temporadas de dietas inhumanas me ha costado, pero tenía serias dudas sobre la impresión que le causaría a Julián, un par de años mas joven que yo y que, quitando el detalle de su cabello mas gris que otra cosa y cada vez mas escaso, parecía haber hecho un pacto con el diablo y presentaba un cuerpo fibroso, delgado, depilado, sin esa musculación excesiva tan de moda ahora, mas propio de un treintañero en plena forma que de un respetable cincuentón. Mi mirada se desvió inconscientemente hacía su polla, tantas veces imaginada penetrándome, y la boca se me hizo agua de inmediato al encontrarme con un miembro del tamaño justo para mi gusto, sin circuncidar, acompañado de unos testículos libres de vello que colgaban de su pelvis como dos campanas a la espera de hacerlas tañer. La expresión de Julián, y la incipiente hinchazón de su polla, me dieron a entender que mi cuerpo había causado en él una impresión parecida al suyo en mi, así que, liberada del temor a un posible rechazo, sentimiento estúpido pero natural en casi todas las mujeres, me dispuse a actuar con decisión.

Hacía muchos, muchos años que no me encontraba junto a un hombre desnudo, pues los que veo a diario en la consulta no cuentan como experiencia sexual ni me dedico a enjabonarlos sensualmente mientras les meto un dedo en el culo. Tampoco les descapullo la polla suavemente, dejándoles el glande al aire para acariciárselo mientras les exprimo los huevos hasta hacerles soltar chillidos sordos de placer y dolor. Esas cosas solo se hacen con hombres que han aceptado ser un juguete en tus manos y obedecen sin rechistar a todas las órdenes que les vas dando surgidas de tu imaginación.

Y Julián era entonces mi juguete, mi muñeco sexual obediente y rendido a mis caprichos, vencido ante todas las caricias y manipulaciones con su cuerpo que se me iban ocurriendo. Le vi temblar de placer, le escuché gemir en voz baja mientras respiraba de forma entrecortada, abrazarse a mi con fuerza para no derrumbarse en el suelo de la ducha mientras nos besábamos desesperadamente y enredábamos nuestras lenguas en una lucha sin cuartel. Me quedaba la duda de si, después de tanto tiempo, sería capaz de utilizar la mía para llevarlo al límite. Pero chupar pollas, como andar en bicicleta, es cosa que no se olvida y yo, en mis tiempos, era una verdadera experta en esa tarea. Gusté su polla, tiesa y dura como un mástil, con una dedicación similar a la que emplearía con un helado de pistacho, mi favorito, lamiéndola, mordiéndola, rodeándola con mi lengua arriba y abajo mientras la tragaba entera para después liberarla lentamente de la jaula de mi boca hasta mantener, unicamente, su capullo entre mis labios, chuparlo ansiosamente y lamer su frenillo lenta y repetidamente para conseguir que su semen se descargase en mi boca como un torrente cálido y viscoso que desbordó mis labios, mientras le miraba fijamente a los ojos y sentía el palpitar de su polla entre mis dientes entregándome hasta la última gota. Guardé su semen en la boca para besarlo, ahogando sus jadeos y mezclarlo con nuestra saliva, mientras nos abrazábamos contra la pared de la ducha.

Lo dejé allí, terminando de ducharse, y me encerré en mi habitación. Me sentía tan caliente como una gata en celo y, aún después de haberme lavado la boca, el regusto ácido y salado de su corrida me hacía esperar con impaciencia el siguiente episodio de la historia. Me noté un poco fuera de control y respire hondo varias veces para tranquilizarme, mientras revolvía en el armario en busca del vestuario adecuado. Quería parecerme una puta con clase dispuesta a satisfacer todos los caprichos de su cliente y así me disfracé, con artículos de lencería que guardaba de tiempos en los que tenía sentido utilizarlos, pero que habían quedado en el fondo del cajón desde la muerte de mi querido esposo, y maquillándome como una vampiresa comehombres de película. Perdóname, Jorge, se que sabrás entenderlo.

Volví a la cocina para encontrar a Julián como una rosa, envuelto en el albornoz de Jorge, relajado y sonriente, esperándome con cara de expectación y tomando una cerveza. Ahora me toca a mí, me dije. Pero lo que pasó a continuación es cosa de otro episodio y prefiero que sea Julián quién lo relate. Se le da mucho mejor que a mi escribir estas guarradas.

CONTINUARÁ