En mi consulta (3)
La consulta está cerrada, pero las reglas del juego profesional acaban de romperse. Cyntia no viene a curarse, viene a ser usada. Y esta vez, ella decide quién lleva las riendas.
La tensión seguía allí, densa como el aire antes de una tormenta. Sus caderas temblaban bajo mis manos, sus gemidos cortos y roncos llenaban la consulta, mezclados con mi respiración y el zumbido del aparato de ultrasonido apagado en la esquina. El juego había empezado con descaro, pero ahora notaba algo distinto: una rendición a medias, un hilo de vulnerabilidad que ella no se atrevía a reconocer, pero que podía sentir en cada sacudida de su cuerpo.
—Joder… Esto no es nada como… esperaba.
—¿Sorprendida? Te dije que no iba a ser delicado.
—Sí… lo sé. Pero… mierda… esto… es intenso.
Sonreí contra su espalda. Podía oír la forma en que su respiración se entrecortaba. Sus nalgas se movían al ritmo que yo marcaba, buscando, temblando, resistiendo y cediendo a la vez. Me encantaba cómo su cuerpo real, con piel blanda en algunas zonas, firme en otras, se retorcía y se ofrecía sin pudor.
—Eres un cabrón…
—Eso dicen. Pero a veces los malos hacen cosas buenas.
—No me vengas con tus frases de mierda… Estoy demasiado… joder… demasiado…
—¿Demasiado qué?
—Demasiado abierta… Y joder… no sé si me gusta tanto como pensaba…
Eso fue un golpe. No por el rechazo, sino por la honestidad desnuda que dejó escapar entre gemidos y risas nerviosas. Sus palabras tenían la contundencia de alguien que estaba acostumbrada a controlarlo todo, y que ahora se daba cuenta de que había alguien capaz de arrancarle la coraza sin pedir permiso.
—Pues deberías acostumbrarte. Porque aquí mando yo… por ahora.
—Mierda... Lo sé… y… dios… sí.
Se arqueó más, buscando el contacto, entregando parte de su orgullo a cambio de ese placer crudo, intenso y sin adornos. Sus manos se aferraban al borde de la camilla, los dedos blancos, las uñas clavadas como si intentara agarrar un poco de control que ya no le pertenecía.
—Eres un cabrón… pero no puedo… no quiero… no sé cómo…
—Solo sigue. Solo déjate llevar.
—Vale... Pero que quede claro… esto es solo… esto…
—Lo sé.
Y ahí estaba: la verdad de Cyntia, socarrona, burlona, perra y a la vez un poco desnuda por dentro, enfrentándose a lo que no esperaba: un placer que la desarmaba sin que pudiera culpar a nadie. Yo, como es lógico, no iba a dejar pasar la oportunidad de disfrutarla, sin adornos ni promesas, solo carne, sudor, risas y gemidos.
—Maldito cabrón... Voy a recordarte esto… para siempre.
—Eso espero —dije, mientras hundía mi mirada en su espalda, sintiendo cómo su cuerpo cedía y resistía al mismo tiempo.
La consulta era nuestra, la distancia entre lo permitido y lo deseado se había borrado, mientras su cuerpo se movía bajo mis manos y mis embestidas.
*
—Te lo dije. Si venías a jugar, esto iba a pasar.
—Sí, sí... Pero no me esperaba que fueras un hijo de puta tan… convincente.
—Mérito profesional.
Sus nalgas temblaban bajo mis manos, casi doloridas de lo abierto que estaba su culo, pero ella no se quejaba. Más bien gemía, mezcla de sorpresa y excitación, con esa risa nerviosa que me volvía loco.
—Voy a matarte… cuando me levante.
Se volvió un poco, apoyando la barbilla sobre la camilla, y me lanzó una mirada que combinaba desafío, dolor y deseo. Sus tetas grandes se movían con cada respiración entrecortada, los pezones erectos y rosados, su cuerpo entero entregado y castigado al mismo tiempo.
—Esto. Esto es… demasiado.
—Demasiado bueno, supongo —dije, haciendo una pausa para dejar que lo sintiera, su culo caliente como la boca del infierno, apretado y a la vez suave y dócil. Gimió, agarrándose al borde de la camilla con fuerza. Sus piernas temblaban, la piel de sus nalgas brillando de sudor y calor, y aún así no había queja, solo entrega.
—Joder, me estás matando… y lo sabes.
Se retorció de nuevo, y por un instante todo se redujo a su cuerpo temblando bajo mis manos y mis embestidas, sus gemidos mezclándose con jadeos que eran casi un insulto, su ano apretando mi polla al entrar y salir como si quiera arrancármela.
Sus caderas se sacudieron casi con violencia, sus nalgas temblaron y se contrajeron, y entonces se desahogó un grito largo, profundo, que me hizo sonreír como un canalla satisfecho: un orgasmo brutal, mezcla de dolor y éxtasis, que la dejó sin aliento, con la espalda arqueada y la cabeza caída sobre la camilla.
—¡Joder...!
Sus manos volaron hacia su culo, como intentando protegerlo, acariciando la piel dolorida, mientras intentaba recuperar la respiración. Cada movimiento parecía provocarle un ardor punzante, y al incorporarse se quejó otra vez, con la voz rota y una risa sarcástica:
—¡Eres un hijo de puta! Me has dejado ardiendo, coja y… Dios, ¿cómo se supone que voy a caminar así?
—Esa es la parte divertida.
Se sentó con mucho cuidado el borde de la camilla, el culo todavía ardiendo y las piernas temblando. Se frotó un poco, las manos recorriendo su piel caliente, con esa mezcla de resignación y humor negro que solo Cyntia sabía mostrar.
—Mierda… Te juro que voy a matarte… pero joder, qué puta maravilla.
—Yo no soy el problema. Solo soy la consecuencia.
Ella me lanzó una mirada de medio lado, socarrona, mordaz, con un brillo travieso en los ojos que decía “me has destrozado y me encanta”. Se incorporó con cuidado.
—Eres un enfermo… pero no voy a quejarme… demasiado.
—Eso me gusta.
*
Nunca pensé que volvería a verla tan pronto. Habíamos quedado en darnos un tiempo, “una semana sin liarla”, dijo ella con ese tono burlón que usaba para disfrazar lo que de verdad sentía. Pero apareció igual. A las nueve y diecisiete de la mañana. Sin cita. Sin escribir antes. Se limitó a entrar como si la consulta fuera una prolongación de su casa.
—Buenos días, doctor pecado —dijo desde la puerta, apoyándose en el marco como si estuviera posando para un cuadro de malas decisiones.—Reconócelo. Me echabas de menos.
Sonreí, aunque ella no pudiera verlo. Sus hombros estaban tensos como cables eléctricos, pero debajo había otra cosa, una corriente más profunda, un temblor contenido.
—Echaba de menos la paz en mi vida. Ese breve periodo en el que todavía no te conocía y no corría riesgo de destrozarlo todo.
—Qué dramático eres, por Dios. Como si hubieras tenido mucho que destrozar antes de conocerme
Había un filo ahí, bajo sus palabras.
—¿Estás bien?
—Estoy fantástica. Me follaste el alma la otra tarde, estuve dos días andando como si bajara escaleras invisibles, y ahora me miras como si solo fueses a arreglarme la espalda. Estoy en mi pico existencial.
—No soy tu fisioterapeuta personal.
—No, eres peor. Me gustas.
Silencio. Ese tipo de silencio que se mete dentro. Se desnudó tras el biombo, como queriendo provocarme, y se tumbó boca abajo en la camilla colocándose una toalla tapando su voluminoso trasero, las tetas desparramadas sobre el papel protector, el rostro vuelto hacia la pared.
Deslicé las manos por su espalda, lentas, profundas, buscando el origen del dolor. Noté cómo exhaló, larga, lenta, casi como si hubiese estado conteniendo el aire desde que entró. Bajé por sus costados, bordeando sus curvas generosas, la piel caliente. Cyntia no era una mujer de escaparate: era de las que miras y te preguntas cómo será lo que no enseña. Su cuerpo tenía historia, carácter, memoria. No era perfecta, era real. Y eso la hacía peligrosa.
Cuando llegué al límite de la toalla que cubría apenas su cadera, murmuró:
—Quítala.
—¿Seguro?
—Si no quisiese que me tocaras, no habría venido.
La tela cayó. Ella quedó completamente desnuda, boca abajo, sin pudor, sin disculpas. Ese era uno de los motivos por los que me costaba tanto resistirme: Cyntia no jugaba a ser deseable. Simplemente lo era.
Seguí el masaje en silencio unos minutos. Su respiración se acompasó, entrecerró los ojos. Sus músculos se derretían bajo mis manos. El ambiente cambiaba. Caía en esa zona peligrosa donde un cuerpo deja de ser solo anatomía y se convierte en confesión.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Tocar sin intención. Sé cuando un hombre me toca de verdad. Y cuando se contiene.
Bajé aún más las manos. Ella separó apenas las piernas, lenta, insinuante, como quien abre una puerta sin hacer ruido.
—Cyntia…
—Calla. Si piensas, perdemos.
Se giró un poco, lo suficiente para mirarme. Tenía esa expresión suya, cínica y tierna a la vez, como si llevara una guerra secreta bajo la piel. Su boca era demasiado honesta para su propio bien.
—Solo boca y culo. Era la regla.
—Lo sé… ¿Sigues casada esta semana?
—Más casada que nunca. Pero tranquilo, mi marido está en Oporto.
—Fascinante logística sentimental.
—Sí, soy pura eficiencia emocional.
Mi dedo rozó su ano despacio. Estaba muy tenso, como siempre al principio. Sentí su leve estremecimiento, el inicio de esa rendición voluntaria que me daba más poder que cualquier otra cosa. No hubo protestas.
Iba a seguir.
Pero entonces Cyntia hizo algo que no esperaba: se impulsó hacia adelante, dejó medio cuerpo fuera de la camilla y quedó con la boca exactamente a la altura de mi pelvis. Boca abajo, giró apenas el cuello y me miró de lado con media sonrisa torcida.
—Bájate los pantalones. Hoy empiezo yo.
Me acerqué a su rostro. Cyntia se giró lo justo para recibirlo con la boca. Aquello tenía algo salvaje y algo íntimo al mismo tiempo. Abrió los labios con una mezcla de impaciencia y placer anticipado, y cuando me rozó por primera vez, soltó un gemido ronco que me atravesó.
—Mírame.
Alzó los ojos, obediente, sin soltarme. Abrió la boca y me recibió con un murmullo agradecido, y yo me eststremecí cuando sentí cómo me buscaba con la lengua, despacio, casi con piedad. Metódica, experta, hambrienta. No era obscena. No era vulgar. Era algo mucho peor. Real. Un deseo adulto, oscuro, de los que no entienden de moral ni de promesas ni de matrimonios. Me estaba devorando sin prisa mientras yo le sujetaba la nuca con una mano, mirando cómo su espalda brillaba bajo la luz blanca de la sala.
—Eso es…
Sonrió con la boca ocupada. Una sonrisa que sentí, más que vi. Una sonrisa que decía: “yo marco el ritmo, no tú”.
Y entonces lo entendí: esta guerra era a muerte. Y teníamos toda la tarde
*
Jugaba con la lengua, con la presión, alternando mordiscos suaves y aspiraciones largas, mientras su trasero temblaba apenas bajo mis caricias
—¿Te gusta? —murmuró entre jadeos, tomando aire.
—Joder que sí..
Cada caricia, cada tirón, cada empuje de lengua me acercaba al límite. Su boca se apretaba alrededor de mi polla, alternando movimientos pausados y rápidos, estimulando cada centímetro de mi miembro. Mordisqueaba el borde de mi glande antes de recorrerlo con la lengua. Succionaba y giraba la cabeza con precisión, combinando presión y suavidad, mientras sus dedos se aferraban a mis muslos. Cada vaivén de su boca me enviaba un escalofrío por la columna.
—Joder. Así… así…
La escuchaba respirar con dificultad, y sus ojos brillaban mientras me miraba desde abajo, mostrando orgullo y complicidad. Sentía cada temblor de su cuerpo, cada pequeño movimiento de sus caderas, como un guiño a la entrega que me estaba ofreciendo.
—Ah… Dios… —jadeé, sintiendo cómo el orgasmo me subía desde los huevos omo un tsunami— Cyntia… no puedo…
—¡Mmmm!!
Y entonces llegó. Brutal, abundante, interminable. Me derramé en su boca, sintiendo cómo cada espasmo explotaba dentro de mí, mientras ella lo recibía con una mezcla de sorpresa, excitación y complicidad. Sus ojos se abrieron un instante, mirándome, y luego una sonrisa cómplice se dibujó en su rostro, mientras tragaba con calma, disfrutando del poder y del morbo del momento.
—Joder… Vaya… boquita de puta…
Ella se recostó, satisfecha, con la respiración agitada y la mirada brillante de quien ha ganado otra batalla: regla intacta, narrador explotado, y todo el morbo comprimido en un instante interminable.
-El día que decida provocarte de verdad vas a desear que no exista regla alguna, chaval...
Continúa en
- Relato #242215— title-regex: contiguous parts (2 -> 3)
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