Xtories

La vecina del quinto (Cap. 6)

Pablo creyó controlar el juego. Pero cuando Antonio le cuenta lo que realmente pasó en las escaleras, la línea entre la venganza y la traición se desdibuja. Ahora, la única forma de recuperar el control es demostrándole a Elena quién manda de verdad.

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NOTA DEL AUTOR:

Este es otro relato de cornudos consentidos.

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CAPÍTULO 6

PABLO

Después de oír a Antonio relatar lo sucedido hace unas noches en el rellano, siento que mi mundo se está derrumbando como un castillo de naipes.

Yo mismo le propuse a Elena que jugara con ese viejo cerdo, que lo calentara un poco en las escaleras, rozándolo, dejándolo que le dijera suciedades, pero nada más.

Sé que es una mala idea, sé que no deberíamos jugar a este juego pero me excita sobremanera. Era solo para vengarnos, para que el viejo cabrón se jodiera y se tuviera que regresar a casa con la polla dura sin poder liberarse.

Me excita la idea, joder; esta semana hemos follado más que nunca. También a ella le excita pero lo que me ha soltado Antonio es una bomba.

¿Hasta que punto puedo fiarme de su relato?

¿Llegaron a follar sin mí consentimiento?

Estoy furioso y mi sangre hierve, pero mi polla se endurece al instante con las revelaciones de Antonio. Me los imagino escondidos... manoseándose, desnudándose uno al otro y follando desesperadamente. ¡Joder! ¿me lo imagino peor de lo que realmente fue?

Veo a Elena presionada contra la pared, su vestido subido hasta la cintura, las bragas en los tobillos y Carlos metiéndole la polla gruesa en el coño de un empujón, embistiéndola salvajemente mientras ella grita de placer. "Oh, Carlos, tu polla es enorme. Pablo nunca me llena así", la oigo gemir en mi mente, sus tetas grandes rebotando con cada empujón y sus jugos chorreando por sus muslos.

¡plof! ¡plof! ¡plof! ¡plof!

Los golpes de polla resuenan por la escalera.

Carlos azota el culo de Elena dejándole las nalgas enrojecidas.

¡PLAF! ¡PLAF! ¡PLAF!

—¡Ahhhhhhh! — jadea Elena mientras se corre squirteando sobre las baldosas del rellano y dejándolas perdidas.

Y Carlos se ríe, azotando su culo rojo y diciéndole "¿se lo contarás a tu cornudo?, ¡toma mi leche!". Luego me imagino que se la folla por el culo, abriendo su ano virgen hasta que llora de dolor y placer, eyaculando dentro mientras ella gime "¡Sí!, Carlos, fóllame más fuerte".

Estoy devastado, quiero matar al viejo, pero mi polla palpita en los pantalones y me corro sin apenas tocarme, solo con pensarlo. ¿Por qué me excita tanto? Soy un cornudo de manual, joder.

—Joder... gracias por decírmelo. Hablaré con ella — fue lo único que atiné a responderle a Antonio.

¿Como confesarle que yo lo había provocado con mis juegos insanos?

Y entonces vi en su cara compungida una sincera solidaridad de macho engañado y lástima; pero el brillo de sus ojos le delataba, se estaba riendo de mí y se estaba excitado mientras me lo contaba. “¡Maldito cabrón, hijo de la gran puta!”

—No hay de qué, Pablo. Tu mujer es una diosa, pero ese viejo... cuídate, amigo —responde con una risa disimulada, subiendo las escaleras.

¿Amigo? ¿O quiso decir cornudo? La palabra me golpea como un puñetazo, pero mi polla se endurece más. Subo a casa, mi mente reproduciendo la escena amplificada: Elena de rodillas chupando la polla de Carlos, atragantándose con su grosor mientras él le dice "tu marido es un picha floja, puta, traga mi semen".

Llego al apartamento, temblando de rabia y deseo. Elena no está; debe estar en el gimnasio o con sus amigas, pero cuando vuelva la confrontaré.

Me siento en el sofá a esperarla, con mi mano me agarro la polla y empiezo a masturbarme poco a poco mientras imagino lo peor. Carlos corriéndose en su cara, su semen chorreando por sus tetas mientras ella lame y gimiendo dice: "Pablo no me hace esto".

Eyaculo rápido manchándome la mano de semen pero mi excitación no se reduce y continuo con la polla dura.

Elena llega una hora después, su vestido ajustado marcando sus curvas, su cara sonrojada como si viniera de una cita. La miro con furia, mi polla está dura otra vez a pesar del enojo.

—Elena, ¿dónde coño estabas? —gruñí, levantándome del sofá, con un tono de voz más seco de lo que pretendía.

Ella parpadea, sorprendida, dejando su bolso en la mesa.

—En el gimnasio, amor. ¿Qué pasa? Pareces disgustado.

Me acerco, agarrándola por el brazo fuerte, con autoridad.

—Antonio me lo contó todo. Te vio hace unas noches con Carlos en el rellano. Besándote, manoseándote como una puta. Dijo que te metió la mano en el coño, que te corriste confesando que mi polla no te llena. ¿Lo follaste, Elena? ¿Te metió su polla en el coño mientras yo preparaba la cena como un idiota?

Elena palidece y perladas lágrimas brotan de sus ojos.

—¡Pablo, no! ¡Por Dios, no!... no fue así. No follamos, lo juro. Solo... jugué un poco con él, como tú me pediste. Para calentarlo y rechazarlo. Que se jodiera.

La sacudo ligeramente, mi polla dura presiona contra mi pantalón.

—¡Mientes! Antonio dijo que gemías, que decías que su polla es enorme, que yo soy un cornudo picha floja. ¿Te corriste con sus dedos en el coño? ¿Lo besaste con lengua, como una puta?

Elena se echó a llorar con sus húmedas lágrimas resbalando por sus mejillas. Su pecho se agitaba inconteniblemente.

—Sí... me besó, me manoseó las tetas, metió la mano bajo mi vestido y frotó mi coño. Me corrí, Pablo, lo admito. Pero fue solo eso, para calentarlo. Como tú dijiste: "juega con él, rózalo, déjalo cachondo y recházalo". Al final lo rechacé, tal como tú me pedías y le dije basta. No me folló, no me metió su polla. Te soy fiel, te amo. Por favor, créeme.

Estoy muy disgustado, pero la excitación me quema. Imaginándomela corriéndose con sus dedos dentro de su coño, gimiendo promesas sucias... mi polla palpita.

—¡Puta! ¿Y la próxima vez? ¿Te follará el coño y el culo mientras yo soy el cornudo de la casa?

Elena solloza y se deja caer sobre las rodillas agarrando mis muslos con sus manos.

—No, Pablo... solo para ti. Me excita contártelo y follar contigo después. Por favor, no me dejes. Fóllame ahora, demuéstrame que eres mejor.

La levanto, besándola con furia y con mi mano acaricio su coño mojado.

—Cuéntamelo todo, puta. ¿Su polla era grande? ¿Te mojaste pensando en ella?

Ella gime en mi boca.

—Sí... era gruesa, dura y larga. Muy larga. Me mojé, pero te amo. Fóllame, Pablo.

La follé allí mismo, apoyada sobre la mesa del comedor, embistiendo su coño con saña, imaginando que era Carlos el que le clavaba su polla.

Estoy tan excitado que no me puedo contener y eyaculo rápido, pero ella se corre junto a mí, gritando y jadeando.

—¡Ahhhhhh!!!! Sií… que bien me follas— dijo aunque percibí una ligera falta de sinceridad.