El Invitado - Primera Parte
Laura siempre participaba por amor, no por deseo. Pero cuando Roberto llega a su vida, la rutina se quiebra y el deseo despierta con una fuerza que no puede ignorar. Andrés lo ve todo, pero en lugar de detenerla, decide no mirar away.
Laura y Andrés llevaban dos años juntos cuando decidieron dar el paso. Se mudaron a un pequeño departamento en una de las mejores zonas de la capital: un solo ambiente, un baño diminuto, una biblioteca a media altura que apenas dividía la cama del resto del espacio. Vivían juntos, compartían el café de las mañanas, las risas a medianoche y una intimidad estable, cómoda. Nada desbordado. Se querían con sinceridad, sin dramatismos. Hacían el amor al menos una vez por semana, aunque Laura rara vez tomaba la iniciativa. Participaba por amor, no por deseo. Y Andrés lo aceptaba, aunque a veces lo inquietara en silencio.
Se habían conocido en la universidad, ambos en Mercadeo. Él tenía 27; ella, 25. Andrés había tenido cuatro parejas antes —dos formales, dos fugaces—. Laura, apenas dos novios. Gente tranquila. Cuerpos acostumbrados.
Un pedazo importante del pasado de Andrés estaba en Venezuela. Allá vivió un tiempo, y entre los amigos que hizo, uno se destacó por su calidez y su lealtad: Roberto. Cuando la situación política se volvió insostenible, Andrés comenzó a planear su rescate. Le consiguió un puesto en la empresa donde trabajaba junto a su novia. No era mucho dinero, pero alcanzaba para empezar. Cuando Roberto aceptó, Andrés y Laura acordaron recibirlo por unas semanas. Solo unas semanas. Dormiría en su sleeping bag, en la sala, mientras encontraba dónde quedarse.
Roberto llegó un domingo por la mañana con su acento cálido y una sonrisa que parecía haber resistido todos los embates del viaje. Alto, de rasgos definidos y mirada serena, contrastaba notablemente con Andrés, más reservado, más analítico, con esa manera de estar en el mundo como quien siempre calcula, mide, evalúa. Roberto, en cambio, parecía moverse con la naturalidad de quien se siente bienvenido en cualquier parte.
Laura lo recibió con una cortesía amable, sin entusiasmo forzado. Le ofreció café, le mostró el apartamento, y brevemente le explicó el sistema interno de la oficina. Al día siguiente empezaba. No había tiempo que perder. Él escuchaba con atención, asentía con una sonrisa que no parecía automática. Algo en su actitud —o quizá en el ritmo de su voz— hizo que desde los primeros minutos la conversación fluyera con una facilidad inusual. Laura se sorprendió riendo pronto. No por algo particularmente gracioso, sino por el tono compartido de las bromas, por ese juego de guiños que a veces se da entre desconocidos que parecen haberse conocido en otra vida.
Rápidamente encontraron afinidades: observaciones sobre la ciudad, su tráfico, su arquitectura rota y encantadora, los nombres de los barrios, la manera en que la gente se saludaba, el café, los almuerzos ejecutivos, la lluvia inesperada en las tardes.
Al día siguiente, lunes, Roberto llegó temprano. Para muchos habría sido su primer día “real” de trabajo, pero para él parecía ya una continuación natural. Ese era el objetivo, lo había dicho claramente: adaptarse rápido, aportar, no quedarse en la orilla. Y lo cumplió.
Los primeros días fueron de presentaciones, reuniones introductorias y documentos compartidos en carpetas aún caóticas. Pero al tercer día ya estaba inmerso en sus tareas con sorprendente fluidez, y para el cuarto se movía por la oficina como si llevara meses allí. Su manera de trabajar era directa, sin dramatismos, pero con una energía que contagiaba. No tardó en ganarse el respeto de quienes inicialmente lo veían con escepticismo.
Llegó el viernes. Una semana larga, pesada, de entregas apresuradas, presentaciones extensas y juntas que parecían no terminar nunca. El tipo de semana que te deja sin palabras por la tarde, pero con sed de algo distinto. Afuera, el cielo tenía ese tono azul agrisado que anuncia el descanso: la temperatura perfecta para olvidar el Excel y recordar que existe el aire fresco.
Fue entonces cuando Laura, con ese tono entre sugerente y casual que le salía sin proponérselo, dijo:
—¿Y si vamos por una cerveza?
No era una invitación elaborada ni una trampa. Era apenas una puerta entreabierta. Andrés asintió con desgano, frotándose el cuello, como si ya se imaginara en casa, pero resignado a estirar la noche un poco más. Roberto, en cambio, celebró la idea con entusiasmo.
—¡Pensé que no lo iban a proponer nunca! —dijo, y su risa fue tan genuina que Laura no pudo evitar sonreír también.
Había algo en la forma en que Laura lo miraba, en cómo sus ojos se detenían un segundo más de lo necesario, que a Andrés no le pasó desapercibido. Tampoco era nuevo para él. Conocía a Laura desde hacía tiempo, sabía cuándo algo —o alguien— le parecía interesante. Pero en lugar de detenerse a pensarlo, decidió guardarlo en ese compartimiento mental donde van las intuiciones que uno prefiere no revisar todavía.
Salieron los tres juntos. El viento de la tarde les rozaba la piel con esa textura fresca que solo tienen los viernes. Caminaron sin apuro, buscando un lugar donde las conversaciones pudieran expandirse sin la presión del reloj. Eran apenas las seis, pero el cielo ya anunciaba noche.
La ciudad, como ellos, parecía estar dejando atrás la semana.
Fueron a un bar pequeño, de esos con madera oscura en las paredes y una barra larga de latón que reflejaba la luz tenue. Música de fondo —rock suave, algo setentero— y un par de mesas ocupadas por gente que también estaba aliviada de haber terminado la semana. Se sentaron los tres en la barra. Laura pidió una cerveza artesanal con notas de naranja. Roberto pidió lo mismo, sin dudar. Andrés fue por una más tradicional.
La conversación fluyó con una naturalidad que sorprendió incluso a Laura. Roberto tenía esa mezcla de humor seco e inteligencia observadora que la hacía reír con facilidad. Hablaban de todo y de nada: del acento bogotano, de los nombres extraños de los barrios, de lo difícil que era encontrar buen café fuera de Colombia.
—¿Cómo se llama el barrio donde estamos ahora? —preguntó Roberto.
—Teusaquillo —respondió Laura.
—¿Y eso qué quiere decir? ¿“Tierra de dioses” o algo así?
—“Tierra de trancones y empanadas” —soltó Laura, riéndose.
—¡Eso lo quiero tatuado! —dijo él.
Andrés sonrió. Miraba a Laura, que tenía la cabeza un poco inclinada hacia su amigo, los ojos brillantes. Se notaba cómoda. Demasiado. Pero no era celos lo que sentía; era más bien una sensación ambigua, como si estuviera viendo una película interesante sin saber aún si era drama o comedia romántica.
—La verdad —dijo Roberto, bajando un poco la voz mientras la música subía—, hace mucho no veía mujeres tan guapas. En Caracas la gente ya no tiene tiempo ni de arreglarse. Sobrevivir consume todo.
Laura giró el rostro hacia él, con una sonrisa franca.
—Pues aquí te va a costar concentrarte.
—Ya me está costando.
—¿Sí?
—Sí. Aunque contigo aquí… la vara está alta.
Laura bajó la mirada un segundo y se mordió el labio inferior, como si evaluara la frase. Andrés notó el gesto, pero no dijo nada. Fingía leer el menú de cervezas colgado en la pared.
—No pensé que Andrés se sacara la lotería contigo —añadió Roberto, levantando su vaso.
—¡Eh! —protestó Andrés con una sonrisa cansada, alzando el suyo—. Todavía estoy aquí, ¿eh?
Brindaron. La cerveza ayudó a que todo se hiciera más blando, más lento. Cuando se acercaba la medianoche, Laura se levantó para ir al baño y, al volver, ya no se sentó al costado de Andrés, sino en medio de ambos. No fue un gesto dramático, solo una elección de comodidad que terminó marcando un antes y un después.
—¿Y en Venezuela tenías novia? —preguntó Laura, mirándolo de lado.
—Hace años. Al final todo se volvió imposible.
—¿Y aquí? ¿Piensas buscar algo?
—No sé. Por ahora, estoy… aclimatándome.
—Bueno, cuando estés listo, te ayudamos a buscar.
—¿“Te ayudamos”? —intervino Andrés, divertido.
—Claro —respondió Laura, como si fuera la idea más obvia del mundo—. Yo tengo buen ojo.
Roberto rió, pero sus ojos permanecieron en los de ella por un instante que se alargó. Fue apenas un segundo. Pero dentro de ese segundo cabían muchas cosas: la posibilidad, el juego, la tensión que se construye sin que nadie la nombre.
Roberto rió, pero sus ojos se quedaron un segundo de más en los de ella. Un segundo que decía más de lo que parecía.
Salieron del bar después de la una. Hacía frío. Caminaban lento. Andrés iba adelante. Laura y Roberto, un paso detrás.
—Gracias por traerme aquí —dijo Roberto.
—Me alegra que estés —respondió Laura.
En el apartamento, Andrés fue directo al sofá. Laura puso música suave y sacó más cervezas. Roberto ayudó. Laura no se sentó. Se quedó de pie, moviéndose al ritmo.
—¿Tú bailas? —le preguntó.
—Para nada.
—¿Seguro?
—Tal vez un poco.
Ella le tomó la mano.
—Vamos. Andrés nunca quiere. Al menos tú hazme el favor.
Bailaron. Torpes al principio, luego con soltura. Ella reía. Él la miraba. A cada canción, las distancias se acortaban. Andrés, desde el sofá, los observaba en silencio.
Un roce. Un giro. La mano de Laura bajando por la espalda de Roberto. Él no se apartó. Ella tampoco. Lo miró. Luego a Andrés. Él no dijo nada. Cerró los ojos un momento.
Y entonces pasó.
Un beso fugaz rompió el aire.
—Perdón —dijo Laura.
—Fue la cerveza —agregó Roberto.
Andrés sonrió con los labios apenas curvados.
—Tranquilos. Es normal.
Roberto se echó hacia atrás, pero Andrés lo contuvo con una pregunta:
—¿Hace cuánto no estás con alguien?
—Casi un año —dijo él, bajando la voz.
Laura le pasó el brazo por los hombros.
—Pobre.
—Soy un buen anfitrión —añadió Andrés—. Y estamos entre amigos…
Laura lo entendió sin más. Lo besó de nuevo. Esta vez más lento. Roberto correspondió con cautela, pero también con hambre. El cuerpo hablaba. La música sonaba de fondo. Andrés empezaba a cabecear por el alcohol, pero no apartaba la mirada. Cuando Laura acarició el bulto bajo el pantalón de Roberto, la excitación se volvió eléctrica. A Andrés lo sorprendió una emoción nueva. No era celos. Era otra cosa.
Para cuando ella desabrochó el pantalón, Andrés, vencido por las cervezas y el cansancio, dormía en el sofá, a escasos pasos. Roberto, perplejo, dejó que las cosas sucedieran. Laura se arrodilló ante él, lo miró un segundo y tomó su miembro entre las manos. Era una erección firme, pesada, que se le impuso en la boca como un secreto imposible de negar.
Lo chupó como nunca antes. Cada movimiento suyo era preciso, voraz. Sentía las venas latir, la piel tensa, el sabor del deseo. La boca se le llenaba y se vaciaba al ritmo de la música. Roberto no sabía si agradecer o detenerla. La tomó por el cabello y comenzó a moverse dentro de ella, primero con suavidad, luego con decisión. Laura no se resistía. Lo recibía con entrega total.
Sabía lo que vendría. Con Andrés, siempre que sentía que iba a eyacular, se apartaba y le dejaba terminar sobre su pecho o su vientre. Jugaban con el momento, se reían. Pero esta vez, no. Esta vez, quería tragárselo todo.
Y lo hizo. Con los ojos cerrados, recibió los chorros espesos de semen caliente como si le ofrecieran un antídoto contra el tedio. Lo bebió entero. Cuando terminó, la música también se detuvo. Silencio y aliento. Laura, de rodillas, mantenía la verga aún en su boca, sacando las últimas gotas como quien apura un vino caro. Roberto jadeaba. Andrés dormía.
Y, por un instante, todo estuvo en su lugar.
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