El examen
Ella te mira con frialdad en el bar, pero en su portal susurra una invitación que cambia todo. Subís a su piso y ella se desnuda ante ti, pero no para que la tomes: es ella quien te ordena arrodillarte, abrirte y obedecer. ¿Podrás soportar ser usado como instrumento de su placer sin recibir nada a cambio?
EL EXAMEN
Lo único bueno era que llovía y eso nos obligaba a ir casi pegados bajo mi paraguas. Caminábamos lentamente uno al lado del otro, de una forma casi automática y distante, ella mirándome de reojo de vez en cuando, con esa mirada de no mirar tan suya, y yo con los ojos fijos en el suelo unos metros más allá de nuestros pasos, intentando superar la decepción que me había causado aquella cita tan esperada. Después de semanas de insistir en salir a tomar algo los dos juntos a solas, dejar de una vez aquel flirteo inútil que nos llevábamos y pasar a algo más serio, al fin había accedido. Pero todo se redujo un par de cervezas calientes en la barra de un bar alejado del centro, donde me había pedido quedar, yo hablando por los codos, intentando sortear el muro de inseguridad que sentía entre nosotros, y ella mirándome sin mirarme, sonriendo, a veces, mientras sus ojos se perdían en alguna botella detrás de la barra.
Rosa me gustaba. Me gustaba mucho. Puede que estuviese enamorado de ella, no lo sé porque creo que nunca me he enamorado realmente. Pero de lo que sí estoy seguro es del deseo que suscitaba en mi su figura, su cuerpo pequeño y delgado con unos pechos que se adivinaban generosos y una cintura de avispa que parecía poderse quebrar con un simple abrazo. Más de una vez, mientras hablábamos tomando una cerveza en el bar de Gusi, había quedado perdido en su mirada de ojos glaucos cómo hipnotizado, sonriendo como un bobo ante su cara de expresión indiferente a la pasión que provocaba en mi. Yo creo que le gustaba, o eso quería creer. Alguna vez la había sorprendido mirándome fijamente cuando yo estaba de espaldas a ella, reflejada en el espejo de la pared del bar, con una expresión mucho más dulce de la que tenía en el cara a cara. Si no fuese así, no habría aguantado mis bromas, mi insistencia, ni habría dado pie a esos momentos en los que, sosteniendo nuestras miradas durante un instante eterno, nos habíamos dicho más cosas que podíamos habernos contado en cinco mil palabras. Yo adivinaba que el hecho de estar recién divorciada le hacía ser muy reticente a mis intentos de acercarme a ella y que, puede que de forma inconsciente, ese juego adolescente le provocaba tanta excitación como a mí la idea de tenerla entre mis brazos.
Pero la cita había sido un fracaso a todas luces. Ni una mirada amable, sonrisas frías y asentimientos vagos a lo que yo decía, sin una sola muestra de algo más que pura cortesía.
Llegamos a su portal cuando la lluvia arreciaba, como queriendo limpiar los recuerdos de las ultimas dos horas. Me costó mucho balbucear un "hasta mañana, ya nos veremos", y ella me dijo "claro", mientras me daba la espalda y sacaba las llaves de su bolso. Abrió la puerta y entró. Yo casi me había dado la vuelta cuando le escuché susurrar "¿quieres subir a comérmelo un rato?".
Tardé en reaccionar, lo reconozco. Dudé entre estar sufriendo una alucinación pasajera, una confusión debida al repiqueteo de la lluvia contra el paraguas o, simplemente, escuchar lo que quería oír. Cuando me lancé hacia la puerta ya se había cerrado y golpeé desesperadamente contra el cristal intentando llamar su atención. Vi que ella se detenía, se daba la vuelta y regresaba con una expresión de fastidio y de " no hay nada que hacer con éste payaso". Me abrió la puerta y se volvió rápidamente hacia el fondo del portal, mientras yo luchaba por mantenerla abierta y cerrar el maldito paraguas, que había escogido aquel oportuno momento para atascarse. Cuando logré cerrarlo y correr tras de ella, ya se había metido en el ascensor y me esperaba con cara de fastidio mal disimulado. Pulsó el botón del tercero y, mientras subíamos, quise abrazarla y besarla, pero me rechazó, quitándome las manos de su cintura y un seco “aquí no”, que detuvo mis intenciones de inmediato. Cuando entramos en su piso me cogió de la mano y me condujo directamente al salón, sin encender las luces ni decir una sola palabra. “Espera aquí”, me dijo, “ponte cómodo, ¿quieres tomar algo?, ¿cerveza, un whisky?”. Sin esperar mi respuesta sacó un vaso ancho de un aparador que ocupaba la mayor parte de una de las paredes y salió de la habitación. La escuché trastear y volvió al momento con un bol lleno de cubitos de hielo que colocó sobre la mesita de centro delante de un gran sofá que dominaba todo el espacio. “Siéntate”, me ordenó, mientras servía whisky de una botella que sacó de un mueble bar integrado en el aparador. “Ahora vengo”, y salió del salón dejándome a solas con mi confusión y mis pensamientos.
Me acerqué a la ventana que daba a la calle y miré hacia afuera. La lluvia seguía cayendo, ahora suavemente, y la calle se veía desierta mientras oscurecía. Me dediqué a curiosear las fotos enmarcadas que se repartían por el aparador, una estantería alta a un lado y la mesita de centro. Fotos de familia, como en casi todas las casas, un señor con uniforme militar que debía ser su padre de joven, el mismo señor mucho mas mayor, al volante de un coche, una señora que debía ser su madre, los dos juntos el día de su boda, grupos familiares, una niña de unos tres años en la que reconocí a su hija Vero y una foto algo antigua en la que aparecía Rosa vestida de primera comunión. En lo alto de la estantería me llamó la atención un marco con el cristal roto que contenía un retrato partido al medio de Alberto, su ex. Me guardé la intención de preguntarle algún día por aquello. Luego me senté en el sofá y bebí un par de sorbos de whisky, sin dejar de darle vueltas a la cabeza y, preguntándome donde terminaría todo aquello, me dispuse a esperar.
Veinte minutos después apareció por la puerta envuelta en un albornoz blanco que le quedaba enorme y le cubría casi hasta los pies desnudos. Su pelo mojado le caía por la cara y se lo apartó con un movimiento brusco de la cabeza. “Siento haber tardado”, se disculpó sin mucha intención de dar explicaciones, “pero te dije que te pusieses cómodo, ¿que haces así todavía?”, me riño con una sonrisa en los labios. Se acercó a la mesita, cogió el vaso de whisky, apuró de un trago lo que quedaba y se agachó frente a mi empezando a desabrocharme la camisa y los pantalones. Luego dejó que yo me fuese desvistiendo y se levantó, dejando que el albornoz cayese al suelo mostrando su cuerpo desnudo y aún húmedo de la ducha. Olía a fresco, un ligero aroma de perfume con toques de limón que reconocí como el que se ponía habitualmente y con el que tantas noches había soñado. “No te los quites, así está bien”, me dijo cuando yo me disponía a quitarme los pequeños slips que llevaba y que apenas ocultaban mi ya hinchada y excitada polla. Se sentó en el sofá a mi lado, echando su cuerpo hacia atrás y puso los pies sobre el asiento, separando las rodillas y mostrando su monte de Venus, un coñito pequeño y cerrado como una pequeña grieta marcada en un pubis totalmente depilado. La ligera rojez en la piel explicaba su tardanza en volver de la ducha, y aquella visión avivó aún mas mi deseo. “Vamos a ver si usas la lengua en esto tan bien como lo haces cuando hablas, ¡venga!, que no tenemos toda la tarde”, exclamó impaciente mientras se abría la vulva con los dedos y me invitaba a saborear aquel botoncito rosado que aparecía entre sus labios como un minúsculo pene que quisiera abrirse paso en busca de caricias.
Me arrodillé frente a ella y besé aquella flor abierta ante mi. Escuché un ligero suspiro y noté como acomodaba sus caderas y abría aún más sus piernas para facilitarme llegar a lo más hondo. Comencé a besar sus muslos, a lamerlos lentamente dirigiendo mi lengua hacia el centro de su pelvis y rodeándola en un movimiento circular lento y sostenido que le provocó otro suspiro placentero seguido de un escalofrío en su cuerpo desnudo. Chupé mi dedo corazón y, cubierto de saliva, busqué el agujero de su culito, masajeándolo mientras iba ejerciendo presión, introduciéndoselo poco a poco, intentando no hacerle daño a la vez que con el pulgar acariciaba su clítoris en movimientos rápidos y circulares. Rosa respiraba cada vez más fuerte, volvió a acomodarse un poco, con las piernas cada vez más abiertas y la espalda ya totalmente recostada en el asiento del sofá, acariándose los pechos suavemente, los ojos cerrados y los labios entreabiertos.
Mi dedo explorador ya estaba casi entero dentro de su culo. Lo moví lentamente acariciando aquella interioridad caliente y suave, presionando suavemente para acabar de introducirlo entero y ella apretó sus nalgas contra mi mano, queriendo ayudar en aquella tarea, hasta que quedó completamente dentro, dueño y señor de un ano cada vez mas dilatado. Lo saque bruscamente y un gritito de sorpresa brotó de su garganta seguido de una especie de ronroneo. Volví a presionar, ahora con dos dedos, penetrándola cada vez mas fuerte y rápido, juntando y separando levemente mis dedos, buscando ensanchar cada vez mas aquel túnel ansioso de ser llenado y poseído. Cuando conseguí meterlos hasta el fondo tire de ella hacia mi y, acercando mi boca a su coño, empecé a meterle mi lengua en su vagina, de golpe, todo lo hondo que pude, apretando mi cara contra su pubis mientras buscaba ansiosamente su clítoris. Rosa me agarró del pelo con una mano y tiró de él, empujando mi cabeza contra ella “así, así, mas fuerte, venga”, susurró entre jadeos. Seguí moviendo mi lengua dentro de su coñito ahora mas húmedo, mas delicioso y caliente, intentando llegar con su punta hasta el fondo mientras acariciaba su clítoris con lametones cada vez mas fuertes, mas rápidos, y agitaba los dedos dentro de su culo. Con mi mano libre busqué sus pechos, acariciándoselos primero y amasándolos después como si fuesen hechos de masa de pan, pellizcando sus pezones, queriendo abarcarlos enteros con mi mano en un apretón salvaje.
Me aparté de ella un momento para tomar aire y saqué los dedos de su culo despacito, acariciando su interior suavemente. Se acomodó de nuevo en el asiento, ya totalmente estirada en él, ofreciéndome los dos orificios totalmente dispuestos a ser penetrados una y otra vez. Masajeé suavemente su ano y volví a introducir mis dedos en el, ahora eran tres los exploradores.
Sentía como iba subiendo su excitación a medida que mis dedos entraban y salían con más fuerza de su cuerpo, y mi lengua buscaba, acariciando incansablemente, las profundidades de su coño. Se extremecía en escalofríos cada vez más intensos y seguidos, mientras pequeños gemidos y profundos jadeos entrecortaban una respiración acelerada."Sigue, sigue, no pares ahora" exclamó entre dos suspiros. Me dediqué por completo a su clítoris, presionando con la lengua en movimientos circulares, a la vez que metía y sacaba dos dedos en su vagina buscando el contacto con los que campaban dueños de su culo. Un temblor y un aullido reprimido, seguido del abandono total de su cuerpo sobre el sofá me dio a entender que había llegado a un clímax completo, un orgasmo prolongado en susurros y gemidos de placer. Una humedad viscosa invadía su vagina cuando aparte la cara de ella y la vi frente a mi, con las piernas totalmente abiertas, los brazos en cruz, los ojos cerrados y la boca entreabierta con un hilillo de saliva escurriendo por las comisuras de los labios. Al cabo de un par de minutos abrió los ojos y me miró sin verme, limpiándose la boca con la mano mientras se sentaba. Mi polla estaba a punto de romper la delgada tela que la ocultaba, así que la libere de su prisión con un "uff" de alivio. Sabía que un intento de penetrarla sería inútil, así que empecé a masturbarme para calmar mi calentura. " No seas guarro, me vas a manchar el sofá", me advirtió a la vez que propinaba un manotazo que alcanzó de lleno mis testículos arrancándome un gemido de dolor. " Bruta", exclamé sorprendido y dolorido. Me sonrió con ternura y volvió a soltarme otra en el mismo sitio. " Se que te ha gustado", afirmó rotunda mientras se recostaba, ajena a mi cara de sorpresa.
Y así nos quedamos un rato, sentados juntos en el sofá, sin rozarnos, mientras ella recuperaba el resuello y veía como mi polla iba recobrando su tamaño habitual, cosa que parecía hacerle mucha gracia. " Tienes que marcharte, espero visita", me soltó bruscamente en un tono inapelable, "es Vero que viene a cenar conmigo", aclaró al ver mi cara de enfado contenido. Se levantó y recogió el albornoz del suelo, echándoselo por los hombros mientras salía en dirección al baño. Me vestí y esperé de pie en el pasillo. Tardó cinco minutos en aparecer. Aún llevaba el albornoz puesto, pero un ligero camisón asomaba entre sus pliegues y se había peinado y refrescado la cara. Me condujo a la puerta del piso, que abrió después de mirar por la mirilla al rellano. Un par de besos y un "adiós ", en voz baja, sirvieron de despedida antes de cerrar suavemente la puerta a mis espaldas. Bajé por las escaleras medio aturdido, sin otra cosa en mi cabeza que el roce de esa boca que no había besado y con el gusto salado de su coño aún en mis labios. Llegué al portal y el aguacero en la calle me hizo recordar que algo me había dejado en su casa. Volví a subir, está vez en el ascensor y, antes de poder tocar el timbre, la puerta se abrió y allí estaba ella, sin el albornoz y con mi paraguas en la mano, mirándome con una sonrisa pícara y traviesa. " Toma, en realidad lo había guardado para que volvieses a subir. Ven aquí*, dijo tirando de mi brazo para acercarme a ella. Cerro la puerta, me abrazó y me ofreció su boca. Juntamos nuestros labios en un beso profundo, lento y dulce, tal y como había soñado cientos de veces que sería un beso entre nosotros. Degusté el dulce tacto de su lengua al enredarse con la mía mientras apretaba su cuerpo contra mi pecho como queriendo meterlo en mi corazón. Solo duró unos instantes. Me separó con una suave presión de sus brazos. " Ahora sí puedes irte. Nos vemos mañana y hablamos", me dijo al oído, dando definitivamente por terminada la visita. Volví a bajar las escaleras, pero ahora saltándolas de tres en tres, con campanas de gloria llenando mi cabeza de sones celestiales.
Caminé hacia mi casa bajo la lluvia, ni siquiera me acordé de abrir el paraguas, recordando cada uno de los instantes de los escasos tres cuartos de hora que había vivido como un torbellino y que me habían dejado exhausto, un tanto decepcionado y, para rematar, con un dolor de huevos más que notable. Abrí la puerta de mi casa para volver a enfrentarme a la soledad habitual y, solo entonces, fui consciente de la mojadura que llevaba encima. Mientras me desvestía y me ponía un pijama seco intenté consolarme con la idea de que, casi con seguridad, había aprobado el examen.
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