El encuentro - 04
La terraza es el escenario de sus confesiones y sus cuerpos. Cuando la lluvia cae, la barrera entre la intimidad y el espectáculo se disuelve, y lo que empieza como un juego de papeles se convierte en una exhibición de deseo que ninguno de los seis podrá olvidar.
Pasamos todo el resto de la tarde en aquella playa, tostándonos y yendo al agua según lo pedía el calor, hasta que nos cansamos y decidimos recoger las cosas, volver al hotel y arreglarnos para salir a cenar a un sitio que vimos al pasar y que parecía bien, incluso elegante.
Ya se había convertido en una costumbre el estar en la habitación sin nada de ropa, y ellos también lo hacían, con lo cual imagino que el espectáculo para los vecinos que quisieran mirar a parejas como dios les trajo al mundo tenían con nosotros una gran oportunidad, aunque la verdad es que los de los apartamentos contiguos apenas tenían vistas del interior de las habitaciones, solo los dos de enfrente y eso si salías al exterior, a la terraza, solo defendida por unos paneles de cristal.
Lo de aquella noche fue un ejemplo de esa normalidad que habíamos institucionalizado, era como lo normal desde que habíamos intimado y estado juntos en las playas, desnudos y sin ningún tipo de vergüenza. Esta vez parece que nos pusimos de acuerdo en que ellos se duchasen primero, puesto que nosotras nos alargábamos bastante más y les teníamos esperando sin poder asearse demasiado tiempo.
No sé a cuál de los dos se le ocurrió mencionarlo cuando regresábamos en el coche, pero lo cierto es que tenían razón, a mi no me gustaba que me apremiasen mientras me arreglaba ni que me interrumpiesen, ni entrasen al baño cada dos segundos, que según pude comprobar no era solo costumbre de mi marido, si no que parecía ser de todos los hombres y la verdad es que eran mucho mas rápidos que nosotras: podíamos ir guardando las cosas de playa, preparando la ropa para ponernos para salir, y ellos ya salían del baño casi listos.
El caso es que nosotras dos nos desnudamos, Clara ya lo hacía también sin ocultarse ni cerrar las cortinas, y ellos salieron al balcón a mirar cada uno a la pareja del otro, mientras comentaban sus cosas, y se decían cosas picantes de nosotras que estando dentro y concentradas en lo nuestro, no nos enterábamos de que iban sus diálogos, excepto que de vez en cuando volvían la cabeza y reían, o se quedaban un poco mirando a ver qué era lo que había observado el otro en su habitación, o más bien en su mujer.
Me acababa de poner el sujetador, cuando Jorge me dice…
- ese conjunto no te va
- como que no me va? De donde sacas tu eso?
- no sé, me lo acaba de decir Armand
- él qué sabrá…
El caso es que me miré en el espejo a ver y me parecía bien, deportivo, cómodo y hasta era de marca. Entonces pensé que Armand tampoco entendía nada de esas cosas, pero sí tenía buen gusto, de eso no cabía duda, o a lo mejor quería que me pusiese algo mas… atrevido, mas erótico, y me quité todo, rebuscando en el cajón a ver qué era lo que seguro que sería del agrado de nuestro vecino.
Salí a la terraza con dos prendas de la mano y se las enseñé para que diera el visto bueno, cuando se asoma Clara ya en ropa interior también y me dice en voz bastante alta:
- No le hagas caso, para él la mejor ropa interior es trasparente o no llevar nada.
Mientras me ponía la ropa nueva que no le había dado tiempo a opinar sobre ella, se me ocurrió que tal vez los vecinos no nos viesen muy bien, pero desde luego, podrían pensar cualquier cosa de nuestras costumbres licenciosas y casi swinger. Apenas se les veía asomar, pero el hotel estaba casi lleno, era improbable que los apartamentos contiguos estuviesen vacios.
El lugar al que fuimos estaba muy bien, y además tenía música en vivo y en un lateral, una pista en la que se movían algunas parejas y no quise preguntar, pero seguro que también hacían celebraciones y eventos, porque había carteles anunciando cantantes y pinchadiscos que debían ser famosos, y que acudirían en temporada alta, que era donde allí se hacía negocio. Cenamos y bailamos después, aunque a Jorge no le gustaba mucho pero por no dejarme sola o hacer un feo a Clara, no le quedó más remedio que salir a la pista una vez con una, otra vez con otra.
Armand aprovechó para sobarme un poco más de lo políticamente correcto, pero sobre todo hablamos de cómo íbamos a preparar la excursión del día del festival, porque decía que no iba a ser muy adecuado quedarnos solos en el hotel, que ya mucha gente nos conocía y sabia quienes eran nuestras parejas, y no le gustaban luego los corrillos y las miradas en el comedor.
A mí nunca me ha importado eso, principalmente en gente que no conocía y que no iba a volver a ver nunca con toda probabilidad, pero entendía su punto de vista: Clara podía sentirse molesta si oía algo o imaginaba algo por las miradas chismosas, y era más fácil desaparecer de allí todo el día, calcular a qué hora regresarían y estar allí o en la playa esperándoles.
Regresamos al hotel algo achispados, menos Armand que se cuidaba con la bebida porque era el conductor de vuelta y nos dirigimos cada uno a su habitación, a reponer fuerzas para la salida de mañana.
Yo había aguantado estoicamente los toqueteos de Armand por debajo de la mesa mientras cenábamos y luego, mas pegaditos, con la música, sus manos no dejaron de repasarme bien el culo, hasta comprobar que bragas llevaba, si era el tanga que él mismo había elegido por el balcón cuando me estaba vistiendo, o había cambiado de idea, y por arriba no podía hacer nada, ya que el sujetador le impedía meter la mano donde él quería, a pesar de que me soltó algunos botones de la camisa, hecho que no paso inadvertido a Jorge, y me tuve que inventar que hacía mucho calor, lo cual era cierto en ese sitio cerrado y con tanta gente.
El caso es que todos estos manejos habían hecho efecto y fui todo el trayecto caliente, entré en la habitación excitada y ver la polla de Jorge en buen estado me incitó a no desperdiciar la ocasión y tratar de follármelo, cosa que seguro agradecería. Le gustaba verme dispuesta al sexo, ver mis ojos brillantes, y darse cuenta de que estaba pidiendo guerra, y yo creo que él había sido testigo aunque fuera a distancia, del magreo que me había dedicado Armand y eso también le ponía caliente.
Me arrojé sobre él en cuanto quedamos desnudos, apretándome y restregándome contra su cuerpo, la polla apuntando a mi culo y palpitando ansiosa por entrar y yo estaba muy húmeda y abierta, demasiado ansiosa, me tuvo que agarrar el culo para que no me moviera y así entrar de una vez. Y ahí comenzó un baile sobre su polla, yo dirigía la operación, subía, bajaba o paraba según mis sensaciones y por las reacciones de su cara que veía ligeramente iluminada por la mesita de noche.
Rendida y satisfecha al acabarla faena, seguí tumbada sobre él, los dos cuerpos pegados por el sudor y por un clavo hace poco ardiendo y que ahora se iba retrayendo despacio, mientras mi vista se dirigió hacia el balcón donde me pareció oír unos murmullos y casi me caigo de la cama del susto. No solo eran Armand y Clara quienes habían sido testigos de aquel fabuloso polvo, de mi cuerpo desnudo cabalgando sobre Jorge, de mis tetas subiendo y bajando cada vez que me la clavaba mas dentro, sino la pareja del apartamento de al lado suyo, con quien parece que estaban comentando la jugada.
No sabía si reír o mirar a otro lado de la vergüenza que me estaba dando saber que lo había hecho delante de otras personas, así que volví la cara hacia adentro y me quedé dormida sobre ese cuerpo amado y calentito que me mantenía pegado a él con sus brazos, pero aun tuve tiempo de oír unos aplausos quedos, en homenaje al espectáculo, o a los actores.
Nos despertamos pronto, aunque seguíamos en la cama porque el día amaneció gris y nuboso. El sol apenas lucía y el aire se notaba un poco más fresco. Armand ya se había levantado y estaba sentado en la terraza como solía hacer, con la tablet y haciendo sus deberes y Clara debía estar dormida aun porque todo estaba en silencio.
Cuando me senté en la cama con los ojos casi cerrados y el pelo revuelto, Armand levantó la cabeza y sonrió haciendo gestos de ok con la mano y yo me incliné ceremoniosamente como dando las gracias al respetable, yo le dije bajito, casi moviendo los labios solo: - que haces? Y él no contestó, solo alzó la tablet un poco apuntando hacia mí y le dio en la pantalla, en un gesto como de estar grabando o haciendo fotos. – Espera – le dije yo, y me acosté otra vez, hice una seña con la mano y volví a repetir el acto de levantarme, alzar los brazos desperezándome, ponerme en pie y dar la vuelta para dirigirme al baño.
Y a partir de ahí no creo que pudiera filmar mas hasta que regresé y rebusqué que ropa ponerme para bajar a desayunar, donde no tardaron en aparecer la otra pareja, que agradecí no hicieran comentarios sobre lo de anoche, aunque nos sorprendió a los dos que al levantarnos, Armand se quedase hablando con otro matrimonio que estaba en una mesa cercana, como si fueran amigos de toda la vida.
- son los vecinos del apartamento de al lado, llevan aquí dos días.
Bueno, había hecho amistad muy rápido, para haber estado en la habitación apenas unos minutos, pasábamos casi todo el día fuera, hasta que caí en que si eran los vecinos pegados a ellos, estos habían sido también espectadores de la obra nocturna, en un palco privilegiado y me puse toda colorada, saliendo apresuradamente del salón.
El día se fue poniendo cada vez más gris, hasta el punto que decidimos no ir a la playa esa mañana y quedarnos en el césped entre edificios, más cerca de los apartamentos si caía una tormenta, y no tener que regresar desde la playa empapándonos y a saber cómo eran las tormentas allí.
Había más gente que pensó como nosotros y apareció la pareja de vecinos, que también tuvo la delicadeza de no decir nada o no sabían que éramos nosotros, con una luz tan tenue y la distancia, es posible que no vieran bien nuestras caras.
Justo comenzó una lluvia suave cuando íbamos hacia el comedor y pronto se convirtió en un aguacero. Nos sentamos en una mesa a tomar café, y se apuntaron los nuevos, a los que Armand señaló las sillas vacías cuando se acercaron. Y empezaron los planes para el día de hoy que no podían ser apenas nada más que echarnos la siesta o jugar a las cartas, o sea, tarde de aburrimiento.
El nuevo, Antón, propuso eso, ir a una habitación y echar una partida. No nos decidíamos, era algo aburrido y no sabíamos a qué podíamos jugar seis personas toda una tarde, por la pinta que tenía el cielo, pero le acompañamos a su habitación, Armand trajo dos sillas de la suya y nos sentamos a ver que se le ocurría. Y sí, ya tenía un juego previsto y parce que además se lo sabía por haberlo practicado.
Primero nos preguntó si queríamos que fuera algo picante, erótico, o ya más fuerte directamente. Quedamos de acuerdo en que erótico estaba bien. Entonces nos dijo las reglas: repartió diez papelitos a cada uno, y teníamos que apuntar en cada uno, una petición o un deseo, cualquiera que se nos ocurriese, pero que fuera algo atrevido. Había dos clasificaciones, una suave y otra más fuerte, y debíamos separarlas así, y poner los papelitos en unas tazas todos juntos los de las mujeres, y por otro lado las de los hombres, para que no hubiera cruces indeseados.
Bueno, no se me ocurría nada, pero hice uso de mi imaginación en los que se suponía podía ser unos deseos más o menos atrevidos y escribí y al final todos los papeles estaban en cuatro tazas por orden de género y de atrevimiento, repartimos los puestos para que no quedásemos al lado de nuestras parejas y echamos a suerte quién empezaría.
Bueno, las órdenes eran casi graciosas, y yo voy a contar solo lo que me tocó hacer a mí, o que me hicieran, Antón a un lado y Armand al otro. Antón sacó un papel, que me tenía que quitar una prenda de arriba, y esa la había escrito yo, y decidió quitarme la blusa, a Armand le tuve que dar un beso en la cara de 30 segundos, Antón igual pero me lo tenía que dar en la oreja, y así poco a poco, y en muchas cosas habíamos coincidido, Clara se puso colorada cuando se tuvo que quitar las bragas encima de la mesa y yo tuve que sentir los dedos de Antón sobre mi chochito también durante 30 segundos.
En fin con más o menos ropa y más o menos acalorados acabamos la ronda de deseos ligth y pasamos a los más fuertes. Todo este preámbulo había sido divertido, casi como juegos de niños, y reíamos y casi gritábamos de los apuros de cada uno para cumplir lo escrito en cada papel: no era una cosa de hacer las cosas rápidas, hablamos y comentábamos entre cada papel y nos tomamos los carajillos con su buen chorrito de anís que Armand preparaba riquísimos, con lo cual, a la diversión del juego y como siempre parecía algo que debería ir junto, se unía la alegría del alcohol, necesario en casos como el mío que me daba vergüenza esas cosas, las que yo no controlaba sino que las decidía la suerte o una mano escribiendo algo absurdo en un papel.
Lo de los 30 segundos, lo decidimos cuando en la primera parte del juego alguien había escrito un beso de 5 minutos y tuvimos que contar el tiempo que parecía razonable, porque alguien dijo que 5 minutos era una cantidad de tiempo enorme y que medio minuto era suficiente para no cansarse y estar todos mirando y aburriéndose por un beso que ni de película. Y estuvo bien, porque me tocó a mí que me diera un beso en el cuello de 5 minutos y si se hubiera mantenido ese periodo de una boca chupando y besando en el cuello, ahora tendría un moratón que ni hecho por Drácula.
Parábamos de vez en cuando para tomar algo, o preparar bebidas, casi siempre con alcohol, aunque poquito, tampoco queríamos emborracharnos, pero Armand era un experto en cocteles y chupitos y parece que el vecino nuevo se había traído un bar entero de su casa, o había comprado en el super, porque nunca faltaba una botella para lo que fuera necesario.
En esas estábamos todos en un grado de desnudez más bien avanzado, no había habido ninguna otra prueba de quitarse las bragas, excepto la de Clara, pero si había quedado con la camisa puesta y el único que podía verla bien el coño era Antón, que desde luego no se privaba de mirar casi sin pestañear en su dirección. Además, distraída como estaba con el vaso o las risas y pruebas que iban saliendo, creo que ya ni se preocupaba de taparse, porque todos estábamos más o menos igual.
Una de las últimas pruebas que me tocó fue la de salir a la terraza desnuda y darse un ducha, o sea mojarse con el agua que caía, porque aunque ya estaba cayendo la tarde y el sol iba bajando, la tormenta solo de agua por fortuna, no decaía y el chaparrón disminuía un rato para luego caer con toda la fuerza y encharcar la terraza, dejando los cristales de la misma llenos de goterones que descendían a toda velocidad hacia el suelo y de ahí a la calle, donde ya se veían charcos de cierto tamaño.
Bueno, me preparé antes de salir, descalza y de espaldas a la concurrencia me bajé las bragas, se las pasé a Jorge y salí con cuidado de no resbalar a la terraza, mientras Antón cronometraba el tiempo señalado. Justo al pasar el umbral vino el mayor aguacero de todos, casi como a cubos y yo lo único que se me ocurrió fue ponerme bien debajo, estirar los brazos y recibir toda esa agua refrescante, que me empapó en segundos y dejar que chorros de lluvia además de las gotas resbalasen por todo mi cuerpo, bajando entres los pechos y al llegar al pubis juntarse todo y salir como un chorro hacia el suelo.
La verdad es que era una cosa que siempre me hubiera gustado hacer, aunque no delante de otras cinco personas, pero estaban al otro lado de los cristales y tampoco se veía mucho, o eso pensaba yo. Jorge me hizo una foto y creo que los otros dos también, pero eso no lo puedo asegurar porque no les pregunté y solo vi la que me enseñó mi marido, y lo cierto es que era sugerente en extremo, y además me veía divina, desnuda bajo la lluvia, como la película. Lo malo es que aunque el agua refrescaba, yo estaba completamente empapada y cuando estornudé por primera vez, Armand dijo rápidamente que fuéramos a su cuarto, contiguo a donde estábamos para secarme y dejarme un albornoz.
Salimos mientras los demás hacían un descanso, incluso alguno proponía de salir todos a mojarnos. Yo creo que Antón quería vernos a todas igual, desnudas y mojaditas, pero ninguna estaba tan achispada como para hacerle caso. Dentro de su habitación, Armand corrió a por una toalla, y me secó bien, y luego la dejó a un lado y comprobó con sus dedos que no había nada húmedo por ningún rincón, según se justificó ante el toqueteo que me estaba agasajando, hasta que le dije que si seguía tocando por ahí pronto encontraría algo de humedad y, riéndose, paró.
Bueno, paró de tocarme pero comenzó a besarme y pegarme a él con sus brazos, me chupaba las tetas y masajeaba el culo con ansia, y yo empecé a suspirar y calentarme, hasta que le dije que si seguíamos allí, pronto llegaría alguien a ver si nos pasaba algo, y ese alguien solo podía ser Clara y que entonces se nos aguaba la excursión de mañana.
Lo dejó y regresábamos al apartamento vecino, donde parecía que nadie se acordaba de nosotros, comentando lo mejor de la tarde, y riendo, de modo que nos sentamos como si nunca hubiéramos nos hubiéramos ido de allí, y nos incorporamos a la juerga.
Solo me tocó una prueba más, y esta la podía haber escrito cualquiera de los tres, porque hubo otras dos casi parecidas, y que consistía en dar besitos en el chochito de la mujer de al lado, sin más recorrido ni avances, por lo que me tuve que abrir de piernas, igual que algo así habían tenido que hacer las otras dos, y dejar que los labios de Antón me oliese y besasen, que incluso me diera mordisquitos y hasta en algún momento sentí como su nariz se introducía entre los labios y su lengua exploraba en zona prohibida. Gracias al cronometrador, el tiempo pasó más bien rápido, porque Antón no era una persona de mi agrado, aunque no cabía duda que me estaba calentando como el mejor.
* * *
Ya lo tenía todo preparado para la excursión, porque fue más o menos fácil. Cuando le pregunté al hombre que nos alquiló la canoa en la playa el otro día, me dijo que él tenía un velero pequeñito en el puerto, cerca de allí, y que nos lo podía alquilar por todo el día, con la única recomendación de regresar antes de la noche. Por muy experto que yo fuera, no conocía aquellas aguas y no quería tener que salir a buscarnos.
Acordamos el precio, regateé y como no me dejó rebajar nada, le pedí a cambio que nos pusiera algo de catering a bordo, porque pasaríamos todo el día en el mar y así no teníamos que regresar a mediodía, y ahí sí que cedió. Me dio las llaves para que zarpásemos a la hora que quisiéramos y me recomendó llamarle al regreso para estar allí esperando.
A la vuelta, y cuando nos preparábamos para salir a cenar y bailar por ahí, me pilló Clara dándole consejos a María José sobre la ropa interior a ponerse, y casi me da un susto cuando sale a la terraza y le dice que no me haga caso. Bueno, parece que solo estaba interviniendo un poco, pero no parecía enfadada. Y gracias a la ropa que la recomendé me fue más fácil meter mano en la disco, cuando salimos a la pista a bailar. Aunque llegué a creer que no se había puesto nada debajo, me costó encontrar la tira estrecha de tela metida entre los dos cachetes del culo.
Ya en la habitación me dio tiempo a verla desnudarse a toda velocidad para tirarse sobre Jorge y follar casi ferozmente con él, y me dio una envidia tremenda, porque quería verla así, con esa pasión, pero conmigo, y ahí es donde hice amistad con los vecinos, que estaban asomados a la terraza y que al verme mirar en dirección opuesta también se apuntaron, para disfrute de todos, y además sirvió para pasar la tarde mas alegremente en el día de lluvia que siguió a esa noche tan caliente.
El caso es que cuando se apagó el ardor enfrente de nosotros, y las dos mujeres se retiraron dentro, nosotros seguimos charlando un rato y ahí es donde me confesó que ellos eran swinger y hasta me propuso muy delicadamente, eso sí, hacer algo con nosotros. Alguna vez habíamos ido Clara y yo a uno de esos locales, pero un poco por curiosidad, por ver cómo era aquello, pero nunca nos decidimos a un intercambio y esta hubiera sido una buena oportunidad de intentarlo de nuevo, además en la intimidad de nuestros apartamentos, pero yo ya tenía los planes hechos para estos días y no quería estropearlo por un experimento sin garantías.
Aun así, esa actitud suya, a veces tan manifiesta, sirvió para entretener la tarde del siguiente día, que fue realmente desapacible y tormentosa y nos obligó a refugiarnos dentro del hotel hasta que cesó la lluvia ya de noche. Solo era una variante cualquiera de esos juegos eróticos de cartas, pero aquí era con unas reglas y unas prendas que habíamos elegido nosotros y escrito en un papel al azar.
La verdad es que fue lo suficientemente entretenido como para tenernos ocupados y divertidos toda la tarde, leyendo las pruebas que tenía que pasar cada uno y riendo de los aprietos de los demás, y apurados cuando nos tocaba algo a nosotros. Casi todas eran bastante suaves, por así decirlo, y se notaba claramente las que habían escrito la pareja de anfitriones, y eso que yo creo que tuvieron un poco de prudencia en no pasarse en exceso el primer día de conocernos para no espantarnos. Menos mal que no hubo más días.
Los puestos o mas bien, la colocación de cada uno se había hecho por sorteo, pero siempre para no tener al lado a nuestra pareja y para mi mala suerte me tocó después de María José y no antes, por lo que casi todo lo que tuvo que pagar ésta, lo disfrutó el nuevo: Antón.
Y me dio envidia cuando metió su cara entre sus muslos, y comenzó a hocicar ahí dentro, saliendo con la boca empapada y no solo de su saliva, pero yo me fijé más en la cara de ella, roja y excitada, y solo fueron 30 segundos, porque estoy seguro que un poco más de tiempo con ese tío metido allí dentro y hubiera acabado por correrse delante de los demás, sin poder evitarlo.
Pero bueno, había que consolarse, la tendría para mi solito todo el día de mañana. Al igual que tendría para siempre esa foto de una mujer increíble, preciosa y desnuda, mojándose y estirándose, los brazos arriba y los pechos desafiantes y de punta por el fresco del agua y el impacto de la lluvia en su piel. Confieso que ha sido la imagen más erótica que he podido ver en toda mi vida.
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