Xtories

Evelyn, su primera vez compartida (capítulo 7)

El espejo retrovisor no solo refleja el camino, sino el secreto que quema el interior del auto. Mientras el conductor se desvía de la ruta, mi esposa se desnuda sin pudor, y yo, paralizado, descubro que mi papel no es detenerla, sino mirar.

mariajose9.4K vistas9.1· 19 votos

El conductor se permitió una sonrisa mientras tomaba el desvío menos transitado. La pareja en el asiento trasero apenas notó el cambio, demasiado absorta en su propio mundo. Evelyn, con su cabello revuelto, irradiaba felicidad, mientras Dan se dejaba caer en el asiento con una expresión de placidez y cansancio.

Yo no podía dejar de mirar por el espejo retrovisor, veía como aparecía el cuerpo desnudo de mi mujer, primero sus hombros redondos y contorneados, pese a la escasa luz resaltaba su piel blanca y suave, sus senos turgentes se destacaban con sus aureolas rosadas y con esos pezones que parecían la fresa de un postre.

El cuerpo desnudo de mi mujer que tantas veces lo había disfrutado en privado solo para mí, ahora lo exponía en un improvisado striptease al interior de un auto…sin ninguna desinhibición.

De pronto me vi compartiendo el espejo retrovisor con el conductor, ambos casi babeando, en un acto de cordura le miré recriminándole que debería poner atención en la conducción, yo miré al frente y un semáforo nos esperaba con luz roja.

El chofer entonces maniobró el auto hacia un costado de la carretera y ubicó un lugar para detenerse y estacionar sin llamar la atención, una luminaria había quedado por encima del auto y nos prestaba iluminación.

El conductor apagó el motor y nadie se opuso ni reclamó al respecto. Ahora el chofer, se sentía un espectador más, sus obligaciones como conductor estaban postergadas y ahora competía conmigo en mirar hacia el asiento de atrás, sin necesidad de usar el espejo retrovisor…

El conductor primero me miró y sonrió, saboreando el espectáculo gratuito que iba a presenciar, se acomodó en su asiento e inclinó su cuerpo para tener una mejor vista de mi esposa.

Su ubicación le brindaba una vista privilegiada sobre mi mujer que estaba en el asiento trasero del copiloto, yo en cambio, en el asiento del copiloto tenía a Evelyn desvistiéndose justo detrás de mí y debía recurrir al espejo retrovisor.

Evelyn no se inmutó ante el nuevo espectador, le devolvió una sonrisa provocativa y humedeció sus labios con su lengua, una clara señal que el nuevo invitado estaba aceptado. Mi esposa empezó a acariciarse los hombros cubriendo con sus brazos sus senos. Luego empezó a descender sus manos hasta cobijar sus senos en cada mano y se los mostró al chofer.

Suavemente presionó sus pezones y estos reaccionaron endureciéndose y el conductor me miró de reojo por si yo le impedía hacer algo.

La mandíbula del chofer se cayó y abrió su boca y ojos. La tensión al interior del auto crecía, el palpitar de la respiración de cada uno de los presentes resonaba. El conductor extendió su mano con una mezcla de audacia y duda, sus dedos rozaron el borde del vestido de Evelyn, como si midiera los límites invisibles del espacio que lo separaban del cuerpo de mi esposa. Evelyn, en un movimiento calculado, arqueó la espalda hacia atrás, liberando sus senos de las manos que los cubrían, pero desvió su mirada hacia mí. Sus ojos, brillantes bajo la luz amarillenta de la luminaria, buscaban mi reacción. ¿Aprobación? o ¿Desafío?

Yo sentí un nudo en el estómago, una contradicción entre el deseo de proteger lo que siempre había considerado íntimo y la curiosidad que me ataba al asiento, hipnotizado. Antes de que el hombre pudiera avanzar, Evelyn deslizó su pierna sobre el respaldo del asiento, creando una barrera física sutil. Su risa, baja y cargada de ironía, rompió el silencio. "¿Tan fácil crees que es tocar lo que no es tuyo?", susurró, dirigiendo la pregunta al conductor, pero sin apartar los ojos de mí.

El chofer tragó saliva y se congeló, su sonrisa se desvaneció bajo el peso de la indirecta y superado al ver como una bella pierna interrumpía su paso y a la vez se ofrecía a escasos centímetros para admirarla. En ese instante, el sonido lejano de un motor creciente resonó en la carretera vacía. Los faros de un camión iluminaron brevemente el interior del auto, proyectando sombras fugaces que desdibujaron los rostros. El cuerpo de Evelyn resplandeció cuando los focos del camión la bañaron. Su silueta, fino cuello, su torso desnudo y ahora su pierna estirada sobre el respaldo de mi asiento quedaron como un flash grabado en mi retina.

El ruido del motor del camión y sus luces hicieron reaccionar a Dan, que por primera vez parecía despertar de su letargo, sus ojos entrecerrados se fijaron en Evelyn y su cuerpo semidesnudo, siguió con la mirada la posición de la pierna sin entender en qué momento la había puesto en esa posición…

Miré al chofer que estaba embobado admirando la pierna de mi mujer, ahora a escasos centímetros de su cara, noté su indecisión y temor a ser rechazado. Entonces busqué los ojos de Evelyn y le transmití mi reacción y respuesta. Aprobación.

Entonces Evelyn sin dejar de mirarme, en un gesto desafiante, recogió su pierna sensualmente, desde el respaldo de mi asiento hasta el asiento del conductor…

El gesto de Evelyn fue un péndulo entre la provocación y el control. Al posar su pierna sobre el asiento del conductor, no estaba cediendo, sino dibujando un nuevo territorio donde ella era soberana. El chofer, hipnotizado por la proximidad de su piel, extendió una mano que rozó la piel. Sus dedos rozaron el dobladillo de su falda, pero fue Evelyn quien, con un movimiento deliberado, deslizó la tela hacia abajo, revelando la curva de su cadera. No lo hizo para él, sino para mí: cada centímetro de piel expuesto era una pregunta que me lanzaba y desafiaba mis sentimientos.

Evelyn volvió a mirarme, desafiante, mientras el conductor, embriagado por el silencio cómplice, se atrevió a trazar una línea con su pulgar desde su rodilla hasta el muslo.

El auto se convirtió en un teatro de sombras. La luz del poste creaba escenas fragmentadas: la nuca tensa del chofer, el reflejo sudoroso en el parabrisas. Evelyn, en cambio, parecía esculpida en mármol bajo aquella luz mortecina. Cuando el hombre intentó avanzar, ella lo detuvo con un dedo sobre sus labios. "Así no", susurró, y hasta su voz registraba sensualidad y deseo. Con lentitud ritualista, tomó su mano y la guio hasta el cierre de su falda, pero sus ojos seguían clavados en los míos, desafiándome a intervenir, a reclamar, a disentir.

Yo no moví un músculo. Observé cómo la tela del vestido caía en pliegues silenciosos alrededor del asiento de Evelyn, escuché cómo la respiración del conductor se convertía en jadeos irregulares. Evelyn no dejaba de mirarme ni siquiera cuando el chofer, ahora tembloroso, descubrió que no usaba bragas. Ahora estaba mi esposa completamente desnuda y el chofer estaba como congelado mirando los vellos púbicos que cubrían el sexo de mi esposa y contrastaban con su blanca piel…

El aire al interior del auto se espesó con el aroma de los cuerpos calientes y el perfume ámbar de Evelyn. El chofer, con la mano suspendida sobre el vello púbico de ella, parecía un ladrón frente a un altar. Evelyn arqueó una ceja, y su risa, baja como el roce de una seda, rompió el hechizo: "¿Tanto miedo a lo que deseas?". Sus palabras fueron un latigazo. El hombre tragó saliva, sus dedos temblorosos se detuvieron antes de atreverse a rozar aquel triángulo oscuro.

Evelyn no apartaba los ojos de los míos. Su mirada era un desafío permanente, una pregunta que quemaba: ¿Vas a permitirlo?. Yo apreté el borde del asiento, las uñas hundiéndose en el tapiz del asiento. Sabía las reglas. Había aceptado el juego cuando ella deslizó la propuesta bajo la mesa, durante la cena, con un pie descalzo acariciando mi pantorrilla. "El que gane tendrá mi cuerpo... pero tú, querido, solo podrás observar".

El chofer jadeó cuando ella dirigió su mano hacia el calor entre sus muslos. Sus dedos, torpes al principio, se movieron con más audacia al escuchar el gemido de Evelyn, un sonido que yo conocía demasiado bien. Ella arqueó la espalda y sus senos sobresalieron. Sus pezones empezaron a agitarse apuntando al techo del auto, una danza sensual en un ritmo envolvente.

La falda seguía en el suelo, un lago de seda negra. El auto vibraba con los primeros gemidos de Evelyn, pronto se mezclaron con sus quejidos y jadeos del chofer. El conductor, embriagado, se atrevió a morder su cuello. Evelyn lo detuvo con una palmada suave. "Despacio", ordenó, deslizando su lengua sobre el lóbulo de su oreja. "Yo dirijo... tú obedeces".

Cuando él intentó besarla, ella giró el rostro hacia mí. Sus labios, brillantes y entreabiertos, pronunciaron mi nombre sin sonido. Un golpe bajo. El chofer, ignorante del gesto, enterró su cara en sus senos. Yo preferí mirar al techo del auto y seguí las sombras que allí se proyectaban—conté hasta 17 quejidos—, cuando se silenciaron, volví mi mirada a Evelyn que ahora se ahogaba en un beso con el chofer y le murmuraba instrucciones al oído.

El conductor desesperado, con medio cuerpo en los asientos delanteros, se bajó los pantalones con la urgencia de un adolescente y desordenadamente golpeándose contra el techo del auto logró pasar hasta el asiento de Evelyn.

Evelyn me lanzó un último vistazo. No era triunfo lo que vi. Era una promesa. Recuerdo la imagen de sus senos siendo devorados por la silueta del chofer, la cabeza de mi esposa caída hacia atrás, doblegada y aceptando que ya no controlaba su cuerpo, lo siguiente ya no dependía de nosotros y de nuestro juego, ahora estaba a merced del chofer y sus deseos. Vi como la cabeza del chofer dejaba los senos de mi mujer y descendía hasta su vientre, distinguí en la cabeza del chofer las manos de Evelyn que lo dirigían hasta su monte de venus, las manos delicadas de mi esposa se mezclaban con el grueso cuello del conductor, ahora eran las manos de Evelyn las que temblaban, esta vez no eran de temor sino de excitación. Entonces lo que vi a continuación, me hizo girar la cabeza, cerré los ojos y no pude soportar cuando Evelyn le abrió sus piernas, suspiró y su gemido fue ahogado por el ronco gemido del conductor, sentí que mi pecho se presionaba y una nueva erección yo tenía.

Miré de reojo y ahora el chofer a medio desvestir estaba casi encima de Evelyn, claramente buscaba la forma de penetrarla…y Evelyn colaboraba y le abrazaba. Sin embargo, la incomodidad de los espacios al interior del auto rompió el encanto y la pasión. Evelyn tomó nuevamente el control. El chofer terminó de trasladarse al asiento trasero, se sentó al lado de Evelyn y se quitó los pantalones, ante se desabrochó los zapatos.

Ambos desnudos, Evelyn tomó la iniciativa y fue directo a su pene, cuidadosamente con sus dedos corrió el prepucio y dejó expuesto el glande. El chofer no reaccionaba, mayúscula fue su sorpresa cuando Evelyn acercó sus labios y procedió a besarle la punta, acariciarle el glande con su lengua y luego absorberlo.

Evelyn cuando ya había logrado endurecer el pene del conductor, se recostó en el asiento trasero y le invitó a montarla.

Ahora desde mi perspectiva, desde los asientos de adelante podía ver como el chofer montaba a Evelyn, si bien la oscuridad no me permitía distinguir cómo la penetraban, si podía escuchar el sonido de las embestidas y el chapuceo de los líquidos seminales y vaginales mezclándose.

No pude evitar volver la mirada hacia los cuerpos entrecruzados cuando el grito del orgasmo alcanzado por mi esposa atrajo mi atención. Su cuerpo saltaba en el asiento trasero, sus uñas se enterraban en la espalda del chofer. Los gritos y movimientos despertaron a Dan.

El chofer ahora en una actitud completamente distinta, dominador de la situación, le hizo unas señas a mi esposa, claramente le pedía que se diera vuelta.

Evelyn, lo entendió y sin reponerse aun del reciente orgasmo, accedió y se puso de espalda en el asiento.

El chofer se situó detrás de ella y pasó un brazo por debajo de su vientre y lo alzó.

Evelyn entonces comprendió que la querían poseer en cuatro.

Alzó sus caderas y expuso su enorme y hermoso culo al chofer…

Sus labios y vagina estaban completamente lubricados…

Me permití observar la silueta del cuerpo de mi esposa recortada contra el asiento trasero justo en el momento que la figura del conductor la penetraba.

Las manos del chofer se clavaron en las nalgas y las movían al ritmo de su verga cada vez que entraba entre sus redondos glúteos.

Es probable que el chofer haya visto su cerrado y estrecho ojete, pero por ahora su interés era recorrer por dentro ese espacio único y reservado del coño de mi mujer.

Los gemidos de Evelyn y ahora el ruidoso jadeo del chofer habían despertado a Dan que había estado dormitando en el asiento trasero atrás del copiloto.

No entendía mucho lo último que había pasado, pero tenía a Evelyn casi encima de él y tenía una primera vista de sus senos.

Lo primero que vi fue cuando masajeó uno de los senos de Evelyn, casi como ordeñándolo.

Evelyn le miró y le correspondió ofreciéndoles su boca, a los cual Dan accedió y se besaron al igual que en las ocasiones anteriores sin separarse.

El chofer al ver esto se excitó más y puso mayor presión en cada embestida, que provocaban que los amantes que en ese momento se besaban, chocaban sus rostros.

En una de las tantas embestidas, el chofer se detuvo, al interior del auto todo quedó en espera, hasta nuestras respiraciones, un grito nos trajo a la realidad, el chofer estaba eyaculando y llenando de su leche a mi esposa y ella a su vez reforzaba el beso con Dan y me regalaba de soslayo una mirada burlona.

-continuará- (depende de ustedes lectores si desean que continúe la historia o no) Espero sus comentarios en el muro o en mi correo