Xtories

Intercambio entre hermanas - completo (cap. 15)

Fran creía conocer a su esposa, pero al regresar a casa, encuentra a Joan, el hombre que no debía estar allí, y a su cuñada Ana en una escena que desafía toda lógica. Lo que empieza como una sospecha se convierte en un espectáculo de degradación que Fran no puede apartar de la vista, mientras su propia vida se desmorona puerta a puerta.

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Cap. 17 – EL DESCUBRIMIENTO DE FRAN

FRAN

La vida pasó, como pasan las cosas que no tienen mucho sentido. Me encantaba esta letra de Sabina y la tarareaba en el atasco de esa mañana camino del trabajo.

La canción parecía hablar de mí, de mi vida, de cómo me sentía en esos tiempos, por una parte turbulentos —la paz rutinaria de nuestro hogar había menguado—, pero por otro lado emocionantes: descubrir a Ana había sido como un terremoto que desestabilizaba mis convicciones y mis sentimientos desde la raíz. Aquella chiquilla me estaba volviendo loco, a pesar de que no me lo quería reconocer del todo.

Marta había sido el centro de mi universo desde hacía mucho tiempo, y yo me esforzaba porque lo siguiera siendo. Pero a menudo, sin proponérmelo, me encontraba pensando en mi cuñada. ¿Dónde estaría? ¿Qué haría? ¿Estaría sola o con alguien? ¿Estarían tomando copas o revolcándose en una cama?

Ahogaba mis dudas en el hombro de Zahara, mi «más mejor amiga» por aquellos tiempos. Esa definición se la había adjudicado ella misma, parafraseando a Forrest Gump. Zahara y yo seguíamos estando tan cerca como siempre, e incluso habíamos estado a punto de acostarnos de nuevo un día en que ambos andábamos de bajón.

Felizmente, nos había sido devuelta la lucidez justo cuando ya estábamos en la habitación de un hotel, desnudos y a punto de iniciar una sesión de sexo que se anunciaba tormentosa. Nos vestimos sin llegar a tocarnos, nos bebimos los restos de la botella de champán que habíamos descorchado para la ocasión, y cada uno se marchó a su casa y a su vida con un ligero beso en la mejilla.

Volviendo a Marta, debo confesar que había terminado por contarle la aventura con María y Ana la noche del intercambio. Me temblaba la voz mientras lo hacía, teniendo presente la reciente escena con Joan. Temía su reacción. Pero Marta se lo había tomado con filosofía y había mantenido su palabra en cuanto a la neutralidad de esos actos si estaban unidos a su plan de vengarse de Ana. Además de haber sido honesto y habérselo revelado. Un poco tarde, se quejó, pero a tiempo aun así.

No se tomó tan bien el hecho de que no hubiera culminado con su hermana, teniendo en cuenta que la había tenido entregada en el baño mientras me hacía la mamada. Por fin no llegó la sangre al río y aquella noche tuvimos una sesión de sexo salvaje, lo que concordaba con mi teoría de que Marta utilizaba aquella supuesta venganza para excitarse cuando yo le relataba a toro pasado mis experiencias con Ana, y así reavivar nuestra vida sexual.

Sin embargo, las noches de cita con Ana entraron en una especie de duermevela, y no se repitieron en las tres semanas siguientes. Aquella situación me desesperaba, pero Ana salía a menudo, a veces entre semana, con sus compañeros de la academia y casi ni nos veíamos. Estaba claro que ya no era una niña inocente perdida en la capital y que cada vez necesitaba menos de su perro lazarillo.

El día en que entraba en la oficina con la canción de Sabina repicando en mi cabeza sin poder sacarla de allí, me esperaba una desagradable noticia. Bueno, más que desagradable, fastidiosa. Había sido nominado para dar una charla en la famosa «Semana de hermandad» anual de la clínica. Había conseguido huir de semejante encuentro aburrido en los últimos tres años, pero éste me iba a resultar difícil de esquivar.

El encuentro, que este año se celebraría en Palma de Mallorca, suponía en la práctica un retiro espiritual de un grupo selecto de empleados que comenzaba un domingo por la tarde y se extendía hasta el siguiente domingo por la mañana. Una tortura de encierro, en definitiva.

Apelé a la codicia de Sole. Ella estaba deseosa de acudir a uno de estos encuentros para sobresalir, y mucho más si le correspondía estar en el lado de los oradores. No tuve que esforzarme para convencerla de que fuera en mi lugar pero, cuando lo hablamos con nuestro jefe, éste se negó en rotundo. La ponencia que me correspondía estaba muy ligada al laboratorio y solo su director podría ser el responsable de llevarla a cabo.

*

El domingo a mediodía salía de casa con mi maleta y tomaba el taxi que ya me esperaba en la acera. Saludé a Marta y a Ana que me despedían desde una ventana agitando sus manos y me introduje en el vehículo.

A las diez y media de la noche llegábamos al hotel la comitiva de veinticinco empleados que asistiríamos a aquellas jornadas de trabajo. Todos nos mirábamos con recelo, apostando por quiénes serían los primeros en atacar a alguien del sexo contrario y quiénes serían los y las que se dejarían convencer para pasar una deliciosa semana de sexo clandestino.

No tuve tiempo de comprobar si mis apuestas eran acertadas, sin embargo. El lunes por la mañana me levanté con el fatídico ataque de asma que solía aquejarme casi todas las primaveras o comienzos de verano. Me sentía morir y, pese a llevar conmigo mis medicinas para esta afección —incluyendo el inhalador—, a media mañana decidí que no podría aguantar una semana en esas condiciones. Lo comuniqué a mi jefe y éste, al ver mi calamitosa situación, me dio permiso para cambiar mi billete de avión y volver a Madrid lo antes posible.

Sobre la una del mediodía abandonaba el Uber que me había trasladado desde el aeropuerto y llegaba a casa con la maleta aún sin deshacer. Crucé la puerta y la sujeté para que no diera un portazo. El balcón del salón principal estaba abierto y la corriente amenazaba con llevarse la puerta y hacerla volar.

Me descalcé, dejé los zapatos en el armario y apoyé la maleta en un rincón tras el mueble de la entrada. Acto seguido, entré en el salón y cerré la puerta del balcón. Olía a tabaco en la estancia, cosa que me extrañó sobremanera. En casa no solíamos fumar ninguno de los tres, era una promesa que nos habíamos hecho entre nosotros para así fumar menos.

Miré a través de los cristales el luminoso cielo que anunciaba la entrada del verano. Saqué el inhalador de un bolsillo y respiré el agradable fluido, sintiendo abrirse en mis pulmones los alveolos que me permitían saborear el aire.

Me disponía a dirigirme hacia la habitación —pensaba ponerme ropa cómoda y relajarme leyendo en el sofá—, cuando oí una risa estridente que provenía del fondo del pasillo.

—Joder… —me dije—. ¿Esa risa no es la de Joan?

Un instante después el gigante aparecía en el recibidor y se volvía hacia la puerta del pasillo, hablando a voces y con grandes gestos, muy en su estilo.

—Ya veréis la semana que os vais a pasar —dijo risueño—. ¡Sol y desenfreno…! Cómo os envidio…

El primer sentimiento que me embargó fue una rabia infinita. Había dejado bien claro que Joan no era bienvenido en mi casa, y no me esperaba volver a verlo en ella nunca más. Sin embargo, parecía que mi autoridad no tenía ningún valor y que, en cuanto yo salía por la puerta, alguien tomaba decisiones contrarias a mis deseos. En cuanto pudiera, me iba a oír la culpable de aquel desatino.

En cualquier caso, preferí observar sin ser observado. Necesitaba entender lo que allí pasaba y, si se me ocurría hacer acto de aparición de forma súbita, temía no conseguir más que excusas deslavazadas que no me permitirían llegar al fondo de la cuestión.

Corrí a esconderme tras un aparador que me permitía ver el recibidor sin que yo pudiera ser descubierto desde él. Antes de divisar a nadie más, por la frase del macarra imaginaba que al menos aparecería otra figura en mi ángulo de visión. Tal vez más de una, ya que Joan había hablado en plural.

¿Quiénes podrán ser los interlocutores de Joan?, me pregunté. Solo podía pensar en mis dos chicas, así que imaginé que no podría ser nadie sino ellas. Además, parecía que salían de viaje. ¿Se habrían tomado Marta y Ana unas vacaciones en mi ausencia? Y, si era así, ¿por qué no me habían comentado nada sobre ello?

La primera figura en aparecer fue Marta. Mi mujer empujaba su maleta roja, además de portar en la mano su neceser de baño. Mi suposición había sido acertada. Pero, cuando creía que aparecería Ana, un tipo de pelo canoso, traje caro y modales refinados apareció tras mi mujer.

La sorpresa fue mayúscula. No conocía a aquel hombre, ¿qué estaría haciendo en mi casa a aquella hora? ¿Y por qué parecía que se iba con mi mujer a algún destino de sol, como había mencionado Joan? Sospeché que pudiera tratarse de un compañero de trabajo, tal vez alguien al que no conociera, no en vano hacía meses, casi años, que no asistía con Marta a ninguna de sus fiestas de empresa. Mi mujer había decidido que no volvería a participar en ninguna de ellas.

Recapacité un instante sobre la oficina de Marta. Ese día era lunes. Que yo supiera, mi mujer no disponía de días libres esa semana. Sin embargo, a aquella hora del mediodía estaba en casa, en lugar de estar en el trabajo. No pude evitar el escalofrío por la espalda. La escena ya empezaba a olerme a cuerno quemado.

Lo que vi a continuación pareció contradecir mi teoría sobre la posible relación de colegas entre mi mujer y el desconocido. Porque, sin venir a cuento, el trajeado le dio un azote en el trasero a Marta y ésta, riéndose, se volvió y le dio un manotazo de mentirijillas, que él aceptó riendo a su vez. Como disculpa, el tipo la rodeó por los hombros y le acercó la boca para darle un suave beso en los labios.

—Quita, tonto… —dijo ella sin parar de reír—. ¿No ves que se me corre el pintalabios…?

Una sensación de vértigo me embargó. ¿Por qué coños aquel tipo se gastaba semejantes confianzas con mi mujer? A todo esto, Joan acompañaba cada gesto de la extraña pareja con risotadas y comentarios jocosos.

Lo más degradante estaba aún por llegar, sin embargo. Y fue cuando Joan le levantó el vestido a Marta y le mostró las bragas al fulano del traje, con un comentario vomitivo:

—Mira, ves… —decía mientras con una mano le sostenía en alto la falda y con la otra le señalaba la entrepierna—. Se ha puesto unas braguitas del color que a ti te gustan. Pura seda, toca… toca…

Y el tipo estiraba el brazo y se las tocaba. Marta, haciéndose la pudorosa, tras dejar que el desconocido la acariciara en lo más íntimo, se revolvía y obligaba a Joan a soltarle el vestido, volviéndole éste a cubrir las piernas.

Un instante antes, había barajado dos opciones: salir de mi escondite y montar una escena o esperar a ver qué más pasaba. Pero después de lo que había visto, mi cuerpo no me respondía, las piernas me temblaban y la voz se me había congelado en la garganta.

Seguía petrificado mientras desaparecían hacia el descansillo del ascensor, quedando la casa envuelta en un total silencio en apenas segundos.

¡Joder!, ¿qué coños era lo que había visto? No conseguía hacerme a la idea de que aquello había sido real. Intenté despertar, tal vez estuviera soñando. Pero los pellizcos sobre el dorso de mi mano no consiguieron sino provocarme un dolor insufrible, añadido al frío glacial que me recorría la espalda.

Anonadado aún, me dirigí hacia mi dormitorio. Entré dando bandazos y sujetándome en las paredes para no caer. Al abrir la puerta interior, la imagen que se me presentó volvió a parecer un escenario de pesadilla.

Por un lado, una cubitera de hielo donde descansaba una botella de champán vacía y boca abajo sobre la cómoda, rodeada por un trío de copas. Por el otro, la cama de matrimonio desecha como un campo de batalla tras la refriega. La guinda la conformaban tres condones que adornaban el suelo del lateral de la cama donde yo solía dormir.

Una nueva arcada amenazó con salir de mi garganta. No tuve que acercarme mucho a los preservativos para comprobar que aún estaban húmedos. Húmedos del esperma de algún hombre —u hombres— que los habían utilizado recientemente para introducirse en las entrañas de la que era la mujer de mi vida.

Esta vez no pude sujetar la arcada, tan solo conseguí retrasarla hasta llegar al baño. Una vez allí expulsé el desayuno que había ingerido por la mañana en el avión de vuelta a Madrid.

Me sentía mareado y al salir del baño enfilé hacia el pasillo, en lugar de volver al dormitorio donde la escena de sexo me volvería a golpear.

Una nueva sorpresa me esperaba allí: Ana, con las manos ocupadas por lo que parecía un juego de ropa de cama, se dirigía hacia mi posición. Di un salto hacia atrás mientras algo volaba de sus manos y caía al suelo. Ana se agachó para recoger el pedazo de tela que se le había caído. Ese gesto me proporcionó la fracción de segundo que necesitaba para volver sobre mis pasos sin que ella llegara a descubrirme.

*

Mi cuñada entró en el hall del dormitorio y se entretuvo unos segundos, quizá por haber entrado al baño privado del cuarto. Consideré la opción de presentarme ante ella y pedirle explicaciones.

No obstante, hundido como me hallaba, no deseaba ver a nadie en aquellos momentos, y mucho menos a nadie de la casa. Necesitaba recapacitar sobre lo vivido unos minutos antes y preparar un plan, algo que decir. Aunque fueran palabras gruesas expresadas a gritos, al menos que estuvieran hiladas y no fueran simples balbuceos provocados por el desconcierto brutal al que me estaba enfrentando.

Miré hacia todas partes buscando un hueco donde esconderme. Maldije a las películas en las que siempre hay rincones idóneos para ello. En la vida real esos rincones no existen. Si acaso, debajo de la cama, todo un cliché manoseado en el cine, pero que quizá ahora me sirviera. Salté hacia la parte más alejada de la puerta e intenté introducirme por debajo de la cama de matrimonio. Ese lugar amable donde Marta y yo habíamos compartido tantos momentos de amor, de enfado, de reconciliación, de confesiones, de secretos… ahora me parecía un simple mueble frío y desconocido. Tan desconocido como que no había reparado en que por debajo de ella el espacio era ínfimo y que no había forma de esconderse en su interior.

Me encogí pegado al borde y me quedé inmóvil. Apenas respiraba. Tal vez, con suerte, Ana no llegaría a entrar.

No tardé en salir de dudas. Tras tirar de la cadena del inodoro, Ana entró en la habitación y se detuvo. Imaginé que evaluaba el estropicio de habitación que había quedado tras aquella… ¿Aquella, qué? Aún no sabía ponerle nombre a lo que allí había sucedido.

Por otro lado, ¿qué hacía Ana allí a esas horas? ¿Era ella partícipe en aquella aberración? Joder, ¿qué coños estaba pasando en mi propia casa a mis espaldas? Y, lo que era peor, ¿estaban todos implicados en aquel maldito complot, o lo que fuera? ¿Es que no había nadie a mi alrededor que no me estuviera mintiendo?

Desde mi posición no podía ver a mi cuñada. Empecé a temblar. Si Ana me encontraba allí y en aquel estado semi catatónico, la escena que se desarrollaría entre ambos sería tan absurda que no sabía cómo podría terminar. Tal vez en una discusión violenta. Tal vez en algo peor. Me tuve miedo a mí mismo. Las ganas de ejercer la violencia sobre alguien crecían en mi interior y temía por la integridad de Ana. Mi dulce Ana.

Mi cuñada empezó a trastear con una cancioncilla en los labios. Comprendí que se dedicaba a limpiar la habitación mientras canturreaba. A punto estaba de llegar a mi posición y me encogí aún más. En su esfuerzo por retirar la ropa de cama, totalmente arrugada y sucia, iba a encontrarme en pocos segundos. Apreté los ojos rogando al cielo que me hiciera desaparecer.

Entonces se oyó un portazo proveniente de la entrada de la casa. Ana detuvo su labor y se dirigió hacia allí a toda prisa.

Salí tras ella y me asomé al pasillo. Oía voces de fondo, una de hombre y otra de mujer; la segunda claramente de Ana, pero la primera no conseguía adjudicársela a nadie conocido. Ambas voces entraron en la cocina y casi desaparecieron para mí.

No quería perderme ni una palabra de aquella conversación, así que corrí hacia el recibidor y me acomodé tras la puerta de la cocina. Los pies descalzos y la alfombra mullida del recibidor acallaban mis pisadas. Una vez más actuaba como un espía a la caza de una conversación furtiva.

No tardé en reconocer la voz del hombre. Se trataba de Joan. Aquel cerdo al que había echado de mi casa, no solo se paseaba por ella en compañía de Marta y de Ana, sino que entraba y salía a voluntad, utilizando unas llaves prestadas por alguna de mis chicas. Las mujeres de mi vida, a las que hubiera confiado mi existencia, me estaban traicionando como vulgares rameras.

No podía creerlo, volví a pellizcarme para despertar de la pesadilla.

*

Pero no estaba dormido, así que me concentré en lo que ocurría en el interior de la cocina.

Joan había tomado una cerveza de la nevera y la bebía con deleite. Ana le pedía explicaciones.

—¿Pero no ibas a llevarles al aeropuerto? —preguntó.

Joan respiró tras un largo trago del amargo líquido y le respondió con su estilo chulesco.

—Pues al final nada de nada… —respondió—. Marta ha pasado de mí y ha pedido un Uber. Tu hermana un día me va a cabrear y…

—Y te la vas a envainar, como siempre… —terminó ella la frase—. Tú eres muy valiente cuando ella no está delante, pero cuando lo está te acojonas, como todos…

No entendía que quería decir Ana con aquellas palabras… Parecían describir a Marta, mi pacífica esposa, como un monstruo al que hubiera que temer.

—De todas formas —continuó Ana—. Marta no quiere que entres en esta casa cuando ella no esté presente, así que es mejor que te largues. Si Fran supiera que sigues entrando y saliendo a tu antojo, se podría liar una gorda… Y eso Marta no te lo perdonaría…

—Vale, nena, vale… —replicó Joan con un «nena» que me dolió muy profundo—. Ya me voy, pero primero tengo que resolver unos asuntillos que no pueden esperar…

—¿De qué hablas…? —preguntó Ana poniéndose en jarras—. ¿Qué asuntillos tienes tú que resolver en esta casa?

Joan soltó una risotada chulesca.

—Pues verás, preciosa… —reía al hablar—. Va a subir vuestra vecinita Pilar a hacerme una visita y la quiero recibir con todo los honores, como ella se merece…

—¿Qué Pilar…? —Ana dudó y de pronto pareció entender a quien se refería Joan—. ¿No será Pili, la niña del tercero…?

—¿Niña…? —respondió él—. ¿Qué niña ni qué ocho cuartos? Pili ya ha cumplido los diecinueve. Hace tiempo que tiene pelos en el coño…

—Joder que zafio eres cuando te lo propones, anormal… —replicó Ana con malas pulgas…—. ¿Y qué es lo que quieres hacer con Pili…?

—Pues jugar al parchís, no te jode… —volvió a reír Joan con aquella risa desagradable que conseguía revolverme el estómago—. A ver si te enteras, guapa: me la voy a follar hasta que me duelan las pelotas… Esos son mis asuntillos… ¿Algún problema?

—Pero… —Ana titubeaba alucinada—. ¿Te has vuelto loco? Esa niña es muy cría… de diecinueve años, nada… ¡Serás cabrón…!

—No te pases de listilla, ¿quieres? —soltó Joan, malhumorado—. Tiene casi los veinte, que lo he visto en su DNI.

—¡Pero si aún va al instituto!

—Pues claro… —sonrió con una mueca el macarra—. Pero porque es una perezosa, la muy putilla… Le interesan más los rabos que los libros…

—Si hasta seguro que es virgen… pedazo de cerdo…

—¿Virgen esa golfa…? —dijo y volvió a dar un trago de la botella—. Vamos, anda… Me la llevo follando más de un mes y no le he visto ni una gota de sangre…

—Pedazo de cerdo… esto se lo voy a contar a Marta, a ver qué opina… Nos puedes armar un lío de la leche si su familia te pilla con ella…

—¿A Marta…? —volvió a reír, socarrón—. Sí, venga, cuéntaselo… Y que te diga de quién ha sido la idea…

—¿No me digas que ha sido de ella…?

Joan sonrió con su mueca chulesca y no dijo nada. Aquella mueca era un asentimiento mayor que un «sí». Y yo cada vez entendía menos, parecían hablar en algún tipo de código desconocido.

—Pero… ¡Os habéis vuelto locos los dos…! —Ana se tapaba la boca con las manos, horrorizada—. ¿No estaréis preparándola para…?

—Eh… eh… para el carro… —le cortó Joan—. Esas son cosas de tu hermana… Yo me limito a darle gustito a Pili y a gozar de paso con ella… Lo demás es cosa de Marta y yo no quiero saber nada…

Por más que les oía hablar, su conversación no me aclaraba nada. Muy al contrario, me abría más incógnitas. Me estaba poniendo de los nervios. No entendía cuál era el papel de mi mujer en aquel embrollo, pero todo indicaba que estaba a la cabeza de cuanto sucedía a mi alrededor.

No tuve tiempo de darle más vueltas, el timbre de la puerta me sobresaltó y salí corriendo a ocultarme en el salón, como había hecho hacía un rato.

*

Ana abrió la puerta y tras ella apareció Pili. Yo la conocía de vista, de saludar a su madre sobre todo. Una mujer amable que nunca estaba en casa por el número de horas que tenía que trabajar para sacar adelante a su familia, formada por ella, la niña Pili y otros dos hijos menores. El abuelo también vivía en su casa por temporadas. La mujer era directiva en una multinacional y viajaba a menudo. Divorciada como estaba la madre, Pili y sus hermanos pasaban mucho tiempo a solas en la casa.

Y ahora, según la observaba desde mi escondite, no podía pensar en otro apelativo referido a ella que no fuera acompañado por la palabra «niña». Que tuviera más de diecinueve años era para mí una sorpresa. Hasta entonces, le habría echado dieciséis con dificultad, a tenor de lo menudo de su físico.

Por otro lado, Pili era mona, sin llegar a ser guapa. Solía vestir como una cría de colegio —faldas cortas y tableadas, blusas juveniles, calcetines por los tobillos y deportivas— y apenas decía un tímido “hola” cuando te la cruzabas en la escalera. Lo más atractivo de su aspecto era su pelo castaño y ondulado, que le caía por los hombros, y la cara sin maquillar, aparte de un toque de brillo en los labios.

Ana no se anduvo con medias tintas. Tomó a la muchacha de un brazo y tiró de ella, cerrando de un portazo a continuación. El movimiento había durado menos de un segundo. Mi cuñada estaba preocupada por si los vecinos veían entrar a la muchacha en nuestra casa.

—¿Qué quieres…? —preguntó Ana muy seca.

—¿Está Joan…?

—No, no está, es mejor que te marches…

Ana no tuvo tiempo de continuar. Un Joan risueño y zalamero se presentó ante la chica, quien le miró con gesto ambiguo. No supe descifrar si su expresión era de temor o de calentura. En cualquier caso, se notaba que estaba bastante nerviosa.

—No hagas caso a mi amiga… —dijo él con una sonrisa lobuna—. Es una bromista…

Joan tomó a Pili de una mano y tiró de ella en dirección al pasillo.

—Ven… —le dijo en tono suave—. Quiero que veas una cosa que tengo para ti…

Ana puso una expresión que hubiera podido matar al macarra si sus ojos hubieran despedido rayos. Salió a la carrera tras ellos para llegar a la habitación antes de que le cerraran la puerta con pestillo. Yo, por supuesto, les seguí sin dudarlo.

Pasaron de largo por la puerta de la habitación de matrimonio y por la de Ana. Finalmente, al llegar a la habitación de invitados que había ocupado Joan unos días antes, se detuvieron y la traspasaron.

Cuando llegué a ella, observé con alivio que no se habían preocupado de asegurar las puertas. Tan seguros se hallaban de que la casa les pertenecía, que se movían por ella sin temor a que nadie les fuera a sorprender.

La puerta interior del hall de la habitación había quedado semi abierta, al igual que lo había estado la puerta de Ana el día del juego entre los dos. Me pegué a ella con la esperanza de no solo oír lo que ocurría allí dentro, sino también verlo. Comprobé con satisfacción que en aquel cuarto no había un espejo de cuerpo entero que pudiera delatarme, como el que se hallaba estratégicamente situado en el cuarto de Ana.

Lo que vi tras serenar mi respiración no me sorprendió en absoluto. La extraña pareja de Joan y Pili —ella tan menuda y el tan grande— se hallaba frente a frente y muy juntos a los pies de la cama. Ana, en un lateral de la misma y de espaldas a mí, les observaba con expresión malhumorada.

El macarra tomó a la chiquilla por el pelo e intentó besarla. Ella dio un paso atrás y se zafó del que a su lado era un gigante —el tipejo le sacaba dos cabezas.

—Vamos, nena… —dijo, quejumbroso—. ¿Por qué me haces la cobra?

La chica se retorcía las manos, cubriéndoselas casi por completo con las mangas de la chaqueta de punto que vestía sobre la blusa.

—Es que… —replicó con un tartamudeo—. No he venido a hacer nada de eso…

—Ah, ¿no…? —respondió el muy cerdo—. ¿Y entonces a qué has venido?

En ese momento, Ana entró en la conversación.

—Deja que se vaya, Joan… No seas hijo de…

Joan se giró un cuarto de vuelta y detuvo la frase de mi cuñada.

—¡Tú, calla…! —dijo con malas pulgas—. Si quieres quedarte a mirar, allá tú, pero si quieres rabo tendrás que esperar a que acabe con la chica…

La sangre se me subió a la cabeza. Una rabia mortal me invadió. No obstante, el miedo a no saber que hacer en aquella situación me contuvo.

—A ver… Pilar… cariño… ¿qué cojones te pasa…?

—Es que… —comenzó la joven—. Solo venía a decirte que no quiero que volvamos a vernos… que ya no quiero que follemos más…

—Ah, ¿no? —dijo mosqueado el macarra—. ¿Y eso por qué? ¿Ya no te gusto como antes…?

—No… no es eso… —parecía que la chica superaba los nervios y que podía hablar sin titubeos—. Es que mi madre y mi novio sospechan que pasa algo… y no quiero que se enteren de lo que hacemos… Ya sabes que te quiero… Pero lo nuestro no puede ser…

¿Su novio? Joder, aquella chiquilla era una caja de sorpresas. Tenía hasta novio, pero llevaba follando con el macarra, si Joan no mentía, más de un mes. Pobre cornudo ingenuo. Seguramente él también creía que su amorcito era un ángel. Aunque al meditar esto, en quien realmente pensaba era en Marta y en mí mismo. Pobre ingenuo de Fran, idiota cornudo.

—Vamos, nena… —Joan dio un paso hacia ella—. Si eso es lo mismo que dijiste la última vez… Déjate de tonterías y ponte de rodillas, que voy a enseñarte lo que tengo bajo la ropa…

—No, no quiero…

La bofetada resonó en la habitación. La chiquilla volvió la cabeza al recibirla y se quedó paralizada. A mí me ocurrió otro tanto. Solo Ana reaccionó ante aquel acto de violencia gratuita, aunque me dio la sensación de que el golpe no había sido lo que parecía, sino tan solo un gesto a medias, fingido, como en una película.

—Pero… ¿¡Qué coños haces!? —gritó Ana—. ¿¡Cómo te atreves!?

Joan se giró de nuevo hacia ella y volvió a decirle que se callara y mirara, si eso la ponía cachonda, o que se fuera.

Ana optó por lo primero, guardando silencio y poniéndose en jarras, como a punto de saltar. Su mirada seguía despidiendo fuego. Parecía querer quedarse, aunque no para admirar el espectáculo, sino para actuar como una especie de juez árbitro de la situación por si a Joan se le escapaba de madre, cosa que ya estaba sucediendo.

Al volver a la muchacha, comprobé que se había echado las manos sobre la cara, pero que seguía en la misma posición. En ningún momento había intentado huir del cerdo que la había golpeado.

Recordé la frase de Ana la noche de la cena en la calle Huertas: «¿Acaso sabes si a mí no me gusta que me peguen para sentirme muy puta?». ¿Se refería a esto mi cuñada? ¿Era este el tipo de sexo que atraía a Ana? ¿Era así como la trataba aquel hijo de puta en la cama? Sentí que me mareaba, el estómago revuelto y las ganas de vomitar acosándome de nuevo.

Me sujeté las tripas y volví a mirar al interior del cuarto. Joan había cambiado la expresión, alegre antes para ganar la confianza de la jovencita, adusta ahora que se le estaba resistiendo. Se acercó a ella, la agarró del pelo y la empujó a sus pies.

—¡He dicho que te pongas de rodillas, coño…! —le espetó—. Y bájame los pantalones, que quiero enseñarte mi regalo.

Cuando la chica hizo lo que le ordenaba, una sonrisa apareció en su rostro.

—¡Te has puesto los calzoncillos que te regalé…! —dijo con expresión feliz.

—Claro, preciosa… —le respondió con una voz tan cariñosa que no pude creer que saliera de la boca de Joan—. ¿A qué te gusta cómo me quedan?

La chica asintió con la cabeza sin dejar de mirar a los ojos del gigante, más gigante aún ahora que ella se hallaba arrodillada a sus pies. Su mirada hacía daño de lo inocente que era. Aquel cerdo se iba a encargar de ensuciársela, de eso estuve seguro.

Joan agarró la raíz del pelo de la muchacha y le levantó la cara. Acto seguido, se bajó los bóxer, agarró su verga con la mano libre y empezó a golpear el rostro de Pili con ella, a modo de mazo.

La chica cerraba los ojos y abría la boca, sacando su lengua donde de vez en cuando un golpe de verga caía por turnos, tras golpear sus ojos, su nariz, su frente... Tuve que reconocer que el aparato de Joan era tan grande como su cuerpo. Me impresionó, pero no solo por su longitud, sino también por su grosor. Aquel monstruo tenía que doler al entrar en el interior de una mujer, supuse atemorizado.

No quise pensar que aquel mismo instrumento hubiera estado dentro de Ana, aunque si habían sido novios tanto tiempo, no me cabía duda de que así había sido. Las arcadas volvieron a asaltarme y tuve que apretar los ojos para retenerlas.

Al abrirlos, Joan ya había introducido la verga dentro de la boca de Pili. La muchacha intentaba liberarse de la mano que la sujetaba del pelo para así echar la cabeza hacia atrás y huir de aquella polla gigante. Pero, apenas lo conseguía por unos milímetros, cuando el macarra volvía a empujarla más adentro. Daba la sensación de que la iba a asfixiar, a pesar de que solo le había introducido una parte del miembro, tan pequeña era la boca de la chiquilla.

Vi moverse a Ana justo en el momento en que yo me había decidido a lanzarme hacia él para evitar que la chica muriera por falta de aire. Joan, sin embargo, sacó su polla de la boca de Pili y empezó a follarla con suavidad. Los dos nos volvimos a nuestro sitio y la escena entre los amantes continuó sin interrupciones.

La chica reía y baboseaba la verga de Joan, chupándola con esmero, mientras el macarra entraba y salía de su boca. Las babas colgaban de la verga y de la barbilla de Pili, cayendo al suelo en cascada.

Tras unos minutos de mamada, Joan levantó a la chica y la plantó delante de él. Parecía querer empezar el segundo acto.

—Venga, quítate esas bragas de abuela que sueles llevar y enséñame el coñito… —le dijo con aire autoritario.

La chica, sin embargo, se echó las manos a la entrepierna por encima de la falda y se negó.

—Si ella sigue mirando, no me las quito… —dijo dirigiendo la vista hacia Ana.

Joan pareció molestarse por el comentario de Pili. Aun así, hizo caso de su exigencia.

—Ya has oído, Ana… —le dijo sin contemplaciones—. Largo de aquí…

La chica, sin embargo, fue más expeditiva.

—Lárgate, zorra, si quieres mirar vete a otro sitio… —dijo con voz firme—. No quiero que me veas follar con Joan… Si estás cachonda, te haces una paja en la ducha…

Ana no se movió, como retando a Joan. Este no dijo nada, pero avanzó hacia ella, la cogió de un brazo y la llevó hasta la puerta de la habitación. Apenas tuve tiempo de esconderme en el baño por lo rápido de la maniobra…

—Venga, tía, lárgate a lo tuyo… —le dijo con un último empujón—. Y limpia a conciencia la habitación de matrimonio, que Marta me ha dicho que la asistenta viene esta tarde y no quiere que se encuentre con sorpresas…

Ana obedeció de mala gana, echándole una última mirada de odio antes de alejarse sobre la mullida alfombra del pasillo.

—Me voy… —fueron sus últimas palabras—. Pero ojo con lo que le haces a la chiquilla… Voy a estar vigilando…

Cuando el macarra volvió a la habitación, me aposenté de nuevo tras la puerta. Un pensamiento súbito cruzó por mi mente. ¿Por qué seguía yo allí, mirando como un baboso lo que ocurría en la habitación entre aquel cerdo y la chiquilla? Quise engañarme con diferentes excusas, pero la verdad sobrevolaba por encima de todas: el morbo que sentía había pegado mis pies a aquella puerta y no era capaz de alejarme de allí hasta ver el final.

*

La chica se sacó las bragas por los pies, haciéndome entender la razón por la que Joan las había llamado «bragas de abuela». Se trataban éstas de una prenda enorme, de algodón y blancas. De ese tipo de bragas que usan las abuelas en las películas. Hubiera reído en otra situación, pero en ese momento malditas las ganas que tenía de hacerlo.

Cuando Pili se hubo desnudado de la ropa interior, se echó mano a la cremallera lateral de la falda para quitársela también. Joan, sin embargo, le dio un manotazo y se lo impidió.

—Te he dicho mil veces que la falda no te la quites, que me gusta follarte con ella enrollada en la cintura.

—Ayyy… bruto… —dijo la jovencita—. Me has hecho daño…

—Pues la próxima vez me haces caso… —la espetó el macarra—. Quítate la chaqueta de punto y el sujetador, pero déjate la blusa abierta para que pueda sobarte las tetas.

Pili hizo lo que le ordenaba Joan y, sin más miramientos, el gigante la empujó sobre la cama. Luego, se tendió sobre ella y empezó a recorrerle el clítoris y la hendidura con su glande XXL. Pili gruñía complacida… hasta que notó que el hombre intentaba introducir la verga a pelo dentro de ella.

Le dio un empujón sobre el pecho y se quejó.

—Eh, Joan… —dijo alarmada—. ¿Pero qué haces…? Ponte un condón, tío…

—¿Condón…? ¿Para qué…? —replicó el macarra—. No te preocupes, cielo, que no pienso echarte la leche dentro del coñito. La reservo para mejores fines.

—Que, no… que no… —Pili pataleaba—. Sin condón no me la metes…

Joan le sacudió un azote en el culo con una fuerza inaudita, a lo que la chica respondió con otro largo «ayyy».

—A ver… mala puta… —se cabreó el gigante—. Te voy a follar como me salga de los cojones… ¿lo pillas…? Así que cierra esa boquita de zorra y dedícate a callar y a correrte como una niña buena…

Y, sin más palabras, la penetró de una sola embestida.

—Agggg… —gimió la muchacha.

La verga de Joan, que solo había cabido a medias en la boca de Pili, ahora le había entrado por entero en su vagina de un solo empujón. Me maravillé de lo complejo que puede ser el cuerpo de una mujer. Y la acción me provocó tal calor que mi erección tomó vida propia, en contra de mi voluntad.

Joan follaba con rabia a la chiquilla, dejando como únicos testigos los «plas-chop» de sus muslos y sus testículos al chocar contra las nalgas de la muchacha.

Ella gemía sin parar, trayéndome a la memoria los grititos de las actrices porno japonesas. Eran los suyos gemidos de gato hambriento, que daban la sensación de provenir de un orgasmo continuo.

De pronto, la voz de la chica se dejó oír como un susurro.

—Pégame… pégame…

Joan levantó la cabeza, que había estado perdida en el cuello de Pili y, liberando una de sus manos le arreó un nuevo azote sobre la nalga. Al primero le siguieron otros dos, dejando una marca roja sobre el culo de Pili.

—Joder, Joan… ahí no… dame en la cara… necesito una buena hostia… ya lo sabes…

El estómago se me encogió al oír tales palabras. Aunque más se me encogió al oír la respuesta del macarra, no por su inquina, sino por parecer llenas de humanidad.

—No… de la cara nada… ya sabes que ahí no quiero darte…

—Joder, Joan… abofetéame, por favor… —insistía ella.

—Que no, hostias, que no… —replicó él—. Que luego te quedan marcas…

Comprendí que lo que me había parecido humanidad, no era sino miedo a las consecuencias.

Pero Pili no se conformó y volvió a la carga…

—No seas cabrón, tío… que sabes que si no me pegas no me corro… pégame… cerdo… hijo de puta… pégame…

Joan se debió de hartar ante tal retahíla y levantando el brazo la abofeteó dos veces. Iba a darle la tercera bofetada, pero no le dio tiempo. La muchacha empezó a correrse bajo sus embestidas como un vendaval.

Observé como las piernas de Pili, hasta ahora rodeando las caderas de Joan, se habían estirado completamente y se movían con espasmos sin control. Los calcetines de la chica se mostraban indiscretos, incluido el agujero por el que sobresalía un dedo gordo con la uña pintada de azul. Una de las deportivas había volado en el momento del clímax y la otra colgaba del empeine.

Si hasta entonces Pili había gritado bajito, ahora ya no se contenía y emitía gemidos que denotaban que su orgasmo estaba siendo tan gigante como el hombre que se movía sobre ella, quien tenía que sujetarla para que la verga no se le saliera de dentro.

—Cállate, hostias… —le dijo el macarra—. Que te van a oír las vecinas, mala puta…

Una nueva bofetada la hizo volver la cara y el pelo se la cubrió por completo. Cuando el orgasmo terminó, la chica quedó adormecida. Joan aprovechó la ocasión y la puso boca abajo. Luego, sacó de un cajón un bote de spray. La roció el trasero, separando sus nalgas, y entendí que se trataba de lubricante. Los dedos del macarra entraban y salían del orificio trasero de la muchacha engrasando su interior. La chica se dejaba hacer sin dar signos de estar enterándose de lo que ocurría a su espalda.

Cuando el gigante consideró que el ano de la jovencita estaba a punto, la levantó de la cadera y empezó a hurgar en su entrada con el glande, abriendo camino al enorme instrumento que venía tras él. La chica pareció recobrar el sentido y se revolvió.

—¡No…! —esta vez el grito fue de terror—. Por ahí no… Por favor… Joan… no… no… por ahí no…

Joan reía y seguía empujando.

—Calla, putita… —la espetó—. Te dije la última vez que si volvías te iba a desvirgar el culo… Y yo siempre cumplo mis promesas…

—No… cabrón… no… —seguía gimoteando la chiquilla, aunque cada vez con menor fuerza.

Joan la agarraba por el cuello mientras intentaba penetrarla, empujándola de la cabeza y pegándosela a la cama sin permitirla moverse. Ella seguía berreando y pataleando. El gigante consiguió introducir su verga unos centímetros y entonces le narró la jugada, siempre con su toque de sorna.

—¿Ves…? —era una pregunta retórica, porque Pili no estaba en posición de ver lo que ocurría tras de sí, aunque sí de sentirlo—. Ya tienes la mitad dentro… diez centímetros del tirón… ya queda menos.

Pili volvió a quejarse, pero el macarra hizo caso omiso de sus lloriqueos y, tirándole del pelo hacia atrás, le volvió a propinar una sonora bofetada. La muchacha no soltó ni un solo gemido.

Finalmente, la polla entró del todo en el orificio de la chica y Joan emitió un grito de triunfo. Y empezó a embestirla, lento al principio, pero con más fuerza cada vez. La chiquilla emitía un sonoro quejido cuando los testículos del macarra chocaban contra sus nalgas.

—Jajaja… —reía el muy cerdo—. Ya ves… decías que no querías rabo, pero ahora te lo pasas de puta madre. Eres una putita de lo mejor… te voy a perforar el culo para que la próxima vez lo disfrutes como la zorrita que eres…

Y volvía a tirarle del pelo con cada frase humillante que le soltaba para gozar de la victoria de poseerla.

*

En esas se hallaban cuando me di cuenta de que Ana volvía a la habitación donde se estaba desarrollando el espectáculo. Me escondí de nuevo en el baño y esperé a que entrara.

Joan se percató de que volvía a estar en el cuarto y la espetó con sorna:

—¿Qué, ya vienes a por lo tuyo? —rió ufano—. Pues espera un par de minutos que ya acabo con ésta y te la meto por donde quieras…

La muchacha ya casi ni gemía, las fuerzas perdidas por sus anteriores intentos de resistirse.

—A tu puta madre se la vas a meter tú… —Ana no se arredró con las chulerías del machito.

—Jajaja… —rió el muy cerdo antes de sacar la verga del culo de la chiquilla. A continuación, la tomó en brazos y la tendió en mejor postura, la almohada bajo la cabeza. Pili estaba como ida, sin capacidad de hacer o decir nada—. Bueno, ya está desvirgada por el culo, la muy golfa, ahora me toca disfrutar a mí…

—Cuidado con lo que le haces… recuerda que te vigilo…

Joan hizo caso omiso de la advertencia de Ana y se posicionó sobre la cara de Pili, acercando su verga a la boca de la muchacha. Tras ubicarse, le tomó de nuevo por el pelo y la sujetó con firmeza, justo antes de empezar a pajearse para el acto final.

Pili por fin reaccionó y se dio cuenta de que Joan iba a descargar su próstata sobre su boca y su rostro. Esto no pareció de su agrado, porque se revolvió como pudo. El gigante, sin embargo, había anticipado lo que ocurriría cuando ella despertara y con sus piernas le sujetaba los brazos, no dejándola mover ni un músculo. Como Pili no paraba de moverse, el gigante le propinó una nueva bofetada que la dejó paralizada.

—No te muevas, guarra… que me vas a hacer manchar la cama…

Cuando el macarra empezó a correrse, la cara de Pili se convirtió en un estercolero de semen. Aquel monstruo tenía una capacidad eyaculatoria impensable en un ser normal. Y la chica debía de saberlo y por eso se resistía. La cara, la frente, el pelo, los ojos, la nariz, la boca… Todo el rostro de Pili quedaba enterrado por el esperma de aquella bestia inmunda… que no dejaba de eyacular en ningún momento, gritando como un poseso.

—Aaaagggg… toma puta, toma, cómete toda mi leche…. Jajaja…

Pili consiguió zafarse unos segundos y giró la cara hacia un lado. El cerdo de Joan la agarró aún más fuerte del pelo y tiró de ella para que no se liberara.

—¿Dónde vas, hija de puta…? —reía y humillaba a la chica mientras la embadurnaba—. ¡Quédate quieta, pedazo de golfa… que aún no he terminado…!

Y seguía disparando sus chorros de leche apuntando a partes del rostro sobre las que aún no había caído ninguno.

Para bien de la muchacha, la fiesta terminó y el gigante quedó vacío y resoplando. Ana y yo permanecíamos mudos ante el espectáculo, cada uno por su lado, sin saber si lanzarnos hacia él o esperar a que la tormenta pasara. Nos había quedado claro que aquella relación era consentida y el gigante era mucho gigante, tanto para Ana como para mí.

El muy cerdo, por su parte, no parecía querer finalizar la humillación. Se bajó de la cama y, riendo a carcajadas, le habló a Ana mientras señalaba a la muchacha.

—¿Has visto a la muy puta…? —reía triunfal—. Se me quería escapar…

Ana puso cara de desagrado y, abriendo un cajón de la cómoda, extrajo una toalla y se la tendió a la chica para que se limpiara.

Pili se estuvo secando un buen rato el esperma del macarra, mientras éste se vestía. No parecía importarle tener la verga húmeda de su propio esperma, al parecer, porque no hizo ni el mínimo gesto de limpiársela antes de recolocarse los bóxer y el pantalón.

Ana, mientras tanto, intentaba ayudar a Pili a recomponer su ropa. La chica, sin embargo, no se dejó hacer y de un empujón la apartó de su lado.

Cuando ya estaba arreglada, la jovencita se volvió hacia Joan y le espetó:

—¡Me voy…!

El macarra se había sentado sobre la cama y fumaba un cigarro, plácidamente.

—Pues adiós…

—¿No vas a darme un beso…? —insistió la chica.

—No, monada… Te he dicho muchas veces que yo no doy besos…

—Pues si no me besas me voy a largar y no voy a volver nunca… —se la veía enfadada—. ¿Te enteras…?

—Ya… —replicó Joan—. Eso dijiste la última vez… pero volverás porque estás enamorada de mi rabo.

—No estoy enamorada de tu rabo… cabronazo… Estoy enamorada de ti… Aunque en mala hora…

—Anda vete a tomar por culo y lárgate a follar con tu novio… so zorra… —el macarra subía de tono a cada frase.

—Con mi novio no quiero follar… —esta vez la voz se le quebró a Pili—. Él no sabe hacerlo como tú…

—Ya te digo… —rió el macarra—. Su rabo no es ni la mitad del mío, el muy gilipuertas…

—¿Cuándo se lo has visto, cabronazo…?

—Pues se lo he visto el otro día cuando le di por el culo… ¿te enteras…? —el muy cerdo hablaba y reía, apuntillando a la chiquilla—. Y cuando terminé con él me folle a tu madre…

Ana observaba aquella conversación hipnotizada, como si no se la creyera. Y el mismo estupor tenía que estar asomándose a mi rostro. ¿Aquella conversación era real…?

El mundo se había vuelto loco de repente. Chavalas con un valor incalculable proporcionado por su juventud y belleza dejándose humillar hasta la degradación por sucios macarras que las trataban como ganado. La liberación de la mujer había fallado en algún punto del plan estratégico feminista, me dije. Porque aquel no era un caso aislado, bastaba con darse una vuelta por una disco una noche de fin de semana para observar casos parecidos a mansalva en los lavabos de señoras, en los coches aparcados en la puerta y en cualquier rincón lo suficientemente oscuro para que una chica pudiera bajarse las bragas sin pudor. Las feministas tenían que hacérselo mirar, pensé.

Y estas experiencias que me provocaban el vómito las veía ocurrir en mi propia casa tan solo unos minutos desde que había entrado en ella, aquejado de mis problemas de asma primaveral. Hubiera dado un brazo por saber lo que se le pasaba a Ana por la cabeza en ese momento.

De vuelta a Pili, observé que la chica se iba hacia Joan y, abrazándole por el cuello, le morreaba durante un par de minutos sin descanso. Cuando liberó el abrazo, Joan soltó una carcajada y le dio un azote en el culo.

—Vete con tu puta madre… —le soltó—. Y cuando te diga que vengas a que te dé lo tuyo, ni me chistes, ¿me oyes?

—Va-vale… —dijo la muchacha, dócil, y tuve que sacar un pañuelo del bolsillo para escupir las babas que me habían producido la arcada al oírla asentir como un corderito.

Pili, avergonzada y humillada, salió del dormitorio como una exhalación. No me dio tiempo a esconderme y me descubrió. Me miró sin inmutarse. Quizá pensó «¿qué hace éste aquí?», pero su expresión fue neutral y siguió su camino. Tras unos segundos de recorrer el pasillo a la carrera, el portazo nos anunció a los tres que la muchacha había salido de la casa.

*

Ana se quedó mirando fumar al macarra. Cuando éste terminó el cigarro, se fue hacia él y tiró de su brazo para que se levantara.

—Ésta ya está a punto —dijo recogiendo su móvil de la mesilla—. Le voy a decir a tu hermana que le busque un «amiguito». Le va a sacar una pasta con esa cara de niña que lleva la pobre… Aunque como puta es muy puta… jajaja… casi diría que reputa…

Ana le miró con odio y se mordió el labio. Parecía contenerse para no gritarle lo que se le estaba pasando por la cabeza.

—Venga, imbécil, sal de aquí que voy a arreglar el cuarto —le dijo en lugar de lo que parecía querer decir—. Si la asistenta ve este trajín va a preguntar qué ha pasado y Marta nos la va a liar con razón.

Joan se dejó levantar sin oponer resistencia e intentó abrazar a Ana, aunque esta se zafó con soltura.

Entonces supe por qué estaba yo allí. Ya no era un mirón, sino un vigilante. Si a Joan se le ocurría mostrar las mismas intenciones con Ana que las que había manifestado con Pili, aquel puerco se iba a enterar de lo que era un tío cabreado, por muy gigante que fuera.

El tipo, inasequible al desaliento, le hizo una carantoña a mi cuñada, aunque Ana la esquivó y su mano solo rozó el aire.

—¿De verdad no quieres que te haga resoplar un poco…? —gruñó divertido—. Ya has visto como ha quedado Pilar con la enculada que la he pegado. Esa zorrita no ha disfrutado tanto en su puta vida.

Ana había tirado de la ropa de cama hacia atrás y estiraba la sábana bajera antes de volver a colocarla. El tipejo se acercó a su lado por detrás y la tomó de la cintura, apoyando su entrepierna contra el culo de mi cuñada. Pero ella se revolvió y le empujó hacia atrás.

—Como me toques un solo pelo de la cabeza, te parto la crisma… —le dijo con malos modos—. Y luego se lo cuento a mi hermana, a ver qué le parece…

Joan tragó saliva y calló. La mención de Marta parecía lo único que podía pararle. Luego, de mala gana, le dijo que se iba y que le dieran por donde pudieran.

—Algún día ya no estará Marta para protegerte… —fueron sus últimas palabras—. Y ese día…

Dejó la frase en el aire y se dirigió hacia la puerta.

Al ver que el tipo se largaba y que Ana ya no corría peligro, salí a la carrera y me introduje en mi habitación. Mientras oía el portazo de Joan al salir de la casa, comprobé que el dormitorio había sido aseado por completo. Las manos de Ana habían realizado el cambio, que más que cambio parecía un milagro a la vista de cómo había estado el cuarto unos minutos antes.

No sabía cuál sería mi próximo movimiento. Se suponía que estaba en un congreso a más de quinientos kilómetros de Madrid. ¿Cómo iba a explicar mi presencia allí? Necesitaba calmarme y pensar, antes de tomar ninguna decisión sobre lo que haría a continuación. Antes de pedir explicaciones por lo que había presenciado en aquella aciaga mañana.

Tras unos minutos durante los que intenté serenarme, me decidí a salir de la habitación. Quizá, si pudiera hablar con Ana, ésta podría aclararme alguna de las barbaridades que había presenciado. Quizá todo tuviera una explicación lógica… O esa mentira me contaba a mí mismo, al menos.

Salí por el pasillo y me dirigí hacia la habitación donde habían retozado Joan y Pili. Ana salía justo en ese momento por ella.

Y, de repente, me vio.

*

El respingo de Ana, junto con su expresión de terror, dejaron claro lo que se le pasaba por la cabeza en ese instante: «¿De dónde sale éste?», decían sus ojos con total nitidez.

—Ana, necesito hablar contigo… —le dije juntando las manos—. Quiero que me expliques qué está pasando…

No me dio tiempo a articular una palabra más. Mi cuñada me empujó y salió a la carrera. Caí de rodillas por su ímpetu y, cuando quise recuperarme, ya había entrado en su habitación y asegurado el pestillo interior.

Me volqué sobre la puerta y empecé a golpearla con desesperación.

—¡Ana…! —gritaba—. ¡Ábreme, por favor…! ¡Necesito entender qué está pasando...! No me dejes así, por favor…

Estas mismas palabras fueron repetidas por mis labios mientras mis pulmones, cansados por el ataque de asma, pudieron responderme.

Cuando perdí el aliento, mis gritos fueron convirtiéndose en lloriqueos y con susurros estuve intentando que me abriera la puerta durante un tiempo que no supe calcular. Me había sentado sobre la alfombra y me dispuse a esperar el tiempo que hiciera falta. Mi vida no podría continuar si no recibía las respuestas que mi mente necesitaba.

Mi mente… y mi corazón… Porque la horrible historia que estaba ocurriendo en mi propia casa y con mi propia gente me habían ya roto el corazón para siempre. Y yo sabía que ya no sería el mismo nunca más.

Las sombras se habían adueñado del pasillo cuando desperté asustado y recordé que me hallaba a la puerta del cuarto de Ana. De pronto, observé una figura que salía de él como un fantasma. Mi cuñada huía de su habitación y de mí con una bolsa de viaje entre las manos.

Me aferré a sus piernas en un último intento de retenerla. No podía dejarla marchar. Si lo hacía, me temía que iba a perderla para siempre. Y, con ella, mi vida.

—Por dios, Ana… —le supliqué—. No te vayas, por favor…

Mi cuñada se zafó de mis manos y corrió hacia el recibidor. El portazo que dio al salir me recordó otro tema de Sabina: «…el portazo sonó como un signo de interrogación…».

Y así me sentí yo: un hombre abandonado con un sinfín de interrogantes a la búsqueda de respuesta.

*

Extracto del diario de Ana

Buenas noches, querido diario. Hoy ha ocurrido la catástrofe que llevaba tiempo temiendo y que estoy segura que va a cambiar nuestras vidas: La de Marta, la de Fran y la mía.

Podría pasarme horas explicándote en estas páginas todo lo que ha sucedido, pero baste con que te diga que Fran ha descubierto algunos de los secretos de esta casa. Y, si aún no conoce los detalles al completo, no dudo de que los obtendrá en pocos días utilizando esa viva perspicacia que a Marta le pasa desapercibida, pero que yo sé que él posee.

Durante todo este tiempo, desde que me mudé a la casa de Fran y Marta, he temido que esto pudiera ocurrir. Me engañaba diciéndome que eran solo impresiones mías, y me dejaba arrullar por la voz de Marta que me repetía que, si seguía sus indicaciones, todo saldría bien. Y en muy poco tiempo.

Hoy ya sé que su plan ha descarrilado. Y yo lo siento en el alma, me duele con un dolor que parece quemar por dentro. Pero no lo siento por mi hermana, sino por Fran.

Apenas puedo imaginar el terrible trance por el que debe de estar pasando mi cuñado. ¿Estará tan asustado como yo? Imagino que sí, que el horror que ha tenido que vivir en solo unas horas le habrá destruido por completo. Si pudiera hacer algo por él, diario, lo haría sin dudar. Pero ¿qué puedo hacer yo, sencillo peón en todo este juego, para devolverle la vida a Fran? Mi pobre y adorado Fran.

Voy a intentar dormir, querido diario, solo los sueños podrán sosegar mi turbulento estado de ánimo. Buenas noches.

Pronto volveré a ti con más noticias sobre esta terrible catástrofe.

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Continuará...

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