Xtories

La Farmacéutica VII

Isabel nunca imaginó que una simple visita a un chalet de playa terminaría así. Entre besos disimulados y miradas hambrientas, la noche se transforma en un juego del que no puede salir. ¿Está preparada para perder el control entre extraños?

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El olor a nuevo estaba todavía en el ambiente de la casa. Era un chalet nuevo cerca de la playa, y aquella pareja había decidido hacer una fiesta de inauguración. Miguel y Clara ya eran unos viejos conocidos de Isabel y José María. Habían compartido un viaje a París donde Clara se había revelado como una compañera de juegos perfecta para Isabel, y Miguel un amante incansable. No habrían más de diez o doce parejas, más un par de chicas y chicos que parecían no tener compañía, aunque no desentonaban en el ambiente. José María se acercó a la barra improvisada del jardín, llevando de la mano a Isabel.

-Un Martini rojo con hielo y una rodaja de naranja, por favor. Y un gin tonic de Beefeater, con dos rodajas de limón.

-Vaya ambientazo que hay aquí, joder. Éstos dos se lo montan de maravilla, -le comentó Isabel en voz baja a su marido.

-Ya te digo, tienen que tener el dinero por castigo, y eso que son jóvenes, -le contestó José María.

José María se dio cuenta que dos hombres muy bien trajeados, no le quitaban ojo a Isabel. Aquella noche ella estaba espectacular. Lucía un moreno integral sin marca alguna de bañador o bikini, ganado a pulso en una cala de Almería. El bronceado destacaba con su vestido corto de tirantes azul claro, y lo suficientemente corto como para dejar ver sus piernas y buena parte de los muslos cuando se sentaba.

-Toma cariño, siéntate, -le dijo mientras le acercaba a su mujer un taburete. -Y cuando puedas, mira disimuladamente a los tipos del final de la barra.

Isabel tomó asiento en el taburete, cruzó las piernas de forma sensual, entre otras cosas, para ocultar la ausencia de ropa interior.

-El del pelo corto y canosillo está bien, -dijo ella después de dar un sorbo a su gin tonic, -tiene buena facha.

Ambos miraron al susodicho individuo mostrando un cierto interés. El chico interpretó las señales, y se acercó a la pareja con un porte elegante, sosteniendo el vaso de su bebida.

-Hola, me llamo Eduardo, ¿qué tal?, -dijo mientras daba un beso en la mejilla a Isabel y la mano a José María.

-Yo Isabel, y él es mi marido José María, -le respondió Isabel con una sonrisa.

-¿Sois amigos de Clara y Miguel?, -preguntó Eduardo iniciando una conversación.

-Si, nos conocimos en un viaje hace poco, -dijo José María.

-¿Pero estáis en el club?, volvió a interrogar el chico.

-¿Qué club?, -preguntó con cierta sorpresa Isabel.

-¡Ah, joder!, pensé que lo sabíais, -dijo sorprendido Eduardo, -no quisiera meter la pata.

-No pasa nada, no te preocupes, pero es que no sabemos de lo que hablas. -dijo José María.

-Es que todos los que estamos aquí somos conocidos del club de parejas al que van ellos. Digamos que es una fiesta exclusiva para los amigos swinger. Pensaba que estábais al corriente, -se explicó Eduardo.

-Nosotros nos conocimos mediante una web de contactos, y planeamos un viaje a París las dos parejas para conocernos mejor, -intervino Isabel, -pero no teníamos ni idea de ningún club. Sabíamos un poco de qué iba esta fiesta, pero no que ya todos se conocían de antes.

-¡Aah, vale!, vosotros sois los de París, -dijo Eduardo aliviado con el comentario de Isabel, -Miguel y Clara nos hablaron de vosotros, y que lo pasásteis muy bien.

-Joder, las noticias vuelan, -dijo José María llevándose su vaso a la boca.

Desde otra parte de la casa se acercó Clara con una sonrisa.

-¡Eh chicos!, que bien que hayáis venido, -dijo mientras besaba a José María e Isabel.

-¿Qué tal Clara?, gracias a ti por invitarnos, -agradeció José María con otro beso en cara a Clara, y abrazándola por la cintura.

-Edu, ¿has venido solo hoy?, no he visto a Lola, -preguntó Clara.

-Hoy tiene guardia en el hospital.

-Bueno, otra vez será. ¿José María, me prestas a Isabel?, quiero enseñarle la casa, -pidió Clara.

-Por supuesto, faltaría más.

Isabel y Clara se alejaron del grupo, y metiéndose por un pasillo, se adentraron en la vivienda. Se tomaron su tiempo para recorrer la casa; Clara iba explicando a Isabel donde estaban y el uso que daban a las distintas habitaciones, y alternando el muestreo con conversaciones y chismes varios. El safari duró demasiado para gusto de Isabel, pero no quería ser impertinente con Clara, después del placer y de las horas de sexo que le había regalado durante el viaje a París. Durante una de las paradas, incluso dio tiempo para un escarceo entre ambas, alternando besos y toqueteos. Isabel notó como se mojaba con cada caricia o beso que le dedicaba su cicerone. Sus pezones se delataron bajo el vestido, después de que Clara le masajeara la vagina poniendo su mano sobre el vestido.

-Me gusta tu estilo, que vengas sin bragas dice mucho, -le dijo Clara después del magreo.

-No quería poner más barreras de las necesarias, es como si me declarara espacio Schengen.

-Me gusta el símil, -respondió Clara guiñando un ojo.

Pasado el recorrido turístico, volvieron a la planta de abajo, y al entrar en el salón, el espectáculo que se abrió ante los ojos de Isabel era como el de un campo de batalla, sólo que en lugar de matarse, la gente follaba. Todo el mundo estaba mezclado y repartido por la habitación.

-¿Habías estado alguna vez en alguna fiesta de parejas o una orgía?, -le preguntó Clara mientras acariciaba el culo de Isabel, atreviéndose incluso a meter la mano entre las nalgas por encima del vestido.

-No, es la primera vez, -respondió Isabel sintiendo la mano de su anfitriona hurgando en su trasero.

Uno de los hombres completamente desnudo viniendo desde atrás, la cogió de la mano y la llevó hasta un rincón de la habitación, le separó suavemente las piernas y comenzó a besarle el interior de sus muslos mientras se masturbaba lentamente. La lengua llegó hasta su sexo, y provocó que Isabel exhalara un suspiro mientras se masajeaba los pechos. Cuando su víctima eyaculó, ella se tumbó boca arriba sobre la alfombra, con la vista perdida en el techo. El roce de las manos que jugaban sobre sus muslos había empezado a surtir efecto y nada le importó hasta que de repente, desapareció su vestido. Unas manos expertas se lo había sacado por la cabeza. Isabel pudo notar el calor de un aliento nuevo sobre su vientre. Alguien le empezó a estirar con suavidad los brazos hacia atrás, y una lengua se puso a recorrer su boca primero, y sus tetas después. A la vez otra lengua se entretenía con sus pies, subiendo poco a poco por las pantorrillas y terminado en la cara interna de sus muslos. Una verga dura como una piedra y erecta llegó a sus labios, e Isabel agarrándola suavemente, se la llevó hasta su boca para regalarle al agraciado propietario de aquel músculo, una mamada lenta y parsimoniosa. Sintió el calor del trozo de carne en su boca, y los pliegues rozando la lengua y el paladar. Alguien le entreabrió con delicadeza la vulva y comenzó a acariciarle el clítoris, a la vez que se unieron otras lenguas que juguetearon con sus pezones. Otro pene igual de duro que el que tenía en la boca, se introdujo con fuerza en su vagina, y su cuerpo se contrajo, su piel se erizó, y de su garganta salió un largo gemido. Su espalda se arqueó a la primera embestida. Oyó más gemidos aparte de los suyos. Su cuerpo se fue encogiendo y comprimió toda su energía antes de la gran expansión. Un orgasmo placentero e intenso la invadió de repente. Su cuerpo ya no era suyo, no se distinguía de los cuerpos de los demás y el placer no le pertenecía, no era de ella ni era de nadie… era de todos.