Isabel, grata sorpresa
Isabel lleva diez años sin tocar a nadie, pero Pablo ha sido su obsesión silenciosa durante los paseos con Lola. Cuando la puerta de su casa se cierra por primera vez sin testigos, la edad y las convenciones se desvanecen ante el peso de sus curvas y el hambre de sus labios.
Me la presentó mi amiga Lola. Al principio no congeniamos nada. Incluso nos saludábamos sin ninguna emoción. Isabel, una mujer separada de 70 años, medía 1,65 y pesaba unos 80 kilos. Todo en ella eran curvas. Un buen culo y unas tetas grandes, que dejaban entrever dos buenos pezones era lo más atrayente que tenía. Gordita, no era guapa, pero tampoco fea. Rubia de bote y los ojos marrones, se pintaba los ojos y los labios para salir a la calle.
Se trasladó a vivir al pueblo donde Lola y yo pasábamos los fines de semana y las vacaciones con nuestras familias, y a la vez aprovechábamos para follar de vez en cuando. Isabel se unió a los largos paseos que me daba con Lola todos los días por las tardes, por lo que nuestra oportunidad para follar por aquellos montes solitarios se nos había acabado y tuvimos que reinventarnos para disfrutar de nuestra intimidad.
Lola me confesó que había hablado con Isabel de cosas íntimas, tanto que le había dicho que su marido la tenía abandonada y que follaba conmigo, incluso que alguna vez habíamos follado delante de él a petición suya. Me dijo que Isabel llevaba diez años sin follar, desde que se separó de su marido y que no tenía intención de volver a tener pareja, aunque sí practicaba la masturbación casi a diario. Es decir, si con 70 años se pajeaba todos los días es que aún tenía la lívido a flor de piel.
Paseábamos los tres hablando de cosas cotidianas. Casi siempre Isabel se colocaba en medio de Lola y mía, lo que hacía que sus grandes tetas se balancearan dentro de un sujetador bastante suelto. Eso me excitaba o, al menos, me hacía mirarla con deseo, aunque con mucha precaución porque Lola era muy celosa y se podía montar un numerito.
Al segundo verano de que Isabel viviera en el pueblo ya cogimos más confianza, incluso nos dábamos besos en las mejillas cuando nos veíamos o despedíamos, tal y como hacíamos Lola y yo. Comenzamos a cruzar miradas mientras caminábamos o hablábamos tomando una cerveza. Aun no habíamos coincidido en salir solos, sin Lola y poco se podía intentar, aunque ambos lo deseábamos.
Una tarde, estando tumbado en el sofá a la hora de la siesta, me llegó un wasap de Isabel y me hizo entablar una conversación.
Isabel: Hola Pablo, ¿qué haces?
Yo: Hola Isabel, aquí tumbado viendo la televisión.
Isabel: Estaba pensando en ti, por eso te escribo.
Yo: ¿Y eso por qué?
Isabel: No sé. Últimamente te tengo fijado en mi cabeza.
Yo: Eso es un halago, Isabel.
Isabel: Es la verdad. Es la primera vez que te escribo. Tenía ganas de hacerlo, pero no me atrevía por si te molestabas.
Yo: ¿Por qué me iba a molestar?
Isabel: Nunca hemos hablado ni estado a solas.
Yo: ¿Y tu quieres que lo hagamos?
Isabel: Sí, me apetecería charlar un rato sin que estuviera Lola presente.
Yo: Invítame un día a café.
Isabel: Estás invitado. Vente a mi casa ahora y lo tomamos.
Dicho y hecho. Me levanté del sofá y me dirigí a su casa tal y como estaba vestido, con unos pantalones cortos y un polo. Era agosto y hacía mucho calor. Al llegar a la puerta de su chalet, Isabel estaba esperando en el porche. Se acercó a la cancela y me abrió. Nos dimos dos besos, pero esta vez con algo más de pasión, lo que provocó que sus grandes tetas se clavaran en mi pecho. Me invitó a pasar y a sentarme en el salón, donde tenía el aire acondicionado puesto. Isabel llevaba un vestido de andar por casa por encima de las rodillas, dejando a la vista dos preciosos muslos. No llevaba sujetador, lo que hacía que sus tetas estuvieran más caídas de lo normal, cosa que a mi me excitaba bastante.
Tomamos el café mientras chalábamos.
Yo: Me alegra que me hayas escrito e invitado a tomar café.
Isabel: Y yo que hayas sido receptivo a mi llamada.
Yo: ¿Tanto lo deseabas?
Isabel: Sí. Tenía ganas de ver como eras en las distancias cortas sin que estuviera nadie como testigo.
Yo: La verdad es que a mi desde un tiempo a esta parte me atraes...
Isabel: Tu siempre me has atraído. Siempre he sentido algo especial cuando nos hemos visto.
Yo: ¿Morbo?
Isabel: Puede ser morbo, si, pero lo que si sé es que no puedo sacarte de mi cabeza.
Yo: ¿Tanto te gusto?...
Isabel se sentó a mi lado en el sofá, cogió mis manos, cerró los ojos y esperó a que mis labios sellaran con un beso los suyos. Nuestras bocas se juntaron, nuestras lenguas juguetearon, nuestras salivas se mezclaron... Le mordí el labio inferior, mientras mis manos acariciaban su cara. Isabel no abría los ojos, pero estaba concentrada en lo que estábamos haciendo. Mis manos bajaron a sus tetas por encima de su vestido. Grandes, gordas y sus pezones comenzaron a crecer. Isabel poso una mano en mi pecho y la otra en mi cintura. No parábamos de besarnos, de acariciarnos... Mi mano izquierda comenzó a acariciar uno de sus muslos. Eran suaves, gordos, pero a la vez duros. Mi mano derecha no dejaba de sobar sus tetas.
Isabel se levantó y se quitó el vestido quedándose con unas bragas blancas de encaje que no tapaban su peludo coño. Eso provocó una excitación en mí y me levanté, me quité el polo y dejé al descubierto mi pecho, que inmediatamente Isabel acarició y lamió mientras mis manos se centraban en engordar aquellos dos pezones con aureolas grandes negras. Las manos de Isabel bajaron mi pantalón dejando libre mis 18 centímetros de polla, bajo besándome y lamiendo mi pecho, mi tripa y mi pubis hasta que su baca se topó con mi glande gordo y deseoso de que lo lamiera.
Comenzó a chuparlo despacio. Isabel metía mi polla en su boca con deseo. Lo hacía con maestría llegando mi glande a tocar su garganta mientras mis manos acariciaban su pelo y sus ojos miraban los míos llenos de placer y lujuria. Me la estaba chupando como si fuera su primera vez, recreándose y gimiendo. La sacaba de su boca y la restregaba en sus tetas. Volvía a mamarla... La levanté suavemente y la tumbé en el sofá. Mi boca comenzó a chuparle los pezones mientras mi mano acariciaba su peludo y moreno pubis dejando que mis dedos bajaran hacia su clítoris. Isabel comenzaba a retorcerse. Tenía un clítoris grande y muy duro que sobresalía de su coño de la excitación. Tenía que comérselo. Bajé y comencé a lamerlo por encima de las bragas. Se las quité, abrió las piernas y me mostró un coño grande con dos labios muy salidos y una vagina rosada y muy mojada. Comencé a lamer, a tragarme todos los jugos que salían, a chupar su clítoris, que era tan grande que podía jugar con él con mi boca, lo que despertaba en ella una doble excitación.
Mis manos no dejaban de acaricias esas dos grandes tetas mientras chupaban su coño y mi polla no dejaba de dar espasmos de erección. Isabel se corrió entre gemido, jadeos y gritos mientras mi lengua penetraba su vagina. "Fóllame, fóllame, fóllame", me pidió. Me incorporé, levanté sus piernas, las coloqué en mis hombros y la penetré. Tan grande era su coño que mis 18 centímetros bailaban dentro, pero cogí el ritmo golpeando mi pubis con su clítoris. "Me corro, me corro otra vez", gritaba mientras yo aceleré mi penetración. No podía más y quería correrme, así que la saqué, me senté en su tripa y comencé a follarle las tetas mientras ella abría su boca indicándome donde tenía que correrme.
Un chorro, dos y hasta tres descargaron mis huevos sobre su boca, su cara y sus tetas mientras Isabel agarraba mi polla con las dos manos y saboreaba toda mi leche. Mi polla no bajaba la erección, así que decidí volver a meterla en su coño, despacito y fundiéndome en un abrazo que provocó que ambos nos embardunáramos en mi semen que se había esparcido por su cuerpo. Nuestras bocas volvieron a juntarse otra vez saboreando los dos mi leche. Eso nos excitó mucho y produjo una nueva fusión entre su coño y mi polla. "Quiero que te corras dentro de mí. Lo necesito", me pidió Isabel. Dicho y hecho. Isabel me abrazó con sus piernas, contrajo la vagina y permitió que con mis movimientos de cadera que mi polla no se escapara y volviera a eyacular. Me volvió loco notar como acogía mi pequeña, pero placentera corrida.
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