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Dominaciónoct 2025

Sumisa de la hija de mi amiga 8

Sofía no solo quiere a tu hija; quiere tu silencio, tu cuerpo y tu sumisión. Y tú, Elena, ya no puedes negarte. Cada secreto que guardas es una cadena más que te ata a ella.

Balkonadi16K vistas9.4· 22 votos

El despertar fue suave, un emerger de aguas profundas hacia la superficie de una realidad que ya nunca sería sencilla. La primera conciencia fue el olor de Sofía, impregnado en las sábanas, en mi piel, en el aire. Antes de que mis ojos se abrieran por completo, mi cuerpo ya se estaba moviendo, guiado por un instinto más profundo que el pensamiento. Me deslicé entre las sábanas, mi búsqueda húmeda y experta encontró su sexo dormido y cálido.

Comencé a lamerla con una devoción silenciosa, un ritual matutino de sumisión que imaginé que le gustaría a mi ama. Ella emitió un quejido soñoliento, sus caderas arqueándose ligeramente hacia mi boca en un gesto de puro placer inconsciente. Justo entonces, el vibrato estridente de su móvil cortó la calma. Sofía abrió los ojos e ignorandome, miró la pantalla y una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios. Pulsó el botón de responder y puso el altavoz.

—Hola, preciosa —dijo, su voz ronca por el sueño, pero dulce, tierna. Una voz que nunca usaba conmigo.

La voz de Raquel, clara y juvenil, llenó la habitación. —¡Sofía! Buenos días mi amor ¿Soñaste conmigo?

Mientras ellas hablaban, yo no me detuve. Al contrario. La revelación de la noche anterior, el dolor y la humillación, se transformaron en un combustible extraño. Cada palabra de cariño que Sofía le dirigía a mi hija era una brasa que avivaba el fuego de mi lengua. Lamiéndola, succionándola, sabía que estaba cometiendo el acto más transgresor imaginable: sirviendo de forma anónima y sumisa a la amante de mi propia hija, mientras esta, al otro lado del teléfono, ignoraba por completo la escena.

—Por supuesto que soñé contigo –murmuró Sofía, y un pequeño jadeo se escapó de sus labios que ella disimuló tosiendo levemente–. Toda la noche he estado pensando en ti, Raquel. En verte hoy. Lo estoy deseando.

Mi lengua se volvió más insistente, más profunda. Quería marcar mi territorio en la única forma que me era permitida: con mi boca, con mi sumisión. Sentía cómo su cuerpo se tensaba bajo mi ataque silencioso, cómo luchaba por mantener la compostura en su voz.

—Yo también —decía Raquel, ajena—. Solo te llamaba para oír tu voz, espero no haberte despertado.

— ¡Que va! Estaba entre las sábanas recordando lo del otro día —agarró mi cabeza manteniéndola bien cerca de su sexo y añadió—. No me lo puedo quitar de la cabeza.

—Jajaja te llamo luego y lo mejoramos, ¿vale? Te quiero.

—Yo también te quiero, cariño —respondió Sofía, y justo en ese momento, mientras colgaba, su cuerpo se estremeció en un orgasmo silencioso y violento. Sus músculos abdominales se tensaron, sus puños se cerraron en las sábanas. Mi boca fue testigo y causa de su clímax, un éxtasis mudo que Raquel no podría ni sospechar.

Dejó el teléfono en la mesita de noche y un suspiro profundo, cargado de satisfacción y tensión liberada, escapó de sus pulmones. Me miró desde arriba, sus ojos azules brillando con una mezcla de lujuria y superioridad.

—Dios, Vaquita —jadeó—. Tu hija es increíble, pero aún no sabe comerse un coño ni la mitad de bien que tú.

La comparación, tan cruda, tan deliberadamente hiriente, debería haberme destrozado. En cambio, una oleada de calor vergonzoso me recorrió. Era la mejor. En eso, al menos, era insustituible.

Me levanté para prepararme para irme, el peso de la nueva realidad sobre mis hombros. Mientras me vestía, Sofía, todavía desnuda y recostada en la cama, me lanzó la última serie de órdenes, sellando mi futuro.

—No olvides tu regalo —dijo, señalando el plug anal con la 'S' grabada—. A partir de ahora, lo llevarás siempre. Es mi marca dentro de ti. Te lo puedes quitar solo cuando estés con Carlos, para que no sospeche. Pero —y aquí su voz se volvió más oscura— si estás con mi madre, te lo dejas puesto. Quiero que sientas mi presencia cuando te tires a mi madre.

Asentí, sintiendo el metal frío en mi mano. Era una cárcel interior, un recordatorio perpetuo.

—Y cuando estés con ella —continuó, disfrutando del juego—, quiero que le digas que tu amante sabe lo vuestro y, no solo eso, sino que te he animado a seguir quedando con ella. Dile que a mí... me encanta.

La perversión del encargo era absoluta. No solo era su sumisa y la amante secreta de su madre, sino que ahora era también el mensajero de sus fantasías más retorcidas.

—Sí, Ama —susurré, colocando el plug en mi interior ante su atenta mirada.

Salí de la habitación sintiéndome como un juguete complejo y sobrecargado, programado para cumplir funciones contradictorias en vidas separadas que ella se empeñaba en entrelazar. Al cerrar la puerta, no miré atrás. Sabía que mi vida, desde ese momento, sería un acto de equilibrio constante sobre un abismo de secretos. Llevaría su inicial dentro de mí, un recordatorio físico y constante de que, sin importar con quién estuviera, mi cuerpo y mi lealtad le pertenecían a ella. La Vaquita había sido marcada, y llevar esa marca significaba que era suya, lo que se había vuelto en mi única razón de ser.

El trayecto a casa fue un borrón. Las calles, la gente, los semáforos... todo parecía desdibujado, como si una fina capa de niebla se interpusiera entre el mundo y yo. Solo una cosa era nítida: la sensación del plug anal, su peso y su presencia, un recordatorio constante que transformaba cada bache del asfalto en un susurro de mi Ama.

Al entrar en casa, la rutina me envolvió con sus sonidos y olores familiares, pero yo ya no era la mujer que había salido de allí la víspera.

​—Hola, cariño —la voz de Carlos llegó desde el salón.

Me acerqué y le di un beso en la mejilla. Sus labios eran suaves, conocidos, pero los mios ya no le pertencían. Mientras lo besé, un movimiento involuntario, un pequeño ajuste de postura, hizo que el plug se moviera ligeramente dentro de mí. Un escalofrío de excitación culpable me recorrió la espalda. Él no notó nada. Para él, solo era su esposa, volviendo de una noche con su mejor amiga.

​—Hola, mamá —la voz de Raquel, alegre y despreocupada, me hizo girar. Bajaba las escaleras con un vestido floreado, uno que le sentaba de maravilla. Por una fracción de segundo pensé que podría ir sin ropa interior, pero deseché ese pensamiento rápidamente. Su melena castaña brillaba bajo la luz del recibidor. Iba a ver a Sofía. Lo sabía. El conocimiento era una piedra en mi estómago, pero también... una chispa.

​La observé, no con la mirada crítica o cariñosa de una madre, sino con la de una mujer. Con la mirada que, sabía, tendría Sofía. Era guapa, joven, con la piel tersa y la sonrisa fácil. Y sí, tenía el pecho grande, generoso y firme, un atributo que había heredado de mi y que seguramente volvería loca a Sofía. Una punzada de un celo amargo y retorcido me atravesó. Ella tenía la juventud, la inocencia, y ahora, el corazón de mi Ama. Yo tenía... esto. Un secreto sucio y un trozo de metal en el culo.

​—Estás preciosa, cariño —logré decir, con una sonrisa que sentía rígida.

​—Gracias, mamá. Me voy, que he quedado con una amiga—se despidió con un movimiento de mano y salió por la puerta con una energía que se notaba especial.

​Subí al baño, cerrándome con llave. El silencio del pequeño recinto era un alivio. Me di una ducha larga y al salir, frente al espejo, observé que las marcas de la noche anterior ya no eran tan intensas. Cumplí con mi nueva rutina. Tomé el plug, lo lubricé y, con una mezcla de resignación y excitación, lo coloqué de nuevo en su sitio. La sensación de plenitud, de estar "completa" según los términos de Sofía, era ya inseparable de mi propia identidad. Me puse una braguita negra, sencilla pero ajustada, para asegurarme de que su "marca" no se moviera.

​La comida en casa de mis suegros transcurría con la monótona previsibilidad de siempre. Las conversaciones sobre el tiempo, el trabajo, la salud. Carlos discutía amablemente de fútbol con su padre. Yo asentía, sonreía, ponía la mesa y recogía platos, todo en piloto automático. Pero bajo la falda discreta y el suéter de punto, una parte de mi conciencia estaba siempre enfocada en el objeto que llevaba dentro. Cada vez que me inclinaba para recoger algo del suelo, cada vez que me reacomodaba en la silla, sentía su presencia. Era la compañía más íntima y perversa en medio de aquel aburrimiento dominguero.

​Fue entonces, en medio de un debate sobre los precios de la fruta, cuando mi móvil vibró silenciosamente en el bolsillo del pantalón. Un escalofrío de anticipación me recorrió. Lo deslicé bajo la mesa, disimuladamente.

​Era Marta.

«Hola, Elena. ¿Qué tal te fue ayer con tu... cita?;)»

​Mi corazón se aceleró. Miré a mi alrededor. Nadie parecía prestarme atención. Con dedos que intentaban no temblar, tecleé una respuesta.

«Fue increíble, Marta. Una maravilla. Toda la noche... sin parar.»

​La respuesta llegó al instante.

«Me alegro mucho, de verdad. Y... perdona por lo nuestro. No sé qué me pasó, después de tanto tiempo sin... ya sabes.»

​Sonreí para mis adentros. La inocencia de su disculpa era conmovedora.

«No te disculpes, por favor. A mí me encantó. Fue... Sorprendente e intenso.»

Tras unos minutos, el móvil vibró de nuevo. No era un mensaje, sino una foto. La abrí.

​Era Marta. Se había tomado un selfie en el espejo de su baño, completamente desnuda. No era una pose sensual, sino descarada. Estaba de pie, con una pierna ligeramente elevada y apoyada en el borde de la bañera, abriéndose de piernas de una manera obscena y directa, ofreciendo una vista explícita de su sexo. Acompañaba un mensaje que decía: «Pues cuando quieras, lo repetimos. Yo estoy deseando.»

​La imagen me impactó por lo transgresor que me pareció. Era mi amiga, la madre de Sofía, la mujer con la que había compartido risas y preocupaciones durante años, exhibiéndose para mí con una confianza que solo la lujuria podía explicar. Y yo, sentada en la mesa de mis suegros, con el plug de su hija en el culo, sentí una humedad inmediata empapar la braguita ajustada que lo sujetaba.

​Miré a mi alrededor. Mi suegra me pasaba la fuente de postre. Carlos me sonreía. El mundo seguía su curso, perfectamente normal. Y yo, en el centro de aquella normalidad, era el núcleo de una red de mentiras, deseos y perversiones que se hacía más fuerte y más enrevesada con cada minuto que pasaba.

​«No te prometo que no use la foto luego para...;)». Respondí, mi pulso acelerado marcando el ritmo de mi excitación. «Te dejo que estoy en casa de mis suegros.»

​Guardé el móvil, sintiendo la quemazón del secreto en las mejillas. La comida continuó, pero yo ya no estaba allí. Mi mente estaba en la foto de Marta, en la sonrisa de Raquel al salir de casa, y en la fría certeza del metal que llevaba dentro. Sofía no solo me poseía a mí, sino que su dominio se extendía como una sombra sobre todas las piezas de mi vida, enredándolas en un juego del que yo, la Vaquita, ya no podía ni quería escapar.

Por la tarde, cuando llegué a casa Raquel quería hablar conmigo. En la intimidad de su cuarto me contó todo. Que tenía una pareja, que era mujer y... que era Sofía.

— Mientras seas feliz, yo seré feliz cariño.

Se le iluminó la cara de alegría y se lanzó a abrazarme con esa sensación de quitarse un peso de encima. Fue uno de esos abrazos largos y sinceros que solo una hija puede dar.

—Mil gracias por tu apoyo, mamá —susurró contra mi hombro—. Significa mucho para mí.

Yo la abracé con fuerza, y en un acto instintivo y perverso, incliné ligeramente la cabeza hacia su cuello e inhalé profundamente. Buscaba, en una milésima de segundo desesperada, el rastro del perfume de Sofía, el olor de mi Ama en la piel de mi hija. Pero solo olía a jabón suave y a la esencia limpia y juvenil de Raquel. Un alivio y una decepción se mezclaron en mi pecho.

La conversación con Raquel, cargada de una tensión que solo yo podía comprender en su totalidad, había dejado un regusto agridulce en mi boca. La alegría genuina de mi hija chocaba contra el muro de mis propios sentimientos retorcidos.

Mientras ayudaba a Carlos a preparar la cena, cada movimiento, cada gesto, estaba acompañado por el constante recordatorio de Sofía: el plug anal, su marca, se movía dentro de mí con una silenciosa y humillante fidelidad.

La cena comenzó con la misma normalidad artificial de siempre. Fue Raquel quien, con un brillo de emoción y nerviosismo en los ojos, tomó la palabra.

—Mamá, papá, Laura... tengo algo que contaros —dijo, mirándonos a cada uno. Su mano buscó la mía bajo la mesa y la apretó —. Estoy saliendo con alguien. Y es... es una chica.

Hubo un silencio. Carlos dejó los cubiertos sobre el plato con un suave clic. Laura, que hasta entonces jugueteaba con su comida, alzó la vista, intrigada.

—Estamos empezando pero me siento muy feliz. —Tras unos segundos de silencio añadió soltando las palabras de golpe, como si temiera que se le atragantaran.— Mi pareja es Sofía.

El aire se espesó. Yo ya lo sabía, pero ver la reacción de los demás fue como presenciar la obra desde el backstage. Carlos me miró, buscando mi reacción. Yo, preparada, sonreí, una sonrisa amplia y forzada que esperaba fuera convincente.

—¡Vaya!—exclamé, con un tono de sorpresa alegre—. Pues... ¡qué bien, hija! Sofía es una chica maravillosa, es prácticamente de la familia. Me parece una noticia estupenda.

Mientras hablaba, sentí una contracción involuntaria y poderosa en mi interior. Mi ano se apretó alrededor del plug con una fuerza que casi me hizo gemir. Era la reacción física de mis celos, de mi posesividad enfermiza, manifestándose en el mismo lugar donde Sofía había reclamado su territorio. Raquel, aliviada por mi respuesta, me lanzó una sonrisa radiante.

—¡Gracias, mamá! Sabía que lo entenderías. Sofía iba a contárselo a su madre esta tarde también.

Carlos, siempre pragmático lo vió como yo.

—Bueno, mientras seas feliz, cariño, nos alegramos por vosotras —dijo, aunque su mirada era pensativa, como si estuviera procesando las implicaciones.

Fue entonces cuando Laura estalló.

—¿Sofía?—dijo, su voz cargada de incredulidad y algo que sonaba a traición —. ¿Mi Sofía? Estás...—No terminó la frase. Se levantó de la mesa con un movimiento brusco, haciendo chirriar la silla—. ¡No me lo puedo creer! ¡Esto es... raro! ¡Y encima le apoyaís!

—Laura, por favor —intentó mediar Carlos, pero ella ya se alejaba por el pasillo.

—¡Déjame en paz!—gritó, y la puerta de su habitación se cerró de un portazo que resonó en toda la casa.

El silencio que quedó fue incómodo. Raquel bajó la mirada, su felicidad momentáneamente empañada.

—Ya sabía que Laura no se lo tomaría bien—murmuró—. Siempre han estado muy unidas.

—Dale tiempo, cariño —dije yo, apoyando mi mano sobre la suya—. Es una sorpresa para ella también. Lo entenderá.

La noche se cerró sobre la casa. Hablamos en la cama, Carlos y yo un rato de todo esto. Tras nuestra conversación se dio la vuelta y pronto su respiración se hizo profunda. Yo permanecía despierta, tendida boca arriba, sintiendo el peso del plug como un secreto ardiente. Entonces, el móvil vibró en la mesilla. Era Marta.

«Elena, no sé qué decir. Sofía me lo ha contado. Estoy en shock.»

Mi corazón dio un vuelco. Con dedos ágiles, tecleé una respuesta, interpretando el papel que se esperaba de mí: la madre comprensiva y moderna.

«Yo también me he enterado esta tarde por Raquel. La verdad, Marta, estoy feliz por ellas. Se quieren y se cuidan, ¿qué más podemos pedir?»

La respuesta de Marta fue casi instantánea, cargada de una preocupación que iba más allá de lo maternal.

«Espero... espero que esto la haga feliz de verdad. Y que le haga olvidarse de... ya sabes, de esa otra persona. De esa mujer.»

Las palabras me atravesaron como un cuchillo. "Esa mujer". Yo. La amante secreta de su hija, la sumisa que llevaba la marca de Sofía en el cuerpo en ese mismo instante. Una oleada de frío me recorrió. Marta deseaba mi desaparición, mi aniquilación en el afecto de Sofía. Y yo, en lo más profundo de mi ser, en el lugar oscuro donde habitaba la Vaquita, elevé una súplica silenciosa y egoísta para que eso nunca sucediera.

Le escribí a Marta, manteniendo la farsa.

«Tranquila, seguro que Sofía sabe lo que hace. Ahora lo importante es apoyarlas.»

Pero en mi interior, la certeza era absoluta. El vínculo que Sofía y yo compartíamos era de otra naturaleza, más profundo, más visceral y corrupto. Raquel podía tener su corazón de novia, su relación de apariencias. Marta podía albergar sus esperanzas. Pero el fuego, la oscuridad, la sumisión absoluta... eso era solo mío. El plug en mi interior pareció vibrar de acuerdo, un recordatorio mudo y constante de que, sin importar quién ocupara el lugar de su corazón, yo seguía siendo su juguete, su Vaquita.

El móvil vibró en la mesilla, proyectando un halo azulado en la oscuridad del dormitorio. El ronquido suave y constante de Carlos era la banda sonora de mi vida oficial, una vida que se desdibujaba cada vez que ella se ponía en contacto. Deslicé la pantalla con el corazón acelerado. Era Sofía.

«Mi obediente Vaquita. Hoy has estado impecable. Tu reacción con mi novia fue perfecta. Justo lo que necesitaba.»

Una sonrisa tonta se dibujó en mis labios. Su aprobación era un bálsamo y un veneno, siempre. El segundo mensaje llegó casi al instante.

«Y después de hablar con mi madre, todo parece haberse arreglado de la mejor manera. Está más tranquila, gracias en parte a tu teatro. Lo que me lleva al plan de mañana.»

Contuve la respiración. Siempre había algo más.

«Ven a mi casa mañana. Dile a mi madre que quieres hablar conmigo a solas para quedarte tranquila respecto a mi relación con tu hija. Es la excusa perfecta. Aprovecharé para follarte en mi cuarto.»

Un escalofrío me recorrió. ¿En su casa? ¿Con Marta al otro lado de la pared? Mis dedos temblaron sobre la pantalla.

«¿Con tu madre en casa?»

Su respuesta fue inmediata, cargada de esa audacia que tanto me excitaba y aterraba.

«Sí. Tengo pestillo en la habitación. Y ahora que está tan bien conmigo, y contigo de "aliada", no nos molestará. Ni se le pasará por la cabeza. Ven con algún vestido y sin braguitas. Será más cómodo.»

La imagen era tan prohibida que sentí un calor inmediato entre mis piernas. Llevar un vestido, sin nada debajo, en la casa de mi amiga, para que su hija, mi ama, pudiera acceder a mí con facilidad... Era una locura. Recordé la orden perpetua.

«¿Y el plug? ¿Lo dejo en casa?»

«No. Haz un esfuerzo y evita que se te caiga. Quiero que lo lleves puesto cuando llegues. Es mi marca.»

«Sí, Ama.»

Al día siguiente, el plug era una presencia constante y agónica. Cada paso hacia su casa era un ejercicio de concentración, contrayendo músculos que no sabía que existían para mantenerlo en su sitio. El vestido de algodón, sencillo y discreto, rozaba mi piel desnuda, un recordatorio de mi sumisión con cada roce de la tela.

Marta me abrió la puerta con una sonrisa cálida.

— Elena, ¡pasa!— dijo sorprendida por mi visita.

— Gracias, Marta. ¿Podría hablar un momento con Sofía? A solas, si no te importa. Es por lo de Raquel, para quedarme totalmente tranquila.

— ¡Por supuesto que sí, lo entiendo perfectamente!— dijo, con una comprensión que me partía el alma.— Sois como de la familia. Sube, está en su habitación.

Antes de que pudiera girarme, se acercó y me envolvió en un abrazo. Nuestros cuerpos se apretaron y luego, de forma natural, nuestros labios se encontraron en un húmedo beso. Intenté disimular la tensión, rezando para que no fuera a más.

— Sube, sube— insistió.

Cada escalón era un suplicio. Llamé a la puerta con los nudillos, sintiendo cómo el plug parecía gravitar hacia abajo con cada latido de mi corazón.

— Pasa, Vaquita.— La voz de Sofía era un susurro desde dentro.

Giré el picaporte y entré. Ella cerró la puerta tras de mí con el pestillo, un clic que sellaba nuestro mundo secreto. En un movimiento rápido, su mano se deslizó bajo mi vestido, agarrando mi trasero con fuerza posesiva mientras su boca se aplastaba contra la mía en un beso húmedo y demandante. Sus dedos recorrieron mis nalgas, comprobando la ausencia de bragas, y luego encontraron, sin esfuerzo, la base del plug. Con una presión experta, lo extrajo.

Un gemido de alivio y pérdida escapó de mis labios.

— Es muy difícil intentar que no se caiga — susurré, jadeante.

— Lo has hecho muy bien— dijo, con una sonrisa de satisfacción. Llevó el plug a mi boca. — Límpialo.

Obedecí sin dudar. Cerré los ojos y pasé mi lengua sobre la superficie fría y lisa del metal, saboreando el rastro de mi propio cuerpo, limpiándolo para ella. La humillación era tan profunda como la excitación.

Fue entonces cuando un golpe en la puerta nos hizo separarnos de un salto.

— ¡Chicas! ¡Que me voy a comprar!— Era la voz de Marta, justo al otro lado de la madera.

El pánico me heló la sangre. Sofía, en cambio, parecía disfrutar del momento. Escondió el plug bajo una almohada y, con una calma pasmosa, abrió la puerta.

— Vale, mamá. ¡No tardes!.

— ¿Todo bien?— preguntó.

— Sí, sí, tía Elena solo quiere asegurarse de que voy a ser buena con su hija— dijo Sofía divertida.

Marta se me acercó y me dio un par de besos. Intenté desviar mucho la cara para que no notara el olor que mi boca aún conservaba. Por suerte, pareció no percatarse de nada. Mientras apretaba mi brazo mostrando su apoyo me dijo mirándome a los ojos.

— Tranquila, Elena. Nuestras hijas se cuidarán, no te preocupes tanto.

Sonreí agradecida.

— ¡Hasta luego!— dijo, y se fue por el pasillo.

Cuando oímos cerrarse la puerta de entrada, Sofía y yo nos miramos. La tensión se rompió en una carcajada ahogada, nerviosa, cómplice. Era la risa de quienes compartían un secreto tan enorme y peligroso que solo podía ser enfrentado con este arrebato de locura.

—¿Ves?— dijo Sofía, secándose una lágrima de risa. —No sospechanada. Ahora...— Su expresión se tornó oscura y lasciva de nuevo. —...donde íbamos, Vaquita. Mi madre no tardará mucho. Tenemos que darnos prisa.

El juego continuaba, y yo, más enredada que nunca en su red, solo podía seguir el ritmo que ella marcaba, deseando cada segundo de esta peligrosa y adictiva complicidad.

La carcajada nerviosa se desvaneció en el aire, reemplazada por una chispa de malicia aún más profunda en los ojos de Sofía. Su mirada, cargada de una lujuria que no conocía límites, se posó en mí.

—Ya que tenemos esta suerte y la casa para nosotras...— murmuró, acercando sus labios a mi oído mientras su mano me agarraba de la muñeca con firmeza—...vamos a darle un toque especial. Ven.

Me guió, sin opción a rechistar, fuera de su habitación y cruzamos el pasillo hasta la habitación de Marta. El espacio más transgresor para lo q íbamos hacer, con sus fotos familiares, sus jarrones de flores secas y el delicado olor a lavanda que siempre impregnaba el aire. Ahora, iba a ser el escenario de nuestros juegos íntimos.

Sofía empujó la puerta y se tumbó de espaldas en la cama de matrimonio, sobre el cubrecama de seda color crema. Su sonrisa era un desafío.

— Aquí. Quiero que me comas el coño en la cama de mi madre.

Una mezcla de vértigo y excitación me recorrió. Cada límite que cruzaba con ella era más audaz que el anterior. Obedecí, arrodillándome en el suelo, junto al lecho, y acercando mi rostro a su entrepierna. Mientras mi lengua comenzaba su lento y dedicado recorrido por sus pliegues, saboreando su esencia ya familiar, ella apoyó la cabeza en los almohadones y dejó escapar un suspiro de placer.

—¿Sabes, Vaquita?— dijo, su voz un hilo entrecortado por los jadeos que le provocaba mi lengua.— Ayer le depilé el coño entero a tu hija. Estaba nerviosa, pero al final confió en mí. Quedó precioso. Suave como la seda, y tan rosadito... Una verdadera delicia.

Sus palabras, tan crudas, tan deliberadamente hirientes, deberían haber paralizado mi lengua. En cambio, la excitación que sentí fue tan intensa y vergonzosa que redoblé mis esfuerzos. Mi boca se volvió más insistente, más profunda, más experta. No solo quería complacerla; quería demostrarle, en un acto de competencia retorcida con mi propia hija, que yo era insustituible. Que ningún coño depilado con cuidado juvenil podría igualar la devoción de mi lengua.

— Noto que te esfuerzas— jadeó Sofía, arqueando la espalda y enredando sus dedos en mi pelo.— ¿Estás celosa y quieres demostrarme que aún eres la mejor? ¿O te pone cachonda pensar el el coño depilado de tu hija?

No respondí. No podía. Mi respuesta fue un gemido ahogado contra su piel, un sonido que vibraba a través de su cuerpo y que pareció ser la chispa final. Con un grito ahogado que resonó en el silencio sagrado de la habitación de su madre, Sofía se vino, un torrente cálido y familiar que inundó mi boca y me obligó a tragar, a beber cada última prueba de su dominio.

Jadeante, se incorporó. Sus ojos brillaban con una energía feroz. Sin darme tiempo a recuperarme, se levantó y fue a su habitación para traer el strap on.

— No hemos terminado— anunció, ciñéndoselo a la cintura con movimientos rápidos y eficientes. —Te voy a follar en la cama de mi madre.

Me empujó sobre el colchón, la seda fría contra mi espalda. la penetración fue brutal y directa, alternando entre mi coño, ya empapado y ansioso, y mi culo, aún sensible y vacío desde que me había quitado el plug. La sensación de ser tomada con tanta posesión en ese lugar tan prohibido, con el fantasma de Marta acechando en cada objeto de la habitación, fue demasiado para mí. Para más excitación Sofía susurraba en mi oido.

— ¿Sabías que tu hija es virgen? Algún día la estrenaré con esta polla. La misma que meto a su madre por todos lados.

El orgasmo me alcanzó rápidamente, un estallido de luz blanca y culpa que me dejó temblorosa y sin aliento, gritando en un suspiro ahogado contra la almohada que olía a mi mejor amiga.

Sofía se separó de mí, respirando con fuerza.

— Bien. Pero aún queda algo antes que llegue mi madre. Desde la noche del hotel, no he podido quitarme de la cabeza una idea.— Me miró fijamente.— Quiero mearte. La cara y esas ubres que tanto le gustan a mi madre. Vamos.

Me arrastró fuera de la cama y me llevó al baño principal, otro espacio íntimo de Marta. Me obligó a arrodillarme dentro de la ducha, desnuda y aún vibrante por el sexo. De pie frente a mí, con una sonrisa de poder absoluto, relajó su cuerpo. El primer chorro, caliente y sorprendente, me golpeó en la frente, corriendo luego por mis párpados cerrados, mis mejillas, mi nariz, mi boca entreabierta. Tragué instintivamente, el sabor salado y acre marcando un nuevo nivel de sumisión. Luego, dirigió el flujo hacia mis pechos, bañándolos, haciendo que el líquido cálido se acumulara en el surco entre ellos y corriera por mi vientre.

Fue entonces cuando oímos el ruido inconfundible de un coche acercándose y el chirrido de los frenos justo frente a la casa.

— Joder, ya está aquí—dijo Sofía, con un tono más de fastidio que de pánico.

Pese a ello, continúo el chorro dorado regando mis pechos hasta que vacío completamente su vejiga sobre mi. Con movimientos rápidos, me lanzó una toalla.

— Sécate. Rápido.

Froté mi piel con la toalla de Marta, pero el olor persistía, una fragancia amoniacal y animal que se aferraba a mí, impregnando mi piel. Limpie la ducha rápidamente a la vez que Sofía volvía a poner todo en su sitio. Nos vestimos a toda prisa, yo con el vestido pegándose a ese aroma de mi ama que marcaba mi piel. Llegamos al cuarto de Sofía mientras oíamos a Marta dejar las bolsas de la compra en la cocina.

— ¡Hola! ¡Ya estoy en casa!— cantó Marta desde el piso inferior.

— Ya bajamos mamá— gritó Sofía, con una voz perfectamente normal. Luego, se acerco a mi y me olio poniendo cara de asco.

— Me ha encantado que seas mi orinal pero ahora no beses a mí madre así porque apestas.

Asentí, sintiendo el pánico. Caminé hacia la entrada, deseando escapar antes de que Marta se acercara lo suficiente para notar el olor que emanaba de mí. Marta apareció por el pasillo de la cocina.

— Elena, ¿te vas ya?

— Sí, sí, Marta. Gracias por todo— dije, intentando que mi voz no sonara estridente, evitando acercarme.

Justo cuando mi mano tocaba el pomo de la puerta, la voz de Sofía sonó detrás de mí, clara y deliberada.

— ¡Oye, tía Elena! Espera, se te ha caído... esto.

Me di la vuelta. Ella estaba allí, con el plug anal de metal brillando en la palma de su mano extendida. Marta, había regresado a la cocina y no nos podía ver. El mundo se redujo a ese instante. La mirada de Sofía no era una sugerencia, era una orden. Un desafío final. Delante de mi ama, rezando porque Marta no nos viera y con una sonrisa tensa y forzada, tomé el plug de su mano.

— Ah, gracias, Sofía, qué despiste— murmuré esperando que mi voz no denotará un ápice de inseguridad.

— De nada, tía—dijo Sofía, con una sonrisa que solo yo podía descifrar, que esperaba mi obediencia en el recibidor de su casa

Con un movimiento que esperaba pareciera discreto, pero que para Sofía era un acto de sumisión total, me levanté ligeramente la falda del vestido y, con la práctica que ya empezaba a adquirir, me introduje el plug en su sitio, sintiendo el frío metal reclamar su lugar dentro de mí. Un escalofrío de vergüenza y excitación me recorrió.

Salí a la calle, a la luz cegadora de la tarde. El aire fresco golpeó mi rostro, pero no pudo limpiar el olor a orina que se aferraba a mi piel, ni el calor del sexo reciente, ni la profunda y constante presencia del plug dentro de mí. Caminé hacia mi casa, una mujer aparentemente normal, pero sabiendo que llevaba a cuestas, en lo más íntimo, las marcas físicas y emocionales de un mundo secreto que se hacía cada vez más oscuro, más retorcido y más adictivo.

Continúa en