Xtories

Esposa pervertida y demente - Relato corto

Claudia sabía que Andrés la dejaría si la veía con el ruso. Pero ella no quería que se fuera; quería que viera cómo otro hombre la partía en dos mientras él permanecía atado y sin poder hacer nada. Esta noche, el castigo y el placer se mezclan en una lección de sumisión que él jamás olvidará.

Sushita Macuk13K vistas8.0· 9 votos

Llegamos al pueblito de la costa después de un viaje cansado. Tres días de vacaciones para desconectarnos, según Andrés. La casa de descanso que mi madre nos había prestado estaba frente a la carretera, desde el balcón se veía pasar a los turistas que iban rumbo al Tayrona.

La primera noche decidimos sentarnos afuera, con un par de sillas de plástico. Teníamos unos aguacates de la finca de mi mamá y los ofrecíamos a los que pasaban, más por pasar el rato que por otra cosa. El calor era húmedo, pesado, y yo llevaba un vestido fresco, ligero, que con cada ráfaga de viento se pegaba a mi cuerpo. Sentía las miradas de los transeúntes, pero también la de Andrés, que siempre me escanea en silencio.

Entre toda la gente apareció él: un extranjero descomunal, alto como un poste, hombros enormes, brazos que parecían vigas. Un ruso, según dijo. Tenía esa presencia que te deja sin aire. Me habló en un español torpe, pero lo suficiente para dejarme temblando. Preguntó por los aguacates, me sostuvo la mirada directo a los labios, y antes de irse se inclinó un poco, con esa voz grave que me erizó la piel:

—Muy bonita… muy rica.

Me quedé helada. Sonreí como si nada, pero por dentro estaba encendida. Andrés lo notó; me conoce demasiado. Fingió indiferencia, pero sé que se dio cuenta del brillo en mis ojos.

Esa misma noche, cuando estábamos recogiendo, mi cabeza era un torbellino. Me encerré en la habitación, me pinté los labios, me puse perfume y elegí un vestido tropical, ligero, con abertura en la pierna. Andrés me miró extrañado.

—¿A dónde vas tan arreglada? —me preguntó.

—A visitar a mi tía, la que vive cerca… vuelvo rápido.

Mentí. Y él me creyó. No insistió.

Salí con el corazón golpeando en el pecho, sabiendo perfectamente a dónde iba. Caminé hasta la entrada oscura del parque. Y allí estaba él, esperándome. No me dio tiempo de pensar: me sujetó la cintura, me apretó las nalgas con esas manos enormes y me besó con una lengua invasiva, caliente, brutal. Mis rodillas casi se doblan; me dejé llevar, húmeda, entregada.

Entonces la voz de Andrés rompió la escena:

—¡Claudia! ¿Qué carajos estás haciendo?

Sentí que la sangre se me helaba. El ruso me soltó, yo apenas logré murmurar:

—No es lo que piensas…

Pero Andrés ya se alejaba, pasos firmes, sin mirar atrás.

Mi deseo ardía, pero también la culpa. Salí corriendo tras él, con la garganta cerrada, llamándolo desesperada:

—¡Andrés, espera! ¡Por favor!

Corrí tras Andrés hasta la casa. Él entró sin mirarme, directo al cuarto, con pasos duros que hacían temblar el suelo de la vieja casa de mi madre. Cuando crucé la puerta, lo encontré abriendo el closet, metiendo la ropa a la maleta como si quisiera borrarme de su vida en ese instante.

—¡Andrés! —dije, jadeando—. Espera, por favor, no es lo que piensas.

—¿Ah, no? —me soltó, sin detener las manos—. Te vi con ese tipo, Claudia. Te dejó babeando como una cualquiera.

Sus palabras me dolieron más de lo que pensé. Sentí rabia, pero sobre todo miedo. Miedo a perderlo, a que me dejara en ese pueblo como la esposa infiel que todos murmurarían después. Me acerqué, puse mis manos en su espalda, intenté abrazarlo.

—Te juro que te amo… —susurré cerca de su oído—. No quiero perderte, Andrés.

Él se soltó de mi agarre con brusquedad.

—¡No me toques! —me dijo, dándome la espalda.

Lo vi encorvado sobre la maleta, respirando fuerte, temblando entre rabia y dolor. Y entonces algo dentro de mí se quebró. No quería que se fuera. No quería que me dejara así, sin escucharme, sin dejarme explicarle lo que ni yo misma entendía.

Lo sujeté con toda mi fuerza, le agarré el brazo con violencia y lo arrastré hacia la sala. Él forcejeaba, me gritaba que lo soltara, pero yo, más grande, más fuerte, lo dominé. Sentía cómo sus músculos se tensaban, pero también su vulnerabilidad.

En medio de ese forcejeo, de esa lucha desesperada, mi corazón latía como loco. Lo miré a los ojos: estaban rojos, húmedos, llenos de rabia y dolor. Y yo, aunque lo amaba, también sentía algo distinto: el poder de tenerlo en mis manos, de que por primera vez no fuera él quien decidiera, sino yo.

—No te voy a dejar ir, Andrés… —dije con voz temblorosa pero firme—. No me vas a abandonar así.

De dónde saqué el pañuelo empapado, no lo sé. Lo había guardado hace días, como una fantasía que nunca creí usar. Se lo puse en la cara mientras él me insultaba, y en segundos su cuerpo se aflojó entre mis brazos.

Cuando abrió los ojos de nuevo, ya estaba colgado, con las manos atadas arriba, desnudo, apenas con la punta de los pies tocando el piso.

Lo observé así, tan vulnerable, tan expuesto, y sentí un nudo en la garganta. Una parte de mí lloraba de culpa, pero otra ardía de deseo. Me acerqué a él y le acaricié la mejilla.

—Lo siento, mi amor… —le dije en susurros—. Pero necesito que me escuches, necesito que me sientas. No quiero perderte, Andrés.

Y mientras lo decía, mis manos empezaron a recorrer su piel desnuda.

Andrés abrió los ojos lentamente, todavía aturdido. Lo vi mover los hombros, intentando soltarse, pero las cuerdas lo mantenían colgado, con los brazos en alto, el cuerpo estirado, desnudo, vulnerable.

—Claudia… ¿qué mierda me hiciste? —gruñó con rabia contenida.

Me acerqué despacio, lo tomé del mentón y lo obligué a mirarme. Sus ojos ardían, mezcla de furia y de algo más que él mismo no quería aceptar.

—Lo hice porque no me dejaste otra salida —le dije en voz baja, acariciando su cara—. Si me hubieras escuchado… si hubieras dejado que te explicara.

Él forcejeó de nuevo, tensando los brazos. Yo, en lugar de asustarme, sentí una corriente de calor entre mis piernas. Tener a mi propio esposo así, rendido, sometido, me despertaba algo que nunca había querido reconocer.

—Eres mío, Andrés… siempre lo has sido —murmuré.

Le di un cachetazo suave, apenas un toque en la mejilla, y luego le bajé la mirada al sexo. Estaba desnudo, colgado, vulnerable… y sin embargo su verga empezaba a engordar poco a poco, desobedeciendo a su orgullo.

—Mírate… —susurré, deslizando mis dedos por su abdomen hasta rozar su erección—. Atado, furioso… y tu cuerpo ya me desea.

—¡No! —protestó, apretando los dientes, aunque su respiración se volvía más rápida.

Sonreí con una mezcla de ternura y malicia. Lo rodeé despacio, lo toqué por detrás, y de un manazo le solté una nalgada fuerte. El eco retumbó en la sala.

Él se estremeció, soltando un quejido que no supo si era dolor o placer.

—Te duele… ¿pero te gusta, cierto? —le dije pegada a su oído, mordiéndolo suavemente.

Andrés cerró los ojos con rabia, pero su verga estaba completamente dura. Yo lo vi, lo acaricié con la yema de mis dedos y sentí cómo palpitaba.

Le di otra nalgada, más fuerte, y después una tercera. Cada golpe me encendía más.

—Nunca me imaginé esto contigo… —le confesé, jadeando—. Verte así, colgado, vulnerable… y aun así tan excitado.

Me acerqué a su oído, le pasé la lengua lentamente, y mientras lo hacía, deslicé un dedo mojado con mi saliva entre sus nalgas. Él se tensó, quiso cerrarse, pero yo insistí, hasta que sentí la entrada de su culo cediendo.

Andrés lanzó un gemido ahogado.

—¿Qué… qué haces, Claudia? —jadeó, con la voz quebrada.

—Lo que tú nunca te atreviste a pedirme… —le respondí, empujando mi dedo más adentro.

Sentí cómo se estremecía, cómo su cuerpo luchaba entre la resistencia y el placer. Y mientras lo penetraba con el dedo, con la otra mano empecé a masturbarlo lento, firme, apretando su verga dura hasta hacerlo gemir contra su voluntad.

—Eso… ríndete… entrégate a mí —le susurraba, lamiéndole el cuello.

Lo sentía al borde, su cuerpo temblando, su respiración rota. Y justo cuando su semen explotó en mi mano, cuando lo vi correrse con los ojos cerrados, derrotado y excitado, sentí que lo amaba más que nunca… aunque también lo estaba destruyendo.

Me llevé mis dedos manchados a la boca, los chupé frente a él y le sonreí.

—¿Ves, amor? Hasta humillado me perteneces.

Y fue en ese instante, con su esperma aún en mis labios, que saqué mi celular y marqué un número.

—Ya puedes venir… —susurré con voz ronca.

El celular aún vibraba en mi mano cuando escuché los pasos pesados acercándose por el corredor de la casa. Mi corazón latía con fuerza; me temblaban las piernas, no por miedo… sino por la ansiedad de lo que iba a ocurrir. Andrés, atado, me miraba con una mezcla de odio y de súplica.

—Claudia… no. No puedes hacer esto —me dijo con la voz quebrada, casi un ruego.

Me acerqué a él, lo besé en la frente, acariciando su mejilla húmeda de sudor.

—Perdóname, amor… —le susurré—. Te amo, nunca dudes de eso… pero necesito que lo veas, que entiendas lo que siento.

La puerta se abrió. Era él: el ruso. Tan alto que casi tocaba el marco, con el pecho ancho brillando bajo la camisa abierta, las venas de los brazos tensas. Al entrar, me miró como si ya fuera suya.

Yo me giré un segundo hacia Andrés. Su respiración era agitada, sus ojos rojos, pero su verga, aunque acababa de correrse, seguía dura. Ese detalle me atravesó como un rayo: estaba excitado a pesar de su resistencia.

El ruso no dijo palabra. Caminó hacia mí, me tomó de la cintura y me apretó contra su cuerpo. El contraste con Andrés era brutal: su tamaño, su fuerza, su olor intenso a sudor y mar. Yo apenas tuve tiempo de soltar un gemido antes de que me besara con esa lengua invasiva que me volvía loca.

Sentí a Andrés forcejeando contra las cuerdas, moviéndose desesperado, y eso solo me excitó más. Miré a mi esposo mientras el ruso me manoseaba las tetas con brutalidad.

—Mírame, Andrés… —le dije entre jadeos—. No apartes los ojos. Esto también es para ti.

El ruso ya me tenía contra la pared, levantando mi vestido sin paciencia. Sus dedos grandes se metieron entre mis piernas, encontrando mi humedad abundante. Gemí fuerte, con la boca pegada a su cuello, y al mismo tiempo miraba fijamente a mi esposo, como obligándolo a compartir ese momento.

—Está mojada… —dijo el ruso en su español tosco, mirándolo con una sonrisa—. Muy mojada por mí.

Yo cerré los ojos un instante, perdida, entregada. Y cuando él bajó el pantalón y sacó esa verga monstruosa, gruesa, venosa, sentí que mis rodillas casi me traicionan. Era demasiado… y lo deseaba con locura.

Me giré apenas para mirar a Andrés. Su pecho subía y bajaba, su rostro estaba tenso, pero en su entrepierna colgante no había engaño: seguía duro, más duro que nunca.

—Lo siento, amor… —le susurré con un hilo de voz—. Perdóname…

Y entonces el ruso me tomó de las caderas y me embistió con fuerza, enterrando su polla dentro de mí de una sola estocada.

Grité. Un grito largo, mezcla de dolor y placer. Mis uñas arañaron la pared mientras su cuerpo me partía en dos.

El eco llenó la sala: mis gemidos, sus embestidas bestiales y las cuerdas rechinando con cada movimiento desesperado de Andrés, obligado a mirar cómo otro hombre me cogía salvaje, sin piedad.

El ruso me tenía contra la pared, sus embestidas eran tan violentas que apenas podía mantenerme en pie. Mis gritos llenaban la sala, mi cuerpo temblaba bajo su fuerza brutal. Con cada estocada yo miraba a Andrés, mi esposo, colgado frente a nosotros, incapaz de apartar la mirada aunque las lágrimas le nublaban los ojos.

—Mírame, Andrés… —jadeé, con el rostro enrojecido de placer y dolor—. Esto… esto también es tuyo…

El ruso gruñó, me sujetó por las caderas y dio la última serie de embestidas profundas. Lo sentí vaciarse dentro de mí, esa corrida ardiente que me hizo gemir como una perra en celo. Mis piernas se abrieron solas, el semen empezó a escurrir entre ellas.

Caí de rodillas, jadeando, y sin dudar me giré hacia el ruso. Lo tomé con las dos manos, lo metí entero en mi boca y lo limpié con la lengua, sorbiendo cada gota de su leche mezclada con mis jugos. Chupé hasta que no quedó nada, hasta que él retrocedió satisfecho y me dejó ahí, de rodillas, con la boca llena.

Me levanté despacio y me acerqué a Andrés. Lo besé en la boca, profunda y húmedamente, compartiendo con él el sabor salado y espeso del ruso.

—¿Lo sientes, amor? —susurré contra sus labios, lamiéndole la comisura—. Lo que hay en mí, ahora también es tuyo.

Andrés gimió ahogado, su verga palpitaba dura, roja, desesperada. Yo me arrodillé otra vez, pero ahora frente a él.

—Déjame hacerte feliz… —murmuré, y me lo metí hasta el fondo de la garganta.

Lo chupaba con desesperación, moviendo la lengua por cada rincón, mientras mi mano masajeaba su base. Andrés gemía entre dientes, sus ojos clavados en los míos, con esa mezcla de humillación y amor que me rompía el alma.

Lo hice correrse con violencia, tragándome todo su semen, bebiéndolo como si fuera la absolución de mis pecados. Y cuando acabó, lo besé otra vez, compartiendo también su propio sabor.

—¿Ves, amor? —le susurré, acariciándole el rostro húmedo de lágrimas—. Aunque me folle otro, aunque me llene otro… siempre termino arrodillada para ti.

¿Te gustó? Hay mucho más...Soy Sushita Macuk, colombiana, casada, criada en familia conservadora... pero con pensamientos prohibidos y vivencias reales que hoy me atrevo a contar. Escritora amaterur, mis relatos mezclan verdad y fantasía, con una voz íntima, atrevida, muy real

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