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Dominaciónsept 2025

Siervas del hombre: bienvenidas a mi harem 05

El miedo a perder a sus hermanas la llevó a correr contra el tiempo, pero el destino tenía una trampa mucho más oscura. Cuando el ejército las rodea, la autoridad se convierte en arma y la ley en una sentencia de placer forzado. Bienvenidas a la realidad de las siervas.

Jane Cassey Mourin6.1K vistas9.3· 6 votos
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ANAHÍ

- ¡Lourdes! ¡Cierra la boca y escúchame! ¡Esto no está a discusión! ¡No me importa que sean mayores de edad! ¡Viven en mi casa y soy yo quien se ha encargado de las dos desde que eran unas mocosas! ¡Así que me obedecen o se pueden ir buscando en dónde vivir! ¿Entendido? - le grité a mi hermana, la de en medio, quien a pesar de que ya no era una niña seguía comportándose como una escuincla estúpida y obstinada. Un suspiro exasperado se escuchó al otro lado de la línea, en medio de los gritos de protesta y las consignas que gritaban las mujeres que engrosaban las filas de la protesta.

- ¡Ojalá entendieras por qué esto es importante, Anahí! ¡Esas mujeres…! - respondió, tratando de hacerme ceder, pero yo estaba decidida a sacarlas de ahí a como diera lugar, porque, si lo que dijeron en la oficina era cierto, tanto ella como Liliana, nuestra hermana menor, estaban metidas en un gran problema.

- ¡Carajo! ¡No discutas conmigo! ¡Sálganse de esa puta protesta de una buena vez! ¡Y no quiero ver ninguna pancarta, parche, insignia ni nada que tenga que ver con esa estupidez de Aurora! - un nuevo suspiro que se sumó a los incesantes reclamos que escuchaba a lo lejos, proferidos por Liliana, quien al parecer estaba montada en su burro de no querer abandonar la protesta - ¡Las espero en el parque tecnológico, estaré en el estacionamiento y…! - suspiré en el momento en el que estuve a punto de quebrarme, cuando mis nervios me llevaron al punto más alto de desesperación que era capaz de soportar, cuando se hizo necesario hallar la forma de tranquilizarme pues sabía que de ello dependía el bienestar de mis hermanas, un motivo suficiente como para esforzarme para controlar las ganas que tenía de decirle a Lourdes lo estúpida que era por haber arrastrado a Liliana a todo el asunto de la protesta, a un movimiento que, al parecer, tenía sus minutos contados - nunca he sido autoritaria con ustedes, nunca les he pedido nada ni les he echado nada en cara, siempre han hecho lo que se les ha antojado y no me he opuesto a nada de lo que han deseado - dije, con un tono sereno, a pesar del estado tan alterado en el que me encontraba - pero las cosas hoy son diferentes. Por favor, Lourdes, hazme caso, abandonen la protesta, piérdanse entre las calles del sector y desháganse de cualquier cosa que las ligue a Aurora. Entiéndelo por favor, esto no es un juego ni tampoco es un capricho mío el que quiera que abandonen la protesta, así que te lo ruego: rompan filas y aléjense de inmediato de ahí.

- Anahí ¿Estás bien? Te escuchas… ¿Por qué estás hablando de esa forma? ¿Qué es lo que…? ¡Cállate, Liliana! - preguntó Lourdes cuando notó el aterrado tono con el que le estaba hablando, antes de lograr que nuestra hermana menor cerrara la boca de una buena vez.

- Las veré en el parque tecnológico, dense prisa, pero no corran, no levanten sospechas, traten de llamar la atención lo menos que puedan mientras recorran las calles y en el camino desháganse de todo lo que pueda vincularlas con Aurora - dije sin más, un segundo previo a cortar la llamada y dirigirme al lugar acordado, rogando para que mis hermanas llegaran hasta ahí antes de que fuera demasiado tarde, para que, cuando todo estallara y el Gobierno Central y La Corporación iniciaran una cacería en contra de la organización Aurora y las mujeres que acudieron a esa protesta, ese par de locas estuvieran lo bastante lejos como para escapar de las consecuencias de un movimiento que las había seducido lo suficiente como para motivarlas a participar en esa clase de protestas, a pesar de que yo estuviera convencida de que solo lo hacían por una especie de moda, como una forma de expresar la rebeldía que cualquier universitario ha vivido al sentirse identificado con una causa que cree que es justa, sin medir las consecuencias, sin lograr observar el alcance real que tiene aquello contra lo que levantan sus voces.

El asunto de las siervas no era algo simple en ningún nivel de análisis, lo sabía muy bien porque trabajaba en el Gobierno Central, justo en el área encargada de regular la operación de esa aplicación que había cimbrado a la sociedad desde que apareció, que logró apaciguar revueltas mucho más grandes y peligrosas que el movimiento Aurora, convirtiéndose en el instrumento fundamental que el Gobierno Central utilizaba para distraer a los hombres y a las mujeres de la tiranía a la que nos tenían sometidos.

Sí, esa aplicación era algo más que un juego, un medio de entretenimiento o una forma de ganarse la vida para las mujeres, algo que teníamos claro todos los empleados de aquella fracción del gobierno, quienes nos enterábamos con bastante antelación de cada cosa que tenía que ver con el sistema Siervas del Hombre y la organización Aurora, razón por la cual no dudé ni siquiera un poco de las palabras de un compañero de trabajo cuando dijo que aquella tarde acabarían con ese movimiento de manera definitiva, diciendo con sorna que el Gobierno Central les tenía una sorpresa preparada a todas esas revoltosas, palabras que despertaron en mí todas las alarmas, que me hicieron levantarme de mi lugar y salir de mi oficina, tratando de lucir tan normal como cualquier día, de que no se notara que estaba aterrada por el destino de mis hermanas, hasta que me alejé lo suficiente de las oficinas como para pisar el acelerador a fondo mientras trataba de comunicarme con alguna de ellas, quienes tardaron mucho tiempo en contestar a mi llamada, minutos que me hicieron sentir como si toda mi vida hubiera cobrado sentido tan solo para llegar a ese instante en el que trataba de salvar a mis hermanas de un destino que no se merecían.

Cuando al fin me estacioné a un costado del parque tecnológico, no me quedó más que hacer que suspirar y dejar que el tiempo pasara, esperando con ansias a la llegada de mis hermanas durante un intervalo de tiempo que me resultó eterno, a pesar de que solo hubieran transcurrido unos pocos minutos, porque estaba demasiado nerviosa y asustada de lo que podría pasarles, y porque no podía dejar de pensar en las más salvajes, inhumanas y despiadadas estrategias que el Gobierno Central podría emplear en su intento por detener aquel movimiento que estaba muy cercano a convertirse en una revolución, llevándome a imaginar cosas horribles, escenas en las que mis hermanas, en el mejor de los casos, terminaban arrestadas y condenadas a servir bajo el doloroso látigo de un gobierno cruel, llegando a tales extremos de imaginarlas muertas bajo las botas del ejército en medio de una masacre como aquellas que recordaba de mi infancia, cuando la guerra azotó nuestras vidas.

Verlas llegar al estacionamiento del parque tecnológico fue un respiro de vida, incluso a pesar de que Liliana me dirigiera una mirada de pocos amigos, con una dureza que no merecía, porque no era que no supiera que el movimiento Aurora estaba peleando por algo bueno, porque en más de un sentido estaba de acuerdo con aquello que estaban defendiendo, sin embargo, ningún ideal ni ninguna lucha, por loable que fuera, me haría quedarme sin hacer nada ante el peligro que corrían mis hermanas, quienes caminaron tomadas de la mano hasta que llegaron al auto y me vieron bajar de él, quedándose de pie, muy quietas mientras yo recorría su cabello rostro y vestimenta, analizando cuidadosamente cada parte de su cuerpo para asegurarme de que no tuvieran nada consigo con lo que pudieran relacionarlas a la organización Aurora, o a su movimiento.

- Anahí ¿Quieres decirnos qué demonios…? - comenzó a preguntar Lourdes, de una forma que lejos de sonar enojada, reflejaba un miedo muy intenso ante lo que seguramente presentía que estaba pasando y que no sería nada buen; sin embargo, yo no tenía tiempo para aclarar sus dudas en ese preciso instante, no, debía darme prisa, porque sabía que en casa tenían un montón de cosas que podrían ligarlas con el movimiento si al Gobierno Central se le ocurría que era una buena idea catear los hogares de quienes resultaran sospechosas, algo que debía arreglar en cuanto llegáramos a casa, destruyendo cualquier cosa que tuviera que ver con Aurora, sin importar lo insignificante que pudiera resultar.

- Vacíense los bolsillos - dije con tranquilidad, a pesar de saber que aquella orden no sería bien recibida, al menos por Liliana, la más pequeña y testaruda de mis hermanas, quien no había dejado de mirarme como si yo fuera una enemiga, como si de alguna forma mi comportamiento me colocara del lado opuesto de donde ella creía que se encontraba.

- ¡Estás pendeja! ¡No pienso mover un dedo hasta que…! - una fuerte bofetada sacudió la cara de mi hermana menor, sin dejar que terminara de decir lo que quería, porque como ya lo dije, no tenía tiempo para esas tonterías.

Lourdes se vació los bolsillos y sacó todo lo que tenía en su morral en cuanto notó que aquello se trataba de algo serio, un segundo antes de que Liliana hiciera lo mismo, mostrándose asustada mientras lloraba, sorprendida por la forma como reaccioné, pues jamás en la vida le había levantado la mano.

En cuanto todas sus cosas estuvieron sobre el auto, tomé las que consideré que resultarían peligrosas y me deshice de ellas en el primer bote de basura que encontré en el parque, sabiendo que en esos botes había un sistema que lo destruiría todo, sin dejar rastro de aquello que las inculparía como seguidoras del movimiento.

- Suban al auto - ordené, de nuevo sin dar explicaciones, pero viendo cómo en aquella ocasión las dos me obedecían de inmediato, entrando ambas en la parte de atrás, sin que tuviera que presenciar de nueva cuenta cómo alguna de ellas reclamaba el lugar del copiloto para sí misma.

El camino a casa sería largo, por lo que en mi cabeza repasaba todas las rutas que podría tomar para llegar a nuestro sector lo más pronto posible, iniciando in trayecto que resultó tan silencioso como ninguno otro, mientras me esforzaba para que aquel recorrido fuera lo más breve posible, porque era importante llegar cuanto antes a nuestro hogar, deshacernos de las evidencias que pudieran inculpar a mis hermanas y luego mantenernos en casa, a salvo, a la espera de noticias que nos permitieran conocer las medidas que el gobierno tomó, saber a qué se refería ese empleado cuando dijo que esa tarde acabarían con el movimiento Aurora y poder tranquilizarnos cuando supiéramos que al fin todo había terminado.

- Anahí - dijo Liliana con la voz entrecortada, mostrándose tímida y temerosa ante una actitud que tal vez jamás había observado en mí - ¿Qué está pasando? ¿Por qué…?

- No es el momento, Lily, cuando lleguemos a casa se los explicaré todo, pero por ahora, solo quédense en silencio, por favor - contesté, tratando de sonar con severidad, pero escuchando esa voz suplicante que salió de mi boca, la misma que me hizo entender que estaba por quebrarme ante todas esas emociones negativas que me agobiaban y el peligro que parecía asecharnos desde que dejé mi oficina.

Liliana no preguntó nada más, de la misma forma como tampoco lo hizo Lourdes, manteniéndose ambas en silencio mientras se tomaban de la mano, sin saber qué decir, qué más hacer o qué era lo que debían esperar, hasta que di la vuelta en una esquina que nos conduciría directamente a nuestro hogar, tomando una calle en la que pronto me encontré frente a un gran embotellamiento, algo que no era común en un sector de clase baja como aquel en el que vivíamos, un hecho que activó todas mis alarmas, que me hizo tratar de pensar en rutas alternativas antes de que sacara la cabeza por la ventana del auto y un vuelco en el corazón me lastimara cuando noté que, al frente de todos esos autos, había un fuerte dispositivo militar, una escena que me hizo sentir una punzada en el estómago, que me motivó tratar de echarme en reversa sin que pudiera hacerlo antes de que un enorme camión nos dejara encerradas en esa calle.

En los minutos que siguieron al entendimiento del potencial problema en el que nos encontrábamos, me di cuenta de que aquella calle de tres carriles por la que solíamos llegar a casa, había sido reducida por que los militares a 2 vías, con el objetivo de revisar minuciosamente a cada auto que quisiera transitar por ahí, boqueado el paso con vehículos de combate y camiones destinados para el transporte de soldados que, en esa ocasión, estaba convencida que servirían a un propósito distinto, uno que me hizo pensar en cosas horribles, provocándome con ello que me alterara considerablemente, que mis manos temblaran mientras trataba de pensar en una forma de sacar a mis hermanas de ahí sin que tuvieran que pasar por los retenes ni lucieran sospechosas ante los soldados que caminaban entre los carros, mirando por las ventanas, como si sondearan algo que no llegaba aún a entender.

- ¿Qué hace el ejército en…? - comenzó a preguntar Liliana, sin que yo la mirara, sin que pudiera dejar de ver a un par de soldados que avanzaban en dirección de nuestro vehículo, echando un ojo y hablando con los conductores de los autos que se encontraban delante del nuestro.

- Ni una palabra de la protesta, de Aurora o del movimiento ¿Entendido? - dije, con la suficiente claridad como para que mis hermanas me escucharan, mirándolas por el retrovisor en el momento preciso para ver cómo asentían, mostrándose temerosas, nerviosas, nada que fuera bueno para dar una imagen que alejara a los soldados una escena que me hizo saber que estábamos en problemas - solo síganme la corriente, sin importar lo que escuchen - alcancé a decir, sin dejar de mirarlas, sintiendo que en cualquier momento uno de aquellos militares comenzaría a hacer preguntas, sin tener idea de lo que respondería, sin saber cómo saldríamos de ahí sin conocer la parte más cruel e inhumana del Gobierno Central.

Un soldado pegó con los nudillos en mi ventanilla mientras veía a mis hermanas por el retrovisor, haciendo que me sobresaltara antes de que me apresurara a bajar el vidrio, al mismo tiempo que pensaba a máxima velocidad en una excusa que explicara por qué tres mujeres estaban en esa calle, en dirección de sus casas, en lugar de encontrarse en el trabajo o en la universidad

- Buenas tardes, oficial - respondí, tratando de demostrar una actitud tranquila y desinteresada.

- ¿De dónde vienen y a dónde se dirigen? - preguntó el hombre mientras se agachaba para examinarme con la mirada y luego hacer lo mismo con mis hermanas.

- Yo… - suspiré fingiendo cansancio - hoy ha sido un día muy ajetreado, oficial, mis hermanas se sintieron mal y tuve que ir por ellas a la universidad para llevarlas a casa. Mírelas, están todas pálidas, no tengo idea de qué les pudo haber hecho daño, pero…

- Y si se sienten tan mal ¿Por qué no las llevó a una clínica? - preguntó el hombre, desafiante, mirándome como si tratara de leer ms pensamientos que, aunque él no lo supiera, en aquel momento estaban corriendo a máxima velocidad para tratar de darle una respuesta que lo dejara satisfecho.

- Sí, bueno, con todas esas mujeres sembrando el caos en las calles, supuse que lo mejor sería llevarlas a casa y esperar a que terminaran con sus cosas para llevarlas a la clínica del sector - contesté, esforzándome en verdad por sonar convincente, viendo con temor la expresión que compuso el oficial, con la cual me hizo saber que no me creía ni una palabra de aquella historia que le acababa de contar.

- Ajá, claro que sí - dijo el hombre con un tono sarcástico, antes de enderezar su cuerpo y chiflar, logrando con ello que tres soldados se dirigieran de inmediato a nuestro auto, colocándose cada uno a un lado de cada una de las puertas por las que resultaba obvio que podríamos bajar del vehículo, tal vez previniendo un potencial intento de escape de nuestra parte - por su propio bien, espero que sea verdad esa historia que me acaba de contar, señorita, porque de lo contrario, usted y esas muchachas tendrán que pagar un precio muy alto por haberle mentido a un oficial del ejército. Apague el auto y desciendan de inmediato - ordenó el hombre, dando un paso atrás mientras cada soldado apuntaba su arma a cada una de las mujeres que viajábamos en ese auto, haciendo que bajáramos de inmediato, antes de que nos obligaran a colocar las manos sobre el toldo, de que los soldados nos revisaran sin el más mínimo pudor o cuidado, tocándonos los senos y el coño por encima de la roa, con un descaro que resultaba humillante, metiéndonos luego las manos por debajo de la blusa, del sostén, de los pantalones llegando incluso a tocar nuestras vaginas con sus asquerosos dedos con descaro que me hizo sentir indefensa ante esos sujetos que no parecían conocer los límites de la decencia ni de la crueldad, logrando que las tres nos rompiéramos, que comenzáramos a llorar al no tener idea de lo que estaba pasando ni del por qué aquella revisión estaba llegando tan lejos.

- Señor, por favor, ¿Podría decirme qué es lo que…? - traté de preguntar, hasta que el soldado a mi espalda me pateó una pierna para que abriera más mi compás, antes de que el oficial que antes nos habló, tomara mi mano con violencia y me hiciera escanearla en un lector de huellas digitales, apartándose luego con brusquedad, observando con detenimiento el resultado de aquella revisión en la pantalla de una tableta.

- ¡Vaya! ¡Esto sí que es una novedad! Parece que al menos una parte de esa historia es verdad. Por lo que veo saliste de tu trabajo hace poco más de una hora ¿Cierto? - preguntó el oficial.

- Así es, oficial - dije en un hilo de voz, sintiendo cómo el nudo en mi garganta amenazaba con dejarme sin habla.

- Y aquí dice que trabajas en las oficinas del Gobierno Central. Esas son buenas noticias para mí y para ustedes, porque supongo que una funcionaria debería tener muy en claro lo que le pasa a la gente que desafía al gobierno ¿Cierto, Anahí? - la piel se me erizó cuando ese hombre pronunció mi nombre, mientras yo asentía vigorosamente con la cabeza.

- Sí, oficial, lo tengo en claro - aseguré, sin que la seguridad acompañara a aquellas palabras que seguían siendo motivadas por el miedo y la humillación consecuente de la forma como esos hombres acababan de ultrajar nuestros cuerpos.

- ¡Muy bien! ¡Me alegra escuchar eso! Entonces solo me queda verificar dónde han estado tus hermanas, Anahí, y si los registros de sus huellas coinciden con la historia que me contaste, podrán ir a casa sin ningún problema - aseguró el oficial, al tiempo que sentía cómo me tocaba el culo, apretándolo con la mano que no sostenía su tableta, logrando que me sobresaltara de una manera tan evidente que lo hizo soltar una risilla que luego fue seguida por los soldados que nos rodeaban, a pesar de que el tono de las risas que salieron de esos hombre, iba cargado con un odio y un enojo que para mí, en aquel momento, no tenían el más mínimo sentido - tranquila, si me estás diciendo la verdad, no tendremos razones para retenerlas ni tampoco volveremos a tocarlas; aunque supongo que deben estarse preguntando por qué están siendo sometidas a este cacheo tan invasivo y humillante ¿Cierto? Bueno, de todo esto pueden darle las gracias a esas putas del movimiento Aurora, porque hace unos minutos volaron un edificio habitacional con cientos de familias de soldados adentro, incluidas las de los soldados que ahora las rodean, con sus armas apuntando a sus cabezas - dijo el hombre, haciendo que mis hermanas abrieran mucho los ojos, sin moverse mientras el oficial se retiraba de mi lado y le daba una instrucción al soldado a mis espaldas - cuídala mientras escaneo a las otras dos - le ordenó y de inmediato tomó la mano de Lourdes que se encontraba a mi lado para escanearla, dejando que aquellos segundos se hicieran eternos hasta que al final el tipo dejó salir una risilla extraña, la clase de expresión que bien podría sustituir a las palabras te atrapé - ¡Mira nada más! ¡Parece que una de tus cachorras no te ha dicho la verdad, Anahí! - exclamó, haciendo que los soldados pegaran el cañón de sus armas a nuestras cabezas, provocando tanto miedo en nuestros corazones que ni siquiera yo pude soportarlo sin llorar, mientras veía cómo aquel tipo el daba el escáner de huellas al soldado que estuvo revisando a Lourdes - verifica las huellas de la otra pendeja mientras hago que esta cachorra nos diga en dónde estaba en realidad - dijo con un tono lascivo, con la energía y entusiasmo de alguien que acaba de conseguir un premio muy jugoso en la lotería, antes de que mi cuerpo temblara de ira y miedo cuando noté que el hombre abrazaba a Lourdes por detrás, pegándole el cuerpo a la vez que una de sus manos se metía violentamente en su pantalón, dejándome saber que le estaba tocando el coño sin necesidad de que viera lo que pasaba bajo la ropa de mi hermana.

- ¡Yo estaba en la universidad! ¡Se lo juro! ¡No me haga nada! ¡Por favor! - exclamó Lourdes, llorando, suplicando aterrada para que ese tipo no la tocara, sin que yo pudiera hacer o decir nada, pues el miedo que me provocaba sentir el metal de una metralleta apuntando a mi cabeza, me había dejado paralizada.

- No, pequeña. Sé que no estuviste ahí, porque no hubo registro de tus huellas a la entrada, ni en las aulas, ni tampoco en la cafetería o la biblioteca, así que tuviste que estar en otro lugar y vas a tener que decirme en dónde chingados estabas, porque si no lo haces, voy a creer que estabas con esas putas de Aurora y créeme que no te conviene que yo piense eso, así que, dímelo de una vez, no hay necesidad de que las cosas se pongan más difíciles ¿Dónde estabas, Lourdes? - dijo el hombre, muy cerca del oído de mi hermana, tocándole la concha, haciendo que gimiera y llorara de una manera lastimera y desgarradora, incapaz de contestar a ninguna pregunta mientras veía con horror la manera como le temblaban las manos, mostrando espasmos que sacudían su cuerpo una y otra vez, seguramente al sentir cómo ese hombre la estaba penetrando con sus dedos - ¿Qué pasa? ¿No dirás nada, cariño? - preguntó el hombre, riendo al final de aquellas palabras, hasta que el otro soldado, aquel a quien le pidió escanear las huellas de Liliana, llamó su atención para luego negar con la cabeza, logrando que el oficial tras el cuerpo de Lourdes volviera a reírse - a la banqueta - ordenó, antes de que a las tres nos tomaran los soldados del cabello y de esa forma nos hicieran caminar un par de pasos hasta derribarnos en la banqueta, obligándonos a recostarnos sobre el suelo, sin que ninguna de las tres dejáramos de llorar y gemir, llenas de miedo, desesperación e impotencia.

- Pide tres dispositivos - ordenó el oficial, antes de que viera de reojo cómo desenfundaba una pistola a la vez que caminaba en dirección de Liliana, de que escuchara el ruido que hizo su arma al cortar cartucho y el llanto de las tres mujeres que nos encontrábamos en el suelo se hiciera mucho más intenso - ¡Última oportunidad, preciosas! ¡Me dicen en dónde estaban o le vuelo la cabeza a la pequeña Liliana! - dijo, leyendo el nombre de mi hermana en la tableta que tenía de nuevo en la mano, colocando su arma en la cabeza de mi hermana menor, quien lloraba de una manera tan lastimera que no fue capaz de decir ni hacer nada, de la misma forma como el miedo me impidió hablar, moverme, decir algo para evitar la desgracia que estaba a punto de ocurrir, sembrando un mido mucho más grave que cualquier otra cosa que hubiera vivido, hasta que fue Lourdes la que abrió la boca, quien llevada por el pánico de que le quitaran la vida a la más pequeña de nosotras, terminó confesando de dónde venían y cómo fue que llegamos hasta ese lugar.

- ¡No la mates! ¡Estábamos en la protesta! ¡Solo ella y yo! ¡Anahí nos obligó abandonarla! ¡Nos recogió en el parque tecnológico! ¡Ella no quería que estuviéramos ahí! ¡No le hagas nada a mi hermanita! ¡Por favor! ¡No la mates! ¡No le hagas daño! - gritó Lourdes, enloquecida ante la horrible posibilidad de que le dispararan a Liliana.

El oficial al mando dejó salir una risa de su boca, pero los soldados que nos rodeaban solamente endurecieron sus facciones, antes de que otro hombre llegara, llamando la atención del oficial.

- Aquí tiene los tres dispositivos, señor - dijo, sin que pudiera ver a qué se refería, antes de que escuchara la siniestra risa que ese imbécil dejó salir de su boca, dejándome en claro que todo se había ido a la mierda, mientras repartía algo entre los soldados y luego se acercaba a Lourdes, acuclillándose a un lado de ella.

- Así que tú y la pequeña estuvieron en la protesta ¿Correcto? - preguntó, con una seriedad que no había mostrado antes, mirando con severidad a mi hermana.

- Sí - respondió Lourdes, con voz titubeante y temblorosa, entendiendo seguramente que, con aquella confesión que gritó a los cuatro vientos, acababa de condenarnos.

- ¿Pertenecen a la organización Aurora? - preguntó el oficial, hablando con mucha más dureza que antes.

- No - una fuerte bofetada se escuchó, haciendo que me sobresaltara, que a Liliana se le escapara un gemido de terror.

- ¡Me vas a decir señor al final de cada palabra que me dirijas! ¡Intentémoslo de nuevo! ¿Pertenecen a la organización Aurora? - gritó.

- No, señor - una bofetada más fuerte que la anterior sacudió la cara de mi hermana.

- ¡No me mientas, puta! - levantó la voz el oficial, sonando tan enloquecido como peligroso.

- ¡No, señor, no le miento! ¡Solamente íbamos a las protestas! ¡Nunca conocimos a nadie que fuera parte del movimiento! ¡Se lo juro! ¡Se lo juro! - gritó aterrada, suplicante, provocando la risa burlona que el oficial dejó escapar, cuya mirada se encontró muy pronto con mis ojos, sin relajar la expresión enloquecida que se había apoderado de su rostro.

- Es una lástima que el amor que sientes por tus hermanas te hiciera cometer el pecado de ayudar a estas traidoras a tratar de escapar de la mano del Gobierno Central. De verdad lamento lo que te va a pasar, Anahí, pero bueno, todos los delitos deben ser castigados - dijo el oficial, haciendo que mi cuerpo entero se estremeciera de la peor forma cuando escuché aquellas palabras, antes de que se pusiera de pie y levantara la voz para hablar, asegurándose de ser escuchado no solamente por las tres mujeres que estábamos en el suelo y por los soldados que nos custodiaban, sino también por la gente que se había congregado alrededor de la escena para ver lo que pasaba - ¡Con base en lo estipulado en la recién promulgada Ley Aurora! ¡A partir de este momento las mujeres que han sido encontradas culpables del cargo de traición al Gobierno Central! ¡Son sentenciadas al servicio vitalicio como siervas! ¡Perdiendo de esa manera su estatuto de ciudadanas y convirtiéndose de manera inmediata y a perpetuidad, en propiedad del Gobierno Central! ¡Así que…! ¡Soldados! ¡Hagan cumplir la ley! - gritó el hombre, antes de que los esos hombres se abalanzaran contra nosotras, de que comenzaran a desgarrar nuestra ropa, en medio de los gritos de horror y el llanto que nos dominaba, del miedo que me hizo su presa provocándome sensaciones horribles que solo se detuvieron cuando sentí un dolor muy intenso en la muñeca y, al bajar mi vista, vi invadida por el pánico el dispositivo que me habían colocado, el mismo que llevaban las mujeres que se vendían como parte del sistema Siervas del Hombre.

- Bienvenida a tu nueva vida, sierva - susurró un soldado a mi oído mientras sentía cómo un calor muy intenso recorría mi cuerpo, haciendo que cada centímetro de mi piel se erizara que de pronto sintiera un cosquilleo y una inmensa ansiedad como jamás la había experimentado, que sorpresivamente mi cuerpo se relajara, dejando de pelear, dejando de resistirme a lo que estaba pasando, a la forma como ese hombre me bajó los restos de mi pantalón, llevándose mis bragas consigo, metiéndome luego los dedos en el coño, provocándome gemidos que no podía creer que vinieran de mi interior, mientras mi pensamiento era víctima de un lucha entre las señales que mi cuerpo le mandaba continuamente a mi cerebro de algo muy parecido al placer, contra aquellos pensamientos que peleaban por detener lo que estaba ocurriendo, sabiendo que todo estaba mal, que en el fondo de mi corazón no quería que eso pasara, a pesar de la creciente necesidad que de pronto sentía por ser penetrada, por sentir el pene de ese hombre dentro de mí y venirme como una perra en celo.

- ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Más fuerte! ¡Más fuerte! ¡Ahhh! - escuché, a la distancia, como si el origen de aquel sonido viniera de tan lejos que solamente pudiera escuchar su eco, al mismo tiempo que ese soldado me penetraba, provocando que cerrara los ojos, que me dejara llevar por la deliciosa sensación de un hombre penetrando mi vagina, obligándome a sentir su calor, a gemir enloquecida experimentando cómo mi coño se abría para recibirlo, cómo escurrían cantidades anormales de fluidos por entre mis labios, humedeciendo el pene de ese soldado quien me cogió con tanta fuerza como pudo, apretando mis tetas con violencia desmedida, antes de que abriera los ojos de nuevo y me diera cuenta de que aquellos gemidos y esas palabras que escuché un minuto atrás, habían sido proferidas por mi hermana Lourdes, quien se encontraba recostaba con la espalda pegada al suelo, abrazándose de brazos y piernas del hombre que se la estaba cogiendo, quien le mordía las tetas de una manera salvaje y que incluso en medio del afecto de la ambrosía que corría por mi cuerpo, pude entender que seguramente resultaría muy dolorosa de no ser por la droga que distorsionaba aquello que mi hermana sentía.

- ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Ahhh! - gemí, sorprendiéndome a mí misma cuando noté la forma como mis caderas se sacudían en un intento por hacerme llegar a un orgasmo que de pronto parecía ser lo único que me importaba en la vida, a pesar de la manera como esa canalla me golpeaba las nalgas, de la manera como continuamente tiraba de mi cabello para luego recargarse en mi cabeza, presionándola contra el suelo, sin que fuera consciente del dolor que me provocaba mientras me penetraba, sin que dejara de moverme intentando obtener lo que tanto deseaba, un anhelo que no vería alcanzado en poco tiempo, pues poco después de haber empezado a violarme, aquel sujeto me enterró la verga hasta el fondo del coño tan solo para venirse dentro de mí, apretándome las tetas con excesiva fuerza a manera de despedida, antes de que se levantara de mi cuerpo, de que en medio de los efectos de esa maldita droga tratara de sentarme, sin saber por unos segundos por qué lo hacía hasta que algunas palabras escaparon de mi boca, las mismas que me tomaron por sorpresa, que parecían provenir de alguien más, de alguien que no parecía tener nada que ver conmigo.

- ¡No! ¡Por favor! ¡No te detengas! - dije, antes de que otro soldado me hiciera recostar boca arriba, de que mirara al otro lado de donde se encontraba Lourdes y me encontrara con la imagen de Liliana, colocada a gatas sobre el suelo, siendo penetrada por un soldado que sacudía su trasero con una agresividad desmedida mientras otro le metía el pene por la boca, sin que ella pareciera resistirse en absoluto a lo que le hacían, una imagen que terminó cuando un soldado más comenzó a penetrarme y mis pensamientos simplemente se desvanecieron, obligándome a recudir mi existencia a nada más que sensaciones de un placer forzado y esa necesidad insaciable de alcanzar un orgasmo, esa fuerza que me hacía concentrarme por completo en un solo objetivo, que de pronto logró borrar de mi cabeza cualquier otra cosa, que me hizo deshacerme en gritos, sin que me importara la cantidad de hombres que en esa tarde usaron mi cuerpo, muchos de los cuales no eran soldados sino simples civiles que aprovecharon su oportunidad para entretenerse conmigo y con mis hermanas, hasta que los hombres del ejército decidieron que había sido suficiente, después de quién sabe cuánto tiempo, en un momento en el que fuimos prácticamente arrastradas hasta el camión, donde de pronto la ambrosía dejó de tener efecto en nuestros cuerpos y regresamos a un mundo horrible, al mundo de lo real, donde acabábamos de ser violadas por decenas de hombres cada una, siendo aquella experiencia tan solo una muestra de lo que sería nuestro destino, el inicio de una vida que pronto supimos que tendríamos que sufrir cada una por nuestro lado, cuando los soldados nos separaron en medio de gritos motivados por el miedo de no volver a encontrarnos, el mismo sentimiento que nos hizo aferrarnos a las manos de las otras hasta que los soldados nos golpearon y nos hicieron tomar caminos distintos en el centro de registro, en medio de lágrimas que terminaron cuando alguien reactivó la descarga de ambrosía en mi dispositivo para usarme hasta eyacular en mi boca, poco después de que alguien me dijera que iría a una galería, sin tener idea de qué demonios significaba esa palabra, de si en algún momento volvería a ver a mis hermanas, sin saber qué pasaría cuando llegará al que sería mi destino, pero sabiendo que nada bueno ocurriría al estar en manos de La Corporación y el Gobierno Central, sufriendo ante la idea de haberme convertido en una sierva por el resto de mis días.

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