Xtories

La noche mexicana de Doris

Doris no busca amor, busca control. En medio del caos de una fiesta patriótica, sus ojos se posan en la inocencia de un chico de diecinueve años. Lo que empieza como un juego de miradas se transforma en una lección magistral de placer prohibido, donde ella dicta cada paso y él solo puede obedecer.

Asgor8.5K vistas

Doris tenía cuarenta y cinco años y un peligro sereno, la calma de la mujer que ya se probó a sí misma y ahora juega con el deseo de los demás como quien acaricia un cuchillo. Piel blanca, pecas repartidas en hombros y escote como si fueran invitaciones, nariz respingada, ojos castaños grandes con un brillo insolente que parecía reírse de todo. Esa noche de grito se había peinado la melena cobriza en dos trenzas gruesas, sujetas con listones tricolor. No era disfraz de niña: era una provocación obscena, la burla de quien se sabe hembra y se viste para que se note, para que queme.

Su cuerpo era un festín a punto de servirse. Delgada, sí, pero con la carne exacta para un par de manos hambrientas: cintura breve, vientre duro, caderas amplias que terminaban en un culo redondo, firme, irritado ya por el roce de la falda ajustada. Los pechos, 34DD, recién ganados con bisturí y vanidad, no llevaban sujeción; el top rojo sin tirantes apenas los contenía, con los pezones marcados bajo la tela como si pidieran boca. La falda blanca de tubo le llegaba por debajo de la rodilla, pero una abertura le subía descarada hasta el muslo, un corte que parecía decir “aquí empieza lo prohibido”. Los tacones verdes dejaban desnudo el talón, las uñas pintadas de bandera relucían como garras patrias. Y sobre los hombros, un rebozo verde que no era prenda sino una promesa de atadura.

La fiesta en el patio era el México que a Doris la hacía vibrar. Banderitas de papel picado, humo de carne asada, pozole, ponche dulce, mariachi tronando a todo volumen, carcajadas y vasos tintineando. Un bosque ruidoso donde la depredadora caminaba sin hacer ruido. No estaba perdida ni andaba de viaje interior, sabía lo que quería y cómo conseguirlo.

Su mirada, entrenada, cruzó la multitud hasta detenerse en él, un muchacho de diecinueve, delgado, alto, manzana de Adán muy marcada, rasgos afilados, barba incipiente, cabello rizado. Guapo, pero con esa incomodidad de cachorro que no sabe dónde pararse. Tenía una cerveza en la mano y los ojos estacionados en ningún lado. A Doris la inocencia le sabía a afrodisiaco.

Él la vio y se quedó quieto. Ella le sonrió, no coqueta, cómplice.

—¿No te gusta el pozole? —preguntó, señalando la mesa.

—Sí… sí me gusta —dijo él, nervioso—. Hay mucha gente.

—A mí me pasa —admitió—. Pero el ambiente está sabroso, ¿no?

Se dieron la mano.

—Doris.

—Leo —respondió él. Mano cálida, un poco sudada.

El contacto encendió el juego. El mariachi, las risas, el bullicio se volvieron murmullo. Para ella existían el pulso de esa mano y el brillo torpe de su mirada. Para él, todo se redujo a esa mujer que sonreía como si ya supiera el final.

Pidieron aire en un rincón donde vibraban los bajos. Leo confesó que no toleraba la banda ni el ruido, pero su mamá había organizado la fiesta. Doris sonrió y le explicó que conocía a su madre del pilates, que no eran amigas cercanas pero que ella había invitado a todas las del grupo. Para Doris, ese ambiente era un regalo, porque su familia nunca hacía fiestas así.

—A mí me fascina —añadió—. Mi casa no es de gritos ni de pozole, por eso cada septiembre me sabe a promesa.

Cuando la banda sinaloense tomó el relevo, lo jaló de la mano. —Vamos a bailar. —No sé —se asustó él. —Te enseño —sonrió, colocándole las manos.

Lo guió, cadera contra cadera, pecho contra pecho. Cada paso era un roce. Leo sintió el rebote del escote, el vaivén del top rojo, la tela tensarse sobre un pezón duro. La erección le llegó como susto. Se puso rojo. Ella acercó la boca a su oído.

—Así, mi niño. Mueve los pies —susurró.

Los primos lo aplaudieron, riéndose, nunca bailaba. Él no la soltó. Doris estaba fascinada. Saberlo duro y torpe al mismo tiempo era su droga favorita. Con un gesto lento se bajó el rebozo.

—Me está dando calor —dijo, descubriendo los hombros, dejando el escote más expuesto, como si presumiera los pechos. Una gota de sudor bajó por el canal entre ellos y el top marcó aún más las puntas erguidas.

Leo tragó saliva. La tenía pegada, y cada vez que la música pedía un giro, el culo de ella se restregaba contra su erección. Doris lo sintió y no se apartó; al contrario, se movió con cadencia, como si bailara para frotarse.

—Eso, así —le susurró al oído—. No te detengas.

El muchacho respiraba agitado, intentando que nadie notara el bulto que se formaba en su pantalón. Ella rió, gozando de verlo sudar de nervios y deseo al mismo tiempo.

—Necesito ir al baño —le sopló—. ¿Me acompañas?

Caminaron pegados. Había fila. Doris resopló impaciente.

—¿No hay otro? ¿No tienes baño en tu cuarto?

—Sí —respondió él, bobo, desarmado.

—Llévame.

Ya en la habitación, ella se volvió de espaldas.

—¿Me ayudas con el cierre? Me asfixio.

Leo jaló el cierre con manos temblorosas. Lo que vio lo dejó mudo, tanga de hilos rojos, mínima, mordiendo el inicio del culo. La piel brillaba. El hilo se perdía entre la carne. Él resopló, soltó una risa nerviosa. Ella también.

Doris entró al baño y dejó la puerta entreabierta. Se subió la falda y orinó sin pudor, el chorro fuerte resonando en la loza. Leo escuchaba desde la habitación, rojo de vergüenza y excitación.

El chorro paró, pero ella tardó un poco más en salir. Cuando apareció, se estaba acomodando el cabello y guardando el teléfono en el bolso. —Perdón, me entretuve tantito —dijo con una sonrisa casual.

Se inclinó hacia él, todavía oliendo a jabón y a orina fresca.

—¿Me cierras? —pidió.

Él subió el cierre con manos torpes, rozando sin querer la curva del lomo.

Doris aprovechó el estallido de un cuete para acercarse más. Le rozó la entrepierna con la cadera, como si fuera un accidente, y sonrió al sentir lo duro que estaba.

—Estás ardiendo, mi niño —susurró sin apartar la boca de su oído.

Ella se giró y lo besó primero de juego, apenas un piquito. Ambos se rieron. Luego lo tomó del cuello y lo besó de verdad, lengua, mordida, saliva. Leo respondió como pudo, apretándole las nalgotas por fin, hundiendo los dedos en la carne firme. Ella le clavó las uñas bajo la camisa, arañando la espalda joven.

Un altavoz en el patio tronó con fuerza: «¡Todos a la sala! ¡Ya va a dar el grito la presidenta!». Se miraron con complicidad. Doris le tomó la mano y lo jaló escaleras abajo.

Entre la multitud reunida frente al televisor se escondieron al fondo, pegados entre tías y vecinos. El ruido los protegía. Él seguía duro, y ella, con la naturalidad de quien se abanica, se frotaba contra él en cada movimiento de la gente. Sonrió al sentirle el tamaño, firme y prometedor.

—Nunca he estado en una fiesta así —le susurró, frotándose más—. Ya quiero dar mi grito. —Cuando tú digas —contestó él, ronco.

En medio de los vítores de «¡Viva México!» y los cuetes, Doris volvió a apretarle la mano. Lo guió otra vez hacia las escaleras, entre risas, para perderse en la penumbra de la habitación.

Ella lo guió de vuelta a su habitación. Cerró la puerta, puso el seguro y apagó la luz. Afuera seguían los gritos. Adentro solo hubo silencio un segundo. Doris hizo un gesto con la mano. Ven.

Leo se acercó con cautela. Ella le tomó la muñeca y la posó sobre su cintura. Él tragó saliva.

—No tengas miedo —dijo ella.

Lo besó de nuevo. Esta vez, mientras lo besaba, guió la otra mano del muchacho hacia el borde de la falda y la hizo subir. El dedo índice le rozó la goma de la tanga.

—Así —indicó, suave—. Despacio. No corras.

Un «¡Viva México!» retumbó afuera junto con los cuetes. Adentro, Doris se arrodilló sobre el colchón y subió la falda hasta la cintura. El hilo rojo de la tanga apareció mordido entre los labios, tan ajustado que dibujaba cada pliegue de su sexo. El vello púbico, recortado con esmero en una fina línea, enmarcaba la tela como una provocación deliberada. Estaba lista para ese momento, lo había planeado desde antes de salir de casa.

—Quítamelo —ordenó, bajito, con la voz ronca de deseo.

Leo obedeció con dedos temblorosos. Deslizó los hilos despacio, con la delicadeza con la que uno abre un regalo. La tela húmeda se despegó de su sexo con un leve chasquido, dejando escapar un olor tibio, salino, dulzón, que le golpeó directo la nariz. Tragó saliva, mareado.

Doris abrió más las piernas, una rodilla en la cama, la otra en el piso, exponiéndose con descaro. Se miraron un instante: él, con los ojos abiertos de par en par, respirando agitado; ella, con la calma de una mujer que se sabe en control, inclinando la cabeza apenas para guiarlo.

—Bésame ahí. Lento primero. No todo. Prueba.

Él se inclinó, temblando. El primer roce de labios fue torpe, húmedo, inseguro. Doris le tomó la nuca y lo acomodó, marcándole el ritmo con la presión de sus dedos. La cadera le enseñó el camino: círculos suaves, primero en los labios externos, luego en el valle húmedo, después arriba, en el botón tenso del clítoris.

El sabor metálico y salado le llenó la boca. Leo respiraba fuerte contra su sexo, la nariz aplastada entre sus pliegues. Ella gimió bajo, con un temblor que le erizó los muslos. Afuera los fuegos artificiales tronaban, pero adentro el único estallido era la lengua que aprendía a obedecer.

—Eso… así… no pares —jadeó, apretándole la cabeza con firmeza.

Su espalda se arqueó, los pezones duros rozaron la tela del top, las uñas se le hundieron en la sábana. Mordiéndose la mano para no gritar junto al siguiente «¡Viva!», se vino con un sacudón violento, las piernas temblando, el cuerpo entero estremecido.

Leo se apartó apenas, jadeando, la boca húmeda, la cara brillante con el rastro de ella. Sus ojos buscaban aprobación, mezcla de orgullo y miedo.

—Buen chico —susurró Doris, jalándole el pelo con cariño y una sonrisa satisfecha.

Se acomodó en la cama, aún con las piernas abiertas, y deslizó las uñas despacio sobre el pecho del muchacho hasta llegar a su cintura. Con calma le bajó el cierre del pantalón. El roce metálico sonó como una campana. La verga saltó dura, palpitante, brillante en la punta. Ella lo miró con la satisfacción de quien adivina bien.

—Ya sabía… los flaquitos nunca fallan —dijo, mordiéndose el labio.

Leo, rojo, intentó cubrirse, casi disculparse. Ella lo detuvo con la mano en el vientre. —Shhh… tranquilo. Esta noche es tuya.

Le masajeó el miembro un par de veces, lenta, disfrutando de la textura, del calor, del temblor que le subía por las piernas al muchacho. Luego tomó el condón del bolso y se lo puso con maestría, como quien viste a alguien para un rito.

Se inclinó sobre el colchón, culo en alto, coletas cayendo sobre la espalda, y lo miró por encima del hombro. —Despacio primero… hasta el fondo… ahora sí, más.

Leo se colocó detrás y la penetró con respiración contenida. Sintió que el mundo se reducía a su culo rebotando y a su propio aliento animal. El sonido de su carne abriéndose, húmeda, llenó la habitación. Doris gimió bajo, lo sintió abrirla en la medida exacta que había pedido. Su voz lo iba guiando: —Así… ahora para, espera… otra vez, más fuerte…

El cuarto se llenó de jadeos, del golpeteo rítmico de sus cuerpos, del rechinido del colchón. Ella se arqueaba, apretando con el culo, enseñándole cómo controlar la embestida. Afuera los cuetes tronaban todavía; adentro, la música eran sus gemidos acompasados.

Él estaba al borde. Ella lo notó, y con una sonrisa pícara giró un poco la cabeza. —Agárrame las trenzas si quieres —lo provocó.

Leo obedeció torpe, tirando de ellas con manos sudorosas. Eso la encendió aún más. Sintió cómo él se desbordaba dentro del condón con violencia, temblando, casi doblado sobre ella. Doris lo apretó con las caderas, ordeñándolo hasta el último espasmo.

—Agua —dijo ella, divertida—. Ve por agua.

Él asintió, tartamudo, y salió a la cocina con el condón en el puño cerrado, buscando el bote. Se sirvió agua con manos torpes. Su mamá lo sorprendió ahí, despeinado, sudado.

—¿Y Doris? —preguntó en voz baja, entre curiosa y cómplice.

—¿Quién? —dijo él, haciéndose tonto.

—La señora del rebozo que te sacó a bailar.

—Aaah… ya. Se fue —mintió, tragando—. Me pidió que la disculpara contigo. Por cierto, estaré con una amiga… arriba.

La mamá lo miró con media sonrisa.

—Te dejo agua en la jarra —dijo, y regresó al patio.

Leo subió otra vez con dos vasos y la jarra. Doris lo esperaba en la cama, el rebozo en las piernas, el top en su lugar, la falda todavía recogida. Lo bebió de un trago, lo jaló de la correa del pantalón.

—Ven, que apenas vamos empezando —le dijo, traviesa.

Sacó otro condón y se lo deslizó con calma, como quien viste a alguien para un rito.

Doris lo recostó boca arriba y tomó el rebozo. Con calma se lo pasó por las muñecas y lo ató al cabecero de la cama. Él tragó saliva, excitado y asustado, los músculos tensos bajo la piel joven.

—¿Confías? —preguntó ella con una sonrisa que era media burla y media promesa. —Sí… —susurró él, apenas audible.

Ella se inclinó sobre él y, al hacerlo, sus pechos apenas contenidos por el top diminuto quedaron sobre la cara del muchacho. Leo, instintivo, intentó atraparlos con la boca, respirando el calor de su piel, el perfume mezclado con el sudor. Doris rió bajo.

—¿Quieres? —le susurró, rozándole los labios con la punta del pezón a través de la tela.

Él asintió frenético. Ella se levantó el top con un solo movimiento y liberó sus senos pesados, redondos, con los pezones duros y rosados. Se los ofreció a la boca del muchacho como si lo amamantara. Leo los chupó con torpeza y hambre, primero uno, luego el otro, lamiendo, mordiendo despacio, dejándole marcas húmedas. Sus gemidos eran de cachorro excitado, su respiración ardía contra su piel.

—Eso… así… muérdelo un poco más —lo guiaba ella, con la mano en su nuca, arqueando la espalda para darle todo.

Tras unos minutos, lo apartó con un tirón suave del pelo. Sus pezones relucían brillantes de saliva. Lo miró a los ojos mientras descendía por su cuerpo: besó su cuello, su clavícula, su abdomen delgado. Él se retorcía atado, jadeando.

Doris se acomodó sobre él y con una mano lo guió dentro. No había nada que estorbara: la falda arremangada en la cintura y su sexo húmedo lo recibieron completo de un solo movimiento. Ambos gimieron, ella con un gruñido grave, él con un gemido sorprendido.

—Relájate… —susurró mientras lo montaba—. Aprende a aguantar.

Marcó el ritmo, primero lento, después más rápido, sus nalgas chocando contra sus muslos con un sonido húmedo que llenaba la habitación. Sus pechos rebotaban frente a su cara; él intentaba alzarse a atraparlos de nuevo, encadenado aún al cabecero.

Cuando quiso torturarlo más, se giró despacio y se colocó en reverse cowgirl. Leo pudo ver el culo pleno, redondo, subiendo y bajando sobre su verga, la falda arremangada bamboleándose. La visión lo enloqueció: se retorcía, gemía, intentaba liberarse para tocarla.

—Aguanta, mi niño… no te corras todavía —ordenaba ella, sonriendo al sentirlo temblar.

Doris aceleró el vaivén, sintió cómo su propio orgasmo trepaba desde el vientre hasta la garganta y se vino con un gemido ronco, apretándole la verga con espasmos que lo hicieron quebrarse. Leo gritó, desbordado, mientras ella lo ordeñaba con movimientos cortos y precisos, exprimiéndole cada gota.

Se inclinó sobre él, lo besó en los labios empapados de sudor, y mientras lo desataba le acercó un vaso de agua. —Bebe… —le dijo, satisfecha—. Apenas vamos a la mitad de la noche.

Doris lo miró con calma, como si pensara qué hacer con él. Le quitó el condón despacio, tirando de la goma con dos dedos y dejándola a un lado. El miembro seguía duro, hinchado, brillante, cubierto de sus propios fluidos y del calor de ella. La imagen le resultó deliciosa.

—Pon las manos atrás de la cabeza —ordenó con una sonrisa peligrosa—. No te muevas.

Leo obedeció. Estaba sudado, jadeando, los músculos tensos. Doris se inclinó y comenzó a lamerlo desde la base, subiendo con lentitud, dejando la lengua ancha, húmeda, como si lo bañara. Rodeó la punta en círculos, probando la mezcla de su sabor con el de ella. Luego escupió un hilo grueso sobre la verga y lo esparció con la lengua, mirándolo fijo a los ojos.

Él gimió fuerte. Ella le cubrió la boca con la mano. —Callado, mi niño. Aquí aprendes a aguantar.

Siguió con los testículos, besándolos, chupándolos uno a uno, haciéndolos rodar entre los labios, mojándolos con saliva. Leo temblaba, con la espalda arqueada, la cabeza hundida en la almohada.

Después volvió a la verga, la metió en la boca hasta el fondo, tragándosela entera hasta atragantarse un poco, pero sin soltarlo. La garganta se abrió y la saliva resbaló por la barbilla, chorreando hasta sus senos desnudos. Ella lo sostuvo de la base, marcando el ritmo, alternando mano y boca, ordeñándolo con fuerza y cadencia.

Sus ojos clavados en los de él lo mantenían preso. Cada embestida en su garganta era un recordatorio de quién mandaba. Leo estaba al borde, los músculos rígidos, la respiración rota. Ella aumentó el ritmo, lo exprimió sin compasión hasta que se desbordó dentro de su boca.

Doris lo recibió todo, no apartó la mirada ni un segundo. Se relamió, tragó sin esfuerzo y abrió la boca para mostrarle la lengua húmeda, como prueba de que no desperdiciaba nada.

—Así se hace —dijo, acercándose a darle un beso con sabor a él.

Leo estaba deshecho, jadeando, incrédulo de lo que acababa de vivir. Doris sonrió satisfecha, como una maestra que acaba de corregir a su alumno.

Se dejó caer a un lado en la cama, respirando hondo, mientras Leo seguía tumbado, con el pecho subiendo y bajando como un tambor. Ella tomó el teléfono del bolso, lo desbloqueó con calma y empezó a apuntar la cámara hacia sí misma. Se hizo una foto con el labial corrido, otra sacando la lengua brillante. Luego enfocó la ropa tirada por el suelo, el rebozo en el cabecero, el condón usado en la mesita.

Sonrió al revisar las imágenes y escribió algo rápido. Leo la observaba, todavía empapado en sudor. —¿Con quién hablas? —preguntó, con un nudo en la voz. —Nada que te importe —respondió ella sin mirarlo, guardándose el teléfono.

Él frunció el ceño, un poco de celos quemándole la piel. Doris lo ignoró. Se estiró sobre la cama como gata satisfecha y, de pronto, se incorporó con una sonrisa lasciva.

—Ven. No hemos terminado.

Doris lo arrastró hasta la pared de la habitación, le extendió un condón sin mirarlo, como quien enciende una mecha. Plantó las manos abiertas contra el yeso frío y arqueó la espalda, ofreciéndose con la falda blanca arremangada en la cintura.

Leo no lo soportó. Jaló la falda con violencia hacia abajo, la tela cedió y cayó al suelo, quedando olvidada junto al rebozo. Ahora la tenía desnuda de la cintura para abajo, piel blanca ofrecida sin barreras, reluciente de sudor y excitación.

El culo firme, redondo, se convirtió en su obsesión. La penetró de pie, de un solo empuje, hundiéndose hasta el fondo. El calor lo envolvió y lo obligó a soltar un gruñido. Cada embestida hacía rebotar esas nalgas como si fueran suyas, el sonido húmedo llenaba la habitación, más fuerte que la música y los cuetes que llegaban de la fiesta.

Alzó la mano y la nalgueó. El golpe seco retumbó en el cuarto. La piel blanca se tiñó al instante de un rojo vivo que resaltaba con fuerza. Doris arqueó más la espalda, ofreciéndole el culo como un altar.

—Más fuerte… castígame —pidió con la voz rota.

Leo obedeció. Otra nalgada, más dura, la carne temblando bajo su palma caliente. El contraste del blanco enrojecido lo enloquecía. Aferrado a sus caderas, la embestía con un ritmo brutal, tanto que los cuadros del muro vibraban con cada golpe.

El olor era intenso: sudor, sexo, piel enardecida. Doris gemía con la mejilla pegada al muro, los pezones raspando el yeso helado. Cada gemido era gasolina para él, cada sacudida de su cuerpo lo hacía sentir más prisionero de su propia furia.

Se corrió con un grito ahogado, exprimiéndose dentro del condón mientras la sujetaba aún de las caderas. Ella lo acompañó, temblando, riéndose bajito por el escándalo de estar cogiendo así, contra la pared de una casa llena de familia y fiesta.

La madrugada se estiró entre besos, agua de la jarra, silencios satisfechos, siestas cortas. A algún punto del amanecer, Doris, despiadadamente tierna, le acarició la frente.

—Vístete —susurró—. No te me enamores.

Leo la miró con ojos de revelación. Balbuceó algo que no supo terminar.

—Doris… no sé…

Ella le puso un beso en la frente. No era amor, era agradecimiento por la obediencia.

—Fue una noche hermosa. Guárdala —dijo, y se puso de pie. Recogió la tanga del suelo y se la subió. Se colocó la falda con el cierre a medias, acomodó el top, se echó el rebozo al hombro como quien recoge una bandera después del desfile.

—¿Te volveré a ver? —se atrevió él.

—Las cosas son como son —respondió con dulzura—. Disfruta el recuerdo.

Se fue sin ruido. El pasillo olía a pozole frío. En el patio, los últimos invitados dormitaban en sillas plegables.

Condujo a casa con el sol trepando por las casas. No llevaba culpa, le quedaba la boca tibia, las piernas un poco temblonas y una paz de animal bien alimentado. Abrió la puerta sin seguro, dejó los tacones en la entrada, dobló el rebozo y lo puso en el sillón.

Carlos la esperaba en la cocina con un café en la mano. Doris se detuvo en el marco, sorprendida de verlo despierto. Su falda blanca estaba arrugada, torcida en la cintura; aún tenía el labial corrido y el pelo enmarañado.

Él la miró con calma, sin reproche, solo hambre. Le tomó la mano, la besó en los nudillos y aspiró el cuello como quien prueba un vino.

—¿Cómo te fue, mi reina? —preguntó suave—. Cuéntame todo. No te bañaste, ¿verdad? —preguntó con voz baja, casi un ruego.

Doris negó despacio, con una sonrisa traviesa. Se sentó a su lado sin disculparse. Carlos le acarició las piernas y luego la hizo girar un poco. —¿Todavía tienes las marcas?

Ella levantó la falda arrugada, mostrando la piel blanca de sus nalgas, todavía encendidas por las nalgadas. Carlos las tocó con un dedo tembloroso, después besó una de las huellas rojas como si fuera un trofeo.

Carlos rozó con la lengua la yema de sus dedos, como si quisiera probar rastros. Doris cerró los ojos un segundo, dejó que la imagen le subiera completa: la cama deshecha, el rebozo enredado, el cachorro aprendiendo a morder.

—Me bailó torpe —dijo ella con calma cruel—, pero se hizo hombre en mis manos.

Carlos le sostuvo la mirada, con una calma que era pura ansiedad contenida.

—Después de esas fotos que me mandaste no pude volver a dormirme —confesó en voz baja—. Estuve toda la madrugada imaginándote…

Doris siempre supo que Carlos no es un hombre de fuerza ni de noches largas; es un hombre que prefiere los restos del festín, que gusta de la historia y de la sal que queda en la piel.

Carlos sonrió, húmedo del relato y de ella. Ellos sabían sus reglas. Solo jóvenes, solo cuerpos que no se quedan. Menos riesgo para la casa. Siguió escuchando a su esposa, pegado a su piel, mientras el eco del grito de anoche bajaba por las paredes y se quedaba a vivir en la cocina.