Xtories

En el momento exacto. (tercera parte A)

Ella se desnuda ante ti y te llama puta con una sonrisa cómplice antes de bajar al garaje. Sabes que lo que está a punto de pasar no es un juego de niños, sino una entrega total a la bestia que habéis invocado. ¿Podrás soportar ver cómo otro hombre marca su cuerpo mientras tú solo puedes mirar?

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En el momento exacto. (tercera parte)

Y era justo en ese momento, ni antes ni después, cuando podía hacer con ella lo que quisiera. Sí. Lo que quisiera. Desde arrancarla sus mayores o más íntimas confesiones… hasta proponerla las mayores burradas o arriesgarme a probar juegos cada vez más atrevidos…

Me sorprende que aun haya quien tenga interés en saber cómo continuó aquello, qué pasó con nuestra historia, pero bueno. Hay para todo y la curiosidad, sobre todo hablando de sexo y de cuernos ajenos no tiene límites.

Me dice un lector que hay que ser guarra para cascársela a un tipo que no conoces, guardarte la corrida en la palma de la mano y extendérsela a tu novio por todo el paquete. La verdad es que no le falta razón. Además, ella sabía que no solo yo no me iba a mover, sino que encima, me iba a poner como una moto... Pero…

Bueno, ella una guarra, ¿y yo? ¿yo que era? (Y sigo siendo claro) ¿un cornudo consentido? ¿Un degenerando que le encanta entregar a su mujer y disfruta con ello?¿Un voyeur? ¿o simplemente un pelele que ni reacciona? Ni lo supe entonces ni lo sé ahora. Ningún psicólogo ha puesto nombre a esto. Seguro que alguien le pone nombre: síndrome de… La sabiduría popular, la gente sí sabe cómo llamarlo: Cornudo, huevazos, calzonazos…

Lo que tengo claro, es que mi novia me conocía incluso mejor que yo a mí mismo. Se anticipaba a todo. Sabía cómo volverme loco, cómo manejarme a su antojo. En todo. Pero sobre todo en el sexo.

Si, vale, el juego lo empecé yo, pero… quien acabó dominándolo del todo fue ella. Aunque disfrutáramos los dos, el juego dejó de ser sólo mío para ser de los dos y luego solo de ella.

Desde el episodio del pasillo, pasamos las siguientes semanas de locura.

Imaginando lo que iba a pasar, disfrutábamos planeándolo juntos, follando como si no hubiera un mañana, haciendo de todo, practicando todo lo que se nos ocurriera, entrenándonos para las sensaciones más fuertes. En el fondo sabíamos que iba a terminar pasando. Deseábamos que pasara.

Tengo que reconocer que, en aquella época, vivir con ella era como vivir en una montaña rusa de sensaciones.

Cada noche era una gozada. Pero también un paso que nos acercaba más y más al precipicio. Con cada paso que dábamos, asomaba su morbo más retorcido. Y yo diciendo a todo que sí, porque no puedo negarlo, el juego, el morbo, me gustaba tanto o más que a ella. Y encima me sentía superado, ampliamente superado. Ella era mucho más retorcida y morbosa que yo. Y eso me gustaba. Me fascinaba. Me embrujaba.

A mí no se me hubieran ocurrido ni la cuarta parte de cosas que a ella. De entrada, nunca hubiera ni imaginado decirle a mi pareja mientras follábamos cómo me pondría los cuernos y menos con ese personaje…

Y no solo era eso. Es que además tenía una especial habilidad para provocar y retar.

-. ¿Cariño… te vas a atrever? Me preguntaba con voz melosa mientras restregaba sus pechos contra mi polla. Luego no te me eches para atrás, no te me rajes…

Y empezaba esa mezcla tan turbulenta y adictiva: el placer y la tortura. Justo en ese preciso momento, justo cuando yo ya iba a alcanzar el orgasmo, lo mismo que yo había hecho con ella, ralentizaba o detenía sus movimientos y me lo susurraba dulce y mimosa arrastrando cada palabra, cada idea que quería recalcar hasta que yo cedía en todo y decía que sí, que adelante, que lo quería, que lo deseaba... Y terminaba suplicando que lo hiciera. Así iba metiéndomelo en la cabeza, profundizando más y más.

-. Cariño… Lo vamos a hacer una vez. Probamos. Y si nos gusta, repetimos. ¿Estás preparado?

Y cuando me tenía “a punto de caramelo”, asentía.

-.… Cari… Vete mentalizándote... Se van a follar a tu novia. Si… Te voy a poner los cuernos… Vas a ser un cornudo. Me va a follar… Y cada vez que te vea… Te mirará sabiendo que eres un cornudo… y tu sabrás que me he entregado a su rabo… que su polla ha sido mi dueña… ¿te lo imaginas mi amor? Cada vez que le mires sabrás que él se ha follado a tu mujercita… Y no podrás borrarlo nunca.

Y volvían sus morbosas caricias.

-. ¿Y si quiere repetir? Si, si quiere volver a follarme… Voy a ser suya… Cuando me folle delante de ti, ufff. No solo voy a ser una guarra más de las que se habrá cepillado. Soy una puta que folla delante de su novio. Tu un cornudo maricón, pero yo… Seré la más puta y guarra de las mujeres. Y voy a ser su puta para que pueda hacer conmigo lo que quiera, lo que le dé la gana… No sé… Imagínate que cualquier día, subiendo el ascensor, se saca el rabo y me dice “venga so puta chúpamela”… Si, imagínate que quiere que se la chupe allí mismo… Y como ya soy suya, tendré que obedecer, estés tu o no delante. Y como ya seré su puta, tendré que tragarme su polla… Y tu tendrás que ver cómo me manosea y cómo me meto su capullo entre los labios, como lamo sus cojones cargados de su asquerosa lefa… Uf… No quiero ni pensar dónde se va a correr ese cerdo… En mis tetas… En mi cara… En mi pelo… No quiero ni pensarlo… Tendré que tragármelo todo delante de ti. Joder qué asco tragarme su repugnante corrida en tus mismas narices. Y tú a callar, a mirar y a permitirlo todo. Sí, se lo te tendrás que consentir porque eres un cornudo...

No conozco a nadie, que después de un discursito así haya aguantado. Yo me ponía a mil por hora. Histérico total. Y acababa comiendo en su mano. Haciendo lo que ella quería y, repito, diciendo a todo que si. Raro era el día que yo aguantaba tanto sin vaciarme y sin alcanzar escandalosos orgasmos. No puedo negarlo ni decir lo contrario. Estaba en la gloria. Jamás había pensado que pudiera sentir tantísimo placer oyendo esas barbaridades.

Por eso seguíamos jugando y tensando la cuerda. Sabíamos que el tipo podía ser un pervertido de mucho cuidado, que la usaría, que la jodería a conciencia. Nos creamos un personaje tremendo. Un enfermizo sexópata, un monstruo sexual vamos.

Casualmente un día volvió el chico del super. Trajo la compra. Le abrí yo la puerta. El tipo se cortó y no pasó nada. Ella me dijo que habían coincidió en la tienda hacía un par de días. Que no paso nada, bueno si, que disimuladamente se acercó a ella, un poco de conversación trivial y disimuladamente la tocó el culo y como disculpándose sonrió. Ella le devolvió la sonrisa. Y se dejó sobar un poco. Le dejó que subiera las manos a las tetas mientras se morreaban un poco a escondidas. Pero nada más. Él propuso ir a follar a cualquier sitio o volver a casa, pero ella le rechazó. Perdiste tu oportunidad, le dijo más o menos.

Solo pensaba en… No hizo falta que terminara la frase. Sabia en quien pensaba para follar y no era en mi precisamente.

Si no hubiéramos estado centrados en “el candidato”, nombre en clave, bueno, mote que le habíamos puesto, a lo mejor hubiera sido distinto. Era un juego, pero también una enfermiza obsesión. Estábamos obsesionados con él. En serio. No sé el motivo, pero no pensábamos en otra posibilidad que no fuera con él. Su fijación no solo era el follar con otro, esa la teníamos los dos, su fijación y empeño era el follar con él, el entregarse a él. Solo a él.

El tipejo se había convertido en el “por” y el “para”. Sin querer se había convertido en el centro de nuestro sexo. Todo giraba en torno a él, todas las fantasías le tenían a él como protagonista. Siempre estaba presente.

El caso es que seguimos imaginando y jugando en el personaje hasta límites insospechados. Por ejemplo. Como había visto que el tipejo meaba en los coches, sobre todo en lo tiradores para abrir la puerta, llegamos incluso a valorarlo. ¿qué hacemos si…? Si, si quiere… ya sabes… encima de mi… me decía. Nunca habíamos hecho nada similar. Nos quedamos mirándonos en silencio. Hasta que se levantó y cogiéndome de la mano fuimos al baño.

Fue meterse en la bañera, tumbarse, comenzar ella sola a tocarse las tetas y a masturbase como loca, cerrar los ojos y pedirme que la meara de arriba abajo. Por si le daba por hacerla algo parecido. Me costó asimilarlo, pero en cuanto salí de mi estado de shock, apunté y… Me gustó. Me pareció divertido. Nos reímos mucho La verdad es que también nos pareció una locura y una autentica marranada.

Una simple anécdota, pero vale de ejemplo de hasta donde nos estábamos dejando llevar. Ese día lo hablamos. Fue la primera vez que dijimos basta, hasta aquí. La primera y creo que única “línea roja” que nos pusimos, aunque creo que los dos sabíamos que, si nos picaba un poco, se podía traspasar.

No sabría describirlo. Solo esa vez nos pusimos limite. Dijimos que por ahí no, que eso no, pero lo cierto es que desde ese día el juego de la bañera se hizo familiar e incorporamos una cosa más a nuestro repertorio de guarradas. El día que llegara la entrega iba a ser total y absoluta.

Cada vez estaba más decidida a entregarse sin límites, a ser solo un pedazo de carne. No es que quisiera entregarse a él para un simple polvete. No. Buscábamos lo extremo. Sobre todo, ella. Queríamos lo más fuerte y humillante que se nos ocurriera. El que otro se la follara era mi fantasía, pero ahora se había convertido también en la suya. Aunque en su caso era algo diferente. Ella había escogido a ese tipejo, en ella se fue volviendo algo más que una obsesión. Un desvelo. Era su pesadilla su particular. Pero no era una pesadilla de terror que va… todo lo contrario. Era una paranoia contagiosa.

Y los dos queríamos hacerlo. Queríamos gozar a tope. No importaba que fuera humillante, bochornoso, vejatorio, degradante… Importaba que ella se iba a convertir en la novia más puta del mundo y yo en un enorme, en un gigantesco, en un grandísimo cornudo.

Un sábado fue a un mercadillo. Compró un juego de sábanas. Y un chándal barato. Por la tarde la vi aparecer en el cuartito con el chándal en la mano. No hizo falta decir ni comentar nada más. Lo entendí perfectamente. La decisión estaba tomada. Este juego llegaba a su fin y empezaba otro muy distinto.

Miramos el reloj. Me miró fijamente y asentí con la cabeza. Había llegado el “día C”. (C por los cuernos claro). Por lo que fuera, pero era ese día. Tenía que ser ese día. E iba a ser ese día. No sé qué tenía de especial, pero tenía que ser ese día.

Se desnudó ante mí. Queria que viera su cuerpo, el cuerpo que iba a entregar a otro hombre. El antes y el después. Desnuda se arrodilló y empezó a hacerme una buena mamada. Sabía qué tenía que hacer y dónde iba a correrme.

Yo fui el encargado de colocar sus pechos llenos de lefa en la chaquetilla del chándal… Dejé la cremallera a medio subir. Mas que un canalillo se veía la mitad de los senos. Unos movimientos bruscos y no creo que la cremallera aguantase.

-. Haré como que voy a coger unas bolsas al coche y por accidente… la cremallera se baja sola… y mis pobres tetitas al aire oh qué vergüenza me estás viendo los pechos… qué va a decir mi novio si se entera… Dijo poniendo voz fingida de tonta inocente, de niñata. Los dos nos reímos.

Me encantó aquella mirada de complicidad. Creo que nuestras mentes nunca han estado tan juntas como ese día.

Espera, la dije. Me miró como temiendo que me fuera a arrepentir y a decirle que no. Bajé sus pantalones y deslicé mis dedos entre los labios. Acaricié su clítoris y los introduje un poco en su agujero.

Los retiré y mirándola a los ojos, la dije: -. Estás calada… Y con el tono más despectivo y soez que pude, se lo llamé arrastrando la “a” final hasta casi hacerla desaparecer: -. Puta. Saqué los dedos mientras jadeaba profundamente. Me dejó hacer. Quería excitarse. Bajar caliente.

Me escondí donde habíamos dicho. Estaba todo planeado. Había ido al super. Compró y colocó las cosas en dos bolsas. No pesaban. Pero sí tenían algo de volumen. Y bajó. Solo el chándal, sin ropa interior, tal y como habíamos planeado. Dar facilidades, dijo. Salió por el portal y fue al coche. Había aparcado fuera. Miró para asegurarse que estaba y luego metió el coche al garaje. Pasó por donde se encontraba el tipejo. Inevitable que no la viera.

Todo salió tal cual ella había planeado. Es como si hubiera estudiado cada detalle. Bajó del coche, disimuladamente soltó la cremallera. En casa habíamos roto el ganchito ese de seguridad que tienen estos artilugios, precisamente para evitar que se abran accidentalmente.

Se dirigió a donde estaba con las dos manos ocupadas con las bolsas. Se paró un momento delante de él para saludarle, movió disimuladamente los brazos como habíamos ensayado para que la tela se tensara y… Por arte de magia, la cremallera se baja sola.

El gritito y a continuación la vocecita, “¡oh! ¡uy! ¡qué vergüenza! Se me están viendo los pechitos”… Él giró su cabeza. Lógico. Con esos grititos de niña pija lo hubiera hecho, aunque no hubiera dicho nada de los pechitos. Una tontería, pero insistió en hacerlo. Así se aseguraba que miraría. No sé. Puede que acertara porque si no hubiera dicho nada, a lo mejor el tipejo hasta había pasado de todo. Lo que fuera, pero salió tal cual ella había planeado. Estaba claro que ella queria lo que queria, y que iba a buscar guerra a toda costa. Entre ceja y ceja lo tenía. Este tío me folla hoy si o si, había dicho después de morrearme justo un instante antes de decirme adiós y bajar al coche con el chocho chorreando.

El tipejo se acercó y empezó su conquista, sin saber que realmente quien estaba jugando a la conquista era ella y no él. “Los tíos os pensáis que sois vosotros los que nos lleváis al huerto, pero no es así, sois tan tontos… si una tía no quiere no folláis y listo. Os lo tenéis muy creído y no es así, somos nosotras”. Eso me lo repetía una y mil veces.

Y efectivamente, siguiendo el guion que ella había escrito, empezaron las miradas babosas, su intencionada lentitud para aprovecharse de la situación. Vino el “el ven que te ayudo”, y sus risas tontas… Y ella diciéndole “no te aproveches… que tengo las manos ocupadas y no puedo hacer nada”… las risitas bobas… esas risitas tan estúpidas… Obviamente podía soltar las bolsas y taparse claro.

Y allí estaban los dos. El tipo, delante de ella, inmóvil. Mirando descarado a los pechos. Ella quieta, como tonta, sin moverse con las bolsas, una en cada mano, esperando que se decidiera, permitiéndole que se recreara mirándola las tetas, invitándole a que lo hiciera.

Avanzó y cogió los dos bordes de la chaquetilla. Como si fuera necesario, separó las solapas y echó una buena mirada a sus pechos completamente desnudos. -. No llevas sujetador, dijo. Evidentemente, ¿no estás viendo que no, so bobo?, pensaba yo.

Muy despacio, juntó las solapas y empezó a subir la cremallera.

-. Hay que hacerlo con cuidadito… No vaya a ser que te pellizque estos globos… ¡Y exploten!…

El solo se rio de su chiste. Ella sonrió condescendiente. Pero fue lo que permitió el roce primero, con un fingido descuido, y luego, como ella ni hacia ni decía nada, el toqueteo descarado de sus pechos.

-. Creo que tienes rota la cremallera bonita, y se te van a volver a salir las domingas. No me extraña que con estos melonazos no te aguante la ropa.

Desde luego era poesía pura. Su tono ya había cambiado. Daba asco oírle hablar así. Pero ella seguía sonriendo permitiéndole que siguiera.

-. Uy me has rozado un pechito, dijo cuando la cogió las bolsas y se iba a dar la vuelta.

-. Ha sido sin querer…

-. Bueno… eso dices tu… pero me lo has tocado…

No le debió sentar bien esa mini riña que se notaba que no iba en serio y de nuevo sacó a relucir su grosería.

-. ¿Un pechito? Menudas tetazas te gastas guapa… Ya me gustaría a mi poder tocártelas… dijo haciéndose el gracioso. Anda que no me iba yo a pasar bien ordeñándote este pedazo de ubres que tienes… Lo dicho. Poesía pura. Eso era un buen piropo desde luego.

El “ja, ja, ja”, y el “ji, ji, ji”. El “uy que bromista eres”. Y claro, con las risas, y algo de ayuda por parte de mi novia, pues la cremallera se volvió a bajar.

El “galante y caballeroso”: déjame que te las coloque dentro, y el vale, pero no abuses, de mi novia, dicho con un inocente tono de voz…

Y ya entramos en la fase de juegos picarones.

Que tetas más blanditas, dijo mientras se las levantaba desde abajo sopesándolas y aprovechando para magrearlas a conciencia.

-. Joder… hay que ver mi niña cómo se te ponen los pezones… como te crecen…

Y vino su picara y descarada respuesta: -.seguro que a ti te crece otra cosa… dijo mi chica sonriendo por decir esa ocurrencia, haciéndose también la graciosa.

Ya no se cortó nada. Un buen manoseo mientras las coloca dentro de la chaquetilla y sube despacio la cremallera.

Abrió el capó trasero del coche y se volvió hacia él.

-. Dame las bolsas que las voy a colocar aquí.

-. Te ayudo.

Mientras metía las bolsas dentro del capó del coche. Se colocó detrás. Bien pegadito. Ella como que coloca las cosas y él mientras se restriega la cebolleta en sus nalgas.

Bajar el capó, cerrarlo y empezar ya en serio. Un buen manoseo y un azotito.

-. Unmm no te noto las bragas…

-. Es que… Cuando voy a correr con este chándal no las llevo porque hacen marca y queda muy feo, dijo mi novia como disculpándose.

-..Las chicas de hoy sois muy presumidas.

-. A vosotros que os gusta mirar culos, dijo provocativa.

-. Serás guarra.

Un pequeño tirón y más de la mitad del culo al aire. Un poco más fuerte y casi se los baja del todo.

-. Yo no ando mirando a ver si los culos tienen bragas o no, yo los prefiero al natural.

Un acercarse, un sobar ansioso las nalgas, un intento de beso y el viejo vuelve la cara.

-. A las putas no se las besa.

-. ¡Serás cabrón! ¡Hijo de puta! ¡Eres un puto grosero! ¡Vete a la mierda ahora mismo!

Mi novia intentó irse. Sin dejarla reaccionar la sujeta de la mano. Tira de ella con brusquedad y la agarra. Se lleva forzadamente su mano a la entrepierna. Sorprendida, mi novia se quedó quieta. No supo reaccionar.

-. ¡Cállate la boca so zorra! ¿Querías esto verdad puta? Y su mano ya sin resistirse se queda allí, tocando el paquete.

-. Anda guarra… No te quedes con las ganas, sácamela.

Obediente desabrocha el cinto, baja la cremallera, y un poco los pantalones. Él la ayuda y se saca todo el paquete por un lateral de los calzoncillos.

Y un teatral asombro, que no era tan teatral, porque si la “alegró” ver aquello. Llevaba tiempo deseándolo, soñaba con ese momento. Ahora sabía que por fin iba a poder jugar con “eso”.

Sin más se puso en cuchillas. Sin pedírselo, abrió los labios y se preparó. Directa a la boca, a chupar un poco, para ver si crecía más. Había dicho que lo haría y lo hizo.

Aquello me dejó helado. Una cosa es imaginarlo, fantasear con ello. Es un juego más. Pero otra muy distinta es verlo. Si, mirar mientras ves como tu novia se arrodilla y coge un rabo que no es el tuyo.

Primero te choca. Es una cosa que no has visto nunca. No es como mirar una peli. No. Te extraña, te impresiona. Se supone que te calienta y te enfada al tiempo. Pero en mi caso no me enfadó. Si me sorprendió. Y me hizo hervir la sangre. Sobre todo, la de ahí abajo.

Si tuviera que decir cual fue lo que más me impactó diría que lo que más me sorprendió fueron las caras que ponía mi novia. Primero la de curiosidad al ver ese pollón. La de vicio al tocarle… al acercarle a la boca. Y el gesto de placer al cerrar los ojos y abrir la boca para metérselo despacio, como queriendo sentir cada milímetro que se introducía. Lo hacía como si quisiera saborear cada instante, cada arruga, cada vena.

Se recreaba retirándola despacio, brillante por su saliva y otra vez adentro. Y cada vez un poquito más rápido.

Me estaba volviendo loco. Verla colocarse, ladear la cabeza para agacharse más y lamer desde abajo sus huevos y subir hasta la punta del capullo. Ufff. Con una mano acariciar suavemente sus cojones y con la otra mover su pollón para manejarle dentro de su boca.

Por mucho que quiera no puedo describirlo bien. Solo sé que nunca olvidaré ese momento. El corazón me latía a mil por hora. No podía evitar tocarme la polla. Por encima del pantalón vale, pero sabía que era cuestión de tiempo que la sacara y me masturbara. Me hiciera ya la puta paja que necesitaba para completar el ritual de convertirme en un puto cornudo pajero, tal y como ella había dicho que haría.

Emoción a tope. Si con una mamada me ponía así, ¿Y cuándo viera cómo se la metían por el coño? ¿qué me iba a pasar? ¿Iba a explotar? La excitación hacía latir el corazón cada vez más rápido. No podía apartar la mirada de mi novia, de cada uno de sus movimientos, de sus expresiones. De sus gestos.

Decidí sacármela. Cedí. A la mierda mi vergüenza. No tenía ningún sentido. Además, me apretaba y me dolía. Resignado iba a comenzar a tocarme.

En ese momento como si ella lo supiera, el momento exacto sin que él se diera cuenta, me miró. Con ella en la boca. Mientas seguía acariciando sus pelotas la sacó, cerró los ojos y se la restregó por todo el rostro con la mayor cara de vicio que la he visto poner. Volvió a metérsela en la boca y a jugar con ella.

Tras asegurarse que el tipejo no miraba hacia donde yo estaba escondido, volvió su mirada hacia mí. Y lo hizo. Si, algo que no estaba previsto ni que yo iba a imaginar en mi vida.

Bajó su mano al suelo y puso el gesto de los cuernos. Puñito cerrado y meñique e índice levantados. Empezó un vaivén frenético metiéndosela el capullo en la boca y meneando la mano apuntándola hacia mí. ¡Me estaba llamando cornudo! ¡Mi propia novia me estaba llamando cornudo mientras la muy zorra me los estaba poniendo! Solo puedo decir que en mi vida he sentido más humillación ni se me ha puesto así de dura la polla, más a punto de explotar. Las venas hinchadas a todo. Tiesa, rígida, latiendo como si tuviera vida propia.

¿Y él? Dirigí la mirada directamente a su cara. Obviamente tenía cara de estar a gusto. Los ojos medio cerrados. La cabeza algo ladeada. Relajado.

Al rato, cuando se conoce que aquello se estaba ya poniendo calentito, se puso rígido y se bajó aún más los pantalones. Buscaba su comodidad.

Me sorprendió su mirada de soberbia, déspota total. Empezó a sujetar la cabeza y a empujar su polla cada vez más adentro. Contábamos con ello. Sabíamos que iba a ahogarla, a follarla la garganta. Sabíamos que él iba a marcar el ritmo cuando empezara a metérsela en la boca. Lo que no me esperaba era que la mirara con ese aire de desprecio, de prepotente.

Y se lo oí por primera vez. Un “guarra”… gutural, profundo. Le salió del alma.

-. Ya sabía yo, que eras una buena puta… Se te ve de lejos… Mucho noviete y mucha tontería, pero se te nota lo zorra que eres. Vas pidiendo guerra so putona, que lo sabe todo el mundo…

Agarró el pelo, la levantó. La miró de arriba abajo recreándose en las tetas. La sobaba los pechos mientras la empujaba arrastrándola por el lateral del vehículo hasta sentarla en el capo de un coche oscuro que estaba más escondido, en una zona más apartada y con menos luz. Me daba igual. Yo los veía perfectamente. La sentó y al bajarla los pantalones, se los quitó de un tirón, dio un gritito. Zapatillas y todo salió volando.

-. Cállate puta… mírate el coño joder…

Y oí el “estás calada guarra” más soez pero más excitante que he oído en mi vida. En ese momento me di cuenta que mi polla estaba a punto de explotar.

Agarró los pechos a puñados, estrujándoselos. Apretó y clavó los dedos. Por la cara que puso tuvo que hacerla daño.

-. Abre bien las piernas que te lo vea… Encendió un mechero para darse luz y lo acercó a la entrepierna.

-. ¡Joder cómo lo tienes!…

-. ¡Cómo no lo voy a tener así al ver lo que tienes ahí abajo cabrón!, respondió desafiante.

Sonrió triunfador y repitió la orden: ábrete de piernas zorra.

-. Eso es, ahora prepara el chocho para mí. Separó los labios con las manos. No puede verlo, pero era evidente que el agujerito estaba listo para ser penetrado.

Le vi situarse en medio y de espaldas. Le vi moverse. Supongo que maniobrando su polla. Pensé que iba a jugar o hacer algo, pero no. De repente un brusco movimiento de caderas. Zas, un “Toma guarra” y su grito. Fue el comienzo.

Una pelea de gritos, de insultos, de quejidos, de…Allí hubo de todo. Se mezclaban las voces de los dos. ¡Joder! ¡me revientas! ¡Despacio! Decía ella. ¡Cállate puta! Una mano describió un círculo completo en el aire y sonó el plaf y su grito de dolor. Una bofetada en las tetas que las hizo bailar (eso me lo dijo luego, yo oí el plaf, pero no pude verlas).

Y siguió el concierto de gritos y alaridos de mi novia. ¡Más despacio!, ¡no lo hagas tan fuerte, me duele! ¡me haces daño!, ¡joder que es muy grande! ¡ que me partes el coño!¡que me abres en canal!

Y el tipo pasando de todo, follándosela a lo bestia y ella retorciéndose, separándose, tratando como podía de aguantar sus embestidas.

-. ¡Que te estés quieta puta!

Agarró su pelo por detrás tirando de ella, se separó y empezó a pegar manotazos en sus tetas.

-. ¡Estáte quieta y a follar guarra!¡o te reviento los melones.!

¿Intervengo? Con eso no contábamos. Es que no solo se la estaba follando, ¡estaba pegándola en las tetas! Mi indecisión duró poco. Por increíble que parezca en un par de minutos, los gritos se transformaron y dejaron de ser de dolor para ser de placer.

-. ¿Tenías ganas eh zorra?

-. Si… si… si…. gritaba descontrolada del todo. Dame más, dame más gemía y suplicaba.

Y claro que la dio

Hasta que llegó. Ella antes que él. Y no solo una. Se corrió escandalosamente un par de veces.

-. Ya te has corrido, ¿verdad guarra?, pues ahora me toca a mí. Te voy a llenar el coño.

Empujó, a lo bestia, Golpes secos, Movimientos bruscos, potentes, profundos…

Yo alucinaba en colores. Cualquiera diría que ese tipejo podía empujar de esa forma. Era bestial. Yo me di cuenta que mi… mi polla escupía una abundante corrida. Me estaba vaciando chorro a chorro solo mirando, sin apenas tocarme. Agarré mi rabo y empecé a masturbarme frenéticamente. Parecía una corrida sin fin. Me temblaban las piernas. Tuve que apoyarme en la pared para no caerme. Meterme un pañuelo en la boca para no gritar.

Me había corrido. Supongo que lo mismo iba a hacer el, pero con una diferencia: yo me estaba haciendo una paja y el follándose a mi novia.

Y en ese momento, cuando él empezó a gruñir, me di cuenta de que estaban llegando los dos juntos. Ella se retorcía, gritaba, gemía, tensaba su cuerpo. La estaba volviendo loca. A lo mejor fue el orgasmo más fuerte más intenso de su vida. Avergonzado tengo que reconocer que yo nunca había logrado que se corriera de esa forma.

Ella se quedó tumbada. Jadeante en cima del capó. Con las piernas aun algo separadas. El empezó a vestirse sin siquiera mirarla. La vi bajar la mano a la entrepierna. Despacio. Lenta. Auto acariciándose la barriga y luego la vagina. Se tocó. Se metió los dedos y luego los sacó acercándoselos a la cara.

-. Uf… Te has vaciado bien los cojones… se lo dijo jadeando y entrecortada, colocándose como podía la chaqueta del chándal y buscando los pantalones. Tal y como había predicho, la dejó lleno el coñito.

-. Otro más así y me matas… ayúdame a subir las bolsas… un caballero no deja a una pobre niña tirada en un oscuro garaje y cargada con la compra…

Una estupidez. Las bolsas estaban guardadas en el coche, pero era la señal, la contraseña. Me coloqué como pude y corre que te corre, me fui subiendo por las escaleras para esconderme en el balcón y poder ver cómo se la follaba en nuestra cama. Eso es lo que habíamos planeado.

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