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QOS (Capítulo 8)

La puerta se abre y el mundo conocido se desmorona. No hay vuelta atrás, solo la brutalidad de un desconocido y la mirada fija de quien amas. Esta noche aprenderás a ser un juguete, y el precio será tu propia seguridad.

Irene Fdez de Ulloa6.9K vistas9.8· 11 votos

Capítulo 8 “Por Fin”

Cuando llegamos al pasillo, llamamos al timbre. Nadie respondía ni daba señales de vida. Llamamos una segunda vez, y tras unos segundos, unos pasos apresurados sonaron del otro lado de la puerta. Apenas unos instantes después, la puerta se abrió, revelando a una Raquel sudorosa, despeina y jadeante, con el cuerpo y la cara roja. Las piernas cubiertas de flujo y los ojos llorosos. Una voz sonó de la habitación, exigiendo que volviera. Los tres nos dirigimos a la estancia.

Tras la puerta, sobre una cama mojada, estaba el, aquel negro, aquel macho, desnudo, empalmado... Se sorprendió al vernos, echando una mirada a Raquel que intuía, vicio y reproche. Entonces se acercó a mí. A escasos centímetros de mi cara, me preguntó:

–¿Hoy te vas a atrever?–

Mi cara de asombro y nervios debió ser perceptible ante todos los presentes. Pese a tener el apoyo de Javi, la experiencia con Raquel, el entrenamiento con el consolador, pese a todos mis avances no creía estar lista, tenía miedo. Javi respondió por mi “Si, se atreve”.

El hombre se fijó entonces en él.

–¿Y tu eres?– Dijo algo intimidante el macho

–Su novio– Respondió Javi sin ningún ápice de intimidación o miedo

–Ahh, el cornudo; siéntate y disfruta de lo que le voy a hacer a tu novia, tu hermana ya ha tenido suficiente– una sonrisa se dibujó en su cara mientras pronunciaba sus palabras.

Raquel hizo un amago de unirse a su amo negro, pero este la rechazó y se sentó junto a Javi en un sillón de cuero marrón, con grandes reposabrazos. Javi, antes de sentarse se desnudó, preparándose para verme ser mancillada por aquel hombre. Raquel, se sentó en el reposabrazos, pringando el sofá con la mezcla de sus aromáticos flujos vaginales y el sudor que impregnaba todo su cuerpo.

Mientras, con una brutalidad animal, el negro me arrancó la ropa. Era excitante y vergonzoso a la vez. Mi reacción instantánea cuando mi jersey desapareció fue la de taparme para que nadie me viese. Estúpido, pero natural. Entonces oí tras de mi como rompía mi sujetador mientras me decía “No quiero volver a verte uno de estos en la vida”. Acto seguido mordió el lóbulo de mi oreja. El sujetador cayó al suelo, y vi lo que me esperaba.

En múltiples ocasiones Javi me ha dicho algo que me gustaría que algunos de mis lectores confirmaseis. Según él, no hay combinación más sexy para una mujer que ir en vaqueros y en topless. Según piensa, es una combinación casual, nada maquillada, ni impostada, basada simplemente en “la belleza artística del cuerpo femenino”. Si bien digo esto, es porque en cuanto volví la cabeza, vi a Javi con la polla en la mano, disfrutando de ver como ese macho me había dejado en esa erótica combinación de ropa.

Prosiguiendo con la acción, sus manos rudas y callosas tomaron mi cintura y de un solo golpe me bajaron los pantalones. Sentí algo de frío en los glúteos y mi piel se erizo. Mi entrepierna se iba humedeciendo mientras el miedo dejaba paso a la excitación. Entonces una de sus manos golpeó con algo de fuerza mi nalga izquierda en un azote que me hizo dar un pequeño salto.

Me di la vuelta y me agarró del cuello. “¿Me tienes miedo?”– Dijo mientras sus ojos oscuros se fijaban en los míos.

Sin articular palabra negué con la cabeza y el con fuerza me tiró al suelo sobre mis rodillas. Era evidente lo que quería. Su gran polla se plantaba ante mí. Miré a Javi pidiéndole permiso, y cuando este asintió… PLAS!!! Una bofetada del macho en mi mejilla izquierda – No le mires a el, aquí quien manda soy yo, zorrita. Ahora chupa de una puta vez–.

Normalmente cuando me insultan, incluso en el ámbito sexual, me suelo poner digna, pero había algo en esa situación, en la bofetada, en el cumplir mi fantasía, que me hizo ser sumisa. Volví a tener frente a mi ese gigantesco trozo de carne. Olía a sexo, a semen y a flujo. Empecé a masturbarla cuando una mano agarró mi cabeza y con brutalidad violó mi voluntad penetrando a la fuerza mi boca hasta la garganta.

Mis lectoras heterosexuales sabrán que el arte de hacer una buena mamada es complejo, requiere de técnica, juego de lengua, algo de imaginación… Aquello no era una mamada, no era sexo oral, era una autentica violación de mi boca. Me atragantaba mientras intentaba procesar el hecho de tener ese cacho de carne entre mis labios. Al borde de la arcada, respirando únicamente por la nariz, con lágrimas cayendo por mis ojos, sudando y sintiendo un profundo dolor mandibular. Él me abofeteaba ocasionalmente, lo que provocó que Javi se levantase de su sitio, a lo que se oyó un “Chaval, siéntate o te siento a hostias”. Oí el crujido del cuero al caer el peso de Javi.

Poco después saco su miembro de mi cavidad bucal. Babas cayendo sobre mi barbilla y pechos. Me levantó agarrándome del cuello y me tiró sobre la cama. Yo, indefensa, miraba con miedo. El, con sus grandes manos me quitó las bragas y dejó al aire mi coño empapado. No medió palabra, no hizo esfuerzos, tiró de mis muslos hacia él. Entonces la sentí. Como una punzada atravesándome a toda velocidad. Hasta que la noté chocar con mi pared uterina.

Existen pocas cosas que realmente hagan a una persona ver las estrellas. Pisar una pieza de Lego, golpearse el Meñique contra la pata de la cama, darse en el nervio del codo… y que una enorme polla negra te embista con tanta fuerza que te golpee la pared del útero.

El seguía penetrándome con furia y brutalidad, con un movimiento de caderas frenético mientras sus brazos se apoyaban a los lados de mi cabeza. Su respiración, propia de un depredador aportaba aún más calor del que sentía a mi cara. Javi se preocupaba por mí en el sexo, de que sintiera placer, de no ir demasiado rápido, de disfrutar ambos y corrernos juntos. Este hombre era lo opuesto. Yo era un juguete en sus manos, poco más que una muñeca hinchable, un objeto para saciar su lívido animal.

Sudoroso, castigaba mi vagina con ritmos inverosímiles. No era capaz de acostumbrarme. Era una extraña mezcla de placer y dolor. Un peligroso cóctel, que me arrastraba a sentirme viva, a experimentar algo distinto, a volver a esa era en la prehistoria en la que el sexo no era algo artificioso y sensual, sino una necesidad animal que ansiaba ser cubierta, sin pensar en el placer del otro, en posturas complejas… Era el sexo que tenían los animales.

Un pequeño respiro vino a mi cuando se cansó de la postura. Y con un azote en la nalga me incitó a colocarme sobre él. Tonta de mí, pensé que en esa postura yo podría tener algo de poder sobre la penetración y el ritmo. En el momento en que dejé que su pene entrase de nuevo en mí, estuve perdida. Incluso en una postura en la que la mujer tiene el control, el macho dominante negro se lo arrebata. Pronto eran sus caderas las que se alzaban para penetrarme más profundo, incluso cuando hacía esfuerzos para alzarme más y que no tocase mis paredes uterinas.

Como es normal, la excitación del momento, sumada con el bombeo constante me acercaron tanto al clímax que cuando llegó se produjo un pequeño accidente. Mis piernas cansadas y temblorosas, sumadas al orgasmo y los embistes de las caderas del macho hicieron que saliera volando y me metiese un cabezazo contra la pared. Perdí levemente el control de mi cuerpo y el sentido de mi ser, aunque no tengo claro aún si fue por el orgasmo o por el golpe.

Normalmente, toda pareja sexual, se preocuparía por el golpe y frenaría el acto. Normalmente… Mientras estaba aturdida sobre la cama, el macho aferró sus manos a mis caderas y comenzó a penetrarme de nuevo a cuatro. La excitación no desaparecida de mi orgasmo hizo que a los pocos minutos de estar en esta postura volviese a correrme. Seguía sin adaptarme, pero el golpe amortiguaba el dolor del martilleo constante contra mi útero. Entonces, mientras él presionaba mi cabeza contra el colchón lo vi.

Raquel le estaba haciendo una paja a Javi mientras este chupaba su pezón. No era de sorprender, era el siguiente paso, pero no me pudo sentar peor. Mis miedos al incesto que había provocado resurgieron como un terremoto. Por un momento ya no había un negro penetrándome a cuatro, solo ellos, y mis temores. Miedo a perder a Javi por su propia hermana. Ese era el problema, no me importaba que Javi follase conmigo y otra amiga, o catar juntos las delicias del intercambio swinger. En cierta medida se lo debía, a fin de cuentas, él me estaba dejando follar con un macho negro en ese mismo momento. El problema era ella. Raquel era a mis ojos, mejor que yo. Mas salvaje, más experimentada, más alocada… Tenía miedo de perder a Javi en los encantos de su hermana, más teniendo en cuenta que al vivir juntos, podrían tener todo el sexo que quisieran a mis espaldas.

El macho, dándose cuenta de mi disociación, me abofeteo y se preparó para el último empujón. Con la polla totalmente lubricada por mis fluidos, cogió fuerza y velocidad. De repente, ocurrió. Su cuerpo se desplomó sobre mí, mientras su semilla se abrió paso en mi vientre. Noté como cada ráfaga de semen era descargada en mi coño, como su pene palpitaba dentro de mí.

Casi con urgencia, apenas sacó el macho su pene de mi vagina, corría a por Javi, y comencé a hacerle una mamada. Aquello no era lívido, no era excitación. Era una desesperada búsqueda de validez. Mi lívido estaba saciado, el macho negro había cumplido su función, pero necesitaba hacerle esa mamada a Javi, necesitaba reforzar que él era mío y yo suya.

Raquel intentó ayudarme colocándose a mi lado para chuparle, pero algo agresiva, le impedí hacerlo. Raquel, entonces volvió con su macho, y ambos observaron cómo se la chupaba a Javi. Finalmente, la excitación y la estimulación hicieron efecto y Javi eyaculó en mi boca.

Nunca había tragado semen, no me gusta su sabor ni su textura. No sabe bien, no tiene una textura agradable, pero… aquel día necesitaba hacerlo. Tragué toda la semilla de Javi, sin rechistar, sin arcadas, intentando no poner caras de desagrado.

El mismo se sorprendió, y supo que algo pasaba. Necesitábamos hablar en privado.