El Crimen del Colibrí. Parte 8
Ignacio le prometió un futuro, pero solo le trajo miedo y humillación. Ahora, con el cuerpo manchado de semen y la vida en peligro, Claudia debe decidir si huye con el asesino o se queda con la familia que lo rechazó. Pero la noche no ha terminado, y el deseo puede ser más fuerte que el instinto de supervivencia.
A lo largo de la historia las mujeres se han enfrentado a la gran incógnita de saber si estaban o no embarazadas. Incluso algunas de inconmensurable poder habrían sacrificado a docenas de súbditos sin con ello adelantaban la noticia de su esperado estado. Adivinos, magos, médiums, videntes, y otros místicos han agasajado a reinas y emperatrices para resolver esa necesidad. Más todos demostraron ser más ineficaces que los antiguos egipcios tiempo atrás que, ya entonces, sabían que el secreto de tal predicción estaba en la orina de la mujer. Las egipcias orinaban durante prolongados días sobre semillas de trigo y cebada, y si germinaban la mujer estaba embarazada. Milenios más tarde se ha descubierto que el setenta por ciento de las ocasiones la orina de una mujer en estado es capaz de provocar la germinación, algo que no sucedería si no está embarazada. Claudia lo sabía por uno de los artículos que había escrito hacía tiempo, aunque no tenía intención de ponerse a mear sobre semillas de trigo.
—¿Seguro que estás embarazada? —preguntó Ignacio esperanzado.
—Yo no he dicho eso —insistió la valenciana con los ojos abiertos por la manipulación de sus palabras —. He dicho que tengo un pálpito. Todavía no debería llegarme el periodo, así que hasta que no vea que se me retrasa no podré decir nada al respecto.
Lo cierto es que solo habían transcurrido cinco días desde que Claudia e Ignacio se reconciliaron. Después de la maratoniana jornada de sexo, en el que había vuelto a casa prácticamente al amanecer, decidió descansar ese sábado. El domingo, sin embargo, encontró otra excusa con la que pasó una buena tarde de sexo con su amante. Habían sido unos días muy productivos desde entonces.
Aun así, Claudia había cumplido su promesa con su marido y lo habían hecho una vez todos esos días. Ella se las había ingeniado para que los coitos acabaran casi nada más empezar, y en un par de ocasiones había logrado que su marido se corriera fuera.
—¿Por qué no pruebas uno de esos test de embarazo? Dicen que son muy fiables.
—Qué vergüenza… —manifestó Claudia nada más escuchar la sugerencia —. No pienso comprar eso en una farmacia. Además, he oído que no funciona tan pronto.
La pareja estaba subida en el coche del ingeniero. Un Dodge 3700 de carrocería roja de tipo sedán. Se trataba de un coche alargado de cuatro puertas bastante opulento. La periodista no sabía mucho de coches, pero sabía que este era el más lujoso en el que se había montado jamás, teniendo en cuenta que estaba acostumbrada al Renault 5 que conducía su marido. Ella no entendía como pretendía su amante pasar desapercibido con un coche así, pero el ingeniero parecía muy cómodo en él.
—Yo puedo ir a comprarlo si tú…
—¿Pero qué prisa tienes? —lo interrumpió ella tras un suspiro tenso.
Ignacio no sonrió, ni asintió. Se mostró serio con la vista puesta en la carretera. Incluso parecía triste de repente. El ingeniero se había puesto una gabardina gris y unos pantalones vaqueros. Claudia pensaba que solo le faltaba el sombrero para parecer un espía soviético. Ella, sin embargo, se había puesto pantalones canela, suéter blanco y camisa a rayas horizontales marrón y blanca. Llevaba una chaqueta negra en el asiento de atrás, pero no tenía tanto frío como para ponérsela.
—Ya casi hemos llegado —avisó él mientras pasaba su enorme mano por el muslo izquierdo de ella.
La periodista suspiró con nervios y retiró la mano de él con discreción, pues se sentía incómoda, aunque nadie viera el gesto. Ya se sentía muy violentada al circular por Madrid en un coche que no conducía su marido. Por menos ella había criticado a muchas.
La periodista sabía que estaban cerca de la Puerta del Sol, pero no recordaba en especial esa calle. El ingeniero avanzó unos cuantos metros más y aparcó el coche junto a otros de gama alta. Como un Mercedes W116, o un Pontiac Trans Am Firebird, llamado comúnmente como “Caradura”. Eran coches inaccesibles para la mayoría de españoles, y no eran pocos los que se quedaban mirando al pasar a su lado.
—¿Qué sitio es este? ¿Son los coches de tus socios?
Ignacio la miró detenidamente, y un instante después apagó el motor del coche. Parecía muy preocupado y extremadamente serio. Entonces volvió a girar su cabeza hacia ella y le buscó los labios. La besó con tanta dulzura que en un primer instante la valenciana olvidó quién era, o dónde estaba. Aunque solo duró un segundo. Rápidamente ella retiró su rostro sonrojado y miró hacia la calle. Había un hombre con una boina que la miraba fijamente mientras andaba. No se conocían, pero el rostro de Claudia estaba tan alarmado que el señor supo que ella estaba haciendo algo inmoral, y su mirada adquirió ese tono de censura de forma inconsciente. Eso provocó que ella se ahogara en vergüenza.
—Pero… ¡qué haces! —se quejó finalmente la valenciana mirando a Ignacio, con el cuerpo inmóvil por la parálisis.
Inmediatamente él volvió a besarla. Esta vez su lengua la invadió como un zorro asaltando en un gallinero. Los músculos lascivos se abrazaron mientras segregaban saliva, y Claudia, en estado de shock, sintió como su vagina se humedecía rápidamente. Su corazón bombeaba a mil por hora, pero a su vez la exposición estaba provocando que se pusiera muy cachonda. Finalmente ella volvió a retirar a su amante para atrás mientras volteaba su vista a la calle. El hombre ya no estaba. Se había ido. La valenciana se movió en su asiento y sintió como sus bragas se habían mojado. Seguidamente Ignacio interrumpió sus emociones.
—Claudia… Hay muchas cosas de las que no me siento orgulloso.
—¿Qué quieres decir? —preguntó ella, a lo que él negó con la cabeza, como si fueran demasiado difíciles de revelar. Pero la periodista no aceptaría un no por respuesta —. Voy a tener un hijo tuyo. Quiero saberlo, y creo que me lo debes.
Ignacio se quedó quieto un instante, y finalmente la miró a los ojos de nuevo. Su voz sonó triste y susurrante.
—He sobornado a políticos para conseguir adjudicaciones públicas con las que embolsarme mucho dinero. Me he prostituido para luego extorsionar a mujeres casadas con hombres importantes, y cerrar así tratos comerciales muy cuantiosos. He hecho cerrar empresas, haciendo perder el empleo a muchos cabezas de familia, solo porque eran competencia de otras para las que trabajaba. He untado a jueces y policías para conseguir evitar la cárcel, tanto para mí como para otros. He atentado incluso con la propia vida de Dios… —Ignacio se detuvo cuando vio que Claudia estaba a punto de desmayarse, y la sujetó por los hombros delicadamente —. Pero no te preocupes. Porque tengo intención de dejar todo eso atrás. Tengo suficiente dinero ahorrado para no tener que, ni yo, ni mis hijos, ni mis nietos, vuelvan a trabajar jamás.
La valenciana estaba ida, como si la hubieran dejado fuera de combate en un duelo de boxeo. Se había puesto pálida y la sangre parecía que había dejado de correr por sus venas. Finalmente tragó saliva.
—¿Me lo dices en serio? ¿Y me lo dices ahora?
—Amor… ¿crees en las segundas oportunidades?
Claudia no podía levantar la cabeza, y tardó en responder una eternidad.
—Yo, no lo sé…
—Te quiero. Eso es lo que yo sé —le aseguró con melancolía —. Y aunque no fuiste la razón por la que quise terminar con todo eso, sí que eres la razón por la que quiero volver a recomenzar desde cero.
—Necesito tiempo… para asimilarlo —indicó ella casi sin fuerzas en la voz.
—No tenemos demasiado tiempo. Necesito que me acompañes para cerrar esto.
—No te entiendo…
Ignacio salió del coche y comenzó a rodearlo para abrirle la puerta a Claudia. Ella se fijó en que estaban frente a una especie de restaurante con el letrero tapado con un tablón de madera. La vitrina también estaba tapiada y realmente parecía un establecimiento en obras. Una vez el ingeniero abrió la puerta del coche le ofreció su mano con galantería.
—Acompáñame.
La periodista estaba nerviosa, pero no veía a su amante como un desconocido. En el fondo siempre había sabido que escondía algún misterio del que no quería saber nada para que no cambiara lo que tenían. Aunque jamás pensó que sería algo tan grave. Con mano temblorosa aceptó la suya y salió del coche.
—¿De qué va esto exactamente? —preguntó de forma imperceptible.
—Confía en mí.
La pareja se dirigió a la entrada del establecimiento. Eran rejas de hierro que costaron un poco abrir, pero en menos de un minuto accedieron. Todo estaba muy oscuro, pero, aun así, se intuía un bar o una pequeña discoteca por la amplia barra que la cubría de punta a punta. Había pequeñas mesas, pero todas dirigidas a un pequeño escenario con una barra de estriptis. Entonces Ignacio cerró la entrada y la oscuridad se hizo más densa.
—No se ve nada —comentó ella aún más nerviosa.
Antes de que el ingeniero pudiera contestar nada, la luz se hizo y todo el establecimiento se iluminó. Tenía forma de ele invertida y, tal y como se había imaginado, aquello parecía un club de alterne. Sin embargo, lo que la impactó fue el humo de un puro flotando en el ambiente. Al fondo del local, de espaldas a ellos, había tres personas. Una de ellas surgió de la pared que obstaculizaba la visión. Era un hombre joven con pelos de hippie, pero bien vestido. A Claudia le sonó de algo, pero no supo identificarlo de inmediato.
—Ya era hora —dijo él con desinterés mientras se rascaba su perilla.
Otro hombre había surgido de un cuarto tras la barra. Llevaba gafas de montura muy gruesa y había sido quien encendió la luz. Por último, se levantó un tercer hombre de aspecto más viejo y con la frente llena de arrugas. Tenía la mirada tan fría que el aire parecía helarse cuando la posaba en ti. Y Claudia la sentía en ese momento. Tenía el corazón a mil, y estaba a punto de gritar auxilio cuando Ignacio le dio la mano calurosamente. Eso la relajó, sin embargo, esa paz no duró mucho tiempo. La voz grave y autoritaria del hombre de mirada fría le puso los pelos de punta.
—¿Quién es esta?
La valenciana se paró en seco y tiró de su cuerpo hacia atrás, como si estuviera a punto de echar a correr. Pero el ingeniero no se amedrentó.
—Es Claudia, y espera un hijo mío —reveló de primeras.
La aludida abrió los ojos como platos por la sorpresa. No solo había revelado su nombre a tres desconocidos, sino que directamente les había dicho que estaba embarazada de él. Su seguridad se hizo añicos en un momento y el suelo amenazaba con tragársela por la vergüenza.
—Pero… ¿Qué dices? —trató de negar ella mientras retiraba su mano de la de él.
—Confía en mí —insistió Ignacio para luego señalar a los tres hombres —. Te presento a Julio, Bartolomé y Diego…
—¡Imbécil! —exclamó el hombre de frente arrugada que respondía por el nombre de Julio —. No reveles nuestros nombres.
—Si lo hago es para que veáis cuánto confío en ella —les aseguró el ingeniero —. La última vez hablaba en serio. Lo dejo.
El de las gafas gruesas, y a la vez más barrigudo de todos, salió de detrás de la barra con rostro enfadado.
—Sabemos que has ido a las instalaciones esta mañana. ¿Creías que no nos íbamos a dar cuenta?
Ignacio abrió los ojos, sorprendido, pero inmediatamente endureció el rostro.
—Me da igual que lo sepáis.
—¿Qué te llevaste? —inquirió Julio con ojos enrojecidos.
—Lo que me pertenece. Os dije que… —el ingeniero se interrumpió y luego se encogió de hombros —. A vosotros no os incumbe.
—¿Quién te crees que eres para tomar una decisión así por tu cuenta? —inquirió Bartolomé con el entrecejo fruncido —. Nos expones a todos.
—Se ha enamorado —dijo el más joven de aspecto hippie sin usar ningún tono complaciente. Más parecía burla.
Tan pronto escuchó su voz Claudia lo reconoció, aunque su nombre le había dado una pista muy clara. Se trataba de Diego Eusebio Alameda. Un cantante muy popular entre las más jóvenes.
—¿Y qué si es así? —cuestionó el ingeniero —. Ya he colaborado bastante con esto, pero hay límites que no puedo cruzar.
—¿No te das cuenta de que nos dejas en la estacada, imbécil? No te equivoques —le inquirió Bartolomé —. Hacemos falta los cuatro, y no podemos confiar en nadie más.
—Es cierto —coincidió Diego —. Si tú te vas, nos obligas a los demás a irnos también.
Ignacio negó con la cabeza efusivamente, como si no quisiera creerlo o no le importase que eso fuera así.
—Tengo derecho…
—¿¡Derecho?! —exclamó Julio con furia mientras se acercaba señalando hacia él como si lo amenazara —. ¡De no ser por mí no serías nadie! ¡¿Y así me lo pagas?!
Un silencio espectral se formó en el ambiente, y la tensión se podía cortar con un cuchillo. Nadie dijo nada. Solo miraron a Ignacio fijamente, y él les devolvió la mirada, muy seguro de sí mismo. Claudia, sin embargo, estaba aterrada y sudores fríos caían por su frente. Salvo el cantante, los otros dos parecían gente muy peligrosa. Entonces, el ingeniero se acercó a ella y le puso la mano en la espalda. Lejos de agradarla sintió un nudo en la garganta por el gesto, ya que llevaba hasta ella una atención que deseaba evitar.
—Sé que os decepciono, pero me da igual. Mi decisión es firme —aseguró mientras miraba a una Claudia aterrada. Entonces sonrió —. Lo dejo, y quiero que ella, y el hijo que tenga, reciba la parte a la que tenga derecho si falto.
Julio parecía a punto de vomitar rabia de su boca, pero en su lugar lanzó un fuerte derechazo que impactó a Ignacio en la cara cuando miraba a su amante. El golpe fue rápido y fortísimo. Tanto que dejó sin sentido al ingeniero antes de que este tocara el suelo.
La valenciana lanzó un grito angustioso, y sus piernas comenzaron a temblar de pánico. No solo por la muestra de agresividad prácticamente a medio metro de ella, sino porque con el movimiento de Julio había visto una pistola en una funda sobaquera. Ella no sabía si su amante estaba vivo o muerto, pero lo único en lo que podía pensar en ese momento era en que quería estar con su marido y sus hijos. Sus rodillas colapsaron y cayó al suelo como un saco roto.
—No, por favor… —gimoteó con la palma de la mano alzada —. Os juro… que yo no sabía nada. Solo teníamos sexo… nada más.
Bartolomé bufó con sarcasmo y Diego puso una mueca de decepción y asco. Julio, sin embargo, se mantuvo inmutable. Con mirada fría y calculadora. Sacó su arma y apuntó a Claudia. Ella se meó encima mientras sollozaba, pero Julio ni siquiera se inmutó.
—Por tu culpa nos quiere dejar tirados —escupió el hombre de mirada fría —. Si te meto un tiro entre ceja y ceja se acabará el problema.
—No… por favor —añadió mientras desviaba la cara al suelo, temblando como un flan —. Solo… éramos amantes. Nada más que… sexo.
—¿De verdad estás embarazada de él? —preguntó con voz afilada Diego.
—No… No es seguro… Probablemente no —mintió ella de forma inteligible, para luego volver a implorar entre el llanto —. Por favor. Estoy casada… y tengo dos hijos. Apenas conocía a Ignacio… Yo no sé nada de lo que él hacía.
—Puta asquerosa —masculló el cantante mientras se encendía un cigarrillo —. Mátala.
La valenciana lanzó un aullido de pánico y se arrastró como un perro hacia las piernas de Julio. Con manos temblorosas palpó la entrepierna de él mientras intentaba desabrocharle los pantalones. Pero él puso una mueca de asco y la lanzó un metro hacia atrás con la planta del pie. Claudia cayó de espaldas, con los pantalones canelas encharcados por su propia orina.
—Guarra repugnante —escupió él —. ¿Crees que voy a tocarle un pelo a un coño meado como el tuyo?
Sin embargo, la periodista volvió a ponerse de rodillas, y entre el llanto avanzó humillada. Julio estaba a punto de golpearla en la sien con la culata de su arma, pero Bartolomé llegó desde atrás y apartó al empresario. Con mirada lasciva se desabrochó la bragueta y ofreció su pene a la periodista. Sin pensárselo dos veces, esta avanzó a tientas para luego meterse el pene del hombre barrigudo en la boca. Claudia no pensaba con claridad. Estaba en modo supervivencia y obraba por instinto. Y creyó que mientras los agradara no la matarían.
El pene del barrigudo era hediondo y peludo. Como si se hubiera meado un poco en los pantalones hacía horas. Pero Claudia se lo tragó sin meditarlo siquiera, con intensidad y buen hacer. Julio no pudo evitar reírse y Bartolomé giró la cabeza para emularlo también. Diego, sin embargo, mostró desdén y se quedó observando con un rostro de desprecio.
El hombre de mirada fría se desabrochó el pantalón y puso su miembro flácido y caído frente a la cara de la mujer. La periodista fue de inmediato a chupar ese pene, mientras que sujetaba con la mano el de Bartolomé y lo masturbaba de adelante hacia atrás. Ella apenas tenía experiencia en felaciones, y menos a dos al mismo tiempo, pero había aprendido lo suficiente con la cosa de Ignacio como para saber cómo levantar una polla, y en menos de un minuto tenía a las dos como altos obeliscos frente a su cara. Chupaba los huevos a uno, para acto seguido lamer con intensidad el cabezón, pasaba a la otra y se tragaba todo el falo hasta el fondo. No paraba casi ni para respirar, tal era su estado de nervios en ese momento.
Entonces, mientras la periodista tenía una polla en la boca, Julio quiso meter la suya también, y Claudia abrió la mandíbula todo cuanto pudo con gesto aterrado. Las dos pollas eran gordas, por lo que apenas cabían un palmo a la vez. Tras unos pocos segundos ella tuvo que retirar la cara, pues si no se ahogaría.
—Ah… me voy a correr —reveló Bartolomé.
Julio sujetó a la mujer por el pelo, y mantuvo su cabeza quieta frente al pene del concejal mientras le lanzaba un escupitajo que impactó en su mejilla izquierda.
—Córrete en toda la cara de la puta esta.
Claudia no protestó y mantuvo la cabeza quieta para que Julio no presionara más fuerte. Al mismo tiempo, la saliva del empresario se resbalaba por su mejilla y llegaba hasta la barbilla. El torrente de leche no tardó en llegar y le impactó en el rostro a más presión incluso que el escupitajo. Era mucha, y primero dio en su frente, así como en la nariz, el labio y uno de sus párpados, que tuvo que cerrar. La escena era un poco repugnante, pero motivó la risa tanto de Bartolomé como de Julio.
—Trágate la leche, puta —espetó el empresario entre risas.
Tuerta en la práctica por el grueso moco de semen que tenía sobre el párpado, Claudia abrió la boca y lamió con su lengua la leche que tenía sobre el labio, y luego la que le fue cayendo por el rostro. Julio pasó su mano por la cara de ella y arrastró gran parte de la corrida hasta sus labios, y la periodista se la metió en la boca. La relamió y exhibió moviendo la lengua delante de ellos, y luego se la tragó sonoramente. Les enseñó la lengua limpia de semen y estos volvieron a reírse satisfechos.
En ese momento llegó Diego con gesto serio y la sujetó por el pelo para levantarla bruscamente. Claudia gimió y luego fue lanzada al escenario.
—Ahora baila para nosotros, guarra asquerosa —espetó el cantante. Aunque sus dos socios rieron, él seguía serio. Como si lo motivara la rabia en lugar del deseo.
La periodista no tenía ni idea de cómo bailar sobre una barra de estriptis, pero comenzó a moverse torpemente. Entonces se encendió una música a un volumen moderado y unas luces de colores comenzaron a brillar, pero no se apagó la luz principal. El ritmo ayudó un poco a la valenciana, que empezó a moverse con más sentido, pero se notaba que no era lo suyo. Tenía los pantalones meados, por lo que un feo charco de color marrón oscuro se diferenciaba del canela del resto del pantalón. Su pelo tenía pegotes de semen en los bordes junto a la frente, y algunos mechones cerca del rostro.
La periodista se sentía humillada, pero no quería morir. Su instinto de supervivencia la estaba haciendo mover y obrar de modos impensables para ella. Solo podía pensar en salir de esa situación y volver con su familia, y en parte se autoflagelaba por sus pecados con Ignacio. Pensó que el karma la estaba golpeando con demasiada dureza. Entonces, sus pensamientos se disiparon cuando un chorro a presión de orina le impactó de lleno. Diego se había sacado su cosa y la estaba meando con saña. Tanto Bartolomé como Julio se reían a carcajadas.
—Muévete, vamos —le espetó el cantante —. ¡Baila, zorra!
Claudia comenzó a moverse de forma ridícula y humillante mientras le continuaba impactando la orina del cantante. Las carcajadas y burlas se sucedían, una tras de otra, y fue tanta la humillación que volvió a mearse encima. Un charco de orina comenzó a formarse a sus pies mientras se movía. Bartolomé se dobló de la risa y tuvo que apoyarse en una mesa.
—La muy guarra se está meando de nuevo —expresó.
En ese momento Diego terminó de mear y puso una mueca de asco.
—Quítate la ropa mientras bailas, puta —le espetó.
Claudia comenzó de inmediato a quitarse el suéter blanco mientras no dejaba de mover las caderas de un lado para otro. Debajo tenía la blusa de rayas marrón y blanca, que tenía ya algunas manchas húmedas por la orina del cantante.
—Continúa —indicó Julio mientras masajeaba la culata de su pistola.
Claudia se quitó los zapatos y luego se desabrochó los pantalones empapados de meados. Comenzó a bajarlos mientras movía los hombros al ritmo de la música. Una vez retirados se quedó en bragas, pero estas estaban tan empapadas que se veía todo su coño marcado. La mata de pelo de la vulva, así como los labios mayores y menores podían distinguirse con claridad tras la tela húmeda.
—Enséñanos las tetas —exigió Bartolomé mientras se relamía por lo que veía.
Claudia comenzó a desabrochar la camisa al tiempo que seguía moviendo las caderas cómicamente. Soltó botón por botón con manos temblorosas, y luego continuó con el sujetador blanco. El cual se quitó sola fácilmente por la experiencia. Los senos se mantuvieron firmes pese a que no llevara sujetador. No eran exageradamente grandes, pero sí lo suficiente como para que no cupieran en una boca por grande que esta fuera. La valenciana comenzó a contonearse y sus pechos bailaron de un lado a otro ante la chanza de los tres individuos. Sin embargo, las risas se fueron amortiguando a medida que pasaban los segundos, y finalmente se miraron entre ellos sin decirse nada.
Las piernas de Claudia volvieron a temblar, temiendo lo peor. Su corazón iba a mil, y el miedo no la dejaba respirar.
—Por favor… no me matéis… —imploró con voz entrecortada mientras se movía a una de las mesas. Se colocó acostada sobre ella al tiempo que se apartaba las bragas y las dejaba en el suelo. Se abrió bien de piernas ofreciéndoles su coño. Sus gimoteos volvieron a escucharse segundos después —. Por favor… no sé nada de vuestros asuntos. Apenas conocía a Ignacio de nada… Solo follábamos.
El empresario, que seguía empalmado y no se había corrido todavía, caminó hacia ella cediendo a sus impulsos sexuales. La periodista no podía evitar temblar al escuchar los pasos. No estaba nada convencida de que permitiéndoles que la follaran conseguiría su libertad, pero su instinto de supervivencia no la dejaba hacer otra cosa. Era como si la parca estuviera frente a ella, acercándose lentamente, y sus acciones solo hubieran ralentizado su avance.
—¿Ese idiota sabía que estabas casada? —preguntó Julio mientras golpeaba con su pene la vulva de la valenciana.
—Sí —tartamudeó ella mientras asentía efusivamente —. Solo era sexo sin compromiso.
En ese momento llegó Diego y la escupió a la cara, al tiempo que se sacaba su miembro y restregó sus huevos por el rostro de ella para extender la saliva. Julio le metió la polla en la vagina de forma brusca, y Claudia apretó los dientes mientras el dolor se iba amortiguando poco a poco.
—No está nada mal —indicó el empresario —. Tiene un coño muy prieto.
—Podéis follármelo cuanto queráis, pero no me matéis…
Diego metió su polla en la boca de la periodista, al tiempo que estrujaba una de sus tetas, interrumpiéndola antes de que finalizara su frase.
—Cierra la boca, puta —añadió.
El cantante estaba siendo poco considerado. Agarró la cabeza de ella y friccionó su pene con velocidad, casi al mismo ritmo al que la penetraban. Claudia sintió como la polla invadía toda su boca, hasta el punto que parecía que se iba a atragantar. Intentó girar la cabeza, pero él se lo impidió, por lo que supo que si quería desembarazarse de esa vejación debía optar por lo contrario. Hacer que se corriera rápido.
La valenciana comenzó a comer la polla de Diego de tal forma que parecía que era ella quien lo forzaba a él. Raspaba el cabezón con su lengua ejerciendo presión una y otra vez. Pronto, el cantante se dobló por la intensidad con la que ella se la chupaba y este retiró su pene por temor a correrse demasiado deprisa.
Bartolomé se rió a moco tendido mientras se acercaba. Volvía a tener el pene erecto por la morbosa escena frente a sus ojos.
—Es buena, ¿verdad? —indicó él a Diego.
El cantante arrugó el rostro y negó con desprecio.
—Solo es una puta.
—Pues tiene el coño muy prieto para ser una puta —jadeó Julio mientras ponía la vista perdida —. Joder, me voy a correr.
—Hazlo dentro de esa guarra —le jaleó el cantante.
Claudia hizo amago de negar e implorar que no lo hiciera, pero en un instante se lo pensó. No quería pedir más de lo que podrían darle, ni gastar sus cartuchos más que en salir de allí ilesa, y en el fondo de su ser algo le decía que ya estaba embarazada.
—Si quieres correrte dentro, hazlo. No me importa que me dejes preñada —le indicó ella tratando de disimular su miedo en la voz, mientras asentía complaciente —. Mi marido no se enterará y lo criará como si fuera suyo, no te preocupes.
El empresario lanzó una risotada y, tomándole la palabra, comenzó a penetrarla con frenesí. En pocos segundos empezó a correrse como un poseso dentro de su vagina. Bartolomé se masturbaba como un babuino al ver a Julio echar toda su leche dentro.
—Joder. Yo también quiero.
Una vez el empresario descargó por completo toda su corrida se apartó a tientas. Sin fuerzas en el cuerpo, pero muy relajado. El viscoso semen emergió de la vagina lenta y abundantemente, como si clavaras con un punzón un cartón de leche. El concejal sustituyó al empresario y comenzó a embestir con ahínco. Ahora que la vagina estaba cubierta de semen Claudia no sentía ninguna molestia. Solo se escuchaba el chapoteo baboso de la leche ser batida en el coño. Julio fue hasta la cabeza de ella y le ofreció su pene pringoso de semen y líquido vaginal.
—Límpiamelo, pedazo de puta.
Claudia obedeció y se tragó todos los asquerosos restos mientras acicalaba con celeridad todo el falo. Diego fue hasta Bartolomé y lo apartó con rudeza. Acto seguido la sujetó por las caderas y la atrajo para sí para luego girarla ciento ochenta grados. La periodista acabó con el vientre sobre la mesa, los pies apoyados en el suelo, y el culo en pompa. De inmediato el cantante comenzó a penetrarla con fuerza en la vagina, pero el concejal no estaba muy contento con el cambio.
—Era mi turno, maldito mequetrefe.
—Yo aún no me he corrido —se quejó el cantante como justificación —. Y no te preocupes, que te devuelvo el coño rápido. Solo quiero lubricarme bien la polla.
Claudia respiró hondamente por los nervios. No sabía a qué se refería Diego, pero era el que peor la estaba tratando, e irónicamente al principio pensó que sería lo contrario. Julio metió su polla en la boca de ella haciendo que sus pensamientos se disiparan. La periodista, más familiarizada en esa posición para una felación, comenzó a chupársela al empresario con avidez. Se tragó el falo por completo, hasta que rozó con los labios los huevos. Y este pareció satisfecho por los gestos de la cara que ponía.
Tras varios minutos bombardeando el coño a máxima potencia, Diego la sacó y abrió las nalgas de Claudia todo lo que pudo. Echó un lapo sobre el ano y llevó su pene lubricado hasta allí. Claudia casi muerde la polla del empresario al notar el miembro del cantante penetrándola por el culo. Diego era más brusco que Ignacio, por lo que el dolor en un primer momento fue inaguantable, pero ella no quería quejarse. Aguantó como pudo y comenzó a tragar polla con fiereza como desahogo. Julio notó la presión y empezó a poner una mueca de esfuerzo.
—Sí que es buena —aseguró el empresario.
En el mismo momento Diego se estaba ensañando con su culo. Se la metía todo lo hondo que podía, y cuando se paraba la retiraba para volver a penetrar con fuerza. Poco a poco el dolor se fue mitigando hasta quedar una sensación ligeramente placentera. Le estaban petando el culo y la boca a lo bestia, cuando el cantante volvió a agarrar a Claudia por la cintura y la atrajo para sí hasta ponerla de pie. De manera que Julio sintió como la boca caliente de la valenciana dejaba de envolver su polla.
—¡Eh! —exclamó el empresario disgustado —. Estaba a punto de correrme.
Diego hizo oídos sordos y obligó a Claudia a arquear las rodillas y a que se sentara encima de él, después de que este acabara en el suelo. Se recostó en el piso polvoriento del local boca arriba, sin sacar su pene del culo de ella, y la movió para que su espalda quedara sobre el pecho de él.
—Ahí tienes de nuevo a su coño listo para que la petes bien —le dijo Diego a Bartolomé, que no se lo pensó más y fue directo a ponerse encima.
Claudia comenzó a respirar hondamente. Tenía el corazón al borde de la taquicardia, y aunque trataba de disimular su nerviosismo le era imposible. Pretendían metérsela por el coño y el culo al mismo tiempo.
El concejal se apoyó con un brazo en el suelo y metió su pene en la vagina de la periodista. Si su barriga hubiera sido más grande o su pene más pequeño le habría sido imposible, pero Bartolomé estaba bien armado y todavía no tenía un sobrepeso excesivo. Así que la penetró y llegó hasta el fondo, al tiempo que Diego también se la metía hondamente por el ano.
Claudia abrió la boca completamente en un grito ahogado, por lo que Julio aprovechó para meter su polla en la boca de ella de nuevo tras una risita. La valenciana sintió las tres pollas dentro de su cuerpo, y estas comenzaron a sacudirla sin miramientos. Sus senos eran apretados por el cuerpo del concejal, que al mecerse estimulaba los pezones sin pretenderlo. Estaba siendo follada masivamente. Sintió los dos penes en su entrepierna, entrando a la vez y ejerciendo una presión que estiraba su vagina y su ano por completo. Al mismo tiempo el empresario sacudía su miembro hasta la garganta, rememorando la anterior felación con la que ella lo había deleitado.
Era una sensación extraña para ella. Una mezcla de miedo por ver todavía su vida peligrar, éxtasis por sentir como estimulaban todas sus zonas erógenas, y congoja por sentir como si la fueran a partir de la presión. Pensó que jamás se habría imaginado este giro de su vida. Poco más de un mes atrás era una respetada madre de dos hijos y mujer casada de intachable virtud. Ahora estaba siendo follada por tres matones peligrosos en un club de alterne. Los tres al mismo tiempo.
La penetraron por los tres sitios durante largos minutos. Fue tanta la intensidad para Claudia que su cuerpo se relajó, y se adormeció, como si fuera mecido por otra persona. Entonces, Julio no pudo aguantar más y se corrió dentro de su boca. El sabor nauseabundo le impregnó la lengua y recorrió sus dientes, con la polla de él todavía alojada dentro. Ella lo paladeó mientras cerraba los ojos en una vorágine de sensaciones placenteras. No tardó en sentir los espasmos de Diego apunto de correrse dentro de su culo, y entonces sus zonas erógenas comenzaron a eclosionar mientras se tragaba el semen. No entendió por qué su cuerpo se encendió de tal manera, pero un torrente orgásmico la paralizó. Un chorro de líquido transparente comenzó a surgir de su entrepierna y encharcó tanto a Bartolomé como a Diego.
—¿Se está meando? —inquirió Diego en un tono entrecortado que manifestaba su propia corrida.
—No, es un orgasmo bestial —le corrigió Julio.
Claudia tragaba polla por todos los agujeros de su cuerpo mientras, con los ojos cerrados, sentía un enorme placer recorrerla de palmo a palmo. No escuchó los siguientes gemidos de Bartolomé, pero tal era su concentración que percibió los ríos de semen recorrer su ano, su vagina, y su garganta, como si fuera un bollo y la rellenaran con crema pastelera.
Entonces el estampido de un revólver al disparar la despertó de cuajo. No solo ella se asustó, sino también los tres que la follaban. Tanto Diego como Bartolomé intentaron salir a trompicones, al tiempo que Julio miraba con gesto ceñudo a Ignacio. El ingeniero se había despertado y apuntaba con el arma al frente. Entonces volvió a disparar dos veces más al techo.
—¡Joder! —exclamó el empresario —. ¡Qué coño haces!
Claudia logró zafarse al fin. Se había desecho de las tres pollas, pero en sus torpes movimientos se cayeron pegotes de semen de su ano y su vagina. La mujer se abalanzó hacia el frente en un grito desbocado por buscar la protección de su amante. Ignacio la sujetó mientras reculaba sin dejar de apuntar a los otros tres.
—No cometas ningún error, Ignacio —le indicó Bartolomé una vez se enderezó.
—¡No me busquéis! ¡Ni me sigáis! ¡Esto se ha acabado aquí y ahora! —exclamó el ingeniero fuera de sí.
La pareja reculó hasta llegar a la entrada y se marcharon tan pronto la abrieron. Claudia seguía desnuda y su ropa estaba dentro, en el escenario del establecimiento. Desde luego no pensaba volver para recuperarla. Salió a la calle en plena tarde y completamente desnuda. Pero no lo hizo cohibida, sino liberada, pues la alternativa habría sido mucho peor. Algunos de los transeúntes miraron asombrados a la mujer que, en pelota picada, y con la piel manchada de semen, saliva, meados y líquido vaginal, corría hacia un coche cercano.
El ingeniero abrió su coche y ella se subió a la parte de atrás, para acurrucarse como un cachorrito en el asiento trasero. Ignacio arrancó y salió de la zona en busca de una tienda de ropa.
*********
La primera hamburguesería especializada en comida americana en España, y el resto de Europa, era un Foster's Hollywood y está en el número uno de la calle Magallanes, en Chamberí. Al menos eso era lo que aseguraban los cuatro californianos que la habían creado en un intento por traer los sabores de su tierra natal al otro lado del charco. Sobre todo, ahora que el primer McDonald abriría en la capital en apenas un mes. A Claudia no podía importarle menos la comida rápida americana en su estado actual.
La periodista todavía sentía el terror en su cuerpo por lo que no había querido salir del coche. Ignacio había insistido en traerle algo de comer, pero a ella se le había quitado el hambre pese a que no había almorzado.
Ella llevaba unos vaqueros recién comprados, una camisa blanca y un suéter de cuello alto negro. Ignacio había parado para adquirirlos, igual que ahora con la comida. Claudia lo vio salir de la hamburguesería y caminaba con paso acelerado hacia el coche. Se le veía muy preocupado por lo acontecido, pero aún no habían hablado de nada. Él abrió el coche y se metió junto con un olor a carne de hamburguesa recién hecha, salsas y patatas fritas. Algo que sería capaz de revivir hasta a un muerto.
—Toma esto y te sentirás mejor —le ofreció el ingeniero.
Claudia no sujetó nada. Lo miró con ojos llorosos y el rostro descompuesto por el dolor.
—¿Tienes idea del miedo por el que acabo de pasar? —preguntó con voz destrozada.
—Lo entiendo…
—¿Lo entiendes? ¡¿Por qué me has tenido que llevar ante esa gente tan peligrosa?! ¡Es que estás loco! —le gritó, desahogándose por fin.
—No pensé que fueran a reaccionar así…
—¿No lo pensaste? ¡Pues menuda mierda, Ignacio! —exclamó fuera de sí —. Iban a matarme, ¿lo entiendes? Me iban a matar. Si no llego a ganar tiempo ahora estaría muerta, y tú también.
—No me hubieran matado, ni creo que te hubiesen matado a ti…
—¿Quieres dejar de suponer nada? Yo lo viví. No tengo que creer o no creer. ¡Vi la jodida pistola apuntándome a la cara!
—Estaban enfadados, pero dudo que…
—¡Joder! —exclamó, cansada de que su amante le dijera lo que él creía que hubiera pasado —. Hoy he tenido que follarme a tres capos de mafias criminales, y estoy hasta los mismísimos de disculpas. Llévame a casa de una maldita vez.
Ignacio suspiró hondamente, pero no arrancó el coche y le insistió en lo anterior.
—Primero tenemos que hablar. Ve comiendo algo, por favor.
—¿De qué quieres hablar? —preguntó ella, queriendo ir al grano
—Lo que les dije a ellos y a ti iba en serio. Quiero dejarlo. Pero me temo que tendré que desaparecer del mapa, y quiero que me acompañes.
—¿Qué? —dijo ella en un tono más serio y sosegado.
—Quiero comenzar de cero, y contigo a mi lado.
Claudia negó con la cabeza, y su negación se fue intensificando con los segundos.
—Ya hablamos sobre eso —le recordó ella en un tono más diplomático —. Pero es que, aunque quisiera dejar a mi familia…, lo siento, pero no me iría contigo. Hoy he visto el riesgo que correría, y no pienso permitir que se repita.
—Te prometo que no se repetirá.
Claudia iba a volver a gritarle por asegurarle cosas que escapaban a su control, pero se mordió la lengua.
—Cariño. Hoy me he dado cuenta de algo —le susurró con voz apacible —. Mientras veía como mi vida peligraba, no recé por ti, ni por lo nuestro. Sino por mis hijos, y por mi marido. Quise recuperar a mi familia, Ignacio.
—Pero…
—Lo siento. Estaba dispuesta a tener una aventura contigo, en secreto. Pero después de lo que he vivido no estoy nada convencida —le resumió ella con sinceridad —. E irme contigo… Eso es ya algo que ni siquiera barajo.
Ignacio se apoyó en su asiento resignado. Bajó la vista a la comida que tenía en sus manos y se preguntó cómo podría resolver sus anhelos, pero ninguna solución le venía a la cabeza.
—Claudia. Tengo pensado abandonar el apartamento mañana —le reveló —. Esta será la única vez que pueda proponértelo.
La periodista volvió a negar con la cabeza. Era consciente de la trascendencia de la proposición de su amante. Tanto era así que su miedo y su enfado habían desaparecido por un momento.
—Lo siento. Pero mi respuesta es esa —le susurró con dulzura mientras ponía la palma de su mano sobre su rostro —. Créeme. Te echaré mucho de menos si te vas. Y tendré a tu hijo, si has podido dejarme embarazada. Lo criaré con todo mi amor, y jamás le revelaré a mi marido que no es suyo. Pero no abandonaré a mi familia.
Ignacio sonrió con tristeza, pues sabía que su decisión era firme. Colocó su gran mano sobre la de ella y cerró los ojos para sentir su tacto por última vez.
—Entonces, esto es una despedida.
—Nada de eso. Nosotros las despedidas tenemos que hacerla con un poco más de morbo —le dijo ella en un tono seductor —. Me las arreglaré para pasar de nuevo toda la noche en tu casa. Además, quiero que me quites el mal sabor de boca de cada uno de mis agujeros.
Ignacio negó ligeramente con la cabeza mientras los ojos se le humedecían.
—No, mi amor. Debemos terminar aquí y ahora. Es lo mejor.
La valenciana lo miró con dulzura y suspiró hondamente. Finalmente asintió de acuerdo, por mucho que lo lamentara. Juntó su rostro con el de él y se dieron un último y tierno beso.
Claudia se removía inquieta en su cama. Miró el reloj y era la una de la madrugada. Pedro roncaba sonoramente a su lado con los cascos audífonos en las orejas y la música de Radio 3 puesta. Se había dormido así. A ella no le había costado demasiado convencerle de que escuchara música, pero seguía dudando de si arriesgarse o no a ir al apartamento de Ignacio. Si su marido se despertaba y no la veía a su lado no tenía excusa alguna que pudiera sacarla del marrón, y eso la estaba carcomiendo.
Aun así, ella solo podía pensar en Ignacio, y en que al día siguiente se marcharía y no volvería a verlo. No tardó en tomar la determinación de no ir a trabajar a la mañana siguiente. Pensó en que llamaría y diría que estaba enferma. Aún no sabía cómo, pero convencería a Ignacio de despedirse en condiciones.
Una vez que tomó esa decisión Claudia se sintió mucho mejor. En su cabeza todo encajó a la perfección y la relajó saber que volvería a verlo una vez más. Sin embargo, no retiró los cascos audífono de la cabeza de su marido. Como si su subconsciente le estuviera gritando lo que en realidad estaba dispuesta a hacer. Y, finalmente, se levantó de la cama, se colocó las cholas de andar por casa y fue hasta el salón. No sabía muy bien lo que hacía, pero necesitaba hablar con él en ese mismo momento, o no pegaría ojo en toda la noche. Se dijo que si solo tenía una pequeña charla apenas habría riesgo alguno a que su marido despertara. Convencida con ese pensamiento extrajo la llave del apartamento de Ignacio que él le había dado, y que guardaba en lo alto de uno de los muebles de la cocina, así como sus propias llaves. Salió de la casa con mucho cuidado de no hacer ruido, y caminó por el pasillo de la planta con la misma discreción.
La valenciana abrió la puerta del piso de Ignacio, y a pesar de la negrura del interior se sintió como en su segunda casa. Solo el olor embriagador tan característico del lugar encendió su cuerpo. Era como un olor a tinte para zapatos y pastillas de jabón. Fue entonces, ante esa sensación, cuando supo que echaría mucho de menos a su amante.
Claudia caminó con andares seductores mientras su ojos se adaptaban a la tenue oscuridad, y cruzó la puerta del dormitorio. Él estaba tumbado en la cama, durmiendo plácidamente. La periodista no tenía muy claro que iba a decirle, pero supo que las palabras entre ellos sobraban. Se deshizo de su camisón para dormir y luego se quitó las bragas, quedando completamente desnuda. Ignacio abrió los ojos en ese momento, y miró con apetito a su amante. Ella sonrió. Y pensó en que, si él le iba a decir adiós, al menos lo haría con los huevos vacíos.
********
El bello y estilizado colibrí es un pájaro de gran corazón. Casi el tres por ciento de su cuerpo conforma ese gran órgano, y llega a latir mil doscientas veces por minuto. Como si su amor fuera tan grande que amenazara con salírsele del pecho. El ímpetu vertiginoso del ave lo obliga a mantener una vida acelerada y, aunque solo viven en la naturaleza de media un año, exprimen cada segundo intensamente. Claudia siempre había sentido gran predilección por esas pequeñas y bonitas aves. Mientras que otras preferían los nobles caballos, los leales canes, o los fieros leones, a ella le encandilaban esos pavos reales en miniatura. E Ignacio revoloteaba sobre ella efusivamente como el aleteo de un colibrí mientras se sacia del néctar de las flores.
A Claudia esas ansias le agradaban. Normalmente era mucho más pausado y firme, llevando el control del coito y poseyéndola con cierto matiz dominante. Pero esta vez era puro desenfreno. Con apetito. Meciéndose sobre ella y besándole su cuello con voracidad insana. La bella mujer sentía el cálido contacto de su piel en esa fría madrugada de febrero, como el contacto de una suave blusa recién planchada. Jadeaba débilmente en un estado de sopor por el sueño y el placer, y en su mente adormilada parecía levitar en una cómoda nube.
Claudia era sujetada con fuerza por las grandes manos de Ignacio, y penetrada con ahínco, como si la ansiedad le corroyera. La cama protestaba con chirridos constantes, que eran acompañados por los gemidos suaves y complacidos de ella. Claudia no pudo evitar reírse dulcemente, en un gesto más fruto del amor y la alegría que cualquier otro sentimiento. Le hacía gracia verlo con tanto apetito, como si fuera la primera vez que se acostaban. Se abrió aún más de piernas para atenazarlo por la cintura, y con sus manos presionó su espalda hasta dejar la marca de sus dedos sobre la piel sudada de él. Los pezones de ella estaban tan erguidos y rígidos que podrían dibujar con precisión en la arena, y él los lamió un par de veces como si fueran grandes chupetes de caramelo.
Claudia sentía como el gran pene de Ignacio la invadía y llegaba al límite de su vagina, para seguidamente volver a arremeter. Todas penetraciones entusiastas y frenéticas. Tanto que el sueño de ella se disipaba a pasos agigantados.
A sus treinta y dos años la hermosa mujer natal de Valencia era muy pasional y, aunque siempre había sido muy conservadora en la cama, disfrutaba haciendo el amor más de lo que se hubiera imaginado jamás. Tras trece años casada lo cierto era que en las últimas semanas le había cogido mucho gusto, y últimamente el sexo se había convertido en un momento indispensable en su vida. Su larga cabellera rubia se enredaba entre los grandes dedos de él, que agarraban su cabeza como si temiera que se le fuera a escurrir. A Claudia le excitaban muchísimo esas manazas que podían envolverla desde la nuca hasta el mentón.
Ella calculaba que debían ser ya las tres o cuatro de la madrugada. En la habitación del apartamento todo estaba muy oscuro, como era natural. La ventana estaba cerrada por el gélido tiempo, pero una tenue luz llenaba de sombras el cuarto y le permitía ver el apasionado rostro de Ignacio. Ese bello rostro, rudo y refinado al mismo tiempo, que tanto la entusiasmaba. Ella lo besaba, desde las mejillas hasta la barbilla y la frente, mientras que bajaba aún más sus manos hasta los glúteos. Agarró el fornido trasero de él y lo apretó con ambas manos. Eso la excitó muchísimo, pues al agarrarle el culo percibió más intensamente las profundas penetraciones. Percibía el movimiento de la cadera de él gracias a sus manos y eso intensificaba la sensación del frenético coito. A pesar de la fuerza de las embestidas se sorprendió ayudándolo a ejercer presión desde su culo. No solo empujaba hacia dentro, sino que jalaba hacia atrás para que Ignacio se levantara aún más cuando fuera a caer dentro de ella.
Las penetraciones se volvieron demasiado fuertes y la cama amenazaba con romperse a juzgar por los rítmicos chirridos, pero Claudia no sintió dolor. Al contrario, un calambre le erizó el vello de la nuca y estiró las piernas y la espalda de sopetón. Un fuerte orgasmo comenzó a subirle por todo su cuerpo provocando que el movimiento aprisionase el pene de él aún más y ralentizase el coito. El coño de Claudia ardió y expulsó líquido vaginal como si de la erupción de un volcán se tratase. Al tiempo que ella abría la boca en un grito mudo, apretando con sus manos las nalgas de él. La polla de Ignacio friccionó con un chapoteo unos segundos más.
Claudia dejaba que grandes bocanadas de aire entraran en sus pulmones, para a continuación exhalar lentamente al ritmo de los espasmos de Ignacio, que le indicaban que su semen se acomodaba dentro de ella. La esbelta mujer acarició suavemente la espalda de él con lentitud, al tiempo que jadeaba pausadamente. La manta y las sábanas estaban dispersas y el frío se hizo notar rápidamente, pero a la valenciana no le apetecía moverse de esa postura lo más mínimo. El peso de él sobre ella era sedante y creía que iba a volver a dormirse en cuestión de segundos. Ignacio apoyó sus manos en la cama y elevó su tronco para mirar a Claudia a los ojos. Esos orbes celestes como el cielo en un día soleado. Ella no pudo evitar sonreírle muy satisfecha, y una risita de regocijo le siguió irremediablemente.
Entonces, el fortísimo estampido de un disparo vino precedido a una bala que golpeó a Ignacio en su cabeza y un chorro de sangre impactó a Claudia en la cara. Acto seguido cinco disparos más muy seguidos terminaron de reventar la cabeza a Ignacio y los sesos cayeron desparramados sobre los pechos y el cuello de ella. Claudia sujetaba el cuerpo de Ignacio con sus manos, pero cuando percibió el sabor a sangre en su paladar lanzó un grito horripilante y empujó el cuerpo sin vida de él a un lado. En ese momento vio la silueta del asesino entre las sombras. Estaba encapuchado, pero, aunque no lo estuviera, sería imposible reconocer a nadie a tres metros en la habitación. Claudia se fue retirando hacia atrás sin poder moverse del sitio hasta que se hizo un ovillo junto al cabecero de la cama. Sus cabellos estaban empapados de la sangre de Ignacio y a su vez caían por su cara. Todo en medio del llanto que impulsaba el miedo. Sin embargo, el asesino no parecía tener nada contra ella, pues inmediatamente salió de la habitación a la carrera y pocos segundos después se escuchaba la puerta principal cerrarse de golpe. Solo entonces Claudia pudo salir de su estado de shock, y gruesas lágrimas cayeron por su rostro al ver el cadáver de Ignacio junto a ella. Ni siquiera podía ver ya su cara.
*********
Claudia esperaba impaciente frente al despacho de Rubén, el director del periódico. Se había peinado y vestido para la ocasión, con un suéter blanco y minifalda de color rojo y verde a cuadros, así como el pelo liso y sujeto sólo con una diadema roja. Parecía la perfecta secretaria despampanante. En sus manos llevaba una serie de papeles dentro de una carpeta.
Las instalaciones del periódico estaban como siempre. El ajetreo de los compañeros correteando de un puesto a otro y el machaqueo de las teclas de las máquinas de escribir la relajaban como un masaje de pies. Eso la hacía sentir pletórica, y se dio cuenta de cuánto había echado de menos su trabajo. Tenía otros motivos para estar feliz. Finalmente, Pedro le había comprado uno de esos test de embarazo que vendían en las farmacias, y el día anterior se había enterado de que estaba embarazada de al menos dos semanas. Y, extrañamente, estaba muy contenta.
Después del interrogatorio del inspector Pérez, ese fin de semana siguiente, la valenciana fue llamada por él de nuevo. Le aseguró por teléfono que los socios de Ignacio no habían cometido el crimen, y que estaba seguro de que el asesino no tenía nada en contra de ella, por lo que podía estar tranquila y salir de casa segura. A la periodista le había parecido tan convincente, y quería creerlo con tanto ahínco, que había escrito un artículo el domingo y ese mismo lunes estaba de vuelta en la oficina.
Sofía, sin embargo, no parecía tan optimista. La compañera periodista de Claudia la miraba con ojos tristes.
—Debí haberte llamado. A mí tampoco me ha hecho gracia.
—Lo entiendo. No te preocupes —masculló Claudia tras volver a echar un vistazo a su asiento, ahora ocupado por otra nueva becaria de periodismo —. No dependía de ti.
Lo cierto es que Claudia sí que estaba un poco preocupada por eso. Había faltado al trabajo más de una semana sin justificación, en un momento en el que estaba en entredicho por sus constantes protestas ante el director. Pensó que seguramente ya tendrían pensado su sustitución, y su ausencia fue la razón perfecta para acelerar el proceso.
—Si te sirve de consuelo. Es tan arisca y lenta escribiendo que todas te echamos de menos.
—Pues fíjate que sí es un consuelo —comentó ella para compartir una risa con Sofía.
Acto seguido el despacho de Rubén quedó libre y Claudia, tras despedirse rápidamente de Sofía con un ademán, entró sin que le dieran permiso. Cerró la puerta tras de sí y saludó con su mejor sonrisa al director. Este parecía sorprendido y asustado a partes iguales.
—¿Señora Giner? Creí que no volvería a verla por aquí —manifestó él tras carraspear.
Claudia esbozó una ligera sonrisa por el comentario. Que le dijera que no la esperaba era ridículo o la esperanza de un crédulo. Le dieron ganas de gritarle que trabajaba allí, pero sabía que no ganaría nada en una confrontación.
—Buenos días, señor director —saludó ella en tono cordial —. Siento mis ausencias, pero avisé a la empresa de que estaba enferma…
—Tiene idea del ajetreo que hemos tenido estos días con lo del intento de golpe de estado. Muchos de sus compañeros han venido con fiebre y mareos a trabajar —le interrumpió él rápidamente —. Además, ¿tiene siquiera un justificante del médico?
—Bueno, no exactamente —comentó con voz nerviosa mientras abría su bolso y buscaba algo en concreto —. Al final ha resultado que estoy embarazada, así que eso justificaría que me sintiera mal la semana pasada. Lo he podido confirmar con uno de estos test —terminó diciendo ella mientras sacaba y enseñaba el artilugio que predice los embarazos.
El director estaba blanco ante la noticia. Le había dicho directamente a la cara que durante los próximos meses no iba a poder rendir al máximo, y que además después tendría que cogerse una larga baja.
—Espere, señora Giner —tartamudeó él —. Igualmente es necesario un justificante médico para que demos por buenas sus faltas al trabajo, no solo un test de embarazo —acto seguido Rubén volvió a carraspear para hablar con voz más clara —. De todos modos, y lamento decirle, habíamos estado pensando desde hace unos meses en sustituirle. Ha sido para nosotros un enorme privilegio tenerla a bordo durante tantos años, pero todo camino tiene un final.
—Lo entiendo, y me parece bien. De hecho, me han hablado muy bien de la nueva becaria que me sustituye —comentó Claudia cada vez más nerviosa —. Como ya le he dicho otras veces, estoy cansada del área de moda y estilo de vida. De hecho, ayer mismo le he escrito un artículo sobre el secuestro del futbolista Enrique Castro, al que todos llaman Quini.
Claudia puso su carpeta sobre el escritorio del director.
—Ya sé lo del secuestro de Quini, pero…
—Está mal que yo lo diga, pero es realmente bueno. Ayer me sentía muy bien y echaba tanto de menos escribir que he estado muy inspirada. Léalo y verá.
El director no hizo amago de abrir la carpeta siquiera, simplemente la miró con congoja.
—¿Pretende que la pase al área de crímenes y delitos graves? ¿Cree que es eso lo que quiero?
—Ya sé que hemos hablado sobre ello otras veces. Pero creo que mi talento se está desaprovechando en moda —se quejó ella sin perder su tono cordial —. Cuando escribo sobre cosas como el secuestro de ayer, las palabras me salen solas. Creo que puedo llegar a ser de las mejores periodistas de todo el periódico. Claro que necesitaría ampliar la jornada a ocho horas —reveló ella poniendo énfasis en ese punto —. Ya lo he hablado con mi marido y está de acuerdo.
—¿Pasarla a jornada completa? —cuestionó él con los ojos abiertos como platos —. Señora Giner. Creo que no nos estamos entendiendo.
Claudia dejó su bolso sobre el escritorio de su jefe y se desabrochó la falda. Esta cayó como un peso muerto y reveló el coño desnudo de la valenciana. No se había puesto bragas, así que no necesitó bajarlas. Una mata de pelo rubia, finamente acicalada, coronaba su vulva. Los labios que rodeaban la vagina estaban rosaditos, y la piel lisa y tersa parecía respirar. Claudia comenzó a rodear sensualmente el escritorio mientras se acercaba al director.
—Pero seguro que al final podremos entendernos, ¿verdad?
Rubén trago saliva, y sus ojos no se apartaron del coño de Claudia.
********
Estaba siendo un día bastante soleado para estar en pleno mes de marzo. Claudia y su marido caminaban por los alrededores de los jardines del palacio real. Emma y Eric revoloteaban como abejas en las flores, varias decenas de metros por delante de sus padres. Pedro sujetaba la mano de su mujer ejerciendo bastante presión por lo contento que estaba. No solo por el embarazo, sino porque los miedos de ella por tenerlo no se hubieran materializado finalmente.
—No me puedo creer que Rubén te permitiera quedarte en el periódico. Incluso te ha cambiado de sección, como tú querías —manifestó él en un tono jubiloso.
Claudia se rió compartiendo la alegría de su marido. Estaba realmente feliz y no dejaba de sonreír a todo el mundo.
—Eso es porque le encantó mi artículo sobre el secuestro de Quini. Si vieras su cara. Parecía babear por cada una de mis palabras.
—Te lo mereces —estuvo de acuerdo Pedro, para luego fruncir el ceño —. Pero no me ha gustado eso de la ampliación de la jornada.
—Ya te he dicho que venía con el puesto. Si quería salir de moda tenía que aceptarlo, y sabes que es mi sueño —le recordó ella.
En ese momento Eric se dispuso a oler una de las flores y casi se cae de frente. Su hermana lo sujetó mientras no paraba de reír. Claudia estuvo a punto de reprender a su hijo, pero en su lugar rió de buena gana. Pedro, en su lugar, parecía un poco preocupado todavía.
—Ya, pero… ¿ahora qué haremos?
—Pues con lo que voy a cobrar de más podemos contratar a una niñera —concluyó ella.
—¿Una niñera para un recién nacido? No lo veo nada claro, cariño.
—Yo he cedido con lo de tener un hijo y tú tendrás que ceder con esto. Al final todos hemos salido ganando —argumentó ella sin dejar lugar a la réplica —. Además. Conseguiré que Rubén me deje hacer parte de la jornada en casa cuando dé a luz. Al menos durante unos meses.
—¿De verdad lo crees? ¿Rubén?
—Sí, en serio —confirmó ella con convencimiento —. Solo tendré que hacerle unos artículos tan buenos como el de la última vez. Accederá encantado.
—Pues sí que ha cambiado. Antes sólo hablabas pestes de él —rememoró mientras se mostraba sorprendido.
—Es que ahora creo que le caigo mucho mejor.
Mientras caminaban por los jardines Claudia le sonrió al sol, y justo cuando lo hacía le pareció ver a un hombre rubio con rostro masculino y ojos azules como el cielo. La imagen de Ignacio vino a su mente por lo que entrecerró los ojos para ver con más atención. Sin embargo, ahora no había nadie. El alto hombre de aspecto fornido había desaparecido, y en su lugar creyó ver un colibrí pasando a toda velocidad con su vertiginoso aleteo.
La valenciana se tocó el vientre en recuerdo de su amante, y se quedó prendada del bello animalito. Suspiró hondamente mientras lo veía marchar. A Claudia le encantaban los colibríes. Son refinadamente galantes e impetuosamente frenéticos. Un ave de extrema belleza que pasa de forma efímera por la naturaleza, pero que cuando lo hace la llena de vitalidad y alegría. Tal y como Ignacio había sido para ella. Un bello pero fugaz colibrí.
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