Los días por vivir 8
Elena lleva años huyendo de sus propios demonios, pero esta noche, frente al fuego, decide dejar de correr. Alberto no le ofrece juicios, solo escucha. Y en ese silencio compartido, la culpa se transforma en un deseo que nadie esperaba.
Comimos en la terraza. Hacía sol, aunque no calentaba mucho, pero con las cazadoras y buen humor, lo hicimos. Asó la carne en una parrilla y sacó una botella de vino. Hablamos durante la comida de su carrera, de los esfuerzos por ser un buen estudiante. Los sacrificios para obtener buenas calificaciones. Su deseo de ser abogado desde que supo que su abuelo paterno lo había sido. De su interés por los jóvenes, por hacerles ver que los esfuerzos merecen la pena. Que la vida es una carrera de larga distancia.
Luego, sin pretenderlo, pasó a comentarme la historia de la casa. De su voluntad porque no se quedase en ruinas, una vez que pudieron, tras casi doce años de pleitos, recuperarla de una orden de expropiación del Ayuntamiento de la localidad que quería aquel inmueble para convertirlo en la sede de algún chiringuito cercano o afín a un partido político, de donde sacar beneficios y subvenciones. De su padre, de su madre, de sus hermanos —una chica y un chico, menores que él— que colaboraban en la rehabilitación algunos fines de semana. De su deseo porque se hiciera por tradición, por la implicación en esa recuperación de la casona familiar. En sus motivaciones para que aquella casa terminara siendo algo de referencia para todos. Lo de menos fue la carne y el vino, que ambos estuvieron muy bien, la verdad. Pero me impactó su sencillez, su aplomo, las ganas de construir algo casi con sus manos. Hubo momentos en los que hablaba y me perdí en el brillo verde de sus ojos, en el reflejo que el sol le daba a una mirada expresiva, emocionada por explicarme aquellas cosas que le pertenecían.
Con el café, tomado ya dentro de la casa, al calor de la chimenea, me habló de Natalia. De su frustración por el dolor que le había causado su infidelidad, después de tener planes de boda y futuro. No pude evitar verme en una situación que podría asemejarse. Le vi perder la vista en la lumbre cuando me dijo que lo que más le había dolido no era la infidelidad en sí, sino los primeros intentos por ocultar lo evidente. Las excusas de Natalia culpándole a él por el exceso de trabajo y la escasa atención puesta en ella. Y aquí tampoco me pude quitar de la cabeza mis excusas con Fernando, para revertir mi sensación de culpabilidad.
Le escuché hablar de ella sin proferir insulto alguno. Incluso ponderando las virtudes que ese engaño había desterrado. Me lo refirió todo tranquilo, sin excesos de tono, ni de detalles. Con la naturalidad de quien está convencido de lo que escogido.
Me debí quedar dormida en el sofá. Me desperté con una manta por encima, un agradable calor de chimenea y a Alberto en frente de mí, leyendo una novela policiaca. Me sorprendió, la verdad. Le hacía más con algún libro sesudo, de filosofía, historia o derecho. No dejaba de sorprenderme.
Mientras abría los ojos, lo observé concentrado, sentado y con los pies apoyados en el brazo del sillón que ocupaba. Estaba con las cejas un poco fruncidas, atento a la lectura. Durante un segundo lo vi especialmente atractivo. Un deseo fugaz, breve, estúpido, hizo que mi pecho se emocionara al contemplarlo así, tan tranquilo y ajeno al despacho.
—¿Qué hora es? —pregunté somnolienta.
—Casi las siete. Te has echado una buena siesta —me dijo acercándose y tomando asiento en la butaca de al lado de mí—. Estás bien, ¿tienes frío?
—No… no. Estoy fenomenal. Me ha sentado bien dormir —dije incorporándome.
—Debías estar cansada.
—Sí, la verdad. Siento haberte dejado… solo.
Reprimí un bostezo mientras me colocaba la melena y recomponía algo la ropa.
—¿Por qué lo sientes? —me dijo cerrando el libro y apoyando sus brazos en las piernas.
—No sé… lo mismo debería haberte ayudado a algo… O seguir hablar contigo… Pero no dormirme y, en fin… que te pido disculpas. Me estabas contando lo de Natalia… Y te he debido dejar con la palabra en la boca.
—Ya había terminado. No hay mucho más que decir.
—Bueno… aun así, lo siento. Te pido disculpas, Alberto.
—No tienes porqué. Ya me estás ayudando. Estaría solo aquí y eso me haría pensar en cosas que quizá no debería.
Me estiré con disimulo y crucé las piernas. Estaba descalza, solo con los calcetines.
—¿Sabes? —dijo con su mirada muy fija en mí—. Tienes algo… Detrás de esa máscara de mujer fría, distante, soberbia, chulesca, un poco altanera…
—Me estás haciendo un traje… —sonreí.
—… pues detrás de todo ello, creo que hay una mujer sensible, pero a la que no le gustan algunas cosas de su vida.
Lo miré. Él aguantó mis pupilas, tranquilo, sereno. Esperando mi respuesta.
—Tienes razón… hay veces que es así… —bajé la cabeza.
—Ven. Te voy a enseñar algo. Hay que salir, así que ponte esas zapatillas, la cazadora, y acompáñame.
Él se ató los cordones de las suyas, de color marrón color tabaco y que, a pesar de ser flexibles y de piel, no eran para hacer deporte y se utilizaban más que nada para vestir cómodamente. Las mías resultaban ser de una marca conocida, puesta de moda por la gente más joven y que con vaqueros —como era el caso— iban estupendamente.
Salimos a la terraza. La temperatura, sin ser mala, era notoriamente diferente a la de la casa. Fuimos andando por la parcela, hacia un árbol raro. Estaba retorcido, con formas muy extrañas, como si hubiera sufrido torturas y esos escorzos y curvaturas fueran fruto de algún potro de sufrimiento.
—Este árbol estuvo muerto varias veces. Los del ayuntamiento, quizá porque entorpecía el paso —me señaló uno de los viales levantado por las raíces— lo quisieron quitar. Como estaba, y está prohibido, cortar árboles mientras sigan vivos, no les quedó más remedio que matarlo. Mira —me señaló unos agujeros ya casi disimulados—. Para que pareciera que se secaba de forma natural, le hicieron unas incisiones y metieron por ahí una solución de sal de roca. Eso lo mata, pero tarda en secar el árbol. Así pensaban, que los vecinos o nosotros no nos daríamos cuenta. Ya estábamos en medio del proceso judicial y no les convenía que se supiera que estaban secando el árbol. Este es un pueblo pequeño y trescientos votos te cambian el ayuntamiento. Habíamos creado una asociación de afectados y todo eso, con lo que les podríamos joder. Un jardinero, amigo de la familia, entraba por las noches y lo limpiaba, dándole, incluso algún tipo de reconstituyente. Cuando se daban cuenta, aceleraban el proceso. Con herbicidas o más sal, pero seguimos ayudándolo. Se quedó callado, apoyando la mano en el tronco de ese pino de forma tan extraña.
—Al final, lo logramos. Salvamos la casa y al árbol.
Me miró. Yo a él.
—No hay que rendirse, Elena. Nunca. Debes sacar los demonios que te hacen morirte por dentro. Yo lo hice. En el fondo, lo de Natalia fue una bendición. Me quería tener ajeno a esta casa, a mis amigos, a mis clases… A todo lo que significaba liberarme un poco. Creo que, en el fondo, yo intentaba escaparme de ella, y por eso continuaba haciendo todo lo que no le gustaba. Como te decía ayer, creo que en ese tiempo tampoco me quería a mí mismo…
Volvió a mirar al árbol y le dio un par de suaves y cortas palmadas.
—Alberto… te quiero contar algo.
Mi voz salió muy tenue. No sé la razón por la que lo hice, pero solté aquello. Dispuesta a confesarme, a sacarme esos recuerdos que me dañaban y provocaban esa sensación de incomodidad. Quizá fue por la seguridad o tranquilidad que me transmitía. O, sencillamente, necesitaba liberarme. De mí misma.
Nos fuimos dentro del salón y yo me acomodé en el suelo, al lado de la chimenea, en una alfombra de color blanco, mullida y confortable. Me quité de nuevo las zapatillas y me abracé las piernas.
—Puedes apagar la luz, por favor… Me será menos incómodo.
Alberto se levantó y nos quedamos con la única luz de la hoguera de la chimenea, crepitando suavemente, al resguardo de la reja que la separaba del salón y a nosotros de las pavesas y chispas que podían saltar.
Le miré a los ojos. Me gustaba; definitivamente, era un hombre por el que podría intentarlo. Pero no sería posible si no sabía de mí. De mis necesidades, mis debilidades, mis excitaciones, mis excesos pasados, las infidelidades a Fernando… Él se sentó enfrente con una copa de vino. Me sirvió otra y apoyó la espalda en el sillón donde había estado leyendo durante mi siesta.
Cerré los ojos al principio. Sentía una especie de vergüenza, de extrañeza por mí misma. Era como si estuviera relatando la vida de una Elena extraña, ajena a mí, cuando apenas unos días antes había estado follando con Nacho. Cuando empecé, ya no me detuve. Le conté todo desde el principio, ahuyentando a veces mi mirada de la suya que estaba posada en la mía; fija, tranquila, natural.
Fui relatando todo, poco a poco. En un tono de voz quedo, monocorde. Casi aburrido o distante. Poniendo un parapeto entre esa Elena y yo. Marcando una distancia que, en verdad, no existía nada más que en mis arrepentimientos y culpas.
Se fue cayendo la tarde y cuando ya terminaba con el relato de esa noche de jueves con el tal Pedro, en su casa, me alegré de que la casa estuviera a oscuras y no se percatara de algunas lágrimas que salieron cuando le confesé que me había dejado llevar por instintos muy bajos. Arrepintiéndome siempre al día siguiente de todo, aunque a Fernando no se lo hiciera ver. E incluso lo humillara e hiriera para salvar mi conciencia, acusándolo de forma indirecta de mis bajadas al infierno. LE confesé todo. Sin omitir nada. Culpándome y siendo completamente sincera.
No me interrumpió ni una sola vez. Le veía beber con tranquilidad, permitiendo mi desahogo, mi expiación. Mirándome con unos ojos que, pensé, querían comprenderme o entenderme. Me callé cuando terminé. Agaché la cabeza, y volví a sentir la humedad de dos rápidas lágrimas enturbiando ligeramente mi voz y mi mirada. Me las sequé y lo miré.
—Esos son mis secretos… Permito que Nacho me domine y aunque quiero cortar de raíz con él, me exaspera, me cabrea, pero ahí sigue... hice que mi noviazgo estallara… Fui una cobarde, traicioné a mi exnovio y le hice daño. Un daño innecesario y cruel... Fui muy egoísta y muy tóxica. Todo eso hace que no me guste cómo soy…Y sigo sin saber cómo mejorar. Quiero hacerlo, pero no soy tan fuerte. Creo que necesito a alguien que me ayude y me haga creer que puedo. Le he hecho muy mal, Alberto... muy, muy mal —Enumeré con tristeza.
Se acerco a mí. Sin decir una sola palabra y me rodeó con su brazo izquierdo haciendo que mi cabeza se apoyara en su hombro. Noté su mano en mi nuca, suave, pasando una y otra vez. En ese momento era una niña que necesitaba ser consolada y él lo hizo.
—Es verdad que necesito quererme más —susurré—. Muchos días me despierto y no me gusto nada. Tengo que cambiar...
Noté que asentía, sin dejar de pasar esa mano por mi pelo y mi cabeza. Tierno, comprensivo. Entonces él hizo que me girara y yo me coloque enfrente de él. Quise que me besara en ese momento. Lo deseé con muchas ganas, pero en vez de hacerlo, se quedó quieto, mirándome con esos reflejos verdes y ocres que destellaban por las llamas de la hoguera. De nuevo el caballero, el hombre que jamás daría un paso que me hiciera sentirme mal. Aprecié que a él también le apetecía juntar su boca a la mía. Vi sus dudas en los ojos. Un ligero temblor en sus pupilas, pero se contuvo.
—No eres mala, Elena. Lo fuiste, sí. Pero si quiers cambiar, no debes mortificarte. Actúa. Solo haz que las cosas cambien, si es lo que deseas.
Me habló con suavidad, con esa media sonrisa tan suya, mientras me colocaba el pelo detrás de mi oreja y dejaba una suave caricia en mi mejilla.
—A veces pienso que para que eso suceda, para dar ese paso… necesito que me quieran un poco…
Durante tres o cuatro segundos ambos nos detuvimos. Yo ni siquiera quería respirar. Si hubiera podido, habría detenido ese instante para guardarlo así de exacto en mi memoria. Él dejó de acariciarme y advertí en sus ojos un halo especial en ese preciso momento.
—Eres una mujer a la que no es posible quererla solo un poco —susurró, antes de mirarnos con especial intensidad.
Y entonces pasó. Con ternura y naturalidad, saltamos la barrera que ambos habíamos puesto de alguna forma en medio de los dos. Me senté en sus piernas, a horcajadas, y acerqué mi cara a la suya. Vi el reflejo del fuego en él, su respiración tranquila, su jersey de cuello alto, sus manos en mi cintura, las mías alrededor de su cuello.
Fue un beso tierno y delicado. Suave, de lenguas tranquilas, de abrazos con cariño. Nuestras bocas se fundieron durante varios segundos en silencio, dejando que solo palpitaran nuestros afanes y esperanzas, al manso compás del crepitar de la leña.
__________
Mientras nos besábamos, por mi cabeza pasaron muchos momentos de mi vida. Con Javier, con Fernando, con Nacho, con Iván, con Pedro… Me forcé a ahuyentarlos a todo y limpiar mi mente solo para Alberto. Un hombre que, sin necesidad de haberme mirado las tetas, ni deslizado los ojos por mi cuerpo en ningún momento desde que nos conocimos, me había encendido una pasión que ahora estaba latiendo con mucha fuerza. Se hicieron hueco en esas reflexiones su gallardía al enfrentarse a Iván, su tranquilidad en la mirada, su sosiego cuando me escuchaba. Quería que estuviera dentro de mí, pero deseaba hacerlo de otra forma muy diferente al resto. Nada de zafiedad, de deseo incontrolado, de brusquedades o de sexo desbocado. Por primera vez, de forma consciente, me creí capaz de controlarme, de buscar placer por el mero hecho de estar atraída por una persona. Un sexo normal, de dos personas que se quieren y desean.
Le despojé de su jersey de cuello alto y yo lo hice del mío. Besé su pecho y él me acarició mis senos por encima del sujetador. Me alcé y los coloqué a la altura de su boca. De inmediato, empezó a besar y lamer la curvatura de mis pechos. Nos quitamos los calcetines y pantalones, extrañamente sin dejar apenas de besarnos, en escorzos raros, complejos, pero que nos obligaban a mantener un contacto entre los dos. Él se tumbó en la alfombra, y yo encima de él. Me desabroché el sujetador y dejé que volviera a besármelos. Ambos, como si no quisiéramos romper reglas no escritas, nos tentábamos, explorábamos con cuidado nuestros límites y gustos, intentando sondear territorios cercanos y deseados, pero aún extraños. Palpé su entrepierna, con suavidad, con apenas un roce y noté la dureza de su hombría. Le despojé de su calzoncillo y palpé con ternura su pene. Lentamente, con una caricia suave, mientras me separaba unos instantes de él, lo miré los ojos, leí sus ganas, y volví a besarlo.
Fue a hablar, pero lo detuve con un nuevo beso.
—No digas nada… por favor —le supliqué con un susurro—. Solo quiéreme esta noche.
Él me quitó el tanga negro que quedó a mi lado, hecho un pequeño ovillo. Con uno de sus dedos me exploró ligeramente la entrada de mi sexo que se humedecía al galope de besos y caricias. Gemí de deseo, aún enganchada al freno de la contención. Me tumbó boca arriba y fue descendiendo despacio, besándome con ligeros roces de sus labios todo mi cuerpo. Se detuvo en las areolas de mis senos, dejando una grata humedad en mis pezones enhiestos y duros. Besó igualmente mi ombligo, con calidez y esmero. Dudó un momento si acometer mi pubis y yo, sin mirarlo, rogué que lo hiciera. Le acaricié la cabeza, sin presión, sin invitarle de forma directa, pero llevando ese ruego en la punta de mis dedos enredados en sus cabellos.
Miré un momento a la lumbre, iluminándonos a los dos, en aquella alfombra del salón, sombreando de bronce nuestros cuerpos y dejando una ligera pátina de deseo en la piel. En ese momento, sentí su lengua abriéndose paso en mí. Suspiré largamente y llevé mi cuello hacia atrás mientras arqueaba la espalda. Un torrente de exquisito y apacible placer me recorrió con lentitud profunda. Abrí un poco más las piernas y Alberto aprovechó para hundir más sus ganas en mí. Poco a poco notaba que rompíamos la barrera de nuestros frenos, dejándonos llevar como un hombre y una mujer.
Me acaricié los senos y llevé una de sus manos a que sus caricias me embargaran de nuevo en mis pezones. Le miré y él a mí, deteniéndose un momento con su lengua mientras me separaba los labios vaginales. Conectamos de una forma en que, en apenas un segundo, nos dijimos mil cosas secretas y escondidas, mientras nuestras miradas electrificaban las ganas rompiendo moldes y fronteras.
Alberto continuó con suaves acometidas de su lengua, firmes, continuadas, eficaces. Yo me sumergía en placer y deseo de ser querida y amada. Gemí con suavidad, dejándome llevar, permitiendo que a través de su boca me llevara por el camino del sexo normal, aquel que yo había dejado de transitar hacía ya un tiempo y que ahora, a pesar de volver a vivirlo, se me presentaba casi irreconocible.
Habían sido muchas noches de sexo imperfecto. Con Fernando, dulce, sentido, amoroso, pero falto de impacto. El sexo bizarro, violento y áspero de Nacho, al artificial y egoísta de Javier o los excesos con Iván, Raúl, e Inés a nuestro lado. Los escarceos absurdos y sin sentido con Roberto, Fabián, Pedro… Todo aquello ahora me resultaba muy lejano, pero sobre todo, mucho menos bello y sentido. Menos real…
Olas de placer me llegaban continuadas. Jadeé, me toqué los pezones, el pelo, acaricié su cabeza. Seguí el contorno de sus hombros, tocando su piel caliente que brillaba al son de los temblores de las llamas. Empujé yo misma mi deseo, elevando mis caderas e invitándole a que no dejara de hacerme gozar. Mil vidas hubiera estado así, permitiendo que me invadiera con sus toques de lengua en mi clítoris.
Llegué al orgasmo de forma tranquila, arqueando mi espalda y sintiendo una corriente que alcanzó todo mi cuerpo. Gimiendo con deseo y placer. Sin echar en falta excesos antiguos, situaciones extrañas o desbocadas. Me quedé quieta, saboreando como me recorría despacio todo el cuerpo, a lomos de varios jadeos de placer verdadero, hondo y conmovedoramente delicado. Me relajé y cerré los ojos alargando hasta el máximo aquella sensación. Suspiré gozosa. Él fue ascendiendo por mi cuerpo, recorriendo a la inversa el camino de minutos atrás. Deteniéndose en la piel que rodeaba mi ombligo y con ligeros besos en mis senos, ahora sensibles y cálidos. Llegó a mi cuello y le dejé que se perdiera allí con más besos; rogué que su lengua me recorriera todos los rincones de mi piel.
Colocó su cara junto a la mía y lo besé sintiendo el sabor de mi propio sexo. Lamí su dulzura, el cariño con que me trataba y vislumbré también en sus ojos, la necesidad de ser querido. Lo abracé con fuerza. Permanecimos en silencio unos segundos, tan solo escuchando el latir de nuestros corazones y los troncos ardiendo. Acerqué mi cara a la suya. Lo miré despacio. Acariciándolo. Deteniéndome en sus ojos, en sus cejas anchas, su barba cuidada de dos o tres días, su rostro anguloso, sus mejillas ligeramente hundidas, sus labios que me acaban de llevar al éxtasis, su cuello firme, sus músculos dibujados sin que la exageración imperase. Le besé en el cuello, en la boca, en la garganta, y como él, fui descendiendo por su pecho, su vello rizado, sus pezones que respondieron a mi lengua ávida de él. Su vientre que se estremeció ligeramente con la araña de mis dedos. Me senté en cuclillas entre sus piernas y descendí con mi boca hasta el duro imán de su pene circuncidado y dispuesto.
Lo tomé con mi mano derecha, mientras que con la izquierda seguí acariciando sus ingles y su vientre. Besé su glande. Grande, sin exageraciones, de un tamaño quizá algo más que lo normal. No pude evitar compararlo con el de Nacho o Iván; me esforcé y obligué en alejar todo aquello de allí, de mis recuerdos y de ese salón tan solo iluminado con aquella lumbre que crepitaba mientras yo, intentando ser tan delicada y tierna como él, empecé a lamer su hombría. Con cariño, determinación y con suavidad que cada instante ascendía un peldaño para hacerlo disfrutar.
Engullí su dura masculinidad hasta la mitad, dejando que poco a poco me invadiera un deseo irrefrenable de tenerlo dentro de mí, de sentirlo latir en mis entrañas, de poseer esa dulzura y el bienestar que me transmitía. Lamí los pálpitos de su dureza y la consistencia de su deseo. Así estuve algunos segundos, con mi boca queriendo absorber toda su virilidad y firmeza. Lo besé, volví a introducírmelo en la boca, guardando esa sensación en mis recuerdos. Ascendía por todo su pene con mis labios, y volvía a hundirlos en su miembro con suave lentitud. Lo tuve allí, húmedo, latiendo dentro de mí hasta que él, con una caricia hizo que me detuviera. No nos dijimos tampoco nada en ese momento, pero ambos sabíamos que era el instante de sentirnos el uno en el otro. Alberto, de nuevo apoyado en el sillón donde había estado leyendo, dejó que me sentara de nuevo a horcajadas sobre él. Cogí su pene y la coloqué en la entrada de mi sexo, húmedo, goloso, anhelante y ávido de él.
—Tomo la píldora… —susurré antes de besarlo suavemente.
Y mientras mantenía mi vista muy fija en la suya, fui descendiendo lentamente gimiendo cada centímetro que él se clavaba en mí. Así nos quedamos unos segundos que fueron deliciosamente tiernos, acoplándonos, sintiéndonos cercanos y conectados. Empecé a cabalgar sobre él, muy lentamente, mirándonos, dejando que ambos soltáramos con nuestras miradas el deseo contenido.
—Dios… —solté en medio de uno de mis suspiros, muy suave, casi a su oído. Mientras él gruñía de satisfacción—. Te deseo…
Empezamos a combinar nuestros movimientos, entre respiraciones de ansia, gemidos y jadeos. Al principio más contenidos, poco a poco más explosivos y rítmicos. Yo subía y bajaba, abrazando y abarcando con todo mi ser a su polla dura y enérgica, sintiéndolo muy dentro de mí. Me estremecí percibiendo su cálido recorrido, firme y con pujanza. Acomodó mi cabalgada con sus manos en mi cintura, acompasándonos mientras nuestras bocas casi se rozaban. Nos mirábamos y besábamos o simplemente dejábamos fluir nuestro places con jadeos y gemidos que nos enlazaban y ajustaban nuestros anhelos y apetencias.
Noté que fue a correrse y me miró, haciendo por sacarla. Pero yo hice fuerza con mis caderas y mis brazos en su cuello. Con una sonrisa, lo besé.
—No… quiero sentirte muy dentro. Todo tú dentro en mí —volví a susurrarle al oído, justo antes de que él, con un bufido de placer, comenzara, con unos ligeros espasmos, a derramarse en mí. Tomo la píldora... --repetí.
Lo abracé con más fuerza todavía, queriendo que supiera que en ese momento yo era toda suya y deseaba que él fuera mío. Poco importaba en ese preciso instante el resto del mundo, nuestras penas o los recuerdos de planes incumplidos. Cuando se detuvo y se quedó por fin quieto, no me descabalgué de él, sino que volví a besarlo en la boca con toda la ternura que fui capaz. Y él, entonces, sabedor de que no me había corrido, me tumbó de nuevo boca arriba y comenzó a masajearme con sus dedos, mi pubis y mi ano a la vez. Noté su semen cayendo, resbalando fuera de mi mientras me movía al ritmo de sus caricias, esta vez más fornidas, más duras. No tarde en volver a explotar de nuevo con un largo y extenso gemido. Fue menos intenso que el primero, pero igualmente placentero y profundo.
Se tumbó a mi lado. En silencio, respirando agitado. Nos quedamos los dos quietos, escuchando nuestra respiración y el crepitar de la leña que se consumía y su fulgor quedaba poco a poco reducido. Sentí un escalofrío y él, atento, me abrazó.
Cogí su cara con mis manos, dejando mi boca a escasos milímetros de la suya y nuestras pestañas casi tocándose.
Sonreí. Él también. Primero tímidamente, luego destensándonos. Nos abrazamos con fuerza, dejando que nuestros cuerpos se juntaran y sintiéndonos cercanos y felices.
—Quiero dormir contigo esta noche… —le pedí.
—Y yo quisiera que lo hicieras muchas noches más… —me contestó con el mismo tono susurrante y adelantando sus labios hasta rozar los míos.
Y fue en ese momento cuando, de verdad, me sentí capaz de cambiar por completo mi vida.
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Fragmento de "Los días por vivir", novela publicado por Lola Barnon en Amazon. Cualquier intento de copia, plagio o uso diferente al expresamente dado por la autora o la editorial dueña de los derechos de publicación, será denunciado y perseguido en los tribunales.
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