La puta del tour
El calor del sol y el ruido del motor son la única cobertura para sus secretos. Mientras su familia ríe a metros de distancia, Laura descubre que la verdadera aventura no está en las islas, sino en la oscuridad de la cueva, donde el capitán la espera para romper todos sus límites.
El calor en La Paz era como un trapo húmedo pegado a la piel. El muelle olía a madera vieja, sal y gasolina. Los turistas se apretaban los chalecos y hablaban alto, felices, como si fueran a un picnic. Laura estaba aparte. Juan ya había subido con el niño, sin voltear a verla, como siempre.
Se quitó el camisón de lino. El bikini turquesa parecía a punto de estallar. El sol le lamía el pecho, el vientre, las piernas blancas. Abrió el bronceador y apretó el bote: la crema blanca le chorreó en la mano y empezó a untársela lento, muy lento, como si no tuviera prisa, como si estuviera sola. Pero no lo estaba.
Al llegar a las nalgas, el roce de sus dedos sobre la tela mínima del bikini la encendió. Le gustaba hacerlo frente a desconocidos. Desde hacía tiempo había descubierto ese vicio nuevo de coquetear, provocar, exhibirse un poco. No lo decía, pero lo sabía, era adicta a sentirse mirada.
Y lo estaba.
Un muchacho alto, apenas bronceado, delgado, con el pelo negro salpicado de reflejos claros. La observaba desde la lancha. No era un turista más. Sus ojos no tenían prisa, no la desnudaban con vulgaridad, la estudiaban. Y eso la quemó más que cualquier mirada lujuriosa.
Guardó el bronceador y caminó hacia él. El muelle crujió bajo sus pies descalzos. Cuando estuvo cerca, él extendió la mano.
—Con cuidado —dijo.
Su voz era tranquila, firme. Laura puso la suya. El contacto fue breve, pero suficiente para que un escalofrío le recorriera el cuerpo. Su mano era fría, dura. La ayudó a subir. Ella miró entonces que el bordado en la camisa decía Luca, Capitán.
El corazón le dio un vuelco.
La lancha rugió y se deslizó sobre el agua. Juan y el niño iban adelante, riendo, señalando pelícanos. Laura se quedó atrás, a menos de un metro de Luca, junto a la cabina. El ruido del motor era como una cortina, nadie escucharía nada.
Él habló sin voltear del todo:
—Se ven contentos.
Laura sonrió apenas.
—Se ven.
Se quitó el chaleco salvavidas. El broche se atoró en su pecho. Luca lo soltó de un tirón. El roce de sus nudillos contra el pezón fue un rayo. Ella fingió buscar algo en la bolsa, bajando la mirada. En ese movimiento, sus pies rozaron los suyos. Un contacto mínimo, piel con piel.
Él no se apartó.
—No parece mamá —dijo bajo, como si hablara solo—. Ni esposa.
Laura tragó saliva. La sangre le golpeaba las sienes.
—Y tú no pareces capitán.
Luca sonrió, apenas, los ojos clavados en el horizonte. Ella sintió que se mojaba. No por el mar, no por el sol, sino por ese juego silencioso que ya los estaba desnudando.
Laura se quedó recargada contra la banca, todavía sintiendo el cosquilleo en la piel por lo que acababa de decir. Luca no contestó. Apenas ladeó la sonrisa, los ojos puestos en el horizonte como si la plática hubiera terminado.
El ruido del motor lo llenaba todo. Juan y Juanito iban adelante, mojándose con la brisa, señalando aves. Los demás turistas sacaban fotos o discutían con los guías. Nadie volteaba hacia atrás.
Luca giró apenas el timón y el movimiento lo acercó más a ella. El antebrazo rozó su muslo desnudo, un roce leve pero eléctrico. Laura se acomodó como si no pasara nada, aunque la sangre ya le hervía.
—¿Le gusta el mar? —preguntó él, sin mirarla.
—No mucho —contestó ella, con un hilo de voz—. Me interesa más lo que hay en las islas.
Él la miró de reojo.
—Eso es lo bueno… lo escondido.
Laura tragó saliva. La palabra se le clavó adentro.
El sol quemaba. La tela del bikini le parecía insuficiente, una burla contra lo que realmente deseaba. Se inclinó hacia la bolsa, buscando el pretexto de sacar una toalla, y en el movimiento sus muslos se abrieron lo suficiente para que Luca lo notara. El aire del motor le levantó un poco el cabello y la hizo sentir expuesta.
El capitán fingió acomodar unas cuerdas. Pasó frente a ella, tan cerca que el olor de su piel mojada le llenó la nariz: mezcla de sal, bloqueador y algo masculino, cálido. Laura contuvo la respiración, esperando que la tocara, que la empujara, que hiciera algo. Pero solo se inclinó, ajustó un nudo y volvió a su sitio.
Ese autocontrol la desesperó más que cualquier manoseo.
Unas gotas de agua salpicaron la cara de Laura. Juanito reía adelante, feliz, mientras ella se pasaba la lengua por los labios con un gesto lento, deliberado. Luca la vio, por fin la vio, y en su sonrisa había una promesa que le erizó la piel.
La lancha disminuyó la velocidad. El guía levantó la voz, anunciando la primera parada en la isla. Laura se incorporó, las piernas temblándole de anticipación.
El motor se apagó y la lancha se quedó flotando en una playa virgen de la Isla Espíritu Santo. El guía gritó las instrucciones, los turistas se lanzaron al agua con sus visores y aletas, todos emocionados como niños. Juan y el pequeño se fueron de los primeros, riendo, haciendo salpicar el agua.
Laura se quedó en la orilla, fingiendo que se acomodaba el bikini. Luca la miraba. Solo eso: la miraba, seguro, tranquilo, como si el tiempo le sobrara.
—¿Le gustaría conocer la isla de verdad? —preguntó él, con esa voz grave, calmada.
Ella sintió que el estómago le ardía.
—Claro.
Caminaron por la arena húmeda. Los pies de Laura se hundían, el sol le pegaba en la espalda, el rumor de los demás se iba apagando. Se metieron por un sendero escondido entre matorrales hasta llegar a una calita pequeña, apartada, un santuario de arena blanca y agua turquesa donde no había nadie.
El silencio era pesado. Los miró un instante y se atrevió: entrelazó sus dedos con los de él. Ese contacto le disparó un calor en la entrepierna. Luca no se sorprendió, ni la soltó. Al contrario, apretó su mano y la acercó contra su cuerpo.
Se besaron de golpe, como si llevaran meses esperando. Su boca sabía a sal y a bronceador. Laura se prendió de él, las uñas enterradas en su espalda. El joven la levantó un poco y la recargó contra una roca. El sol les pegaba en la piel.
Luca bajó el short de golpe, sin decir nada. Su verga salió dura, gruesa, palpitando. Laura la miró con un hambre que la asustó. La tomó con las dos manos, tibia, cada vez más firme, y empezó a masturbarlo lento, disfrutando cómo crecía todavía más en sus dedos.
Él le besaba el cuello, le chupaba las tetas por encima del bikini, mordisqueándolas hasta dejar marcas rojas. Sus manos bajaron hasta la entrepierna de Laura, la acariciaron por encima de la tela húmeda, y después la apartaron sin paciencia. Sus dedos encontraron su sexo ya mojado.
—Estás bien pinche rica —le gruñó contra el oído.
Laura gimió. El roce de esos dedos dentro de ella la hizo temblar. Cerró los ojos, apretó más fuerte la verga de él, bombeándola, sintiendo cómo se le hinchaban las venas en la palma. Le encantaba el poder que tenía en las manos, esa juventud caliente, lista para estallar.
Le hizo un masaje lento en los huevos, y Luca soltó un resoplido, apretando con más fuerza los pezones de ella. El intercambio era voraz: ella lo trabajaba con las dos manos, él la abría con sus dedos, hundiéndose en su carne húmeda.
Los gemidos de ambos se mezclaban con el rumor de las olas. Por un segundo, Laura pensó en Juan y en Juanito nadando a unos metros, pero esa idea solo la calentó más, ya que tenía a su familia cerca, y ella masturbando a un muchacho en secreto.
De pronto Luca se arqueó. El cuerpo entero se le tensó.
—Me vengo…
Laura lo apretó más fuerte, bombeó rápido. La corrida fue brutal. Chorros calientes, espesos, que le cubrieron las manos y le chorrearon por las muñecas. La cantidad la impresionó, tanto que por un momento no pudo dejar de sonreír, fascinada con el desastre blanco escurriendo entre sus dedos.
Él respiraba fuerte, la frente apoyada en su hombro. Ella levantó las manos, chorreantes, y las miró con deleite perverso.
—Lávate en el mar —le dijo él, riéndose, jadeando todavía.
Laura se rió también, un poco incrédula, un poco orgullosa. Caminó al agua y se enjuagó las manos. El mar tibio se llevó la leche, pero no la sensación.
Se volvió hacia él, y lo vio acomodarse el short con una sonrisa satisfecha. Ella sintió algo que no había experimentado en años: plenitud. Como si, por un instante, hubiera recuperado el cuerpo, el poder, la juventud.
Sabía que se había pasado de la raya. Pero también supo que ya no habría vuelta atrás.
Laura volvió a la lancha con las piernas flojas y las manos recién enjuagadas en el mar. Había restregado la corrida de Luca bajo el agua, pero todavía podía sentirla en la piel, todavía podía olerla aunque el resto no lo notara.
Juan la saludó desde la proa, agitando la mano con una sonrisa boba.
—¡Viste, Laura! ¡Había un cardumen enorme! ¡Juanito casi los toca!
Juanito brincaba, chapoteando con el chaleco todavía puesto, feliz de enseñarle lo que había visto.
—¡Eran azules, grandotes, como caricaturas! —gritaba, con la cara roja de tanto sol.
Laura forzó una sonrisa y asintió, sentándose en la parte de atrás, cerca de la cabina del capitán.
—Qué padre.
Por dentro, apenas lo escuchaba. La imagen que la perseguía era otra: sus manos apretando la verga de Luca, la corrida caliente reventándole encima, chorreándole entre los dedos. Se apretó las piernas con fuerza, como si pudiera contener el recuerdo en la entrepierna.
El motor rugió de nuevo, y la lancha empezó a avanzar. Laura sintió el aire fresco en el rostro, el agua salpicándole los brazos. Todos los turistas hablaban, se reían, tomaban fotos. Nadie sospechaba.
Excepto uno.
Un muchacho del grupo, apenas mayor de edad, la miraba desde la banca contraria. Fingía secarse el visor, pero sus ojos no se apartaban de ella. Había visto algo. Quizá cómo Luca y ella habían tardado en regresar. Quizá cómo caminaban juntos. Laura bajó la mirada, pero al mismo tiempo, la sonrisa se le escapó. La idea de ser descubierta la calentó todavía más.
Luca estaba de pie, firme en el timón. Fingía estar concentrado, pero cada tanto giraba apenas la cabeza, lo suficiente para buscarla con la mirada. Sonrisa leve, apenas torcida. La sonrisa de un cómplice.
Laura se acomodó el bikini como si nada. El movimiento hizo que el pecho se le escapara un poco por el borde, y supo que Luca lo vio. La brisa le levantaba el cabello, el sol le quemaba la piel, y el zumbido del motor cubría cualquier susurro.
Por un segundo, se imaginó levantándose, caminando hasta él, chupándosela ahí mismo, frente a todos, mientras Juanito señalaba gaviotas. La fantasía le arrancó un escalofrío y un cosquilleo intenso en el clítoris.
Se mordió el labio y cerró los ojos. Nadie la veía como Luca. Nadie la deseaba así.
La lancha se detuvo en otra playa, distinta. La arena era más oscura, mezclada con piedritas. Un riachuelo de agua dulce corría hacia el mar, formando un contraste raro de olores a salitre, humedad y lodo. Los turistas bajaron de nuevo, listos con sus visores. El guía los animaba a meterse entre los manglares.
Laura se quedó atrás, fingiendo ajustar el bikini. Luca la observaba desde la orilla. Nadie sospechó.
—¿Quiere ver un lugar más escondido? —le dijo él, casi en secreto.
Ella no dudó. Siguió sus pasos entre las raíces retorcidas de los manglares. El sendero era estrecho, húmedo, y se abría a un rincón de agua calma, rodeado de ramas que hacían sombra. Un refugio natural. Ahí sí estaban solos.
El silencio era espeso. Ella lo miró con una sonrisa traviesa.
—No te emociones —dijo, bajando la voz—. Sólo quiero probar.
Se arrodilló en la arena tibia antes de que él pudiera contestar. Con un tirón le bajó el short. La verga de Luca salió dura, vibrante, apuntando directo a su cara. Laura la tomó con ambas manos, la olió primero, ese aroma fuerte de piel caliente mezclada con sal y sudor, y se le hizo agua la boca.
Lo lamió desde la base, lenta, como si lo saboreara por primera vez en su vida. Después lo metió de golpe, tragando hasta donde pudo. El gemido que salió de él fue ronco, animal.
Laura sonrió con la verga en la boca, le escupió encima y volvió a metérsela, más hondo. Sus labios resbalaban, su lengua jugaba con la punta, mientras sus manos no dejaban de masturbar lo que no alcanzaba. Chupaba, escupía, lo sacaba y lo volvía a tragar, ruidosa, sin vergüenza.
—No mames… —gimió Luca, sujetándole la cabeza.
Laura lo disfrutaba. Le encantaba escucharlo perder el control. Le lamió los huevos, los metió a la boca y los chupó con ruido, mientras su mano no paraba de bombear la verga. Después volvió arriba, besando el tronco hasta llegar al glande, y ahí se quedó un rato, girando la lengua alrededor, como si quisiera arrancarle el alma.
Él respiraba entrecortado, con los dedos enterrados en su cabello.
—Nadie me la ha chupado así —jadeó.
Laura levantó la vista, con la verga todavía en los labios. Sus ojos brillaban de malicia. Lo metió otra vez, profundo, tan hondo que casi se atragantó, pero no paró, tragó saliva y lo sostuvo adentro, la garganta apretando.
Luca ya no pudo resistir. El cuerpo se le tensó.
—Ya me voy a venir… —avisó, aunque su voz era apenas un gruñido.
Ella no se apartó. Bombeó con la mano, chupó con fuerza, y de pronto sintió la corrida reventarle en la boca. Caliente, espesa, chorreando sin piedad. Laura tragó con avidez, sin dejar que nada se escapara. Cada gota era suya.
El sabor la sorprendió, era salado, fuerte, un poco ácido, distinto al recuerdo de años atrás. Y le encantó. Lo tragó todo, y lo que se escurría por sus labios lo recogió con los dedos y lo chupó también. Quedó con la boca húmeda, relamiéndose como una puta feliz.
Luca se dejó caer contra el tronco de un mangle, exhausto, con una sonrisa de incredulidad.
—Eres un peligro… —le dijo, todavía sin aire.
Laura se limpió la boca con el dorso de la mano y rió bajo.
—No, amor. Soy adicta.
Se puso de pie, se sacudió la arena de las rodillas y se acomodó el bikini. El sonido de risas y chapoteos de los turistas les llegó desde lejos, recordándoles que apenas estaban a unos metros de todos. El secreto ardía en su piel.
Caminaron de regreso en silencio, los dos con esa complicidad sucia que no necesitaba palabras. Al volver a la lancha, Laura evitó la mirada de Juan, que estaba ocupado ayudando a Juanito con el visor. Nadie sospechaba nada. Nadie.
Pero ella llevaba todavía el sabor de Luca en la boca, y ese sabor la hacía sonreír.
Laura regresó a la lancha con las rodillas marcadas de arena húmeda y el sabor de Luca todavía en la lengua. El sol ya pegaba más fuerte, y el sudor se mezclaba con el salitre en la piel. Se sentó en su lugar, tratando de recuperar el aliento, mientras los demás se acomodaban.
—¡Mira, mamá! ¡Está viva! —dijo Juanito, mostrándole una concha goteante que llevaba en las manos.
Ella lo miró, sonrió apenas y le acarició la cabeza.
—Qué bonito, guárdala.
Juan, a su lado, le ofreció un sándwich envuelto en servilleta.
—¿Quieres? —preguntó con ternura.
Laura negó con la cabeza.
—No, no tengo hambre.
Lo último que quería era tragar otra cosa que no fuera semen.
Levantó la vista y ahí estaba otra vez el mismo muchacho del grupo, el que la había observado antes. Fingía revisar su visor empañado, pero la miraba de reojo, con esa insistencia que delataba que había visto algo más de la cuenta. La sangre le subió a las mejillas, no de vergüenza, sino de morbo.
Luca estaba frente al timón. No decía nada, pero cuando Juan volteó hacia adelante, él levantó la vista y le regaló una sonrisa apenas visible. Laura apretó los muslos, sintiendo cómo la humedad se acumulaba otra vez.
Un par de turistas cuchicheaban en la esquina. Una mujer mayor la señaló con la barbilla y susurró algo en inglés. El joven, en cambio, no se molestaba en disimular tanto, se le quedó viendo descaradamente, como si supiera lo que había estado haciendo entre los manglares.
Laura bajó la mirada, pero no pudo evitar sonreír. La idea de ser descubierta la encendía más.
El motor rugió y la lancha aceleró. El aire golpeaba fuerte, el sol quemaba, pero Laura solo pensaba en una cosa: la tercera parada. La cueva. La oscuridad. La promesa de que Luca no iba a contenerse.
Se mordió el labio, la sonrisa torcida. Sabía que lo peor ya había pasado.
Y lo mejor, también.
La última parada era la más esperada del tour. Una cueva enorme, de piedra húmeda, donde el mar entraba suave. Los guías llevaron a los turistas hacia un costado, hablaban de formaciones y de peces de colores. Juan y Juanito brincaban adelante, emocionados, sin darse cuenta de nada.
Laura sintió el calor entre las piernas desde que Luca la miró. Esa mirada ya no fingía, era pura urgencia. Ella bajó la vista, fingió acomodarse el cabello, y lo siguió cuando se escabulló por un rincón más oscuro de la cueva.
El sonido del agua contra las paredes era tan fuerte que tapaba todo. El olor a salitre y piedra mojada se mezclaba con el de sus cuerpos. Apenas entraron, él la empujó contra la roca fría y la besó con una brutalidad que la dejó sin aire. Sus lenguas se encontraron desesperadas, chocando, mordiéndose.
Laura lo agarró de la nuca, sintiendo cómo le temblaba de ansiedad. Luca le bajó el bikini de un tirón, sin cuidado, y lo dejó colgando en un tobillo. Ella lo ayudó a bajarse el short, y la verga salió lista, gruesa, palpitante.
La rozó contra su vulva húmeda, solo un instante. Ese roce bastó para que ella gimiera fuerte, aunque el eco en la cueva amplificaba cada sonido.
—No mames… —jadeó él, pasándole la punta entre los labios mojados—. Estás bien pinche apretada.
Por un momento pensó en decirle que no podía seguir, que tenía un hijo, un esposo, una vida. Pero lo único que salió de su boca fue un gemido. Luca la tenía abierta, poseída. Y ella entendió que estaba perdida. Que no quería volver atrás
—Métela ya —suplicó ella, con la voz ronca.
Él obedeció. Entró despacio primero, empujando contra la estrechez caliente de Laura, que abrió la boca en un grito ahogado. La llenó, la abrió, la hizo suya. Ella arqueó la espalda, con las uñas hundidas en sus hombros, mientras sentía esa verga dura reventándole por dentro.
—¡Ay, cabrón! —chilló Laura, pero en vez de empujarlo lo jaló más hacia sí, enredando las piernas en su cintura.
Luca empezó a cogerla sin compasión. Estocadas duras, húmedas, rápidas, que hacían que el agua chapoteara contra sus cuerpos. Cada embestida le arrancaba a Laura un gemido más alto, que se perdía entre los ecos de la cueva.
—Te voy a dejar loca —gruñía él al oído, mordiéndole el cuello.
—Sí, sí, más fuerte —contestaba ella, perdida, con la cabeza contra la roca.
El ritmo era brutal. Los cuerpos chocaban, el sudor se mezclaba con el agua de mar. Él le chupaba los pezones, dejándole marcas, mientras no dejaba de metérsela hasta el fondo. Ella se corría primero con un orgasmo que explotó en un grito desgarrado, las piernas temblando, el sexo apretándole la verga de él con espasmos incontrolables.
—¡Me vengo! —gruñó Luca, mordiéndose los labios.
Laura, en medio de su propio climax, lo apretó más fuerte con las piernas.
—¡Hazlo adentro! —le ordenó, con una voz que ni ella reconoció.
Él no dudó. Siguió bombeando hasta que el orgasmo lo sacudió. La corrida le salió con fuerza, caliente, reventando dentro de ella en oleadas. Laura lo sintió llenarla, sintió esa leche joven escurrirle por dentro, y eso solo la excitó más.
Los dos se quedaron pegados, respirando como bestias. El sonido del mar y de los turistas se escuchaba de fondo, apenas unos metros afuera. El corazón de Laura latía desbocado. Tenía la cara húmeda, el cuello lleno de chupetones, las piernas temblorosas. Y aun así, sonrió.
Sabía que había cruzado un límite del que no había regreso.
Luca se separó despacio, todavía jadeando, con una sonrisa torcida. Se subió el short. Laura recogió su bikini como pudo, todavía con las piernas flojas. El esperma le escurría caliente entre los muslos y la mezcla de sal y semen la mareaba.
Caminaron de regreso a la lancha como si nada. Juan la saludó con una sonrisa ingenua, empapado, cargando a Juanito. Nadie sospechaba nada. Nadie.
Pero Laura se sentó en silencio, mirando el horizonte. Dentro de ella, todavía sentía el calor espeso de Luca. Y eso la hacía sonreír con un morbo que no recordaba desde hacía años.
La habitación olía a humedad y aire acondicionado barato. Juan roncaba ya, tendido boca arriba, el brazo colgando fuera de la sábana. Juanito respiraba profundo en la otra cama, rendido después del día.
Laura estaba despierta, los ojos abiertos en la penumbra. El cuerpo todavía vibraba, todavía húmedo. Cerró los ojos y lo recordó: el calor de la cueva, la verga dura de Luca partiéndola, el semen caliente chorreándole dentro.
Metió la mano bajo la sábana. El corazón le latía fuerte, como si la pudieran descubrir. Deslizó los dedos por su vientre, bajó despacio hasta la entrepierna. Estaba mojada de nuevo.
Se abrió con dos dedos, y el recuerdo la atravesó. Imaginó a Luca mordiéndole el cuello, cogiéndola con furia mientras afuera su hijo gritaba “¡mira un pez!”. La mezcla la hizo gemir bajito.
Se tapó la boca con la almohada y se metió los dedos más profundo. El sonido húmedo llenaba la cama, y la imagen era clara: la verga joven de Luca bombeando sin piedad, su corrida caliente llenándola otra vez.
—Sí… así… —susurró, sin darse cuenta.
Se arqueó, frotando el clítoris con fuerza, los dedos dentro, bombeando como él lo había hecho. El orgasmo le llegó de golpe, un espasmo que la sacudió entera. Mordió la sábana para no gritar, temblando, empapando la mano.
Quedó tendida, jadeando, con la piel ardiendo. Miró de reojo a Juan, que seguía dormido. Sonrió en la oscuridad, perversa, satisfecha, con el sabor de Luca todavía grabado en la lengua.
Sabía que quería más. Que iba a buscar más. Que no se iba a detener.
Laura se quedó en la cama, los dedos todavía húmedos, el cuerpo temblando bajo la sábana. Juan roncaba a su lado, ajeno, confiado, y el niño dormía profundamente en la otra cama, con la inocencia intacta.
Ella sonrió en la oscuridad, una sonrisa torcida, peligrosa. Había cruzado una línea, y lo peor —o lo mejor— es que no sentía culpa. Sentía hambre.
Cerró los ojos y se prometió en silencio que no sería la última vez. Que si Juan reservaba otro tour, ella no lo iba a detener. Que quería volver a sentir esa verga joven dentro, esa leche caliente corriéndole entre las piernas, ese morbo de ser la puta secreta con su propia familia cerca.
El sonido lejano del mar llegaba como un eco hasta la habitación. Laura se tocó otra vez, despacio, sonriendo.
Gracias por leer, si puedes dejar tus preguntas y comentarios te lo agradeceré muchiísimo.
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Cómo follarse a los compañeros de tu marido
El teléfono suena justo cuando estás a punto de alcanzar el clímax. Tu marido está borracho y te pide que lo recojas, pero en el bar, la tentación de…
Comparte:Infidelidad consentidaExhibicionismo accidentalBdsm suave
- Hetero: Infidelidad
Viaje de negocios a Barcelona
El contrato estaba cerrado, pero la verdadera negociación comenzaba cuando bajaron la cremallera de su moral.
Comparte:Infidelidad consentidaExhibicionismo accidentalBdsm suave
- Hetero: Infidelidad
La puta abogada Maribel 2
Sabe que su marido cree que está en el trabajo, pero sabe aún más que cada vez que la puerta se abre, Maribel se expone a la vergüenza pública.
Comparte:Infidelidad consentidaBdsm suaveExhibicionismo accidental
- Hetero: Infidelidad
Sorpresas de todo tipo
Jorge no es un hombre para cualquiera. Le exige sumisión, la graba sin rostro y vive al límite de la ley.
Comparte:Infidelidad consentidaBdsm suaveExhibicionismo accidental
- Hetero: Infidelidad
Mi primera infidelidad en la oficina
Siempre supo que la oficina era un terreno peligroso, pero nunca imaginó que la puerta de su escritorio se cerraría con llave.
Comparte:Infidelidad consentidaBdsm suaveExhibicionismo accidental
- Hetero: Infidelidad
De traviesa en el local del vecino
Su marido cree que ella está sola, pero Habacuc ya está dentro. Entre una llamada telefónica tensa y un local semi-público, Mónica decide que el…
Comparte:Infidelidad consentidaExhibicionismo accidentalVenganza erotica