Cómo follarse a los compañeros de tu marido
El teléfono suena justo cuando estás a punto de alcanzar el clímax. Tu marido está borracho y te pide que lo recojas, pero en el bar, la tentación de sus compañeros es irresistible. ¿Qué harías si el riesgo de ser vista por tu propio esposo fuera la mejor parte del juego?
El miércoles tenía la noche libre porque mi marido había quedado con los de su empresa para la típica comida de Navidad.
Sí, el título dice "cena" queriendo y ahora verás por qué.
Él lleva varios meses muy estresado con los objetivos anuales y casi no ha tenido tiempo para mí. Eso le ha hecho descuidarse un poco físicamente.
Vamos, que se ha puesto gordo.
Y su aspecto tampoco es que sea de una persona limpia.
Yo ya paso. Todos los años es igual y prefiero centrarme en mis proyectos y sobrevivir en la relación. Generalmente él me cuida y gana lo suficiente para que yo sea una "Range Rover mom", solo que sin hijos.
Como este chøchito tiene que seguir estando alegre, pues me he ido haciendo con un buen arsenal de dildos y juguetes.
Y ese miércoles era el día perfecto para darme por todos y cada uno de mis agujeros.
Comencé por hacerme un buen enema y sacarme hasta la ultima gota de suciedad de mi intestino. Mi anillito estaba un poco irritado pero me puse gel lubricante efecto calor para calmarlo.
Me encanta la sensación de ir caminando y tener el ano lubricado. Las cachas de mi culo se desplazan frotándose entre si y parece que me está goteando leche de mis adentros, como cuando me han dado una buena sesión de anal.
Una vez limpia y lubricada me fui al dormitorio a por la caja. Saqué un dilatador pequeño y lo usé a modo de consolador vaginal, ayudándome del lubricante. Me frotaba el clítoris para generar calorcito por fricción y mi coño se iba mojando poco a poco.
Cada dos por tres metía el consolador en mi vagina y lo sacaba rápido. Me gustaba sentir ese plop al sacarlo. Me ponía muy cachonda.
Una y otra vez, seguí masturbándome hasta que ya tenía una dilatación importante. Ahí me levanté y cogí un vibrador con cabeza giratoria y me lo introduje. Con el trozo en mi chocho me tumbé de nuevo en la cama y comencé a darle caña.
Deslizaba que daba gusto. Me estaba acercando al orgasmo y soltaba bastante flujo. Con el flujo que caía por entre mis cachas lubricaba aún más mi culo y metía el dilatador.
Doble penetración, doble placer.
Mordiéndome el labio y estirando un poco los pies hacia adelante, anunciaba mi cuerpo que la corrida era inminente. Mi cøño palpitaba y el clítoris se me iba a salir de la piel. Faltaba muy poco.
Faltaba poco. Casi nada.
Ya estaba ahí.
Rápido, sigue.
Me corro.
Sí, me corro.
—¡¡¡¡¡RIIIING!!!!! —Sonó el puto teléfono.
Me cortó muchísimo el rollo. Era mi marido. Con los consoladores dentro aún descolgué y atendí la llamada.
—Dime, ¿qué ocurre?
—Gorda, creo que vas a tener que venir a recogerme.
Su voz era de borracho a más no poder.
—¿Ha pasado algo? —Pregunté mientras oía las voces y chistes de sus compañeros de fondo.
—No, nada. No hay prisa, pero he bebido demasiado y no voy a conducir de vuelta. Ven cuando puedas y nos vamos.
Mientras me hablaba yo seguía apretando los consoladores y frotándome, pero ya me había jodido la sesión. Enfadada me dejé el dilatador anal y me vestí lo más put4 posible para que me vieran todos sus compañeros de trabajo: ni bragas ni medias, tacones negros super potentes y una minifalda. En la parte de arriba me puse un jersey finito de manga larga que cubría mi camisa blanca.
Un maquillaje más tarde allá iba yo con el ceño fruncido y mi culo bien abierto. Aparqué el coche en la puerta del restaurante y al bajarme vi que había un pequeño surco en mi asiento de haber estado soltando flujo todo el camino.
Enfadada pero caliente.
Cuando entré en el bar la situación había empeorado. Mi marido estaba apoyado en la barra con los ojos super llorosos del alcohol y la cara de somnoliento. Apenas se le entendía al hablar y me acerqué rápidamente con al intención de llevármelo a casa.
—¡Déjalo un ratos más, mujer! —Me dijo uno de sus compañeros— No creo que aguante mucho pero te da tiempo a tomarte algo con nosotros antes de irte.
Estaban todos igual de borrachos, pero había dos de ellos más atentos que los demás. Yo seguía soltando algo de flujo y mi culo se contraía intentando expulsar el objeto extraño, pero aguantaba y me calentaba más aún.
Me olvidé de mi marido un rato, y me pedí una copa de vino blanco mientras los dos listos se me acercaban a la barra a darme conversación.
—Cualquiera se lo lleva hoy —Dije señalando a mi marido con la mirada.
—Se le ve feliz. Tú puedes quedarte un rato más que eres bienvenida, eh. —Me dijo uno de ellos, con una cara de cerdo que no podía con ella.
Tras dos copas de vino mi enfado se había ido. La conversación con los dos compañeros había pasado por todo tipo de temas, incluyendo, cómo no, el sexo. Y para variar, buscaron todas y cada una de las formas de que la charla se quedara en ese estadio.
Nos fuimos confesando lo que a cada uno nos gustaba y cuando me fijé, ambos tenían una erección visible por encima de sus pantalones. Estaban igual de calientes que yo, por lo que con un movimiento hábil me puse de forma que mi marido no nos viera del todo.
—Se ve que os habéis puesto contentos —Les comenté mirando sus paquetes.
Ni se sorprendieron lo más mínimo.
—Esa falda que traes nos va a hacer reventar las p0llas.
Con una sonrisa como respuesta por mi parte, procedí a levantarme un poco más la minifalda, dejando ver mis muslos al completo. Es curioso como enseñando lo mismo o menos que en una playa, el espectador puede perder tanto el control.
Ni cortos ni perezosos pusieron sus manos en cada uno de mis muslos, acariciándolos de arriba a abajo lentamente. Yo me subí a un taburete para dejarles mejor ángulo y que se notara menos lo que estaba pasando. Mi dilatador se me clavó hasta el fondo, provocándome un pequeño espasmo.
Aunque con la embriaguez que llevaban cada uno de ellos no notaba nadie nada. Creo que hasta el camarero estaba borracho allí.
Abrí las piernas un poco y les di paso a que tocaran lo que quisieran.
—El desgraciado ni se va a enterar. —Les dije.
Sonrientes empezaron a acariciarse sus entrepiernas marcando aún más la erección y uno de ellos metió la mano hasta el fondo para tocarme el c0ño. Pasó los dedos una sola vez y ya se le empaparon.
—Uff...esto está ya listo para la cena.
—¿A ver? Mmm... madre mía que cosa más calentita y rica.
Los cabrones estaban disfrutando a lo grande. Uno de ellos me metió dos dedos y comenzó a masturbarme, pero me di cuenta de que se notaba su movimiento desde otros rincones del bar y le pedí que parara.
A regañadientes, sacó su mano y se llevó los dedos a la boca, dándole más pistas aún a cualquier posible espectador de que lo que se estaba cociendo allí eran unos cuernos que ni el venado que colgaba de la pared. Y encima delante de mi hombre, que no veía tres en un burro en ese momento y discutía con el resto de compañeros sobre no se qué del gobierno.
—Para. Nos van a ver y se va a liar.
—Yo estoy caliente ya.
—Y yo. Queremos follarte. —Me dijeron los dos casi al mismo tiempo.
Me levanté del taburete y les dije un poco más cerca del oído que iba a ir al baño. Solo que en lugar de entrar en el baño de mujeres iba a entrar en el de hombres. Y así lo hice.
Caminé hasta el baño y ellos me siguieron al minuto de dejarlos solos. Creo que aún así alguien notó lo que estaba pasando, pero ya me daba igual. Esos dedos me habían dejado deseando meterme un buen trozo de carne en mi cuevita.
El baño tenía una letrina con puerta, para suerte nuestra. Pero era estrecho y solo cabía una persona de pie. Yo me metí y esperé al primer hombre de los dos que, esperaba, me follaran bien esa noche.
El que me estaba metiendo los dedos entró primero. Me cogió por el cuello y me puso contra la pared del baño. Me dió un fuerte beso metiéndome la lengua hasta el fondo de mi garganta y con la otra mano me subió la falda. Indefensa, pero caliente, abrí las piernas para dejarle paso a lo que sea que viniera.
Me volvió a meter los dedos como un animal y comencé a soltar más y más flujo, empapándole toda la mano y parte del antebrazo. Como pudo, se desabrochó el pantalón y sacó su enorme p0lla que ya estaba más que a punto.
No me dio tiempo a chupársela. Me cogió como si el mundo se fuera a acabar al día siguiente. La puso contra mi clítoris y apretando consiguió que entrara hacia arriba. La postura me encantaba porque estábamos los dos de pie y su pene se refregaba en horizontal contra mi clítoris. Me estaba corriendo muchísimo y no sé ni cuántas veces convulsioné siendo penetrada por el compañero de trabajo de mi marido.
Justo cuando más fuerte me estaba dando, a punto de correrse. Sonaron pasos en dirección del baño.
—¡Tu amigo! ¡Que entre! —Le dije.
Y su amigo se metió en la letrina con nosotros dos. Lo que pasó en esos segundos o poco más de un minuto fue digno de un sketch de humor erótico.
El que entró en el baño era mi marido.
Venía de lado a lado y entre eructos, se apoyó como pudo en la pared de los urinarios. Estaba tan ciego que no vio que en la letrina había 6 piernas. Se dispuso a mear hasta la última gota y yo esperaba que los dos compañeros se estuvieran quietos y callados. Pero no fue así.
El que me estaba f0llando retomó el ritmo. No me lo podía creer. Mi marido a 5mm de mí, detrás de esa puertecita, y sus dos compañeros de trabajo conmigo en el baño.
Su amigo había estado todo el tiempo pajeándose fuera, mientras me follaba el otro. Entonces se subió a la taza del váter dejando más espacio para movernos, y disponiendo su polla, nada despreciable, justo a la altura de mi cara.
En cuestión de seis o siete embistes su compañero comenzó a poner los ojos casi en blanco y se desplomó un poco sobre mí. Su pene palpitaba en mi clítoris y de la erección tan fuerte que tenía, su p0lla se salió de mi coño y comenzó a derramar toda su leche en mis muslos e ingles.
Su amigo en ese momento me agarró la cabeza y dirigió su tronco hacia mi boca, que se abrió automáticamente en un acto reflejo, y dejó que se llenara de semen hasta no poder más.
Se oían los gemidos. Se oían los put0s gemidos desde fuera. Mi marido estaba meando aún.
Y yo como una pedazo de zorra, caliente, con mis muslos goteando y mi boca empapada. No me lo podía creer. Pero la situación ya se había dado y no había forma de escapar.
Mi marido terminó de mear y el muy cerdo, se fue sin lavarse las manos de nuevo a charlas con sus compañeros. Así que en cuanto cerró la puerta del baño nos separamos dejándome algo de aire tras la f0llada.
Tragué lo que tenía en la boca y me limpié el resto, muslos incluídos, antes de volver a colocarme la falda bien.
—Venid, tocad aquí. —Le pedí a los dos ya fuera de habitáculo.
Cuando tocaron el dilatador vieron que la cosa no tenía por qué quedarse ahí. Comenzaron a masajearme de nuevo todo el cuerpo pero los paré.
—Suficiente por hoy chicos, que sois los compañeros de trabajo de mi marido y se merece un respeto.
—...
—¿Cuándo tenéis la próxima quedada después del trabajo? —Les pregunté sonriendo.
Sus caras merecían ser grabadas. Y la tuya, la de la persona que está leyendo esto, también imagino que tendrá una sonrisa pícara. Te recomiendo que entres en mi perfil https://www.todorelatos.com/perfil/1517577/ y busques dónde puedes hacer clic para que no te pierdas tu relato semanal en tu buz0n.
Salí al bar y cogía mi marido por el brazo, despidiéndome de todos sus compañeros. Me lo llevé al coche como pude y cayó muerto en el asiento trasero.
Al llegar a casa lo dejé en el parking, dentro del coche, hasta la mañana siguiente. Subí, me aseé y guardé todo el arsenal. Estaba deseando que se despertara para echarle la bronca por haberse emborrachado la noche anterior.
La semana que viene enviaré a los miembros de mi comunidad el relato Llenándole la garganta de leche a mi suegra. Si quieres recibirlo mucho antes de que lo publique aquí te recomiendo que entres en mi perfil y busques bien dónde apuntarte.
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