Xtories

Los días por vivir 8

Nacho la tiene acorralada con secretos y chantajes, pero Alberto ofrece una salida diferente: silencio, casa rural y una verdad que quema. Entre la presión de un pasado oscuro y la calma de un presente prohibido, Elena debe decidir si sigue huyendo o se atreve a sentir.

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El local era el típico de copas. Me recordó vagamente a alguno de los que habíamos ido mis amigas y yo. Sobre todo, uno en que conocí a Iván. Me entró un cierto repelús, y durante unos segundos reviví el grito de Inés llamándome puta y zorra.

—¿Eres su novia?

—No, solo trabajo con él. —Sonreí abiertamente.

La que hablaba era una chica rubia, bastante mona que, junto con dos compañeras morenas, una de pelo largo y otra más corto, no paraban de preguntarme por Alberto.

Todas eran alumnas de él, de segundo de derecho. Jóvenes, despreocupadas, alegres… Me recordaron a mi época de estudiante cuando salía con Pepe. Sentí un punto de nostalgia.

—Pero entonces, ¿no tiene novia? —cogió el turno de interrogatorio la morena de pelo más corto.

Yo, la verdad, no lo sabía, aunque intuía que sí. O que la tal Natalia era algo más que una amiga, aunque su falta de respuestas a los mensajes, y que tampoco me hubiera dicho nada, hacía que dudara. Pero no iba a decir una palabra de aquello, por supuesto.

—No lo sé… solo trabajo con él. No hablamos de eso. —Intenté zafarme de la cuestión, pero no fui capaz

—¿Y tú tienes novio? —insistió la rubia.

—Tenía… —mentí—. Ahora no

—Joder tía, no sé a qué esperas para atacarlo… de verdad. --Lo miró con cara de deseo adolescente--. Es mi crush… Yo me lo comía.

—Literal… —añadió la morena de pelo corto mirando con cara lánguida como Alberto se reía abiertamente con un grupo de chicos a unos metros de nosotras.

—Yo, tía… vale, no le digas nada, ¿eh?, pero es que me putoflipa... hasta pongo posturas sexys en clase para que se fije en mí. Está muy bueno… —terció la morena de pelo largo, con algún mohín que me hizo bastante gracia.

Miré a Alberto. Vestía unos vaqueros de marca, aunque no excesiva ni estúpidamente caros, una camisa blanca y la chaqueta abierta. La misma que el día del tren. Azul con cuadros de ventana rojos. Sí, era atractivo. Me quedé observándolo dos o tres segundos más de lo que yo hubiera definido como normal.

—Bueno, sí, no está mal… —Concedí, pero a la vez quise quitar importancia al asunto, aunque tenía que reconocer que, en ropa informal, incluso ganaba a cuando iba con traje—, pero yo lo veo como un compañero. Además, no trabajo habitualmente en Madrid. Solo estoy desplazada aquí por unos días.

—Ha estado dos semanas fuera. Y nos hemos quedado sin clases, aunque ahora las estamos recuperando. No veas qué martirio, nada chill... ¿Estaba contigo? —volvió la morena de pelo corto a la carga.

—Sí, pero trabajando —puntualicé elevando ligeramente el dedo índice y una sonrisa.

—Joder, tía, qué suerte… En serio, ¿no te parece que está muy bueno? —Ahora era la rubia quien abría los ojos como platos, con una incredulidad mayúscula ante mi falta de entusiasmo—. No podría trabajar con él… —murmuró con un deje lánguido y gracioso que me hizo sonreír abiertamente.

—No puedes negar lo evidente —se asombraba la morena de pelo largo al ver que yo no añadía nada más. Luego se mordió el labio inferior—. Una loca como yo necesita un tornillo como él…

Era gracioso ver ese grupo de gente joven alternando con él. No serían más de veinte, pero estaba claro que caía bien. En estas tres que estaban conmigo tomando una copa en la barra, era indudable que había acudido a mí con intención de cuchichear y hablar de Alberto. Intuí que, sin malicia, como unas adolescentes más crecidas de lo normal y con el influjo de un hombre atractivo como profesor. No me extrañaba. Yo misma, cuando estudiaba, me gustaba mi profesor de Derecho Penal. Luego, con el tiempo, me pareció un petulante casi grotesco.

Con ellos, con los chicos, era más colega. Hablaba de fútbol o deportes en general, de algo de política sin mojarse mucho y de los estudios. De la institución universitaria, de su pasado, de lo que representaba hacer una buena carrera. Pero no lo hacía en plan pedante ni como un maestro que inculca lecciones a los alumnos como si estos fueran eternamente torpes.

La noche no fue muy larga. Una copa, como me dijo, y nos fuimos. Me acercó al hotel, cortés y amable. Era un utilitario pequeño, bien equipado, limpio y cómodo. Estaba de moda entre la gente bien, sobre todo mujeres. Me sorprendió. No sé por qué, pero me esperaba un coche más deportivo o aparatoso. Era interesante que a medida que lo iba conociendo, seguía sin acertar en mis previsiones sobre él.

—Ha sido una noche graciosa —le dije mientras conducía, mirando distraídamente por la ventanilla del asiento del copiloto.

—¿Te has divertido? —me preguntó

—Me lo he pasado bien con tus alumnas —contesté sonriendo y esta vez sí me giré para observar su reacción.

—Tienen mucho peligro. Alguna me escribe anónimos. —Pero volvió la vista a la calzada. No pareció impresionarle.

—¿De muerte? —bromeé.

—No precisamente… No quiero indagar quién es —sonrió a su vez—. Son muy majas y prefiero tomarlo como una broma.

Supe que se refería al grupo con el que yo había estado hablando.

—Gracias —le dije mientras volvía mirar la calle por la ventanilla, sintiendo que la distracción por ese día se me terminaba y regresaba a mi realidad.

—¿Por qué?

—Por esta noche.

—No hay de qué. Me caes bien e intento que la gente a la que aprecio esté a gusto. En el fondo es egoísmo.

—Me he distraído y eso era importante. De verdad que te lo agradezco. —Volví a mirarlo. Me sonrió.

Llegamos a mi hotel y paró justo en la esquina.

—Descansa y duerme bien.

—Te veo mañana.

Y me bajé del coche. No nos dimos ni siquiera los dos besos de rigor. Pero yo, mientras avanzaba a la entrada, sin girarme por mera cuestión de orgullo, empecé a querer que me estuviera observando. Me volví justo en la puerta del hotel y me despedí con la mano. Sí, me miraba. Y eso me hizo sentirme bien. Tontamente bien.

Nada más entrar a la habitación sonó un mensaje de entrada. Era de Nacho. Esa tarde me había enviado varios. Todos referentes a su plan del fin de semana; él y yo. Me sentí cansada de todo aquello, hastiada, harta de su constante intento de dominarme.

«Nacho, pasa de mí, estoy harta de tus tonterías… Además, iba a ser imposible. Tenemos trabajo ese fin de semana. No podría escaparme, si quisiera, que no. Déjame en paz».

No tardó en responderme. «En algún momento podrás. Por la noche, seguro. ¿Tienes todo lo que te pedí?».

Me tumbé en la cama y empecé a desvestirme. Empezaba a ser insufrible la presión de Nacho. Cogí el móvil de nuevo y tecleé. Cuando estaba a punto de mandarlo, lo borraba. Así, un par de veces, hasta que lo que decidí mandar no era, ni mucho menos lo tajante que debería haber sido.

«Tú estás loco. Ni de coña voy a hacer eso. Ni quiero ni puedo».

Pasaron unos minutos sin respuesta. Respiré y pensé que quizás Nacho se había dado por vencido. Pero no, cuando volvía del cuarto de baño, allí estaba él otra vez.

«Me tienes un poco hasta la polla, ¿sabes?» Él sí se permitía hablarme en ese tono, mezclando lo grosero con lo autoritario.

«Tú me tienes harta. Y por cierto, esos expedientes no los manejo ni tengo acceso».

«Haz lo que sea. Los necesito».

«Déjame en paz». Le tecleé con rapidez.

«Me estoy mosqueando… ¿A ver si es que te has follado a Alberto?», me preguntó cambiando radicalmente el tema. Me quedé inmóvil mirando la pantalla. Volvía el Nacho estúpido, arrogante, imbécil y chulo que me repelía.

«No, pero si lo hiciera, no es asunto tuyo». Cuando pulsé el icono de enviar, sabía que Nacho aprovecharía esa brecha que no le había cerrado.

«Tú verás. Y sobre lo que te he pedido y nuestro fin de semana, ya me estoy hartando de excusas». Allí estaba, de nuevo con ese capricho de fin de semana de información confidencial y sexo entre él y yo.

«Sabes, yo también me estoy hartando de esto y de ti» le contesté en un alarde que tomé de valentía.

«¿Estás con él ahora?» Nacho era inasequible al desaliento. Sabía, y ejercía, su influencia sobre mí. «Por mí, fóllatelo, aunque sea un gilipollas. Es tan estirado como tú. Pero dame la info que te he pedido».

«No te voy a dar nada. No quiero saber nada de tus manejos y no me voy a arriesgar».

«Qué pasa, ¿que te gusta el tonto del Albertito?»

«No es asunto tuyo y paso de contestarte. Me tienes harta».

«Eso es que sí. Lo que él no sabe es que te gustan las pollas más que a un niño un caramelo. Eso, y poner los cuernos».

Quizá un día le agradezca a Nacho ese mensaje. Me pareció tan burdo, asqueroso y fuera de tono, que me armó de valor en los siguientes diez segundos. Los suficientes para contestar algo que yo sabría iba a molestar infinitamente a Nacho.

«No le llegas ni a la suela de los zapatos, imbécil. Paso de ti y de tus estupideces. Déjame en paz de una puta vez, ¿me entiendes?»

Pero, medio minuto después, en la pantalla, apareció una amenaza latente, escrita y directa. Me quedé helada, aunque en el fondo, era previsible.

«¿Sabe que tú y yo hemos follado bastantes veces y que te derrites de gusto con mi polla? No sé si le gustará saberlo. Con lo estirado y pijo que es… No creo que le vaya una golfa como tú»

Me quedé mirando la pantalla, hastiada, completamente harta de su juego. Resoplé y me dije que ya no podía soportar más aquello. Tecleé con velocidad

«Vete a la mierda». Y apagué el móvil.

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El restaurante, que era cliente del despacho, resultó ser un chef de estos famosos que salen habitualmente en televisión. Después de todo el día trabajando en el despacho, Alberto había venido a recogerme al hotel, tras cerrar la cuenta y coger mi equipaje de la consigna. Pero al no haberme dicho nada de cómo vestirme, yo había optado por vaqueros con los consabidos cortes y rasgaduras, unos botines de tacón, una camisa de color azul marino, una cazadora de cuero negra y una bufanda gruesa de color hueso.

Él iba en pantalón chino azul marino, una camisa blanca con los ribetes de los ojales rojos y una americana color vainilla. Un pañuelo de color granate asomaba por el bolsillo exterior rompiendo y añadiendo colorido. Tenía estilo vistiendo. No es que fuera muy moderno, pero sí poseía un toque elegante y distinguido dentro de la formalidad.

Nos sentamos en una mesa y enseguida el chef vino a saludarlo con efusividad, me presentó y en un instante, el maître y el sommelier fueron a atendernos.

—Si quieres pedimos el menú degustación. Está bastante bueno, es variado y además nos sirve varios tipos de vino. ¿Te parece? —me ofreció cerrando la carta del restaurante.

—Lo que tú digas… pero no quiero que me invites. No me parece bien. Ya lo hiciste ayer, y si mañana nos vamos a un sitio tuyo… En fin, que me encuentro incómoda si no pago.

—No te pensaba invitar… De hecho, el despacho tiene cuenta abierta con el restaurante. Cambiamos horas por gastronomía.

—Pero yo no soy un cliente.

—Eres una abogada del grupo. Estamos trabajando con nuestro cliente, aunque no lo parezca.

—No me parece correcto —seguí insistiendo.

—Bueno… dame la opción. Pretendo que sea un justiprecio.

—¿Y eso? —pregunté intrigada.

—Hagamos una cosa. ¿Qué te parece si hoy lo dedicamos a confiarnos cosas? Tú y yo lo necesitamos.

—¿Tú lo necesitas? No te veo muy apurado —sonreí montando una pierna en la otra.

—Hoy estás aquí porque alguien no merece venir conmigo —me dijo con suavidad y calma—. Necesito consejo. Y algo más que eso… Desahogarme.

—Eso no equilibra que me invites.

—Para mí sí. Y como te he dicho antes, aún no sé si te voy a invitar. Si nos centramos en el trabajo, pagará el despacho. Si no, pues veremos. ¿Te parece?

—Vale —terminé admitiendo—. Sé que diga lo que diga, no voy a convencerte. ¿Sería una imprudencia preguntarle quién debería estar aquí hoy en vez de mí, señor letrado?

—No. No lo es.

—¿Y sería tan amable de indicármelo? —insistí.

—Natalia. Pero eso, ya te lo imaginabas.

—¿Es… es… tu novia?

Se quedó con el gesto indeciso y la cara quieta. Sin mover un musculo. Pensando en la respuesta.

—Nos íbamos a casar. En seis meses —soltó como un disparo.

Tragué saliva.

—¿Y qué pasó?

—Me engañó. Hace un mes y medio me enteré. Con un compañero de trabajo. Llevaban ya algún tiempo.

Lo dijo como si aquello fuera algo que sucediera todos los días. Sin que el gesto se le descompusiera ni expresara más allá que una declaración de motivos y hechos.

—Te dije un día que no soporto el engaño. —Añadió mirándome a los ojos—. Soy razonable, puedo hablar de casi todo, pero no entiendo que la gente vaya por detrás. Y no lo perdono. Menos una infidelidad…

—Lo entiendo. —Pensé en mí y en Fernando, en mis noches locas, mis alocadas infidelidades y en cómo estaba yo ahora mismo.

—¿Por qué crees que hay gente que hace eso? —me preguntó.

—¿El qué?, ¿engañar? —recalqué, asintiendo él de inmediato—. Supongo que es porque no miden bien las cosas, se dejan embaucar… No controlan sus instintos… —No quise continuar.

—Yo creo que es porque no se quieren a sí mismos.

—¿Cómo que no se quieren? ¿Natalia no se quiere? —expresé sorpresa y extrañeza.

—Yo creo que no. Te explico. Si llevas una relación de tres años, con vistas a un futuro y todo va razonablemente bien, ¿qué es lo que empuja a romper esa relación? ¿Un deseo irrefrenable? ¿Un calentón? Yo creo que no. La gente que no se quiere a sí misma, se abandona a ciertos actos. En el fondo desean huir de esa relación a través de ellos mismos y buscan una excusa. Ahí entra el deseo, el calentón, la novedad, pero eso es la excusa… —se encogió de hombros—. No quiero decir que esas personas sean unas inadaptadas. No, en absoluto. Pero huyen. Del compromiso… O de sí mismas.

Volví a tragar saliva nuevamente. Sin saberlo, me estaba, describiendo. Según su teoría, yo, huyendo de mí, de la relación imperfecta y defectuosa con Fernando, buscaba un sexo que me compensara lo que con él no tenía. Pero que, en verdad, eso era una simple excusa. En realidad, yo buscaba la ruptura con él, al saber lo imperfeto de esa relación. Aquella teoría albergaba mucho sentido.

—No es tan sencillo, Alberto… —bajé la cabeza—. Hay veces que se hacen cosas… que no son entendibles para la mayoría, pero que encierran razones.

—Siempre las hay, Elena. Y seguro que serán válidas. No lo niego. Lo que yo te quiero señalar es que al final son las personas las que actuamos. Y lo hacemos empujados por algo. Yo pienso que es la huida.

—¿Cómo te enteraste? De lo de Natalia, me refiero.

—De casualidad. Alguien los vio… Y yo me acabé enterando. El último, claro —me contestó con tranquilidad.

—No lo has perdonado…

—No. Nunca lo haré. Me traicionó. —Se detuvo mientras el camarero nos servía en primer plato y el vino—. ¿Tú lo harías?

—No lo sé…

—¿Tú has traicionado a alguien? —me preguntó de sopetón, pero de nuevo con tranquilidad.

—No… o no sé —mentí descaradamente—. A veces, pienso que sí. Que he… he cometido errores que se podrían asimilar a eso —intenté arreglarme, torpemente, con mis recuerdos y la propia conciencia.

No me dijo nada. Esperó a que yo continuara.

—Me da… me da vergüenza, Alberto. Preferiría… no… no contarlo, por ahora.

—Me parece bien. Cuando tú decidas, si es que optas por hacerlo. ¿Quieres saber por qué hoy te agradezco enormemente que estés aquí conmigo?

Me sorprendió la pregunta. Debía ser yo la que estuviera encantada de no regresar a mi casa para no encontrarme, al menos durante el fin de semana, a una soledad aplastante. Eso sin contar con que Nacho, a pesar de la abrupta conversación de la noche anterior, había vuelto a las andadas. No le contesté y así supuse que el tema quedaba zanjado y anulado.

—Sí, claro — afirmé.

—Natalia no deja de llamarme. Incluso lo ha hecho su madre.

—Y tienes miedo a que se presente en tu casa.

—Así es.

—¿Y no conoce donde vamos mañana? —inquirí con un punto de extrañeza.

—No. Ella sabe que existe… pero nunca ha ido. No le interesaba esa parte de mí. Lo veía como una pérdida de tiempo. Sabe el pueblo, pero la casa no la encontraría nunca.

—¿Y qué es y dónde está esa guarida secreta? Lo mismo eres un superhéroe y descubro que tienes allí un traje de látex con el que sales por las noches como un justiciero —bromeé.

—No. Para nada soy ningún superhéroe —sonrió como habitualmente hacía.

—No me vas a decir tu guarida secreta…

—Eso, mañana. Todo a su debido tiempo. Y siguiendo con el tema de Natalia, debo confesarte que tu presencia me hace más fuerte. Seguramente estaré encantado de tu charla, de tu amabilidad… Y me hará olvidarme de ella y de su presión. Así que, gracias, Elena.

—A mí me pasa lo mismo. Tampoco quería ir a mi casa.

—¿Hay algo más?

—No… —sé que no resulte convincente, porque se me quedó mirando y apuntó una ligera sonrisa en la comisura de sus labios—. O al menos, no es importante… —mentí a medias—. Bueno sí… —suspiré y cerré los ojos sabiendo que no podía ocultarlo—. Es Nacho… —terminé asumiendo que de alguna forma tenía que ir empezando a soltar lastre.

Alberto continuó en silencio, mientras el camarero nos retiraba el primer plato de degustación, nos servía el segundo y una nueva copa de un vino distinto.

—Nacho… —empecé torpemente— bueno… El caso es que tuvimos algo. —Me notaba a mí misma nerviosa e incómoda—. Pero es que… me avergüenza contarte… También me ha pedido que le facilite carpetas, expedientes… No le he dado nada —me apresure a decir.

Me sentí mal. No me sentía suficientemente capaz para confesarle nada de lo mío con Fernando. Me era raro y extraño. Él no me presionó. Hizo un gesto como que no pasaba nada, bebió un trago de la copa de vino

—Sé que no le darías nada. Primero, porque no creo que seas ese tipo de persona. Y segundo, porque toda esa información está encriptada y en un servidor seguro. Lo mismo se piensa que somos un bufete arcaico y poco fiable. —Negó lentamente con la cabeza, dado por sentado lo que añadió a los pocos segundos—. Esto que me dices me demuestra que no es muy… listo, por así decirlo. O que está desesperado por pasar algo a sus nuevos jefes.

—Me he negado, pero continúa presionándome… —añadí soltando aire y el peso que aquello me atenazaba.

—Me imaginaba que intentaría presionarte. No hace falta que me cuentes nada más. En fin, no le des importancia —finalizó con su sonrisa característica.

Aliviada y algo más sosegada, empecé a pensar en que Alberto me gustaba.

—Nacho ejerce una mala influencia sobre ti —me dijo a los pocos segundos, absolutamente tranquilo, mientras se afanaba en su plato, con el cuchillo y el tenedor.

Aquella frase me dejó noqueada. ¿Tanto se me notaba? ¿Cómo podía saberlo? ¿Se lo había dicho Lorena o alguien del despacho? Debió notar mi incomodidad.

—Es una conclusión propia. —Añadió tras tragar lo que acababa de llevarse a la boca con el tenedor y esbozar una mueca de gusto por el sabor—. Y me baso en que te pones bastante nerviosa con él delante. Incómoda, como si le reprocharas algo que no puedes decirle y por eso te sintieras… inferior o dependiente de él. Lo noté el primer día, cuando estábamos en tu despacho y él te dijo de veros. Estaba claro que no era para hablar de trabajo.

—Eres observador —apunté con cierta sorpresa.

—Mucho. En eso salgo a mi madre. El resto de los días, también me fijé en tu comportamiento con él. Era simple curiosidad, nada malo, ni insano, pero se notaba. Es… como, no sé decirlo de otra forma… Una mala influencia.

—Él… sabe cosas de mí. Tiene una relación extraña conmigo… No es que estemos liados… Pero…

—Elena… —me cortó con suavidad—. Te influye de forma tóxica. O a mí me lo parece. No quiero ser cotilla, ni indagar en eso que no quieres contarme. De verdad. Pero lo noto. Es como cuando hay humedad en el aire y sabes que caerá una tormenta.

Se calló ahí, sin indagar ni preguntar más. Me resultaba extraño, y a la vez muy excitante, que nunca había hecho el más mínimo comentario a lo sucedido con Iván cuando se acercó a él y le pidió que se fuera y me dejara tranquila. Escuchó, con total seguridad, lo que Iván dijo y también tuvo que oír el insulto de Inés.

—¿Y cómo me libro de él? ¿De esa mala influencia?

—¿Quieres hacerlo? —me preguntó con la mirada muy fija en mí.

--Sí... --susurré.

Aquella pregunta se quedó colgada en mis reflexiones. Primero en los instantes posteriores, luego, en el resto de la cena. Y finalmente en mi habitación del hotel.

Por suerte, o por desgracia, no sé bien qué es lo adecuado, no la contesté con la decisión que sentía, en ese momento. Una interrupción en ese momento del maître, otra de un camarero y una llamada del despacho, hicieron que todo se fuera diluyendo. El chef, sonriente, solícito, amable y cariñoso con Alberto, se acercó a nuestra mesa al finalizar la cena, con lo que tampoco surgió ahí el momento. A mí me saludó con mucha cortesía, creo que calibrando si era un ligue de su abogado o simplemente, tal y como me había presentado Alberto, una colega del despacho. Hablaron un par de minutos de cosas intrascendentes, del negocio, de los problemas a la hora de encontrar un género de muy alta calidad que no fuera un disparate en el precio, de lo laboriosa que era la cocina, el trato del personal…

Cuando se fue y nosotros regresamos a nuestra conversación, el tema de Nacho se quedó olvidado, inerte en algún sitio entre ambos. Ni él insistió, ni yo lo saqué de nuevo.

Hablamos de nosotros, de nuestras infancias. De recuerdos que nos hacían sentir cariño, de la familia, de lo que habíamos pensado ser de pequeños. De nuestros errores y aciertos. Nos reímos y ambos nos distrajimos de lo nuestro.

Fue una velada que sentí muy especial. No porque deseara nada más con él, aunque percibía que empezaba a deslizarme por una pendiente muy agradable. Bien es cierto que lo achaqué a lo confortable que Alberto hacía siempre nuestras charlas. Esa caballerosidad de permitir los espacios necesarios y convenientes. Su intuición para alargar los silencios y dejar que cada cual hablara con palabras o con la mirada. Una forma de exponer los temas de forma simple, sin artificios ni adornos de escayola.

Me fui a la cama con una grata sensación, sintiéndome un poco niña con él. Saboreando una especie de protección distante pero cierta, como de alguien que está lejano, pero presente. Recordé de nuevo las palabras de Lorena y no pude dejar de imaginarme qué habría pasado si nos hubiéramos besado esta noche.

Porque, yo lo veía: entre nosotros había una química que ninguno quería saltar. Existía una barrera, que tampoco parecía grande ni imposible, pero que ambos la mirábamos desde una prudente y silenciosa distancia voluntaria.

Me dormí con placidez, dejándome envolver por un sueño tranquilo, al que ayudó que, Nacho, esta vez, ni siquiera me había mensajeado. Creí que se daba por vencido y sentí una ventana que se abría en mi pecho. Sola, con la compañía de mis reflexiones, tuve la certeza y convicción de que sí quería olvidarme de Nacho y de su influencia.

Al día siguiente a eso de las once de la mañana, Alberto vino a buscarme. Venía en un mediano todoterreno, de color negro. Y en el maletero, además de mi maleta y la suya, había un par de cajas de vino y varios paquetes.

—¿Te gusta la carne?

—Sí, claro —le contesté poniéndome el cinturón de seguridad.

—Entonces, perfecto —sonrió—. Llevo una que me han asegurado que es muy buena.

Durante el viaje fuimos hablando de cosas muy superficiales. Dejando que el día, entre tibio y agradable, entrara por los cristales del coche, caldeándonos.

No tardamos mucho en llegar. Era un caserón antiguo, de piedra. Me explicó que los sillares provenían de antiguas canteras de la zona. Se veía grande, con una parcela muy espaciosa, llena de árboles y viales antiguos. Tenía un porte elegante, solariego y se notaba que estaba en reformas, aunque había una parte que aún no estaban iniciadas. Otra, la más cercana a la puerta de entrada, sí. Se veían incluso andamios y material de albañilería.

—Es de los que están rehabilitándola —me explicó mientras abría la puerta y una sensación de frío interno nos envolvió.

Debí estremecerme, porque enseguida me volvió a hablar.

—Vamos a poner la chimenea y a encender la calefacción. ¿Dónde quieres dormir?

—No sé… es tu casa.

—Era de mis abuelos. Yo solo la estoy reformando. Hay un dormitorio aquí, abajo —me lo señaló abriendo la puerta y dejando ver una alcoba bien decorada, con muebles de madera y un escritorio con un butacón antiguo—. O si no, arriba hay tres más. Uno no está totalmente acondicionado. Están trabajando en la fachada y no te lo recomiendo. Otro, es el que yo utilizo. Y queda el último, que es como este, solo que con dos camas.

—Me da igual, de verdad.

—Lo que tú prefieras. Si quieres, dejas aquí todo y luego eliges. ¿Te parece?

—Muy bien.

—Bueno, pues vamos a descargar todo y a enchufar esas cosas que hacen la vida más agradable. Luego, en una hora o así, mientras dejamos que la casa se caldee y enciendo la chimenea, nos vamos a tomar un vino o una cerveza al bar de Toño —me dijo.

—Como digas.

—Toño es quien me hace la rehabilitación de la casa. Es un amigo al que conocí de pequeño. Se equivocó, cometió errores, pero ahora es un tipo sabio.

—¿Y eso?

—Porque sabe lo que es transitar por el lado peligroso de la vida. Y eso, creo que es bueno para evitar nuevos errores, ¿no crees?

—Sí, es posible —dije sin dejar de pensar si yo también bordeaba el límite de lo aceptable con mi pasado de infidelidades y de adicción a Nacho.

—Ah… otra cosa. Los móviles, apagados. Aquí se viene a descansar, a hablar y a estar relajados.

Sonreí y saqué el mío. Lo apagué y lo dejé en una pequeña cesta de mimbre que estaba cerca de la entrada de la casa.

Esa mañana conocí a Toño y su manera de ver la vida. Sus tatuajes defectuosos, con las arrugas que la cárcel debía imponer. Su sonrisa triste, sus ojos profundos, sin brillo, y su innegable admiración por Alberto. Supe que había sido él quien le prestó el dinero para que empezara con el bar, y que se lo devolvía religiosamente todos los meses.

Se abrazaron en una escena que me pareció entrañable y rara. Un apuesto abogado de Madrid, vestido con informal elegancia y un expresidiario que llevaba barbas hirsutas sin cuidar, extraños dibujos descoloridos en los antebrazos y una mirada de profundidad acuosa y opaca.

Me bebí dos o tres cañas y Alberto las mismas copas de vino. Hablamos de lo humano y lo divino, y cuando nos fuimos a despedir, Toño, tras darle otro abrazo a Alberto, me miró durante un segundo, me rodeó los hombros con su brazo derecho y mientras nos acompañaba a la puerta, me miró a los ojos, mientras su voz, cavernosa y rota por los excesos antiguos, me dijo:

—Si lo imaginas, es que es o será real.

—No te entiendo… —le dije.

—Sé leer en las miradas. Tuve mucho tiempo para ello —volvió a decir sin que terminara yo de comprender.

—Toño, no me la asustes —intercedió Alberto.

Se rio con un eco algo áspero. Le dio una palmada en la espalda y a mí me apretó un poco más con su brazo en los hombros.

—Sabes que no lo hago. —Volvió a mirarme. Luego a Alberto—. La vida es muy simple, pero nos empeñamos en complicarla. Solo hay que querer ser para lograrlo. Adiós, pareja.

Y con una media sonrisa, cascada y rota por excesos, alcohol, abandono y rehabilitaciones, se adentró en su bar.

—La frase es de Picasso. Siempre la dice —me aclaró Alberto al salir y mientras caminábamos hacia la casa.

—¿Cuál? —pregunté.

—La de que, si te imaginas algo, es real. La otra, la de la simpleza de la vida, que nos ha dicho a ambos, es una adaptación de Confucio. O eso se dice por Internet.

Me quedé pensativa y mientras me colocaba la melena, miré a Alberto.

—Toño tiene razón… —le dije.

—¿En qué frase?

—En ambas… sea quien sea el que las dijera.

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Fragmento de "Los días por vivir", novela publicado por Lola Barnon en Amazon. Cualquier intento de copia, plagio o uso diferente al expresamente dado por la autora o la editorial dueña de los derechos de publicación, será denunciado y perseguido en los tribunales.

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