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Piscis II ♓️

Daniel creyó haber ganado el corazón de Victoria y su lugar en su mundo. Pero una foto en la pantalla de un teléfono revela que el pasado de ella no está muerto, y que el hombre que lo representa sigue teniendo el control. ¿Es él el presente o solo un refugio temporal?

Peter289.1K vistas9.1· 34 votos

Piscis II

El semestre terminó con una mezcla de alivio y nostalgia. La ceremonia de graduación fue solemne: en el gran auditorio de la universidad, los recién egresados subían uno por uno al escenario, vestidos con togas y birretes, mientras sus nombres resonaban por los altavoces.

—Daniel Seiku González, Ingeniero en Biomecánica.

El aplauso fue cálido, aunque no tan estruendoso como el de otros. Daniel, sin embargo, caminó con paso firme, saboreando ese momento que había esperado durante años. Buscó con la mirada a su madre y a Juan, que aplaudían emocionados desde la primera fila.

Cloe y Victoria recibieron su mención minutos después: Médicas cirujanas. La ovación fue mayor, pues eran de las más destacadas del grupo. Ambas sonrieron al público, aunque Victoria, fiel a su estilo, se mantuvo serena, casi imperturbable.

También subió Gerardo como ingeniero en programación.

Al terminar la ceremonia, el bullicio se desató en los pasillos. Abrazos, fotos, lágrimas, promesas de amistad eterna. Cloe se lanzó a los brazos de Daniel.

—¡Lo logramos! —exclamó con lágrimas en los ojos.

—Sí… lo logramos —respondió él, sonriendo.

Victoria se acercó despacio, con la toga aún en su sitio. Daniel la miró y, sin pensarlo, le tomó la mano. Ella no se apartó. Fue un gesto pequeño, pero para él significaba un universo. Finalmente lo abrazó.

Gracias Dani, luego se fue

El tiempo después de la graduación fue vertiginoso. El prestigio de la clínica San Gabriel, una de las más respetadas de la ciudad, atrajo a muchos recién graduados. Cloe y Victoria lograron entrar como residentes en cirugía. Daniel, con su título en biomecánica y un futuro prometedor, aún buscaba su lugar en ese engranaje.

Las jornadas eran duras para ellas, pero las noches guardaban un respiro. Fue en una de esas noches cuando Daniel decidió dar el paso que llevaba meses guardando en silencio. Habían salido un par de veces y esa noche fueron a cenar a un pequeño restaurante italiano, no demasiado caro, pero acogedor. El ambiente estaba iluminado por velas, y un violinista recorría las mesas tocando melodías suaves.

Victoria se veía distinta: sin la bata ni la formalidad del hospital, llevaba un vestido azul sencillo que realzaba sus ojos. Su cabello estaba suelto, y su risa —sí, esa risa que pocas veces dejaba escapar— resonaba más libre que nunca.

Después del postre, Daniel respiró hondo.

—Victoria, hay algo que quiero decirte.

Ella lo miró con sus ojos oscuros, atentos.

—Te escucho.

Daniel tomó valor.

—Desde que te conocí, he sentido que mi vida cambió. Al principio pensé que eras inalcanzable, alguien de otro mundo. Pero con el tiempo… descubrí a la persona detrás de la perfección, y me enamoré de ti.

Victoria abrió los labios, sorprendida. Daniel continuó, temblando un poco:

—No sé si merezco estar a tu lado, pero quiero intentarlo. Victoria… ¿quieres ser mi novia?

Hubo un silencio breve, casi insoportable. Daniel pensó que la respuesta sería un “no”, o un “no estoy lista”. Pero ella lo miró con una mezcla de ternura y seriedad.

—Sí, Daniel. Quiero estar contigo.

Él parpadeó, incrédulo.

—¿En serio?

—Sí —repitió ella, sonriendo por primera vez de esa forma tan clara—. Eres distinto a todos. Y contigo… me siento segura.

El corazón de Daniel se desbordó. Apenas pudo contener las lágrimas. Al salir del restaurante, caminaron tomados de la mano bajo las luces de la ciudad, como si el mundo entero hubiera desaparecido.

Semanas después, llegó el momento que Daniel había esperado con nervios: presentar a Victoria a su familia. El pequeño apartamento de Alejandra y Juan se transformó para la ocasión. La madre de Daniel, emocionada, pasó dos días limpiando cada rincón y decorando con flores frescas. Cocinó sus mejores platos: carne asada, arroz con especias, ensaladas coloridas.

Cuando Victoria llegó, fue recibida como una reina. Alejandra la abrazó con calidez.

—Bienvenida, hija. Esta es tu casa.

Juan, con una sonrisa franca, le tendió la mano.

—Encantado de conocerte al fin, Victoria.

Ella, aunque sorprendida por tanta atención, correspondió con educación. Se sentaron a la mesa, y la cena fluyó entre risas y anécdotas. Alejandra, orgullosa, contaba historias de la infancia de Daniel: cómo desarmaba radios viejos, cómo insistía en arreglar todo lo que se rompía.

—Era un niño tan curioso —decía ella—. Y ahora verlo como un ingeniero me llena el corazón.

Victoria escuchaba con atención, sonriendo. Daniel, mientras tanto, se sentía en casa como nunca, viendo a las dos mujeres más importantes de su vida compartir la mesa en armonía.

Al despedirse, Alejandra la abrazó otra vez.

—Cuida a mi hijo, por favor.

Victoria asintió con seriedad.

—Lo haré.

La madre le dio un trébol de cuatro hojas disecado dispuesto en una cajita de vidrio.

Esa noche, Daniel durmió con una sonrisa.

3 meses después, llegó el turno turnos conocer a la familia Percy. La mansión donde vivían parecía sacada de otro mundo: columnas blancas, jardines impecables, un portón vigilado. Daniel, con su mejor traje, se sintió diminuto al cruzar el umbral.

La madre de Victoria lo recibió con una mirada fría, de arriba abajo.

—Así que tú eres Daniel…

Él inclinó la cabeza con respeto.

—Un gusto conocerla, señora.

El padre, un hombre robusto de bigote canoso, se unió a la escena.

—Adelante, pasen.

La cena fue tensa desde el principio. El comedor estaba adornado con candelabros de plata, platos finos y cubiertos brillantes. Los Montenegro hablaban de inversiones, de negocios, de la expansión de sus farmacias. Daniel se limitaba a escuchar, consciente de que no pertenecía a ese mundo.

Hasta que la madre de Victoria lanzó la pregunta directa:

—Y dime, Daniel, ¿qué capital tiene tu familia? ¿Cuál es tu respaldo?

Él tragó saliva.

—Mi madre trabaja como secretaria. Mi padrastro… bueno, él siempre me apoyó, aunque no es mi padre biológico.

La mujer frunció el ceño.

—¿Y tu padre?

Daniel bajó la mirada.

—No lo conocí.

Un silencio incómodo se extendió sobre la mesa. El padre de Victoria soltó una carcajada amarga.

—Entre el huérfano y el primo, prefiero los lazos familiares.

Las palabras cayeron como un látigo. Daniel se quedó helado, sin poder responder. Victoria, en lugar de defenderlo, se mantuvo en silencio, con el rostro impasible.

La cena terminó en un desastre. Daniel salió cabizbajo, con un nudo en la garganta. Mientras caminaban hacia el coche, esperó que Victoria dijera algo, que lo defendiera, que al menos condenara la crueldad de sus padres. Pero ella permaneció neutral.

—Lo siento, Daniel —dijo al fin—. Así son mis padres.

Él no respondió. El dolor se mezclaba con una decepción amarga.

Los días siguientes, Daniel se mantuvo distante, evitaba largas conversaciones, concentrándose en su búsqueda de empleo. Victoria parecía notarlo, pero no lo presionaba.

Dos semanas después, ella le llevó una noticia.

—El hospital está buscando un jefe de mantenimiento para el área de equipos médicos.

Daniel sabía que su preparación era superior, pero estarían cerca. Tras oírla levantó la vista, sorprendido.

—¿Jefe de mantenimiento?

—Sí. Sé que no es exactamente tu campo de investigación, pero… estaríamos juntos. Y es un comienzo.

Él dudó. No era el trabajo soñado, pero tampoco quería alejarse de ella. Al final, aceptó.

—Lo haré.

Victoria lo abrazó con una sonrisa genuina.

—Estoy feliz. Quiero que estemos juntos.

Dos meses después, ella le propuso dar un paso más.

—Daniel… ¿te gustaría que viviéramos juntos?

Él la miró, incrédulo.

—¿De verdad lo dices?

—Sí. Alquilemos un apartamento cerca del hospital. Podemos mudarnos ahí.

La idea lo llenó de emoción y miedo a la vez. Pero aceptó. Lo alquilaron.

En el contrato, el nombre de ambos.

El día de la mudanza fue una celebración íntima. El apartamento, moderno y luminoso, se convirtió en su primer hogar compartido. Entre risas, eligieron los colores de las paredes, compraron muebles sencillos pero funcionales, y llenaron los estantes con libros y pequeños recuerdos.

La primera noche juntos fue especial. Entre nervios y risas tímidas, descubrieron lo que significaba compartir más que un techo: compartir sus cuerpos, sus silencios, sus sueños. Para ambos era la primera vez, y aunque torpe al inicio, estuvo cargada de ternura y emoción.

A partir de ahí, todo parecía un paraíso. Despertar con ella cada mañana, cocinar juntos los fines de semana, volver del hospital para cenar en el balcón. Daniel sentía que, al fin, había alcanzado algo que siempre creyó imposible: un amor verdadero, una vida compartida.

Durante un año, todo fue color de rosas.

La tarde había caído lentamente sobre la ciudad, pintando el apartamento con un tono anaranjado que entraba a través de las persianas. Daniel acababa de salir de la ducha. El vapor aún impregnaba su piel, y las gotas corrían por su espalda mientras se ponía a medias el pantalón de descanso. Caminó descalzo por el pasillo, sonriendo, pensando en sorprender a Victoria con un abrazo repentino.

No hizo ruido. Tal vez por travesura, tal vez porque quería escuchar su reacción al sentirlo detrás.

Al doblar hacia la sala, se detuvo en seco.

Victoria estaba sentada en el sofá, encorvada, con la mirada fija en la pantalla de su teléfono. No se había percatado de su presencia. La expresión de su rostro no era la habitual máscara fría ni la sonrisa tranquila de los últimos meses: era un gesto cargado de nostalgia, casi de dolor.

Daniel, intrigado, dio un par de pasos más. Y entonces lo vio.

En la pantalla brillaba una fotografía. Una selfie. Victoria y un joven de piel oscura, con una sonrisa descarada, estaban besándose de lado. El brazo extendido de él sostenía el teléfono. Ambos parecían felices, despreocupados, como si el mundo no existiera más allá de esa instantánea.

El corazón de Daniel se contrajo de golpe. La respiración se le cortó. Sintió que el aire del apartamento se volvía espeso, irrespirable. Victoria permanecía inmóvil mirándolo

No sabía cuánto tiempo pasó antes de que la voz se le escapara:

—¿Quién es?

Victoria dio un brinco, sobresaltada. El teléfono casi se le cayó de las manos. Giró y lo encontró allí, con el torso desnudo, el cabello húmedo y los ojos clavados en ella con una mezcla de incredulidad y dolor.

—Daniel… yo… —balbuceó.

Él señaló el teléfono con un gesto brusco.

—¿Quién es?

Ella cerró los labios, como si las palabras le pesaran toneladas. Luego bajó la mirada y murmuró:

— Oliver.

El nombre cayó como un mazazo. Daniel no necesitaba más explicaciones. Los rumores, los susurros en la universidad, todo encajaba.

—Tu ex… —repitió, la voz rota—. Tu primo.

Victoria asintió apenas, incapaz de sostenerle la mirada.

Daniel dio un paso atrás, como si la distancia pudiera aliviar la punzada en su pecho.

—¿Todavía lo tienes en tu teléfono? —preguntó, con una calma que era más peligrosa que un grito.

Ella respiró hondo, intentando ordenar lo que sentía.

—No es lo que piensas. No lo busqué… estaba repasando fotos viejas y apareció.

—¿Y por qué mirabas esa foto así? —su voz tembló, mezcla de rabia y tristeza—. Como si… como si todavía lo amaras.

Victoria levantó la vista de golpe. Sus ojos brillaban, no de ira, sino de una vulnerabilidad cruda.

—Yo no lo amo, Daniel. No más. Pero él fue… —se interrumpió, luchando con las palabras—. Fue el primero en mi vida. Una parte muy fuerte.

Daniel se llevó una mano al rostro, incrédulo.

—¿Una parte? ¡Era tu primo, Victoria! ¡Y yo aquí, creyendo que me elegiste a mí, que el pasado estaba muerto!

Ella se levantó, acercándose.

—Te elegí a ti. Lo hice. Estoy contigo, ¿no lo ves?

Daniel retrocedió un paso, como si su cercanía quemara.

—Pero no basta. No cuando descubro que todavía guardas fotos de él, que todavía las miras como si fueran un tesoro escondido.

Victoria apretó los labios, desesperada.

—No me entiendes… —susurró—. No fue algo cualquiera. El me hizo sentir viva cuando yo estaba perdida. Y sí, lo amé. Lo amé de una forma que me marcó para siempre.

El silencio golpeó más fuerte que cualquier palabra. Daniel sintió un nudo en la garganta, como si la confesión le arrancara el aire.

—Entonces nunca fui suficiente… —murmuró, con la voz quebrada.

Victoria lo tomó de los brazos, casi suplicando.

—No digas eso. Contigo encontré otra cosa. Seguridad, ternura, un futuro. Pero no me pidas que borre lo que existió.

Daniel la miró, con lágrimas acumulándose en sus ojos.

—¿Y yo qué soy entonces? ¿El sustituto? ¿El refugio después de la tormenta?

Victoria tembló, incapaz de responder.

Él se soltó de su agarre, caminó hacia el dormitorio, se vistió en silencio. El sonido de la cremallera y el roce de la tela se volvieron un eco ensordecedor en la sala. Cuando salió, con las llaves en la mano, ella aún estaba de pie en el mismo sitio, con el teléfono apagado, como si quisiera borrar con un chasquido lo que había pasado.

—Daniel… no te vayas —suplicó.

Él se detuvo en la puerta, sin girarse.

—Necesito pensar.

Y la cerró detrás de él.

La noche se extendió interminable para los dos. Daniel caminó sin rumbo por las calles iluminadas, sintiendo que todo lo construido en esos meses se tambaleaba. Recordaba la sonrisa de Victoria al aceptarlo como su novio, su emoción al mudarse juntos, los desayunos compartidos, las noches de ternura. Y ahora esa imagen, esa maldita foto, lo perseguía como un fantasma.

“¿Soy yo el presente o solo la sombra del pasado?”, se repetía una y otra vez.

Mientras tanto, Victoria permanecía sola en el sofá, abrazada a un cojín, con los ojos rojos de tanto llorar. La foto de Oliver ya no estaba en la galería —la había borrado—, pero sabía que el daño estaba hecho.

Sabía, también, que tarde o temprano tendría que elegir entre cerrar definitivamente esa puerta o perder a Daniel para siempre.

Escribió. — La borré, por favor regresa, te necesito.

Una hora después escuchó las llaves. Daniel regresó, pero esa noche durmió en el cuarto de invitados.

Los días que siguieron al hallazgo de la foto fueron extraños para Daniel. Esperaba frialdad, distancia, quizá silencios incómodos. Pero lo que encontró fue todo lo contrario.

Victoria, como nunca antes, se mostró cariñosa. La primera sorpresa fue una tarde de viernes.

—Daniel —dijo con voz suave, mientras él llegaba del hospital con el uniforme aún puesto—. ¿Quieres ir al cine conmigo?

Él parpadeó, incrédulo.

—¿Al cine?

—Sí, hace tiempo que no hacemos algo así… solo tú y yo.

Y fueron. La sala oscura, la película ligera y las manos entrelazadas parecieron devolverles un pedazo de normalidad. Victoria reía, apoyaba la cabeza en su hombro, le ofrecía palomitas como si fueran adolescentes. Daniel, aunque todavía herido por lo ocurrido, no pudo evitar sentir que su corazón cedía un poco.

Al día siguiente, ella lo sorprendió otra vez. Preparó una cena en casa, con velas y música suave. Y lo más significativo: sobre la repisa del mueble colocó, por primera vez, un portarretrato de los dos juntos, en una foto tomada en la playa meses atrás.

—Quiero que siempre esté ahí —dijo con una sonrisa—. Que sea lo primero que veamos al entrar.

Daniel la miró en silencio, conmovido.

Esa misma noche, Victoria insistió en entregarle el teléfono.

—Mira, revísalo tú mismo. Borré todo. No hay nada que esconder.

Él tomó el dispositivo en sus manos. El pulgar se detuvo sobre la pantalla, pero no lo desbloqueó. La miró a los ojos y se lo devolvió.

—No necesito verlo. Confío en tu palabra.

Ella lo abrazó con fuerza, como si aquel gesto significara más que cualquier comprobación.

Los días de trabajo, sin embargo, eran distintos. Daniel se había integrado al equipo de mantenimiento del hospital. Tenía a su cargo a tres operarios más jóvenes, que lo respetaban por su conocimiento. Se pasaba las mañanas supervisando calibraciones, reparando bombas de infusión, revisando los paneles solares de la azotea.

Allí arriba, en la altura, a veces se detenía a mirar el ir y venir del estacionamiento. No lo hacía con intención, pero el ojo siempre terminaba buscando el auto de Victoria.

Cloe, por su parte, se había distanciado de ellos. Verlos juntos le dolía. La chispa alegre con la que siempre lo llamaba se había apagado, y apenas se cruzaban en los pasillos con un saludo breve.

Una mañana, Daniel decidió llamar a Victoria para almorzar juntos.

El teléfono sonó… y sonó… pero no hubo respuesta.

“Estará en una operación”, pensó.

Sin embargo, desde la azotea mientras revisaba una antena la vio salir. El auto de Victoria bajó la rampa del estacionamiento y se perdió en la avenida. Daniel volvió a marcar. Nada.

La inquietud se le quedó en el cuerpo como una espina.

De tarde, la esperó en casa. El reloj avanzó lento, y no fue hasta las siete de la noche que escuchó la puerta abrirse.

—¿Dónde estabas? —preguntó con voz contenida.

Victoria dejó las llaves sobre la mesa, esquivando su mirada.

—Fui a casa de mi madre. Se le subió la tensión. Me quedé cuidándola.

Daniel frunció el ceño.

—¿Y por qué no respondiste mis llamadas?

Ella fingió sorpresa.

—¿Me llamaste? Tenía el teléfono en silencio, Daniel. Estaba pendiente de mi mamá.

Él suspiró, aliviado a medias.

—Podías haberme avisado… me preocupé.

Victoria se acercó y le tomó las manos.

—Lo siento. La próxima vez lo haré.

No hablaron más del asunto. Cenar juntos suavizó la tensión, y cuando él se levantó para recoger los platos, ella lo rodeó por la espalda, besándole el cuello.

—Ven conmigo —susurró con un tono distinto, intenso.

Aquella noche hicieron el amor con una energía que Daniel no había sentido en ella antes. No era la ternura acostumbrada, sino algo más desesperado, casi frenético. Como si quisiera borrar cualquier duda con el cuerpo. Daniel, aunque entregado, no pudo evitar sentir que había algo extraño en aquella pasión desbordada, como si no fuera completamente ella.

Los días siguientes, la rutina se repitió. Él la llamaba para invitarla a almorzar, y siempre surgía una excusa.

—Tengo una cirugía larga.

—Hoy estoy con mi mamá otra vez.

—Tengo reunión con el jefe de residentes y luego voy a la oficina de mi papá.

Cada día, sin embargo, desde la azotea, Daniel veía lo mismo: al mediodía exacto, el coche de Victoria salía del hospital. No regresaba hasta dos horas después.

Las dudas crecían, pero Daniel no quería enfrentarlas. Se decía a sí mismo que eran inseguridades, que el amor verdadero requería confianza.

Un día antes de su cumpleaños, cuando ya casi se había resignado a esa rutina extraña y se dividía entre seguir o romper, ocurrió lo inesperado.

Victoria lo esperó en la sala, de rodillas sobre la alfombra. Tenía una pequeña caja en las manos.

—Daniel —dijo con la voz temblorosa—, quiero que nos casemos.

Él abrió los ojos, atónito.

—¿Qué… qué dijiste?

Ella sonrió entre lágrimas.

—Cásate conmigo. Quiero que sea para siempre.

Daniel sintió que el mundo entero se detenía. Era lo último que esperaba, y lo más grande que alguien le había ofrecido jamás. Se arrodilló frente a ella, tomándole el rostro con las manos.

—Victoria… sí. Sí, quiero casarme contigo.

Se abrazaron con fuerza, riendo y llorando a la vez. Para Daniel, aquello fue el mejor regalo de cumpleaños que jamás podría recibir. De pronto, todas las dudas se desvanecieron como humo.

—Este es mi verdadero regalo —dijo él, con voz emocionada.

—El mejor regalo es que confíes en mí

—respondió ella.

Esa noche celebraron solos, con una pequeña torta que Daniel había comprado pensando en algo íntimo. Cuando el reloj marcó las dos de la madrugada, se sentaron en la mesa iluminada solo por las velas.

—Vamos, pide un deseo —le dijo Victoria, encendiendo las velas.

Daniel cerró los ojos. No pidió nada material, solo un pensamiento: que lo amara de verdad y que nada pudiera romper lo que habían construido.

Sopló las velas. Victoria lo besó con ternura, y en ese momento, él creyó que todo estaba bien.

Creyó que lo había recuperado todo.

El domingo fueron a la mansión a dar la noticia

El día amaneció con un cielo claro, casi demasiado perfecto. Daniel se levantó temprano, repasando mentalmente una y otra vez lo que iba a suceder. Era la primera vez que se presentaban oficialmente como pareja comprometida, y la sola idea de enfrentar a los padres de Victoria lo llenaba de un nudo en el estómago.

Pasó largo rato frente al espejo ajustándose la corbata. No era un hombre vanidoso, pero aquella ocasión lo exigía. Sacó del armario su mejor traje, uno azul oscuro que había usado apenas en la graduación, y lustró los zapatos con una dedicación casi ritual.

Mientras se peinaba, se sorprendió sudando frío.

—¿Estás bien? —preguntó Victoria desde la puerta, impecable en un vestido verde esmeralda que parecía resaltar aún más su porte elegante.

Daniel asintió, intentando esbozar una sonrisa.

—Estoy bien. Solo… un poco nervioso.

Ella se acercó, acomodándole la corbata con un gesto suave.

—No tienes por qué. Todo saldrá perfecto.

Él quiso creerlo.

Al llegar a la casa de los Percy, lo primero que le sorprendió fue la preparación. No parecía una simple reunión familiar; era un evento en toda regla. El jardín estaba adornado con flores blancas y rosadas, candelabros de cristal pendían de los árboles, y largas mesas estaban dispuestas con manteles de lino y copas de champán alineadas como soldados brillantes.

Daniel tragó saliva. Sintió que entraba en un escenario que no le correspondía.

—Victoria… —murmuró con un dejo de incomodidad—. ¿Todo esto es por nosotros?

Ella sonrió con una calma fingida.

—Mis padres suelen hacer las cosas a lo grande. No te preocupes.

Él trató de convencerse, pero el miedo lo embargaba. Caminó junto a ella hacia el jardín, donde los padres de Victoria conversaban animadamente con un grupo de familiares. La música de fondo, un cuarteto de cuerdas discretamente instalado, parecía burlarse de su ansiedad.

El primero en notar su llegada fue un hombre alto, de barba bien recortada y acento inglés inconfundible. Se levantó de inmediato, abriendo los brazos con una sonrisa amplia.

—¡Aquí está mi bella sobrina! —exclamó, abrazando a Victoria con entusiasmo. Luego se volvió hacia Daniel, sin darle aún la palabra, y presentó a su esposa, una morena elegante con sombrero de ala ancha.

—Dame un beso, cariño —dijo ella, besando a Victoria en ambas mejillas.

Daniel observaba la escena en silencio, intentando mantener la compostura. Fue entonces cuando notó un detalle: la mano de Victoria, entrelazada con la suya, se tensó de repente. Giró el rostro hacia ella y la encontró pálida, con la mirada perdida y los labios apretados.

—¿Qué pasa? —susurró él, apenas moviendo los labios.

Victoria no respondió, solo bajó la vista.

Y fue entonces cuando lo entendió todo.

Detrás del matrimonio recién llegado, avanzando con paso lento pero seguro, apareció un rostro que Daniel jamás había olvidado: el del hombre de la foto. El mismo que había visto en aquella selfie, besando a Victoria, con el brazo extendido hacia la cámara.

El primo.

Oliver.

Su ex.

Daniel sintió un vacío en el estómago, como si le hubieran arrancado el aire de golpe. De pronto todas las piezas encajaron: las escapadas a mediodía, las llamadas sin respuesta, las explicaciones vagas. Estaba allí, frente a él, como una confirmación cruel de sus sospechas.

Victoria intentó hablar, pero apenas pudo articular un murmullo.

—Daniel… yo…

Oliver se acercó con una sonrisa cargada de confianza, como quien sabe que está en terreno propio. Vestía un traje gris claro, impecable, y al encontrarse con Victoria, sus ojos brillaron con un destello ambiguo: mezcla de afecto, deseo y algo que Daniel no supo definir.

—Vicky… —dijo Oliver, con un tono casi íntimo—. Qué sorpresa verte aquí.

La abrazó, pero ella instintivamente se separó.

El corazón de Daniel latía con fuerza en su pecho. Miró a Victoria, esperando una reacción, una palabra que lo salvara del desconcierto. Pero ella permaneció inmóvil, atrapada entre el miedo y la vergüenza.

Oliver extendió la mano hacia Daniel.

—Tú debes ser el novio. Soy Oliver, primo de Victoria.

Daniel dudó un instante antes de estrecharla. Su piel ardía.

—Daniel —respondió con la voz grave, controlando con dificultad el temblor.

El apretón fue firme, demasiado firme, como si en ese gesto se disputara un territorio invisible.

El resto de los presentes siguió la escena con naturalidad, como si nada extraordinario ocurriera. Los padres de Victoria charlaban orgullosos sobre la noticia del compromiso, ajenos al terremoto que se desataba dentro de Daniel. El hombre de barba inglesa alzó su copa de champán y brindó:

—¡Por la felicidad de los novios!

Todos aplaudieron y rieron. En especial Oliver que lo hizo con sorna. Daniel sonrió forzadamente, levantando también su copa, pero apenas pudo probar el líquido. Cada vez que intentaba concentrarse en la conversación, sus ojos se encontraban inevitablemente con los de Oliver, que parecían clavados en Victoria con un magnetismo imposible de disimular.

Daniel notó cómo ella evitaba mirarlo, fingiendo interés en charlas triviales con las tías, amigos o familiares. Pero el temblor de sus manos la delataba.

Cuando finalmente se apartaron del bullicio y encontraron un rincón en el jardín, Daniel no pudo contenerse más.

—¿Quieres explicarme qué demonios significa esto? —preguntó en voz baja, aunque sus ojos ardían de furia contenida.

Victoria lo miró con súplica.

—No es lo que piensas.

—¿No es lo que pienso? —replicó él con sarcasmo—. ¿Entonces qué es? Porque ese hombre es el mismo de la foto, el mismo al que estabas mirando aquella tarde en el sofá. El mismo al que visitas a escondidas cada mediodía.

Ella se mordió los labios, sin encontrar palabras inmediatas.

—Fue un error, Daniel. Un error del pasado y no visito a nadie

Él rió, amargo.

—¿Un error que aún te persigue? ¿Un error que te hace temblar solo con verlo?

Victoria lo tomó de las manos, desesperada.

—Tienes que creerme. Sí, Oliver fue importante… demasiado importante. Pero lo nuestro terminó. Lo que siento por ti es real.

Daniel apartó la mirada, incapaz de soportar sus ojos.

—¿Entonces por qué lo ocultaste? ¿Por qué me dejaste pensar que estaba imaginando cosas?

Victoria no respondió. El silencio fue más elocuente que cualquier excusa.

El banquete continuaba alrededor, con risas, música y copas chocando. Para los demás era una celebración; para Daniel, una farsa dolorosa.

Observó a Oliver de lejos, rodeado de primos y tíos, con ese aire chulesco y seguro de sí mismo. Cada tanto, su mirada se desviaba hacia Victoria, y en esos segundos, Daniel sentía que todo lo que habían construido juntos se resquebrajaba. A Victoria se le veía inquieta.

“Las escapadas… las llamadas ignoradas… siempre fue él”, pensó, sintiendo que el mundo entero se burlaba de él.

Aquella noche, en medio del resplandor de luces y flores, Daniel comprendió que la verdadera batalla apenas comenzaba.

No era contra los padres de Victoria, ni contra su mundo de lujos. Era contra un fantasma que había vuelto con rostro y nombre: Oliver.

El primo. El ex.

El hombre que nunca dejó ir.

Continuará…