Xtories

Pídeme lo que necesites

El almacén del sótano estaba a punto de convertirse en su lecho. Ella sabía que él la miraba, y esta vez, decidió no dejarlo con la curiosidad.

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Sus ojos no dejaron de cruzarse durante aquel desayuno. Julián era nuevo en la oficina, apenas llevaba tres días trabajando allí y Jesús, la persona con la que pasaba la mayor parte de la jornada laboral, aprendiendo los entresijos de su puesto de trabajo, le había convencido para bajar a tomar un café con un grupo de compañeros. Así los vas conociendo, y es mejor que lo hagas a todos juntos, es una forma de ahorrar tiempo, le había dicho.

Julián se dejó convencer. Así fue como, en apenas 5 minutos, se encontró rodeado de un grupo de 9 personas, de las que sólo conocía a 2 de ellas.

De entre toda aquella gente, hubo una mujer que le llamó especialmente la atención. Se presentó como Rosa. Era una cincuentona que, sin ser exactamente guapa, conservaba las evidencias de haber sido un verdadero bellezón unos años atrás. Su cuerpo voluptuoso se presentaba embutido en un vestido corto y ceñido, en tono crudo, que dejaba poco lugar a la imaginación en cuanto a las formas y volúmenes de su cuerpo: un metro y sesenta de centímetros de altura, imponente pecho, y un soberbio culazo que era la tentación de cualquier mano. El cabello largo, oscuro y ondulado, y unos ojos también oscuros y muy vivos, completaban el aspecto de aquella mujer.

Rosa, mostrando una irresistible sonrisa, se sentó junto a Julián, mostrando sus muslos hasta casi el vértice de unión entre ellos. Ahora sí que había captado toda su atención. Los ojos de Julián viajaban sin parar desde los cercanos muslos hasta los ojos y la boca de la mujer, la cual no dejaba de mostrar su más cálida y arrebatadora sonrisa.

Ella misma se encargó de hacerle saber que se encontraba viuda y que, desde hacía mucho tiempo, había tomado la decisión de no tener pareja. Al menos nada formal, como ella misma se encargó de matizar.

La conversación, o mejor dicho, las conversaciones del grupo fueron distendidas y alejadas de todo lo que tuviera que ver con el trabajo. El ambiente era agradable y, hasta cierto punto divertido. Pero el tiempo para el desayuno terminó. De camino a la oficina, Jesús le comentó a Julián que, si necesitaba material de oficina, Rosa se lo podría proporcionar pues, entre otras atribuciones, era la encargada del material. A Julián le hacía falta algún cuaderno, una agenda y una grapadora, así se lo hizo saber a su compañero.

- Acompaña a Julián, Rosa. Y dale todo lo que necesite –le indicó Jesús.

- Ven conmigo –dijo una ronroneante Rosa, cogiendo suavemente del brazo a su nuevo compañero.

Julián se dejó llevar por Rosa, camino del sótano del edificio, en el que se encontraba el archivo, así como un pequeño almacén con material de oficina.

Mientras bajaban por la escalera, Julián no pudo dejar de pensar en el espectáculo que Rosa le ofrecería en el camino de vuelta, subiendo por aquella estrecha escalera, con ese minivestido que apenas tenía tela para cubrir sus muslos estando de pie.

- Bueno Julián, tú dirás qué necesitas –preguntó la mujer una vez que se encontraban en la puerta del pequeño almacén.

- Poca cosa: una agenda, un cuaderno y una grapadora –respondió el hombre.

Rosa franqueó por fin la puerta, y tras ella lo hizo Julián, más pendiente de su imponente culo que de cualquier otra cosa. La mujer empezó a buscar en diferentes estantes y a abrir y cerrar varias cajas. En apenas un minuto tuvo en sus manos una grapadora y un cuaderno, pero no era capaz de encontrar ninguna agenda.

- Sé que hay agendas, pero no logró ver dónde –se disculpó la mujer.

- No te preocupes, me apañaré sin agenda –respondió su compañero.

- Me deja mal sabor de boca no poder darte todo lo que necesitas –añadió Rosa, rozando sus labios con la punta de su lengua. Aquel simple gesto hizo que la verga de Julián reaccionara como impulsada por un resorte.

Rosa continúo buscando. Incluso colocó una escalera sobre una de las estanterías:

- Voy a mirar allí arriba, creo recordar que las agendas tán allí –explicó.

- Deja que suba yo –se ofreció el hombre, en un gesto de caballerosidad.

- No, deja que lo haga yo, es mi trabajo. Tú asegúrate de que la escalera no se mueva –pidió la mujer.

Así fue como Rosa ascendió por la escalera, mientras un alucinado Julián se dispuso a sujetarla, con sus ojos clavados en el diminuto tanga blanco que vestía la mujer, y que quedó al alcance de sus ojos y de sus manos, en cuanto aquélla ascendió por la escalera. El soberbio culo de la fémina hizo que su verga adquiera aún mayores proporciones, al igual que sus ganas por enterrar su mástil en aquel maduro y, a la vez, soberbio cuerpo.

- Aquí están. Todavía hay un par de agendas –dijo una Rosa triunfal, desde lo alto de la escalera, comprobando como su compañero estaba absorto deleitándose con la imagen de su culo.

- Gracias –acertó a responder Julián cuando Rosa, una vez de vuelta a su lado, le entregó una agenda.

- De nada hombre. ¿No deseas nada más? –preguntó ella.

- No, esto es todo –respondió Julián.

- ¿Estás seguro de que no deseas nada más? –insistió la mujer, con su más melosa voz, a a la vez que con una de sus manos rozó un brazo y el pecho del hombre-. Creo que sí deseas algo más, -volvió a sugerir la madura.

Julián, que hervía en deseos de montar a aquella soberbia jaca, no fue capaz de vencer sus impulsos más primarios, se abalanzó sobre ella, dejando caer al suelo todo cuando llevaban en las manos. Besó su boca con inusitada pasión, hundiendo su lengua en la boca de la mujer, hasta abrazar y envolver la de su compañera con la suya. Las manos de ambos se dedicaron a sobar, acariciar y recorrer el cuerpo del otro. Las de Rosa pulularon desde el pecho y la espalda de Julián, hasta bajar al enervado bulto que mostraba su pantalón en la entrepierna. Mientras que las manos de Julián pasaron de sobar las tetas de la mujer, pudiendo comprobar la dureza de sus gruesos pezones, a colarse bajo el cortísimo vestido, para acariciar y deleitarse con la cálida humedad de su coño, el cual había logrado empapar el tanga.

Un gemido de placer apenas pudo ser reprimido por la boca del hombre cuando su compañera alcanzó, tras haberle desabrochado el pantalón, a acariciarle la polla bajo el bóxer. El suave tacto de aquella desconocida mano, la forma en la que deslizó sus dedos desde el glande hasta la base de sus huevos, y el modo imperioso y lascivo con el que le besaba, paseando la lengua por sus labios, hizo que explotara en un intenso e irreprimible gemido.

Por su parte, el hombre logró subirle el vestido hasta la cintura, algo que no era nada difícil teniendo en cuenta que realmente apenas llegaba un poco más abajo, para poder perforar con sus dedos el cada vez más caliente y mojado coño de la mujer. Un par de dedos entraron con inusitada facilidad en aquella fabulosa cueva, inundada en fluidos cada vez más abundantes. Ahora fue ella quien tuvo que ahogar sus ganas de gemir como una loca, para evitar ser escuchados desde la planta superior.

Con los ojos febriles y los cuerpos desbocados, Julián empujó a Rosa contra la pared más cercana. La mujer, aun más excitada por aquella muestra de virilidad en el hombre, rodeó la cintura de aquél con sus piernas, logrando sujetarse así, y con la presión que el hombre ejercía contra ella, aprisionándola contra la pared.

De inmediato, el macho pudo abrirse camino con la punta de su nabo en el coño de la mujer. Tras un primer envite, con el que logró introducir apenas un par centímetros de su grueso cipote en el cuerpo de ella, vinieron un par de embestidas más, con las que ya sí, toda su polla quedó enterrada en el chocho ardiente de Rosa.

Esta vez, el gemido de placer de la mujer fue ahogado con un beso intenso y abrasador del hombre.

Tras aquello, una sucesión de potentes embestidas tuvo lugar, de forma que cada vez que se producía una, el cipote del hombre salía para volver a entrar, hundiéndose completamente en el cuerpo de la mujer, llenándola así por completo, y haciéndola enloquecer en los brazos de aquel casi desconocido.

Julián, además de empujar con sus violentas embestidas a su compañera, aplastándola contra la pared, sujetaba el cuerpo de ella con sus manos, bajo su majestuoso culo, el cuál apretó y sobó como si le fuera la vida en ello, absolutamente embriagado por el deseo.

La intensidad con la que el hombre percutía con su verga en el coño de Rosa era casi diabólica, casi desconocida hasta para él mismo. Mientras esto sucedía, la mujer se aferró al cuerpo del macho como si se tratase de un koala, sintiendo como sus fluidos se deslizaban desde su coño hacia el exterior de su cuerpo, empapándolo todo a su paso, y envolviendo con ellos la vigorosa y gruesa polla de su amante.

Apenas unos minutos después, abrazada completamente por el cuerpo de aquel macho que tanto la había calentado nada más verle, sintiéndose invadida por su cuerpo, llena y plena como pocas veces, un soberbio orgasmo invadió el cuerpo de Rosa. Un latigazo tremendo que la hizo estallar, sintiendo como una corriente eléctrica descomunal recorría cada poro de su piel, cada parte de su cuerpo, haciéndola cerrar los ojos y abrir la boca, para gruñir y pronunciar palabras ininteligibles, mientras sus uñas se clavaron en la espalda de su amante, y su coño se contraía para aprisionar con fuerza la verga que se alojaba en su interior

Inmediatamente después fue Julián quien, loco de placer, sucumbió a un fenomenal orgasmo, descargando el contenido que sus huevos albergaban en el interior de las entrañas de su nueva compañera. Necesitó varias sacudidas para darse por satisfecho, para liberar todo el contenido de su néctar que había acumulado en los últimos minutos. Sus piernas apenas eran capaces de sostenerle, mientras su boca mordía los labios de la mujer, y su cuerpo embistió alguna vez más, con todas sus fuerzas aquel cuerpo que, apenas unos minutos antes, no conocía.

Tras las corridas de ambos, y trascurridos unos instantes para recuperar el aliento, recompusieron sus ropas y atusaron sus cabellos antes de salir de aquel pequeño almacén en el que un intenso olor a sexo, así como un pequeño charco de fluidos y de semen en el suelo, eran la prueba de lo que había acabado de suceder.

Ya en el hall de la oficina, Rosa se dirigió de nuevo a Julián:

- Julián, no te olvides de esto –y pasó a entregarle el material de oficina que habían ido a buscar.

- Oh, sí, gracias –respondió él un poco descolocado.

- Y no lo dudes, siempre que necesites algo…, no dudes en pedírmelo. Aquí estoy para servirte –respondió la mujer, con su más cautivadora sonrisa.