Entre Mis Dedos (Mis Inicios Pt. II)
Llevaban tres meses de novios y solo se habían besado tímido. Pero esa tarde, mientras la película sonaba de fondo, ella decidió que la curiosidad era más fuerte que la vergüenza. No fue un acto de pasión desenfrenada, sino un descubrimiento lento, torpe y absolutamente íntimo.
Habían pasado unos meses desde aquella noche en la que esa curiosidad me invadió y descubrí mi propio cuerpo, curiosidad que no me había abandonado desde entonces, solo había cambiado de forma.
Me exploraba a solas de vez en cuando, y lo llegaba a hablar con mis amigas. Pero lo mantenía en secreto de Diego, mi primer novio. Llevábamos apenas 3 meses, me lo había pedido en diciembre, y nuestra relación no era nada más que besos tímidos y mensajes a escondidas, lo típico para nuestra edad.
Un día fueron unas personas de la Secretaría de Salud a dar una charla de educación sexual, y entre las típicas risas de mis compañeros, nos contaron que a nuestra edad solíamos tener nuestras primeras experiencias sexuales, y nos hablaron de todo: enfermedades, infecciones, métodos anticonceptivos y sobre la masturbación.
Fue en ese momento que por fin le pude poner nombre a eso que hacía de vez en cuando estando a solas, pero también descubrí que los hombres hacían algo parecido, y fue ahí cuando algo se encendió dentro de mí.
Empecé a pensar en cómo sería compartir eso con Diego, y me preguntaba si él también lo había hecho. Esos pensamientos rondaron mi cabeza el resto de la charla, hasta que esta terminó, y uno de los médicos pasó repartiendo una tira de condones a cada alumno, para después retirarse. Seguimos con las clases normales, pero yo ya tenía una idea plantada en mi cabeza.
Una tarde lo invité a casa. Mis papás no iban a estar hasta tarde, y ya les había pedido permiso antes, así que no debía haber problema. Él llegó con unas botanas, el plan era ver películas en la sala, pero yo tenía intenciones diferentes.
Llevábamos media película, abrazados en el sofá, cuando decidí poner el tema sobre la mesa:
—¿Te acuerdas de la plática del otro día?
—Sí, estuvo medio rara, la verdad —me respondió.
—Sí... sobre todo cuando hablaron de la masturbación, fue medio incómodo, ¿no?
—A mí no, me incomodó más cuando hablaron de las enfermedades, que mostraron imágenes y todo.
—Sí, eso también, pero a mí me incomodó porque... creo que llevo haciéndolo desde hace unos meses, pero no sabía cómo se llamaba.
En ese momento mi corazón se aceleró, pude sentir cómo volteó su mirada hacia mí, la cual no correspondí por los nervios.
—¿En serio? ¿Y cómo se siente? —me preguntó.
—La verdad se siente bien... ¿Y tú... lo has hecho alguna vez?
—No, me ha dado curiosidad, pero nunca me he animado.
Me quedé en silencio, pensando en qué decirle y cómo proponerle la idea. Mis manos sudaban, pero decidí animarme. Puse mi mano en su pecho, acariciándolo un poco, hasta que me atreví a preguntar:
—¿Quieres... que te ayude?
Él me miró sorprendido, pero no dijo nada. Solo alcanzó a dar una sonrisa nerviosa, con sus mejillas sonrojadas, igual que la vez que acepté ser su novia. Fue entonces que asintió en silencio y con algo de duda, y para calmarlo decidí darle un beso.
Me levanté para poner algo de música baja en mi teléfono. No sé por qué, pero me sentía lista. No estaba nerviosa, sino emocionada. Tenía la idea tan clara que, cuando me senté a su lado y le acaricié el pecho por debajo de su camiseta, él solo cerró los ojos. Supe que lo entendía y que lo quería también.
Deslicé mis dedos hasta el borde de su pantalón. Sentí su respiración agitarse, y eso me hizo temblar por dentro. Empecé a desabrochar su pantalón despacio, casi con devoción, como si lo que estaba a punto de tocar fuese tan frágil que el mínimo roce lo rompiera.
Descubrí su pelvis por completo, y ahí estaba él. Tan distinto a mí, pero tan vivo. Lo tomé con una mezcla de miedo y emoción. Estaba tibio y palpitaba un poco.
Al principio no sabía bien qué hacer, solo recordaba mis propios movimientos, así que los imité. Mis dedos lo acariciaban con torpeza al principio, pero luego con ritmo. Supe que lo estaba haciendo bien cuando escuché un leve gemido escapar de su boca. No me lo esperaba. Fue tan suave, tan sincero, que me removió por dentro, y aumenté un poco la velocidad.
Su rostro decía más que cualquier palabra. Se le notaba en los labios entreabiertos, en los párpados pesados, en cómo se aferraba al sofá como si estuviera flotando. Verlo así me impactó, pero a la vez me gustó: era la primera vez que sentía que mi cuerpo podía darle placer a alguien más. Y eso me cambió por dentro.
Su respiración se agitaba cada vez más, mientras sus piernas tenían pequeños espasmos y su espalda se arqueaba. Pero yo continuaba. No me lo decía, pero sabía que lo estaba disfrutando, ya que pude verme reflejada en aquella noche de octubre.
Sus piernas se pusieron tensas, sus jadeos eran más fuertes, y fue cuando terminó, y pude ver cómo empapaba mi mano con algo blanco y espeso. Pensé que le había hecho daño, pero lo descarté cuando dejó escapar un suspiro largo con una pequeña risa. Nos miramos y no pudimos evitar reír bajito, con los nervios aún encima, como si hubiéramos hecho una travesura.
No fue muy escandaloso. Fue simple, hermoso y nuestro. Nos dimos un beso, y fui a la cocina por unas servilletas para limpiar. Una parte había caído en su pecho, otra había caído en el sofá, pero la gran mayoría había quedado entre mis dedos.
Poco después llegó la hora de que volviera a casa, y aunque no volvimos a tocar el tema de inmediato, esa tarde marcó un antes y después en mí. Descubrí que había cruzado una línea, y que se me había presentado un nuevo mundo lleno de posibilidades, el cual estaba dispuesta a explorar.
(Continuará...)
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