Habitación con vistas II, Lo que nunca sentí
Cada noche, la puerta de su habitación se convierte en el umbral de un secreto prohibido. Liv escucha, se toca y se entrega a un placer que nunca imaginó posible, sin saber que alguien del otro lado ya sabe que la está observando.
Lo que nunca había sentido
Desde aquella noche, algo se había activado dentro de Liv, una llama interna que no sabia que tenia se había encendido, y tenía que buscar una manera de apagarla, no era solo la imagen mental de Clara gimiendo entre las sábanas, de imaginarla en diferentes posiciones mientras Héctor la penetraba ferozmente y le decía cosas al oído, era algo más profundo, más inquietante, como si hubiese abierto sin querer una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada dentro de ella, algo que estaba muy oculto, en el fondo de su alma, pero que de a poco afloraba, y lo peor; le gustaba…
No lo había buscado, no lo había planeado, pero ahora lo sentía, en la piel, en los muslos, en la boca seca cada vez que pensaba en ellos, en momentos insospechados, mientras compartían el desayuno o veían la tele en el salón, mientras estaba en su cuarto estudiando o mientras tomaba café en la terraza de su habitación, la escena se repetía en su cabeza, ella parada fuera del cuarto, mientras ellos fornicaban como animales; era inevitable tocarse mientras se duchaba, masturbarse en el baño paso a ser una rutina obligatoria, casi como un ritual religioso, solo con colocar el chorro de agua en su vagina hacia que todo su ser se calentara, y solo se preguntaba ¿qué me pasa? Esta no soy yo, aunque se masturbaba con cierta frecuencia nunca lo había hecho tan seguido, lo hacía desde los 16 años, momento en el que empezó a explorarse, a descubrir esos puntos donde solo con un ligero toque hacia que su cuerpo temblara, esas zonas que la hacían sentir esas cosas.
Liv no tenía una gran experiencia sexual, había tenido solo dos parejas, ambas en relaciones formales, más o menos del mismo estilo: chicos jóvenes, torpes, ansiosos por llegar al final sin entender el camino, solo preocupados por penetrar y eyacular, aunque no se había sentido completamente satisfecha fingía estarlo, el amor y cariño que sentía por ellos evitaba decir algo que los fuera a lastimar, a herir ese orgullo de macho, pero precisamente por eso nunca había llegado a eso que describían los libros, las películas, o sus amigas, ese tan ansiado “ORGASMO”, pero ahora… algo en la manera en que Clara gemía, en la respiración espesa que salía de esa habitación, en cómo se escuchaba a Héctor comprometido en darle placer a su esposa le despertaba una sensación desconocida, deseo verdadero, calor húmedo entre las piernas, pulsos profundos que le hacían temblar los muslos sin que nadie la tocara.
Habían pasado varias noches después de escuchar todo desde el pasillo, pero allí estaba de nuevo, espiando, en silencio, esa mezcla de emoción y miedo, esa adrenalina por el miedo a ser descubierta, las ganas eran más grandes que la razón, se tocó por impulso, apenas unos instantes, con culpa y prisa, como una adolescente, no llegó a correrse, no quiso, tampoco tuvo el tiempo suficiente, pero definitivamente lo disfrutaba, todas las noches la misma rutina, escucharlos un rato al lado de la puerta y luego iba a su cuarto a tocarse, era lo que necesitaba para conciliar el sueño, las noches que no escuchaba nada volvía a su cuarto triste, como si algo le faltara, se estaba volviendo adicta a esos sonidos, a esas masturbaciones nocturnas para poder conciliar el sueño.
Cada noche se decía lo mismo, esto no está bien, porque lo hago, pero cuando escuchaba el primer gemido, el cuerpo se movió solo, descalza, con la camiseta larga pegada a la piel por el calor y la ansiedad que sentía, se deslizaba hasta el mismo lugar junto a la puerta cerrada, y simplemente escuchaba, afinaba el oído y allí estaban los gemidos de Clara, la respiración entrecortada, el golpeteo constante, la respiración de ese macho moreno, pero algo era diferente, habían estado tomando vino desde tempranas horas, celebrando la buena temporada de exposiciones de la galería que dirigía Clara, tal vez fue el licor, pero esa noche fue más intensa, ella gemía más fuerte, con un ritmo entrecortado, como si no pudiera contenerse, Héctor hablaba, su voz era más grave, más áspera, se oía el sonido del colchón y el golpe del cabecero con un ritmo hipnótico, un jadeo profundo, sucio, la penetración era evidente, Clara gritaba su nombre, lo pedía más fuerte, más rápido, más hondo, mas y mas y mas……..
Liv sintió que se derretía, su mano temblaba mientras la bajaba por su cuerpo, primero se apretó los pechos, luego deslizo una mano lentamente hasta llegar al muslo, fue cuestión de tiempo hasta que se encontró con la humedad bajo la tela, desconocía que fuera capaz de generar tantos jugos, que su vagina pudiera emanar tanto calor, de sentir sus labios tan sensibles y gruesos, sus dedos se movieron apenas, como con vergüenza, como si estuviera haciendo algo prohibido, pero era tan intenso el deseo, tan real el calor, que no pudo frenarse, lentamente corrió la delgada tela de su tanga para poder tocar libremente su parte mas privada, y allí, de pie, recostada a la pared empezó a masturbarse, solo basto un roce de sus dedos a su clítoris para que todo su cuerpo fuera inundado por un placer mortal, estuvo a punto de soltar un gemido, pero rápidamente se pudo cubrir la boca.
Fueron solo unos pocos minutos, pero parecieron eternos, tuvo que correr a su cuarto para poder terminar lo que había empezado, se desnudó rápidamente, se acostó en la cama, y con las piernas bien abiertas se masturbo fuertemente, con furia, imaginando que era ella la que recibía las penetraciones de Héctor, tuvo que colocar la almohada en su cara para poder gemir, y finalmente llego…. Finalmente tuvo un orgasmo, sentía que tocaba el cielo, que le fallaba la respiración, y se dio cuenta de que todo lo que había escuchado era real, que si era posible sentir tanto placer; bastaron un par de minutos para que callera en un profundo pero delicioso sueño, en esa cama grande y blanca, junto a la ventana, esa la de las vistas hermosas, con la luna entrando por su ventana, Madrid presencio como Liv descubría un nuevo universo de placer, de plenitud total.
Al siguiente día todo parecía normal, como si nada hubiera ocurrido, desayunaron juntos, hablaron de muchas cosas, trabajo, universidad, cosas vánales, luego cada quien tomo su camino, Clara fue la primera en irse, tenía que ir a la galería para organizar la siguiente exposición, Liv y Héctor se quedaron solos, pero nadie pronuncio una palabra, pero eso no evitaba que se le pasaran cosas por la cabeza de la joven, recordar los sonidos y gemidos, empezó a sentir que se mojaba, que su cuerpo se ponía tenso y sus pezones duros, y antes de que tuviera un impulso e hiciera algo que no debía dijo que tenía que irse a la universidad, salió corriendo de la cocina, simplemente sentía vergüenza de verlo directamente a la cara, o era miedo de no poder contenerse y hacer lo que quería, lo que su cuerpo le pedía, lo que su alma deseaba intensamente.
Liv no quiso volver a casa temprano, necesitaba respirar aire puro, pensar con calma todo lo que estaba pasando, procesar todo lo que estaba ocurriendo, analizar todo lo que había sentido esa noche, iba sentada en el metro recordando todo e instintivamente se apretó un pecho y sonrió, fue todo muy mecánico, instintivo, básico, pero no era el mejor lugar para hacerlo, un hombre mayor que estaba al frente se dio cuenta y la miro con lujuria, la desnudo con la mirada, Liv se percató de lo que había sucedido, no pudo evitar sonrojarse eso la hacía ver mucho más linda, su piel blanca siendo inundada por la sangre de sus vasos sanguíneos debió a la pena, rápidamente se levantó y aunque no era su estación salió del vagón corriendo y prefirió caminar hasta su casa, cuando llego eran ya más de las 10 de la noche, la pareja estaba terminado de cenar, le ofrecieron de comer y ella amablemente acepto, cenaron tranquilamente y luego cada quien se dirigió a su habitación.
Esa noche Liv espero con paciencia los sonidos, pero no pasó nada, sentía que algo le faltaba, ya era una droga que necesitaba para poder dormir, para poder saciar ese deseo interno que cada vez era más intenso, que solo podía contener masturbándose mientras escuchaba a la pareja mientras follaban salvajemente.
Llevaba varias noches sin escuchar nada, pero presentía que ese día era diferente, de nuevo habían tomado vino desde tempranas horas, esta vez era porque a Héctor le dieron el cargo de editor en jefe en una de las revistas en las que trabajaba, era un puesto que tenía años esperando, ella los acompaño mientras sentía que el licor cada vez calentaba más su cuerpo, como su piel se volvía más receptiva, como le pedía a gritos ser tocada y saciada, se quedó en el salón mientras la pareja de despidió y se dirigió a su cuarto, fingió leer un libro, pero tenía puesta la atención en el sonido del agua de la ducha, en los pasos que iban y venían desde la habitación, en el chasquido final de la puerta al cerrarse.
Después de un rato por fin escucho lo que tanto esperaba, rápidamente se acercó a la puerta, Clara gemía bajo, como si intentara no hacer ruido, pero lo que más la excitó fue lo que Héctor le decía. Palabras en voz muy baja, casi inaudibles, pero cargadas de lujuria, frases como "te encanta", "mira cómo te follo", "abre más", y otras más sucias, que Liv solo entendía a medias… y que la hacían palpitar por dentro.
Su cuerpo respondía solo, se dejaba llevar, allí en su sitio privado, al lado de esa puerta, esa puerta que abrió algo que no sospechaba que tenía en su interior, pero que ya era imposible de cerrar, a veces solo se rozaba por encima de la ropa interior. Otras veces se entregaba más, metía directamente sus dedos hasta lo más profundo de su ser, sentía como le fallaban las fuerzas en sus piernas, como tenía que poner una mano en su boca para no hacer ruido, mientras que con la otra se daba placer, empezaba a entender lo que era el deseo puro, el que no depende del contacto, sino de la imaginación, del sonido, de la idea de algo prohibido, inalcanzable, sucio y hermoso al mismo tiempo, luego de varios minutos de escuchar como la pareja se daba placer no tuvo más remedio que ir a su habitación para poder tener su propio orgasmo, cada noche era mejor, como si aprendiera a darse placer, descubrir cada rincón de su cuerpo, y a como complacerlo.
Durante el día intentaba comportarse con normalidad, clara seguía siendo dulce, amable. Héctor, encantador, atento, relajado, a veces pasaba junto a él en el pasillo y sentía un cosquilleo extraño, como si él supiera lo que ella hacia cada noche que tenían sexo, como si pudiera olerla, o adivinar lo que pasaba por su cabeza, y quizás… lo sabía.
Una mañana Clara la abrazó al salir, despidiéndose con un beso en la mejilla, era ya algo rutinario, pero esta vez que le rozó la comisura del labio, le sonrió con los ojos brillantes, y Clara le dijo:
Necesitas descansar, parece que no duermes mucho últimamente.
Liv sonrió nerviosa, no supo qué decir, el día transcurrió como muchos otros, ir a la universidad, y volver a casa, cenar con ellos y luego ir a su habitación, esa noche, como las anteriores, no pudo resistirse, a la una y treinta de la madrugada, salió al pasillo, se acercó a la puerta y puso su oído, cerró los ojos, y escuchó.
Te encanta, ¿verdad? Sí… sí… más… Estás tan mojada… me encanta cuando eres así de puta.
Y a mí me encanta ser tu puta, la que te lo chupa hasta hacerte correr y que dejes toda tu leche en mi boca,
Y entonces, Héctor gritó, gritó de verdad, un orgasmo largo, rasgado, húmedo, imposible de fingir y de ocultar o de contener, mientras decía eso puta, me encanta llenarte la cara de mi leche…. Liv se corrió apenas tocándose, con un temblor suave, con los labios entreabiertos, con el corazón en la garganta, y sabía, muy en el fondo, que aquello era solo el principio de una historia que no sabía en qué iba a acabar.
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