Xtories

G&S. Mi semen y el de Manu, mezclados en su coño

Silvia no se limpia el semen de su novio antes de recibirte. Sabe que te excita saber que compartes su cuerpo, y tú sabes que ella nunca te dejará ser el único. Esta noche, la cocina será el altar donde sellen su pacto de silencio y deseo.

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Greg & Silvia. La novia de mi amigo me morrea 2: Mi semen el de Manuel (su novio), mezclados en su coño

(Contesto al comentario del anterior relato al final de este.)

Cada vez que me alzaba para besarla de nuevo, aplastaba su cara contra la mía, dejándonos llevar por ese dulce y obsceno morbo infiel que tanto nos gustaba a los dos.

—Sigue besándome así… —le susurré—. Hazme lo que tú quieras… pero hazme tuyo… Aaahhh… Te quiero, Silvia…

La pareja de mi amigo no respondió con palabras, sino que me besó tan fuerte que casi me hizo daño en los labios, y entre beso y beso, se bajó los pantalones. Llegados a su ropa interior, la ayudé a quitársela con una sola mano, sin dejar de mirarla.

—Aaahhh… Fóllame… —me gimió al oído, la muy calentorra—. Mmmmmm… Greg… Fóllame… Aaaaaahhh… Te necesito dentro de mí, cariño…

Y así lo hice: entré despacio, con una precisión que no tenía en ningún caso por casualidad, sino por la más primaria de las costumbres… sobre todo tratándose de mi amante, de mi hembra.

—¿Así? —le pregunté, mordiéndole el labio inferior, buscando no hacerle daño en la entrada de su cueva.

—Asííí… —jadeó ella, agarrándose a mi espalda y arañándomela—. Mmm… Sííí… Más… Mááásss…

A medida que la penetraba, noté algo que me resultó morbosamente familiar: una viscosidad que abundaba en aquellas íntimas profundidades y que, igual que sus paredes vaginales, se me adhería y pegaba a la polla.

—Mmmmmm… Noto a Manuel, Silvia… Aaahhh… Noto el rastro que ha dejado dentro de ti… Ni siquiera te has limpiado su semilla antes de venir, pedazo de guarra…

—Claro que no… Mmm… Sííí… Greg… ¿Para qué? —me preguntó, mirándome fijamente a los ojos, con una expresión que daba a entender que era algo completamente lógico y evidentemente—. Si ya sabes que a mí me excitan todas estas guarradas… Aaahhh… Pffffff… Además… A ti también te encanta enlecharme después de mi novio… Vaciarte dentro de mí en mucha mayor cantidad que él… Lo noto por lo dura que se te pone la polla cada vez que te digo que te corres más que Manu y que te prefiero mil veces…

Silvia me decía todo esto mientras me rodeaba con las piernas, con los brazos, con el cuerpo entero. Me empujaba hacia adentro, hacia sus entrañas, devolviéndome cada embestida con la fuerza de quien necesita poseer a alguien antes de que lo arranquen de nuevo.

Bajé la mirada y comprobé con gusto cómo mi polla entraba y salía de su cálido y húmedo coño, cómo mi soldado se adentraba en su depilado vello púbico y mis testículos chocaban contra sus nalgas y su apetecible trasero.

Se me revolvieron los huevos de placer ante esta visión y me incliné hacia su cuello, besándola, jadeando sobre su piel.

—Eres mía —le susurré entre dientes, saboreando cada palabra, y oliendo en el aire el inconfundible rastro de la pasión que estábamos dejando—. Aunque duermas con él… Aunque le sonrías… Eres mía aquí —le gemí.

—Soy tuya siempre… —me respondió, apretándose contra mí—. Eres mi macho favorito, ya lo sabes… Pero cállate y fóllame... Más… ¡Ummm…! ¡Sííí…! Te adoro, Greg… Te deseo… Mmmmmmfff… Eres el mejor…

La cocina se llenó de ruidos húmedos, de jadeos, de palabras ahogadas. Yo la sujetaba fuerte, golpeando con ritmo creciente, con hambre, con rabia, con ternura. Silvia se inclinó hacia adelante, me besó el cuello, la mandíbula, los labios… Nuestros rostros estaban enrojecidos fruto de la pasión.

Llegamos al clímax entre gemidos bajos, besos húmedos y temblores, con los cuerpos atrapados entre la encimera y la nevera, entre el frío del metal y el calor que emanaba de nuestros vientres. Silvia me abrazó con fuerza cuando terminó, sin dejar que me apartara ni un centímetro de ella, respirando con dificultad sobre mi cálido hombro, brillante por el sudor.

Pasamos unos segundos en completo silencio, oyéndose únicamente el sonido de nuestras bocas y narices, recuperando el aliento, y el eco sordo de la nevera.

Finalmente, Silvia se sacó mi herramienta de dentro —ahora más flácida—, y bajó de la encimera, despacio, desnuda, pero no sin antes besarme otra vez de forma lenta y larga. Viendo que por sus muslos descendía semen —mío, de Manuel o mezclado de ambos, quién sabe—, se cerró la entrada de la vagina con cuidado, para no ponerme el suelo perdido, mientras se mordía el labio.

No podía dejar de mirarla mientras recogía su ropa interior del suelo, aún descalza y despeinada. Tenía ese cuerpazo brutal hecho para el deseo, para el pecado: unas curvas intensas, precisas, diseñadas para perderse, con la cintura marcada, las caderas amplias, los pechos grandes y altos, las piernas largas... Todo en ella decía “ven y tócame”, incluso cuando no decía nada.

Me fijé también en sus ropajes, que no hacían sino aumentar su aspecto sensual… y oscuro: la novia de Manuel, aunque no era gótica en el sentido estricto de la palabra, sí vestía con normalidad atuendos oscuros que bien le valdrían para pasar más o menos desapercibida en un entierro —si nadie reparaba, eso sí, en sus escotes con dibujos esqueléticos ni en sus conjuntos inspirados en “Elvira, la reina de las tinieblas”.

—¿Te gusta lo que ves, Greg? —me preguntó, dándose cuenta de que la observaba, en un momento dado en que estaba agachada y tenía el culo en pompa delante de mí.

—Mucho… Es que eres un pibón oscuro, Silvia —le solté, acariciando su trasero con la mano, a lo que ella no hizo ni el más mínimo gesto de apartarse—. El sueño húmedo de un funeral.

—Eres idiota jijiji —rió, de espaldas, mientras se subía las bragas.

—Sí, pero soy un idiota que te acaba de empotrar contra la nevera hace menos de diez minutos y que te ha dejado el chochazo bien lleno de lefa a compartir espacio con la de tu novio cornudo.

Al escuchar esto se giró, aún con el pelo alborotado y la boca roja y húmeda, se me acercó despacio y, apretando su pecho contra el mío, tocándose nuestras frentes y napias, me contestó:

—Y te dejaría que me lo hicieras otra vez.

Y antes de que pudiera contestar, me besó nuevamente.

***

Aún a medio vestir, nos relajamos en el sofá, Silvia sentada a horcajadas sobre mí. El ambiente se había calmado, el deseo latía de fondo pero ya no era urgente. Nos pusimos a hablar con algo más de seriedad, yo con una mano en su cintura, acariciando su piel por debajo de la camiseta.

—¿Has pensado en lo que hablamos… sobre dejar a Manuel?

Mi pregunta hizo que cambiara su expresión, y que sus ojos perdieran algo de brillo.

—No me preguntes eso —susurró, con voz cansada, casi en tono de súplica.

—Te lo tenía que preguntar alguna vez —le dije, sin dejar de acariciarla.

—Lo sé —asintió, bajando la mirada, y se quedó en silencio.

—¿Se lo vas a contar algún día?

Ella negó con la cabeza, despacio, como si le pesara.

—¿Tú crees que debería hacerlo? —me preguntó, volviendo a mirarme a los ojos, aunque con expresión seria—. ¿O que podría hacerlo siquiera? ¿Mirar a los ojos del hombre con quien duermo cada noche y revelarle que lo he traicionado durante… cuántos meses ya?

—Casi un año…

Mi amada suspiró y se separó un poco, aunque no lo suficiente como para romper el contacto.

—No me hagas pasar por esto —me pidió, mostrándose vulnerable, algo que no hacía con frecuencia—. Por favor. No hoy. No ahora. No cuando todo está bien… —me dijo, negando con la cabeza y mordiéndose el labio, nerviosa.

—Solo quiero saber si… si esto tiene un final. La última vez que lo hablamos, llegamos a una especie de punto de encuentro, pero no lo confirmamos como el plan oficial a seguir…

—Sí, lo sé, Greg —asintió ella, mirándome con fragilidad—: mis hijos contigo, de tu sangre y la mía juntas, y los apellidos de Manuel y míos. Tú quieres viajar y no tendrás tiempo para ser padre, pero aun así quieres descendencia. Yo sí quiero formar una familia y, pese a todo, estoy muy enamorada de Manuel… pero no me importa demasiado si me dejáis embarazada él o tú. Os amo a ambos.

—Exacto… Pero mientras tanto… —besé su cuello con suavidad mientras le hablaba, a lo que ella cerró los ojos y se dejó hacer—. Mientras yo no estoy en el otro confin del mundo…

—Sé que tienes razón —me admitió—. Que vivir así no es justo para ninguno. Ni para él. Ni para ti. Ni para mí. Pero… ¿no estamos bien así? ¿No lo hemos manejado todo de forma perfecta?

—Sí —afirmé, pues razón no le faltaba en eso—. Lo has manejado bien. Lo hemos manejado bien. Lo sé: ni una sola sospecha de absolutamente nadie en todo un año… y eso que ha habido veces en que nos la hemos jugado muchísimo jeje.

Silvia bajó la mirada de nuevo y se agarró a mi cuello, como si buscara consuelo, pero también refugio.

—Yo no puedo ser valiente ahora —se me sinceró en voz baja—. No con él. No con todo lo que perdería si esto se supiera. Tampoco contigo, Greg, mi amor, porque estoy demasiado enamorada de ti como para convertirte en el malo de esta historia. Te quiero demasiado.

Asentí, comprensivo, sin apartar mi mano de su cintura.

—No te pido valentía, Silvia. Solo verdad.

Tragó saliva y contestó:

—La verdad es que estando contigo es cuando más viva me siento: me haces feliz, cuando me besas siento que soy yo... Eres quien mejor me folla… Quien mejor me hace suya… Pero también es verdad que aún no puedo dejarlo. Ni tengo el valor de explicarle nada.

Analicé sus palabras y la besé suavemente en la frente, no con pasión sino con comprensión.

—Está bien —acepté—. Lo entiendo.

Silvia cerró los ojos, aliviada. No porque todo estuviera resuelto o hubiéramos llegado a una solución real, sino porque yo no le exigía nada y seguía a su lado, y habíamos superado ese momento incómodo.

—No sé cuánto tiempo podré mantener esto —me susurró, casi como si fuera un pensamiento verbalizado.

—Yo sí —respondí—: todo el que haga falta hasta decidirnos. No voy a dejarte sola con esto por nada del mundo. No serás mi novia pero eres mi mujer.

Entonces me miró, entre agradecida y triste.

—¿No me odias un poco, Greg? No podemos hacer oficial lo nuestro porque yo sigo perdidamente enamorada de Manuel y no puedo elegir a uno u otro, y además… en lo más profundo de mi ser… tampoco quiero.

—Ni un poco, Silvia: yo no sé qué haría si estuviera en tu lugar.

Mi respuesta provocó que me sonriera con una dulzura rota. Se inclinó y me besó de nuevo, con esa forma tan especial que tenía de hacerlo, ejerciendo esa enternecedora presión cálida que tanto nos gustaba a su chico y a mí.

—Gracias por no hacerme elegir —dijo, contra mis labios, con la voz temblorosa—. Sé que no es justo para ti… Sé que la promiscua soy yo… Que soy la mujer de dos hombres… Que de noche tú duermes solo… y yo con él.

Ahí Silvia se calló un momento, y su mirada bajó hasta mi pecho, como si no se atreviera a sostenerme los ojos. Sus palabras eran dulces pero duras al mismo tiempo, tanto para el emisor como para el receptor.

—Te estoy muy agradecida por no dejarme, de verdad —prosiguió, tragando saliva—. Por no empujarme a elegir cuando sabes que no puedo… teniendo además tú todo el derecho a hacerlo.

Me mantuve callado, comprendiendo que lo que Silvia hacía en ese momento, abrirme su corazón, no era algo que ella hiciera normalmente.

—Soy débil —continuó, casi en un suspiro—. Esa es la realidad: no quiero renunciar a mi novio, ni quiero perder lo que tengo… aunque me duela en el alma cada vez que te veo irte porque en público solo eres mi mejor amigo.

“Saber que lo entiendes —dijo por fin, alzando un poco la mirada, como si necesitara que la escuchase con el alma—… saber que no me odias… es lo que me hace recordar por qué me enamoré también de ti.

—Yo no te odio, Silvia —le confirmé, asintiendo, con los ojos brillantes—. No podría… Yo soy el cabronazo que se declaró a su mejor amiga en cuanto el novio de esta se marchó a trabajar, así que… también soy culpable. Te quiero así, aunque no sea fácil.

Mi amada cerró entonces los ojos, vencida por una mezcla de alivio y culpa.

—No te merezco —murmuró—. Nadie me comprende como tú.

—No me importa: yo tampoco merezco que tu novio me considere uno de sus amigos íntimos, pero así son las cosas.

Y dicho esto la abracé, no como amante ni como víctima, sino como alguien que había elegido quererla aun con todas sus contradicciones, sin pedirle que fuera distinta a cómo a ella le salía ser al natural.

Se dejó caer sobre mi pecho, acurrucando su mejilla contra mi piel, y por un rato, ninguno de los dos pensamos en Manuel ni en lo que estábamos haciendo a sus espaldas desde hacía un año.

CONTINUARÁ…

Antes de nada, agradezco tu comentario y tus palabras acerca de mis aptitudes escribiendo, Merlin. Hay muchas formas de excitar, y a mí me gusta tanto la escena sexual explícita como el contexto de la misma, los pensamientos de los personajes… Me gustan los buenos romances, y he buscado transmitir las sensaciones que sentí en su día y adaptarlas para el relato en cuestión. Si lo que buscas en sexo explícito, morbo y guarradas varias… te invito a mantenerme en tu foco. Un cordial saludo.

Para cualquier asunto, escríbeme a [email protected]