Intercambio entre hermanas - completo (cap. 06)
La noche era calurosa y el hotel, un laberinto de sombras. No imaginaba que perder la virginidad significaría ser visto por el marido de ella, ni que la mujer que lo deseaba solo buscaba un espectáculo para sus ojos. Una noche prohibida, tres eyaculaciones y un corazón roto.
La historia de Fran
—Como ya he dicho, perdí la virginidad a los dieciocho y la perdí con una mujer…
—Espera, un momento… —me interrumpió—. Cuando dices que perdiste la virginidad a los dieciocho, ¿quieres decir que hasta esa edad… nada de nada…?
—No, no es eso… —aclaré—. Hasta esa edad yo había salido con chicas y también había tenido aventurillas… Lo único es que no había pasado de los besos, los magreos, alguna mamada… una y mala… jajaja… Pero, lo que se dice tener sexo con penetración… de eso sí que nada de nada…
—Ah… vale… sigue…
—Te decía que perdí la virginidad con una mujer de una edad parecida a la que tengo yo ahora, treinta y tantos.
—¿Tu dieciocho y ella treinta y tantos? —sonrió—. Toda una milf contra un niño…
—Exacto… —confirmé—. Aunque para niño el suyo, te lo aseguro… No vas a creerlo, pero lo hicimos con su bebé presente… Y, si lo que decía era cierto, con su marido mirándonos a escondidas.
—¡Ostrás! —se llevó una mano a la boca—. ¿Su hijo y su marido?
—Sí, verás… —Le pedí con una mano que callara y me dejara contar—. Fue en un pequeño hotel de León. Había ido allí con mis padres y mi hermana, como hacíamos cada año en algún puente de verano para visitar a mis abuelos y a otros familiares.
»Aquel hotel lo conocía bien porque habíamos pernoctado en él en varias ocasiones. Los cuatro, mis padres, mi hermana y yo, ocupábamos una habitación en la segunda planta. La última, porque el hotel era muy pequeño, como te digo. No creo que tuviera más de diez o doce habitaciones.
»Aquella noche hacía calor y supe que no podría dormir hasta muy tarde. No era la primera vez que me pasaba, el calor de siempre me ha matado el sueño. Cuando mi familia se fue a la cama, a eso de la una de la madrugada, yo me disculpé y me quedé jugando con mi consola de juegos portátil en el salón de la primera planta.
—¿Consola portátil? —rió—. ¿No jugabas con el móvil?
—Mira, cariño —le aclaré—. En aquella época no había móviles como los de ahora. Como mucho, torpes cacharros que solo servían para hacer llamadas…
—Ah, vaya… —se mordió un labio—. Perdona, ya no recordaba lo de…
—Como me vuelvas a llamar «viejo» te estrangulo.
Lanzó una carcajada y algunas personas de las mesas contiguas se volvieron a mirarnos.
—Si te vas a reír… —sonreí ante su buen humor—, casi que no te lo cuento.
Me tomó una mano y me la apretó en señal de disculpa.
—Uy, perdona… no sabía que fueras tan susceptible —dijo—. Pero no puedes dejarme a medias… aunque no lo creas, el morbo ha empezado a hacer efecto sobre mis braguitas —Me guiñó un ojo—. Pero, antes, háblame sobre la milf… ¿Cómo era…?
El comentario sobre sus braguitas fue la mejor excusa para dar libertad a mi entrepierna de continuar con la erección, todavía tímida.
—Verás… —miré al techo buscando inspiración—. Se llamaba Clara y, en cuanto a cómo era… pues no sé… normal, supongo. No era demasiado alta, pero tenía buen tipo y un pelo precioso… y más bien oscuro, tal vez castaño. Sus labios estaban mal pintados, pero eran bonitos… Los ojos, ni idea, estuvimos todo el tiempo a media luz, no podría decirte su color, pero sí que eran grandes y que echaban chispas. Debía de estar super caliente aquella mujer, aunque eso pude comprobarlo no solo por el brillo de los ojos…
»Como te decía, yo me había quedado en el saloncito de estar y jugaba sin pensar en nada. La luz ambiental era escasa, solo algunas lámparas de mesa desperdigadas. Cuando apareció ella, ni levanté la cabeza. La reconocí de reojo porque empujaba el cochecito de bebé que había visto por la mañana en el comedor, durante el desayuno.
»Lo que me sorprendió fue que se acercara a mi sofá, habiendo varios repartidos por la sala. Sin embargo, ella se apresuró a aclararme la razón.
»—Perdona —me dijo tras sentarse—. ¿te importa si me pongo aquí? Es que es la zona más oscura y estoy intentando que mi hijo se duerma. Es de mal dormir el tunante, y a veces tengo que pasearlo en el carrito para conseguirlo.
»Levanté la cabeza un segundo y le dije que no me importaba, por supuesto. Me extendió la mano y con un gesto cordial se presentó.
»—Soy Clara…
»Le apreté su mano con la mía y noté una corriente eléctrica que me recorrió el brazo. La mano estaba húmeda y caliente. Nunca había tenido un contacto con una mujer de su edad y debo reconocer que me excité. Las hormonas de mis dieciocho años no pudieron menos que ponerse a trabajar.
»Mientras colocaba el carrito en una posición que supuse buscaba la mayor oscuridad para el bebé, me fijé en ella por primera vez. El físico ya te lo he detallado, más o menos, pero lo que me erizó la piel fue lo que vestía, que era realmente provocativo.
—¿Tan desnuda iba? —suspiró mi cuñada.
—No, desnuda no iba… pero llevaba uno de esos vestidos cortos y ligeros que se llevan en la piscina sobre el bañador. Lo que ocurría es que debajo del vestido no llevaba sujetador… Clara me lo estaba dejando a la vista, encorvando la postura al manejar el carrito para que la viera por el escote todo lo que se me antojara. Y lo hizo durante un tiempo que me pareció infinito. Sus pechos eran grandes y bellos… y sus pezones estaban tiesos como cuernos de caracol. No pude evitar que mi pene empezara a endurecerse.
»Cuando por fin se sentó, antes de cruzarse de piernas se giró hacia mí. Y fue entonces cuando observé en la poca claridad de la estancia que no llevaba tampoco las braguitas. Su coñito, rasurado en al menos la parte que se veía, era de una belleza sublime. Tragué saliva y volví a bajar la cabeza hacia la consola, totalmente avergonzado de ser incapaz de apartar la vista. Me sentía fatal. Date cuenta, a mis dieciocho años no había estado tan cerca de una mujer como aquella… y tan expuesta a mí. Ni en sueños podía pensar que se me estaba insinuando. Tuve la tentación de huir a mi habitación a masturbarme en el baño, tan inmensa era mi erección.
—Pero no lo hiciste… —era más una afirmación que una pregunta.
—No, no me fui, por supuesto… aunque si no lo hice fue porque me avergonzaba aún más el hecho de que pensara que me iba por su culpa.
»Durante un rato estuvimos cada uno a lo suyo. Yo con mi consola y ella con una revista que, con aquella penumbra, era imposible que pudiera leer.
—Estaba disimulando, claro…
—Era evidente, pero yo seguía sin poder creerlo, así que fingía concentrarme en el juego y buscaba posiciones en las que no se notara mi erección. Menuda vergüenza, pensaba, si aquella mamá llegaba a notarlo.
»Me fijé, no sé por qué, en la posición del carrito del bebé. Al salón solo se podía llegar desde dos puntos. Uno era la puerta que daba acceso a las escaleras que subían desde la recepción. El otro era una escalera de caracol que conectaba la estancia con el segundo piso. Enseguida me di cuenta de que desde ninguno de los dos puntos se la podía ver a ella. El cochecito era muy grande, de esos que tienen las ruedas muy altas, por lo que a Clara la tapaba por entero. Y a mí solo se me podía ver desde la escalera de caracol.
»Entonces no sospeché nada, pero con el tiempo he llegado a la conclusión de que Clara había dispuesto la escena para tener tiempo de recomponerse en el caso de que alguien entrara sin que lo hubiéramos oído. Recomponerse de lo que pensaba hacer, que hasta ese momento había sido «nada», pero que no tardaría en realizar.
—No llegabas a creerte lo que pasaba… ¿me equivoco?
—En absoluto… —respondí—. ¿Cómo iba yo a pensar que aquella bella mujer iba a intentar seducirme? Ni en mis más locas fantasías lo hubiera imaginado.
—Sigue, por dios, Fran… vaya morbo…
—Conseguí centrarme en la consola por fin y, al cabo de un tiempo que no sabría decir, Clara se acercó hacia mí y, señalando al aparato, me preguntó:
»—¿Es divertido ese juego? —hablaba en susurros—. ¿Me puedes enseñar a jugar?
»Me cogió la consola antes de que pudiera responder y empezó a tocar todos los botones al tuntún. Le dije que no fuera tan loca, que se fijara en lo que yo hacía. Pocos segundos después, ambos estábamos pegados costado contra costado, mientras nos rozábamos las manos en un intento vano de que aprendiera a jugar.
»El contacto entre ambos era total. Muslos contra muslos, sus tetas contra mi brazo, sus manos en las mías. Clara sabía cómo calentar a fuego lento a un hombre… o a un chaval, en este caso. Además, su vestido se había recogido —¿pura casualidad?— y su coño estaba más a la vista que nunca. Mi erección debía de ser visible desde la luna. Yo rezaba para que ella no la notara. «¡Menuda vergüenza si se da cuenta!», pensaba.
—Pero la notó, claro…
—Por supuesto… era lo que estaba persiguiendo… así que como para no hacerlo. De pronto, se detuvo y señaló mi entrepierna con un dedo.
»—¿Eso que es…? —Fingía sorpresa, la muy guarra.
»Di un salto hacia atrás, pero me hallaba cercado entre ella y el brazo del sillón y no conseguí alejarme ni un milímetro.
»—Lo siento… perdona… no es por tu culpa… te lo prometo… —tartamudeé.
»—Tranquilo, Fran… —dijo al ver mi cortedad—. Si es normal… Eres un chico sano y estas cosas pasan. Además, estoy seguro de que te gusto, aunque solo sea un poquito…
»—Sí… bueno… eres muy guapa… pero de verdad que lo siento… yo no quería…
»—No tienes que disculparte, cariño… —replicó—. Para una mujer es un halago que un chico tan guapo como tú se empalme por ella. Aunque tú me verás como una vieja, supongo…
»Yo seguía alucinado y me atragantaba cuando quería hablar.
»—¿Tú, vieja…? —balbuceaba—. No, que va… Si ya te he dicho que eres muy guapa y muy…
»—¿Te gusto…?
»—Mu… mucho… —respondí.
»—¿Me besarías…?
»—Pues… no sé…
»—A mí me encantaría que lo hicieras… ¿A ti no te apetece…?
»—Sí… sí que me apetece… pero…
»—Pues venga, tontito…
»—Va-vale…
»No me dio tiempo a decir nada más. Se alzó sobre mi boca y comenzó a lamérmela por fuera. Tenía una destreza con la lengua increíble, en décimas de segundo había abierto mis labios con ella y me la introducía con ansia, respirando agitada. Cerré los ojos y me dejé llevar. Ella aprovechó mi debilidad, se subió sobre mis piernas y siguió comiéndome la boca sin prisas, con dulzura.
»Al cabo de un rato, abandonó el beso y me pidió:
»—¿Me dejas que la vea…? —Señalaba a mi entrepierna.
»—Sí… claro… —respondí alucinado. ¡Aquella diosa quería verme la polla! Si aquello era un sueño, no quería despertar.
»Me bajé un poco el pantalón y mi miembro asomó y apuntó hacia el techo. Ella lo miraba absorta y me hizo una nueva pregunta: que si le dejaba tocarlo. Lo único que pude hacer fue mover mi cabeza arriba y abajo y ella lo agarró suavemente. Lo acarició con mimo, como se acaricia a un niño. Me acariciaba la piel con una de sus manos, mientras me daba golpecitos con el pulgar en el glande y me magreaba los huevos con la otra.
»Volvió a asaltar mi boca. Al tiempo que me besaba, empezó a pajearme con mayor fuerza. Por mucho que viva, no creo que llegue a tener una erección tan dura como aquella.
—Me lo creo… —dijo sonriendo mi cuñada. Con la mirada apuntaba a mi entrepierna—. Y creo que con solo recordarlo estás volviendo a sentirla.
Me puse con urgencia las manos sobre el pantalón y reí con ella.
—Serás cabrita…
—Anda, campeón… sigue contando…
—Vale… Estábamos en plena faena, yo atolondrado y dejándome hacer con los ojos cerrados, cuando sentí algo que me heló la sangre.
—¿Entró alguien en el salón?
—No… no llegó a entrar nadie… —respondí—. Lo que noté fue como una sombra que se moviera en la escalera de caracol. Aunque cuando moví la cabeza para enfocarla, ésta se echó hacia atrás y se escondió en la oscuridad.
»Clara notó mi zozobra y dijo algo que terminó de congelarme por dentro.
»—Tranquilo, cielo… —susurró—. Él solo quiere mirar…
»Joder, me dije, ¿Un mirón? Aunque enseguida comprendí que si ella sabía que había alguien mirando y no se inmutaba era porque el mirón era… ¡su marido!
»¡Joder! ¿Qué coños estaba pasando? Ya era demasiado lo que estaba viviendo con Clara, como para añadir tensión a la escena. Quería que se me tragase la tierra. A pesar de que ella decía que no me preocupara, la presencia de aquel hombre —su propio marido— me afectó y mi erección se fue desinflando lentamente. Hice un gesto para apartar a Clara, pero ella no lo permitió.
»Se separó unos centímetros de mí, pero no paraba ni un segundo de sobarme el pene y los testículos con tal de que mi erección no se perdiera del todo. Entonces empezó a elucubrar una estrategia alternativa.
»—Espera… —dijo pensativa. Su voz era casi un estertor, le costaba respirar de puro caliente—. ¿Quieres que nos vayamos a un sitio más… tranquilo? Dime que sí, cielo, yo tengo muchas ganas de estar contigo… Puedo quererte mucho… más de lo que te imaginas…
»Hablaba con dulzura, como hablan las putas de las películas cuando quieren captar un cliente. Se veía que no permitiría que aquello terminase ni por lo más remoto. Parecía rogar, más que pedir. Lo dudé un instante, pero al fin asentí con un movimiento de cabeza...
—Una cosa —interrumpió de nuevo Ana—. ¿En ningún momento tuviste una sensación de… ya sabes… euforia…? Algo así como un… ¡genial, esta noche mojo…!
—Ni de coña —repliqué—. En esos momentos no pensaba en nada… Si te digo la verdad, con el acojone que sentía, lo que deseaba era que aquello terminara cuanto antes… Como fuera, pero lo antes posible…
—Jajaja… como en el dentista…
Reí su broma y confirmé.
—Exacto… como en el dentista…
Y de nuevo volvió a apremiarme. Se veía que mi historia la estaba seduciendo.
—Venga, sigue…
—Pues el caso es que ella se quedó pensando unos segundos, y entonces me hizo una pregunta:
»—En tu habitación o en la mía no es posible, claro… Pero… ¿el monovolumen de ahí fuera es de tu padre?
»—Sí… —respondí escuetamente.
»—¿Tienes las llaves?
»—No…
»—¿Podrías conseguirlas?
»—No sé… tal vez…
»—Vale… pues ve a por ellas que yo te espero.
»Se apartó para dejarme pasar. Iba a levantarme y entonces me volvió a sujetar del brazo.
»—Y… unos condones… ¿No tendrás?
—¡Ostras! —exclamó Ana con gesto de sorna—. ¡Directa al grano! Ya me imagino a tu cosa reviviendo…
—Joder… ¡vaya si revivió! —repliqué—. Y el escalofrío que me recorrió la espalda fue de la leche. Pero deja que siga…
»Cuando me preguntó por los condones me quedé callado. No sé… como esperando por algo, quizá una explicación. Como ella tampoco hablaba, le pregunté.
»—¿Tú no tienes?
»—No… —se mordió el labio como culpándose por ello. Ahora la que tartamudeaba era ella—. Es que… bueno… verás… mi marido y yo estamos intentando ir a por el segundo niño… así que…
»—Ah… ya… —dije yo por decir algo.
»—¿Y tus padres…? —volvió a la carga—. ¿Ellos no tendrán…?
»—¿Mis padres? —no tuve que esforzarme para cargar la frase de ironía—. Mis padres hace siglos que no follan…
»Clara sonrió y se quedó pensativa. Ya no me tocaba y se la veía preocupada. Miró hacia las sombras, como buscando una respuesta. Algo se movió en la escalera de caracol y, de sopetón, pareció revivir.
»—Vale… no importa… ya nos apañaremos… —dijo y se levantó del sofá de un salto.
»Subí a la habitación donde mi familia dormía. Inventé una excusa por si había alguien aún despierto. Por fortuna no fue así. Cogí las llaves de encima de la cómoda y salí de la habitación tan silenciosamente como había entrado.
»Cuando bajé y salí al parking al aire libre, Clara ya me esperaba al lado del monovolumen. Apretaba las manos sobre el manillar del carrito del bebé. Parecía ansiosa, tal vez por la calentura o por los nervios.
»Desbloqueé el coche con el mando a distancia y nos acomodamos en el asiento de atrás. El carrito del bebé se quedó fuera, la noche era calurosa y no pareció importarle dejar al niño solo.
—Seguro que no le importaba porque el marido andaría por allí cerca. Mientras os miraba podía vigilar al bebé.
—Ahora lo creo así, pero entonces no pensé en ello, bastante tenía con concentrarme en la madre.
—Y… entonces… os desnudasteis, supongo…
—No, en realidad ella no se quitó su vestido playero en ningún momento. A mí, en efecto, me sacó el pantalón y los bóxer tirando de ellos tras quitarme las zapatillas con una prisa que me sorprendió.
—Estaba cachonda la buena mujer… ¿eh?
—Muy, pero que muy cachonda… —repliqué—. Su respiración era tan agitada que tuve miedo de que fuera a asfixiarse.
—¡Ostrás! —Se echó Ana las manos a la cara—. Ahora viene lo bueno… Cuenta… cuenta…
—Tras quitarme el pantalón, se giró sobre mí y volvió a comerme la boca mientras me pajeaba de nuevo con suavidad.
»Yo la magreaba el cuerpo por encima de la ropa. El vientre, las tetas, la cara, el pelo. Pero a ella eso no debió de parecerle suficiente, porque enseguida me tomó la mano y me la llevó a su vulva.
—Guau… ¿Y qué sentiste al tocar un coño por primera vez?
—Ufff... Fue mágico, te lo aseguro… —repliqué—. Lo primero que noté fue el calor que salía de aquella hendidura. Después, cuando empecé a tocarle por dentro de los labios, la suavidad de aquella piel me transportó al mundo de las fantasías. ¡Jamás he tocado algo tan maravilloso como la piel interna del coño de una mujer!
—Te creo… —dijo y soltó una carcajada—. Te gustan los coñitos, ¿eh?
—Me enloquecen, te lo aseguro… pero volvamos al tema…
»La acaricié con mucha suavidad, tenía la sensación de que si hacía fuerza sobre aquella piel de seda le causaría dolor. Ella abría las piernas y se me ofrecía por completo. Sin embargo, debió de notar mi falta de experiencia y al fin me dijo con un suspiro:
»—¿No vas a… meterme un dedito… ahí dentro…? ¿No te gusta…?
»Me sorprendí, no imaginaba que eso fuera posible… Lo creerás o no, pero entonces yo no sabía que a las chicas os gusta que os metan cosas ahí… me refiero a cosas diferentes a la… la… ya sabes…
—Tranquilo —dijo Ana—. Ya lo he pillado.
—Total, que tuve que soltar una excusa —proseguí.
»—No, no es eso… —balbuceé—. Lo que pasa es que no sé si tengo muy limpias las manos…
»Clara tomó una de mis manos, separó dos dedos del resto y se los introdujo en la boca. Los relamió un instante y después los sacó.
»—Ya están limpios… —dijo con ojos hambrientos—. Solucionado… ya puedes meterlos… primero uno y luego, cuando se habrá el chochito, los dos…
»Así lo hice y los siguientes minutos transcurrieron en silencio. Nuestras bocas seguían unidas y las lenguas jugueteaban a intercambiar saliva. Su mano acariciaba mi pene con suavidad. No debía de querer que me corriera, he supuesto después. Yo la introduje los dos dedos en el coño y los movía de las maneras que ella me iba enseñando.
»Pasados unos interminables minutos, Clara se despegó de mí y me preguntó melosa:
»—¿Qué quieres que te haga…? —susurraba—. ¿Quieres que te la chupe…?
—Jajaja… vaya susto te llevarías, ¿no?
—Jaja… en efecto… Yo había visto mamadas tan solo en el porno, por lo que solo de oírselo decir me volví loco de contento. Le dije que sí con voz ronca y ella se prestó a ello con suma rapidez. Estaba ávida de mí polla, eso no necesitaba ser mayor para entenderlo.
»Me empujó hacia atrás y se agachó sobre mi entrepierna, echando hacia un lado su melena con un movimiento de cabeza. Supe que lo hacía para que no me perdiera detalle. Y entonces empezó a chupar. Al principio lo hacía con tanta ansiedad que tuve que pedirle que se calmara porque me estaba destrozando el glande con los dientes.
»Me pidió perdón y volvió a la mamada, pero esta vez con mayor cuidado. No habían pasado ni cinco minutos cuando no pude contenerme y me corrí como un burro dentro de su boca… y sin avisar… Sin embargo, ella estaba preparada con una toalla que debía de haber llevado en el capazo del bebé y no se inmutó… Se limitó a limpiarse a conciencia la boca y la cara, escupiendo todo lo que no había tragado. Luego me limpió a mí.
Ana se dio un golpe en la frente con la mano al comprender.
—Ya entiendo… —dijo—. Te estaba ordeñando para…
—Eso es… para vaciarme la próstata y minimizar el riesgo de embarazo….
—¡Bingo!
—Lo que pasa es que Clara, a su edad, ya no recordaba que no se puede vaciar a un chico de dieciocho con una sola corrida.
—No me digas que…
—Sí… pero tranquila… Espera a que llegue…
—Vale… me espero…
—Tras correrme, sacó un paquete de tabaco de algún lugar y estuvimos fumando unos cigarrillos. Charlábamos de cosas tontas, como el instituto, las chicas… Me preguntó si tenía novia y le dije que no. Ella se extrañó porque insistía en que yo era un chico muy guapo.
—Vaya… los mismos clichés que utilizaba mi primo Sebas.
—Idénticos, ya lo ves.
—Sigue…
—Mientras hablábamos, ella me tocaba siempre que podía. Cuando no era un muslo, era el vientre. Cuando no, metía la mano bajo la camiseta y me sobaba el pecho, las tetillas. Me echaba piropos sobre la suavidad de mi piel.
»También me habló sobre ella. Me contó que tenía una zapatería de señoras a medias con una socia y que les iba muy bien. Su marido era azafato de vuelo y pasaba mucho tiempo fuera de casa. Y de su niño me dijo que tenía seis meses y que se llamaba Carlitos. Querían tener la parejita lo antes posible y luego ya no tener más.
—¿No te comentó cómo es que estaba follando contigo? ¿Ni por qué su marido se contentaba con mirar?
—Pues no… de eso no dijo ni palabra. Y a mí, como te imaginarás, ni se me ocurrió mencionarlo. Mi alucine era tan grande que la cabeza no me daba para más.
»Al cabo de tres cigarros, se inclinó sobre mí y volvió a comerme la boca despacio. Su saliva sabía a tabaco y a sexo. Estaba probando mi propio semen.
»Volvía a besarme y a sobarme los testículos, a la espera de mi erección. Cuando por fin la consiguió —en poco tiempo a decir verdad—, me apartó hacia un lado, se tumbó boca arriba y, con las piernas muy abiertas me pidió que me pusiera sobre ella.
—Ya llega el momento… ya llega… jajaja
—Sí, el momento de perder la virginidad llegaba y yo estaba cada vez más nervioso.
—¿Se dio cuenta de que eras virgen?
—Si te digo la verdad, no lo sé. Sí sé que notaba que temblaba como un flan, pero tal vez lo achacó a que estaba con una mujer de verdad, no las niñas con las que habría tenido mis experiencias anteriores. Cuando me tumbé sobre ella, Clara no lo dudó un instante: tomó mi pene con una mano y se lo introdujo dentro de ella hasta el fondo con un gemido muy sensual.
»—Ahhh… —suspiró—. Qué polla tan maravillosa tienes, criatura… Me llena toda entera… Ven, bésame mientras me follas, cariño…
—¿Te gustó la sensación al metérsela…? —volvió Ana a interrumpir mi relato.
—Ufff… ya te digo… Aquella fue una de las sensaciones más alucinantes de mi vida. Por mucho que folle antes de morir, aquella sensación de la primera vez no creo que vuelva.
—Jajaja… Ya te aseguro yo que no… A mí me pasa algo parecido… es una lástima… pero así son las cosas…
—Total, que estuvimos allí con mis embestidas a veces suaves, a veces más fuertes y alocadas, durante largos minutos. Y ahora era yo el que la comía la boca y le sobaba las tetas con ansia. No quería que aquello acabase. Estaba en la gloria. Pero a ella me dio la sensación de que se le hizo algo largo.
»—¿Te queda mucho? —decía de vez en cuando.
»—No, ya casi me corro…
—¿Llegó ella al orgasmo?
—Pues, fíjate, en mi inocencia yo creía que se estaba corriendo de forma continua. Que, desde que se la había metido, no había parado de encadenar orgasmos. Y era porque ella gemía sin parar. Con el tiempo me he dado cuenta de que no solo no se corrió, sino que no estuvo ni cerca. He imaginado que ese no era su objetivo. Que el objetivo era montar la escena para que el cornudo de su marido disfrutara al verla follar con otro. Pedazo de gilipollas enfermo.
Ana puso expresión de desagrado, igualmente.
—Sí… qué asco de tío… Jamás hubiera pensado que tales tipejos existieran, a pesar de lo que se ve en los videos porno.
—¿Tú ves… porno? —la miré asombrado.
—¿Qué pasa… tú no? —replicó con gesto enfurruñado.
—Ya, pero es que…
—Es que… ¿yo soy mujer y tú hombre…? —Se cruzó de brazos—. A ver si me vas a resultar un machirulo…
—Que no, cuñada, que no… —supliqué su perdón con las manos unidas—. Es solo que no te imaginaba tan… entusiasta…
Rió con media sonrisa y luego me apremió para que siguiera.
—En fin, cuando el orgasmo llamó a mi puerta, fue de sopetón. Ninguno de los dos lo esperábamos tan de repente, aunque la primera vez había sido igual. Ella debió de notarlo tarde porque para cuando me separó de un empujón, yo ya había eyaculado la mitad de mi leche dentro de ella. El resto, que fue una barbaridad, se lo eché sobre el vientre y el vestido playero. De hecho, mi segunda corrida debió de expulsar el doble de semen que la primera. En mi vida he vuelto a eyacular tanto.
»Los siguientes minutos ella los empleó en limpiarse a conciencia, tanto con la toalla como con unos pañuelos de papel que había en la guantera del coche. Luego, sacó el paquete de tabaco y volvimos a fumar… Y a conversar plácidamente. No parecía tener prisa y a mí me encantaba charlar y fumar, como si la noche no fuera a acabarse nunca.
»Me estaba hablando de su último veraneo en Torremolinos, cuando mi erección volvió a repuntar de nuevo. Noté que ella la había visto, aunque era difícil de ocultar ya que no me había puesto el pantalón todavía. Esta vez no me corté y le pedí que me dejara follarla otra vez y ella respondió que no.
»Me puse un poco brusco, quizá por las hormonas juveniles. Además, después de follarla una vez, le había perdido el respeto y ya no me sentía intimidado por su edad. Clara, para calmarme, me dijo que si quería me haría una paja, pero que no iba a volver a follarla, y menos sin condón. Por muy chulito que me pusiera. No mencionó al marido, pero una sombra suya sobrevoló entre ambos y acepté sin más quejas.
—Así que te pajeó y volviste a eyacular por tercera vez en tan poco tiempo…
—Eso es, y esta vez ella se cuidó de que no manchara nada. Me daba la risa cuando se echaba las manos a la cabeza y mencionaba mi capacidad prostática.
»Cuando al fin dijo que se iba a la cama, le pedí su número de teléfono. Clara se negó a dármelo y me dijo que aquella noche era única y que la recordaría siempre, pero que no volvería a ocurrir. Que ella quería a su marido y que no iba follando por ahí con extraños como si tal cosa.
—¿La creíste? —preguntó Ana.
—Entonces sí… —repliqué—. Mi pecho rebosaba un sentimiento que creía que era una apasionado y doloroso amor. Me hubiera creído cualquier cosa que saliera de sus labios. Ahora no lo tengo tan seguro, se la veía muy acostumbrada a manejar aquellas situaciones.
—¿Y qué hiciste? ¿Le declaraste tu amor… o algo así…?
—Sí… cuando se iba la detuve por el brazo y se lo expliqué. Le dije que me moriría si no volvía a verla.
—¿Y ella…?
—Ella me echó las manos al cuello y me morreó no menos de un minuto. Pero, al terminar, me dio un azote en el culo y, con un guiño, cogió el carrito con el bebé, se volvió al hotel y me dejó allí tirado.
—Y… ¿fin…?
—Jajaja… si te cuento lo último… ¿pensarás que soy un degenerado?
—No me digas que…
—Eso mismo…
—¿Pero de dónde sacabas tanta energía…? Y, sobre todo, ¿de dónde sacabas tanta leche?
—En realidad, la cuarta eyaculación no fue muy cuantiosa… pero al fantasear con ella, te aseguro que me lo pasé de miedo…
—¡Qué animal…!
—Qué joven, diría yo…
Era la conclusión de mi historia y casi el de la velada. Me incliné sobre ella y le di un fuerte abrazo que mantuve varios segundos. Ella me lo devolvió y sentí que nuestra conexión había ganado unos grados. Cuando nos separamos, Ana preguntó:
—Bueno… ¿y ahora qué?
Miré mi reloj de pulsera y al ver la hora propuse volver a casa. La noche empezaba a menguar, incluso en el número de clientes del local.
*
—Por supuesto —decía Marta somnolienta cuando le comenté cómo había ido la velada—, de ir a un hotel, nada de nada…
—Pues no… —confirmé—. Eran casi las cuatro, ¿qué podía decirle?: «oye, cuñada, ¿quieres que cojamos una habitación en algún hotel y echemos una partida de parchís antes de irnos a casa?».
Marta rió mi ocurrencia y me sobó las tetillas por debajo de la camisa del pijama.
—Ya me parecía a mí…
—¿Quieres echar un visto y no visto? —le pregunté, más por cortesía que porque me apeteciera.
—¿Un qué…?
—Bah, déjalo… —repuse en un susurro.
—Mmmm… —respondió ella, y se quedó dormida en mis brazos.
Le di un tierno beso en la frente y cerré los ojos a mi vez.
*
Extracto del diario de Ana
Querido diario, hoy hemos salido de nuevo Fran y yo.
Ha sido una velada magnífica en una sala de fiestas espectacular, aunque ha habido un momento de zozobra entre ambos. Por suerte, al final no ha llegado la sangre al río, sino que hemos alcanzado un entendimiento mutuo y la charla nos ha unido un poco más (anímicamente, se entiende, no vayas a pensar mal, que te conozco).
Me explico.
Nos ha dado por hablar de esos momentos únicos en los que perdimos la virginidad. He sabido que él la perdió a una edad más tardía que yo. Aunque estoy segura de que estas cosas suelen ser así en términos generales. Al fin y al cabo es la mujer la que decide cuando está dispuesta a acostarse con un hombre. Ellos, pobres, tienen que conformarse con llamar a todas las puertas posibles, con la esperanza de que alguna se abra y les dejen pasar.
Lo siento, jajaja, ya sé que soy muy mala.
El momento de zozobra se ha producido a la hora de interpretar si el acto de mi primo Sebas al llevarme a la cama fue algo reprobable por haberse aprovechado de una menor; o si, como creo yo, fue un acto de generosidad que contribuyó a cambiar mi forma de ver el sexo y, con ello, abrió en mí un mundo de posibilidades. Entre ellas, la relación que inicié poco después con Martín, el gran amor de mi adolescencia.
Sin haber llegado a un total entendimiento, sí que hemos consensuado la decisión final de respetar la opinión del otro, aunque no la compartamos.
El abrazo que nos hemos dado tras comprometer nuestro respeto mutuo ha sido muy tierno. Nada sexual, si eso es lo que te preguntas, pero sí tremendamente emocional. Nuestras almas han conectado durante unos segundos como nunca antes lo habían hecho.
No sé a dónde nos llevarán estas veladas conjuntas, pero te aseguro que nunca las olvidaré mientras viva. Y para ello, dejo aquí testimonio de que existieron.
Buenas noches, querido diario. Te seguiré contando mis aventuras.
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Continuará...
Esta novela será publicada completamente en todorelatos.com, a razón de 1 capítulo semanal. También podréis leerlo de un tirón en Amazon, donde se publicó con el título HERMANA INTERCAMBIADA. (GRATIS para los abonados a Kindle Unlimited). Feliz lectura!!!
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