Xtories

Bien gordas y bien putas

Sabe que su tía no lo ve, pero sus ojos ya han devorado cada curva de su cuerpo. Años después, esa obsesión lo lleva a buscar mujeres que no solo llenen sus manos, sino que también llenen su alma de un placer prohibido y animal. Ahora, el espejo le devuelve la imagen de su propia depravación.

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El primer recuerdo claramente sexual que tengo es estar agazapado en las sombras espiando a mi tía Marcela, la hermana mayor de mi madre, mientras se cambiaba. Era mi tía una mujer más bien rollizas, de carnes blancas y trémulas, de pechos descomunales coronados por pezones del tamaño y la forma de dos galletas María y nalgas ubérrimas y redondeadas, de muslos carnosos y fuertes y de labios sensuales y levemente húmedos. Su cabello era rubio, pero de bote, y su entrepierna ocultaba sus ignotos tesoros tras una mata de rizos oscuros de aspecto suave y delicado. No pocas fueron las pajas que dediqué en mi juventud a su recuerdo, no pocas las miradas no del todo discretas con que la devoré mientras se agachaba hacia adelante proyectando sus bamboleantes mamas hacia el borde de sus escotados vestidos en lo que servía la mesa, o se estiraba para limpiar haciendo que su culazo se dibujase con tentadora nitidez contra las minifaldas de eskai que solía ponerse.

No hablemos ya de las tardes en el río viéndola con aquellos bañadores en los que a duras penas se embutía, haciendo que los labios de su vulva se marcasen a través de la tela, la carne de sus pechos inmensos bailase de aquí para allá con hipnótico balanceo, y a mí en definitiva se me armase la tienda de campaña de forma inevitable.

Será porque esa atracción deliciosamente prohibida forjó mis gustos, tal vez, o quizás porque peco tanto de gula como de lujuria y tiendo al exceso en todo lo que me agrada, o porque yo mismo soy más bien grueso y busco mujeres de mi talla, pero siempre he sentido una atracción irrefrenable por las mujeres gordas. Me excita sobremanera la curva suave y delicada de sus hombros redondeados, me despierta los instintos básicos el bamboleo obsceno de sus tetazas y el provocativo temblor de sus nalgotas cuando caminan. Me despierta el semental el olor potente de sus entrepiernas sudadas, me hace agua la boca la expresión entre incrédula, agradecida y desafiante con que encajan las miradas pícaras o los halagos con segundas. Me atrae de forma inevitable la obscena y redonda opulencia de sus barrigas blandas, de sus cuerpos repletos de pliegues acariciables y calientes, incitadores y amables.

Quizás muchos no comprendáis esta predilección, pero aquellos que probaron repitieron, y volverán a hacerlo.

Y ese rítmico bailoteo de sus glúteos gelatinosos cuando las follan a cuatro patas...y esa oscuridad húmeda y sabrosa de sus jugosas entrepiernas...y la amplitud caliente y blanda de sus maravillosas tetas...y sus coños prietos y carnosos, apretados entre muslos robustos y contundentes, protegidos así de la gravedad, conservados como oro en paño apretados y juveniles hasta los confines de la madurez, pero capaces de acoger en su cálido seno las pollas más monstruosas que imaginarse pueda…y esos cuerpos robustos, macizos, capaces de encajar las embestidas más brutales, de soportar las folladas más salvajes, de disfrutar del sexo más primitivo y más puro, más animal. Y esa disposición a hacer o ser objeto de las más dispares guarrerías, esa atracción fatal por lo prohibido, esa satisfacción perversa de ser capaces de llegar mucho más allá para gozar y hacer gozar que “las otras mujeres”...

El que las probó, lo sabe.

Y yo las probé siempre que las tuve a mi alcance.

Amigas con derechos en cuyos melones bailones me perdí gozoso, amantes de cuyo tierno abrazo no hubiese querido escapar, putas con las que me solacé con lujuriosa culpa, ligues de una noche a los que prometí de corazón el oro y el moro mientras me sumergía en sus carnes inmensas y acogedoras.

Una mujer a la que gocé y sufrí veinte años, dándome auténticos homenajes viendo cómo su culazo tremendo rebotaba con los empujones de mis folladas, viendo cómo mi rabo desaparecía entre sus nalgas inabarcables enfilando su ano apretado, enterrando mi rostro entre sus pechos sudados y resbaladizos, saboreando su sudor salado y su flujo espeso y potente, alcanzando orgasmos de brutal intensidad mientras me derramaba, gritando como un animal prehistórico, dentro de su vagina prieta, jugosa, caliente como el infierno y dulce como la miel, o sobre sus mamas temblorosas, o en su boca glotona, o en sus lorzas sudadas y acariciadoras entre las cuales me gustaba restregar mi miembro viril como si me las follase. Una mujer por la que perdí todo el interés sexual cuando adelgazó y en su cuerpo ya simétrico y saludable no pude encontrar nada hermoso ni atrayente ni excitante.

Pasé entonces a buscarme una amante tan gorda como lo estuviera antes mi mujer, y a darme con ella atracones de sexo primitivo y brutal mientras sobaba con desespero sus tetorras inmensas, azotaba con apasionado salvajismo su poderoso culazo y saboreaba con goloso deleite todo su cuerpazo moreno y grasiento.

Hay, creedlo o no, algo en nuestra naturaleza humana que nos empuja hacia los cuerpos generosos y amasables de las mujeres grandes, un atavismo, un magnetismo primitivo, casi animal, que nos hace desearlas y que nos hace sentir, cuando satisfacemos ese deseo, poderosos y plenos como reyes prehistóricos, como jefes de un clan cavernario, como hombres que aún están en condición de enorgullecerse de serlo.

Siglos de prejuicios culturales avergüenzan a muchos de estos sentimientos, es cierto, y encierran esta atracción natural en un rincón oscuro y culpable, pero admitid, aunque sea para vuestros adentros, que por más que admiréis la elegancia insustancial de las mujeres delgadas, no podéis evitar, cuando os cruzáis con esa vecina jamona u os atiende esa cajera rolliza en el súper o pasáis junto a esa dominicana de curvas XXL en el parque, mirar de reojo los pechos bamboleantes, las nalgas trémulas, los muslos carnosos, y desear con urgente brutalidad probar su sabor y su textura.

No en vano las primeras representaciones artísticas del cuerpo femenino de las que hay noticia rinden homenaje a la sensualidad de las mujeres gordas, consideradas por nuestros antepasados diosas de la fertilidad, epítomes de la abundancia, imágenes vivientes del placer.

Y es que, en efecto, las mujeres gordas se entregan al placer con descaro, con glotonería, con pasión. Aplastan con un apetito sexual voraz y un deseo acaso turbio de complacer y de gustar los complejos con que las reduce la sociedad a un inmerecido segundo plano. Devoran a los hombres débiles y se dejan devorar por los machos fuertes. Sus cuerpos son cálidos y acogedores, suaves y llenos de recovecos dignos de acariciar con las manos o los labios, algo en el abrazo de sus carnes trémulas invita a aferrarse a su piel tersa y agradecida.

De su forma de amar desesperada y agresiva, de su capacidad para entregarse a cambio de casi nada, de su tendencia a convertir la cama y la vida misma en campos de batalla, me he maravillado y espantado, enamorado y aterrado.

Dijo algún sabio que las mujeres son juguetes peligrosos, y si es así las chicas grandes, gordas, BBW o como queráis llamarlas, son los juguetes más peligrosos. Y también, o quizás por eso mismo, los más divertidos.

De las gordas, y a poder ser de las más lujuriosas, de las más amorales, de las más putas de entre ellas, disfruté cuanto pude. Y aprendí todo lo que pude, también.

Así, con esas lecciones en forma de noches de placer, con ese aprendizaje construido a base de folladas bestiales, corridas en las tetas y comidas de coño a vida o muerte fue como fui recorriendo un camino en el que encontré por fin a mi gorda favorita, a la más entregada, a la más caliente, a la más puta de todas las que me crucé en la vida.

A la que ahora me mira, lúbricos los ojos claros, provocativos los labios, pugnando las tetas por salirse del corpiño, deseoso el culo de recibir otra polla bien gorda y bien dura, desde el espejo, regalándome una sonrisa que es la mía, feliz de haberme convencido de prestarle mi cuerpo para ser mancillada y complacida por otro de los hombres lascivos y primarios que, como yo mismo, tienen una debilidad morbosa por las gordas bien gordas. Y bien putas.