Ayuda Inesperada
Nunca imaginó que llegar a casa exhausta terminaría en una escena tan íntima. Cuando él la encuentra en su momento más vulnerable, la vergüenza se disuelve en una tensión eléctrica que ninguno de los dos puede ignorar.
Independizarme a los 19 años fue una de las cosas que más me cambió en la vida, pero también una de las más difíciles, sobre todo cuando una pandemia hizo que el lugar donde trabajabas cerrara y pasaste a vivir de ahorros, lo cual te lleva a compartir departamento.
Llevaba 3 meses viviendo con un ex compañero de escuela. Dio la casualidad que trabajábamos en ese mismo lugar, y logramos fortalecer nuestra relación, la cual no era tan fuerte, ya que en la escuela nunca convivíamos regularmente.
A raíz de la pandemia, ambos conseguimos empleos muy demandantes: él de cajero en una tienda 24/7, y yo de camarera en un restaurante. Nuestros sueldos eran lo suficiente para poder pagar los gastos del departamento entre los dos, pero pocas veces nos veíamos por nuestros horarios.
Un día llegué a casa reventada, después de estar 14 horas de pie. Era uno de esos días largos, donde todo el cuerpo me pedía un respiro. Me di un baño y fui al salón para poder relajarme un poco viendo la televisión. Por suerte, el día siguiente era mi descanso, pero el sueño me ganó y caí rendida en el sofá.
A la mañana siguiente desperté sola. No revisé la hora, pero era muy temprano. Me había quedado con una camiseta vieja, sin sostén, únicamente en panties. Solo yo y el silencio. Mi roomie aún no había llegado. Me preparé algo de desayunar y seguí viendo la televisión, pero, a pesar de todo, aún me sentía tensa. Necesitaba una forma de liberar el estrés acumulado en la semana, y ya sabía cómo hacerlo.
Terminé de desayunar y me recosté en el sofá. Puse un poco de música suave en la televisión y cerré los ojos. Entonces, mis manos empezaron a recorrerme casi sin pensar.
Primero despacio, por los muslos, el vientre. Empecé a subir mi camiseta, dejando libres mis pechos, los cuales empecé a recorrer lentamente. Lamí mis dedos y empecé a humedecer mis pezones, los cuales estaban muy sensibles.
Empecé a ser más directa, aumentando la intensidad, y dirigiendo una de mis manos a mi centro, jugando y rozándolo por encima del pantie, el cual era negro y con detalles de encaje. Después de un rato, ya húmeda, decidí meter mi mano y estimularme directamente.
Rozaba mi clítoris con gentileza. Estaba totalmente húmeda, y esos roces la aumentaban. Entonces decidí meter un dedo, únicamente para empezar, lo cual me hizo soltar un pequeño gemido, mientras seguía jugando con mis pezones, llevándome poco a poco al orgasmo.
Estaba disfrutando mucho, con los ojos cerrados, dejándome llevar, con la música de fondo. Un ambiente ideal. Estaba tan metida en ese trance de placer, que no lo escuché llegar.
Sentí una presencia en la sala, y cuando volteé hacia la puerta, pude ver a mi roomie parado ahí, con los ojos como platos y una mochila colgando de un solo hombro.
—Perdón, perdón… —balbuceó, tapando sus ojos con las manos y dándose media vuelta.
Entré en pánico, tapando mis pechos nuevamente con mi camiseta y levantándome del sofá. Me cubrí como pude, pero él ya me había visto. Todo.
—Pensé que llegarías más tarde… —dije, intentando sonar casual.
—No... Apenas son las 9. Salí a las 6, pero pasé a desayunar algo para hacer tiempo. Sabes que a esa hora casi no hay transporte, y el poco que hay está lleno —dijo, dejando su mochila en un perchero al lado de la puerta.
—Sí... Perdón, de verdad. No quería que vieras eso, en verdad —dije, pensando en ir a mi cuarto y así olvidar lo pasado.
—¿Mucho estrés? —preguntó.
Lo miré a los ojos, confundida. Él no pudo evitar una risa nerviosa, lo cual me confundió aún más.
—Yo también lo he hecho, ayuda mucho. Es más… te he llegado a escuchar cuando llego en la noche —dijo, caminando lentamente hacia mí.
Hubo un silencio denso e incómodo. No sabía si reírme, gritarle o esconderme. Pero lo que sí sabía… es que estaba empapada y que mi orgasmo aún no había llegado. Siguió acercándose poco a poco. Mi respiración empezó a acelerarse, y él lo notó.
—¿Quieres que te deje sola? —preguntó.
No le respondí. Solo lo miré fijamente, hasta que llegó frente a mí, con nuestras miradas encontradas. Él empezó a bajar a mi cuello, y yo no quise detenerlo. Entonces me dio un beso gentil en el cuello, el cual me desarmó por completo.
Se separó de mí, con su mirada clavada en mis ojos. Entonces, con una mano, subí lentamente mi camiseta, mordiéndome el labio, hasta descubrirme por completo, y con la otra, dejé que mis dedos volvieran a donde estaban.
No hizo falta invitarlo dos veces. Sus manos recorrieron mis caderas, llegando a mis piernas, las cuales temblaron un poco al sentir que sus manos empezaron a acariciarlas. Claramente estaba en necesidad.
Sus manos eran fuertes, decididas. Me acariciaba como si lo hubiera pensado muchas veces, como si por fin lo hubiera conseguido. Saqué mi mano para dejar entrar la suya, la cual no tardó.
Empezó a tocarme. Yo puse mis manos en sus hombros, para dejarlo jugar conmigo. Mis gemidos eran suaves, contenidos, como si no quisiera romper la tensión de ese momento extraño e íntimo.
Era un maestro con los dedos. Me acariciaba de forma magnífica, cuando decidió meter dos dedos, lo cual hizo que soltara un grito enorme. La mezcla de toda la situación me tenía súper sensible, y esa sensibilidad hizo que esos dedos se sintieran como una descarga eléctrica.
Los metía y sacaba repetidamente. Yo miraba cómo lo hacía, como si aún no pudiese creer lo que estaba pasando. Entonces su otra mano me tomó del mentón, subiendo mi cabeza para hacerme tener contacto visual con él. Parecía que mis gestos de placer le encantaban. Empezó a rozar mis labios con su pulgar, el cual terminé chupando.
Sentía que estaba a punto de explotar. El orgasmo que venía buscando toda la mañana estaba a nada de llegar. Él lo notó, entonces aumentó la velocidad, lo cual me hizo cerrar los ojos y gemir con más desespero. Hasta que por fin llegó.
Terminé fuerte, empapando su mano entera, con mis piernas temblando, rodeando su cuello con mis brazos, sujetándome para no caer.
Después del orgasmo, no pude evitar soltar una risa de satisfacción. Él solo se quedó ahí, mirándome, con una sonrisa traviesa, para después sentarnos en el sofá.
—Creo que necesitabas ayuda —dijo, antes de levantarse.
Le lancé un cojín, pero ambos sabíamos que no era un reclamo. En ese momento, sabía que estaba en deuda con él, algo que me pareció justo.
Tiempo después, nuestros días de descanso coincidieron. Sabía que tenía que saldar mi deuda, y lo hice. Pero entonces, él estaba en deuda conmigo. Y así siguió durante meses. Esa dinámica hizo la pandemia más llevadera, todo gracias a un delicioso remedio para el estrés.
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