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Unos vecinos influencers 2. Amistad con Beneficio

Teddy no vino por el fútbol. Vino por ella. Y Armando, atrapado entre el deber y el deseo, descubrió que la puerta de su casa ya no era solo suya.

LuzOscura909.1K vistas9.0· 16 votos

CAPITULO 2

Amistad con Beneficios (No Declarados)

"El verdadero poder no está en tomar lo que quieres, sino en hacer que te lo ofrezcan..."

El sábado olía a libertad. Clara se había ido de compras con sus amigas, Alex encerrado en su habitación con esos videojuegos que lo absorbían por horas, y Gael acostado en su cama. Yo, Armando, por fin dueño de mi espacio.

Vestido solo con un bañador ajustado y mi vieja camiseta del Curro '92, la cerveza bien fría sudando entre mis dedos, el sofá acogiéndome como un viejo amigo. En la pantalla, el césped del Bernabéu brillaba bajo los focos, los jugadores del Real Madrid calentando. Un partidazo. Paz. Silencio. Perfección.

Ding-dong.

El timbre cortó el aire como un cuchillo en mi momentáneo paraíso.

—Joder, ¿quién coño...?

Al abrir, el estómago se me hizo un nudo. Teddy.

—¡Hombre, Armando! —Su sonrisa era demasiado blanca, demasiado perfecta, como si se la hubiera pulido para ocasiones especiales—. ¿No me digas que ibas a ver el partido solo como un perdedor?

Apoyado en el marco de mi puerta como si fuera suyo, llevaba unos shorts que deberían ser ilegales por ajustados y una camiseta sin mangas que exhibía esos tatuajes que hacían que Clara se mordiera el labio sin darse cuenta. Mierda. Mierda. Mierda.

—Justo empezaba —dije, sin disimular el fastidio en la voz.

Pero Teddy ya se deslizaba dentro, rozándome al pasar, su olor a loción cara y ambición masculina invadiendo mi territorio.

—Pues qué bien —agitó una bolsa con botellas belgas que costaban más que mi reloj—. Porque traigo cervezas... y ganas de charla.

Se dejó caer en mi sofá, en mi sitio, estirando las piernas como si fuera suyo. Y ahí empezó todo.

—¿Y Clara?

Ahí estaba. Esa pregunta que no era pregunta, sino búsqueda. Noté cómo su mirada rebotaba contra las puertas cerradas, los rincones vacíos, cazando su presa.

—Se fue de compras con sus amigas— dije, y juré ver un destello de satisfacción cruzar su rostro. Como un lobo oliendo que el rebaño está indefenso.

—Mejor... noche de chicos— murmuró, hundiéndose más en el sofá hasta que su muslo rozó el mío. Demasiado cerca. —¿Qué opinas de que no juegue Vinicius hoy?

Cambió de tema, pero no importaba. Las cervezas empezaron a fluir, las risas también, y sin darme cuenta, había bajado la guardia. Teddy tenía ese don: hacerse irresistible cuando quería. Sus historias de viajes, su conocimiento absurdo de estadísticas futbolísticas, incluso su manera de lamer el cuello de la botella después de cada trago... todo diseñado para seducir.

—Pues me tienes que decir dónde compras esta cerveza... está mejor que la mía— admití, ya con la cuarta botella en la mano y la cabeza ligera.

Teddy se inclinó hacia mí, el olor a menta y lujo masculino invadiendo mis sentidos.

—Te lo diré... cuando me invites a ver otro partido en tu casa— susurró.

Reí, demasiado fuerte, demasiado borracho de su atención.

—Pues estás invitado cuando quieras. El barrio es aburrido... no hay nadie que le guste el fútbol como a nosotros.

Y ahí lo hice. Le abrí la puerta. No solo a mi casa... sino al juego.

Teddy celebró brindando, sus dedos rozando los míos al chocar las botellas.

—Sabes, Armando...— dijo, bajando la voz hasta convertirla en un rumor cargado de peligro —Clara tiene suerte. Un hombre que comparte sus pasiones... es un hombre seguro.

Sus ojos decían lo que su boca no se atrevía: "Y los hombres seguros... suelen compartir más que el fútbol."

Teddy dejó caer la botella de cerveza entre sus piernas, el vidrio frío empañándose contra el tejido fino de sus shorts. Se inclinó hacia adelante, los codos apoyados en las rodillas, y por primera vez desde que lo conocía, vi una grieta en su armadura de chico perfecto.

—Te envidio— dijo, y la voz le tembló de una manera que sonó demasiado real para ser actuación. Sus dedos jugueteaban con la etiqueta de la cerveza, arrancándola en tiras nerviosas—. Tienes esta casa, esa mujer...

Hizo una pausa, alzando la mirada hacia mí bajo esas pestañas absurdamente largas que Clara siempre mencionaba. Una mirada cargada de picardía y algo más oscuro.

—Clara es... brutal— susurró, mordiendo el labio inferior como si luchara por contener las palabras—. Y me imagino que debe tener mil tíos detrás. No sé cómo lo llevas.

El aire se espesó entre nosotros. ¿Estaba Teddy pidiéndome consejos sobre celos?

—No es como Lucy— continuó, hundiendo los dedos en su pelo con un gesto de frustración—. Lucy es preciosa, sí, pero tiene cien mil babosos escribiéndole al día por Instagram. Y no puede mandarlos a la mierda porque es parte de su trabajo.

Se pasó una mano por la cara, la respiración agitada. Por primera vez, el depredador parecía vulnerable.

—Ayer te hablé como un imbécil— admitió, los ojos verdes brillando con sinceridad inesperada—. Y quería pedirte perdón. Es solo que... los celos a veces me matan.

Me recliné en el sofá, sintiendo cómo el poder cambiaba de manos. Ahora era yo quien tenía algo que él quería: control.

—Clara sabe hasta dónde puede llegar— dije, eligiendo las palabras con cuidado mientras observaba cómo Teddy absorbía cada sílaba—. No prohibo, no controlo... pero dejo claro lo que pasa si cruza ciertos límites.

Teddy se mordió el labio, demasiado húmedo, demasiado rojo.

— Y cuáles son esos... límites exactamente?

La pregunta flotó entre nosotros, cargada de posibilidades. ¿Estábamos hablando de Clara... o de nosotros?

—Depende— tomando un trago largo mientras mis ojos se clavaban en los suyos.

Teddy contuvo el aliento cuando me incliné hacia él, reduciendo la distancia a centímetros.

Teddy inclinó su cuerpo hacia mí, los músculos de sus brazos tensándose bajo esa camiseta ajustada que parecía pintada sobre su torso. Demasiado cerca. El olor de su colonia se mezclaba con el alcohol de nuestras respiraciones.

—"Depende" es una respuesta muy... ambigua— murmuró, pasando la lengua por sus labios en un gesto que sabía exactamente lo que provocaba—. ¿Qué tipo de límites te gusta probar, Armando?

La pregunta era un anzuelo.

Dejé mi cerveza en la mesa con lentitud deliberada, el cristal golpeando el mármol con un clic que sonó como un disparo en el silencio repentino.

—Los interesantes— respondí, manteniendo la voz baja mientras mis ojos recorrían su cuello, esa vena que latía demasiado rápido—. Como cuando un amigo admira tanto lo que es tuyo... que casi lo sientes como un halago.

Teddy contuvo el aliento.

—¿Y si ese "amigo" quiere más que admirar?— desafió, sus dedos rozando mi rodilla con excusa de alcanzar su bebida.

El contacto duró menos de un segundo. Fue suficiente.

—Entonces deja de ser un halago... para convertirse en un problema— respondí, clavándole la mirada.

Teddy no retrocedió. Al contrario, sus pupilas se dilataron con pura excitación depredadora.

—Pero aún no me has dicho vuestras normas— insistió, su aliento caliente rozándome la cara.

—La confianza es lo primero— dije, clavando la mirada en esos ojos verdes que parecían ver demasiado—. Si le pregunto algo, quiero la verdad. Nada de mentiras, nada de esconder cosas.

Teddy asintió, lamiéndose los labios con gesto pensativo.

—¿Y Clara? ¿Te dice toda la verdad?

Sentí un escalofrío al oír su nombre en esa boca.

—Mi mujer no es tan santa como parece— admití, sorprendiéndome a mí mismo por la sinceridad—. Es guapa, lo sabe, y le gusta gustar. Le encanta sentirse deseada.

Teddy dejó escapar un suspiro casi imperceptible, sus dedos acariciando el cuello de la botella con una lentitud obscena.

—¿Y eso no te mata?

—Me jode— reconocí, apretando los dientes—. Pero se lo permito... siempre que sepa dónde está el límite.

El silencio se extendió entre nosotros, pesado como una manta mojada. Fuera, el partido seguía su curso, pero ya nadie lo miraba.

—¿Y tú?— pregunté, cambiando de tema—. ¿Confías en Lucy?

Teddy soltó una risa amarga, demasiado áspera para ser real.

—Lucy es distinta— murmuró, hundiendo los dedos en su pelo oscuro—. Tiene cien mil tíos detrás, pero es parte de su trabajo. Lo que me jode es que a veces no sé si lo hace por obligación... o porque le gusta.

Sus ojos se encontraron con los míos, y por primera vez vi algo genuino en ellos. Vulnerabilidad.

—¿Crees que ella piensa lo mismo de ti?— continué, disfrutando de mi ventaja—. ¿Que todas te tiran?

Teddy sonrió, esa sonrisa de lobo que conocía demasiado bien.

—No lo sé— susurró, inclinándose hacia mí hasta que su aliento, caliente y a cerveza, rozó mi oreja—. Pero si Clara alguna vez duda de ti... ya sabes dónde encontrarme.

—¿me cubrirías? —Mis dedos jugueteaban con la etiqueta de mi cerveza, arrancando pequeños trozos de papel—. Si alguna vez... hubiera algún malentendido. ¿Sabes a lo que me refiero, no?

Teddy dejó escapar una risa baja, demasiado cálida para la tensión que flotaba en la habitación. Se inclinó hacia adelante, los codos apoyados en sus rodillas, los músculos de sus brazos tensándose bajo la fina tela de su camiseta.

—Entre amigos, todo se cubre —dijo, su voz un susurro ronco que resonó como una promesa—. Es la regla número uno.

Sus ojos verdes, brillantes como esmeraldas bajo la luz tenue, me perforaron con una intensidad que hizo que mi estómago se contrajera.

—¿Y tú a mí? —preguntó, deslizando su botella por la mesa hacia mí en un gesto que parecía un reto—

El silencio se extendió por un segundo demasiado largo. Fuera, el partido seguía su curso, pero el rugido de la televisión era solo un murmullo lejano.

—Entre amigos, todo se cubre —repetí, levantando mi botella para chocarla contra la suya con un clic que sonó como un pacto sellado—. Pero no abuses, Teddy.

Él sonrió, como un gato que acaba de pillar al canario.

—Nunca —murmuró, llevándose la botella a los labios—. Solo lo justo.

El brindis había sellado algo entre nosotros - algo peligroso, algo eléctrico. Las botellas chocaron con un clink que resonó como un juramento antiguo, mientras nuestras miradas se mantenían fijas la una en la otra, cargadas de promesas no dichas.

Y en ese momento supe: Había sellado un trato con el diablo.

Teddy se hundió en el sofá como si fuera su territorio conquistado, sus muslos poderosos abriéndose con descarada comodidad. La mano desapareció en el bolsillo de esos shorts criminalmente ajustados, emergiendo con un porro tan perfectamente enrollado que parecía obra de arte.

—¿Puedo fumarme esto aquí? —preguntó, pasando la lengua por los labios mientras sus dedos largos acariciaban el papel—. Me relaja... aunque a Lucy no le hace ni puta gracia que lo haga.

Mi mente se dividió en dos.

Por un lado, el Armando de corbata y reuniones de directorio, el marido que jamás había probado ni un cigarrillo. Por otro... este hombre nuevo que emergía bajo la mirada esmeralda de Teddy, hambriento de experiencias prohibidas.

—Fúmatelo tranquilo —dije, sorprendiéndome a mí mismo—. Aquí no juzgamos.

Teddy sonrió como si hubiera ganado algo, sus dientes perfectos brillando bajo la luz tenue. Con un movimiento fluido, llevó el porro a sus labios y lo encendió.

La primera calada fue largo, sensual. Sus pulmones se expandieron bajo la camiseta blanca, los músculos abdominales marcándose a través de la tela. Cuando exhaló, el humo formó espirales grises que se enredaron en el aire entre nosotros, como fantasmas de todas las cosas prohibidas que podrían pasar.

—¿Quieres? —ofreció, extendiendo el porro hacia mí con una mano firme.

Nunca había dicho que sí tan rápido en mi vida.

El papel estaba ligeramente húmedo donde sus labios lo habían tocado. Al inhalar, el sabor a Teddy se mezcló con la hierba - menta y algo más picante, como peligro. El humo me quemó la garganta de una forma que no esperaba, provocando una tos violenta que sacudió todo mi cuerpo.

Teddy se rió - una risa cálida, íntima - y su mano grande aterrizó en mi espalda, masajeando círculos lentos entre mis omóplatos.

—Joder, Armando... —murmuró, su voz cargada de diversión y algo más oscuro—. ¿42 años y éste es tu primer porro?

Sus dedos seguían dibujando formas en mi espalda, cada círculo más bajo que el anterior.

—Cuántas cosas tengo que enseñarte todavía... —susurró, tan cerca que su aliento caliente me rozó la oreja.

El mundo se volvió borroso en los bordes, pero una cosa era clara: acabábamos de cruzar una línea que no tenía vuelta atrás.

El humo del porro aún flotaba en el aire como un fantasma cuando Teddy se despidió con ese abrazo de colegas que duró dos segundos más de lo normal. Su pecho ancho contra el mío, sus manos grandes palmeándome la espalda baja con una presión que no era casual.

—Un placer, colega— susurró contra mi cuello, su aliento caliente mezclándose con el aroma a marihuana y su carísima colonia—. Espero repetir pronto... tomar algo.

Cuando la puerta se cerró tras él, me quedé paralizado un instante, sintiendo cómo el THC bailaba en mi sangre y ese extraño cosquilleo que Teddy dejaba a su paso. ¿Qué demonios acababa de pasar?

Me convertí en un huracán de nervios, abriendo ventanas con movimientos bruscos que hicieron crujir los marcos. Las velas de vainilla prendieron con mis dedos temblorosos, su aroma dulzón intentando ahogar el rastro de nuestra transgresión. El ambientador roció el aire con partículas químicas que se estrellaron contra las cortinas como un ejército contraatacando.

El cenicero - ese testigo mudo de nuestra caída - lo escondí en el lavavajillas, enterrado bajo platos sucios como un cadáver bajo tierra movediza. Mi corazón martilleaba contra las costillas.

El sonido de la llave en la cerradura me hizo saltar como un adolescente pillado en falta.

—¡Hola, cariño, ya estoy en casa!— cantó Clara desde la entrada, sus tacones resonando contra el mármol.

Apareció en el salón cargada de bolsas de compras, esos ojos verdes brillando de emoción. Se acercó para darme un beso rápido en los labios—demasiado rápido—y noté cómo sus fosas nasales se dilataban levemente. ¿Habría olido algo?

—¿Qué tal tu tarde?— preguntó, dejando caer las bolsas con un suspiro de alivio.

—Bien, bien... ¿y la tuya?

—¡Genial! Son unos trapitos...— comenzó a sacar prendas coloridas de las bolsas, agitándolas frente a mí.

—Eso dices siempre— sonreí, dándole una palmada en ese trasero perfecto que llenaba sus vaqueros como un milagro de la ingeniería textil.

Ella rió—esa risa cristalina que me encantaba—y se dirigió hacia las escaleras:

—Anda, voy a cambiarme y cenamos juntos.

—A Gael ya le di su cena y Alex se pidió una pizza— le dije mientras subia.

Minutos después bajó vestida con ese short diminuto que me volvía loco y una camiseta blanca dos tallas más pequeña de lo que necesitaba—la que usaba para dormir y que dejaba ver el contorno oscuro de sus pezones cuando estaba desnuda debajo. Como ahora.

Mientras preparaba nuestras tostas de salmón con aguacate—su favorito—sentí sus ojos clavados en mi espalda.

—¿Qué tal el partido?— preguntó, jugueteando con los rizos de su pelo.

—Bien... vino el vecino. Teddy. Hicimos muy buenas migas.

Clara casi escupe el vino.

—¿En serio?— sus cejas se dispararon hacia el flequillo—. ¿El mismo que ayer no te caía bien?

—La gente sorprende... Es buen tipo.

Clara mordisqueó su tosta, dejando una mancha de carmín en el borde del plato que me hizo pensar en otras cosas que podía morder.

—No es tu estilo de amigo... Es muy gamberro, muy joven...— sus ojos brillaron con algo que no supe identificar—. No sé, no te pega.

Pero ahí estaba. Esa sonrisa escondida, la que aparecía cuando algo le gustaba más de lo que quería admitir. La misma que usaba cuando probaba un postre prohibido durante la dieta.

—Ahora me tendré que hacer yo amiga de su novia— bromeó, pasando la lengua por un trocito de aguacate que le quedó en el labio superior.

Y en ese momento lo supe: Teddy ya había ganado. No con argumentos o cualidades. No. Había ganado porque ahora vivía en nuestra mente, en nuestros diálogos, en ese espacio íntimo entre esposos donde antes solo había habido dos.

*Notificación de WhatsApp - 9:32 am*

La vibración del móvil sobre la mesilla de noche me sobresaltó. Clara aún dormía a mi lado, su cuerpo desnudo apenas cubierto por la sábana que se había enredado entre sus piernas. La luz del amanecer filtraba por las persianas, dibujando rayas doradas sobre su espalda desnuda.

El nombre en la pantalla hizo que mi pulso se acelerara:

Teddy 🏋️♂️ "Buenos días, colega. ¿Sobreviviste a tu primera vez? 😏"

Adjunto: Una foto de su torso desnudo frente al espejo del gimnasio, gotas de sudor recorriendo esos abdominales marcados que sabía que Clara admiraba.

Mis dedos volaron sobre el teclado antes de poder pensarlo dos veces:

Yo "Más vivo que muerto. Aunque todavía siento tu mano en mi espalda..."

Adjunto: Foto de mi café de la mañana, capturando sin querer mi propia mano en el borde de la taza - una toma inocente que sabía sugeriría mucho más.

Los puntos suspensivos de Teddy aparecieron y desaparecieron tres veces antes de su respuesta:

Teddy 🏋️♂️ "Jajaja pobre virgen. Cuando quieras repites, tengo una reserva especial... más suave para principiantes 😉"

Adjunto: Foto de un porro perfectamente enrollado sobre su mesa de mármol, al lado un par de copas de vino ya servidas.

Clara se movió a mi lado, murmurando algo en sueños. Rápidamente bajé el brillo de la pantalla.

Yo "No sé si debería fiarme de tu definición de 'suave'... Ayer casi me muero con tu versión 'light'"

Teddy 🏋️♂️ "Confía en mí, Armando. Soy un excelente profesor... en muchas cosas 😈"

Adjunto: Primer plano de sus labios mordiendo el extremo del porro, sus ojos verdes mirando directamente a cámara con una intensidad que hizo que mi estómago diera un vuelco.

Clara estiró un brazo, buscando mi calor. Apagué el móvil y lo dejé caer en la cama como si me hubiera quemado.

Y en ese momento lo supe: Estos mensajes no eran solo entre amigos. Esto era el principio de algo mucho más peligroso... y excitante.

El desayuno transcurría con normalidad mientras Clara, vestida solo con mi camisa de dormir - que le quedaba obscenamente corta -, untaba mantequilla en su tostada con esos movimientos lentos y sensuales que siempre hacían que me costara concentrarme. El sol de la mañana se filtraba por la ventana, iluminando el escote que la prenda dejaba al descubierto.

—Voy al aseo un segundo— mentí, dejando mi café a medio tomar.

Una vez en el baño, con la puerta cerrada y el grifo abierto para disimular, desbloqueé mi teléfono con dedos que temblaban ligeramente.

Yo "¿Me estás invitando a otro porro o qué?"

Los tres puntos de respuesta aparecieron inmediatamente, como si Teddy hubiera estado esperando mi mensaje.

Teddy 🏋️♂️ "A ti sí, banquero... A tu 'Tetoncita' no. A menos que quiera compartir 😏"

Adjunto: Un meme de un gato mirando fijamente un vaso de leche, editado con la frase "Cuando Teddy ve a Clara en ese top ajustado".

Un calor repentino me recorrió el cuerpo. ¿Cómo se atrevía a llamarla así? Pero en lugar de indignarme, sentí un extraño hormigueo en el estómago. Mis dedos volaron sobre el teclado:

Yo "Eso no va a pasar. Y deja de mirarle las tetas, joder."

Teddy 🏋️♂️ "No prometo nada 😈 Pero tranquilo, sé respetar la propiedad ajena... a menos que el dueño me dé permiso para jugar 😇"

Adjunto: Foto de su mano grande sosteniendo un porro, el pulgar rozando sensualemente la punta.

El sonido de los pasos de Clara acercándose por el pasillo me hizo guardar el móvil a toda prisa.

—¿Todo bien, cariño?— preguntó desde la puerta, su voz cargada de esa inocencia que sabía era puro teatro.

—Sí, sí... solo un malestar estomacal— mentí, abriendo el grifo para lavarme las manos que olían a culpa y deseo.

Cuando salí, Clara estaba recostada contra el marco de la puerta, con esa pose que sabía me volvía loco - cadera ladeada, pecho hacia adelante, labios ligeramente entreabiertos.

—¿Seguro que estás bien?— susurró, pasando un dedo por mi pecho—. Tienes la piel muy caliente...

Y en ese momento supe que este juego a tres bandas podría ser mi perdición... o mi mayor fantasía.

El móvil vibraba en mi palma como un corazón ansioso mientras Clara, vestida solo con mi camiseta de rugby, se inclinaba sobre la nevera. La tela blanca, estirada al límite, se convertía en cómplice involuntaria del espectáculo.

Notificación de WhatsApp:

Teddy 🏋️♂️ "Oye, banquero... ¿'La Dueña de los Balones' sabe que hoy vas a jugar en mi cancha? 😏"

Adjunto: Foto de un balón de baloncesto entre sus manos, sus dedos largos acariciando las costuras con una sensualidad innecesaria.

Mis pulgares volaron sobre la pantalla:

Yo "Ella manda en SUS balones. Los míos son territorio prohibido."

Los puntos suspensivos de Teddy bailaron antes de su respuesta:

Teddy 🏋️♂️ "Uy, qué posesivo... Pero todos sabemos quién controla el partido cuando 'La Dueña' se pone ese top negro. Hasta el árbitro se distrae 🏀🔥"

Adjunto: Meme de un jugador tropezando mientras mira hacia las gradas, editado con la frase "Cuando Clara entra al gimnasio".

Clara cerró la nevera con la cadera, dos fresas jugosas en una mano.

—¿Con quién hablas tan sonriente?— mordisqueó una fruta, el jugo escandaloso en sus labios.

—Teddy. Invita a ver el partido el sábado.

—Ah, ¿el vecino?— Su ceja se arquió mientras limpiaba el dulce derrame con el pulgar. ¿En tu casa o...?

—En su casa.

—Pues dile que apruebo la quedada... pero que no se pase de tres faltas.

Teddy 🏋️♂️ "Pregúntale a La Dueña de los Balones si quiere venir esta tarde a ver un partido a mi casa. Trae tus propias cervezas... y tus mejores intenciones 😏"

Algo en mi estómago se retorció.

Me jodía admitirlo, pero ese mote despectivo que Teddy usaba para Clara... me provocaba una reacción contradictoria. Cada vez que lo escribía, imaginaba sus labios curvándose con esa sonrisa de lobo al pronunciarlo, como si supiera exactamente el efecto que causaba en mí. Y lo peor era que funcionaba.

Mis dedos respondieron antes de pensarlo:

Yo "¿Y quién juega hoy? ¿O es otro partidazo como el del otro día?"

Los puntos suspensivos de Teddy aparecieron y desaparecieron tres veces, como si disfrutara alargando la tensión.

Teddy 🏋️♂️ "Rayo Vallecano vs Mallorca, colega. Un duelo épico 🔥 (ironía mode: ON)"

Yo "Menos mal que Clara no entiende de fútbol... si no nos pillaría."

Teddy 🏋️♂️ "¿Pillarnos en qué, banquero? 😈 Si solo vamos a ver fútbol..."

Adjuntó: Un GIF de un jugador "tropezándose" contra otro, las manos "casualmente" en lugares prohibidos.

No pude evitar sonreír.

Clara se acercó, dejando un rastro de aroma a vainilla y jabón caro. La toalla se ajustaba peligrosamente a su cuerpo, y por un segundo, imaginé la mirada de Teddy posándose en ella.

—Oye, cariño...— dije, ocultando el móvil tras mi espalda—. El vecino pregunta si queremos ir esta tarde a ver un partido a su casa.

Clara se secó el pelo con gesto teatral, haciendo que la toalla se moviese en zonas estratégicas.

—¿Otro? ¿Vamos a pasar todo el finde viendo fútbol?— suspiró, pero había un brillo juguetón en sus ojos—

Supongo que Lucy estará en casa... Podríais hablar. ¿No decías que te ibas a hacer amiga de ella?

Esa era mi mujer. Siempre tres pasos por delante.

—No me parece mala idea...— murmuré, fingiendo reflexionar—. Pero podríamos decirles que vengan ellos aquí. Así los conocemos mejor.

Clara mordió su labio inferior, ese tic que solo aparecía cuando algo le intrigaba.

—Vale... pero adviértele a tu nuevo mejor amigo— dijo, arrastrando las palabras con una sonrisa picara— que si viene, que traiga algo más interesante que un partido de segunda.

Clara se detuvo en medio del salón, la toalla ajustándose peligrosamente a sus curvas con cada movimiento. Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios todavía húmedos del baño.

—¿y porque no se lo dices tú? Le envias un audio y se lo dices- dije retándola, me gustaba este juego, no sé porque

—¿Que se lo diga yo?— Su voz era miel derramándose sobre cristal roto, dulce pero cortante.

Caminó hacia mí con esa cadencia felina que siempre me quitaba el aliento, las uñas pintadas de rojo pasando por mi pecho al tomar el móvil de mis manos.

—¿Un audio, dices?— Sus dedos bailaron sobre la pantalla mientras mantenía mi mirada retenida, como un preso ante su verdugo.

Grabando...

—Hola, Teddy...— comenzó, arrastrando las palabras como si fueran caramelos derritiéndose en su boca. Armando me dice que tienes ganas de... ver un partido. Una pausa calculada. Pero si quieres venir a casa, te advierto que tendrás que traer algo mejor que fútbol aburrido.

Sus dedos acariciaron el borde de la toalla mientras hablaba.

—Lucy puede venir, claro... pero sólo si prometes portarte... Otro silencio cargado. ¿O prefieres que sea yo quien te ponga condiciones, vecino?

El chasquido de su lengua al final del audio sonó como un latigazo.

Antes de que pudiera reaccionar, su pulgar presionó enviar. El móvil vibró entre sus manos con un sonido obsceno.

—¿Contento?— murmuró, devolviéndome el teléfono mientras la toalla se aflojaba peligrosamente.

Clara me devolvió el móvil con una sonrisa de gata satisfecha, la toalla cayendo completamente al suelo en un movimiento que sabía perfectamente calculado.

—Parece que esta noche tendremos... compañía— susurró, caminando hacia el dormitorio con esa oscilación de caderas que dejaba claro que el juego había comenzado.

En la pantalla, los puntos suspensivos de Teddy aparecieron al instante.

El móvil vibró con fuerza en mi mano, como si el propio dispositivo no pudiera contener la energía de la respuesta de Teddy.

Teddy 🏋️♂️ "Dile a La Dueña de los Balones que acepto su... desafío."

Adjunto: Foto de sus manos grandes sosteniendo una botella de champán y dos boles de fresas, estratégicamente colocadas sobre su mesa de mármol.

Los puntos suspensivos de Teddy aparecieron... y desaparecieron. Luego, silencio.

Y en ese momento lo supe: Ningún partido de fútbol se compararía con el espectáculo que estaba por venir.

Si este juego de apuestas peligrosas y códigos no dichos ha hecho que tu pulso se acelere al leer cada línea, no dudes en escribirme a [email protected] para contarme: ¿De qué lado estás? ¿Del equipo de Teddy y sus provocaciones calculadas, del de Clara y su audacia disfrazada de inocencia... o del pobre Armando, atrapado en esta red de deseo y celos que él mismo ayudó a tejer?

Luz Oscura