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Compañeros - Capítulo 3: Furtivos

Luis intentó no mirar, pero la piel clara y la forma en que Miguel dejaba caer sus prendas fueron inevitables. Ahora, con el sonido de la ducha llenando la habitación, la reacción de su cuerpo ha traicionado su discreción.

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Capítulo 3: Furtivos

El primer día de universidad amaneció con una mezcla de nervios, dolor de cabeza y algo parecido a ilusión. Miguel se había despertado con la alarma, despeinado y con los ojos aún medio cerrados, mientras Luis dormía boca abajo con un brazo colgando fuera de la cama y el otro atrapado bajo la almohada.

Miguel se duchó rápido y salió a la calle con su mochila perfectamente organizada. Caminó por Madrid con la camisa remangada, los auriculares puestos, y una calma que sólo rompía el murmullo incesante del tráfico. A pesar de los nervios, la primera clase fue bien. Profesores serios, muchos apuntes, y compañeros que aún no sabían cómo mirarse entre ellos.

Luis, por su parte, había llegado tarde a su primera clase de ingeniería pero se sentó como si nada, con su sonrisa segura y la camiseta aún arrugada. Hizo bromas con los de al lado, pidió apuntes a la chica de la fila de atrás, y salió de la facultad como si llevara allí toda la vida.

Volvieron a coincidir en la entrada del colegio mayor, al mediodía.

—¿Qué tal el estreno? —preguntó Luis, apoyándose en la puerta del ascensor.

—Bastante bien. Un poco caos, pero bien.

—Yo me he perdido dos veces y creo que ya le caigo mal a un profe. Todo en orden.

Bajaron juntos al comedor. Al entrar, vieron algunas caras conocidas de la noche anterior. Inés les saludó con la mano desde una mesa. También estaban los dos chicos con los que habían hablado un rato largo junto a las bebidas: Arnau y Jordi, ambos de Barcelona, ambos de Medicina, y con una energía rápida, vivaz, que les contagió enseguida.

—¡Eh! ¡Asturiano y rugbyman! —los llamó Jordi, levantando el tenedor.

Comieron los cuatro juntos. Hablaron de sus respectivas facultades, de cómo de feas eran algunas profesoras, de lo caro que era todo, de qué línea de metro era la peor. Se entendieron al momento.

—¿Jugáis al tenis? —preguntó Arnau, señalando con la barbilla hacia las pistas exteriores del colegio.

Luis asintió. Miguel dudó un segundo, pero acabó diciendo que sí. Aunque hacía años que no tocaba una raqueta.

Quedaron a las cinco. Jugaron por parejas, sudaron bajo el sol de septiembre, rieron entre puntos torpes y caídas tontas. Miguel se soltó más de lo que esperaba. Luis, competitivo como siempre, acabó sin camiseta. Arnau y Jordi resultaron ser divertidos, algo gamberros, y muy buena compañía.

—Esta noche, cervezas por Malasaña —propuso Jordi, mientras recogían las raquetas—. Nada loco. Solo conocernos mejor.

Luis miró a Miguel, como esperando una negativa.

Pero esta vez, Miguel sonrió.

—Venga. Vamos.

De vuelta en la habitación, el calor del día se notaba en las sábanas. Miguel se quitó la camiseta sudada y buscó un calzoncillo limpio. Luis, que estaba en su cama fingiendo mirar el móvil, no pudo evitar mirarlo de reojo.

Vio cómo se bajaba los pantalones con parsimonia, y cómo luego, sin pensárselo demasiado, dejó caer también los calzoncillos. El cuerpo de Miguel era delgado, definido con suavidad, de piel clara. Pero lo que volvió a llamar la atención de Luis —aunque intentó no mirarlo durante más de un segundo— fue su pene. Largo, descansando con un peso evidente sobre el muslo, y unos testículos grandes, pesados, perfectamente definidos. De proporciones inusuales.

Luis apartó la mirada al instante. Sintió un nudo en el estómago. Miguel, completamente ajeno, se metió en el baño con la toalla y su ropa limpia.

La puerta se cerró con un clic. Se oyó correr el agua de la ducha.

Luis tragó saliva.

No entendía por qué le latía tan fuerte el corazón.

Esperó unos minutos tumbado en la cama, mirando al techo, con el pulso en las sienes. El sonido del agua seguía, constante, ajeno. Y con él, algo más crecía bajo su pantalón. Una erección suave, creciente. Involuntaria. Casi absurda.

Se levantó.

Fue hasta la puerta del baño y apoyó la frente un instante sobre la madera caliente, como si intentara enfriar el pensamiento. Luego volvió a la habitación, cerró la persiana hasta dejarla entreabierta, y se sentó en la silla frente al escritorio.

La tensión no bajaba. Al contrario. Se bajó el pantalón con rapidez, liberando su miembro erecto. Estaba duro. Firme. Vibrante.

No supo por qué, ni quiso pensar en ello.

Se inclinó un poco hacia adelante. Apoyó los pies en el suelo. Cerró los ojos.

Y entonces, sin avisarse, empezó a masturbarse.

Primero lento. Deslizó la mano con suavidad por todo el largo del tronco, dejando que la piel se adaptara al ritmo. Luego aumentó la presión, la velocidad. Imágenes difusas se mezclaban en su cabeza: piel mojada, la curva de una espalda, el agua resbalando por un cuerpo blanco.

El cuerpo de Miguel.

No era deseo. No era intención. Era una reacción física. Confusa. Irrefrenable.

Luis respiraba entrecortado. La tensión le recorría la espalda. Subía por el cuello, le apretaba la mandíbula. Aceleró el ritmo. El placer se acumulaba, vibraba en la base de su vientre.

Y de pronto, con un jadeo seco, se corrió.

El semen salpicó sobre sus muslos y parte del suelo. Luis se quedó quieto, sintiendo cómo el corazón le latía en las orejas.

Abrió los ojos.

El agua seguía sonando en el baño. Miguel no tardaría en salir.

Se limpió con una camiseta vieja, se vistió con rapidez y se sentó como si nada en su cama, justo cuando se oyó la puerta abrirse.

Miguel salió con el pelo húmedo, una toalla atada a la cintura y cara de recién duchado. Tenía un brillo limpio en la piel, un aura de calma.

—Tu turno —dijo, mientras rebuscaba ropa en la mochila.

Luis asintió, se levantó, cogió su ropa y entró al baño con una frase suelta:

—No tardes mucho en arreglarte, que a este paso llegamos al bar para la penúltima ronda.

Después de ducharse —esta vez con más agua que pensamientos—, se vistieron con ropa fresca y sencilla. Camisetas oscuras, vaqueros, colonia rápida.

Salieron a la calle con hambre. Se comieron un par de bocadillos en una terraza cercana, bajo una farola anaranjada. Luego bajaron caminando hacia Tribunal, donde Arnau y Jordi ya los esperaban junto a un bar de luces tenues y terraza llena.

—Vamos a reventarnos el hígado, hermanos —dijo Jordi, levantando la primera caña.

Y entre risas, vasos fríos, y confidencias que aún sabían a primeros pasos, la noche volvió a trazar un hilo invisible entre ellos.

Un lazo nuevo.

Joven.

Inevitable.

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