Compañeros - Capítulo 2: Una noche cualquiera
La fiesta terminó, pero la noche apenas comenzaba para Luis. Al ver a su compañero desvestirse con total naturalidad, algo en su cuerpo respondió sin pedir permiso. Ahora, bajo el mismo techo, el silencio pesa más que las palabras.
Capítulo 2: Una noche cualquiera
La cena había sido ruidosa, desordenada y llena de caras nuevas. Miguel apenas había probado la tortilla reseca del menú cuando Luis, entre bocado y bocado, levantó la vista de su móvil con una expresión que mezclaba entusiasmo y conspiración.
—Esta noche hay fiesta en la sala común —anunció, como quien lanza un reto.
Miguel frunció el ceño.
—¿Fiesta?
—Sí, tío. Copas, música, gente de primero, de segundo… lo típico para romper el hielo. Lo organiza un tal Sergio, uno de los veteranos que vive en la tercera. Me ha dicho que vaya.
—Yo pensaba repasar el horario —dijo Miguel, con media sonrisa irónica.
Luis se rió, meneando la cabeza.
—No me jodas. Es nuestra primera noche en Madrid, tío. Primera noche real. Hay que vivirla. Y no me digas que vas a quedarte en la habitación leyendo mientras todo el colegio está de copas.
Miguel dudó. Bajó la mirada hacia su bandeja.
—No sé… Es que no conozco a nadie. Me da palo.
—¡Pero si me conoces a mí! —insistió Luis, dándole un leve codazo en el hombro—. Venga, anda. Una copa. Charlamos, conocemos peña, te echas unas risas. Si no te gusta, nos subimos.
Miguel lo miró un segundo. La sonrisa de Luis era desarmante. Irradiaba una seguridad que, en ese momento, Miguel envidió un poco.
—Vale —dijo al fin—. Pero una copa. Solo para no parecer un antisocial.
—Así me gusta, arquitecto.
⸻
La sala común estaba irreconocible. Las luces fluorescentes se habían apagado, sustituidas por tiras LED azules que teñían las paredes con un resplandor eléctrico. Un altavoz escupía reguetón a medio volumen y, en el centro, una mesa de ping-pong cubierta con botellas, vasos de plástico, bolsas de hielo y refrescos a medio abrir.
Había más gente de la que Miguel esperaba. Grupos apoyados en las paredes, sentados en cojines, riendo, bailando, conversando. Luis lo arrastró con decisión hacia el centro del caos.
—¡Ese de ahí es Dani, de Teleco! —le gritó al oído—. Muy crack. Y la rubia que está con él es Inés, de segundo. Cuidado, que tiene peligro.
Miguel apenas pudo seguirle el ritmo. Luis parecía conocer a todo el mundo ya. Repartía palmadas, chocaba manos, bromeaba con unos, preguntaba de dónde eran otros. Y cada vez que podía, lo presentaba con naturalidad.
—Este es Miguel, mi compi de cuarto. Viene de Asturias. Estudia arquitectura, el cabrón. Pinta bien, ¿eh?
Y poco a poco, Miguel fue relajándose. No del todo, pero lo suficiente como para aceptar una copa que alguien preparó con ron, cola y hielo escaso. Luego vino otra. Y otra más.
La música subía de volumen. Las conversaciones se entrecruzaban, y el calor humano, la luz tenue, el zumbido del alcohol en la sangre… todo contribuía a crear una sensación rara de pertenencia. Miguel no recordaba haber vivido algo así.
Se encontró hablando con una chica de Alicante sobre cine, luego con un chico de Filosofía que fumaba en la ventana. Luis estaba por todas partes, sonriendo, bailando, animando el ambiente. En algún momento se reencontraron junto a la mesa de bebidas, copa en mano.
—¿Qué tal vas? —le preguntó Luis, acercándose a su oído.
—No me siento las piernas —respondió Miguel, riéndose sin control.
—Eso es que vas bien. Bienvenido a Madrid.
Brindaron. Siguieron hablando con gente, riendo, escuchando historias absurdas de veteranos. Miguel, desinhibido como nunca, incluso bromeó con una chica sobre quién tenía la peor foto del DNI. Y cuando ya la música empezaba a repetirse, cuando algunos cuerpos empezaban a sentarse agotados, Luis tocó su hombro.
—¿Subimos?
Miguel asintió. No era tan tarde, pero sí suficiente.
⸻
El pasillo estaba oscuro, en silencio. Apenas una bombilla parpadeando en una de las esquinas. Al entrar a la habitación, Miguel se dejó caer en su cama con un suspiro largo, como si el cuerpo se le deshiciera.
—¿Lo ves? No ha estado tan mal —dijo Luis, cerrando con suavidad.
—Ha estado bien… demasiado bien —murmuró Miguel, incorporándose con lentitud.
Luis ya estaba desnudándose. Se quitó la camiseta y la lanzó al respaldo de la silla. Luego empezó a rebuscar unos calzoncillos limpios. Miguel, algo torpe por el alcohol, se puso de pie también, abrió su mochila y sacó el pijama.
—¿Te vas a cambiar? —preguntó Luis, con media sonrisa.
—Sí. Ya me da igual todo —respondió Miguel, riéndose.
Y se quitó la camiseta. Luego bajó el pantalón corto que llevaba, y con la misma naturalidad, se bajó también los calzoncillos.
Luis, que se había girado hacia el armario, lo vio de reojo. Y se detuvo.
La vista fue directa, sin adornos.
El cuerpo de Miguel, alto y delgado, tenía algo magnético. Su piel clara, aún húmeda del calor, reflejaba la luz tenue del cuarto. Pero fue su sexo lo que lo dejó inmóvil un segundo.
Un miembro largo, descansando pesado sobre el muslo, con un grosor que no parecía acorde a su complexión. Los testículos eran grandes, redondos, colgantes. Había algo casi impactante en su proporción, en su presencia, algo difícil de ignorar. Luis tragó saliva sin saber muy bien por qué.
Miguel ni se inmutó. Se puso el pantalón del pijama con la parsimonia de quien no ha notado nada raro. Luego se tumbó, con una sonrisa medio boba en los labios.
Luis parpadeó, volvió a lo suyo, se desvistió y se metió en la cama. Pero cuando apagó la luz, notó algo.
Estaba algo empalmado.
No mucho. Solo un leve endurecimiento. Pero estaba ahí.
Y no supo por qué.
⸻
A la mañana siguiente, el despertador sonó demasiado pronto. Luis gruñó desde su cama.
—¿Qué hora es?
—Las ocho y veinte —respondió Miguel, con voz áspera.
—¿Tanto? ¿Cómo me llamo?
—Luis. Eres mi compañero de cuarto. Jugabas al rugby. Ayer me emborrachaste.
Luis se rió, revolviéndose entre las sábanas.
—Joder, sí. Qué noche. ¿Te duele la cabeza?
—Un poco. Pero más me duele la vergüenza.
—Tranquilo, no hiciste nada raro… aunque sí me diste un susto con eso que llevas colgando, hermano.
Miguel le lanzó una zapatilla.
—¡Cállate, cabrón!
Luis rió más fuerte, vistiéndose a toda prisa.
—Tú sí que te vas a hacer famoso en esta residencia.
—¿Tú crees que la fiesta fue normal o que la liamos?
—Yo creo que fue la primera de muchas. Así que espabila. Vas a llegar tarde a tu primera clase.
—Mierda…
Salieron corriendo, cada uno con su mochila, sin peinarse, sin desayunar, con la sensación vertiginosa de estar empezando algo que aún no entendían del todo.
Pero sabían que ya no estaban solos.
Y eso, al menos esa mañana, bastaba.
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