Xtories

Carta de Vanessa, al Cornudo de su esposo [05]

Vanessa cree que va a confrontar a Damián y poner fin a la relación, pero el estacionamiento oscuro y el olor a sudor de él despiertan una traición que ya no puede controlar. Con su familia a metros de distancia y el riesgo de ser vista en cada segundo, la rabia se convierte en un juego de poder donde ella pierde el control de su cuerpo y su dignidad.

Reina de Picas11K vistas7.2· 5 votos

Parte 5

El estacionamiento detrás de la iglesia era un terreno oscuro, lleno de carros viejos y sombras que se movían como fantasmas bajo la luz mortecina de un farol roto. Ahí estaba él, amor, Damián, recargado contra una camioneta impecable, su camisa blanca abierta en el pecho, dejando ver ese torso velludo que me hacía perder la cabeza.

Sus ojos negros brillaron cuando me vio acercarme, como si ya supiera que iba a caer, como si mi resistencia fuera un chiste que solo él entendía. «Sabía que vendrías, putita», gruñó, con esa voz grave que me vibraba hasta el la concha, y yo me quedé parada a unos pasos, temblando, con las manos apretadas en puños, queriendo gritarle que me dejara en paz pero con las bragas empapadas traicionándome.

Mis nervios eran un nudo en el estómago, Pablo, un nudo que se apretaba más con cada paso que daba hacia él. Había dicho que iba al baño, pero aquí estaba, caminando hacia un hombre que me estaba destruyendo, con el corazón latiéndome en las sienes y las piernas flojas como si fueran a doblarse.

Cada crujido de la grava bajo mis pies me estresaba más. Sabía que de no parar estaría cerca de tirarlo todo por la borda. Pensaba en ti, amor, en tu cara cansada ayudando con el sorteo, en Lupita y tu mamá riéndose a unos metros, en Toño y su mirada de cabrón que sabía demasiado. El miedo me comía viva, pero algo más fuerte, algo sucio y caliente, me empujaba hacia él, como si mi cuerpo tuviera una voluntad propia que no podía controlar.

«Vete a la chingada, Damián», le solté, y mi voz salió afilada, cargada de una rabia que me quemaba el pecho. No era la Vanessa débil que balbuceaba excusas, no, esta vez era una mujer harta, con las uñas clavadas en las palmas y los ojos ardiendo.

«¿Por qué carajos le contaste a Toño lo que pasó entre nosotros? ¡Porque lo sabe, cabrón, Toño sabe lo nuestro! ¿Sabes lo que me estás haciendo? ¡Me estás jodiendo todo, todo lo que he peleado por tener con Pablo, con su familia, con esta pinche vida que me agobia pero que es mía!» Mis palabras eran un torrente, cada una más pesada, y las lágrimas me picaban los ojos, pero me las tragué, porque no iba a dejar que me viera rota.

«¡Toño podría soltar la boca cualquier día, Damián, quizá borracho o drogada o qué se yo! ¿Te das cuenta? Una palabra suya y mi mundo se va al carajo. Lupita, mi suegra, mi marido… todos me van a ver como una zorra barata, y tú te vas a reír mientras yo me hundo. ¿Eso quieres? ¡Dime, cabrón, eso quieres?»

Él se rió, un sonido bajo y áspero que me erizó la piel, y dio un paso hacia mí, su olor a loción fresca y sudor limpio envolviéndome como una trampa. «Cálmate, reinita», dijo, con esa mueca torcida que siempre me desarmaba. «Toño no es pendejo, sabe cerrar la boca. Es mi compa, lleva años conmigo en el taller, y nunca ha traicionado mi confianza. ¿Crees que va a ir corriendo a contarle a su mujercita que te cogí? No, Vanessa, él sabe cómo son las cosas, y tú también lo sabías cuando te metiste conmigo».

Sus palabras eran frías, calculadas, como si todo esto fuera un juego que él controlaba. «Además, si tanto te preocupa, ¿por qué sigues viniendo? ¿Por qué estás aquí, gritándome, en vez de estar con tu maridito, sirviéndole arroz con leche?»

«¡Porque no me dejas en paz!» chillé, y mi voz se quebró, las lágrimas escapándose a pesar de mi esfuerzo por contenerlas. «Tú me buscaste, Damián, tú viniste a la tiendita, a esta kermes, me metiste en esta mierda donde no puedo ni respirar sin temer que todo se descubra. ¡Y ahora Toño lo sabe, y cada vez que me mira, siento que me está juzgando, que en cualquier momento va a soltar la bomba y voy a perder a Pablo, a su familia, todo lo que me ha costado años construir!»

Me limpié la cara con el dorso de la mano, furiosa conmigo misma por dejarlo ver mi debilidad.

«Y no solo eso, cabrón, ¿quién era esa pinche vieja que tenías colgada del brazo en la kermés? ¿Crees que no la vi, restregándose contra ti como si fuera tu dueña? ¡Me estás usando, Damián, soy solo un juguete para ti, una más de tus putas, y estoy harta de sentirme como basura!»

Mis celos salieron como veneno, Pablo, porque no podía soportar la imagen de esa mujer, con su falda corta y su risa chillona, tocándolo como si tuviera derecho. Me quemaba la idea de que él le diera lo que me daba a mí, que sus manos, esas manos que me habían arrancado gemidos, se metieran en su piel, que sus ojos negros la miraran con ese fuego que yo creía mío.

«Ya salió el peine»adivinó Damián sintiéndose orgulloso.

«¡No soy una cualquiera que puedes usar y tirar, Damián! ¡Tengo una vida, un esposo, una casa, y tú me estás convirtiendo en una mierda que no reconoce su propia cara en el espejo! ¡Quiero que me dejes en paz, que te vayas con tu pinche zorra y me dejes vivir!»

Damián me miró, sus ojos entrecerrados, y por un segundo pensé que iba a darme la razón, que iba a retroceder. Pero entonces soltó una risa seca, un sonido que me cortó como navaja. «¿Estás celosa, verdad, mami? ¿Eso es lo que te tiene así? No quieres que me aleje, quieres que sea solo tuyo», dijo, y su voz era un gruñido bajo, cargado de burla. «Esa vieja no es nadie, un rato de diversión, pero tú… tú eres la que no puede dejarme. Mírate, gritando que me odias, pero aquí estás, con las bragas mojadas, rogándome con los ojos que te coja. No me vengas con que quieres que te deje, porque si fuera cierto, no estarías aquí, temblando como perra en celo».

Se acercó más, su cuerpo a centímetros del mío, y sentí su calor, su presencia como una corriente que me jalaba hacia él. «Admítelo, reinita, no es Toño ni tu cornudo lo que te jode. Es que no soportas la idea de que me coja a otra».

«¡Cállate, cabrón!» grité, empujándolo con las dos manos, pero era como mover una pared. Mis dedos se enredaron en su camisa, sintiendo los músculos duros debajo, y mi cuerpo traicionó mi rabia, un calor subiéndome por el vientre. «¡No estoy celosa, estoy harta! ¡Harta de que me uses, de que me hagas sentir como una puta mientras tú sigues con tu vida como si nada! ¡No quiero esto, Damián, no quiero seguir siendo tu juguete!» Pero mi voz se quebró, y él lo notó, porque su sonrisa se hizo más ancha, más cruel.

«Si tan harta estás, hablemos claro», dijo, señalando la camioneta con un movimiento de cabeza. «Súbete al carro, Vanessa. Aquí afuera cualquiera puede vernos, y no creo que quieras que las vecinas chismosas te vean peleando con el mecánico. Vamos a aclarar esto como se debe». Su tono era firme, pero había algo en sus ojos, una chispa que me ponía los nervios de punta, como si supiera que iba a ceder. Quise negarme, amor, quise mandarlo a la chingada y correr de vuelta a la kermés, pero mis piernas no se movieron, y mi coño palpitaba, traicionándome como siempre.

«Solo hablar», murmuré, más para convencerme a mí misma que a él, y él asintió, abriendo la puerta del copiloto con un gesto que parecía casi caballeroso, pero que escondía esa hambre que conocía demasiado bien. Subí, temblando, el cuero del asiento frío contra mis muslos, el interior del carro limpio y ordenado, con un leve aroma a pino que no esperaba de un mecánico como él. Damián sabía lo que hacía, amor, no era un tipo descuidado, y eso me ponía más nerviosa, porque cada detalle suyo era un recordatorio de por qué me había atrapado.

Se subió al lado del conductor, cerrando la puerta con un golpe seco, y el espacio se sintió de pronto pequeño, su presencia llenándolo todo. «Entonces, ¿qué quieres, Vanessa?» dijo, recargándose en el asiento, sus ojos fijos en mí, desnudándome sin tocarme. «¿Que me aleje? ¿Que le diga a Toño que se olvide de lo que vio? ¿O que te coja aquí mismo hasta que dejes de gritar pendejadas?» Su voz era calma, pero cortaba, y yo apreté las manos en mi regazo, sintiendo el sudor correr por mi espalda.

«Quiero que me dejes en paz», dije, pero mi voz salió débil, y él lo notó, porque se acercó, con su mano rozando mi muslo, un toque leve que me erizó la piel. «No mientas, reinita», susurró, y su aliento caliente me rozó la mejilla. «Estás celosa, y eso te está comiendo viva. Pero no te preocupes, esa vieja no es nada, solo un rato. Tú eres la que me tiene loco, la que me hace querer partirte en dos cada vez que te veo».

Sus dedos subieron por mi muslo, lentos, y yo quise apartarlo, pero mi cuerpo no respondió, mi respiración acelerándose mientras él seguía hablando. «Dime la verdad, mamacita. Si tanto odias esto, ¿por qué sigues viniendo? ¿Por qué estás aquí, en mi carro, en vez de estar con tu marido?»

No tuve ninguna respuesta convincente. Mi rabia se deshacía, amor, como arena entre los dedos, y el calor de su mano en mi muslo me nublaba la cabeza. «No… no quiero esto», murmuré, pero mi voz era un jadeo, y él se rió, bajo y sucio, su mano subió más, rozando el borde de mis jeans. «Sí quieres, mamacita», gruñó, y antes de que pudiera protestar, su otra mano me agarró por la nuca, jalándome hacia él, su boca rozó la mía, no un beso, sino una promesa de lo que venía.

«Damián, para», dije, pero mi cuerpo se inclinaba hacia él, mis manos temblaban mientras se posaban en su pecho, sintiendo los latidos fuertes bajo su camisa. «Solo… solo quería hablar», balbuceé, pero él ya me tenía, amor, sus dedos acariciándome, su boca rozando mi cuello, lamiendo el sudor que me corría por la piel. «Hablamos después, reinita», gruñó, y yo gemí, un sonido débil que me traicionó, mi coño palpitando mientras sus manos se metían bajo mi blusa, estrujándome las tetas con esa fuerza que me hacía perder la cabeza.

No sé cómo pasó, Pablo, pero estaba cediendo, mi rabia derritiéndose bajo su toque, mi cuerpo rindiéndose como siempre lo hacía. «Solo esta vez», murmuré, más para mí que para él, mientras sus dedos bajaban por mi vientre, abriendo mis jeans, y yo me odiaba, amor, me odiaba por ser tan débil, pero no podía parar, no cuando él me miraba así, no cuando mi coño chillaba por él como una perra en celo.

Mis nervios eran un caos, amor, un nudo apretado en el estómago que no me dejaba respirar. Cada crujido del cuero bajo mi culo, cada roce de su mano, me recordaba dónde estaba: en el carro de Damián, a unos metros de la kermés, donde tú, Pablo, estabas con tu mamá y Lupita, ajeno a la mierda que estaba haciendo.

Mi corazón latía tan fuerte que sentía que iba a reventarme el pecho, y mis ojos se iban a la ventana, buscando sombras en el estacionamiento oscuro, temiendo que una vecina chismosa o, peor, que tú, amor, aparecieras de pronto, viéndome como la zorra que era. «Damián, no… alguien nos va a ver», balbuceé, mi voz temblando mientras intentaba empujarlo, mis manos sudadas resbalando contra su pecho duro.

«Tranquila, reinita, los cristales son polarizados», gruñó, su voz baja y sucia, cargada de esa seguridad que me ponía los nervios de punta. «Nadie va a ver cómo te chupo esa panochita rica».

Sus palabras me llegaban hondo, y mi coño traicionero se mojó más, palpitando bajo sus dedos mientras él desabrochaba mis jeans con una mano, la otra subiendo por mi blusa, estrujándome las tetas con una fuerza que me sacó un gemido. «Mírate, toda nerviosa, pero te encanta el peligro, ¿verdad, zorra?», dijo, y su risa resonó en el espacio cerrado, mezclándose con el zumbido lejano de la banda en la kermés.

Quise protestar, amor, quise gritarle que parara, que no podía hacer esto con tu familia tan cerca, pero mi cuerpo no me obedecía. Sus dedos se colaron bajo mis calzones, rozando mi clítoris hinchado, y un calor asqueroso me subió por las piernas, haciéndome jadear como una idiota. «Papi, por favor… no aquí», murmuré, pero mi voz era un gemido roto, y él lo sabía, porque sus ojos negros brillaban con esa hambre que me deshacía.

«Cállate, putita, que tu concha está empapada», gruñó, y metió un dedo dentro, luego dos, abriéndome con una rudeza que me hizo arquear la espalda contra el asiento, mis tetas rebotando bajo la blusa empapada de sudor.

El carro era un puto infierno, amor, el aire pesado con el olor a pino del ambientador y el sudor de nuestros cuerpos. Mis manos temblaban, agarrándose al asiento, al volante, a cualquier cosa para no rendirme del todo, pero él no me daba tregua. «Mírate, pinche perra, toda mojada, pensando que te van a cachar», gruñó, y su mano libre me jaló por la nuca, estrellando su boca contra la mía, su lengua metiéndose en mi boca como si quisiera tragarme entera.

Sabía a cerveza y tabaco, y yo, maldita sea, me dejaba, chupando su lengua como una zorra desesperada, mis gemidos ahogados contra sus labios mientras sus dedos bombeaban dentro de mi coño, el chapoteo húmedo resonando como un eco de mi traición.

«Damián, no… si alguien pasa…», balbuceé entre besos, mis ojos volviendo a la ventana, buscando cualquier sombra en el estacionamiento, imaginando a Toño riéndose desde la oscuridad o, peor, a ti, Pablo, caminando hacia el carro con esa cara de imbécil preocupado que me mataba.

Pero Damián solo se rió, sus dientes rozándome el labio inferior mientras gruñía, «Que pasen, reinita, que vean cómo te mama la verga una hembra de verdad». Sus palabras eran grotescas, amor, y me ponía más caliente, mi coño apretaban sus dedos como si quisiera engullirlos, mis jugos chorreando por su mano, salpicando el cuero con un sonido asqueroso que me hacía temblar de vergüenza y morbo.

Me sacó la blusa, y luego mi sujetador, y mis tetas quedaron al aire, los pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta. «Qué chichotas, mamacita», gruñó, y se inclinó, chupándome un pezón con una fuerza que me hizo gritar, «¡Ay, mierda, papi!».

Mi espalda se arqueó, mis manos enredándose en su pelo, jalándolo mientras él lamía y mordía, dejando marcas rojas que tendría que esconder de ti. «Alguien… alguien va a oír», jadeé, mi voz quebrándose, pero él solo levantó la cabeza, su barba raspándome la piel mientras gruñía, «Que oigan, zorra, que sepan que eres mía».

Mis nervios no se iban, amor, cada ruido del estacionamiento —un crujido de grava, un eco lejano de risas— me ponía al borde del pánico.

Pensaba en tu mamá, en Lupita, en las vecinas que podrían pasar por aquí, viendo el carro meciéndose, imaginando lo peor. Pero Damián no paraba, sus manos bajando mis jeans hasta los tobillos, mis calzones colgando de una pierna mientras me abría las piernas con una fuerza que me sacó el aire.

«Mira esa panochita, toda abierta para mí», gruñó, y se agachó, su lengua lamiendo mi coño con una hambre que me hizo aullar, «¡Papi, qué rico, mierda!». Mi cuerpo convulsionaba, mis muslos temblando mientras él chupaba mi clítoris, sus dedos entrando y saliendo, mis jugos salpicándole la barba como si fuera su trofeo.

«Damián, por favor… nos van a ver», gemí, mis manos empujando su cabeza pero sin fuerza, mi coño rindiéndose a cada lamida, a cada mordida. Él levantó la vista, su cara brillando con mis jugos, y gruñó, «Los cristales son polarizados, reinita, ya te dije, nadie ve nada, pero tú sigue chillando, que me pone más duro».

Su voz era un rugido, y antes de que pudiera protestar, se enderezó, desabrochando su pantalón con un movimiento lento, deliberado, el sonido del cinturón deslizándose por las trabillas como un latigazo en mi cabeza. Bajó el cierre, el metal chirriando en el silencio, y metió la mano dentro, sacando su vergota con un movimiento que me cortó el aliento.

Juro, Pablo, que cada vez que la veía era como la primera, como si mi cabeza no pudiera procesar algo tan bestial. Era una polla monstruosa, amor, gorda como un fierro de construcción, tan ancha que apenas podía abarcarla con las dos manos, las venas gruesas latiendo bajo la piel como si tuvieran vida propia, la punta brillante con una gota de semen que goteaba lenta, pesada, cayendo al suelo del carro.

La textura era rugosa, caliente, la piel tensa y suave al tacto, pero dura como piedra debajo, un peso inabarcable que me hacía sentir pequeña, insignificante, como si esa verga fuera un dios al que tenía que adorar.

Era más grande que cualquier cosa que hubiera imaginado, amor, mucho más que tu pito flácido, y me avergüenza decirlo, pero cada vez que la veía, mi coño se apretaba solo, mi boca se llenaba de saliva, y mi cuerpo temblaba de un deseo enfermo que nunca sentí contigo.

«Chúpamela, zorra», gruñó Damián, agarrándome el pelo con una mano, su verga rozándome los labios, el olor a hombre puro golpeándome como una droga. Quise negarme, amor, quise gritar que no, que no podía hacer esto con la kermés tan cerca, pero mi boca se abrió sola, y mi lengua lamió la punta, saboreando la sal de su semen mientras él gemía, «Así, perra, trágatela».

Me la metí hasta donde pude, amor, y era imposible, la anchura estirándome los labios hasta doler, la longitud golpeándome la garganta, haciéndome toser mientras la babaza se me escapaba, chorreando por mi barbilla, goteando en mis tetas desnudas como un recordatorio de mi humillación.

«Succiona, reinita, como si fuera un dulce», gruñó, guiándome con su mano en mi nuca, empujándome más profundo. «No te la tragues toda de una, mamacita, usa la lengua, bésala, chúpala despacito».

Hice lo que decía, amor, y me odio por eso, por cómo mi lengua recorrió cada vena, lamiendo la piel rugosa, besando la punta como si fuera un amante, chupando con fuerza hasta que mis mejillas se hundían, la babaza saliendo en hilos pegajosos que se mezclaban con el sudor de su verga.

«Eso, zorra, así, bésamela como nunca se la besaste al cornudo», gruñó, y sus palabras me cortaron, porque era verdad, Pablo, nunca te hice esto, nunca me arrodillé para ti así, nunca dejé que mi boca se llenara de baba por ti, y el pensamiento me humillaba, me hacía sentir como una traidora mientras él me guiaba, «Chupa más fuerte, usa los dientes un poquito, mamacita, haz que sienta quién manda».

Mis manos temblaban en sus muslos, amor, mis uñas clavándose en su piel mientras chupaba, succionaba, lamía, siguiendo cada orden como una puta obediente. Y entonces, con un movimiento lento, sacó sus huevos, amor, y juro que casi me desmayo. Eran enormes, pesados como mangos maduros, colgando en una bolsa de piel cubierta de vello negro y rizado, tan grandes que parecían rebotar por su propio peso, llenos de semen que yo sabía que pronto me bañaría.

«Chúpalos, mamita», gruñó, y me jaló hacia abajo, mi cara enterrada en ellos, el olor a sudor y hombre llenándome la nariz mientras mi lengua los lamía, los besaba, los succionaba con un sonido húmedo que resonaba en el carro.

Nunca hice esto contigo, Pablo, nunca me rebajé así, nunca dejé que mi boca se llenara de babaza por unos huevos, que mi lengua recorriera cada pliegue, que mis labios besaran algo tan sucio y perfecto.

Y mientras lo hacía, amor, mientras chupaba y lamía, intercalando besos en su verga y succiones en sus huevos, sentía la humillación quemándome el pecho, el morbo de saber que estaba haciendo algo que nunca te di, algo que te habría roto el corazón si lo vieras.

«Así, perra, qué rica boca», gruñó Damián, su mano apretando mi pelo, guiándome de los huevos a la verga, de la verga a los huevos, un ritmo sucio que me tenía jadeando, mi coño chorreando como un río, mis jugos empapando el asiento mientras mis nervios seguían al borde, temiendo que alguien, cualquiera, escuchara el carro mecerse.

«Te voy a reventar la panocha a vergazos, reinita», gruñó, su voz cortándome el aliento, y yo temblé, amor, temblé de miedo y morbo, sabiendo que estaba a punto de caer otra vez, con el riesgo de que todo se descubriera palpitando en mi cabeza como una bomba.

Yo te juro que le dije que no, pero él insistió.

«Voy a destrozarte esa concha con mi verga, mamacita», rugió Damián, su voz como un trueno que me hizo estremecer, un escalofrío de puro pánico y deseo que me dejó al borde del abismo, sabiendo que estaba a punto de hundirme otra vez, con el peligro de que alguien nos descubriera zumbando en mi cabeza como un enjambre.

El pánico me arañaba las tripas, amor, cada susurro del viento afuera, cada destello que podría ser un farol o unos ojos en la penumbra del estacionamiento, me hacía imaginarte a ti, Pablo, o a tu hermana Lupita, o a alguna vecina fisgona acercándose al carro, oyendo el vidrio polarizado vibrar, captando los jadeos que se me escapaban sin control. Pero Damián no me dejó espacio para dudar, sus manos como tenazas en mi cintura, alzándome como si fuera una pluma y colocándome a horcajadas sobre él, mi coño rozando su polla bestial, caliente y rígida contra mi piel húmeda.

«Damián, no… nos van a ver», susurré, mi voz se quebró mientras mis dedos temblaban contra su pecho, las uñas raspando su camisa, mis ojos saltando a la ventana, convencida de que una silueta se detenía afuera, un borrón que podría ser Toño con su risa burlona, tu mamá buscando su cazuela, o tú, amor, con esa mirada preocupada que me destrozaba.

Pero él solo soltó un gruñido, «Relájate, putita, los cristales son oscuros, nadie ve un carajo», y me empujó hacia abajo, la cabeza de su verga abriéndome la concha con un pinchazo que se fundió en un placer sucio, arrancándome un alarido, «¡Dios, papi, qué grande!». Mi cuerpo se tensó, mis tetas desnudas se sacudieron en el aire, los pezones tiesos como clavos mientras él me taladraba desde abajo, sus manos amasándome el culo, dejando huellas rojas que quemaban.

Mi blusa en el suelo, y mis tetas se mecían libres, chocando contra el torso velludo de Damián mientras él se agachaba, atrapando un pezón con la boca, succionándolo con una voracidad que me hizo chillar, «¡Papi, me matas!». Sus dientes arañaron la piel, mordiendo hasta dejar un ardor que palpitaba, su lengua barriendo el sudor que me goteaba por el ombligo, y yo gemía, atrapada en el morbo, en la traición, sabiendo que esto, amor, esto nunca te lo ofrecí, nunca dejé que mis tetas llevaran tus marcas, nunca rugí por ti como rugía por él.

«Mírate, zorra, cabalgándome mientras tu maridito sirve tacos allá afuera», rugió, su voz un latigazo que resonaba en mi culpa, y yo jadeaba, «¡Sí, papi, dámelo todo!», mi concha estrujando su verga con cada embestida, mi humedad empapándole los muslos, salpicando el cuero con un ruido viscoso que me humillaba y me prendía.

El terror de que nos descubrieran me consumía, amor, cada destello que juraba ver afuera, cada eco de la lotería en la kermés, me hacía imaginarte empujando la puerta, viéndome montarlo como una cualquiera, mis tetas al descubierto, mi cara empapada y mi concha chorreando por otro hombre. «Damián, espera… hay alguien», gemí, mis ojos se clavaron en la ventana, pero él solo soltó una risa, lamiendo mi otro pezón con un chasquido húmedo, «Que se asomen, mamacita, que vean cómo te hago mía».

Cabalgaba con desenfreno, amor, mis caderas bailando solas, subiendo y bajando sobre su verga, cada golpe hundiéndose hasta lo más profundo, las venas pulsando contra las paredes de mi concha, tan ancha que me dilataba al límite, tan larga que me tocaba el alma, sitios que tú, Pablo, nunca rozaste. «¡Carajo, papi, qué bestia!», aullé, y él rugía, «Siente, perra, esto no te lo da ese pusilánime de tu marido».

Sus palabras me llegaban hondo, amor, cada una un recordatorio de mi traición, de que esta polla me llenaba como tú nunca lograste, y la vergüenza me hacía empaparme más, mi concha goteando como una tormenta, mis muslos temblando mientras lo montaba, el carro tambaleándose como si fuera a desmoronarse.

De repente, me alzó. Sus manos, como garfios, me aferraron la cintura. Me volteó, me dejó de rodillas en el asiento trasero. El culo se alzó en pompa. Mis tetas se aplastaron contra el reposacabezas. El cuero helado raspó mis pezones. «Échate pa’trás, puta», ordenó.

Obedecí como esclava, amor. Mis dedos se aferraron al reposacabezas. Él se posicionó detrás. Su verga rozó mi concha por detrás. La punta me abrió con una calma que me hizo jadear. «Damián, no… si alguien viene…», susurré.

Mis ojos saltaron a la ventana. Estaba segura de que una silueta se detenía, un brillo que podía ser un celular grabando, alguien que sabía. Pero él no hizo caso. Me la clavó de un empujón. Grité: «¡Dios, papi, me partes!».

Mi cuerpo se estrelló contra el reposacabezas. Mis tetas se bambolearon con cada arremetida salvaje.

El carro tembló, amor. Los amortiguadores crujieron bajo nuestro peso. El cuero rechinó mientras él me cogía como bestia. Sus manos amasaron mi culo, me abrieron más para hundirse hasta el fondo. «Qué concha tan apretada, carajo», rugió.

Gemí: «¡Papi, no pares, dámelo todo!». Mi voz retumbó en el espacio cerrado. Mi humedad le empapó los muslos, goteó al suelo como evidencia de mi pecado. Cada arremetida golpeó lo que eras, Pablo, tu pito débil que apenas me tocó, tus movimientos torpes que nunca me hicieron aullar.

Me desprecié, amor. Me desprecié por compararte, por dejar que esta verga me destrozara mientras tú apilabas platos en la kermés, incapaz de descubrir a la puta en la que me había convertido.

«Mírate, Vanessa. Culeas con el mecánico mientras tu esposo está con tu familia», rugió Damián.

Lamió mi cuello, dejó chupetones que después tuve que cubrir con una bufanda. Su lengua recogió el sudor que me corrió por la columna. «Si supiera cómo te abro la concha, se colgaría de la pura vergüenza», dijo. Sus palabras me aplastaron, amor. Me redujeron a nada. Pero mi concha se apretó más. Mi cuerpo tembló con cada embestida. El morbo de la traición me incendió.

«¡Deja de hablar de mi marido!», gemí. Mis ojos se fijaron en la ventana. Estaba convencida de que un destello era alguien que miraba, un eco de risas infantiles que podía ser alguien que se acercaba. Pero él solo soltó una carcajada. «Sigue gimiendo. Que el barrio entero se entere de quién te coge».

Me volteó otra vez, amor. Me sentó en el borde del asiento trasero. Abrí las piernas como una ofrenda. Mi concha quedó expuesta, goteó mientras él se arrodilló entre mis muslos. Lamió mis tetas. Su lengua trazó círculos en mis pezones, mordió hasta hacerme rugir: «¡Papi, me matas, ah-ah!».

Mis manos se enredaron en su pelo, tiraron mientras él chupó, succionó, dejó mi piel brillante con su saliva. «Estas chichotas no son para cornudos», rugió.

Jadeé: «¡No, papi, solo tuyas!». Traicioné con cada sílaba, con cada alarido, consciente de que nunca te dejé devorarme así, de que nunca te di esta pasión que él me arrancó.

Me alzó una vez más, amor. Me puso boca abajo en el asiento trasero. Mi cara se aplastó contra el cuero. El volante rozó mi muslo. Mi culo se alzó. Él se metió entre mis piernas. Su verga me abrió con un golpe. Aullé: «¡Carajo, papi, me rompes!».

El carro se sacudió con cada embestida. El cuero se pegó a mi piel empapada. Mis tetas se aplastaron contra el asiento. Miré la ventana, segura de que una silueta se detenía, un brillo que podía ser alguien, cualquiera, que captaba el espectáculo de mi traición. «Damián, hay alguien… para», gemí.

Pero él no escuchó. Chupó mi nuca mientras me cogía. Su pelvis se estrelló contra mi culo con un ruido húmedo que llenó el carro.

«Que se queden mirando, puta. Que vean cómo te cojo», rugió. Aullé: «¡Papi, métemela toda, carajo!».

Mi concha lo estrujó con cada embestida. Mi humedad empapó sus huevos peludos, goteó al suelo como un charco de mi delito. El morbo de que nos destruyeran me devoró, amor.

La idea de que tú, Pablo, irrumpieras, de que me vieras con las tetas aplastadas, devorada por este macho, me humilló y me incendió. Mi cuerpo convulsionó mientras él me partió. Su verga tocó sitios que nunca soñé, me hizo rugir como nunca rugí contigo.

De pronto, su ritmo se aceleró, amor. Sus arremetidas fueron más fieras. Su aliento se entrecortó.

Rugió: «Me vengo, mamacita. Te voy a inundar la concha». El terror me atravesó. No quise eso. No quise su semen dentro. No quise esa atadura. Pero mi cuerpo se negó a detenerse. Mi concha lo apretó más.

Gemí: «¡Papi, no, afuera, por favor!».

Pero él no escuchó. Sus manos se hundieron en mis caderas. Se vino, amor. Un río espeso y ardiente me inundó la concha, se desbordó por mis muslos, goteó al cuero. Temblé: «¡ah-ah-ah---papi!».

Justo entonces, amor, las campanas del templo retumbaron. Un clamor me sacudió los huesos, como si Dios mismo me señalara. Fue, quizá, la primera llamada de la misa. El sonido me atravesó, como si la virgencita me escupiera por la puta en la que me convertí.

Damián se apartó, agitado. Se abrochó el pantalón con un movimiento seco. Su cara fue fría como piedra, como si yo fuera una transacción terminada.

«Limpia ese desastre, putita. No quiero mi carro así», gruñó. Me lanzó un trapo limpio de la guantera. Me quedé ahí, temblé contra el asiento. Las piernas abiertas, su semen se escurrió por mi piel, caliente y pegajoso.

Mi blusa seguía en el suelo. Mis tetas se marcaron con sus chupetones. Me limpié como pude, amor. Froté el trapo entre mis muslos. La humillación me abrasó. Él prendió un cigarro. El humo se incrustó contra el vidrio polarizado.

«Lárgate, putita. Antes de que tu esposo empiece a buscarte», dijo.

No me miró, y yo me sentí usada, humillada, terriblemente indignada.

“¡Hijo de puta!” le grité.

Me puse los jeans torpemente. El semen aún viscoso entre mis piernas, mi concha palpitó. Mi cabeza giró con la culpa y el placer que me pulverizaron. Abrí la puerta. El aire frío del estacionamiento me golpeó como un bofetón. Salí, amor. Me tambaleé como un espectro. Mis pies aplastaron la grava. El eco de las campanas resonó en mi alma. Fui al baño a limpiarme, a acomodarme la ropa. Y luego volví a la kermés, consciente de que te traicioné otra vez, de que no había escapatoria.

Ojalá pudiera decirte que esta fue la última vez. Pero lo que continuó fue mucho peor de lo que había hecho hasta ahora.

https://www.instagram.com/soyreinadepicas/

NOVELA COMPLETA EN AMAZON

RELATOS Y MÁS CONTENIDO EN PATREON

Continúa en