Carta de Vanessa, al Cornudo de su esposo [04]
La kermés estaba llena de risas y luz, pero para Vanessa solo había una sombra: Damián. Él la miraba desde la distancia, sabiendo que ella no podía huir, y cada susurro era una sentencia. Mientras su esposo intentaba ser útil, el mecánico le recordaba quién realmente la dominaba.
Parte 4
He vuelto a escribir, Pablo, y si estás leyendo esta carta es porque escondí bien el archivo y no pudiste leerlo antes de que esté listo.
Tú has de pensar, después de lo que has leído, que yo simplemente dejé de luchar por nosotros y por nuestro amor, pero no es así.
De hecho, Pablo, te cuento que un día, cansada de tanta mierda en mi cabeza, y sabiendo que probablemente ya no volvería a tener ningún tipo de contacto con el mecánico, yo me levanté decidida a hacer algo, cualquier cosa, para sacarme a Damián de las entrañas y devolverte a ti el lugar que te juré cuando nos casamos.
Me paré frente al espejo del baño, con el pelo hecho un nido y los ojos hundidos como pozos negros, y me dije, «Vanessa, maldita zorra, vas a arreglar esto, vas a ser la esposa que Pablo merece, y no le volverás a faltar al respeto nunca, bajo ninguna circunstancia».
Así que esa mañana, mientras te preparabas para irte a la oficina, te lo solté de golpe, con la voz temblando pero firme: «Amor, ¿y si esta noche hacemos algo especial? Algo para nosotros, para reavivar nuestro amor, para recordarnos cuánto nos amamos. Pero… querido, que sea hecho por ti. Siento que últimamente soy yo la que siempre da el primer paso, y hoy quiero que sea diferente».
Te quedaste mirándome con esa cara de pendejo confundido que pones cuando no entiendes algo, pero luego asentiste, «Hoy amanecimos cachondones, ¿verdad mija?, tú sabes que lo que me propongas me gustará, ¿qué tienes en mente?».
Y yo, tragándome el nudo en la garganta, dije, «Tú organiza, sorpréndeme, pero que sea como antes, como cuando nos queríamos de verdad».
Y lo hiciste, Pablo, te esforzaste como no te había visto en años. Llegaste esa tarde con una bolsa del supermercado, una botella de vino barato que olía a vinagre y unas velas chuecas que compraste en el tianguis, diciendo, «Vamos a hacer una cena de gala, mi reina, para que veas que todavía puedo ser romántico».
Te vi moverte por la cocina un poco torpe, sudando mientras freías unas pechugas con ajo y cortabas papas de forma casi uniforme, y por un segundo me dio ternura, amor, verte así, intentando ser el hombre que alguna vez fuiste.
Me pediste que me arreglara, «Ponte guapa, Vanessa, como en las primeras citas», y yo obedecí, me metí al baño con el corazón latiendo raro, me puse un vestido negro que guardo desde hace años, ajustado pero no tanto, me pinté los labios de rojo y me solté el pelo, mirándome al espejo como si pudiera engañarme a mí misma, como si esa mujer reflejada pudiera borrar a Damián de un plumazo.
Tu también te bañaste y te arreglaste, y mientras lo hacías yo fui a la cocina para ver lo que habías preparado.
La mesa estaba lista cuando salí, amor, con un mantel que casi nunca usamos y que planchaste a medias, las velas titilando como si se fueran a apagar en cualquier momento, y luego tú saliste con una camisa limpia que te quedaba un poco grande, oliendo a mi champú y con el pelo peinado con agua.
«Te ves hermosa», me dijiste, y por un instante quise creerte, quise sentir algo, quise que esa noche fuera el clavo que enterrara mi traición para siempre.
Cenamos en silencio al principio, el vino amargo quemándome la garganta, las papas medio crudas crujiendo entre mis dientes, pero luego empezaste a hablar, a contarme anécdotas de la oficina, y yo sonreí, forcé risas, puse mi mano sobre la tuya como en las películas, pensando, «esto es, Vanessa, esto es lo que quieres, olvídate de ese cabrón».
Y cuando terminamos, me jalaste al cuarto con una torpeza que casi me hace reír, amor, tropezando con tus propios pies como si no supieras cómo moverte en tu propia casa, como si yo fuera una extraña que te ponía nervioso en lugar de la mujer con la que duermes cada noche.
Me besaste con deseo, no lo puedo negar, y yo me dejé llevar, Pablo, me dejé caer en la cama con la intención de encender esa chispa que se nos apagó hace tanto, queriendo con todo mi corazón que esta vez fuera diferente, que tus manos encontraran algo en mí que no estuviera roto.
Pero mientras me tocabas, amor, con esos dedos fríos que temblaban como si no supieran por dónde empezar, no pude evitar compararte, y lo siento, Pablo, lo siento con cada pedazo de mi alma sucia, pero las comparaciones fueron inevitables, como un veneno que se me colaba sin querer.
Tu cuerpo encima del mío era blando, amor, flojo, como si los años te hubieran chupado la fuerza que alguna vez tuviste, y yo pensaba en él, en Damián, en su peso duro, en sus músculos tensos que me aplastaban contra un muro o mesa de su taller, como si fuera a romperme en mil pedazos.
Tus besos eran suaves, tímidos, casi pidiéndome permiso, y yo recordaba la boca de él, hambrienta, mordiéndome el cuello hasta dejar marcas que tuve que tapar con maquillaje. Cuando intentaste acariciarme las tetas, tus manos fueron torpes, resbalando sin saber cómo apretar, y no pude evitar imaginar las suyas, aceitosas y brutas, estrujándome con una fuerza que me hacía jadear aunque doliera.
Y luego, amor, cuando te metiste entre mis piernas con ese meneo corto y ansioso, tu polla pequeña y blanda apenas rozándome, no pude fingir que me llenabas, no pude ignorar que él me abría entera con esa verga gorda y venosa que parecía arrancarme el aliento, que me hacía gritar hasta quedar ronca.
Gemí, Pablo, gemí como si estuviera sintiendo algo, «Ay, amor, sí», con la voz partida, pero no era placer, eran ganas de llorar, ganas de gritarte que no eras suficiente para mí, que mi cuerpo ya no te reconocía, que mi coño se moría por la verga de otro hombre que no eras tú.
Tú creíste que esos gemidos eran para ti, amor, que eran producto de algo que estabas haciendo bien, y me mata decírtelo, pero eran un eco del mecánico, un lamento por lo que no podías darme, por esa chispa que busqué y no encontré.
Me miraba en tus ojos, brillando con un esfuerzo que no llegaba a nada, y me daban ganas de abrazarte, de pedirte perdón por lo que era, pero también de salir corriendo, de buscarlo a él para que me partiera en dos y me sacara este vacío que me carcomía.
Lo siento, Pablo, lo siento por humillarte así en mi cabeza, por comparte al lado de un hombre que no merece ni lamerte las botas, pero no pude evitarlo, amor, no pude evitar ver lo que no eres, lo que nunca vas a ser, mientras intentabas amarme en esa cama que ya no parecía nuestra, una cama enorme que no llenábamos ni tú ni yo.
Terminaste rápido, Pablo, con un gemido apagado y un chorrito que apenas noté, y te dejaste caer a mi lado, jadeando como si hubieras corrido un maratón, diciendo, «¿Te gustó, mi amor?». Yo asentí, «Sí, amor, me gustó», con una sonrisa que me cortó la cara, mientras por dentro algo se me rompía, un quiebre que no vi venir.
Me levanté al baño con las piernas temblando, pero no porque el acto sexual hubiera estado espectacular, sino porque me sentía insatisfecha y con culpa.
Me miré al espejo y no era yo, amor, era una cáscara vacía, una mujer que quería olvidarlo todo pero no podía, porque mi cuerpo no te aceptaba, mi panochita no se calentaba contigo, mi cabeza seguía atrapada en ese taller mugriento con un cabrón que me había destrozado la vida.
Me senté en el borde del inodoro, con las manos en la cara, y lloré en silencio, no por ti, sino por mí, por ese hueco que no llenaste, por esa necesidad enferma de sentirlo a él que me estaba volviendo loca. Fue un quiebre, Pablo, un puto derrumbe que me dejó temblando, sabiendo que no había vuelta atrás, que no podía seguir fingiendo que esto iba a funcionar.
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Los días después de esa noche fueron un infierno gris, amor, un desfile de mañanas en las que me levantaba con los ojos hinchados y el alma hecha pedazos, haciendo tu café como zombi antes de que te fueras a la oficina sin notar que yo estaba muerta por dentro.
Luego me iba a la tiendita con la cabeza baja, atendiendo a los clientes con una voz que no era mía, contando billetes como si fueran cenizas, y cada rato miraba la puerta, esperando, temiendo, deseando que Damián entrara otra vez, aunque me jurara que no quería verlo. Ese quiebre tras nuestra noche íntima me había dejado frágil, Pablo, como un vidrio rajado que se quiebra con un soplo, y no sabía cómo parar esta locura que me comía por dentro.
Intenté llenar el vacío con cualquier cosa: fregaba trastes hasta dolerme las manos, me ponía a coser ropa vieja que no usamos, pero nada servía, amor, nada tapaba el hueco que esa noche contigo me dejó abierto.
Y entonces llegó lo de la kermés, Pablo, ese favor que le prometí a tu hermana Lupita y que ahora se me venía encima como una avalancha.
Una tarde, mientras estaba en la tiendita contando latas, Lupita entró con su sonrisa de siempre, cargando una libreta llena de garabatos y un montón de ideas para las fiestas patronales.
«Vanessa, ¿te acuerdas de lo de la kermés? Ya mero es, y necesito que me ayudes a organizar todo», me dijo, sentándose en una silla coja que tenemos para los clientes, mientras yo asentía como idiota, «Claro, Lupita, aquí estoy para ayudarte, sirve que me distraigo porque he estado algo estresada».
Tu hermana me explicó sus planes para reunir fondos con esa kermes: me dijo que íbamos a poner puestos de comida, juegos para los chamacos, pedir artículos a comerciantes para hacer sorteos, y me dijo que hasta Toño estaba consiguiendo una banda del barrio para que tocara en vivo.
«Va a ser una chulada, cuñada, con tu ayuda vamos a juntar buena lana para la virgencita», dijo, y yo sonreí, forzando la cara mientras mi cabeza giraba, porque cada palabra suya me recordaba lo cerca que estaba de tu familia, lo fácil que sería que todo se fuera a la mierda si Toño abría la boca y me denunciaba como la adúltera que era. Tu madre y Lupita tanto que me apreciaban, ¿cómo iba a quedar yo si descubrían mi faceta de infiel?
Pasé esa semana corriendo con ella, amor, yendo al mercado a regatear con los vendedores por cazuelas y manteles baratos, anotando números en una libreta vieja para que no se nos fuera el presupuesto, todo mientras intentaba no pensar en Damián, en su verga, en esa noche contigo que me había dejado decepcionada.
Lupita era un torbellino, «Vanessa, ¿qué opinas de esto?, Vanessa, ¿qué opinas de aquello? Y yo contestaba como autómata, «Lo que quieras, Lupita, tú tienes más experiencia en estas cosas», mientras mi cabeza estaba en otro lado, imaginando su risa, su aliento a tabaco, su cuerpo duro contra el mío.
Toño aparecía de vez en cuando, trayendo cosas que conseguía en el taller: sillas, una mesa a medio uso que arregló (y que yo recordaba a aquella donde me empinó para cogerme aquella vez), y cada vez que tu concuño me miraba con esa sonrisita torcida, yo sentía que el suelo se me abría, que en cualquier momento iba a soltar, «Oye, cuñada, ¿ya le contaste a mi hermana cómo te coges al Damián?».
Pero no decía nada, amor, solo me miraba y se reía bajito, dejándome temblando como hoja mientras Lupita seguía platicando de sus planes.
El día de la kermés llegó rápido, Pablo, un sábado templado, en el atrio del templo, con el barrio lleno de ruido y olor a comida frita. El enorme atrio, o plazoleta como le llamaban algunos, estaba repleta: puestos con manteles de colores, niños corriendo de aquí para allá, y la banda tocando música en una tarima improvisada.
Yo estaba detrás de un puesto de gorditas, amasando la masa con Lupita, intentando perderme en el trabajo, en el calor del comal, en cualquier cosa que me sacara al innombrable de la cabeza.
Tu mamá pasó por ahí, trayendo una cazuela de arroz con leche que olía a canela, y me dio un abrazo que casi me hace llorar, «Mijita, qué bueno que estás ayudando, eres una bendición en nuestra familia», y yo murmuré un «Gracias, suegra», con la garganta seca, sintiendo que sus palabras me apuñalaban por lo falsa que era.
Toño andaba cerca, ayudando a montar unas mesas, y cada vez que pasaba me echaba una mirada que me ponía los pelos de punta, como si supiera algo y estuviera esperando el momento para reventarme.
La kermés estaba en pleno auge, amor, ya oscureciendo, y la gente amontonándose alrededor de los puestos, gritando por más comida o peleándose por los juegos de lotería.
Yo seguía con las gorditas, quemándome las manos con el aceite caliente, cuando Lupita me jaló del brazo, «Vanessa, ven, vamos a ver lo que trajo Toño para el otro sorteo que te dije, dice que es una sorpresa».
La seguí como idiota, con el delantal manchado y la masa aún pegada en mis manos, pensando que sería un radio viejo o alguna mierda del taller, pero cuando llegamos a la mesa de la rifa, se me paró el corazón, Pablo.
Ahí, entre una licuadora usada y un ventilador chueco, estaba una caja de herramientas nuevecita, brillante bajo una lámpara pública, con un letrero escrito a mano que decía, «Donada por Damián, el mecánico del barrio».
Sentí que el aire se me iba, que las piernas se me doblaban como papel, y Lupita, sin notar mi cara de muerta, dijo, «Mira qué sorpresa, Toño lo convenció de que donara algo para la causa, ese Damián a pesar de ser tan serio, al parecer es bien buena onda, ¿no?».
Me quedé mirando la caja como si fuera una bomba, con el nombre de Damián escrito en marcador negro quemándome los ojos, y Toño se acercó por atrás, con esa risa baja que me retorcía las tripas.
«Qué buena onda el Damián, ¿verdad, cuñada? Siempre dispuesto a ayudar», dijo, dándome una palmada en el hombro que me hizo temblar, y yo balbuceé un «Supongo…», mientras mi cabeza giraba a mil, preguntándome cómo carajos había llegado eso ahí, si Toño lo había planeado, si Damián sabía que yo estaría aquí.
Lupita seguía platicando, «Vamos a sortearla al rato, y apuesto a que sacaremos una buena pasta», pero yo no escuchaba, amor, solo veía esa caja y sentía su presencia como un golpe en el pecho, como si él estuviera ahí mismo, mirándome con esos ojos negros que me desnudan.
Y cuando creí que ya nada peor podría pasar, entonces lo vi, Pablo, lo vi de verdad.
Estaba al fondo de la plazoleta, cerca de la tarima donde la banda tocaba, parado con una cerveza en la mano y una camisa blanca que le marcaba los músculos, guapo y limpio como aquella vez en la tiendita, pero ahora con un aire de rey del barrio, riéndose con unos tipos que parecían sus compas.
Mi corazón se saltó un latido, amor, y mis manos se pusieron frías a pesar del calor, porque no esperaba verlo, no aquí, no en medio de tu familia y esta kermés que se suponía era mi escape.
Toño lo saludó desde lejos, levantando una mano, y Damián le devolvió el gesto, pero luego sus ojos se cruzaron con los míos, y juro, Pablo, que el mundo se detuvo. Me miró como si supiera todo, como si pudiera oler mi miedo y mi deseo desde ahí, y esa mueca torcida se le dibujó en la cara, una sonrisa de cabrón que me cortó el aliento.
Intenté girarme, amor, volver al puesto y esconderme detrás del comal, pero Lupita me jaló otra vez, «Ven, Vanessa, vamos a agradecerle a Damián por lo de la caja».
Quise gritarle que no, que me dejara, que no podíamos dejar el puesto solo y menos con el comal encendido, pero mi lengua se trabó, y antes de que pudiera inventar una excusa, ya me estaba arrastrando hacia él, con Toño siguiéndonos.
Cada paso era un martillazo en mi cabeza, Pablo, cada metro que me acercaba a él me temblaban más las piernas, y cuando llegamos, Lupita le soltó un «¡Damián, gracias por la caja, no sabía que fueras tan generoso!», con esa voz alegre que no entiende nada.
Él asintió, «No hay cuidado, Lupita, me gusta ser generoso cuando hay ciertas necesidades», y entonces sus ojos se dirigieron a mí, desnudándome entera mientras Toño se reía bajito a mi lado, como si esto fuera un juego enfermo que solo ellos entendían.
«Pues gracias nuevamente Damián, estás contribuyendo por la causa. Mira, te presento a la Vanessa, mi cuñada, ella me está ayudando mucho», dijo Lupita, dándome un apretón en el brazo, y Damián levantó una ceja, mirándome fijo, «Ya tuve el gusto de conocerla antes…»
Y su voz grave me vibró en el coño, Pablo, y sentí que me mojaba ahí mismo, traicionándote otra vez mientras tu hermana sonreía como si nada. Toño soltó una carcajada y Lupita frunció el ceño.
«Es que he llevado algunas veces el coche de tu hermano al taller del señor Damián» me apresuré a contestar, y yo quise morirme, amor, quise que la tierra me tragara, porque cada palabra de Damián era un navajazo, una indirecta que me decía que esto iba a terminar mal.
Lupita por fortuna recordó esos episodios que ya le habíamos contado antes y sonrió. Damián y Toño dijeron algo que no entendí.
Estaba tan nerviosa y asustada que en segundos me zafé y dije que tenía que ir por «algo». Me di la media vuelta y corrí hacia el puesto. Necesitaba estar en un lugar público donde Damián no me pudiera abordar. Pero que estúpida fui, porque minutos después, tenía a Damián frente al puesto, mirando el comal y diciendo, como quien no quiere la cosa:
«Que ricas se ven, gordas y esponjosas» Y yo sabía que no se refería a las “gorditas de queso”, sino a mis enormes senos, que aunque estaban ocultas bajo el mandil, sobresalían obscenamente.
«¿Qué haces aquí?» le solté, con la voz temblando de rabia y miedo, y él se acercó un paso, tan cerca que sentí su calor, su olor a cerveza y loción deliciosa.
«Ya sabes a lo que vine», gruñó, y su mano rozó mi brazo, un toque leve pero eléctrico que me puso la piel de gallina. «No te me acerques», siseé, dando un paso atrás, pero él se rió, bajo y sucio:
«¿Qué chingados te pasa, pinche loca? ¿Apoco piensas que vine por ti? Cuando digo que ya sabes a lo que vine me refiero a lo de la caja de herramientas que acabo de donar. ¿Pensaste que era por ti?». Y se echó a reír y yo me quedé muda, amor, con el corazón latiéndome en la garganta, muriéndome de vergüenza.
«Vete» fue lo único que pude decir, y él, agarrando un poco de masa con los dedos, para luego llevárselos a la boca y lamerlo, y me miró de una manera lujuriosa, diciendo: «qué ganas traigo de tragármelas todas…»
Y entonces, como si el diablo quisiera rematarme, tu mamá apareció, Pablo, caminando lento con su cazuela vacía en las manos, «¡Mijita, aquí estás! ¿Ya saludaste al muchacho que donó la caja?», dijo, y antes de que pudiera responder, se acercó a Damián, «Qué bueno que viniste, mijo, gracias por ayudar a la virgencita».
Él le sonrió con un cinismo que me estremeció, «Para servirle, doña», mientras yo me moría por dentro, viendo cómo tu mamá le hablaba como si fuera un santo y no el cabrón que me había cogido hasta sacarme los mejores orgasmos.
«Ven con nosotros para que comas algo, Damián», insistió ella, y el semental asintió, «Claro, doña, ahorita voy», mirándome de reojo con esa promesa sucia en los ojos.
Y entonces se fueron hacia el puesto de tu madre, Pablo, que estaba dos más allá del mío, y él se quedó en la kermés, comiendo, riendo, metiéndose en tu familia como un lobo entre ovejas, y yo no podía escapar.
Cada vez que lo miraba, estaba ahí, cerca de Toño, cerca de Lupita, cerca de tu mamá, y mi cuerpo temblaba, mi coño se mojaba, mi cabeza se rompía entre el miedo y el deseo.
Te escribo esto ahora, Pablo, con las manos temblando y el alma en pedazos, porque esa kermés fue el final, el momento en que supe que no podía seguir engañándome más.
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Pasados los minutos, vi que una mujer se acercaba a Damián, amor, una tipa cualquiera con una falda corta que le marcaba las nalgas y una risa chillona que me fastidió, ¿sería la que se había cogido la otra noche, tras ir a buscar condones a la tiendita?
La perra se paró junto a él, tocándole uno de sus musculosos brazos, y los celos me embargaron, Pablo, una rabia caliente que me subió por el pecho y me apretó la garganta como si me estuvieran ahorcando.
No era solo que estuviera con él, amor, era que se reía con esa confianza de quien sabe lo que quiere, inclinándose para que él le viera el escote, y yo imaginé sus manos, esas manos grandes y ásperas que me habían acariciado y profanado mi cuerpo, tocándola a ella, arrancándole la ropa, metiéndose en su cuerpo como se metieron en el mío. Me quemaba la idea de que él pudiera darle lo que me había dado, que esa zorra pudiera gemir bajo su peso, que sus ojos negros la miraran con ese fuego que yo creía mío.
Mi cabeza giró, un torbellino de imágenes sucias: él cogiéndosela en un callejón, ella gritando su nombre, su verga gorda abriéndola mientras yo me pudría aquí, atrapada en esta kermés de mierda con tu familia y mi culpa.
No lo pensé, Pablo, no pude. Me quité el mandil con un jalón brusco, los nudos deshaciéndose como mi cordura, y lo tiré sobre una silla sin mirar atrás. Apagué el comal con un movimiento rápido, el siseo del aceite muriendo como un lamento, y me escabullí del puesto sin que nadie me viera, esquivando las miradas de Lupita y tu mamá, que charlaban con él a unos metros de mí.
Caminé rápido hacia el baño público al borde de la plaza, un cuartucho con olor a cloro que pegaba en la nariz, mis pasos resonando en el suelo polvoriento mientras los celos me comían viva, mezclados con un deseo enfermo que no podía apagar. Entré y cerré la puerta con un golpe, y el cuerpo temblando como si estuviera a punto de reventar.
Me apoyé en el lavabo y me miré en el espejo que colgaba torcido en la pared. Mi cara estaba roja, sudada, con mechones de pelo pegados a la frente como si hubiera corrido una carrera, y mis ojos brillaban con una mezcla de rabia y calentura que me daba miedo.
Mis manos temblaban, todavía con restos de masa pegajosa de las gorditas, y las metí bajo el chorro de agua fría que salía a gotas de la llave, restregándolas con furia, como si pudiera lavar todo lo que traía dentro.
El agua estaba helada, pero no calmaba, solo me erizaba la piel mientras los granitos de masa se despegaban y caían en el lavabo, dejando mis dedos rojos y sensibles. Me limpié el sudor de la frente con el dorso de la mano, sintiendo cómo el calor de mi cuerpo chocaba con el aire húmedo del baño, y mi blusa se me pegaba al pecho, marcando las tetas que todavía ardían por el recuerdo de sus manos.
Saqué un labial de mi bolsa, un rojo que uso para sentirme menos muerta, y me lo pasé por los labios, como si pintarme la boca pudiera esconder la zorra que soy.
El rojo brillaba bajo la luz tenue, y por un segundo me imaginé esos labios alrededor de su verga brillante, chupándola con hambre y deseo, y el pensamiento me mojó más, amor, me hizo apretar las piernas mientras un calor sucio me subía por el vientre.
Entré a un cubículo y me bajé los jeans con un movimiento rápido, dejándolos caer a mis tobillos, y descubrí que mis calzones negros de encaje estaban empapados, con un líquido espeso y baboso que se pegaba como un puente de mi vulva a la tela, brillante y caliente, un recordatorio de lo que ese cabrón me hacía sin siquiera tocarme.
Mi clítoris estaba brotado, hinchado como una cereza madura, palpitando bajo mis dedos cuando lo rocé por encima de la tela, y un gemido se me escapó, bajo y roto, resonando en las paredes húmedas del baño.
Me toqué un segundo, amor, no pude evitarlo, deslizando un dedo dentro de los calzones, sintiendo la carne resbalosa y caliente que pedía más, imaginando su lengua lamiéndome, sus dientes mordiéndome, su verga clavándose dentro mientras esa tipa desaparecía de mi cabeza.
Pero me detuve, jadeando, con la mano temblando, porque no quería ceder del todo, no ahí, no así, aunque mi cuerpo gritara por él.
Me subí los jeans rápido, con el encaje húmedo pegándose a mi piel como una segunda traición, y salí de nuevo al lavabo y me eché agua en la cara para calmar el fuego, aunque no sirvió de nada. Me retoqué el labial otra vez, trazando la línea con cuidado, como si fuera un ritual para recuperar el control, pero mis labios temblaban, y el rojo parecía sangre bajo la luz.
Salí del baño con el corazón latiéndome en la garganta, y cuando volví a la plaza, ahí estabas tú, amor, parado con tu mamá, Lupita, Toño, Damián y esa mujer, todos juntos como si el universo quisiera reírse de mí.
Tú tenías la camisa sudada, hablando con tu mamá sobre no sé qué, mientras Lupita le pasaba una cerveza a Toño, y Damián estaba ahí, con esa tipa colgada de su brazo, riéndose de algo que él decía.
Pero cuando me vieron llegar, amor, algo cambió. La mujer me miró de reojo, con una mueca que no supe leer, y se apartó de Damián, murmurando algo rápido antes de darse la vuelta y marcharse, perdiéndose entre la gente como si mi presencia la hubiera espantado.
Yo me quedé helada, Pablo, con los celos todavía quemándome pero también con un triunfo enfermo, porque ella se fue y yo seguía ahí, frente a él, frente a ti, atrapada en este juego que no entiendo pero que no puedo parar.
Y ahí estabas tú, Pablo, y estoy segura que en ese momento lo viste por primera vez a los ojos, porque aquella vez en la tiendita solo lo viste de reojo, y de espaldas, al semental con el que te he estado poniendo los cuernos.
Estabas intentando ayudar con una mesa vieja que Toño había traído para el sorteo, una cosa de madera podrida que crujía como si fuera a romperse. Tus brazos endebles temblaban, amor, sudabas por el esfuerzo, y la mesa se te resbalaba de las manos, cayendo al suelo con un golpe seco que hizo que tu mamá te mirara con pena, «Cuidado, mijo, no te vayas a lastimar».
Yo lo vi todo, Pablo, y una lástima amarga me apretó el pecho, pero no podía apartar los ojos de Damián, que se acercó con esa calma de macho que todo lo puede, levantando la mesa como si fuera una pluma, clavándola en el suelo con un movimiento firme mientras te miraba de reojo, con una burla en los ojos que parecía decir, «Mira, pendejo, así lo hace un hombre de verdad».
La camisa blanca de Damián se tensó en los hombros, marcando los músculos duros que yo había sentido bajo mis manos, y mi coño palpitó otra vez, amor, traicionándome mientras tú te limpiabas el sudor con la manga, murmurando un «Gracias» que sonó a derrota.
Lo siento, Pablo, pero en ese momento vi que tú y él no eran iguales, que él tenía esa fuerza bruta que tú perdiste hace años, esa hambre en la mirada que me hacía sentir hembra otra vez, mientras tú eras solo un eco de lo que fuimos, un hombre bueno pero apagado, incapaz de encenderme como él lo hacía con un solo guiño.
Mi cuerpo se prendió por Damián, un fuego sucio que me subía por las piernas y me mojaba el encaje todavía húmedo, y me odié por eso, Pablo, me odié por compararte y mojarme con él mientras estabas ahí, intentando ser útil, intentando ser el hombre que tu familia esperaba.
La tensión me comía viva, amor, mientras Damián se movía entre nosotros como si fuera el dueño de la kermés. Lupita le acercó un vaso con arroz con leche, «Toma, Damián, prueba el arrocito, te va a gustar», y él lo agarró con esas manos grandes que yo conocía demasiado bien, dándole con la cuchara comenzó a comer, dejando que la leche brillara en sus los labios gruesos antes de lamerla con una lengua que yo imaginaba en mi piel, todo mientras me miraba fijo, como si cada bocado fuera para mí.
Tu mamá le dio un apretón en el brazo, «Qué bueno que viniste, mijo, eres bien trabajador», y él sonrió, «Para servirle, doña», pero luego me echó una mirada rápida, una chispa sucia que me atravesó, y yo apreté las piernas, horrorizada, queriendo gritarle que se fuera pero con el cuerpo ardiendo como si me hubiera tocado.
Tú estabas a mi lado, amor, quejándote del gentío. Damián moviéndose a unos metros, tan cerca que podía oler su loción. Y entonces pasó lo peor, Pablo. Damián se acercó a ayudar con otra mesa, una que tú habías intentado mover pero dejaste a medias, y mientras la levantaba con un gruñido, sus brazos se marcaron bajo la tela, los músculos tensándose como cables de acero, y me miró directo, con esa mueca torcida que me ponía la piel de gallina.
Se agachó para ajustar una pata, dejando que la camisa se le pegara al culo firme, y yo no pude evitar verlo, amor, no pude evitar imaginarme esas nalgas duras entre mis manos, comparándolas con tu cuerpo blando, tu respiración pesada mientras te quedabas atrás, mirando cómo él hacía lo que tú no podías.
Él lo sabía, Pablo, sabía que lo estaba mirando, que lo estaba comparando, y cuando terminó, se enderezó y se limpió las manos en el pantalón, caminando hacia mí con una calma que me heló la sangre.
Tu mamá lo llamó, «Damián, que fuertote estás, pero ven, mijo para que pruebes el arroz con leche que hice yo, para que veas que me sale más bueno que el de mi hija Lupita», y él se giró un segundo, pero antes de irse se paró a mi lado, tan cerca que sentí su aliento caliente en mi oreja, su olor a hombre llenándome la nariz.
«Ven, mámame la verga», susurró, con esa voz grave que me vibró hasta el fondo, y mi cuerpo se quedó rígido, la cara ardiéndome mientras el mundo se detenía.
«Vete a la mierda», le siseé, dando un paso atrás, pero mis piernas temblaban, y mi coño traicionero se mojó más, como si esas palabras sucias fueran un imán que me jalaba hacia él. Él se rió bajito, un sonido que me erizó la piel, y se alejó hacia tu mamá, dejándome ahí, temblando como hoja mientras tú me mirabas raro.
«¿Qué te pasa, Vanessa? Te ves mal», me preguntaste cuando pusiste a mi lado, Pablo, y yo balbuceé un «Nada, amor, solo que estoy engentada, ya me quiero ir», esquivando tus ojos, sintiendo que el suelo se me abría bajo los pies.
«Ahorita nos vamos, mujer» me dijiste un tanto irritado «dice mi mamá que nomás que hagan el sorteo y pelamos».
Damián se despidió poco después, dando palmadas en la espalda a Toño y Lupita, «Gracias por todo, ya me iré», y tu mamá le insistió, «¿No te vas a esperar a que se haga el sorteo, mijo? Se rifará la caja de herramientas que nos donaste», sin saber que ese «mijo» era el hombre que me tenía loca, el que me estaba arrancando del corazón de su propio hijo.
«Mañana hay que madrugar, doña, mejor me avisan quién ganó. Buenas noches tengan todos». Pero antes de irse, se acercó a mí otra vez, con esa sonrisa de cabrón que me cortaba el aliento, y me susurró al oído, «Ven a mamarme la verga, putón, que lo estás queriendo», mientras tú estabas a dos pasos, hablando con Lupita sobre la organización del sorteo.
Y se marchó. Se fue hacia atrás de la iglesia, en el estacionamiento. Me quedé muda por casi diez minutos, Pablo, con el corazón en la garganta, y entonces Toño apareció de pronto, pero esta vez serio, me miró, y como si hubiera estado esperando el momento, se acercó a mí y me dijo: «Te está esperando en el carro en la vuelta de la cuadra, córrele, ve», me dijo al oído, tan cerca que sentí su aliento apestando a cerveza.
«¿Qué?» me hice la desentendida, pero en el fondo sabía a lo que se refería, y él de alguna manera me lo confirmó cuando me dijo: «Que vayas, Vanessa, yo te saco del quite un rato, pero no te tardes, ya luego me compensarás».
Sus palabras me cayeron como plomo, amor, dejando todo al descubierto, desnudándome frente a mi propia mierda, y lo miré con ojos de pánico, «¿Qué chingados dices, cabrón?», pero él solo se rió, dándome un empujoncito en la espalda, «No te hagas, cuñada, ve con él, que yo te cubro si te buscan».
Quise negarme, Pablo, quise mandarlo a la chingada y quedarme contigo, con tu familia, con esta vida a la que se supone debía resignarme, pero mi cuerpo me traicionó otra vez, ya había sido demasiada espera, demasiado esperar, demasiado fingir, y mi coño palpitó como si tuviera vida propia, y antes de darme cuenta, estaba diciendo, «Ahora vuelvo, suegra, y Pablo, tengo que ir al baño», con la voz temblando mientras me alejaba del puesto, dejando atrás tus ojos confundidos y el ruido de la kermés, caminando hacia la vuelta de la cuadra como una zorra que buscaba a su semental.
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