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Carta de Vanessa, al Cornudo de su esposo [03]

Vanessa escribe esta confesión mientras su esposo ronca al lado, incapaz de contener el fuego que le consume las entrañas. Cada palabra es un cuchillo, cada recuerdo de Damián una herida abierta que no cicatriza. ¿Hasta dónde llegará su degradación antes de que la verdad estalle?

Reina de Picas15K vistas7.9· 15 votos

Parte 3

Ya van tres veces que me levanto de esta maldita silla frente a tu computadora, Pablo, tres veces que camino como idiota a la cocina con las piernas temblando como gelatina y el corazón latiéndome tan fuerte que parece que me va a reventar el pecho y salpicar sangre por estas paredes blancas que pintamos juntos hace años.

No sé ni cómo carajos sigo escribiendo esto, amor, con tus ronquidos de fondo retumbando como un eco que me recuerda lo ciego que estás a la mierda que cargo encima, a este peso que me aplasta los hombros y me arrastra al suelo como si tuviera cadenas en los tobillos.

Me serví agua hace rato, pero el vaso sigue ahí, sudando en la mesa como si se burlara de mí, incapaz de apagar este fuego que me quema las entrañas desde ese día en el taller, este ardor que no se va ni con todo el pinche hielo del mundo.

El café que me hice ya está frío en la taza, negro y amargo como mi alma, un recordatorio de lo muerta que estoy por dentro mientras mis manos sudadas siguen tecleando en tu máquina como si fueran a romper las teclas de pura rabia.

Si no suelto esto, Pablo, si no vomito estas palabras en tu pantalla, me voy a ahogar en mi propia porquería, me voy a tragar esta culpa y este deseo hasta que me pudra viva, hasta que no quede nada de la Vanessa que juraste amar bajo ese altar mugroso con la virgencita mirando.

No sé ni por dónde continuar explicándote cómo llegué a este punto, amor, cómo me convertí en esta cosa despreciable que te escribe mientras duermes, tan tranquilo, tan ajeno a la tormenta que se me desató adentro.

Cada teclazo es como un cuchillo que me clavo yo misma, pero también es un alivio, como si al escribirte pudiera sacarme un pedazo de esta mierda que me carcome, aunque sé que cuando leas esto, cuando tus ojos pasen por estas líneas, te voy a destrozar el alma como tú no mereces, como yo nunca quise.

Me tiemblan las manos, Pablo, me tiemblan como si estuviera sosteniendo un fierro caliente, y el sudor me corre por la espalda, pegándome la blusa vieja que uso para dormir, esa que tiene un agujero en la costura porque no me he molestado en coserla, igual que no me he molestado en coser lo que queda de mí.

La carne es débil, te dije en la primera hoja, y la mía es una perra sarnosa que no aprende a quedarse quieta, que se retuerce y ladra aunque el mundo se me venga encima, aunque tu familia me mire con ojos de cariño que no merezco, aunque tú sigas siendo el hombre bueno que no ve la rata inmunda en la que me convertí.

El ventilador zumbando en la sala no hace nada contra este calor que me ahoga, un calor que no viene del aire de marzo, sino de mi cuerpo traicionero que no para de arder, que no para de recordarme a Damián, su sudor, su verga, sus manos grasientas que me marcaron como si fuera ganado.

Me levanto a cada rato porque no aguanto estar quieta, camino descalza por el piso frío de la cocina buscando algo que me calme, algo que me saque de esta locura, pero no hay nada, Pablo, no hay agua ni café ni pinche oración que apague este infierno que traigo adentro.

Me miro las manos temblorosas, esas mismas que te acariciaron cuando éramos jóvenes, y que ahora solo sirven para teclear esta confesión que te va a apuñalar el corazón como yo nunca quise, como yo nunca planeé.

Te miro desde aquí, amor, tirado en la cama al otro lado de la pared, roncando como un bulto inútil, con la sábana enredada en las piernas y la boca entreabierta, y me dan ganas de gritarte, de zarandearte y decirte:

«¡Despierta, pendejo, mira lo que soy, mira lo que te hice!», pero no puedo, no tengo el valor, porque sé que cuando abras los ojos y leas esto, cuando veas estas palabras que estoy escupiendo como veneno, no va a quedar nada de nosotros, nada de lo que fuimos.

Y aun así sigo, Pablo, sigo escribiendo porque no sé qué más hacer, porque si me callo ahora, si guardo esto en mi pecho, voy a reventar como una bomba y te voy a llevar conmigo al fondo, a un pozo del que no vas a salir nunca.

El mundo se me vino encima, amor, pero no como esperaba, no con un golpe tuyo o un desprecio de tu mamá, sino con algo mucho más jodido, algo que me está comiendo viva mientras tú sigues durmiendo como si nada, mientras yo me deshago en pedazos frente a esta pantalla que me mira como un juez implacable.

Pasaron semanas después de esa segunda vez con Damián, semanas en las que me arrastraba por esta casa como una perra callejera con el rabo entre las patas, buscando cualquier cosa que me mantuviera ocupada para no pensar en él, para no sentir ese vacío que me dejaba inquieta cada vez que me acordaba de él.

Me la pasaba trapeando el piso hasta sacarle brillo, aunque no hubiera ni una maldita mota de polvo, o me ponía a doblar tu ropa interior vieja como si fuera una obra de arte, esas calzoncillos gastados con hoyos que nunca te decides a tirar. Todo era una excusa, Pablo, un intento inútil de tapar el agujero que se me abría en el pecho, un hueco que no me puedo explicar, que no entiendo, pero que me tenía despierta a media noche mirando el techo con los ojos secos y la garganta apretada.

No era solo culpa, amor, era algo más sucio, más hondo, como si mi cuerpo se hubiera acostumbrado a esa adrenalina, a ese fuego que Damián me prendía cada vez que me tocaba, y ahora sin él sentía como si me estuviera apagando como una vela sin oxígeno.

Me levantaba al amanecer, antes de que tú abrieras los ojos, y me metía a la cocina a hacerte tu café de mierda, ese que te tomas frío porque siempre te entretienes con tus pendejadas de la oficina antes de salir.

Lo preparaba con las manos temblorosas, mirando cómo el agua negra goteaba en la cafetera vieja que chirría como si se estuviera quejando de mí, y me quedaba ahí parada, oliendo el tufo amargo mientras el sol apenas se asomaba por la ventana.

Era mi rutina, Pablo, mi castigo, ponerme a hacer cosas de esposa mientras mi cabeza estaba en otro lado, pensando en otro hombre, imaginando el rugido de un motor, el tintineo de una llave inglesa cayendo al suelo, el calor de un taller que apestaba a gasolina y a pecado.

Me ponía a cortar cebolla para el almuerzo aunque no tuviera hambre, dejando que las lágrimas me corrieran por la cara para tener una excusa de por qué estaba llorando, porque no podía decirte que era por mí, por lo que te hice, por lo que seguía queriéndote hacer aunque me jurara mil veces que no.

En la tiendita era peor, amor. Me pasaba el día detrás del mostrador, contando latas de atún y paquetes de arroz como si fueran mi salvación, atendiendo a las vecinas que venían con sus chismes y sus billetes arrugados, todas con sus caras de cansancio y sus bolsas de mandado colgando del brazo.

«¿Cómo estás, Vanessa? Te ves agotada, mija», me decía alguna, y yo sonreía como estúpida, «Sí, nomás es el calor, ya sabes», mientras por dentro me imaginaba gritándoles, «¡Estoy agotada porque soy una puta que no puede dejar de pensar en un cabrón que no es mi marido, y que me ha cogido como nunca en mi vida, déjenme en paz!».

El ventilador del techo zumbaba como un mosco moribundo, moviendo el aire caliente que olía a fritangas del puesto de la esquina, y yo me quedaba ahí, sudando como cerdo, con las piernas doliéndome de estar parada y la cabeza zumbando con imágenes de Damián inclinándose sobre un motor, su espalda ancha brillando bajo una lámpara polvorienta, su voz áspera diciéndome cosas que tú nunca te atreviste a susurrarme ni en nuestros mejores días.

Intenté rezar, Pablo, te lo juro por lo que me queda de alma que intenté acercarme a Dios. Una noche me hinqué frente a la virgencita que tenemos en la sala, la que tu mamá nos regaló cuando nos casamos, con su manto azul deslavado y sus ojitos tristes mirándome como si supiera que yo era una adúltera y una cerda.

Le prendí una vela que encontré en un cajón, de esas que huelen a cera barata, y me puse a balbucear un padre nuestro a media lengua, con las manos juntas y la frente sudada, pidiéndole que me quitara esta calentura, que me devolviera a ti, que me hiciera la mujer que mereces.

Pero no terminé ni la primera línea, amor, porque en mi cabeza empezó a sonar su risa, esa carcajada grave que me humillaba y me calentaba al mismo tiempo, y en vez de rezar terminé tocándome debajo de la piyama, mordiéndome el labio para no hacer ruido mientras tú roncabas en el cuarto, ajeno a la mierda que le estaba haciendo a nuestra virgencita con mis pensamientos cochinos.

Me miraba en el espejo del baño después, amor, con el pelo hecho un nido y la cara demacrada, y me daba asco. Me veía los ojos hundidos, las ojeras que no tapaba ni con el maquillaje, y me preguntaba cómo carajos llegué a esto, cómo pasé de ser la esposa devota y abnegada a esta cosa que se retuerce por otro hombre mientras su esposo se mata trabajando.

Me tallaba la cara con agua fría, me echaba jabón hasta que la piel me ardía, como si pudiera lavarme la suciedad que traigo adentro, pero no servía de nada, Pablo, no había manera de sacarme su olor a fierro y tabaco, ni el eco de sus gruñidos mientras me embestía como animal.

Mi coño seguía palpitando, mis manos seguían temblando, y mi cabeza seguía girando con esas imágenes que me tenían atrapada como una mosca en una telaraña.

Intenté acercarme a ti, amor, te lo juro. Una tarde que llegaste de la oficina con la camisa toda arrugada y los hombros caídos, te hice un plato de huevos con chorizo, de esos que te gustan con tortilla recién hecha, y me senté enfrente de ti en la mesa del comedor, mirándote comer mientras intentaba encontrar algo del hombre que me hacía reír hace años.

Te veía masticar despacio, con los ojos pegados al plato como si no quisieras mirarme, y yo hablaba pendejadas, «¿Qué tal el día, amor? ¿Mucho trabajo?», esperando que me contestaras algo más que un gruñido, esperando que me vieras como mujer y no como un mueble más de esta casa.

Pero tú solo dijiste, «Sí, mucho pedo con las cuentas, como siempre», y seguiste comiendo, perdido en tus pensamientos, mientras yo me moría por dentro, queriendo que me agarraras, que me besaras, que me hicieras sentir algo que no fuera este vacío que me estaba comiendo viva.

Pero no pasó, Pablo, te levantaste, dejaste el plato en el fregadero y te fuiste al sillón a ver tus noticias, dejándome sola con mi plato intacto y el chorizo enfriándose como mi pinche corazón.

Esas semanas fueron un infierno silencioso, amor, un calvario que me tragué sola mientras tú seguías en tu mundo de balances y ronquidos. Me ponía mis vestidos más feos, esos que guardo para limpiar la casa, con la tela gastada y las costuras flojas, como si vistiéndome de vieja pudiera apagar este cuerpo ardiente que no me deja en paz.

Me amarraba el pelo en un chongo deshecho, me pintaba la cara con un poco de polvo para no parecer muerta, y salía a la tiendita a fingir que todo estaba bien, que era la misma Vanessa de siempre, la que pesa el arroz y sonríe a los clientes.

Pero no lo era, Pablo, no lo era ni de cerca, y cada día que pasaba sentía que me hundía más, que me perdía más, que me alejaba de ti aunque estuviera a tu lado cada maldita noche, escuchando tus resoplidos mientras mi cabeza volaba a ese taller mugriento donde me convertí en alguien que no reconozco.

Así que dejé esas costumbres horrorosas atrás y volví a vestirme como antes. Con mis blusas ajustadas para que se me insinuaran mis carnosos pechos. Mis pantalones pegaditos o faldas ajustadas para que se me vieran mis nalgotas bambolear mientras caminaba.

Y entonces llegó lo de la cena en casa de tu mamá, doña Carmen, esa mujer que me ve como si fuera un regalo del cielo y no una zorra rastrera que se revuelca en el interior un taller mientras su hijo se parte el lomo en una oficina que lo tiene seco.

Fue un domingo, amor, uno de esos días en que el sol te cocina vivo y el aire caliente te pega en la cara como si te estuviera escupiendo. Tu mamá nos llamó el sábado por la tarde, con esa voz suave que suena como si fuera una santa, «Vengan mañana, mijitos, voy a hacer un pozolito pa que comamos en familia, ¿eh? Diles a la Lupita y al Toño que traigan a los chamacos, y no me fallen».

Tú contestaste con ese tono tuyo de siempre, medio gruñón pero obediente, «Sí, má, ahí estaremos», sin preguntarme si quería ir, sin darte cuenta que yo estaba del otro lado del teléfono con la cara pálida y las tripas revueltas, sabiendo que me iba a tocar sentarme frente a Toño y su mirada de cabrón que me desnuda el alma.

Pasé todo el sábado como idiota, amor, dando vueltas en la casa como gallina sin cabeza, buscando qué ponerme para no parecer la puta que soy, pero tampoco queriendo verme como una muerta que no se cuida.

Al final me puse una blusa gris que se acuerpaba a mi figura, y unos jeans nuevos que me aprietan el culo pero no tanto como para que tu mamá me mirara raro.

Me peiné el pelo con los dedos, me eché un poco de agua en la cara para quitarme el sudor, y me subí al carro contigo con el corazón en la boca, mirando por la ventana cómo las calles del barrio pasaban como un borrón, cada bache sacudiéndome las ganas de dar la vuelta y encerrarme en casa.

Pero no podía, Pablo, no podía decirte que no quería ir, porque entonces hubieras preguntado por qué, y ¿qué te iba a decir? ¿Que me daba pánico que tu cuñado delante de todos y para ponerme en mal soltara el chisme de que me cogí a su jefe en el taller mientras tú revisabas tus facturas? Así que me tragué el miedo y llegamos a esa casita, que para mí era una jaula llena de ojos que no veían lo que soy.

Entramos y el olor a pozole me pegó de lleno, amor, ese aroma espeso de maíz hervido y carne que se te mete por la nariz y te calienta el pecho, mezclado con el tufo dulzón de las flores marchitas que tu mamá tiene en un jarrón viejo sobre la tele.

Doña Carmen salió de la cocina con las manos húmedas, limpiándose en su delantal floreado que tiene manchas de salsa de quién sabe cuándo, y me dio un abrazo que me dejó tiesa como palo.

«¡Mijita, qué bueno que vinieron, pásenle!», dijo, su voz cantarina rebotando en las paredes, y yo le sonreí como pude, con la boca seca y los ojos esquivándola, murmurando un «Gracias, suegra, me da gusto verla» que apenas se oyó. Nos mandó al comedor, un cuartito apretado con una mesa de madera y sillas de plástico que crujen cuando te sientas, y ahí estaban Lupita y Toño, ya instalados como reyes con los niños correteando alrededor, gritando y tirando migajas de tortilla al suelo.

Lupita se levantó rápido cuando me vio, con una sonrisa que parecía pintada, toda bonita con una blusa verde que le hacía juego con los ojos y unos aretes baratos que brillaban bajo la luz del foco pelón.

«¡Vanessa, qué bueno que llegaste, cuñada!», dijo, dándome un abrazo que olía a perfume de tianguis, y yo me quedé dura, asintiendo como estúpida, «Sí, Lupita, qué bueno verte», mientras mi cabeza giraba con el miedo de que ella supiera algo, aunque su cara no mostraba más que esa alegría inocente que me hace sentir como una mierda.

Toño estaba sentado al lado, con una playera blanca que se le pegaba al pecho por el sudor, las piernas abiertas como si tuviera los huevos enormes, y me miró con esa mueca torcida que me corta el aliento.

«Qué onda, cuñada, ¿cuándo llevarás el carro al taller para que lo revisemos otra vez? ¿O nomás vienes a comer pozole?», soltó con una risa corta, y yo forcé una sonrisa que me dolió en la cara, «No, Toño, hoy nomás a comer», mientras me sentaba a tu lado rápido, buscando que tu cuerpo me escondiera de esos ojos cafés que parecen saberlo todo.

Tú te dejaste caer en la silla con un suspiro, amor, con ese aire de cansado que ya es parte de ti, como si cargaras el peso de tus números en la espalda.

«Huele bien, má», gruñiste, rascándote la nuca mientras mirabas la mesa vacía, y doña Carmen salió de la cocina con una olla humeante, poniéndola en el centro con un golpe seco que hizo temblar los platos desechables. «Ahí les va, mijitos, sírvanse pa’ que no se enfríe», dijo, y empezó a repartir cucharones de pozole, el caldo rojo salpicando un poco el mantel de hule que tiene quemaduras de cigarros viejos.

Los niños se treparon a las sillas, peleándose por quién agarraba tostadas, y Lupita les dio un par de gritos suaves, «¡Cálmense, chamacos, que hay para todos!», mientras Toño se reía y le pasaba una mano por la cintura, como si fueran la pareja perfecta que yo nunca voy a ser contigo.

El pozole estaba bueno, amor, con el maíz reventado y la carne suave deshaciéndose en la boca, pero cada bocado me sabía a ceniza, porque no podía quitarme de la cabeza a Damián, ni el miedo de que Toño me estuviera midiendo con cada mirada, esperando el momento para soltar una indirecta que me hundiera frente a todos.

Lupita platicaba de cómo había ido al mercado por el chile ancho, riéndose de cómo una señora le quiso cobrar de más, y tu mamá asentía, «Ay, mijita, así son, nomás quieren sacarte el dinero», mientras picaba un rábano con los dedos y lo echaba al caldo.

Yo comía despacio, mirando el plato como si ahí estuviera mi confesión escrita, y Toño aprovechó un silencio para meter su cuchara, «Oye, Vanessa, ¿y cómo te trata mi cuñado? ¿Ya te saca a pasear o sigue nomás con sus papeles?». Lupita se rió, «Ay, Toño, déjala, que Pablo es bien trabajador», y tú gruñiste un «Cállate, cabrón, no todos podemos andar de relajo como tú», pero él no quitó esa sonrisa, mirándome fijo como si quisiera que me ahogara con el pozole.

Cuando terminamos, me levanté como resorte, ofreciéndome a lavar los trastes para escaparme de la mesa, para no seguir sintiendo esos ojos de Toño clavados en mi nuca.

Me metí a la cocina con una pila de platos sucios, el agua caliente quemándome las manos mientras fregaba, y entonces Lupita entró detrás de mí, con una bandeja llena de vasos pegajosos de refresco. «Oye, Vanessa, te quería pedir algo», dijo, apoyándose en el lavadero con esa cara de buena onda que me mata. «¿Qué pasa?» contesté, secándome el sudor de la frente con el dorso de la mano, esperando cualquier cosa menos lo que vino.

«Mira, queremos hacer una kermés para juntar fondos para las fiestas patronales del barrio, para la virgencita, ya sabes cómo funciona», empezó, sus ojos brillando como si estuviera planeando una boda. «Queremos poner comida, juegos para los niños, música en vivo si se puede, pedir a algunos comercios donaciones, o cosas así, pero necesito ayuda para organizarlo bien. ¿Te animas a echarme la mano, cuñada? Tú que sabes de números y tienes buena cabeza para estas cosas».

Me quedé muda, amor, con el jabón resbalándome entre los dedos y el corazón en un puño, porque Lupita me miraba como si yo fuera una bendición, como si pudiera confiar en mí, y yo solo quería gritarle que no, que soy una mierda que no merece ni su saludo.

«Claro, Lupita, yo te ayudo con lo que necesites», dije al fin, con la voz rasposa y una sonrisa que me costó sangre, y ella dio un saltito, «¡Ay, qué padre! Va a quedar chingón con tu ayuda, ya verás», antes de salir corriendo a calmar a uno de los chamacos que estaba tirando una silla.

Esa noche después de la cena, amor, llegamos a casa y me tiré en la cama como si me hubieran apaleado, con el cuerpo pesado y la cabeza zumbando como un panal pisoteado.

No pude dormir, Pablo, no pude cerrar los ojos sin sentirme culpable y cachonda. No aguanté más, Pablo, la calentura me ganó, así que me levanté sigilosa, con las piernas temblando, y fui a la cocina descalza, el piso frío contra mis pies sudados, buscando algo, cualquier cosa, para sacarme este fuego que me estaba volviendo loca.

Abrí el cajón de las verduras como una desesperada, y ahí estaba, amor, una zanahoria gorda, ancha, de esas que compraste para el caldo de la semana, de color naranja y dura como un pedazo de carne viva.

La agarré con manos temblorosas, sintiendo su peso, su grosor, y mi panocha se mojó solo de tocarla, imaginando que no era una verdura sino la vergota de Damián, con su tranca gruesa y venosa que ya me había cogido dos veces.

Me la llevé al baño, cerré la puerta con llave para que no oyeras, y ahí, en ese cuartito con el azulejo rajado, me dejé caer al suelo, con la espalda contra la pared y las piernas abiertas, temblando de ganas mientras sostenía esa zanahoria como si fuera mi salvación.

Me quité mi bata de dormir, dejando mis tetas enormes al aire, esas tetas que alguna vez te volvían loco y que ahora solo tocas en cada venida de obispo.

Las agarré con las dos manos, apretándolas fuerte, hundiendo los dedos en la carne blanda hasta que dolía, mientras mis pezones se ponían duros como piedras, rojos y sensibles bajo mis uñas.

Me los pellizqué, Pablo, tirando de ellos con saña, imaginando que era Damián quien los chupaba, quien los mordía con esa boca hambrienta que me hacía jadear en mis sueños. Gemí bajito, mordiéndome el labio para no despertarte, y con una mano llevé la zanahoria entre mis piernas, rozándola contra mi panocha empapada, sintiendo cómo mis jugos la mojaban, cómo se deslizaba fácil por lo caliente que estaba.

No me bastó con eso, amor, quería verme, quería sentirme tan sucia como me imaginaba, así que me arrastré hasta el espejo del lavabo que cuelga torcido en la pared, y lo bajé con un jalón, poniéndolo frente a mí en el suelo, entre mis piernas abiertas como un libro. Me miré ahí, Pablo, tirada en el piso como una zorra barata, con las tetas rebotando mientras me tocaba, el pelo pegado a la cara por el sudor, y saqué la lengua, larga y húmeda, mirándome sórdidamente en el reflejo mientras me lamía los labios, imaginando que era la verga de Damián la que chupaba.

Agarré la zanahoria con las dos manos, la metí despacio en mi boca, chupándola fuerte, dejando que la saliva me corriera por la barbilla, gimiendo como puta mientras la pasaba por mi lengua, saboreando mi propia calentura, mi propia mierda.

Luego la bajé, amor, la puse entre mis piernas y me la metí entera, dura y fría contra mi coño ardiente, abriéndome con un empujón que me arrancó un grito ahogado, «¡Ay, Damián, cógeme!», mientras mi reflejo me devolvía la imagen de una perra poseída, con los ojos en blanco y la boca abierta.

Me la saqué y me la volví a meter, rápido, fuerte, imaginando esa vergota gorda abriéndome como él lo hacía, mis jugos chorreando por el suelo del baño, mis tetas temblando con cada embestida que me daba a mí misma.

Me chupé los dedos, los metí en mi boca para ahogar los gemidos, y seguí, mirando cómo la zanahoria entraba y salía, cómo mi panocha la tragaba entera, cómo mis muslos temblaban mientras me partía en dos con esa cosa que en mi cabeza era Damián, su risa sucia, su cuerpo sudoroso encima de mí.

Me vine, Pablo, me vine como loca, con un grito que tapé con la mano, el cuerpo convulsionando en el suelo frío, el espejo empañado por mi aliento mientras mis jugos salpicaban la zanahoria y el piso, mi coño apretándola como si no quisiera soltarla nunca.

Me quedé ahí, jadeando, con las tetas subiendo y bajando, la cara roja y los ojos llorosos, mirándome en el reflejo como una desconocida, una zorra enferma que no podía controlarse.

Después tiré la zanahoria al bote, me limpié como pude con papel, y volví a la cama contigo, amor, temblando todavía, metiéndome bajo la sábana como si nada, mientras tú seguías roncando, sin saber que acababa de cogerme a Damián incluso en mis pensamientos.

Los días siguientes fueron un martirio lento, Pablo, un desfile de horas que se arrastraban como si el tiempo quisiera torturarme.

Me levantaba con el sol apenas asomándose, hacía tu café como autómata, lo dejaba en la mesa para que te lo tomaras frío, y me iba a la tiendita con la cabeza baja, esquivando las miradas de las vecinas que pasaban con sus bolsas de mandado y sus saludos de buena onda.

«Buenos días, Vanessa, ¿cómo amaneciste?», me decían, y yo contestaba con un «Bien, gracias», que sonaba a mentira hasta para mí misma, mientras abría la reja con manos temblorosas y me metía detrás del mostrador como si fuera mi trinchera.

El calor pegaba duro esos días, amor, un calor pegajoso que te hacía sudar hasta el coño, y el ventilador de la tiendita no servía para nada, solo movía el aire caliente que olía a frituras rancias y a calle polvorienta.

Pero no podía escapar, amor, no podía sacarme su imagen de la mente, ni el eco de su voz ronca gruñendo en mi oído, ni el peso de sus manos aceitosas marcándome como si fuera suya.

Cada vez que pasaba un carro por la calle y el motor rugía, mi corazón se saltaba un latido, pensando que era él, que venía por mí, que entraría por la puerta con ese overol flojo y esa mirada de lobo hambriento.

Me ponía a limpiar el mostrador con un trapo húmedo, restregándolo como si pudiera borrar mis pensamientos, pero el sudor me corría por la frente y se me metía en los ojos, y terminaba mirando la calle por la ventana, esperando, temiendo, deseando que apareciera aunque me jurara que no quería verlo nunca más.

Me sentía angustiada, Pablo, tenía una guerra dentro de mí entre la Vanessa que quería ser tuya y la perra que se moría por él, y cada día que pasaba sentía que perdía un pedazo más de lo poco que me quedaba.

Y entonces, un martes cualquiera, todo se puso peor, amor, mucho peor. Era tarde, casi hora de cerrar la tiendita, y yo estaba haciendo el corte de caja con las manos sudadas, contando billetes arrugados y monedas que olían a metal viejo, el sol ya bajo tiñendo la calle de naranja mientras los últimos clientes se iban con sus bolsas colgando.

Estaba cansada, Pablo, con las piernas doliéndome de estar parada todo el día y la cabeza zumbando de tanto ruido —los gritos de los niños jugando afuera, el claxon de un camión en la esquina, el siseo del aceite en el puesto de fritangas—, cuando decidiste aparecer, cosa rara en ti.

Entraste por la puerta sacudiendo tus lentes, el pelo revuelto como si hubieras peleado con el viento, y esa cara de agotado que ya no se te quita.

«Hola, Vanessa, salí un poco antes hoy, y quise pasar por ti, ya deja eso, te ayudo a cerrar», dijiste, apoyándote en el marco de la puerta con un suspiro, y por un segundo me sentí aliviada, como si tu presencia pudiera sacarme del pozo en el que estaba hundida, como si todavía pudieras ser mi refugio.

«Gracias, mi vida, nomás espérame tantito, déjame contar esto último y nos vamos» te dije.

Te quedaste parado a mi lado, amor, mirando tu celular con el ceño fruncido, seguramente revisando algún correo de la oficina o alguna pendejada de tus números, mientras yo terminaba de contar el dinero, la caja abierta sobre el mostrador y mis dedos temblando de puro cansancio.

El silencio entre nosotros era espeso, pesado, como siempre últimamente, y yo intentaba concentrarme en las cifras, sumar los pesos en mi cabeza para no pensar en nada más, cuando la puerta chirrió como si alguien la hubiera pateado, y el aire se me atoró en la garganta.

Levanté la vista, amor, y ahí estaba él. Damián. Pero no como lo había visto antes, no con el overol sucio y las manos negras de grasa, oliendo a taller y sudor rancio.

Esta vez venía limpio, guapo como el pinche diablo, enorme y extremadamente seductor, con una camisa negra ajustada que le marcaba los brazos musculosos y el pecho duro como piedra, un pantalón de mezclilla que le caía perfecto en las caderas anchas, y el pelo peinado hacia atrás, húmedo y brillante como si acabara de salir de bañarse, oliendo a loción barata pero fuerte, un aroma que te pega en la cara y te hace girar la cabeza.

Me quedé helada, Pablo, con los billetes resbalándome de las manos y cayendo al mostrador como hojas secas, el corazón latiéndome tan rápido que pensé que me iba a desmayar ahí mismo.

Se acercó al mostrador con pasos lentos, seguros, como si el mundo le perteneciera, y me miró con esos ojos negros que me atraviesan como cuchillos, pero fingiendo que no me conocía, que no me había cogido semanas atrás hasta dejarme temblando en ese taller de mierda.

«Buenas tardes, mamacita», gruñó con esa voz grave que me vibra hasta los huesos, clavándome la mirada sin parpadear, «¿tienes condones extragrandes?».

El aire se me fue del pecho, amor, y sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Tú levantaste la vista del celular de golpe, frunciendo el ceño como si te hubieran insultado al llamarme primeramente «mamacita» y luego por lo demás, y yo balbuceé como estúpida, con la voz quebrándose, «No, aquí no vendemos ese tipo de cosas, pero en la farmacia de la esquina sí hay».

Mi lengua se trabó, mis manos temblaron sobre la caja, y el sudor me corrió por la nuca mientras intentaba no mirarlo, no delatarme, pero Damián no quitaba esos ojos de mí, asintiendo lento con una calma que me ponía los nervios de punta.

«Órale, no, pues gracias de todos modos», dijo, y se giró hacia la puerta, pero antes te echó una mirada rápida, amor, una mirada de burla, con esa mueca torcida que solo yo entendí, como si te estuviera diciendo, «Pobre pendejo, si supieras que ya me eché a tu vieja, que las últimas dos veces que me ha llevado tu puto carro de mierda la puse a bramar como perra mientras le clavaba mi verga».

El silencio que dejó fue como un golpe, Pablo, un zumbido en los oídos que me dejó mareada mientras sus botas resonaban en el piso y salía por la puerta, el olor a loción quedándose en el aire como un veneno dulce.

Tú te quedaste ahí, con el celular en la mano, indignado, haciendo como que no lo veías, pero luego alzaste la mirada y viste su enorme espalda, y después de miraste a mí, con el ceño fruncido y luego hacia la puerta, como si algo no te cuadrara pero no supieras qué. «Qué pendejo ese tipo», soltaste al fin, con una risa seca que sonó más a enojo que a burla, guardando el celular en el bolsillo con un movimiento brusco. «¿Qué, cree que en una tiendita de abarrotes van a vender condones? Y peor, extragrandes, como si tuviera un pitote del tamaño de su cabeza. Pinche payaso».

Te reíste otra vez, sacudiendo la cabeza como si fuera lo más ridículo del mundo, y yo forcé una risita nerviosa, «Sí, qué loco», dije, mientras mi cabeza giraba a mil, pensando, si tan solo supieras, Pablo, si tan solo hubieras visto el pitote que tiene ese cabrón, gordo y venoso como un fierro de construcción, abriéndome el coño hasta hacerme gritar mientras tú estabas en casa…

Me pregunté si no lo reconociste, amor, así de limpio y bien cambiado, como el jefe del taller donde llevé el carro tantas veces, o si estabas tan ciego, tan metido en tu mundo de números y cansancio, que no viste al hombre que me ha estado cogiendo bajo tus narices.

Cerré la caja rápido, con las manos temblando tanto que casi tiro las monedas al suelo, y recogí mis cosas con una urgencia que no podía esconder, sintiendo la mirada de Damián todavía pegada a mi piel aunque ya se había ido.

Nos subimos al carro en silencio, tú manejando con esa cara de agotado mientras murmurabas «ya no hay respeto, mira que llamarte “mamacita” pinche pendejo», y yo mirando por la ventana con el corazón en la garganta, el coño palpitando por el susto y algo más, algo que me avergüenza hasta los huesos.

Porque mientras pasábamos por las calles oscuras del barrio, amor, con las luces de los postes parpadeando y los perros ladrando a lo lejos, no podía dejar de pensar: ¿A quién se iba a coger Damián con esos condones extragrandes? ¿A quién más está partiendo en dos con esa verga monstruosa que me tuvo jadeando como perra en celo las últimas veces?

Y me ardía el pecho, Pablo, no de culpa esta vez, sino de unos celos estúpidos, rabiosos, como si ese cabrón fuera mío y me estuviera siendo infiel, como si después de todo lo que te he hecho tuviera derecho a sentirme traicionada por él, a imaginarlo con otra zorra mientras yo me pudro aquí contigo.

El carro traqueteaba en los baches, y tú soltaste un «Pinche calle», sin mirarme, perdido en tus pensamientos como siempre, mientras yo apretaba las manos en mi regazo, las uñas clavándose en las palmas hasta dejar marcas rojas.

El miedo me comía viva, Pablo, pero también la rabia, la rabia de saber que Damián estaba por ahí, guapo y limpio, buscando a otra con esos condones que yo nunca voy a usar contigo (y que sabía que tampoco usaría con él, porque el muy hijo de puta, las dos veces que me había cogido, lo había hecho a pelo), y yo aquí, atrapada en esta vida que se me deshacía entre los dedos como arena mojada.

Llegamos a casa y me metí al baño y nuevamente me masturbé, como una perra en celo, dejándome la tanga puesta, mientras tú preparabas la mesa.

Te escribo esto ahora, Pablo, con la cabeza hecha un desmadre y las manos temblando sobre el teclado, sabiendo que faltan pocos días para que me largue de esta casa como la rata sucia que soy, y mientras eso pasa, cuando duermas, usaré las noches para continuar escribiéndote esta carta, esta confesión, porque lo que viene, mi querido esposo, es mucho más repugnante y perverso de lo que te he contado hasta ahora.

Hace tiempo que tu Vanessa, la que tanto dices amar, se ha convertido en una perra degenerada que sólo quiere verga y placer.

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