Xtories

Carta de Vanessa, al Cornudo de su esposo [02]

Sabe que su esposo duerne a su lado, ajeno a la maldición que lleva en la piel. Pero el olor a gasolina y sudor no se borra con agua, y esta vez el taller la llama más fuerte que la conciencia.

Reina de Picas17K vistas8.9· 21 votos

Parte 2

Ya estoy de vuelta con mi vaso de agua, sentada otra vez frente a tu computadora mientras tú sigues roncando en la cama como un bulto inútil, ajeno a la mierda que te estoy confesando con cada teclazo.

El agua no me calma, amor, no apaga este fuego que me quema las entrañas desde ese día en el taller, ni borra el sabor a gasolina y sudor que se me pegó en la lengua como una maldición. Te sigo escribiendo porque necesito sacarme esto del pecho, aunque sé que estas palabras van a reventarte el corazón como un martillazo en el culo, y me tiemblan las manos mientras pienso en lo que viene, en lo que hice después de jurarme que no volvería a pasar.

La carne es débil, Pablo, y mi carne es la de una zorra traicionera que desde que fue fornicada con tal brutalidad, se convirtió en una mujer que todo el tiempo está caliente.

Pasaron días después de esa primera vez con Damián, días en los que me arrastraba por esta casa como un perro apaleado, intentando ser la esposa que tú te mereces, la que no te mete los cuernos cada vez que sale por la maldita puerta.

Pero no podía sacármelo de la cabeza, amor, su olor a gasolina y sudor de macho se me había pegado como una costra, y mi coño seguía ardiendo por él aunque me jurara mil veces frente al espejo que no iba a volver a ese taller asqueroso donde me humillé como una cualquiera.

Esos días fueron un pinche calvario, Pablo, porque no era solo contigo que tenía que fingir que todo estaba bien. Estaba tu mamá, doña Carmen, esa mujer tan buena onda que me trata como si hubiera salido de su propio vientre, que me agarra las manos con sus dedos gordos y me dice "mijita" con una ternura que me hace querer arrancarme la piel de pura vergüenza.

Vive a tres calles de nosotros, en esa casita humilde de tabique con su patio lleno de macetas desportilladas y su virgencita de Guadalupe en la entrada, siempre con una veladora prendida para que nos cuide, como dice ella.

Anda pendiente de mí todo el tiempo, amor, trayéndome comida como si yo fuera una inútil que no sabe ni calentar agua: tamales de rajas envueltos en hoja de maíz, mole con su pollo deshebrado, o un pedazo de queso fresco envuelto en una servilleta, diciendo, «Vanessa, mijita, te traje esto pa’ que no te mates cocinando después de estar parada todo el día en la tiendita, cuida a mi Pablo, ¿eh?, que ese muchacho es un desastre sin ti».

Y yo, Pablo, sonriéndole como pendeja, le digo, «Ay, suegra, usted siempre tan linda conmigo, gracias», mientras siento que el alma se me cae a pedazos, porque ella me quiere con todo su corazón y yo soy una mierda rastrera que no merece ni que me mire.

Una tarde de esas, vino a la casa justo cuando yo estaba hecha un nudo, fregando trastes como loca para no pensar en Damián.

Tu mamá traía una bolsa del mercado con tortillas recién hechas que olían a comal y un cachito de queso que deshizo con los dedos para ponérmelo en un plato. «Siéntate conmigo, mijita», me dijo, acomodándose en el sillón, al lado de donde tú estabas hundido con tus papeles de contabilidad, y yo no tuve más remedio que ir, con las manos todavía húmedas del jabón.

«¿Qué tienes, Vanessa? Te veo apagadita, ¿estás enferma o qué te pasa?» me preguntó, mirándome con esos ojos chiquitos que parecen leerte el alma, y yo sentí que me ahogaba, amor, que si abría la boca iba a soltar todo el cochinero que traía adentro.

«Nada, suegra, nomás estoy cansada de la tiendita, ya sabe cómo es», mentí, secándome las manos en el delantal mientras esquivaba su mirada, rezando para que no insistiera.

«Ay, mijita, tú descansa, que mi Pablo te consienta un rato, ¿verdad, hijo?» te dijo, dándote una palmadita en la pierna, y tú, como siempre, gruñiste un «Sí, ma, ahorita», sin despegar los ojos de tus balances, perdido en tus números como si yo no estuviera a punto de reventar.

«Mira nomás este muchacho, siempre trabajando, pero tú no lo dejes trabajar tanto, Vanessa, que te saque a pasear, aunque no quiera ¿eh?» siguió ella, y yo forcé una risita, «Claro, suegra, a ver si lo convenzo», mientras por dentro me imaginaba confesándole:

«Doña Carmen, soy una zorra que se cogió a un mecánico en el taller apenas sin conocerlo, en un momento de debilidad, aun cuando con su hijo tarde casi un año a decidir acostarme con él, perdóneme», y ella echándome de la casa con una escoba en la mano.

Y luego vino lo de la fiesta, amor, ¿te acuerdas?, una pachanga en casa de tu hermana Lupita y el Toño, el sábado después de esa visita de tu mamá.

Fue como si el universo me quisiera restregar mi pecado en la cara, para que no se me olvidara lo cerca que estaba de que todo se fuera a la chingada.

No quería ir, Pablo, te lo juro por lo más sagrado, me hice mensa todo el día diciendo que me dolía la cabeza, pero tú insististe como terco, «Órale, Vanessa, vamos pa’ que te distraigas un rato, nomás unas chelas y nos regresamos, no seas aguafiestas».

Y yo, como siempre, cedí, me puse una blusa floreada que me aprieta las tetas y unos jeans ajustados que me hacían sentir como una traidora vestida de decente, y me subí al carro contigo con el estómago hecho un nudo.

El mismo carro que semanas atrás Damián había arreglado y yo… bueno, ya lo sabes.

Llegamos a casa de la Lupita y estaba todo listo: el patio lleno de sillas de plástico chuecas, una mesa larga con manteles de hule y el olor a carnitas recién hechas subiendo desde una cazuela grandota, mezclado con cilantro, cebolla picada y el tufo de la cerveza que ya se estaban echando los compas de Toño.

La música de banda tronaba desde una bocina vieja, y los sobrinos corrían como diablos entre las piernas de todos, tirando vasos de plástico mientras la Lupita gritaba, «¡Cuidado, chamacos, que me van a hacer un desastre!».

Tu mamá estaba sentada en una esquina, con un plato de carnitas en la mano y una coca fría al lado, saludándome con una sonrisa, «¡Mijita, qué bueno que vinieron! Ven, siéntate aquí conmigo», y yo fui, amor, arrastrando los pies como si me fueran a fusilar.

Toño estaba junto a la parrilla, con una playera sudada pegada al cuerpo y una chela en la mano, riéndose con sus amigotes mientras volteaba la carne con unas pinzas largas.

Cuando me vio llegar contigo, levantó la vista y me clavó una mirada rara, una sonrisita torcida que me puso los pelos de punta, como si supiera algo que yo no quería que supiera. «¡Qué onda, cuñada! ¿Ya trajiste el carro otra vez pa’ que lo arreglemos o qué?» gritó desde la parrilla, y la Lupita, que estaba poniendo platos desechables en la mesa, se rió sin darle bola, «Ay, Toño, ya deja a la pobre Vanessa, siempre lidiando con ese cacharro del Pablo».

Pero él no quitó esa cara, amor, esa mueca de cabrón que me hizo pensar que Damián había abierto la boca, que le había dicho todo en una de esas tardes de taller, y yo me quedé fría, balbuceando un «Sí, ya sabes cómo es este carro», mientras me sentaba rápido a tu lado, buscando esconderme en tu sombra.

Después, Toño se acercó con un par de cervezas frías, dejándolas en la mesa con un golpe seco, y se puso a joder como siempre.

«¿Qué pasa, cuñadita? Te veo nerviosilla, ¿eh? ¿Qué, mi cuñado no te está dando lo tuyo o qué pedo?» dijo con esa risa de hombre relajado, dándote una palmada en la espalda que te hizo gruñir, «Cállate, cabrón, nomás estoy cansado de la oficina». Tú contestaste con tu tono de siempre, «Ya, Toño, no chingues, aquí nomás vengo a descansar», y él se rió más fuerte, «Órale, pues, pero a la Vanessa se le ve cara de que necesita acción, ¿verdad, cuñada?».

Yo forcé una sonrisa, amor, diciendo un «Ay, Toño, qué cosas dices», pero por dentro me temblaba todo, imaginándome a Damián contándole entre risas, «Pinche Toño, tu cuñada es una fiera, me la eché en el taller y pedía más», y a Toño guardándose el chisme para burlarse de mí en mi cara.

Lupita vino después, trayendo un plato de carnitas con tortillas calientes y salsa verde, poniéndomelo enfrente con esa sonrisa suya tan buena onda. «Come, Vanessa, que estás flaquita, ¿verdad que sí, Toño? Mira nomás cómo la tiene mi hermano», dijo, dándole un codazo a su marido, y el Toño contestó, mirándome otra vez con esa sonrisita que me mataba, «Sí, Lupita, flaquita pero sabrosa, ¿no, cuñada?». Yo me atraganté con el taco, amor, diciendo un «Ay, gracias, Lupita, qué rica comida», mientras sentía que la cara me ardía, que Toño sabía algo y me estaba echando carrilla delante de todos.

Lupita no pescó nada, gracias a Dios, ella tan inocente, diciendo, «Pues come más, que aquí hay para todos, ¿verdad, Pablo?», y tú asentiste con la boca llena, «Sí, hermana, qué buena carnita», sin darte cuenta de que yo estaba a punto de salir corriendo para no enfrentar esa mirada de Toño.

Tu mamá se acercó después, con su paso lento y su plato ya vacío, sentándose a mi lado para platicar. «¿Cómo estás, mijita? ¿Ya te sirvieron bien? Mira qué bonita te ves con esa blusa», me dijo, acariciándome el brazo con esa calidez que me hace sentir como una rata inmunda.

«Sí, suegra, todo está bien rico», contesté, forzando otra sonrisa mientras ella seguía, «Tú y mi Pablo se ven tan contentos juntos, mijita, me da gusto que se tengan el uno al otro».

Y yo, amor, asentí como estúpida, «Sí, suegra, él es lo mejor que me pasó en la vida», mintiendo en su cara mientras pensaba en cómo Damián me había cogido como animal y en cómo Toño tal vez lo sabía todo.

Pasé toda la fiesta con el corazón en un hilo, Pablo, viendo a Lupita corretear a los niños y al Toño platicando con sus amigos, cada mirada suya hacia mí sintiéndose como un pinche navajazo.

Me quedé pegada a ti, riéndome de tus chistes pendejos y sirviéndote más carnitas para no pensar, pero mi cabeza estaba en el taller, imaginando a Damián y Toño echándose unas chelas después de un día de trabajo, Damián diciendo, «Pinche Toño, tu cuñada es una zorra, me la eché en el fondo del taller y gritaba como perra», y Toño riéndose, guardándose el secreto para joderme en silencio.

Cuando nos despedimos, tu mamá me abrazó fuerte, como siempre, diciendo, «Cuídate, mijita, y cuida a mi Pablo, ¿eh? Que Dios los bendiga», y yo murmuré un «Gracias, suegra», con la garganta seca, sintiendo que no merecía ni su abrazo ni su bendición.

Esa noche, amor, me metí a la cama contigo y me quedé mirando el techo, tu ronquido llenando el cuarto como un martillo mientras mi cuerpo ardía otra vez, la culpa y el deseo peleándose dentro de mí como dos perros encadenados.

Intenté apagarlo, Pablo, te juro que lo intenté con todo lo que me quedaba, pero cada vez que cerraba los ojos veía a Damián, sentía sus manos grasientas, su verga partiéndome, y mi coño se retorcía de ganas aunque mi corazón se rompiera por lo que te estaba haciendo a ti, a tu mamá, a todos los que me quieren y no saben la mierda que soy.

Los días siguieron pasando y mi cabeza seguía pensando cochinadas. Me metía a bañar y me tallaba la piel hasta dejarla roja, como si pudiera lavarme la culpa y el deseo con jabón de barra, tocándome sola bajo el chorro de agua fría mientras imaginaba esas manos grasientas de Damián arrancándome la ropa otra vez.

Me ponía mis vestidos más feos, esos que guardo para barrer la casa, para no tentar al diablo, pero no servía de nada, Pablo. Mi panocha seguía ardiendo, mi cabeza seguía girando con el recuerdo de su verga ensartada en mi interior, y mi cuerpo me pedía a gritos que volviera por más, como una perra callejera oliendo un hueso jugoso.

Y entonces, un martes cualquiera, explotó todo otra vez. El carro empezó a hacer ese ruido de mierda que me habías dicho que vigilara, un traqueteo que me taladraba los oídos cada vez que lo prendía para ir a la tiendita. Te lo mencioné esa noche, amor, mientras estabas hundido en tus papeles de contabilidad con los ojos rojos y la camisa arrugada, y me dijiste con esa voz cansada que ya ni me miraba, «Llévalo al taller otra vez, Vanessa, no tengo cabeza para eso».

No tenías cabeza, ¿verdad, cariño? No tenías cabeza para mí, ni para el carro, ni para darte cuenta que me estabas mandando de nuevo al matadero como una oveja idiota con las piernas abiertas.

Y yo me horroricé. Me dije que no iría. Que inventaría cualquier excusa para no hacerlo. Luego pensé en otros talleres mecánicos. Me fijé en Google cuáles había cerca de nuestro barrio. Pero entonces apareció en Google mismo el taller de Damián.

Y como si fuera una declaración de intenciones de parte del diablo hacia mí… cedí a mis estúpidos deseos.

Fui, Pablo, fui como una zorra hambrienta que sabe dónde está la comida. Me puse una falda vieja pero apretada que me marcaba el culo, una blusa fina que se me pegaba a las tetas con el sudor del día, y manejé hasta ese taller mugriento con el corazón latiéndome en la garganta y el coño empapado antes de siquiera llegar.

Todo el tiempo estuve tentada a dar la vuelta y regresarme. El principal impedimento para llegar ahí de nuevo era el Toño. Sería mucha coincidencia verme llegar de nuevo. Una segunda vez. Dudé pero me estaba cercando más y más a ese puto taller. Y llegué.

No era solo el carro el que traqueteaba, amor, era mi cuerpo entero temblando de ganas, mi piel erizándose mientras estacionaba frente a ese antro de grasa y fierros, el olor a gasolina pegándose a mi ropa apenas abrí la puerta.

Damián estaba ahí, como si el cabrón supiera que iba a volver por él. Estaba inclinado sobre un motor, con el overol abierto hasta el ombligo, el sudor corriéndole por el pecho velludo como ríos sucios, sus brazos musculosos brillando bajo la luz polvorienta que se colaba por las ventanas rotas.

Me vio llegar y se enderezó lento, como un lobo que huele carne fresca, sus ojos negros desnudándome entera mientras se limpiaba las manos con un trapo mugroso, esa mueca de cabrón sinvergüenza torciéndole los labios.

«¿Qué pasa, mamacita? ¿El cacharro otra vez o vienes por otra cosa?» gruñó con esa voz áspera que me vibraba en la rajita, y yo me quedé ahí parada como una estúpida, balbuceando algo sobre el ruido del carro mientras mis calzones se empapaban solo de verlo, sus botas pesadas dejando huellas de mierda en el concreto mientras se acercaba a mí, el overol colgándole flojo en las caderas como una promesa sucia.

«No seas mentirosita, cabrona, vienes por verga ¿verdad?» me dijo. Yo me quedé sin habla. No pude responder. «Solo dime si viniste por verga y nos dejamos de mamadas», y lo único que se me ocurrió decir fue «…pero el carro necesita que lo arregles de verdad» y ese «pero» significó que sí… que sí iba por verga, pero también necesitaba que le echara una mano a tu carro… antes o después.

No había nadie más en el taller esa vez, amor, ni Toño, ni los otros mecánicos que a veces rondaban como moscas. Solo él y yo, solos en ese agujero caliente y asqueroso, el ruido de la calle apagándose mientras él se me acercaba con esa calma de macho que sabe que ya te tiene en la palma de la mano.

Me dijo que me sentara en una silla vieja llena de mugre mientras revisaba el carro, pero no pude quedarme quieta, Pablo. Mis piernas temblaban, mi coño chorreaba bajo la falda, y me paré como una zorra en celo, caminando hacia él mientras se agachaba bajo el cofre, su culo firme marcándose bajo el overol como una provocación.

No sé qué me pasó, amor, pero me acerqué y le puse la mano en la espalda, sintiendo sus músculos duros bajo la tela sudada, mi respiración acelerándose mientras él giraba la cabeza y me miraba con esos ojos que me cortaban el aliento.

«¿Qué quieres, perrita caliente?» gruñó, «¿Tan hambreada te tiene tu marido que no puedes esperar por mi verga?», me sentí humillada, pero antes de que pudiera responder, bajó el cofre, me jaló por la cintura con una mano grasienta y me estampó contra tu carro, el metal caliente quemándome las nalgas a través de la falda mientras me subía encima del cofre como si fuera un trapo.

Me arrancó la blusa con un jalón seco, los botones saltando y rebotando en el suelo lleno de mierda, mis tetas quedando al aire bajo la luz sucia del taller, los pezones duros como piedras mientras él las agarraba con sus manos aceitosas, estrujándolas con una fuerza que me hizo gemir como una loca, «¡Ay, por dios!», dejando manchas negras que se mezclaban con mi sudor, mi piel temblando bajo su agarre brutal mientras me abría las piernas con las rodillas, el overol abierto dejando ver esa verga monstruosa que ya conocía, gorda y venosa, lista para partirme otra vez.

No me quitó la falda, amor, solo la subió hasta la cintura como si yo fuera una verdadera puta, mis calzones ya empapados colgando de un tobillo mientras me abría la panocha con los dedos, metiéndolos hondo y sacándome un grito que resonó en el taller, «¡Ay, Dios, cógeme ya!», mi cuerpo temblando sobre el cofre mientras él se bajaba el overol y me la metía de un solo golpe, esa polla de fierro abriéndome el coño hasta el fondo, sus huevos peludos golpeándome el culo con un sonido húmedo y asqueroso que me ponía la piel de gallina.

Me cogió como animal, Pablo, embistiéndome contra el carro con una furia que me hacía rebotar las tetas, el metal chirriando bajo mi peso mientras él gruñía como toro, «¡Apriétamela, perra, apriétamela con tu panocha!», sus manos aceitosas apretándome las nalgas y dejándome marcas negras que me ardían en la piel, mi falda arrugada en mi cintura como un trapo sucio mientras me partía en dos, mi coño chorreando jugos que goteaban en el cofre y caían al suelo en charquitos pegajosos.

Me vine como loca, amor, gritando «¡Papi, qué rico, no pares!» mientras él me clavaba esa verga hasta el fondo, mis piernas temblando alrededor de sus caderas, mis tetas rebotando bajo sus manos grasientas que las estrujaban sin piedad, el taller llenándose con el sonido de mi coño chapoteando y sus huevos golpeándome el culo, un ritmo sucio que me hacía perder la cabeza.

Me mordió el hombro como perro rabioso, dejando un moretón que tuve que tapar con maquillaje después, su barba raspándome la piel mientras me lamía el cuello y gruñía, «Esto es lo que quieres, ¿verdad, pinche zorra?».

Y sí, Pablo, sí lo quería, lo quería tanto que me dolía el alma mientras me cogía, mi cuerpo traicionándote con cada embestida, mi cabeza girando con su olor a sudor y gasolina, mi coño apretándolo como si fuera su dueña mientras él me llenaba de placer y vergüenza.

Me tenía con las piernas abiertas y el coño chorreando como un río, la falda subida y la blusa empapada mientras me embestía sin parar, sus huevos peludos golpeándome con un sonido húmedo y asqueroso que resonaba en el taller, mi cuerpo temblando de placer y vergüenza mientras me venía una y otra vez, «¡Papi, qué rico, cógeme más!», perdida en él como una zorra barata.

«¡Mírate, pinche perra, cómo te retuerces con mi verga!» gruñó Damián, su voz ronca cortándome el aliento mientras me clavaba más hondo, sus manos aceitosas agarrándome las caderas con tanta fuerza que sentía sus dedos hundirse en mi carne, dejando moretones que tendría que esconder de ti.

Me mordió el cuello como un lobo hambriento, sus dientes raspándome la piel mientras lamía el sudor que me corría por el escote, y yo gemía como una loca, traicionándote con cada jadeo que se me escapaba.

«Esto es lo que tu marido no te da, ¿verdad, mamacita? ¡Una buena cogida que te deje temblando!» rugió, su barba pinchándome la mejilla mientras me embestía como toro, su cuerpo duro chocando contra el mío con un ritmo salvaje que hacía temblar el carro bajo mi peso.

Mis tetas brincaban como locas, atrapadas en la tela mojada que él apretaba con sus manos sucias, y yo chillaba, «¡Sí, papi, sí, cógeme más duro!», mi rajita apretándolo como si quisiera fundirme con él, mi cabeza nublada por el hedor a fierro y macho que me ahogaba.

«¡Apriétamela más, zorra, que te vea gozar como la puta que eres!» me ordenó, sus ojos negros brillando con una mezcla de fuego y burla que me erizaba la piel. Me levantó una pierna más alto, casi doblándome como muñeca, y me la metió tan adentro que sentí que me atravesaba, sus huevos pesados rozándome con cada golpe mientras gruñía, «¡Dime que soy mejor que ese pendejo, perra, dilo o te dejo con las ganas!».

«¡Eres mejor, papi, mucho mejor!» jadeé entre gritos, mi voz rasposa mientras mi cuerpo se entregaba, mi panocha soltando chorros que salpicaban el metal, mis muslos temblando como si fueran a partirse.

Él soltó una risa áspera, un sonido que me hizo sentir pequeña y sucia, y me dio una nalgada que me ardió como fuego, «¡Así se habla, pinche zorrita caliente, ahora muéstrame lo que tienes!».

De pronto, como si quisiera probarme más, me bajó del cofre con un tirón brusco, mis piernas tambaleándose como gelatina, y me giró con una fuerza que me dejó mareada, estampándome de cara contra una mesa vieja llena de fierros oxidados y trapos mugrosos.

«¡Agáchate, perra, quiero verte el culo mientras te cojo!» gruñó, empujándome por la espalda hasta que mi cara quedó pegada a la madera áspera, el olor a aceite subiéndome por la nariz, mi falda todavía enredada en mi cintura como un trapo roto, mis manos arañando la superficie buscando algo a qué aferrarme entre tuercas y llaves tiradas.

Me abrió las nalgas con sus manos grasientas, sus dedos resbalosos hundiéndose en mi piel mientras el aire caliente del taller me golpeaba la carne expuesta, y sentí su aliento apestoso a tabaco en mi nuca mientras se pegaba a mi espalda, su pecho velludo rozándome a través de la blusa hecha jirones.

«¡Qué culo tan rico tienes, mamacita, pa’ partirlo en dos!» rugió, dándome otra nalgada que me hizo soltar un grito ahogado, el eco rebotando en las paredes sucias mientras mi cuerpo se arqueaba por puro instinto, levantando las caderas como si le rogara que me tomara.

Se escupió en la palma y se frotó esa verga gorda y palpitante, las venas marcadas como si fueran a estallar, y me la clavó desde atrás con un empujón que me arrancó un alarido, «¡Papi, me vas a matar!», mi coño abriéndose como si nunca hubiera sentido algo tan grande, el dolor mezclándose con un placer que me nublaba la razón.

«¡Cállate y aguanta, zorra, pa’ esto viniste corriendo, ¿no?!» gruñó, agarrándome del pelo con una mano y jalándome la cabeza hacia atrás como si fuera su yegua, «querías que te metiera toda la verga, ¿no es así? Pues aquí tienes tu verga, zorra» su otra mano clavándose en mi cintura mientras me embestía, la mesa crujiendo bajo mi peso con cada golpe, una lata vieja cayendo al suelo con un clang metálico que se perdía entre mis chillidos.

Me cogía como si quisiera quebrarme, Pablo, sus caderas golpeando mis nalgas con una furia que me hacía temblar entera, el sudor de su cara goteándome en la espalda mientras gruñía, «¡Mueve ese culo, perra, que se sienta que me necesitas!».

Yo obedecía como una idiota poseída, echándome hacia atrás para encontrarlo, mi panocha chorreando ríos que me corrían por las piernas y salpicaban el suelo lleno de mugre, el placer quemándome las entrañas mientras él seguía, «¡Así, cabrona, muévete como puta, demuéstrame que disfrutas de mi pito clavado en tu agujero!».

Me dio otra nalgada, esta vez más fuerte, el ardor subiéndome por la espalda mientras yo jadeaba, «¡Papi, no pares, dame más!», mi voz ronca rompiéndose con cada palabra, mi cuerpo convertido en un desastre sudoroso y tembloroso bajo su peso.

«¡Pídemelo bien, zorrita, dime cuánto quieres esta verga!» rugió, soltándome el pelo para agarrarme las tetas por debajo del brassier, sus dedos aceitosos pellizcándome los pezones con una rudeza que me hizo ver estrellas, la tela rasgada cediendo bajo sus manos mientras me retorcía contra la mesa.

«¡Dámela toda, papi, cógeme hasta que no pueda caminar!» supliqué, mi cara aplastada contra la mesa, las astillas pinchándome la mejilla mientras él se reía, un sonido grave y sucio que me humillaba y me calentaba al mismo tiempo.

«¡Eso quería oír, perra caliente, ahora te voy a reventar como se debe!» gruñó, y cambió el ritmo, embistiendo más lento pero más profundo, cada golpe haciéndome sentir su tranca hasta el fondo, mis paredes apretándolo como si quisieran atraparlo, mi culo temblando con cada choque de su pelvis contra mi carne.

Me levantó un poco, solo para girarme de nuevo, esta vez poniéndome de lado sobre la mesa, una pierna colgando y la otra doblada contra su hombro, mi falda hecha un nudo en mi cintura mientras él se inclinaba sobre mí, su cara curtida a centímetros de la mía, sus ojos clavándome como dagas.

«¡Mírame, zorra, quiero ver tu cara de puta mientras te cojo!» ordenó, su aliento apestando a sudor y tabaco mientras me la metía otra vez, esta vez con una precisión que me hacía gritar con cada embestida, «¡Ay, Dios, papi, qué rico!».

Sus manos se deslizaron por mi cuerpo, una agarrándome la pierna levantada y la otra apretándome el cuello con justeza, no para ahogarme, sino para tenerme como quería, su pulgar rozándome la garganta mientras gruñía, «¡Qué hembra tan sabrosa me estoy cogiendo, ¿eh, pinche puta?! A que tu marido no te coge como yo».

Yo no podía ni pensar en ti, Pablo, mi mente era un torbellino de placer y culpa mientras él me partía en dos, mi coño palpitando alrededor de su verga, mis jugos goteando por la mesa y formando un charco pegajoso bajo nosotros.

«¡Dime que te gusta, perra, que te mueres por esta verga!» rugió, acelerando el ritmo otra vez, su pelvis golpeándome con un sonido húmedo que llenaba el taller, sus huevos pesados rozándome la piel con cada empujón mientras yo chillaba, «¡Me encanta, papi, me tienes loca!». Él sonrió, una mueca torcida de macho alfa, y me dio un manotazo en la teta que me hizo gemir más fuerte, «¡Así se habla, zorrita, ahora prepárate para lo que viene!».

Me tenía atrapada, amor, llenándome de placer y vergüenza con cada palabra, cada embestida que me hacía sentir sucia y viva, mi cuerpo rindiéndose mientras él me dominaba en esa mesa mugrienta, mi falda un estorbo arrugado y mis tetas marcadas por sus manos brutas, el taller apestando a sexo y derrota mientras yo gritaba su nombre como si tú jamás hubieras sido parte de mi vida.

Cuando se vino, fue otra vez como un volcán, su semen espeso y caliente bañándome las entrañas, desbordándose por mis muslos y goteando en el cofre como una marca de mi derrota, «¡Toma mi leche, perrita!», gruñó mientras yo temblaba y gemía, el cuerpo destrozado, las tetas sensibles y la falda hecha un desastre.

Bendito Dios el parche anticonceptivo me previno de un embarazo, amor, porque sino… en ese momento… Dios mío.

El caso es que después de la cogida, Damián se apartó de mí como si yo fuera un trapo usado, amor, su respiración todavía agitada mientras se subía el overol con un movimiento rápido, esas manos grasientas dejando rastros negros en la tela.

Me miró de reojo, con esa cara de cabrón que no siente nada, y gruñó, «Ve al baño a limpiarte, mamacita, que estás hecha un desmadre, yo arreglo tu pinche carro».

No me dio chance de contestar, Pablo, solo señaló con la barbilla hacia el fondo del taller, donde estaba ese baño mugroso que apestaba a orines y gasolina, y yo, como una idiota obediente, me puse de pie, con las piernas flojas, tambaleándome como borracha mientras su semen me chorreaba por las piernas, caliente y pegajoso, manchándome los muslos y los calzones que colgaban hechos bola en un tobillo.

Saqué del carro un abrigo que tendría que ponerme encima… porque sí, Pablo… había previsto que pasaría esto, y sabía que Damián me dejaría así, como me dejó.

Caminé luego hasta el baño con la cabeza gacha, amor, la falda arrugada en mi cintura y la blusa rota colgando de mis hombros como un harapo, cada paso un recordatorio de lo que acababa de dejar que me hiciera.

Entré a ese cuchitril asqueroso, el piso lleno de mugre y un espejo roto colgando sobre un lavabo oxidado, el agua saliendo a chorritos de una llave que goteaba.

Me miré en ese vidrio rajado, Pablo, y me vi como lo que era: una zorra adúltera, sudada y despeinada, las tetas marcadas por sus manos, la cara roja de vergüenza y placer, el rímel corrido como si hubiera llorado aunque no lo hice.

Agarré un pedazo de papel del rollo sucio que estaba tirado en el suelo y me limpié entre las piernas, amor, restregándome ese semen espeso que me corría por los muslos, tratando de borrar el rastro de Damián aunque sabía que no podía borrarlo de mi cabeza. Me subí los calzones como pude, húmedos y pegajosos, y durante los siguientes 20 o 30 minutos me acomodé la falda con manos temblorosas, me limpié la cara, me arreglé el pelo y me quedé ahí parada mirándome con culpa.

Salí del baño todavía temblando, Pablo, y cuando crucé la cortina mugrienta que separaba ese rincón del taller, me topé con Toño ahí, parado junto a un carro con una llave inglesa en la mano, mirándome con una curiosidad que me heló la sangre.

Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mi abrigo (a pesar del calor) y mi falda arrugada, y luego levantó una ceja con esa sonrisita de cabrón que me había clavado en la fiesta.

Se acercó a Damián, que estaba agachado junto a nuestro carro revisando el motor, y le cuchicheó algo, inclinándose para que yo no oyera. Apuesto que ni siquiera había identificado que ese era tu carro, hasta ese momento.

Damián no dijo ni madres, amor, solo soltó una carcajada grave, una risa de esas que te hacen sentir como un chiste, y siguió girando una herramienta como si nada, sus manos sucias moviéndose con esa seguridad que me ponía los nervios de punta.

Me quedé ahí parada, muerta de vergüenza, sintiendo que el suelo se me abría bajo los pies, mi cara ardiendo mientras imaginaba a Toño diciéndole, «¿Qué pedo, cabrón, te la echaste otra vez?» y a Damián asintiendo con esa mueca de macho sinvergüenza.

Me acerqué al carro como pude, con las piernas todavía flojas y el corazón latiéndome en la garganta, y Damián se enderezó, limpiándose las manos en un trapo mugroso mientras me miraba con esos ojos negros que me desnudaban entera. «Ya estuvo, mamacita, no era nada grave, nomás una mierda suelta en el motor», gruñó, estirando la mano para que le pagara, como si no acabara de cogerme salvajemente sobre el cofre de tu carro y luego sobre aquella mesa, dejándome marcada como su hembra.

Saqué los billetes arrugados de mi bolsa, amor, esos que me diste para los mandados, y se los di con las manos temblando, como si le estuviera pagando a un padrote por sus servicios, humillada hasta los huesos mientras él los agarraba y los metía en el bolsillo del overol sin siquiera mirarme.

«Son cien varos, más barato que la otra vez pa que vuelgas», dijo con esa voz fría, y yo asentí como estúpida, sintiendo su semen todavía pegajoso entre mis piernas aun si ya me había limpiado, mientras Toño, desde su esquina, soltaba un «Órale, cuñada, qué eficiente, ¿no? Ya te arreglaron el carrito rapidito», con un tono irónico que me cortó el aliento.

Lo miré de reojo, amor, y ahí estaba otra vez esa sonrisita torcida, sus ojos brillando con algo que no podía descifrar, como si supiera todo y se estuviera burlando de mí en mi cara.

«Sí, Toño, gracias», balbuceé, con la voz quebrada, y me subí al carro como alma que lleva el diablo, mis manos sudadas resbalando en el volante mientras prendía el motor con un rugido que sonó como mi propia vergüenza.

Damián ni se despidió, amor, ya estaba de vuelta con sus fierros, y Toño se quedó ahí parado, viéndome arrancar con esa mirada que me perseguía como un pinche fantasma. Manejé hasta la casa con el corazón en la boca, Pablo, con rastro de mi infidelidad, y la cabeza girando con el miedo de que Toño supiera todo, de que en cualquier momento te lo fuera a soltar en una de esas pachangas familiares mientras se echaban unas chelas.

Llegué y tú estabas como siempre, amor, sentado en el comedor con tus papeles esparcidos, tus dedos manchados de tinta y esa cara de imbécil cansado que me das cada día. «¿Ya quedó el carro?» preguntaste sin levantar la vista, tu voz plana como si nada, y yo, todavía temblando, con el coño ardiendo y la culpa comiéndome viva, te solté un «Sí, amor, ya está listo», antes de correr al baño a lavarme otra vez, a tratar de quitarme el olor a sexo y gasolina que se me había pegado como una maldición.

Me senté después a tu lado en el sillón, Pablo, fingiendo que todo estaba bien, pero mi cabeza no paraba, imaginándome a Toño contándole a Lupita, a tu mamá, a todos, y yo quedándome como la zorra traicionera que soy, expuesta frente a la familia que me abrió las puertas sin saber la mierda que traía adentro.

Y eso no fue todo, amor, porque mi cuerpo no me dejaba en paz, porque cada vez que cerraba los ojos lo veía a él, a Damián, y mi coño se retorcía de ganas aunque mi alma se partiera en pedazos por lo que te estaba haciendo…

Me juré, por segunda vez… que esto se tenía que terminar… ¿pero qué crees? Las putas siempre tiran para el monte.

TODO MI CONTENIDO EN PATREON

Continúa en