Carta de Vanessa, al Cornudo de su esposo [01]
La rutina mató el deseo, pero el sudor y la grasa de un taller mecánico encendieron una llama prohibida. Vanessa sabía que era una traición, pero el olor a macho y la fuerza bruta de Damián la hicieron perder el control, dejando que su cuerpo la arrastrara hacia un abismo del que no quería salir.
Parte 1
Querido Pablo, mi amor, mi todo.
Perdona si te escribo esta carta (que más bien parece un diario por la cantidad de hojas), por medio de la computadora, pero es tanto lo que quiero decirte, que a mano no habría podido hacerlo sin tener que borrar y hacer bola la hoja cada vez que me equivocara.
Cuando leas esto, ya me habré largado como una rata sucia que no merece ni el aire que respiras. Las llaves están en el alféizar de esa ventana rota que nunca te molestaste en arreglar, tiradas como un pedazo de mi corazón que se pudre por lo que te estoy haciendo, y me tiemblan las manos mientras te escribo porque sé que estas palabras van a apuñalarte el alma, amor.
No quería que esto pasara, Pablo, no quería hacerte daño así, te amo con cada pedacito de mi ser roto, te amo como cuando me pediste matrimonio en ese parque de San Antonio, con ese precioso anillo de compromiso en la mano y tus ojos brillantes, pero mi cuerpo, mi coño traicionero y hambriento, me está arrastrando a un infierno que no sé cómo parar.
Me dejaste en el olvido, cariño, me dejaste morir en vida en esta casa que construimos con tanto esfuerzo, con sus paredes de block pintadas de blanco y su techo de concreto que nos costó años pagar, una casa que debería ser nuestro refugio pero que llegó un momento en que comenzó a sentirse como una jaula donde mi deseo se ahogaba cada noche.
¿Te acuerdas de cómo era al principio, amor? Cuando recién nos mudamos aquí, yo llegaba del trabajo con las bragas empapadas, mi cuerpo pidiéndote a gritos que me tocaras, que me hicieras sentir mujer, que me cogieras hasta dejarme sin aliento, temblando en esa cama que compramos en pagos chiquitos.
Era mi momento de gloria, llegar de la tiendita de abarrotes de la esquina, donde estaba de pie todo el día tras el mostrador, atendiendo a clientes conflictivos, cargando cajas de refrescos y bolsas de arroz que me hacían doler la espalda, sudando bajo el ventilador que apenas movía el aire caliente mientras el sol pegaba como plomo afuera y el olor a fritangas del puesto de al lado se me pegaba a mi ropa.
Recuerdo llegar cansada, Pablo, con las piernas temblando de estar parada horas, la cabeza zumbando por los gritos del mercado y las cuentas que no cuadraban, pero aun así intentaba encender algo entre nosotros, ponerme una falda bonita que había comprado en el tianguis o hacerte unos tacos de suadero para que me miraras como hombre, para que vieras el fuego que todavía llevaba dentro.
Pero tú te apagaste, amor, te convertiste en un fantasma que se giraba en la cama, roncando como si yo no existiera, mientras mi coño se retorcía de ganas, ardiendo por un hombre que me diera lo que tú ya no podías, que me hiciera gritar como nunca lo hiciste desde que nos casamos.
Tú también llegabas agotado, cariño, de esa oficina de contabilidad donde pasas el día tecleando números y balances para una empresa que te exprime, con esa camisa arrugada que plancho cada mañana, sudando en nuestro sedán entre el tráfico y el calor, peleando con cláxones y microbuses para traer el dinero que apenas nos alcanza para la comida y nuestros gastos.
Te veía sentarte en el sillón con los ojos rojos de tanto mirar la computadora, las manos manchadas de tinta de firmar reportes y facturas, tu cabello despeinado por el sudor del día, y me dolía verte así, pero también me mataba que no me miraras con deseo, que no me tocaras como yo necesitaba, que te quedaras mirando la tele como si yo fuera invisible, perdido en tus novelas mientras mi cuerpo se moría de ganas a tu lado.
El sexo contigo se volvió una rutina, amor, una rutina triste que me dejaba vacía y furiosa. Tu polla flácida apenas me rozaba, un meneo rápido de dos minutos que no llegaba ni a calentarme, mucho menos a hacerme gemir, y después te dabas la vuelta como si hubieras cumplido, dejándome con las piernas temblando de pura rabia, mi panocha empapada y frustrada, y la cabeza llena de deseos sucios que nunca te atreviste a cumplir, como si fueras un oficinista incluso en la cama, contando números en vez de hacerme gritar, en vez de agarrarme como hombre y partirme en dos como yo soñaba cada noche.
Al principio no era así, Pablo, ¿te acuerdas? Cuando nos casamos, me cogías con ganas, me hacías jadear en esa cama nueva que crujía bajo nosotros, tus manos torpes pero ansiosas buscando mi piel, tus besos oliendo a cerveza después de las pachangas con tus compas.
Pero con los años, amor, te fuiste apagando, y yo me quedé atrapada en este cuerpo que pedía más, mucho más de lo que tú podías darme. Intenté todo, te lo juro por lo que queda de mi alma.
Te miraba con ojos de perra hambrienta, desesperada porque me vieras, porque me tocaras como hombre de verdad. Me ponía esas falditas cortas que antes te ponían duro, me restregaba contra ti en el sillón como una zorra desesperada mientras dormitabas, mi piel rozando la tuya, mi aliento caliente en tu cuello pidiéndote en silencio que me hicieras tuya.
Hasta me desnudaba frente a ti en el baño, dejando que me vieras salir de la regadera con el agua corriendo por mis tetas, esperando que te levantaras y me cogieras contra la pared, deseándome, pero tú me esquivabas, te hacías el ciego, el sordo, el puto inútil que no veía cómo me moría por dentro, cómo mi cuerpo se retorcía de ganas que tú no podías saciar, cómo me tocaba sola en la cama después de que te dormías, imaginando a otro que sí me partiera en dos.
Y entonces, como si el universo quisiera darme una bofetada y a ti un hachazo en el pecho, me mandaste al taller con ese carro de mierda que tanto te jodía los nervios.
Era un sábado, amor, uno de esos días en que llegabas más cansado que nunca, con la camisa sudada por el calor del camión y los ojos rojos de tanto revisar balances.
«Lleva el carro al taller, Vanessa, ese ruido me está volviendo loco», me dijiste con esa voz cansada que me dabas siempre, sentado en el comedor con tus papeles esparcidos sobre la mesa de madera que compramos de segunda mano, el ventilador zumbando inútilmente contra el calor, como si yo fuera tu empleada y no la mujer que juraste amar bajo el altar con la virgencita de testigo, la mujer que te plancha las camisas y te hace café cada mañana antes de que te vayas a la oficina.
No lo pensaste dos veces, ¿verdad, cariño? No te pasó por la cabeza que me estabas mandando directo al matadero, a un lugar donde me iban a destrozar la concha y el corazón, dejándote a ti como un cornudo sin saberlo, mientras seguías con tus números y tus facturas como si el mundo fuera solo eso.
Fui, Pablo, fui como una idiota obediente a ese taller, sin preverlo lo hice con mi falda ajustada que uso para la tiendita y una blusa fina que se me pega al sudor después de un día de trabajo, sin imaginar que estaba caminando hacia un abismo de lujuria que me iba a reventar la vida y hacerte mierda a ti en el proceso, sin sospechar que ese sábado cambiaría todo lo que teníamos.
El taller era un antro asqueroso en la colonia, un agujero lleno de grasa y sudor escondido entre casas de block y tienditas, con herramientas tiradas por el suelo como si nadie las hubiera tocado en años, el aire pesado con olor a gasolina vieja y el ruido de motores rugiendo como bestias, el eco de martillazos y risas groseras rebotando en las paredes de concreto.
Y ahí estaba él, amor, Damián, un puto semental que me arrancó el aliento desde el primer segundo que lo vi, un hombre que parecía sacado de mis sueños más cochinos, de esas noches que me tocaba en la cama imaginando a alguien que me cogiera como tú nunca pudiste, mientras tú roncabas a mi lado como un bulto inerte.
Sus músculos, sin tocarlos aun, parecían duros como piedras, tallados por años de levantar motores y partir fierros con las manos, su piel morena brillando como cuero mojado bajo la luz sucia que se colaba por las ventanas rotas, empapada de sudor que le corría por el cuello y goteaba en el suelo lleno de manchas negras.
Su overol estaba abierto hasta el pecho, dejando ver un torso firme y velludo que gritaba peligro, sudoroso como si acabara de salir de un día bajo el sol del mercado, los hombros anchos tensando la tela como si fuera a reventarla.
Cuando me miró, amor, sus ojos negros me atravesaron como cuchillos, desnudándome entera sin mover un músculo, su cara curtida con una barba espesa que le daba un aire de cabrón sinvergüenza, sus labios torcidos en una mueca que me hizo temblar las piernas antes de que siquiera hablara.
Su voz grave, áspera como lija, me vibró en el coño como si me estuviera cogiendo con palabras, «¿Qué le pasa al cacharro, mamacita?», gruñó, y yo me quedé ahí, balbuceando como una estúpida, con los calzones empapados y las piernas temblándome solo de verlo moverse alrededor del carro, sus botas pesadas dejando huellas de mugre en el suelo de concreto, el overol colgándole flojo en las caderas mientras se agachaba a revisar el motor con una seguridad que me ponía la piel de gallina.
Había otro tipo en el taller ese día, amor, un chavo joven, apuesto y musculoso, con una camiseta sudada pegada al cuerpo que dejaba ver unos brazos marcados como si levantara fierros todos los días, y un pecho firme que se notaba bajo la tela húmeda, su piel bronceada brillando bajo la luz polvorienta que se colaba por las rendijas.
Adivina quién era. Era Toño, el marido de tu hermana menor, la Lupita, un cabroncito guapo que no había visto bien en las reuniones familiares, y que me saludó con una sonrisa amable, sus ojos cafés brillando con ese aire de buena onda que siempre tiene, «Qué onda, cuñada, ¿qué le pasa al carro del Pablo?».
Me quedé helada por un segundo, Pablo, sintiendo el calor subiéndome a la cara como si me hubiera cachado en algo, porque no esperaba verlo ahí, tan cerca de la mierda que iba a pasar. Toño es tu cuñado, amor, no mío, y aun así me llamó cuñada. El mismo que juega con tus sobrinos en las pachangas y siempre anda de broma con una chela en la mano, el que te da palmadas en la espalda en las reuniones familiares y te hace reír con sus cuentos del taller.
Por un momento pensé en dar media vuelta y salir corriendo, mi corazón latiendo como tambor mientras lo veía ajustar una llanta con esos brazos musculosos, su camiseta levantándose un poco y dejando ver un pedazo de abdomen firme que me hizo tragar saliva.
Pero Damián lo cortó rápido, más grande, más fornido, más macho. «Déjalo, Toño, yo me encargo de esta mamacita», gruñó con esa voz que me hacía temblar las piernas.
Y Toño se rió, dándole una palmada en la espalda, «Órale, pues, tú sabes, cabrón», antes de soltar una burla cómplice, «pero Damián, respeta, que la señora es esposa de mi cuñadito», su tono entre risas dejando claro que era una broma entre compas, sin sospechar lo que venía.
Damián le dio un empujón leve, riéndose con un «Vete a la chingada», y Toño volvió a su esquina, martilleando una pieza mientras sacudía la cabeza, ajeno a lo que yo su “cuñada” estaba a punto de dejar que pasara a unos metros de él.
Damián me miró con esa cara de cabrón que sabe lo que quiere, sus ojos recorriendo mi cuerpo como si ya me tuviera desnuda en su mente, y yo no pude evitarlo, amor, mi coño ya estaba empapado solo de verlo, de imaginar esa verga oculta bajo su overol, y el miedo de que Toño estuviera ahí solo me puso más caliente, como si el peligro de que tu familia supiera me encendiera todavía más las entrañas.
Damián me dijo que me esperara. Que sería rápido. Y lo vi trabajar en el carro por un rato, Pablo, y cada movimiento suyo era como una puñalada a mi cordura, como un juego lento que me iba calentando poco a poco.
Sus brazos se flexionaban como cables de acero mientras levantaba el cofre, el sudor corriéndole por el cuello y goteando en el concreto, dejando charquitos oscuros bajo el carro, sus manos sucias de grasa girando herramientas con una seguridad que me ponía a mil, el overol colgándole flojo en las caderas mientras se agachaba a revisar el motor, su espalda ancha marcándose bajo la tela mientras se movía como si fuera el rey del taller.
Yo me quedé parada como una zorra en trance, mis manos sudadas apretando el bolso que traía de la tiendita, imaginando esas manos arrancándome la ropa, abriéndome las piernas, metiéndose en cada rincón de mi cuerpo que tú dejaste seco, mi respiración acelerándose mientras lo veía trabajar, el calor del taller subiéndome por las piernas y haciendo que mi blusa se pegara a mis tetas como una segunda piel.
Pasaron unos minutos así, amor, yo mirándolo como idiota mientras él revisaba el carro, el ruido del taller llenando el aire con martillazos y el rugir de un motor en la esquina donde Toño seguía en lo suyo, y cada vistazo que le daba a Damián me hacía mojarme más, mi coño palpitando bajo la falda como si ya supiera lo que venía.
Entonces, de pronto, levantó la vista y me miró, sus ojos negros clavándose en los míos con una intensidad que me cortó el aliento, y gruñó, «Toño, vete a la ferretería por unas tuercas, cabrón, estas están de la verga».
Toño levantó la cabeza, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano, «¿Qué, nomás por eso me mandas, culero?», se quejó con una risa, pero se puso de pie, dejando el martillo en una mesa llena de herramientas. «Voy, pues, pero no tardes en arreglarle el carrito a mi cuñadita», dijo con una sonrisa burlona, guiñándome un ojo antes de salir por la puerta del taller, sus botas resonando en el concreto mientras se perdía hacia la calle, dejándome sola con Damián bajo el sol que pegaba afuera.
No sé cómo pasó, amor, no sé en qué momento crucé la línea, pero cuando él me dijo «Ven, te enseño el problema, mi reina», lo seguí al fondo del taller como si estuviera hipnotizada, como una perra oliendo carne fresca, mis pasos temblorosos resonando en el concreto mientras dejaba atrás el ruido de los motores, el eco de la voz de Toño desvaneciéndose en la distancia.
Cruzamos una cortina mugrienta llena de polvo y mierda, el olor a gasolina pegándose a mi ropa y mezclándose con el sudor que me corría por la espalda, y antes de que pudiera respirar, me estampó contra la pared con una fuerza que me sacó el aire de los pulmones, el block áspero raspándome la espalda a través de la blusa, el calor del taller haciendo que mi piel ardiera bajo la tela húmeda.
«Te vi mirándome, zorrita caliente», gruñó en mi oído, su aliento apestando a tabaco y sudor de macho, su barba raspándome la mejilla mientras me hablaba, sus manos ya subiendo por mis costados como si yo fuera suya desde siempre.
No pude ni abrir la boca para negarlo, amor, porque era verdad, era una zorrita caliente que lo había estado rogando con los ojos desde que entré, mi rajita palpitando bajo la falda como si ya supiera lo que venía, mi cuerpo temblando de puro deseo mientras él me apretaba contra la pared.
Sus dedos grasientos agarraron mis bragas por debajo de la falda, arrancándolas con un jalón seco que me hizo jadear, el sonido del hilo rompiéndose, resonando en el espacio cerrado como un disparo, y las dejó caer al suelo como un trapo sucio, mis piernas temblando mientras me abría con sus manos aceitosas, dejando mi panochita expuesta, empapada y palpitando como nunca contigo, el aire caliente del taller chocando contra mi piel desnuda.
Yo me resistí sólo un poco. Pero la calentura me cegaba.
No me quitó la blusa, amor, pero la estrujó con esas manos sucias, sus dedos grasientos apretándome las tetas a través de la tela, dejando manchas negras que se filtraban por el sudor, el algodón pegándose a mi piel mientras me estrujaba como si fuera un pedazo de carne, mis pezones duros como piedras bajo su agarre brutal, la tela arrugándose bajo sus manos mientras me apretaba con fuerza, haciéndome gemir antes de que siquiera me tocara abajo.
Dije algo sobre que parara, pero no debí ser convincente.
Me levantó una pierna con un solo movimiento, su mano deslizándose por mi muslo y dejando un rastro de grasa que me quemaba la piel, el overol abierto dejando ver su pecho velludo y sudoroso mientras se inclinaba sobre mí, y entonces lo vi, amor, lo vi y casi me desmayo de puro miedo y deseo:
Su verga, Pablo, un puto monstruo de carne, gorda como un chorizo de Toluca, venosa como si las venas fueran a reventar, dura como un fierro de construcción, y unos huevos enormes, peludos, colgando pesados como un par de mangos maduros, cubiertos de un vello negro y rizado que brillaba con sudor, tan grandes que parecían rebotar solos, llenos de semen listo para bañarme como si fuera su hembra en celo, una imagen que me hizo mojarme más solo de verla.
Me la metió de un vergazo que me hizo gritar como una perra en celo, «¡Ay, Dios!», partiéndome la vagina con una fuerza que me levantó contra la pared, sus huevos peludos golpeándome el culo con cada embestida como un par de campanas sucias, pesadas y calientes, rozándome con ese vello áspero que me ponía la piel de gallina mientras mi falda se arrugaba en mi cintura.
No pude ni pensarlo, amor, no pude acordarme de ti ni de nuestra cama modesta con su colchón viejo, mi cuerpo ya era suyo mientras me cogía con una furia que nunca vas a entender, su verga venosa abriéndome el coño como si fuera virgen otra vez, tan hondo que sentía que me iba a romper las entrañas, mi espalda raspándose contra el block con cada golpe brutal.
«Así, perra, así… apriétamela con tu panocha.»
Mis tetas rebotaban bajo la blusa, aplastadas contra la tela empapada que él estrujaba con sus manos aceitosas, dejando manchas negras que crecían con cada apretón mientras gruñía como animal, mis pezones duros rozándose contra el algodón húmedo mientras gemía como una zorra poseída, «¡Papi, qué rico, cógeme más!», traicionándote con cada chillido mientras él me embestía como un toro enloquecido, su pelvis chocando contra la mía con un sonido húmedo y asqueroso que llenaba el espacio cerrado.
El taller era un caos de ruidos: el chapoteo de mi coño empapado chorreando jugos, el golpe húmero de su carne contra la mía, el tintineo de una llave inglesa cayendo al suelo mientras él me cogía sin parar, el eco lejano de los motores y mientras Toño que estaba en la ferretería, sin idea de lo que su cuñada estaba dejando que su jefe la cogiera.
Me mordió el cuello como un lobo hambriento, dejando marcas rojas que tendría que ocultar de ti con una bufanda vieja que guardo en el cajón, sus manos aceitosas subiendo por mi blusa para apretarme las tetas otra vez, estrujándolas con fuerza hasta que dolieron, el sudor corriéndome por el escote y goteando en el suelo mientras me venía como una loca, «¡Papi, qué rico, no pares!», el culo temblándome mientras sus huevos peludos me golpeaban con cada embestida, un ritmo sucio que me hacía perder la cabeza, mi cuerpo convulsionando contra la pared como una muñeca rota bajo su peso.
«Esto es lo que querías, ¿verdad, pinche perra?», gruñía, su voz ronca cortándome el aliento, su barba raspándome la cara mientras me lamía el cuello como perro hambriento, y yo jadeaba «¡Sí, papi, sí, sí!», traicionándote con cada palabra, con cada chorro de jugo que me sacaba esa polla de macho alfa, mi falda arrugada en mi cintura mientras él me cogía sin quitarme la blusa, sus manos aceitosas dejando un desastre de manchas negras que olían a gasolina y sudor, un recordatorio sucio de lo que me estaba haciendo.
Me tenía con las piernas abiertas y el coño chorreando como un río, la falda subida y la blusa empapada mientras me embestía sin parar, sus huevos peludos golpeándome con un sonido húmedo y asqueroso que resonaba en el taller, mi cuerpo temblando de placer y vergüenza mientras me venía una y otra vez, «¡Papi, qué rico, cógeme más!», perdida en él como una zorra barata.
Cuando se vino, fue como un volcán, amor, su semen espeso y caliente llenándome el coño hasta desbordarse, chorreándome por los muslos y goteando en el suelo del taller como un charco pegajoso, marcándome como su hembra mientras yo temblaba y gemía, «¡Papi, qué rico!», el cuerpo destrozado y el alma en pedazos, mi blusa arrugada y manchada de grasa como un trofeo de mi traición.
«Ahí te va toda mi leche pa que te hartes, perrita»
Luego, se apartó de mí como si nada, amor, sin decir una palabra más, ajustándose el overol con un movimiento rápido mientras yo me deslizaba por la pared, las piernas tan débiles que me tuve que apoyar en el block para no caerme, mi falda todavía subida y mi coño palpitando con su semen escurriéndose por mis muslos, la blusa sucia pegada a mis tetas como una segunda piel.
Sin mirarme siquiera, como si yo fuera una clienta cualquiera, estiró la mano y gruñó, «Son doscientos varos por el arreglo del carro», su voz plana y fría, sus ojos negros fijos en el suelo mientras yo buscaba mi bolsa con manos temblorosas, sacando los billetes arrugados que me habías dado.
Se los di sin decir nada, Pablo, humillada como una zorra barata, sintiendo su semen pegajoso entre mis piernas mientras él tomaba el dinero, lo guardaba en el bolsillo del overol y se daba la vuelta sin siquiera despedirse, caminando hacia el carro como si no acabara de partirme en dos, dejándome ahí sola contra la pared, con la blusa manchada de grasa y el cuerpo temblando de vergüenza y placer, el eco de sus botas perdiéndose en el taller mientras Toño aún no volvía de la ferretería.
Salí del taller como pude, Pablo, con las piernas flojas y el coño ardiendo, evitando mirar hacia la esquina donde Toño había estado trabajando, su martillo silencioso ahora que estaba afuera, y caminé por la calle con la cabeza gacha, mi falda arrugada y la blusa sucia como pruebas de mi pecado, mi cara ardiendo de pura humillación mientras el sol me pegaba en la espalda y el ruido de la colonia me envolvía como un zumbido lejano.
Volví a casa como un desastre, amor, las piernas temblando como gelatina, el coño ardiendo y su leche todavía escurriéndose por mis muslos, manchando mis calzoncitos que me puse esa mañana, la blusa arrugada y sucia de grasa oliendo a taller, un recordatorio cruel de lo que había hecho.
Entré por la puerta y tú estabas ahí, cariño, con esa cara de imbécil cansado que siempre me dabas, sentado en el comedor con tus papeles de contabilidad esparcidos sobre la mesa, tus dedos manchados de tinta mientras revisabas tus balances, preguntándome «¿Qué tal el taller?» como si nada, sin mirarme, tu voz plana mientras el ventilador zumbaba inútilmente contra el calor.
Bendito Dios no me miraste. Te mentí con un «Bien, ya está arreglado», dije recién cogidita, mi voz temblando mientras mi coño palpitaba por él y mi cabeza giraba con su olor a sudor, gasolina y sexo, mi cuerpo todavía temblando bajo la blusa sucia que no me atreví a quitar frente a ti.
Me metí a bañar y me lavé a conciencia. Ni cuenta te diste. Eso es lo que te importo y lo que siempre te importé.
Me senté después a tu lado en el sillón, amor, y mientras tú seguías con tus números, yo imaginaba aun su semen pegajoso entre mis piernas, su marca quemándome la piel bajo la blusa manchada, las tetas sensibles por sus manos brutas, y no podía mirarte a los ojos sin que me ardiera el pecho de culpa, sin que me doliera el alma por lo que te había hecho, por cómo me había humillado como una cualquiera en ese taller mugriento.
Me juré a mí misma que nunca más iba a pasar, Pablo, te lo juro por mi vida, por el amor que te tengo, por las veces que me has visto llorar y me has abrazado en silencio, que ese día me juré que no iba a volver a pasar…
Pero… ¿qué crees? La carne es débil.
Te escribo esto hoy… en tu propia computadora, mientras duermes, días antes de abandonarte, sabiendo que cuando imprima esta carta y tú la leas, será porque ya habré tomado mi decisión.
Iré a tomar un poco de agua, antes de continuar con lo que tengo para decirte, mi Pablo, mi querido esposo.
CONTENIDO EXCLUSIVO PARA LOS AMANTES DE CUERNOS, HOTWIFES, CONSENTIDORES, CORNEADORES Y CORNUDOS
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