Xtories

De rodillas- capítulo 2

Sabe que su esposo duerme a su lado, tranquilo e inocente. Sabe que César la espera en la oscuridad, listo para recordarle quién es realmente. Esta noche, la culpa se mezcla con el deseo y la puerta se abre sola.

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♡El regreso♡

Volví a casa. La puerta se abrió con ese chirrido que ya conocía de memoria. Nada había cambiado: ni el ruido del picaporte, ni el olor a café frío mezclado con perfume barato… ni yo, que entraba como un fantasma.

Mi cuerpo era un desastre: la piel todavía roja, los ojos llorosos, las piernas temblorosas, la garganta seca como si hubiese gritado todo y nada al mismo tiempo. Pero intenté caminar como si no me pasara nada.

Tomás estaba ahí. Sentado en el sillón, con el celular en la mano, como cada noche. No levantó la vista. No preguntó.

—Hola, amor —dije, bajito. —Hola, gorda —respondió, sin mirarme siquiera.

Solté la mochila. Me acerqué con esa contradicción que quema: querer contar todo, pero no encontrar palabras. Lo miré. Y por primera vez en mucho tiempo, él me miró a los ojos.

—¿Estás bien? —preguntó. La voz le temblaba un poco. Sincero. Negué con la cabeza.

No podía decirle que alguien me había tocado sin ponerme un dedo encima. Que me había abierto sin permiso. Que me vine sin cuerpos, sin nombres, pero con una marca que no se borraba. No sabía cómo decirle que otro había logrado romperme de placer.

Él se acercó. Me abrazó. No me apretó fuerte. Solo me sostuvo. Como si creyera que eso alcanzaba.

Yo no lloraba. Pero tenía los ojos húmedos como una tormenta que ya pasó, aunque el cielo todavía no se aclara.

—¿Querés contarme qué te pasó? —insistió.

Y juro que quise. Quise decirle que no fue amor. Que no fue abuso. Que fue otra cosa. Un deseo que me encontró sin avisar.

Pero dije:

—No.

Y él entendió. No me apuró. No insistió.

Me llevó al baño. Me lavó la cara. Me sacó la ropa con cuidado, como si yo fuera frágil. Como si el cuerpo pudiera volver a ser mío con solo un gesto.

Miró las marcas. No preguntó. Yo me dejé hacer. No porque lo amara menos. Sino porque con él podía volver a sentirme… no rota.

—Estoy acá —me dijo.

Y yo asentí. Aunque por dentro, todavía dolía. Dolía César, ese nombre que no se borra ni con agua ni con besos buenos. Ese hombre que no me cogió, pero me vació igual.

Porque hay vacíos que no se llenan con amor. Solo con más deseo.

Nos metimos en la cama sin decir una palabra. Mi pelo aún húmedo, pegado a la nuca. Él me abrazó por detrás suave, sentía su mano temblando en mi cintura, como si intuyera que algo me había marcado más fuerte que él, algo que no podía borrar ni con su piel.

No preguntó nada. No quiso saber. Se acercó un poco más, su cuerpo tibio y cálido contra mi espalda. Pero no era dueño. No era amo. No era cazador. Era solo un hombre que me amaba, que no sabía de las heridas que tenía clavadas.

—¿Querés que te toque? —susurró, apenas audible.

Mi garganta se cerró. No pude decir que sí. Pero tampoco quise decir que no. Porque no quería su ternura. Quería el filo cortante de sus manos duras, la palabra que me partiera, la marca que me dejara sin aire.

Con él, no me animaba. —No hoy —le dije, bajito, sin culpa, con ese nudo que me estrangulaba por dentro.

Él asintió sin más. —Está bien —murmuró—. Solo quiero que duermas tranquila.

Dormir tranquila. ¿Quién puede dormir en paz después de haber sido de otro que te dejó marcada? Después de haber sido rota sin que nadie te toque?

Me acurruqué contra su pecho. Su corazón latía lento, y yo respiraba su olor como si fuera un antídoto para el fuego que aún ardía adentro mío.

Pero C seguía ahí, pegado a mi piel, metido entre mis piernas, entre los pliegues de mi memoria, entre la ansiedad por volver a sentirme nada, y la culpa de saber que con este hombre bueno, yo también era algo.

No era sumisa. Ni puta. Ni reliquia. Era amada. Y eso también dolía.

Desperté sin moverme. Tomi respiraba despacio a mi lado, tranquilo, seguro. El cuarto estaba tibio, inofensivo, pero yo tenía los muslos apretados, la piel ardiendo con marcas suaves en el cuello, y el alma hecha un incendio con un nombre que no era el suyo.

No lo soñé. Lo recordé. A César, mi ex Amo.

Podía oír su voz ronca, esa voz que me perfora: —Te venís sola con un “no”. Imaginate lo que harías si te dijera “ahora”.

Me toqué sin querer. Solo con la punta de los dedos, como queriendo borrar algo que ya estaba grabado a fuego. No me corrí. No me masturbé. Me quedé quieta, mojada, temblando por un fuego que ya había pasado, pero que quería volver a prender.

En ese silencio, me imaginé un mensaje. Uno que no pensaba mandar, pero que escribí en la cabeza, como si él pudiera oírme:

“Me dolés todavía. Y no sé si te extraño o te detesto. Pero me abriste algo que no puedo cerrar. Me cogiste sin entrarme. Me rompiste sin tocarme. ¿Y sabés qué? Quiero más.”

Borré el mensaje en mi mente. Volví a mirar a Tomi, que dormía tan tranquilo. Y me pregunté si alguna vez le voy a poder contar la verdad. Toda. Cruda. Sin filtro. Sin disfraz de amor.

Tenía dos voces en la cabeza. Una me decía: Quedate. Estás a salvo. Él te quiere. No te rompe. No te exige nada que duela. Te abraza sin apretar. Te espera.

Y la otra me conocía desde el deseo. Y estaba ganando la batalla.

Estaba sola en la cocina, en bombacha, revolviendo un té que ni siquiera quería tomar. Tomi dormía, rendido, envuelto en su calma inocente, sin saber nada de lo que me atravesaba.

De repente, el celular vibró. Una sola vez. Lo vi, y en el fondo sabía qué esperaba. Una sola letra, una sola cicatriz: “c.”

Ni siquiera lo tenía agendado como un nombre. Solo una inicial. Una herida abierta.

Abrí el mensaje sin poder evitarlo:

“Soñé que te abrías de nuevo. Que te resistías. Que llorabas. Soñé que todavía eras mía. ¿Lo soñaste vos también?”

Quedé helada. O más bien, encendida en zonas que había logrado apagar. El corazón se me apretó, la respiración se hizo chiquita.

Y entre las piernas, un temblor viejo, uno que creí dormido, me volvió a buscar.

No sabía si quería responder. Pero mi cuerpo ya había contestado antes que mi cabeza: los pezones duros, la piel prendida fuego, la humedad perfecta.

Pensé: ¿Y si le contesto? ¿Y si vuelvo? ¿Una sola vez más?

Pero sabía que nunca era una sola.

No escribí. Todavía no.

Pero sentí que me habían convocado. Que esa voz me había llamado y yo había vuelto a escuchar.

Pasaron los días y no pude sacarlo de la cabeza. Era un dolor que me quemaba, una necesidad que me arrancaba el aire.

Una noche, sin pensarlo más, escribí. Solo una línea, una confesión que me salió sin filtro, sin permiso:

“No lo soñé. Pero me desperté con las piernas mojadas y el nombre en la garganta. No me toques. O hacelo bien.”

Apreté enviar y me hundí en el silencio, con el corazón latiendo a mil. Dos minutos fueron eternos. Los minutos en los que moría de nervios, repasando cada palabra, sintiendo cómo me preparaba sin saber si yo misma lo quería.

Entonces llegó su respuesta. Un mensaje corto, directo: “Volvé.”

Sentí cómo algo se encendía adentro mío. No era amor. No era odio. Era ese temblor bajo el ombligo, esa tensión en la nuca, ese deseo sucio que no avisa.

Miré a Tomi durmiendo, el pecho subiendo y bajando lento, la mano caída fuera de la sábana. La calma y la ternura que él me ofrecía no alcanzaban para apagar el incendio que ya había encendido César en mi cuerpo. Me odié por saber, sin lugar a dudas, que iba a responder.

Le escribí, con los dedos temblando y la garganta seca: “Decime dónde.”

El lugar era un departamento vacío en Almagro. Un dos ambientes con persianas bajas oscuro y callado como el secreto que estaba a punto de resucitar. Olor a humedad, a madera vieja y a polvo mezclado con el sudor y la saliva de otras veces

Me recibió con una sonrisa torcida, esa que usaba cuando sabía que yo ya había perdido. —Pensé que no venías, zorra —dijo, con voz grave, sin hacer el más mínimo gesto de moverse.

—Pensaste mal —le contesté, tratando de que mi voz sonara firme, aunque el cuerpo me estaba pidiendo que me cayera de rodillas ahí mismo.

La puerta se cerró con un golpe seco. Nada de palabras de bienvenida. Solo su mirada, caliente y voraz, recorriéndome como si ya estuviera desnuda, aunque todavía tuviera puesta la campera.

No hubo besos ni caricias. Nada de ternura. Solo su aliento pesado, rozándome el cuello, y esa voz áspera, que me hizo tragar saliva con ganas y miedo: —¿Sabés cuántas veces me la cogí pensando en vos, puta?

Mis piernas se aflojaron y mi dignidad quedó hecha trizas en el piso, junto a la mochila que había dejado en la entrada.

Me bajó el pantalón con manos duras, sin apuro, sin suavidad. Me tiró al suelo con una fuerza calculada, que dolía más que cualquier golpe. Sin preguntar ni esperar, me ordenó: —Arrodillate.

Y yo me arrodillé. Porque con él no era Kiara. No era mujer. Era un objeto, una sumisa entregada a ese dominio que me consumía y me encendía.

Me agarró del pelo con fuerza, tirando la cabeza para atrás, y me escupió la cara. No era un escupitajo cualquiera, era una marca de propiedad, un acto de violencia que me hizo temblar de deseo y miedo.

—¿Querés que te la meta? —preguntó sin esperar respuesta.

—Sí, Amo —le dije, con la voz quebrada, sin poder ni querer negar lo que ardía en mi cuerpo.

Me levantó y me estampó contra la pared. Sus manos apretaban mis muslos, sus dedos clavándose como garras que reclamaban cada pedazo de mí. Hundió su lengua en mi boca, sin ternura ni cuidado, como si quisiera arrancarme el alma a la fuerza.

Me tiró al piso otra vez. Ató mis muñecas con una soga que olía a él, a sudor, a castigo. Me tapó los ojos con una venda negra y me obligó a abrir la boca para escupirme.

El vacío era castigo, pero también fuego en la piel.

—¿Querés que te coja? —Sí, Amo. —¿Y si no lo hago? —También, Amo.

Me tenía contra la pared como si el mundo no existiera. Como si no hubiera pasado el tiempo. Como si yo le siguiera perteneciendo Me golpeó el culo con la palma de la mano. Un golpe seco y fuerte que me arrancó un gemido roto, desde lo más profundo de la garganta.

Me giró con una sola mano, presionándome la nuca contra el revoque frío. Sentí el crujido leve de mi campera deslizándose contra el yeso viejo. Con la otra, me bajó la ropa interior de un tirón, brutal, haciéndola caer hasta mis tobillos como si fuera basura.

—¿Esto es lo que extrañabas? —me escupió al oído, con la respiración despareja—. ¿Venir gateando apenas te llamo?

Ni siquiera pude contestar. Porque era verdad. Porque mi cuerpo ya le había respondido antes que yo. El aire me salía entrecortado, con el pecho contra la pared y la cara apretada al lado del interruptor.

Me separó las piernas con la rodilla. Me metió dos dedos de golpe, sin avisar, sin piedad. (Mojada como si hubiese estado esperándolo toda la semana.)

—Siempre tan lista, ¿no? —me gruñó—. Sos mi putita aunque te vayas con otro a dormir tranquila.

Movía los dedos con ritmo brutal. Sin pausa. (Me golpeaba con la palma el clítoris cada tanto, como si quisiera castigarme por haberme ido.)

Yo ya no hablaba. Solo temblaba. Gemía bajo, con la boca mordida y el corazón golpeando en el cuello.

Me sacó los dedos y se los llevó a la boca, mirándome.

—Una asquerosa —murmuró—. No cambiaste nada.

Me hizo agacharme otra vez. Esta vez sin hablar. Solo con la mirada. la pija ya la tenía dura, brillosa, venosa. Me la apoyó en los labios y no esperó. Me agarró del pelo con una mano, con la otra me sostuvo de la mandíbula.

—Tragalo todo —ordenó—. Como te enseñé.

La metió hasta el fondo de una. Me lloraron los ojos, me ardía la garganta. Me sostuvo ahí, quieta, hasta que casi me ahogo. Me tironeó el pelo hacia atrás, me miró baboseada, ahogada, con la cara roja.

—Así me gustás —escupió—. Destrozada.

Me agarró de los brazos y me levantó como si yo no pesara nada. Me empujó hacia el sillón rajado del living. Me tiró boca abajo. Me mordió el cuello. Me pellizcó el costado. Me metió una mano entre las piernas de nuevo.

—Toda mía, ¿no? Aunque duermas con él. Sos mía.

Mi cuerpo gritaba que sí. Se abría solo. El dolor me calentaba.

—Te voy a romper —me dijo

Y lo hizo.

La embestida fue salvaje, sin pausa. Me la metió de una, sin cuidar si dolía. si me desgarraba por dentro.

El sillón crujía bajo cada golpe. Mis uñas se clavaban en el cuero viejo, el cuerpo entero vibraba con cada embate. Yo no pedía que pare, tampoco que siga. Solo me dejaba hacer. Me abría. Me dejaba usar.

—¿Así que ahora sos de otro, eh? —me gruñía al oído, tirándome del pelo para que le mirara la cara—. Pero venís a que te rompa yo.

su verga pese a tener un tamaño bastante promedio me taladraba. Me la sacaba hasta la punta y me la volvía a meter de un solo golpe, profundo, castigando.

—Decime de quién sos —ordenó. Yo no hablaba. —Decímelo —me escupió la nuca—. Decí que sos mía.

Una mano me apretaba el cuello, con los dedos en la tráquea. La otra me hundía la cadera para que no me moviera.

—Tu cuerpo no miente —murmuró, y empezó a darme más fuerte. Más salvaje. Más animal. Me hacía chocar contra el respando con cada estocada.

Yo gritaba bajo, entre jadeos. Lloraba y me reía. No sabía si por placer o por bronca. Si era excitación o desesperación. Pero no me iba. No me soltaba.

Me agarró la cara por atrás, con la mano entera, como para hacerme mirar de reojo. —Estás llorando. ¿Por qué? Yo no respondí. —¿Te duele? ¿Te gusta? ¿Extrañás? Y sin dejar que diga nada, volvió a metérmela más fuerte. Más cruel. Más profunda.

Me dolía. Me ardía. Pero también me abría. Me abría toda. Me desarmaba.

Lo escuchaba respirar como un toro. Me mordía el hombro. Me escupía la espalda. Me decía cosas que no sabía si eran suyas o mías. —No vas a volver con él. No después de esto.

Y en ese momento, con el cuerpo hecho un temblor, me di cuenta: Él no cogía para tenerme. Cogía para destruirme.

Me acabó adentro, apretando los dientes contra mi cuello. Quedó unos segundos inmóvil, como temblando él también. Después se apartó sin decir nada. Se subió el pantalón. Se alejó al baño. Yo quedé ahí, con las piernas temblando, los ojos llenos de algo que no sabía si era deseo, culpa o derrota.

Y cuando volví a vestirme, todavía con su olor metido en mi piel, me sentí más suya que nunca. Y más sola que nunca también.

Me vestí sin apuro, como si no importara ya que estuviera desnuda o entera. Las piernas me temblaban, pero no por el frío. Era ese temblor de después. El que no se ve. El que se queda adentro.

El baño seguía con la puerta cerrada. César no salía. Escuchaba el agua correr, pero no sabía si se estaba duchando o solo dejando que el sonido lo cubriera. Como si el agua pudiera sacarle el olor a mí.

Me miré en el espejo. La boca hinchada. Los ojos húmedos. El pelo deshecho. Tenía marcas. En la nuca. En la cadera. En los muslos. Se notaba. Todo se notaba. Y no me las tapé.

Me senté en el borde de la cama, con la ropa puesta pero el cuerpo todavía abierto. El corazón en carne viva.

Cuando salió, no me miró. Se secaba las manos con una toalla, como si hubiera salido de lavar los platos. Yo esperaba algo. Una palabra. Un “¿estás bien?”. Pero nada. César nunca hablaba después.

—Me voy —le dije. No respondió. Sólo asintió con la cabeza. Como si yo fuera una visita que se había quedado de más. Una de esas que incomodan.

Tomé el bolso y salí. El pasillo del edificio me pareció eterno. Tenía las piernas blandas, como si no me respondieran del todo. El ascensor tardó una eternidad. Cada segundo era como tragar saliva con sangre. Cuando llegué a la vereda, el aire me pegó como una cachetada. Estaba húmedo, caliente. Como mi cuerpo todavía.

Caminé. No sabía hacia dónde. Ni me importaba. Me latía entre las piernas. Me ardía. No solo por lo físico. Era una mezcla. Dolor. Placer. Culpa. Vergüenza. Y un deseo que no se iba. Un deseo que me volvía a enfermar apenas recordaba su voz en mi oído diciéndome: “decí que sos mía”.

No lo dije. Pero lo sentí. Y eso me dio más bronca que todo.

Saqué el celular. Tenía un mensaje de Tomás.

“Amor, ¿llegaste bien? ¿Estás con tus amigas todavía? Me dejaste preocupado.”

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holis, les regalo un 2do episodio de mis fantasias. recien estoy arrancando en este mundo asi que cualquier sugerencia, comentario o critica es mas que recibida en comentarios, que tengan un hermoso dia y sobre todo, disfruten ♡