Ona la inocente, pierde su inocencia
Ona siempre soñó con Aron, pero nunca imaginó que la primera vez no sería con él, sino viéndolo con otra. La casa está en silencio, pero el salón arde. Y desde las escaleras, Ona descubre que el morbo puede ser tan dulce como el placer.
Ona se había mudado don Lucía y Aron esa misama tarde. Después de acomodar sus cosas y cenar, los tres se tumbaron en el sofá.
Lucía ya había empezado a interrogar a Ona. La cual le empezaba a despertar un morbo tremendo por su inocencia y sus diminutas tetas bien colocaditas.
—¿Y cómo es que nunca lo has hecho? ¿No has sentido curiosidad? —Preguntó Lucía.
Ona negó levemente con la cabeza.
—Sí que he querido... solo que... no me he sentido cómoda con nadie. No se ha dado la situación... nunca he tenido la confianza. Y me da vergüenza... —confesó, casi en un susurro.
Lucía asintió lentamente, procesando cada palabra, mientras sus dedos rozaban con calma el muslo de Aron, como si quisiera advertirle de algo.
—¿Y si... —comenzó Lucía, dudando— y si esa primera vez fuera con nosotros?
Aron giró la cabeza hacia ella bruscamente, con una mezcla de sorpresa y advertencia en la mirada. Pero Lucía no apartó la vista de Ona, quien la miraba con los ojos muy abiertos.
—No tienes que hacer nada que no quieras —añadió Lucía—, pero podrías vivirlo con nosotros. Con alguien en quien confíes, sin presión. Solo si te apetece. Solo si quieres descubrirlo.
Ona se quedó en silencio. Sus mejillas se encendieron, pero sus labios no se curvaron en rechazo. Miró a Aron, luego a Lucía, y luego al reposabrazos del sofá, donde su mano jugaba con un hilito que se escapaba.
Aron quiso intervenir, decir algo, pero por algún motivo, no pudo. Había algo en la vulnerabilidad de Ona, en la forma en que Lucía la miraba, que le impidió oponerse. Como si algo más fuerte lo sujetara por dentro y lo hiciera rendirse al momento, aún sabiendo que había límites que no debía cruzar.
Ona tragó saliva con fuerza. La propuesta de Lucía la había tomado completamente por sorpresa, pero en el fondo sentía una intensa tentación. Su corazón latía con fuerza, empujado por los sentimientos que siempre había guardado hacia Aron, y por la calidez inesperada que Lucía le había transmitido en tan poco tiempo. Se sentía segura, casi protegida entre ellos, como si ese momento pudiera ser exactamente lo que había estado esperando sin saberlo.
—Sí —susurró finalmente, con una sonrisa tímida y los ojos ligeramente humedecidos—. Me gustaría... pero otro día, ¿vale? Ahora estoy muy cansada. Creo que será mejor que me vaya a la cama.
Intentó mantener el tono casual, pero su voz tembló ligeramente. En realidad, lo que más deseaba era escapar un momento de la situación, tomar aire, recomponerse. Y procesar la propuesta, por más tentadora que le pareciera.
Lucía asintió comprensiva, con una mirada suave, mientras Aron solo pudo seguirla con los ojos, aún sin saber muy bien qué pensar.
—Claro, descansa —dijo Lucía—. Buenas noches, preciosa.
—Buenas noches —añadió Aron, con un leve asentimiento.
Ona se levantó, sintiendo sus piernas ligeramente inestables y las mejillas encendidas, y se dirigió hacia las escaleras que daban al piso superior, con el corazón palpitando con fuerza desbocado, casi a punto de salírsele del pecho.
Pero cuando llegó al final de la escalera, la curiosidad la detuvo. No supo justificarse a ella misma el por qué, pero se quedó quieta unos segundos en silencio e intentó escuchar lo que decían después de que ella se fuera. Incluso se sentó en el último escalón desde donde podía ver el sofá del salón, donde la pareja seguía tumbada.
—¡Es virgen! —exclamó Lucía, ahora sentada encima de Aron, en una afirmación ahogada, casi sin pronunciar las palabras en voz alta, pero gesticulando exageradamente.
Aron se pasó la mano por el pelo.
—Ni se te ocurra. ¡No! A absolutamente todo lo que estés pensando. ¿Se te ha ido la cabeza? ¡¿Se te olvida que es la hija de mi puto jefe, Lucía?! Métete el morbo en el cajón más profundo que encuentres y enciérralo con llave porque no te lo voy a permitir —dijo Aron, a pesar de que algo muy en su interior llegó a encenderse con la idea.
—¡No seas aguafiestas! Bien que te complazco en todo lo que se te antoja. Ahora no me vengas con esas. ¿Qué hay de malo en enseñarle cuatro cositas a nuestra pequeña? —dijo Lucía frustrada al principio de la frase, pero divertida hacia el final.
Aron se resistió, y las dudas lo acechaban. Pero sabía que si a Lucía se le metía algo entre ceja y ceja, más siendo ese tipo de fijación, iba a ser complicado detenerla.
—Vamos, relájate —dijo Lucía, mientras se quitaba la camiseta y dejaba al descubierto sus pechos, que rebotaron al liberarse de la presión de su camiseta.
—¡¿Qué haces?! —dijo Aron—. ¿No ves que puede bajar en cualquier momento?
Ona, que seguía observando todo desde lo alto de la escalera, al ver la escena no pudo evitar sentir una humedad extraña que nunca había sentido. Apretó las piernas sin saber muy bien qué hacer con ella.
—¿Qué más da? Que se acostumbre, a ver si vamos a tener que vivir cohibidos porque esté ella aquí. Te recuerdo que es ella la que debería adaptarse a nuestras normas —dijo Lucía, ahora apretándose uno de sus pechos con su mano, haciendo sobresalir aún más su pezón, y colocando su otra mano por detrás de la cabeza de Aron, guió la punta hacia la boca de él.
Aron tragó saliva e hizo el intento de negarse, pero su erección lo traicionaba, y es que la inocencia de Ona lo excitó sin él saber muy bien por qué. Su mente irracional lo había traicionado, y con la imagen de Lucía ofreciéndole sus pechos después de que eso pasara, se le hacía inevitable que la lujuria se apoderara de él.
Ona seguía atenta desde su escondite, emocionada y confundida. ¿Por qué seguía mirando? Ella nunca había estado interesada en nada de eso, y ahora no quería apartar la vista ni que esos dos se detuvieran.
Cuando Aron cedió y empezó a succionarle el pezón a Lucía, Ona dejó de contener la respiración y apretó las manos contra el escalón en el que estaba sentada, mareada por esa excitación tan repentina que nunca había sentido.
Lucía disfrutaba de los labios de Aron en ese punto tan sensible y exigía con presión en la nuca de Aron que aumentara el ritmo, que succionara con más ansia. Y es que su calentura era tal por la situación previa que sentía una necesidad urgente porque Aron la sacudiera.
—Necesito follar —dijo mientras se separaba, levantándose repentinamente y dejando caer el pantalón ligero de pijama que llevaba, descubriendo todo su cuerpo desnudo en un santiamén.
Ona desde su escondite en lo alto de las escaleras, observó —y sintió— cómo la lujuria se adueñaba del salón, de los cuerpos, de ella misma. El deseo la atrapó por sorpresa y, aún sin entenderlo del todo, se descubrió a sí misma excitada, húmeda y temblando, mientras Lucía y Aron cruzaban todos los límites justo delante de sus ojos.
Aron penetraba con fuerza a Lucía, lento pero duro. Mientras seguía sujetándola por el cuello con una mano, con la otra le apretaba los pechos, estrujándoselos y pellizcándole los pezones a ratos. Lucía no podía dejar de gemir, ahora incapaz de replicar a Aron.
El movimiento de cadera de Aron no solo estremecía a Lucía, también a Ona, la cual había estado enamorada de él toda la vida, pero ahora el amor se convertía en deseo y placer al verlo de esa forma. Lo que incluso la hizo gemir, gracias a la imagen y su mano frotándose con ansia.
Aron no cesaba y Lucía, entre gemidos, acariciaba el cuerpo musculoso de él, sintiendo el contorno de sus músculos mientras sentía cómo el miembro de Aron la llenaba por completo.
En un instante, Aron dirigió su mano a los labios vaginales de Lucía, sin cesar el movimiento de cadera. Allí empezó a jugar con ellos, hasta posarse en su clítoris hinchado. Lucía soltó un gran gemido, que hizo estar aún más atenta a Ona.
Entonces Aron empezó a mover con movimientos expertos su mano encima del hinchado deseo de Lucía. Cuando Ona lo vio, no pudo más que intentar imitar el movimiento de Aron en su propio cuerpo, movida irracionalmente por una curiosidad que no había sentido nunca, se metió la mano por debajo de las braguitas y empezó a tocarse como pudo, sin saber muy bien dónde, simplemente pasaba sus dedos por encima de sus labios vaginales y, con un poco de suerte, rozaba su clítoris de vez en cuando.
Los movimientos de Ona no eran ni mucho menos parecidos a los de la mano de Aron, pero por suerte para el placer de Ona, no hacía falta, ya que gracias a la escena que tenía delante, la lujuria en Ona ya era explosiva. Además, el torbellino de sensaciones, entre guarra, perversa, obscena y mirona, era un coctel perfecto para hacerla explotar de placer y morbo, aunque no supiera identificar todo eso en ella misma, ahora consumida por el deseo.
Cuando los gemidos de Lucía se intensificaron, su cuerpo comenzó a arquearse con mayor fuerza bajo el peso de Aron, dejando aún más expuesta su entrada palpitante y húmeda. El ritmo compartido, cargado de tensión y deseo, los empujaba a ambos al borde del clímax.
Ona también empezaba a sentir como un cosquilleo profundo, cálido e incontrolable nacía en lo más íntimo de su cuerpo, creciendo con cada roce de sus dedos y cada gemido ajeno. No entendía del todo lo que le ocurría, pero la sensación era tan poderosa que le nublaba los pensamientos. Era como si algo dentro de ella estuviera a punto de estallar, algo que nunca antes había sentido, una necesidad urgente e imposible de ignorar. Sin saberlo, el placer estaba tomando el control: un orgasmo se aproximaba, aunque ella no pudiera aún nombrarlo.
El fluido cálido y espeso que brotaba de su entrepierna empezaba a delatarla sin piedad. El roce constante y húmedo entre su pantalón y la palma insistente de su mano había formado un charco viscoso y caliente, empapando por completo la tela, mientras su sexo palpitaba con una urgencia cada vez más desesperada. Ajena al ruido de su humedad, ahora empezando a gemir también, perdiendo el sentido, se tumbó de espaldas al suelo del final de las escaleras, aún con los gemidos de fondo, mientras Aron besaba el cuello de Lucía y los dos se dejaban llevar por el placer que tantas otras veces habían experimentado, pero nunca se cansaban de repetir, Ona cedía y se arqueaba tirada en el suelo aún con su mano inexperta jugando de una forma torpe, pero en ese momento suficiente, para hacerla experimentar esa sensación tan placentera y explosiva en todo su cuerpo.
En una sinfonía de jadeos y temblores, los tres alcanzaron simultáneamente el clímax, como si sus cuerpos se hubieran sincronizado en una explosión de placer incontenible. La descarga fue tan intensa que por un instante quedaron suspendidos, atrapados en esa ola cálida e infinita que recorría cada fibra de sus cuerpos. No hubo palabras, solo respiraciones entrecortadas, cuerpos tensos liberándose al mismo tiempo y una calma embriagadora que los envolvió, dejándolos rendidos, exhaustos y envueltos en una misma aura de delirio compartido.
Cuando Ona fue capaz de volver en sí, se levantó tan rápido como pudo y se fue a su habitación. Tragó saliva al ver el estropicio en sus pantalones, se desnudó rápidamente y escondió la ropa en el primer sitio que encontró para lavarla a escondidas.
Mientras tanto, en el salón, Lucía y Aron se acomodaban, recuperando el aliento y aún con la piel húmeda por el sudor. Se miraron durante unos segundos en silencio antes de romper en una risa cómplice, de esas que solo comparten quienes ya han cruzado todos los límites juntos. No hicieron falta palabras para entender que lo que había sucedido era tan peligroso como excitante, pero en ese momento no podían pensar en nada más que en la electricidad que aún recorría sus cuerpos.
Después, poco a poco, todos se fueron a dormir. La casa quedó en silencio.
A la mañana siguiente, con el sol entrando tímidamente por la ventana de la cocina, Ona bajó con una tímida sonrisa, los ojos aún algo bajos y las mejillas ligeramente sonrojadas. Se sentía cohibida, con un leve nudo en el estómago, al recordar todo lo que había visto —y hecho— la noche anterior. A pesar del silencio de sus anfitriones, cada gesto le parecía cargado de significado, cada mirada, una posibilidad de ser descubierta. Se sentó con suavidad, sin atreverse a levantar mucho la vista, preguntándose si ellos sabrían lo que había hecho al otro lado de la escalera. Aron, ya con una taza de café en la mano, rompió la tensión con naturalidad y aprovechó para ponerla al día mientras Lucía preparaba el desayuno.
—Por cierto —dijo Aron—, recuerda que el próximo finde tenemos la comida con tu familia para celebrar tu incorporación a la empresa. Ya te iré contando los detalles, pero será algo informal.
Ona asintió en silencio, mientras se sentaba a la mesa.
Lucía, que escuchaba la conversación sin intervenir, alzó una ceja con curiosidad. La sola mención de la casa familiar de Álex encendió una chispa en su mente. Recordó perfectamente el lugar. Era el escenario perfecto. Una sonrisa apenas perceptible se dibujó en sus labios mientras le daba la vuelta a una tortilla. Ya tenía la idea: ese fin de semana sería la oportunidad ideal para acercarse a Ona, para ganarse su confianza de forma definitiva. Y esta vez, no dejaría nada al azar. El plan acababa de tomar forma. Ahora solo faltaba hacerlo...
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