Xtories

Entregué mi virginidad a mi infiel cuñado

Lleva meses espiando cómo él la coge a ella. Ahora, a solas en la cocina, la presión es insoportable. ¿Qué pasa cuando el voyeur se convierte en la protagonista del pecado?

Andraniela9354K vistas8.6· 22 votos

En los días siguientes (no consecutivos) Leo continuaría con su atrevimiento de seducirme. Yo me comporté parcialmente receptiva, parcialmente resistente, porque de que deseaba sentirlo dentro de mi, no tenía dudas. Ser su mujer había sido un deseo prohibido durante los meses que lo observé cogerse a mi hermana de muchas maneras. Leo aprovechaba el momento para provocarme a caer en su trampa, a ceder a sus antojos y casi siempre en mis respuestas a su atrevido compartimiento, mostraba una sonrisa tímida pero intencional, sabiendo que lo debía de poner cachondo.

Transcurrirían un par de semanas, parecíamos estar jugando al gato y al ratón, siendo yo la ratoncita que se quería comer el malvado gato. Esa última vez que habíamos coincidido en la cocina totalmente a solas casi pierdo la batalla, Leo estuvo a punto de conseguir lo que quería pero mis temores lo impidieron. Así que la próxima vez que nos volvimos a encontrar para desayunar en compañía yo sabía que podía ser la definitiva y que terminaría entregándome a él; era lo que yo deseaba aunque él no lo supiera.

El primer día volvió a manosearme al momento en que me dispuse a lavar los trastes donde habíamos desayunado:

—¿Epa, qué haces... te volviste loco? —reaccionaba yo a su atrevimiento— Eres un hombre casado.

y él volvía a insistir:

—¿Pero vas a negar que te guste? Me viste desnudo, sé que te gustó.

—Eres el marido de mi hermana, Leo.

—Pero no se va a enterar de nada, vale —decía en tono morboso mientras me pasaba sus manos por la cintura, la cadera e intentaba manosear mis pechos.

La siguiente oportunidad, lo mismo. Una vez que me levantaba y me instalaba en el fregadero él se colocaba detrás de mi a manosearme:

—Entonces, cuñi ¿nos calentamos en tu cama y nos enredamos en las sabanas?

—Qué te pasa, Leo, estás realmente loco.

—Sí, totalmente loco de pecar contigo.

En una tercera ocasión ya había pasado una semana, se posó detrás de mi y volvió a manosearme:

—Deja la cosa, deja.

—Te gusta, no lo niegues —decía con voz sensual.

La cuarta vez que coincidimos a la hora del desayuno volvió a posarse detrás de mi y empezó a darme besitos en el cuello y no pude disimular el suspiro pero no lo interrumpí. Él continuó al ver que yo me dejaba e hizo lo de las veces anteriores, rodear mi cintura con sus manos, acariciarme, manosearme, puso ambas manos sobre mis pechos, obviamente por encima de la ropa y yo estaba a punto de ceder pero respondí:

—No, Leo, no, esto estás mal.

—Déjate llevar, Dani, me tienes loco.

Dejé los platos sin lavar y hui a mi habitación e iba mega excitadísima, deseando devolverme y terminar de una vez por todas con mi sufrimiento. Mi mente me condenaba, pensé en papá, mamá y especialmente en mi hermana, no podía hacerle eso a mi hermana, tampoco tenía valor de acusar a Leo, lo deseaba, me sentía presa en esa situación, me iba a volver loca.

La quinta vez volvió a posarse detrás de mi, besó mi cuello, mis mejillas y de repente me hizo girar la cabeza y nos encontramos en un beso apasionado que duró tal vez dos segundos. Cuando sentí su lengua con la mía casi me da algo loco. Sentí de todo.

—No, no, esto no puede ser.

Lo dejé hablando solo y me fui a mi habitación, me quedé pensativa durante un buen rato, cachonda, alterada, invadida de todo tipo de pensamientos, estaba enloqueciendo, emocionada y excitada por el rico beso que acababa de darme con Leo, mi primer beso con un hombre y me había encantado.

Esa noche tuve un sueño húmedo, tipo pesadilla.

💤EL SUEÑO

Al iniciar el sueño ya me veo en la cocina yendo de un lado a otro, Leo está sentado a la espera de que yo le sirva un par de huevos revueltos, pan y café. Al momento de servirle se levanta y empieza a manosearme a lo que yo me resisto pero él continúa intentando convencerme insiste en que estamos solos y que "es el momento oportuno para que cojamos, que esta vez no me escaparé". De repente Leo ya me ha cargado y subido a la mesa redonda, estoy abierta de piernas, mis nalgas reposan en el mesón y veo el pene erecto de Leo dirigiéndose a mi coño, es Leo intentando penetrarme. Continúo resistiéndome y suplicando a Leo que paremos porque pueden llegar mis padres pero Leo está obsesionado con la idea de hacerme suya. Me resisto pero en el fondo deseo tener sexo con él y termina sucediendo. Siento su blanco y largo pene deslizarse lentamente dentro de mi y a Leo emocionado y muy excitado de al fin haberme penetrado. Se siente delicioso y empezamos a disfrutar y a dejarnos llevar por el deseo acumulado. Leo me embiste mientras me mira a los ojos y su rostro se vuelve agresivo y empieza a proferir vulgaridades y yo estoy excitadísima disfrutando de su rápida penetración pero entonces siento que mis padres llegan a casa, oigo sus inconfundibles voces.

"Para, para, Leo, llegaron papá y mamá" le aviso, pero Leo no me hace caso y continúa penetrándome terriblemente emocionado. Entro en pánico e intento quitármelo de encima pero es mucho más fuerte que yo y me inmoviliza, de repente ya no estoy en esa pose si no que estoy recostada a la mesa boca abajo, completamente desnuda y Leo me embiste con fiereza y me da fuertes nalgadas y yo empiezo a suplicar en voz alta que se detenga, que vienen mis papas.

Papá y mamá llegan a la cocina y los veo observándonos atónitos, siento vergüenza y también un enorme placer de que nos estén observando coger. Se quedan parados deleitados con la escena, incrédulos de ver las formas en las que Leo me coge, papá se ríe, mi mamá con la boca abierta pero con el rostro lleno de curiosidad.

Luego siento que también llega mi hermana a casa, oigo su voz decir "Buenas, ya llegué" entonces intento zafarme de Leo, no quiero que Laura nos descubra, estoy desesperada intentando quitarme a Leo de encima pero en lugar de lograrlo siento que Leo me pone unas esposas de metal en las muñecas y mis manos quedan inmovilizadas. Entonces grito con fuerza varias veces "suéltame, suéltame, suéltame" y es ahí mientras grito que me doy cuenta de que ya no estoy soñando. Despierto agitada, sudorosa y casi temblando.💤

◼ Dicen que los sueños son un reflejo de lo que deseamos y tememos. Tiene sentido. Mi sueño era una combinación de mis deseos y mis temores.

La sexta ocasión en que nos vimos desayunando juntos pensé que Leo ya no insistiría más, pues, esa mañana lo vi serio, no habló mucho mientras desayunábamos hasta que me levanté a lavar los trastes y mientras fregaba recordé el sueño que había tenido noches atrás y estando en eso sentí a Leo detrás de mi. Sentí la forma de su pene erecto rozar mis nalgas, obviamente por encima de la ropa. Me acariciaba los brazos con delicadeza, luego posaba sus manos en mi cintura y besaba mi cuello y mejillas hasta que volvió a girarme la cabeza hacia él y nos besamos y el beso se prolongó durante un buen rato, mi corazón se me iba a salir porque sentía que ya no aguantaría más, deseaba a ese hombre, lo deseaba dentro de mi y era tanta su insistencia, habían pasado tantos días y él continuaba buscando la manera de convencerme.

Me deseaba, lo deseaba pero no estaba bien porque era un hombre casado y entre tantos pensamientos, el deseo acumulado que sentía hacia él, tantos meses observando lo rico que se cogía a mi hermana, dejé de resistirme y me entregué a esos besos. Sabía que mis padres no se aparecerían, mucho menos mi hermana, estábamos a solas y ambos teníamos la seguridad de que hiciéramos lo que hiciéramos nadie se iba a enterar.

Dejé los platos en el fregadero y como pude cerré el grifo mientras poco a poco me volteaba para quedar frente a frente con Leo. Continuamos besándonos y sus besos me iban a volver loca, la calidez de su lengua fusionarse con la mía, se me escaparon gemidos y sentí pena porque eran gemidos que no sabía controlar.

Leo me cargó y me condujo hasta el mesón, el sueño volvió a recorrer mi mente y aunque sentí miedo de que se convirtiera en realidad y llegaran mis padres me dejé llevar por la manera deliciosa en que Leo se comía mis labios, mi lengua, mi cuello. Yo gemía sutilmente, entregada, rendida ante lo que pudiera suceder a continuación.

—Te deseo demasiado —me dijo Leo con la voz excitada y con cara de querer amarrarme a la cama, como solía hacer a veces con mi hermana y cogerme hasta el amanecer.

Volvió a cargarme en sus brazos y caminó hacia mi habitación y me decía:

—Serás mía, ya mismo, no aguanto más.

A pesar de la tensión, de lo prohibido del encuentro sexual que al fin íbamos a tener y de saber ambos que nos deseábamos, hubo risas cómplices y atentos a ser precavidos, le dije que pasara seguro a mi puerta.

—Tranquila, así lo hagamos con la puerta de la sala abierta nadie vendrá a esta hora —aseguró.

Eran como las 10 de la mañana.

Leo me recostó a mi cama y comenzó a desnudarme de forma rápida aunque con estilo, mientras me miraba a los ojos y nos sonreíamos, sabiendo ambos que estábamos pecando, él adulterando, yo a punto de dejarme coger por el marido de otra mujer.

Me desprendió de mi ropa en cuestión de segundos y cuando quedé totalmente desnuda frente a él se quedó de pie observándome de pie a cabeza y halagando mi figura y me hizo reír cuando con una sonrisa graciosa en su cara me dijo:

—Por Dios, Daniela, estás riquísima, vale.

y se me quedó viendo el coño como si nunca hubiera visto uno, entonces me preguntó:

—Eres virgen, ¿verdad?

Y yo asentí con la cabeza y me reí para mis adentros., Era virgen en cuanto a mi himen y no tener experiencia sexual con ningún hombre pero mentalmente no, después de todo lo que había visto por el agujerito, de verlo a él y a mi hermana desnudos cientos de veces disfrutando del sexo de distintas formas e intensidades, de masturbarme hasta perder la cuenta y alcanzar el orgasmo innumerables veces mientras espiaba como una enferma voyeur.

Me creía saber todo sobre sexo de tanto espiarlos pero Leo ignoraba ese gran detalle así que para él yo no era más que una virgen pura y sin mancha, sin pecado concebida.

—No te preocupes, vas a disfrutar tanto como yo.

—¿Me va a doler mucho? —pregunté con cara de inocente aunque sabiendo que me iba a doler y sangrar, pues, es lo que decían los libros, amigas, etc.

—Un poco, haré que sea poquito.

Leo se inclinó y quedó de rodillas al borde de la cama, me jaló hacia él y quedó frente a mi coño al que no paraba de mirar, parecía un sádico mirando mi cuquita depilada entonces dijo:

—Te va a encantar la chupada de coño que te voy a dar. A tu hermana la vuelve loquita.

Claro, como si yo no supiera, como si yo no hubiera visto todas las veces que mi hermana se retorcía en la cama mientras Leo le comía el coño con tanto esmero.

Leo me hizo levantar un poco las piernas y quedé abiertota delante de su cara y entonces empezó a lamer y darme mordiscos suaves en la ingle, los muslos y toda la zona de la entrepierna hasta que empezó a chupetear mis labios vaginales y mi clítoris y yo no hice más que gemir y disfrutar mientras sentía que mis pezones se endurecían. Sentí que Leo jugaba con la entrada de mi vagina. Uno, dos, tres dedos y yo solo sentía placer, un placer delicioso. Leo me hacía pegar brinquitos cada tanto cuando lamía o me chupaba el clítoris y me sentí toda húmeda mientras Leo se comía todo mi coño.

—Qué coñito tan rico, Daniela, por Dios!

No tardé en alcanzar el primer orgasmo, Leo me hizo tener un riquísimo orgasmo y mientras me observaba disfrutar aprovechó y se desnudó por completo y cuando lo observé tenía el pene erectísimo y aunque ya lo había visto muchas veces le dije:

—Wow, qué grande y largo es.

—20 me mide.

—20 centímetros?

—Sí, todo para ti.

Entonces me sonreí y lo vi acercarse y puso su pene cerca de mi coño y empezó a darle a mi clítoris suavemente con la cabecita del pene y yo le decía:

—¡Qué rico se siente!.

—¿Te gusta? —preguntaba.

—¡Me encanta!.

De repente sentí que me introducía su largo pene, poco a poco y gimió cuando su cabecita logró traspasar mi himen y dijo:

—¡Dios mío, Dios mío, que apretadita!

Y sacaba y metía la cabecita y volvía a decir

—Dios santo, qué rico, estás tan estrechita, ufffff

Y así estuvo un rato, yo también gemía rico y apenas sentía un mínimo dolor, como cuando mi mamá me jalaba de una oreja, más o menos ese tipo de olor, no era un dolor insoportable, era leve.

✩ ¡¡ Días más tarde, en cita con una nueva ginecólogo le conté mi experiencia y me enteré que mi himen era elástico y que en raras ocasiones suele haber sangrado!!

Leo se concentró en meterme sus 20 centímetros de pene, se sentía tan delicioso, cada centímetro podía adivinarlo entrar en mi coño y ser apretujado por las paredes de mi estrecha cuquita. Leo tenía una cara de sádico mientras me penetraba y cuando metió todo su pene me lo hizo saber:

—¡Dios, te la clavé todita! ¿te duele?

—Poquito, solo un poquito —le dije entre gemidos.

Leo empezó a penetrarme con más intensidad y me di cuenta que soy extremadamente sensible, desde ese primer momento que tuve un pene dentro de mi. Yo sentía un placer tan delicioso y entonces Leo con una mano comenzó a jugar con mi clítoris sin dejar de penetrarme y el placer se multiplicó y empecé a gemir con mucha más intensidad.

Leo se metió conmigo a la cama y así encima de mi pasaron los minutos y en esa fusión volvimos a besarnos como dos enamorados, yo estaba vuelta loca de tanto placer recibido, Leo gemía y seguía diciendo lo rico que era clavarme su pene en mi coño apretadito.

No podía creer que estaba perdiendo mi virginidad con el hombre que tanto deseaba e igual me sentía mal ya que era un hombre ajeno y en esa combinación de pensamientos encontrados, besando a Leo, comiéndome su boca, mirándole como una tonta enamorada, haciéndole saber que me encantaba cómo me hacía el amor, Leo me avisó que se corría y qué rico fue sentirme siendo llena de su semen pero lo mejor fue ver a Leo sufrir, poner cara de que su eyaculación dolía, era una intensidad que lo superaba y Leo gimió en voz alta, tanto que si hubiera estado alguien dentro de casa habría escuchado sus jadeos.

Leo se hizo a un lado de mi y no paraba de jadear y yo en mi curiosidad me llevé la mano a mi coño del que emanaba su semen. Tomé un poco entre mis dedos porque yo pensé que sangraría pero eso no sucedió, solo era semen, mi coño goteando el semen de Leo.

Estábamos empapados de sudor y entonces de repente entré en pánico y le decía:

—Vete, Leo, vete, vete de aquí.

Y me sentí una vulgar pecadora, una desobediente, como cuando Adán y Eva se escondieron de Dios al comerse el fruto prohibido.

Me entró un terror de que llegara Laura, mis padres, me sentía mal por haberme acostado con Leo aunque satisfecha de lo rico que había sido mi primera vez, con el hombre que había deseado durante tanto tiempo.